sábado, 17 de mayo de 2014

9 MESES... DE CONDENA! * (3d10)

Ariane Felder es una estricta jueza que, como es menester en estos casos, apenas tiene vida social de tan centrada que está en su trabajo y en un posible ascenso. Durante una fiesta de fin de año en los tribunales comete el error de beber más de la cuenta y, por la falta de costumbre, se desmadra demasiado, siendo el resultado de tan fatídica noche, varios meses después, el descubrimiento de que está embarazada. Para colmo de males el presunto padre es un perseguido psicópata acusado de trocear y comerse los ojos de su última víctima.
Tan alucinante argumento no puede más que desembocar en una película esperpéntica y ridícula, que quizá en manos de algún director más estilista como Jeunet o Caro podría haber funcionado pero que recayendo en el actor metido a director Albert Dupontel acaba siendo una mamarrachada sin gracia con interpretaciones (en especial la de la protagonista, Sandrine Kiberlain) grotescas y caricaturescas y una trama tan inverosímil como absurda. Dupontel consigue plasmar una bufonada llena de tópicos que parece imitar a cientos de películas con el dudoso mérito de haber conseguido extraer tan solo lo malo de cada una de ellas y empeñándose en estropear los pocos momentos interesantes que ofrece.
El primer engaño, por cierto, lo tenemos en el título, pues si bien el embarazo no deseado es el origen del conflicto no esperen encontrar aquí una fábula cómica (ni a favor ni en contra) sobre la maternidad, sino que todo queda como una anécdota que poco importa a Dupontel en favor a la trama policíaca, si bien tampoco se atreve a ir a por todas por este camino.

Al final el resultado es ridículo, con ligeros momentos de inspiración a cambio de demasiadas situaciones de vergüenza ajena, con una historia tan mal planteada como resuelta y unos personajes grotescos que no cómicos. 

EL PASADO * (4d10)

Siempre es motivo de celebración disfrutar en pantalla grande de Bérénice Bejo, quien nos enamorara con su brillante interpretación en la genial The Artist, y por más que ella no sea la protagonista absoluta de este film qué duda cabe que su magnetismo natural termina por eclipsar al resto del reparto.
El pasado describe el regreso a Francia de Samir (Tahar Rahim) para terminar de arreglar los papeles de su divorcio con Marie Brisson (Bejo), aunque no consigue disimular los sentimientos que continúa manteniendo hacia ella. Una vez en el lugar que tiempo atrás considerase su hogar, Samir debe enfrentarse a dos situaciones incómodas: la presencia en casa de Ahmad, el nuevo novio de Marie, y su hijo y la difícil etapa por la que está pasando Lucie, la adolescente hija de su exmujer fruto de un matrimonio anterior. Con la mejor de las intenciones y, en un alarde de prepotencia, sintiéndose el más coherente de la disfuncional familia, Samir tratará de solventar la situación descubriendo no solo que los dos problemas parten del mismo conflicto sino mostrando también sus propias debilidades y secretos.
Dirigida por el iraní afincado en Francia Asghar Farhadi, la película es fiel a la trayectoria del realizador y desnuda los problemas de una familia tan atípica como realista con sus respectivos choques culturales y heridas en el alma, huyendo del más mínimo sentido del humor y retratando con sencillez e incluso simpatía a unos personajes torturados en busca desesperadamente del amor. Sin embargo Farhadi abusa demasiado de la reiteración de situaciones, de diálogos intrascendentes que no ayudan a avanzar a la trama y de momentos que donde otros han querido ver poesía intimista yo he sentido una monotonía que han provocado que el resultado final me haya resultado aburrido. Y el final enigmático que se supone que invita a que cada espectador haga su propia valoración no ayuda a mejorar mi opinión ante una obra inconclusa y lenta.
Brillante la interpretación de la actriz de origen argentino Bérénice Bejo en un papel de menos lucimiento que su Peppy Miller de The Artist pero mucho más esforzado y repleto de matices mientras que el resto del reparto cumple sin más.

Interesante de base, demasiada falta de pasión en su desarrollo para cumplir las expectativas.

