Mostrando entradas con la etiqueta indira varma. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta indira varma. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de diciembre de 2014

EXODUS: DIOSES Y REYES (8d10)

Hay ocasiones en que uno desea tanto ver una película que esta por fuerza termina por decepcionar y es necesario un segundo visionado para poderla valorar correctamente. En este caso, sin embargo, eran tan desastrosas las primeras críticas que habían llegado a mis oídos (y eso que siempre intento evitar escuchar nada de una película antes de verla, pero en ocasiones resulta imposible) que habían producido en mí una especie de antihype que me hacía prever un péplum espantoso y plomizo.
Nada de eso. Exodus: De Dioses y Reyes es una gran película, en la línea de los grandes títulos de Ridley Scott, genial director injustamente vilipendiado por el mero hecho de que realizó dos títulos tan absolutamente buenos al principio de su carrera que siempre tendrá que competir contra la sombra de estos.
Probablemente es principal problema para algunos es que, por más que finjan no haberse dado cuenta, se trata de una película religiosa, independientemente del disfraz de épica que la rodea. Para bien o para mal es la adaptación (con ciertas licencias en las que luego me detendré más tranquilamente) de la historia bíblica de Moisés, que lidera la liberación del pueblo hebreo por mandato de Dios. Por tanto, todo aquel que no crea en la existencia de Dios (o simplemente respete a quien lo haga) difícilmente podrá aceptar la calidad de la película.
El verdadero defecto de Exodus: De Dioses y Reyes es su guion, algo endeble y con algunos diálogos realmente malos. 
Da la sensación de que, ante la falta de un contexto histórico real (no hay ningún hallazgo arqueológico que confirme la existencia de Moisés ni está claro que el Éxodo se produjese realmente, así como los motivos del mismo) los guionistas han querido “normalizar” la historia bíblica, como queriendo hacerla más creíble para los profanos, incluyendo conflictos de intereses entre Moisés y Dios, la representación divina en forma de niño, la creación de las Tablas de la Ley de la propia mano de Moisés o incluso una inicial explicación a las plagas de Egipto ligeramente basadas en un documental de National Geographic
Siendo Scott un director extremadamente sobrio, más preocupado por la calidad de sus imágenes (y estas son espectaculares, como no podía ser menos) que por la solidez de la historia (y la prueba es su otro gran péplum: Gladiator), era lógico que esta producción bíblica fuese mucho menos controvertida que la reciente Noé (qué duda cabe que Aronofsky es un autor mucho más personal que Scott), aunque sí mejor que aquella que, siendo también muy espiritual, estaba demasiado adornada por inspiraciones tolkinianas y tintes culebronescos.
Si en aquella la gran escena correspondía al diluvio, aquí todo el mundo espera la secuencia del Mar Rojo, en la que Scott era consciente de que las comparaciones con su mítica análoga de Los Diez Mandamientos de DeMille iban a ser inevitables, por lo que busca distanciarse lo máximo de la misma, consiguiendo una apuesta visual impecable aunque posiblemente menos espectacular que aquella.
Resulta curiosos, sin embargo, que en una película de más de dos horas de duración que noten ciertos huecos argumentales, ciertas elipsis excesivas que quién sabe si quedaron en la mesa de montaje o simplemente fueron maltratadas en el rodaje por la precipitación que se dice que hubo en el mismo, motivada por la imposición de la productora de estrenar antes de fin de año con vistas a entrar en la pugna por los Oscars. 
Es por ello que algunos personajes parecen desaprovechados (la Tuya interpretada por Sigourney Weaver es el ejemplo más claro) y se echen en falta historias ligeramente apuntadas (como la de la adoración del falso ídolo a los pies del monte Sinaí o la llegada de las diez plagas, que son terriblemente angustiantes pero pasan con relativa rapidez) o simplemente ignoradas (la expulsión de Moisés de la Tierra Prometida por golpear una piedra con su vara para conseguir agua o los diversos milagros que realizó durante el éxodo).
Tampoco considero que hayan tantos errores de casting como se ha apuntado por ahí, gustándome el Moisés de Bale (un actor que acostumbra a defraudarme) o incluso el Ramsés de Edgerton, que en los trailers o fotos promocionales no me encajaba pero que en pantalla luce muy bien.
Exodus: de Dioses y Reyes tiene secuencias épicas, emoción, drama y está exquisitamente bien filmada, con un Moisés mucho más humano y atormentado de lo que cabría suponer por los textos bíblicos, y una recreación hermosa e impresionante del Antiguo Egipto, en la que algunos podrán encontrar un cierto abuso del cartón piedra y el ordenador pero que a mí, como me sucediera ya en la ninguneada Pompeya, me ha maravillado.
La última película de Ridley Scott no es una película redonda, pero sí una gran película. El problema es que no es apta para todo tipo de mentes. Que cada uno lidie con su problema…

domingo, 26 de enero de 2014

MINDSCAPE (6d10)

