sábado, 24 de noviembre de 2018

QUIÉN TE CANTARÁ

Después de la maravillosa, sublime y dolorosa Magical girl, las expectativas ante el nuevo film de Carlos Vermut eran muy altas. Ahora, con el estreno de Quién te cantará, estas han demostrado ser fundadas, y su nuevo trabajo, aún siendo muy diferente a Magical girl, tiene si sello propio, la misma impronta tortuosa y de gran calado que se mantiene en la memoria del espectador días después de haber finalizado su visionado. Las críticas han sido unánimes, llegando a considerarla como una obra maestra del cine español, pero, una vez más, las distribuidoras han demostrado no estar a la altura y, me temo, será otra de esas películas perdidas en la cartelera que no va a llegar a ver casi nadie.
Quién te cantará nace a raíz de la famosa canción de Mocedades y cuenta la historia de Lila, una cantante, estrella de gran éxito en los setenta, que tras unos años en el olvido se prepara para su regreso triunfal a los escenarios. El problema es que un accidente le provoca una fuerte amnesia, y es ahí donde entra en juego Violeta, una de sus mayores fans, cuya vida complicada y asfixiante solo puede ser sobrellevada escapando de ella en el karaoke en el que trabaja y transformándose durante unos minutos en la propia Lila, que será la encargada de recordar a la artista quién era y ensenarle a cantar y bailar como antaño.
Con semejante argumento, Vermut da una vuelta de tuerca al tema de las identidades robadas, siendo aquí la imitadora la que deba conseguir que sea la auténtica la que a su vez la imite a ella para volver a ser ella misma. Un retorcido juego que en manos de Vermut se convierte en un escalofriante cuento oscuro donde los elementos que rodean a las dos protagonistas (la sombra de una madre fallecida, la hija dominante y conflictiva…) se entrelazarán con sus historias formando una madeja de dolor y rencor que traspasa la pantalla y termina por calar en el corazón del espectador.
Más allá del pode de la historia, Vermut consigue además dos méritos imprescindibles. Por un lado, sacar lo mejor de sus protagonistas, Eva Llorach y Najwa Nimri, que consiguen unas interpretaciones impecables con una pausa y una contención perfecta, sin caer en el histrionismo fácil al que sus personajes podrían invitar en varios momentos del film, mientras que por otro la cámara se convierte más que nunca en un elemento de lenguaje más, consiguiendo Vermut que cada plano sea perfecto y culminando el film con una escena (la de la actuación) que es simplemente perfecta.
Así que sí, aunque hay que reconocer que Quién te cantará puede ser una película difícil para cierto tipo de espectador, sí puede hablarse de obra maestra, siendo una película que va de menos a más (la primera parte, de presentación de Lila, amenaza con hacerse un poco cuesta arriba), que tiene una fuerte subida con la aparición en escena de Natalia de Molina (otra interpretación brutal) y que alcanza el clímax en ese momento de fusión casi vampírico entre las dos mujeres, creándose una relación que es casi una experiencia vital y cuyo desenlace puede llegar a ser tan desgarrador como impactante.
Carlos Vermut ya merece estar, al menos en mis pensamientos, en el Olimpo de los grandes directores del cine español. Ahora solo falta que reciba el apoyo necesario para que el gran público, ese que no sabe ver más allá de las superproducciones de Mediaset y compañía, pueda apreciarlo.


Valoración: Nueve sobre diez.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

LA SOCIEDAD LITERARIA Y EL PASTEL DE PIEL DE PATATA


Detrás de tan peculiar título, La sociedad literaria y el pastel de piel de patata, se esconde un bonito cuento orquestado por uno de los directores más impersonales de la actualidad, un Mike Newell que lo mismo te hace una resultona comedia romántica como Cuatro Bodas y un funeral, un aspirante a blockbuster como Prince of Persia, un film de culto como Donnie Brasco o un capítulo más de la franquicia de Harry Potter.
Ahora, después de un tiempo alejado de las cámaras, regresa con una película pequeña pero muy agradable, uno de esos trabajos cuya mejor definición es la de “simpático” y que, gracias a su protagonista principal, la siempre eficiente Lily James, resulta agradable y emotiva.
En realidad, esto no es más que una comedia romántica al uso, con la clásica historia de chica conoce chico, chica y chico se enamora, pero algo se interpone entre ellos, chica y chico se separan y… bueno, imaginen el resto. El caso es que es el telón de fondo lo que hace de la película algo más especial de lo esperado, tanto en su faceta más literaria (ella es una escritora que se inmiscuye en un club de lectura atraída por su llamativo nombre y la curiosidad que despierta en ella la correspondencia que mantiene con uno de sus miembros) como en su faceta histórica, con el relato del pasado de la incursión nazi en la isla de Guernsey.
Newell sabe deambular entre las diversas tramas con precisión, entremezclando la moda actual por las películas de corte literario (La buena esposa, Book club, Collette…), el encanto de las poblaciones rurales a ojos del forastero de ciudad (en ese sentido me recuerda un poco en su corte a La gran seducción) y a los retratos bélicos con mujeres fuertes de por medio (hay un ligero aroma también a Su mejor historia, por ejemplo). Todo ello es mezclado con eficacia, consiguiendo un variopinto grupo de personajes (amigos improbables si los nazis no se hubieran cruzado en sus destinos) que con penas cuatro pinceladas, resultan casi como de la familia.
Cierto es que hay un momento en que el guion se le va de las manos y la historia de amor toma demasiado peso, dejando lo demás en un segundo plano algo lejano, pero no es suficiente para empañar una historia que seduce con su sencillez y que se ve con una sonrisa boba en el rostro.