EL PODER DEL TAI CHI * (4d10)

Cuando Keanu Reeves rodó Matrix le fue asignado el especialista en artes marciales Tiger Hu Chen para que le enseñara a moverse, además de doblarlo en las escenas peligrosas. Por lo visto, tras la experiencia Reeves quedó enamorado del Tai Chi y (figuradamente hablando) del propio Tiger. 
Ahora, cuando la carrera del popular Neo parecía desaparecida, 47 Ronin, la leyenda del samurái lo trajo de nuevo a la actualidad en una película que le permitió conocer el cine oriental a la par que regresar a las artes marciales. Por ello no es de extrañar que su debut como director lo haya hecho precisamente de la mano de una productora china y con Tiger Hu Chen como protagonista en una clásica historia sobre un luchador cuyo poderío amenaza con corromper su alma, insistiendo en el mensaje de que ciertas artes marciales son un deporte que sirve también como defensa, pero nunca como arma de ataque, algo así como lo que ya nos dejaran hace algunos años en Karate Kid.
No sé si a Keanu no le quedan amigos en Hollywood que confíen en él o si ha sido idea suya la de concederse este capricho con la máxima libertad, pero es evidente que aparte de las notables escenas de lucha la película carece del nivel interpretativo necesario mientras que se denota demasiado la falta de experiencia tras las cámaras. El tal Tiger ni es actor ni lo parece y tampoco el resto del reparto tiene un ápice de carisma exceptuando al propio Reeves que da el pego como villano aunque su papel no le exija demasiados registros.
Por lo menos, se agradece que el director no busque la poesía visual tan característica en estas producciones que, o se hace con genialidad o queda pedante y artificial, como en su anterior película como actor, y se limite a colocar la cámara donde mejor luzcan las peleas, aunque no le habría ido mal pedir consejo a algún guionista de verdad que le ayudara a definir los personajes o crear alguna subtrama que dotara de cierto interés al argumento.

Al final, más de lo mismo. Peleas aderezadas con gotas de sabiduría oriental que solo interesará a los amantes de las artes marciales.

miércoles, 14 de mayo de 2014

AMOR EN SU PUNTO (3d10)

Viendo en increíble éxito de Ocho apellidos vascos y el buen funcionamiento de las recientes Tres bodas de más y  La gran familia española cualquiera diría que la comedia española se encuentra en estado de gracia. Ello no significa, sin embargo, que todo valga y nos quieran
hacer comer cualquier mamarrachada del montón. Y es que, sintiéndolo mucho, eso es Amor en su punto, una comedia sin gracia, mal escrita y peor dirigida, casposa y desfasada.
Con el nada original punto de partida de conjugar amor y gastronomía (algo que alguna vez pudo parecer original pero que hoy en día es casi un subgénero propio, a la vista de títulos como Chocolat, Fresa y chocolate, Dieta mediterránea, Sin reservas o la extrema El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante, entre muchas otras) esta coproducción hispano irlandesa ambientada en Dublín narra la historia de amor y odio entre Oliver, un prestigioso escritor gastronómico cuyo mundo gira alrededor de la comida, y Bibiana, idealista, amiga de las causas perdidas y, posteriormente, vegetariana. También en el amor son polos opuestos: mientras él huye de las relaciones que amenazan con tornarse en compromisos ella busca siempre el afecto en el hombre equivocado, consciente de que están destinados al fracaso pero sin poderlo remediar.
Sin querer ser demasiado exigentes, lo cierto es que esta trama podría haber funcionado bien, ya que las bases para el conflicto están bien definidas y el tema gastronómico puede dar mucho juego. El problema es que los directores, a la par que guionistas, Dominic Harari y Teresa Pelegri ni saben aprovechar el potencial de la idea ni construyen unos personajes con algo más que un simple esbozo. Nada sabemos de Bibiana aparte de su relación obsesiva con un hombre casado mientras que conocer la infancia de Oliver no es suficiente para entender un personaje que no terminas nunca de creerte.
Además, el matrimonio Harari-Pelegri busca el elemento cómico con tanta torpeza que lo único que consiguen es crear situaciones grotescas que encaminan la película hacia el ridículo más espantoso. Por cierto, que las interpretaciones caricaturescas de los actores (en especial un sobreactuado Richard Coyle) tampoco es que ayuden demasiado, debiéndonos conformar con la calidez de Leonor Watling, de la que se podría decir que es lo mejor de la película sin que ello tampoco signifique mucho.
Pero lo peor de todo, quizá, es que se intuye una presuntuosidad intencionada, una sensación de que sus autores, en lugar de limitarse a querer hacernos pasar un buen rato, pretenden obsequiarnos con su sabiduría, trascender con un mensaje que está por encima del bien y del mal y darnos una lección filosófica sobre sentimientos que desborda pomposidad y puede llegar incluso a ofender al espectador.
Algún gag bueno tiene, pero no es bastante para compensar tanta artificiosidad, tanta manipulación y, en fin, tanta decepción.

