No es nada novedoso combinar en una misma película drama y romance, más si
el drama viene provocado por la existencia de una enfermedad terminal.
De
hecho, cada generación posee su propio ejemplo y aunque ninguna logrará superar
a Love Story (no ya por su calidad
sino por su trascendencia social que la convirtieron, junto a su tema musical,
en un clásico imperecedero) me vienen a la mente títulos como Elegir un amor con Julia Roberts o Un pedacito de cielo con Kate Hudson (de
hecho este mismo fin de semana se ha estrenado, coincidiendo en cartelera con Bajo la misma estrella, Ahora y siempre, con Dakota Fanning
enferma de leucemia.
Sin embargo pocas películas de este amargo género tienen el acierto de saber
disfrazarse de comedia para enfrentarse a la enfermedad desde el humor (muy
negro, por supuesto) y la ironía.
Hazel Grace es una adolescente que lucha a diario contra un cáncer de
tiroides que se le ha extendido por los pulmones. Sin embargo, su mayor
preocupación no es enfrentarse al dolor y la muerte, sino la imposibilidad de
llevar una vida normal, tanto en la relación con sus propios padres como ante
la posibilidad de encontrar amigos que la comprendan en lugar de comparecerla.
Su única vía de escape es la novela Un
dolor imperial, del americano afincado en Ámsterdam Peter Van Houten, al
que se aferra como si fuese un bote salvavidas pese a lo abrupto de su final.
Pero todo cambia cuando conoce a Gus Waters, que aparentemente ha derrotado a
un osteosarcoma que se ha llevado por delante su pierna derecha, y obsesionado
por no ser olvidado. Pronto entablan una gran amistad (a la que hay que sumar a
Isaac, el mejor amigo de Gus, cuyo cáncer de ojos lo acerca a una irremediable
ceguera) que, naturalmente, terminará derivando en amor.

Posiblemente el gran acierto del film haya que encontrarlo en su pareja
protagonista, con una gran Shailene Woodley, que está sensacional cargando con
todo el peso de la película (y que demuestra que puede ser una gran actriz
dramática como se vio en Los
descendientes mejor que la heroína aplaudida por muchos entre los que no me
incluyo por esa tontería de Divergente)
y con un Ansel Elgort (precisamente su hermano en la mencionada distopía) que
no se queda atrás, y con el toque de calidad que aportan dos veteranos como
Laura Dern y Willem Dafoe en roles secundarios.

Pero al fin, por muchos momentos distendidos y pese a tener a dos
adolescentes descubriendo el amor, el verdadero y gran protagonista es el
cáncer y ello obliga a que, irremediablemente, todo tenga que derivar hacia el
drama. Ya lo avisa Hazel Grace en la escena inicial: la vida real no es como en
las películas y no todo puede arreglarse con una canción de Peter Gabriel.
Así que nadie se lleve a engaños: la historia de Hazel Grace y Gus nos hará
reír, emocionarnos, enamorarnos y hasta soñar. Pero también nos hará llorar, no
lo dudéis. Porque, al fin y al cabo, llega un momento en que la realidad debe
tomar el mando.
Con la única pega de un metraje quizá algo excesivo y un ritmo algo
errático (el viaje a Ámsterdam es un punto clave de la historia, pero está
situado apenas a mitad de la película: aquí alguien debería haberle hablado a
Josh Boorne de la diferendia entre el ritmo narrativo de una novela y el de una
película) , Bajo la misma estrella
(título que homenajea al propio Shakespeare) es emocionante y apasionada y
merece ser vista tanto por lo que es como por saber evitar lo que podría haber
sido.
Y es que por fin alguien ha entendido que una película protagonizada por
adolescentes no debe ir dirigida sólo a adolescentes. Y más mientras Hollywood
siga tratando a los adolescentes como a imbéciles.
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