Valoración: Seis sobre diez.

DOGMAN

Dogman es la nueva película de Matteo Garrone como director, aunque también ha participado activamente en el desarrollo de la historia.  Tras llamar la atención con la cruda realidad de su película Gomorra, de 2008, cada nuevo proyecto suyo es esperado con interés, y Dogman no es la excepción de ello.
Protagonizada por Marcello Fonte, Dogman cuenta la historia de Marcello, el dueño de una peluquería canina en un barrio marginal de las afueras de Roma. Marcello es una buena persona, sencilla y amistosa, un ser querido por todos en el barrio, la imagen opuesta a Simoncino, el matón del barrio, un descerebrado drogadicto con quien Marcello trapichea de vez en cuando y que lo lleva por el camino de la amargura.
No es nada sutil la metáfora entre la forma de domar de Marcello a los enormes perros que no parecen muy gustosos de ser bañados con el intento de reconducir a Simoncino por la buena senda, llegando incluso a perder su amistad con todo el vecindario e incluso su propia libertad por él, en un erróneo sentido de lealtad y puede que incluso amistad.
Con la excusa de esta “extraña pareja”, Garrone compone un retrato de los barrios más pobres de la ciudad, dibujando a un submundo atrapado por sus miserias y sin posibilidades de huir de ellas. Sin embargo, no lo hace santificando a su protagonista, al que convierte más bien en un ángel caído que, por más que actue con buenas intenciones, toma las decisiones equivocadas casi siempre.
Quizá por culpa del doblaje (aunque la voz original de Fonte ya es bastante peculiar de por sí), por la interpretación del actor o por la construcción del personaje, tengo graves problemas con el Marcello este. Es el retrato de un perdedor, sí, pero también, a mi modo de ver, de un imbécil integral. No logra, por más que se esfuerce Garrone en ello, despertar la más mínima simpatía en mí, haciendo que me importe bien poco las desgracias que le sucedan y llegando incluso a alegrarme por algunas de ellas. Es el bueno de la película, cierto, un héroe con pies de barro, pero también es un tipejo despreciable que pone de los nervios con su actitud y forma de actuar y que dificulta la identificación dele espectador con él o algún otro elemento del film. Dogman es, a la postre, un cuento cruel y retorcido, demasiado lento para esquivar con acierto un ligero deje de aburrimiento y que solo levanta el vuelo en su parte final, con una violencia desmedida que, si bien logra activar el interés del público, resulta algo extraño con respecto al resto de la narrativa.
Así, Garrose consigue volver a retratar una realidad poco visible de su país, pero lo hacer con una historia tan amarga y unos personajes tan desagradables que no consigue cautivarme en ningún momento.
No niego las virtudes del film y el trabajo de su director, pero no es la película que consigue conmoverme ni sacudir mi conciencia. Es cuestión de conseguir entrar o no en ella, y en mi caso se trata de un no rotundo.

Valoración: Cinco sobre diez.