Si debemos cruzar fronteras para hacer estas operetas que parecen sacadas de otros tiempos más paupérrimos cinematográficamente hablando, mejor nos quedamos en casa.

martes, 13 de mayo de 2014

MALDITOS VECINOS (5d10)

Poco podíamos esperar de una película que se promociona como: "de los tipos que trajeron Juerga hasta el fin". Los que me conozcáis ya sabréis que pienso de esos bodrios adolescentes cuyo único mérito es buscar quien dice la ordinariez más gorda o hace la guarrada más grande. No obstante, y pese a la participación de Seth Roger como protagonista, la presencia de un director como Nicholas Stoller, acostumbrado a comedias de medio pelo pero no exageradamente burdas (ahí están Paso de ti o Eternamente comprometidos) abría la puerta a un rayo de esperanza.
El argumento no da para mucho: Rogen y Rose Byrne interpretan a un matrimonio con una niña pequeña que descubren que se han hecho adultos a su pesar, y cuando reciben como nuevos vecinos a una hermandad universitaria acostumbrada a desfasantes fiestorras con la música a tope hasta altas horas de la madrugada se declara una guerra entre ellos, por más que en su fuero interno envidien esos años de locura y desenfreno.
Así,  es fácil imaginarse las estupideces que se van a suceder, los chistes de penes y tetas y la apología al alcohol y las drogas. Y sin embargo, algo bueno he podido sacar de esta película que me ha impulsado a aprobarla (justito, eso sí), aparte del hecho obvio que tal sucesión de absurdeces propicia que, por pura estadística, alguno haga gracia.
Por un lado está el aspecto interpretativo, pues mientras Rogen se limita a hacer lo de siempre y Byrne (por si alguien no la recuerda es la Moira de X-men: primera generación y lo pasa fatal en las dos partes de Insidious) parece sentirse demasiado actriz como para esforzarse mucho en esta película, por el lado de los descerebrados me ha sorprendido el buen hacer de Zac Efron (ya lo hizo en A cualquier precio, al final haremos algo de provecho con este antiguo chico Disney) y tampoco desentona nada Dave Franco, uno de los magos de Ahora me ves... que a poco que se esfuerce superará en carisma a su hermano James. Pulula también por ahí algún otro rostro conocido, como Lisa Kudrow o Christopher Mintz-Plasse, pero eso ya es harina de otro costal... mientras que la actriz que interpreta al bebé Brittany está para comérsela.
El segundo punto a favor es su madurez final. No es que una película como ésta deba tener un mensaje de fondo para funcionar (yo mismo me he quejado a veces cuando pretenden vendernos una comedia gamberra y terminan endulzando la cosa y quedándose cortos) pero lo cierto es que Seth Rogen ya tiene una edad para ejercer eternamente de inmaduro alocado en este tipo de películas que normalmente tildaría de basura y me parece una novedad que la conclusión final sea que ellos son los que hacen lo correcto y los universitarios los que están echando a perder su vida. Que una película para adolescentes de hormonas alborotadas te refleje lo maravilloso de la paternidad, la vida en pareja y lo que podríamos definir como costumbrismo me parece, cuanto menos, diferente.
Al final falta algo de mala baba y originalidad, por supuesto, pero si nos atrevemos a ver un film de estas características mejor que nos conformemos con lo poco bueno que pidamos rascar.

Menos da una piedra...

TRES DÍAS PARA MATAR (5d10)

Siempre me resultó chocante la admiración que el galo Luc Besson ha procesado por el cine anglosajón, como demostró en sus primeros films francos hasta que tuvo la oportunidad de emigrar a su Hollywood ansiado. Tras convertirse en un referente en el cine de acción, nos tenía un poco abandonado desde que se embarcó en un cine más infantil como la saga de Charlie y los Minimoys o la fallida Adele y el misterio de la momia,  aunque recientemente volvió por el buen camino con su particular homenaje a Scorsese con Malavita y la paranoia que puede suponer la inminente Lucy, con Scarlett Johansson. Sin embargo, como más activo se ha mantenido es en su faceta de guionista y productor, consiguiendo que su firma sea sinónimo de acción y entretenimiento asegurados. Hace escasos días llegó Brick Mansions (la fortaleza) y ahora es turno de esta Tres días para matar, donde es el inefable McG (Los Ángeles de Charlie, Terminator Salvation) es quien toma las riendas tras las cámaras. Pese a ello, basta echar un rápido vistazo al film para poder confirmar que es una película 100% Luc Besson, ya que se reconocen en ella todas sus señas de identidad: acción desmedida, persecuciones en coche, un puntito de sensualidad (al que también podríamos llamar erotismo casi infantil) y un clasicismo narrativo algo simple y con alguna referencia a su París natal. De hecho, casi podríamos considerarlo como el abanderado del fine de acción actual, gustoso ofrecer una especie de serie B de lujo tal y como demuestran algunas de sus creaciones como las sagas Taxi, Transporter, Venganza o Distrito 13 y su reciente remake Brick Mansions (la fortaleza).
En esta línea se encuentra Tres días para matar, adrenalítico film que recupera a Kevin Costner como protagonista absoluto después de una época oscura y olvidable de la que parece empezar a recuperarse gracias a sus breves apariciones en blockbusters como El hombre de acero y Jack Ryan: operación Sombra. Ahora interpreta a Ethan Renner, un brillante agente de la CIA que debe retirarse cuando le diagnostican un cáncer terminal y decide pasar sus últimos días con su mujer y su hija a las que no ve en años. Pero un último caso inconcluso le perseguirá, obligándole a elegir entre recuperar el tiempo perdido o cumplir una última misión.