Mindscape es el debut del cortometrista y ayudante de dirección español Jorge Dorado como director, con el apadrinamiento del catalán Jaume Collet-Serra mediante su productora Ombra Films, empresa cuyo propósito es la de abrir camino futuras promesas de la dirección española en las siempre difíciles tierras americanas. Así, Mindscape es una película hispanoamericana con un equipo técnico patrio y un reparto puramente hollywoodiense, encabezado por el siempre solvente Mark Strong y la sorprendentemente deslumbrante Taissa Farmiga, prometedora hermana de Vera y ya vista en la serie American Horror Story y en la flojilla The Bling Ring, aunque podemos encontrar en el reparto otros rostros conocidos como el veterano Brian Cox o la breve pero importante aparición de Alberto Ammann.
En la línea de los últimos grandes éxitos del cine español, cabría definir Mindscape como una película de género, un thriller de constantes giros de guion y sorprendentes revelaciones. Pero más allá de eso, hay en el film de Jorge Dorado una mezcla de estilos en el que se puede adivinar los muchos referentes del director a la hora de embarcarse en su aventura yanqui, partiendo por la presencia de una jovencísima femme fatale con reminiscencias al cine noar de los años 60 pero recordando también a la Lolita de Kubrick.
Con un ligero (y a la postre irrelevante) toque fantástico que nos acerca a la obra de Philiph K. Dick, Mindscape nos introduce a un futuro cercano en el que los “detectives de la memoria” son el pan nuestro de cada día. Se trata de personas con la capacidad de sumergirse en los recuerdos de sus clientes, práctica suficientemente aceptada por la sociedad que es incluso admitida en los tribunales como pruebas en un juicio, por debajo, eso sí, de las habituales pruebas de ADN. John Washington era el mejor detective de su empresa hasta que la muerte de su esposa le obligó a retirarse temporalmente. Necesitado de dinero, decide aceptar un caso aparentemente sencillo, averiguar los traumas ocultos en la mente de Anna, una chica de dieciséis años de acaudalada familia que se encuentra en huelga de hambre. Pero una vez se inicia la relación entre ambos John comprobará que hay puertas que quizá deberían seguir cerradas.
Así, ignorando el elemento futurista, nos encontramos ante la clásica historia de un detective atrapado en las garras del magnetismo salvaje de una dama que pese a su aparente fragilidad podría terminar siendo quien mantenga en todo el momento el control de la situación. O quizá no, y todo sea un intento desesperado de su padrastro por controlar la increíble fortuna de su esposa que, en buena ley, debería heredar la adolescente a no ser que fuese internada en un  psiquiátrico y declarada incapacitada. Existe, por tanto, el juego de la dualidad visto en películas como Las dos caras de la verdad o Instinto básico (película que el propio director pidió a Taissa que viera para ayudar a entender su personaje), mientras que los juegos mentales –con alguna que otra trampa que busca despistar de forma algo artificial al espectador- recuerda también títulos recientes como el Origen de Christopher Nolan o el Shutter Island de Scorsese (casualmente ambas con Di Caprio).
Las mejores armas de la película son, qué duda cabe, sus factura técnica y la gran química entre sus protagonistas, con una Taissa Farmiga brillante cuyo trabajo remite a la Mia Wasikowska de Stoker, consiguiendo transmitir una dulce fragilidad a la vez que produce cierto desasosiego con su sola mirada.
El talón de Aquiles, por su parte, está en las nobles intenciones de engañar al público con sus trucos argumentales, con una sinceridad  tal que obliga a dejar pequeñas miguitas por el camino para demostrar que no hay nada improvisado sobre la marcha, de manera que se corre el peligro de que el avispado espectador puede  llegar –como me sucedió a mí- a adivinar el desenlace apenas alcanzado el ecuador de la película, con lo que tengo la duda de si la película podría resistir con éxito un segundo visionado.
De lo que no cabe la menor duda es de que la película está muy bien hecha, es fácil de seguir (en eso se agradece su ausencia de pretenciosidad intelectualoide que se encontraba en la paja mental de Nolan) y entretiene.

Y de paso, invita a reflexionar sobre porqué una película que no precisa de un gran presupuesto, debe emigrar al otro lado del charco pese a que sus principales talentos son españoles. ¿Este es el apoyo que merece nuestro cine?