lunes, 12 de noviembre de 2018

MILLENNIUM: LO QUE NO TE MATA TE HACE MÁS FUERTE

Millennium: Lo que no te mata te hace más fuerte (que así es como se tituló en España la novela Det som inte dödar oss y que en inglés es The girl in the Spider’s Web), es la nueva adaptación al cine de una obra de la saga Millenium, aunque esta vez no se apoya en los textos de Stieg Larsson, sino de David Lagercrantz, quien se hizo cargo de los personajes tras la muerte de su creador.
Lo primero que se detecta en el film es, precisamente debido al cambio de autor, las notables diferencias entre el personaje protagonista femenino, una Lisbeth Salander convertida ahora en justiciera de la noche en una trama que relega a secundario a su compañero periodista Mikael Blomkvist. Además, durante el visionado hay cierto desconcierto ante la falta de identidad de la película. Después de la trilogía original sueca, no queda muy claro si esta nueva entrega es una secuela directa de Los hombres que no amaban a las mujeres, de David Fincher o si es más bien un reboot. Lo lógico, debido al cambio de actores (y de edades) para los personajes protagonistas, sería pensar eso, pero las constantes referencias al pasado de ambos (como si debiésemos saber ya algo de antemano) y el hecho de que Fincher se mantenga como productor ejecutivo ayuda a ese desconcierto. Afortunadamente, la película es tan endiabladamente entretenida que uno pronto se da cuenta de lo poco que importa ese hecho y se deja llevar por la acción que refleja la pantalla, en contradicción con ese tráiler que se me antojo muy aburrido y que provocó que me apeteciera poco o nada acercarme a ver este film.
En esta ocasión, el elegido para la silla de director ha sido el uruguayo Fede Alvarez, que tras el decepcionante remake de Posesión Infernal y la atractiva (aunque algo irregular) No Respires, está demostrando ir de menos a más y posicionarse con paso firme en Hollywood. Suyo, y de la actriz Claire Foy, son los principales méritos que se puedan encontrar en esta Millennium.
Como ya he dicho, la película es puro entretenimiento, con un empaque visual muy bueno (no es Fincher, eso está claro, pero si nos dejamos de comparar la verdad es que el resultado es más que correcto) y con un ritmo tan acertado que hace que uno ignore las flojezas de su guion. Además, estamos ante una Lisbeth más cercana a una versión femenina de James Bond que al hacker a la que estábamos acostumbrados, y la deconstrucción de su historia, jugando con los fantasmas de su pasado y su propia psique, recuerdan bastante al Skyfall de Sam Mendes, por lo que es una lástima que no hubiese repetido para el papel de Blomkvist Daniel Craig. Sin embargo, por más que se esfuercen en realizar un viaje interno retorcido y enfermizo, el tratamiento de personajes, más allá de la propia Lisbeth, es demasiado superficial, y los excesivos juegos tecnológicos que terminan siendo un deus ex machina para que las cosas sucedan como deben suceder no hacen más que aportar una sensación de inverosimilitud a una trama rebuscada pero, a la vez, muy previsible.
Así, estamos ante una película que gracias a su factura técnica resulta apasionante y muy disfrutable, casi como si Alvarez se estuviese ofreciendo para hacerse cargo de la próxima Misión Imposible, aunque sin en sentido del humor de aquella, pero que no consigue ser tan trascendental como se propone. Esta nueva encarnación de Lisbeth me ha gustado, y espero ansioso que anuncien alguna nueva entrega de la saga (si es que esto es una saga, que ya no lo sé), aunque tampoco creo que los detalles del film vayan a perdurar en mi memoria por mucho tiempo.

Valoración: Siete sobre diez. 

domingo, 11 de noviembre de 2018

OVERLORD

Antes de empezar a analizar la película Overlord me gustaría concretar el tipo de película que es para así dejar más claro a lo que nos enfrentamos. Y es que, por más que se haya dicho por ahí, Overlord no es una película de zombies. Overlord es una película bélica. Con zombies, eso sí, pero bélica. Y es importante señalar esto desde el principio porque vista como película bélica, esta es una gran película. Vista como película de zombies… Bueno, a muchos podrá decepcionar.
La idea proviene de Billy Ray, guionista experimentado que ya coqueteó con la mezcla de géneros en La guerra de Hart y que ha firmado los libretos de títulos tan importantes como Los juegos el Hambre, Capitán Phillips o El secreto de una obsesión (aquel remake de El secreto de sus ojos), que se ha dejado llevar por su lado más fanboy y ha imaginado una historia que mezcla zombies con nazis. Sobre el papel, nada puede molar más, ¿no? Y si no que se lo digan a Tommy Wirkola, el noruego que gracias a su película de título nada sutil Zombies Nazis logró el pasaporte a Hollywood e incluso hizo posible una secuela. El problema con este tipo de película es que parece condenado a la serie B, a esos productos que tanto gustan en Sitges y que luego son ignorados por las distribuidoras (busquen si no en la cartelera de este viernes Mandy, una de las triunfadoras del último Festival), derivando en acción del montón y casquería que puede provocar aplausos y carcajadas entre los más entregados, pero pasar desapercibidas para el público generalista. Es entonces cuando entra en la ecuación J.J. Abrams, otro fanboy donde los haya, que, seducido por la propuesta, decidió apoyarla como productor y conseguir que sea una película de suficiente presupuesto como para poder considerarla seria.
Así que con unas pretensiones muy superiores a las del clásico film de zombies, solo faltaba la participación de Julius Avery (cortometrajista que debutó en largometraje con Son of a gun, inédita en España pese a estar protagonizada por Ewan McGregor y Alicia Vikander y que ya ha firmado para encargarse de una nueva versión de Flash Gordon) para completar la ecuación.
Overlord es, pues, una película de acción bélica con, a priori, un aroma muy clásico. Narra la historia de una brigada de paracaidistas que, la noche antes del día D, tienen la misión de asaltar un pueblo francés dominado por los nazis para destruir una torre de comunicaciones que facilite el decisivo Desembarco de Normandía. Lo que se desconoce es el doble propósito de la base alemana: puesto de comunicaciones y laboratorio de terribles experimentos.
Con ello, casi la mitad de la película es una propuesta de acción trepidante filmada con elegancia y mucha potencia, reflejando la crueldad de la guerra y la mella que hace en los hombres, jugando en diversas ocasiones a desequilibrar la balanza que delimita el bien del mal y rozando la ambigüedad entre los dos protagonistas principales, el cabo que está al mando de la misión, salvaje y desquiciado por momentos, y el soldado afroamericano del que se burlan por ser considerado un débil y un cobarde. Apoyándose en las fórmulas convencionales del género, Avery consigue crear un grupo de protagonistas con los cuales empatizar y que son algo más que simples estereotipos pese a que no haya suficiente tiempo para conocer apenas nada sobre ellos. Es difícil hacer una construcción de personajes con apenas cuatro pinceladas, pero Avery y Ray lo consiguen, y ese es uno de los méritos del film.
Un truco para ello es saber mirarse en el espejo de sus referentes sin rubor. Así, Overlord puede recordar a muchas películas, y lo hace de manera totalmente consciente. No voy a ofender a los puristas mencionando aquí las referencias que se pueden encontrar a los grandes clásicos, pero hay también bastante del Malditos Bastardos de Tarantino, del Corazones de acero de David Ayer, del Hermanos de Sangre producida por Spielberg, del Resident Evil de Anderson, del Depredador de McTiernan e incluso del juego de Wolfenstein.
Overlord es, en su premisa, una película muy sincera. No hay en su trama rocambolescos giros de guion ni trucos que intenten descolocar al espectador. Por eso, no cabe aquí el temor de hablar de spoilers. Da lo que se espera, una confrontación entre unos pocos americanos y un batallón alemán en medio de la campiña francesa con algunos zombies apareciendo en su tramo final. Quizá lo único que pueda decepcionar es el hecho de que los zombies sean más un elemento narrativo que la gran amenaza del film, resultando algo previsible o incluso floja su parte final, pero todo ello queda compensado con la fuerza y la espectacularidad de su primera hora y media, en la que Avery realmente consigue trasladar al espectador el centro de una confrontación de la II Guerra Mundial y casi consigue que la sala huela a pólvora y sangre.
La mezcla de géneros podría haber quedado muy delirante, pero está equilibrada de tal manera que la comunión es armónica y muy efectiva, incluyendo además el suficiente gore como para estar a la altura de las circunstancias, pero sin recrearse en la truculencia, siendo más una herramienta para mantener ese (lujoso) aroma de serie B que simples golpes de efecto.
Una agradable sorpresa, en fin, muy por encima de lo que auguraban las primeras informaciones sobre esta película que incluso la asociaban, falsamente, al universo Cloverfield.

