Gus Van Sant es uno de esos directores que cuando
filman una película dejan su sello marcado. Sin tener una virtuosidad especial
con la cámara ni juegos de luz dignos de ser estudiados en las academias de
cine, si tiene un estilo personal, un
punto de autor, que hacen de sus películas algo especial. Títulos como El
indomable Will Hunting, Descubriendo a Forrester o Mi nombre es Harvey Milk así
lo demuestran y Tierra prometida no es ninguna excepción.

Quizá de entrada la historia no desborde
originalidad (hay un giro de guion hacia el final que se ve venir de lejos),
pero está narrada con una sencillez tal que se convierte en entrañable, invitándonos a sentirnos como un habitante
más de McKinley y participar en el debate. Un debate, por cierto, en el que el espectador puede
tomar partido libremente pues (al menos a priori) ni la empresa es una
estafadora a quien se deba odiar ni los habitantes del pueblo son unos avariciosos
catetos a los que despreciar. Steve y su compañera Sue Thomason (Frances
McDormand), exponen su oferta con sinceridad y tanto los argumentos a favor
como los que son en contra son válidos y justificados.
En el tema interpretativo Damon cumple con creces,
en el papel de un tipo corriente, simpático y agradable, con el que resulta
fácil identificarse y mucho más creíble, a mi parecer, que cuando hace de tipo duro a lo Jason
Bourne. Secundándolo Frances McDormand está excelente como siempre y hacen acto
de presencia rostros conocidos como Hal Holbrook, Titus Welliver o Rosemarie
DeWitt, mientras que el coguionista John Krasinki se reserva el personaje del
activista.
Película agradable y deliciosa que permite
alejarse de la gran ciudad y enamorarse de la sencillez del campo y de sus
gentes y quizá, ¿por qué no?,
ilusionados con comprar nuestra propia parcela en la tierra prometida.
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