Valoración: Siete sobre diez.

EL ÁRBOL DE LA SANGRE

La última película de Julio Medem, El árbol de la sangre, es un extraño amalgama, una fusión entre varias películas que, a simple vista, no parecen casar demasiado.
De entrada, El árbol de la sangre cuenta la historia de una pareja que deciden escribir una novela sobre sus orígenes, la radiografía de dos familias de secretos oscuros y siniestros. Estamos, parece ser, ante un drama familiar que recuerda a las recientes Todos lo saben y Petra, un denominador común del cine español más reciente. La cosa, sin embargo, se complica cuando entra en la ecuación la guerra de bandas entre georgianos y rusos, el tráfico de órganos, las relaciones sexuales (¡cómo le gusta a Medem rodar pies entrelazados!), una cantante pop de la movida, sanatorios mentales, toros embistiendo…
Se dice de esta película que supone un regreso a las raíces por parte de Julio Medem, que renuncia al trascendentalismo que se desprendía de sus títulos más recientes, fracasos ante la crítica (aunque debo reconocer que a mi Ma ma sí me convenció), para reencontrarse con ese Medem primigenio donde sus personajes tenían más peso en la historia que sus propias ideas. Hay, sin embargo, en El árbol de la sangre un reflejo de sus principales tics, y por eso no va a terminar de satisfacer a sus principales detractores, que todo artista que se precie debe tenerlos hoy en día.
A mí, personalmente, que no soy suficientemente conocedor de su trabajo como para poder permitirme amarlo u odiarlo, la historia me llegó a convencer, yendo de menos a más (aburridilla al principio, hasta que se atreve a arrancar definitivamente) y encuentro notable el trabajo de sus protagonistas, pese a alguna escena concreta que no me termina de convencer. Todo parece muy absurdo y loco, como de culebrón pasado de vueltas, pero acepto con gusto el juego y me siento partícipe de él, entregado al enramaje de una historia que, como el árbol del título, tiene varias raíces que conforman un único tronco para volver a repartirse en cientos de pequeñas historias. Es la parte supuestamente más realista, la que pertenece al proceso creativo de los protagonistas, la que menos me convence, la que realmente no me llego a creer. ¿empezar a escribir una novela entre dos, un párrafo cada uno, sin conocer el final? ¿Ser pareja de enamorados y desconocer detalles cruciales de la familia del otro? Todo me huele demasiado a recurso fácil del guion para poder sorprender al espectador haciendo que los protagonistas sean los primeros en ser sorprendidos por las revelaciones. Un truco efectivo, no lo niego, pero tramposo.
Más allá de eso, que puede que solo sea una obsesión personal mía, la película se complica lo suficiente como para resultarme interesante. No me la llego a creer en ningún momento, pero tampoco me importa demasiado. Es la magia del cine, y si me dicen que esto es así, pues es así y punto. Por eso, pese a que la primera hora se me antojó algo anodina, a medida que se complicaba la cosa todo me empezaba a cuadrar, y aunque algunos giros requieren e más atención de la que em principio prestaba yo (o de un segundo reversionado, ¿quién sabe?), la cosa se pone suficientemente intensa como para mantener la mirada pegada a la pantalla.
La mezcla de géneros y de argumentos es tal que resulta difícil simpatizar con todo y con todos, por lo que no alcanza a ser una película redonda, y un análisis demasiado reflexivo invita a ver demasiados flecos en su trama, pero intuyo que, al final, a Medem le interesa más las sensaciones que la historia, el sufrimiento que la acción. Y en ese punto sí está bastante acertado.

Valoración: Seis sobre diez.

INFILTRADO EN EL KKKLAN

Pese a que el título en español, Infiltrado en el KKKlan, invite a pensar en una comedia disparatada, estamos en realidad ante la unión de Spike Lee y Jordan Peele en tareas de producción para narrar la historia real de Ron Stallworth, un policía negro que, en 1978, se infiltró entra las filas del Ku Klux Klan y desbarató un intento de atentar contra dos bares gays. En la película, en la que el director de Déjame salir finalmente solo produce y Lee es el encargado de coescribir y dirigir, se han tomado ciertas licencias, las justas para dotar de una narrativa más intensa al lenguaje del celuloide (el cambio más sustancial es en lo referente al atentado), pero ha mantenido los suficientes elementos reales para concebir otra de esas películas sobre una persona real que, de haber surgido de la mente de un guionista, sin duda consideraríamos como inverosímil.
Es decir, que estamos en la línea de El lobo de Wall Street, Dolor y dinero, Barry Seal, etc. Pero claro, hablando de Spike Lee y del tema racial, la cosa no puede ser tan cachonda. Hay humor, sí, Un humor muy negro, además (y no, no lo digo como chiste fácil), pero este nunca llega a excederse lo suficiente como para ocultar la denuncia social y el retrato de una época y una realidad que, por más veces que la hayamos visto reflejada en cine, nunca nos sorprenderá lo suficiente.
La película cuenta con John David Whasington como protagonista, y aunque el no es demasiado conocido por estos lares, también se cuenta con la participación de Adan Driver (el Kylo Ren de la nueva trilogía galáctica), Topher Grace (el Veneno de Spiderman 3), Laura Harrier (Liz en Spiderman Homecoming) y un fugaz cameo de Alec Baldwin. Entre todos, dan sentido a esta absurda historia de un negro infiltrado en el KKK, consiguiendo carnet de socio de pleno derecho y entablando contacto con uno de sus lideres principales, todo ello por teléfono, eso sí. De haber apostado algo más por la comedia negra, estaríamos ante una de esas historias que se les da tan bien a tipos como los hermanos Coen o Martin McDonagh, pero como digo, Lee prefiere tomarse la cosa más en serio y llevárselo al terreno más personal, como demuestra ese epílogo final con imágenes reales de manifestaciones y disturbios raciales que, tras pasar un buen rato con la película, provocan una bajona anímica considerable.
La mayor virtud de Spike Lee, no obstante, es la de saber conjugar con acierto la comedia con el drama, sin caer en los excesos que suelen tener en ocasiones las películas de denuncias y apostando por una ironía bastante sutil (la representación de David Duke -líder del KKK- con un flequillo a lo Donald Trump es un ejemplo de ello) y mucho más efectiva que si se hubiese decantado por detalles más explícitos de otras épocas. Además, ya dispone de personajes suficientes para que puedan hablar por su boca sin necesidad de posicionarse más de la cuenta como director.

Valoración: Siete sobre diez.

BOHEMIAN RHAPSODY

Antes de comenzar a analizar Bohemian Rhapsody encuentro justo dejar claros dos pequeños detalles. Por un lado, que esta no es, realmente, una biografía de Freddie Mercury y, por extensión, de Queen, es más bien un tributo, un homenaje. Por ello, las partes más truculentas y polémicas de su historia quedan omitidas o, en el mejor de los casos, suavizadas. Es como cuando se realiza un disco recopilatorio de un grupo, en el que se pueden disfrutar los grandes éxitos, pero se obvian intencionadamente las canciones más fallidas. Por otro lado, conviene señalar que Queen es uno de mis grupos preferidos, y que creo que no ha habido en la historia un cantante con mejores aptitudes que Mercury, lo cual hace que me sea imposible ser totalmente objetivo al hablar de una película que está repleta de temas tan grandiosos como We Will rock you, I want to break free, Radio Ga Ga, We are the champios o la propia Bohemian Rhapsody, entre muchos otros. Es por eso que, una película que quizá merecería una puntuación de seis sobre diez sube al siete, por el puro disfrute auditivo que proporciona.
Analizada como película, tiene todos los defectos y virtudes que cualquier aparente biopic al uso, más cuando algunos de los protagonistas siguen vivos (de hecho, Bryan May y Roger Taylor están acreditados como productores ejecutivos musicales, con lo que seguramente alguna voz tendrían en el propio guion). No obstante, a pesar de lo dicho con anterioridad, encuentro bien la propuesta de no regodearse en la oscuridad de Mercury y centrarse en otros aspectos de su figura. No porque su oscuridad no sea importante para el desarrollo de su historia (de hecho, está presente en la película, pero edulcorada y muy suavizada), sino porque lo que cuenta aquí es el Mercury artista, centrando Bryan Singer (o quienquiera que ha filmado la película) la biografía en aquello que realmente afecto al protagonista con respecto a su relación con el grupo (su verdadera familia). Por eso, el guion que firman Anthony McCarten y Peter Morgan se ha tomado ciertas licencias y ligeros bailes de fechas que confirman la teoría de que esto no es una biografía enciclopédica, sino una historia sobre como un humilde aspirante a cantante de origen indio ha llegado a ser el más grande de todos los tiempos y como la leyenda de su voz ha logrado imponerse a los mitos sobre su conducta sexual o su ego disparatado, permitiéndose la película incluso elucubrar sobre la figura de un “villano” que redencione, en cierto sentido, al propio Mercury.
Siendo más académicos, hay algo en el ritmo de la película que rechina ligeramente, como si en ocasiones la narración avanzara a trompicones. Podría aventurarme a que eso es un problema en la sala de montaje debido a los cambios en la dirección de la película, cuya concepción fue mucho más problemática que las discusiones internas entre los miembros de Queen a la hora de crear un disco. El primer director en quien se pensó para el film, Dexter Fletcher, fue descartado a punto ya de empezar el rodaje por diferencias creativas (la misma excusa que se usó para sustituir al actor previsto inicialmente, Sacha Baron Cohen, lo que sin duda habría dado lugar a una película completamente diferente). Su sustituto fue Bryan Singer, padre espiritual de la franquicia mutante de Marvel y realizador que tras su prometedor debut en el mundo del cine (Sospechosos habituales y Verano de corrupción) sus trabajos lejos de los X-men ha llegado a grandes decepciones, ya sea de público (Valkiria), de critica (Superman Returns) o de ambos (Jack el Cazagigantes). Siempre bajo el foco de la sospecha por supuestos abusos a menores, sus ausencias en el plató de rodaje empezaron a ser tan continuadas que se asegura que el director de fotografía Newton Thomas fue quien rodó gran parte del film hasta que fue definitivamente despedido y reemplazado por el inicialmente propuesto Dexter Fletcher. Resulta prácticamente imposible que todo esto no afecte al ritmo narrativo de un film, como los seguidores de DC podrán confirmar tras el desastre de Liga de la Justicia. No obstante, gracias a que las canciones actúan como hilo conductor de Bohemian Rhapsody y el buen trabajo interpretativo (sobresaliente Rami Malek como Mercury) y de maquillaje, la película ha logrado llegar a buen puerto y resultar un pasatiempo muy disfrutable y una aproximación (aunque no completamente fiel) a la personalidad de Mercury, haciendo especial hincapié en la bonita historia de amor incondicional que tuvo con Mary Austin. Por cierto, muy bueno el trabajo de Malek, más allá de su caracterización, a la hora de imitar los gestos y movimientos del divo.
Naturalmente, como fan de Queen lamento los huecos que hay en la historia, como las participaciones de la banda en el mundo del cine (como la banda sonora de Flash Gordon, mayoritariamente instrumental, o la de Los Inmortales, base principal del álbum A kind of magic) o que no se llegue a narrar la colaboración y amistad del cantante con Montserrat Caballé, que dio fruto al disco Barcelona y a la canción que daba identidad a los Juegos Olímpicos del 92, pero para eso se habría necesitado, posiblemente, una película de más de cuatro horas, y eso no sé si sería del agrado de muchos espectadores. Del mío, sí.
Finalmente, y sin que sea ello responsabilidad directa del film, me gustaría aprovechar para mostrar mi descontento con la distribuidora por su decisión (extraña en este tipo de películas) de no acompañar con subtítulos las canciones de la película, lo que habría ayudado a terminar de comprender mejor la simbiosis entre la vida del cantante y su obra).
En resumen, Bohemian Rhapsody es una interesante película que, en el fondo, no difiere a la de otras biografías de artistas del rock, con su ascenso a la gloria desde la nada, su caída a los infiernos y su redención final. Una puesta en escena muy correcta y las buenas interpretaciones hacen de este retrato de Freddie Mercury una obra indispensable para sus seguidores y que, como poco, deleitará a todos por su música.

Valoración: Siete sobre diez.

EL CASCANUECES Y LOS CUATRO REINOS

Disney sigue buscando desesperadamente un éxito en su departamento de imagen real que la devuelva a épocas doradas del pasado, pero parece que cada vez que se distancia de las adaptaciones de sus clásicos de animación la cosa se torna en patinazo (está en proyecto un reboot de Piratas del Caribe después de la tibia acogida de la última entrega, veremos qué pasa con ella). El Cascanueces y los Cuatro Reinos la cosa no va a ser, ni de lejos, ese éxito, pues no ha convencido ni a público ni a crítica, o cual es un reflejo de la propia falta de audacia en su puesta en escena.
Uno de los recursos que más está explotando Dinsey en estos proyectos es la de apostar por directores de renombre, algunos de ellos que a priori no parecían tener cabida en este mundo de fantasía y cuentos de hadas, y en el caso de esta película, la apuesta es por partida doble. El Cascanueces y los Cuatro Reinos está dirigida a cuatro manos por Lasse Hallström, autor de títulos entrañables como Chocolat, Las normas de la casa de la Sidra, Siempre a tu lado (Hachiko) o Un viaje de diez metros, y Joe Johnston, que debutó precisamente para Disney con Cariño, he encogido a los niños y Rocketeer y que es también responsable de Jumanji, Parque Jurásico III o Capitán América: el primer Vengador. Una pareja que tampoco parece que peguen muy bien entre ellos y de cuyo sello personal apenas queda nada en el film. No obstante, no hay ningún pero que poner a la puesta en escena de la película, impecable, aunque funcional. De hecho, no hay ningún pero a nada de El Cascanueces y los Cuatro Reinos, aparte de resultar un compendio de mil películas ya vistas con anterioridad. Parece como si existiera una fórmula matemática para realizar estas películas y que nadie se atreviese a salirse ni un ápice de la misma, con lo que tenemos una recreación maravillosa del Londres victoriano, de los bailes palaciego y, por supuesto, de los cuatro reinos imaginarios. Cuenta, además, con una buena protagonista, Mackenzie Foy (Interstellar), y unos reconocibles secundarios (Keira Knightley, Eugenio Derbez, Morgan Freeman, Helen Mirren y Matthew Macfadyen), y tiene como base el cuento de Ernst Theodor Wilhelm Hoffmann y que ya había dado pie a una versión menos oscura de la mano de Alejandro Dumas y al célebre ballet de Piotr Ilich Tchaikovsky.
Es en la conversión a cuento de hadas en lo que la película se desdibuja, adaptando lo que, en todo despectivo se suele definir como “el toque Disney” y que la convierten en una fotocopia de cualquier otra película moderna de cuento de hadas, con su heroína femenina enfrentándose a su destino, malos que no lo son tanto (y viceversa), el típico alivio cómico, y la moralina de unión familiar siempre precediendo a una tragedia (si es la muerte de una madre o un padre, o de ambos, mejor).
No es El Cascanueces y los Cuatro Reinos un desastre a la altura de Un pliegue en el tiempo, llegando a ser incluso entretenida y momentáneamente emotiva, pero al final queda todo en un espectáculo pirotécnico demasiado artificioso, un bonito conjunto de luces de colores y paisajes maravillosamente digitalizados que no tienen aroma ni sabor, tan agradables de contemplar como de olvidar. Ya he dicho que no hay nada realmente malo en esta película, pero de igual manera, no hay nada especialmente reseñable, nada que merezca la condición de clásico inmediato que antaño tenía las películas Disney y que servían para contradecir a todos aquellos que aseguraban que las películas solo servían para vender muñequitos y otros juguetes. En este caso, mucho me temo que habrá que darles la razón. Aunque tampoco parece que vayan a vender demasiados.
El Cascanueces y los Cuatro Reinos pueden ser agradable de ver estas navidades (si aguanta en cartel, cosa que dudo), pero no da para mucho más que una tarde familiar en el cine para compensar el estrés de las compras navideñas.

Valoración: Cinco sobre diez.

jueves, 8 de noviembre de 2018

SMALLFOOT

Inevitablemente ligada a Los Minioms, cuyo éxito ha eclipsado incluso a Gru, personaje que los vio nacer, Illumination films, la filial de Sony encargada de los productos de animación, busca nuevas franquicias con las que expandirse, y esta Smallfoot podría ser un buen punto de partida.
De entrada, parte con los referentes típicos en estas pretensiones, la creación de una raza de seres aparentemente iguales, pero con sus rasgos distintivos que los hace únicos y con una personalidad bien definida, algo siempre a la estela de los eternos Pitufos de Peyo. Vamos, como son los propios Minioms o, buscando por otros lares, los gnomos de Gnomeo yJulieta, las hormigas de Antz o Bichos, los extraterrestres de Home o los trolls de… ejem… Trolls.
Además, parece que eso del bigfoot se ha puesto de moda, y en los últimos meses hemos visto varias películas relacionadas con el Yeti, aunque la vuelta de tuerca que aquí se propone es, como menos, simpática y original. En este caso, el “abominable hombre de las nieves” no es el ser monstruoso que habita en las alturas nevadas, sino al revés: para los Yetis, que viven pacíficos e ignorantes de lo que les depara el resto del mundo más allá de los límites de su aldea (definida por un campo de nubes tras las cuales se supone que existe la nada más absoluta, el ser abominable y amenazador es el hombre, figura legendaria a la que ellos llaman, ¿cómo no?, smallfoot, es decir, pies pequeños.
Más allá de esta gracieta inicial, la película aboga por tratar, de forma superficial, eso sí, algunos temas que pueden ser bastante relevantes y que, de haberse profundizado un poco, podrían invitar, incluso, al espectador más pequeño a un poco de reflexión. Las mentiras que el jefe de la tribu cuenta a sus compañeros con el propósito de mantenerlos a salvo del hombre bien podría verse como una metáfora de los secretos que la Iglesia (y hablo de Iglesia extendiendo el término a cualquier religión, más allá de la católica) ha guardado a lo largo de la historia para manipular a las masas a su conveniencia. Hay también una lectura oculta sobre los peligros del conocimiento (puede que un guiño a las políticas de censura de países como China) y la conveniencia del absolutismo del poder, en el que todo vale con tal de proteger a un pueblo de amenazas externas (¿alguien ha nombrado a Donald Trump?).
Pero más allá de estar interpretaciones que pueden ayudar a hacer más digerible la historia, en el fondo esto es una comedia en algún momento algo violenta para mi gusto (el humor de slapstick es algo abusivo en escenas como la bajada del protagonista al “mundo de los hombres”) que va de lo mismo de siempre: la amistad, el valor de la familia y la hermandad entre pueblos/culturas/razas diferentes.
Lo importante es que, con una animación correcta (no me gusta demasiado el diseño de los Yetis, pero eso ya es algo personal), la película resulta divertida y agradable de ver, y es suficientemente loca (lo que no le impide ser previsible también, ojo) para hacer reír a los más pequeños de la casa, que es de lo que se trata.

Valoración: Seis sobre diez.

jueves, 1 de noviembre de 2018

HUNTER KILLER: CAZA EN LAS PROFUNDIDADES

Que la carrera cinematográfica de Gerard Butler está en claro declive es una evidencia. Alejado ya del papel de galán en comedias románticas, sus últimos trabajos se reducen a repetir siempre el mismo personaje de tipo duro en situaciones extremas en producciones de dudosa calidad, como aquella olvidable Geostorm. En la misma linea se estrena ahora Hunter Killer: Caza en las profundidades, película que ha llegado sin apenas promoción y que probablemente sea un nuevo traspiés en la taquilla. A las pruebas me remito: decidí verla anoche debido a que la sala en la que ofrecían Bohemian Rhapsody estaba a reventar. A cambio, pude “disfrutar” de esta Hunter Killer absolutamente solo en mi sala. Mal presagio...
El caso es que una vez puestos en harina y aceptando todas las debilidades que sin duda me iba a ofrecer esta película de Donovan Marsh, un tipo de esos que ves su filmografía y piensas “¿de donde han sacado a este tipo?”, la cosa no está tan mal como podía parecer en un principio.
Sí, de acuerdo, esto es una versión extraña de La caza del Octubre Rojo, recuperando viejos tics de la Guerra Fría entre Rusia y Estados Unidos en pleno siglo XXI con submarinos de por medio, pero, dejando de lado todo lo absurdo de su guion, no se le puede negar a la película un notable sentido del espectáculo.
Con unos efectos digitales bastante superiores al bochorno de Geostorm y una dirección bastante dinámica y efectiva, Hunter Killer es una historia de persecuciones submarinas, peleas entre machitos y diálogos políticos rancios que aspira a contener un mensaje político sin conseguirlo. Es como jugar a ser Tom Clacy pero partiendo de una de esas novelitas que se leen en el aeropuerto para matar las horas muertas. El discurso político es ridículo y el tradicional postureo patriótico necesario para aderezar este tipo de films cae esta vez por el lado soviético, resultando igual de empalagoso e inverosímil. Pero claro, verosimilitud es lo último que se le debe pedir a una película de Gerard Butler, un tipo que debió haber nacido dos décadas antes y que domina mucho mejor el arte del postureo que el interpretativo. Así, teniendo en cuenta todos estos elementos que, de pillarnos por sorpresa podrían haber arruinado la película, lo que queda es un divertimento absurdo y muy entretenido que se puede disfrutar sin complejos y que gracias a su falta de pretensiones, consigue resultar verdaderamente estimulante y hasta emocionante.
Butler nunca será el John McLaine que a él le gustaría (basta verlo en su saga compuesta, hasta ahora, por Objetivo: la Casa Blanca y Objetivo: Londres para reconocer ahí una Jungla de Cristal de marca blanca) pero sigue conservando suficiente carisma como para soltarlas bravuconadas que lanza en pantalla sin sonrojarse ni provocar sonrojo. 
Al final, el espectáculo pirotécnico supera la colección de despropósitos (lo de Gary Oldman haciendo por enésima vez de tipo histriónico es de traca) consiguiendo que el resultado final sea una estupenda serie B de lujo, una de esas películas que antes denominábamos como carne de videoclub pero que se disfruta mejor en pantalla grande como pasatiempo fugaz de fácil consumo y olvido rápido.

Valoración: Seis sobre diez.