Lamentablemente, la película alterna sin demasiado acierto escenas trepidantes con momentos sensibleros que entorpecen la narración (Ethan enseñando a su hija a ir en bici, por ejemplo) mientras que el abuso de situaciones cómicas debe sumarse también en el lado de la balanza de cosas negativas (que Ethan pida consejos paternales a alguien a quien está torturando funciona la primera vez, pero pierde sentido en la reiteración). Pero ya he dicho que esta es una película de Luc Besson (ya ven que poco porcentaje de autoría concedo a McG) y lo suyo es el entretenimiento puro y duro, sin que merezca la pena entrar en análisis más profundos o pedir una coherencia argumental. Y en este sentido, la película cumple. Costner parece en plena forma y está bien secundado por Connie Nielsen (Gladiator, Basic) y Hailee Steinfeld (Valor de ley, El juego de Ender), interpretando a su esposa e hija respectivamente. Los villanos, completamente planos y estereotipados, corren de la mano de Tómad Lemarquis y Richard Sammel y Amber Heard interpreta a una absurda femme fatal a medio camino entre Jessica Rabbit y Sin City.

Acción, coches, tiros, explosiones, muchos muertos, humor, sentimentalismo y un París hermosamente fotografiado. Es la película ideal para no pensar en las preocupaciones de la vida cotidiana y pasar una tarde de domingo entretenida tras un contenedor de palomitas. 

viernes, 9 de mayo de 2014

APRENDIZ DE GIGOLÓ (6D10)

Curioso es ver a Woody Allen actuando en una película que no ha escrito y dirigido, aunque dicen algunas malas lenguas por ahí que es realmente él y no Turturro quien estuvo tras los mandos, ya que quieren ver en Aprendiz de gigoló la huella tan característica del director neoyorquino.
Yo personalmente no lo tengo tan claro pues, mejores o peores toda la filmografía de Allen camina en una dirección, mientras que las metas hacia las que se dirige la película firmada por John Turturro son tumultuosas, haciéndonos dudar sobre si se trata de una comedia, una sátira social o una cruel crítica a la sociedad judía más radical.
Sí hay en Aprendiz de gigoló muchos elementos característicos de Allen, eso es innegable. Ahí esta Nueva York como telón de fondo, los diálogos ingeniosos y el amor (o el sexo) como eje sobre el que gira todo. Sin embargo, me da la impresión de que Turturro lo que hace realmente (como hacía también Torregrossa en La vida inesperada) es jugar a ser Allen, copiar sus tics y manías y, para más inri, invitarlo a la fiesta.
El argumento no puede ser más desquiciante. Murray (Allen) tiene graves problemas de dinero, y a su amigo Fioravante (Turturro) no es que le vaya mucho mejor. La casualidad quiere que la dermatóloga de Murray, Parker (espectacular Sharon Stone para la que no parecen pasar los años) le comente sus deseos de realizar un trío con su amiga Selima (Sofía Vergara, sobran las palabras), a lo que Murray propone a su colega como candidato. Así será como Fioravante se convertirá en inesperado gigoló y Murray en su chulo, pero la cosa se complicará cuando entre en la ecuación Avigal (Vanessa -quedientesmáshorriblestienes- Paradis), viuda de un importante rabino y miembro de una rama ultraconservadora de judíos ortodoxos. Cierra el círculo un iracundo policía de barrio secretamente (o no tanto) enamorado de Avigal al que pone rostro el siempre efectivo Liev Schreiber.
Con todo este elenco tan variopinto la cinta avanza con complacencia mientras Turturro y Allen se enzarzan en discusiones dispares sobre la conveniencia o n de entrar a formar parte del negocio del amor y las primeras experiencias del inexperto gigoló, se pierde en la confusión de una historia de amor aburrida y que no lleva a ninguna parte (esto coincide con la parte de metraje en la que apenas aparece Allen) y trata de levantar el vuelo durante un extraño juicio judío que no termina de estar bien explicado para aquellos a los que los recovecos más radicales de esta religión nos resultan desconocidos.
Lo mejor de la función reside sin duda en sus intérpretes. Turturro es un grande que aquí parece algo comedido mientras que siempre es agradable ver a Woody allen haciendo de Woody Allen. La química entre ellos es innegable y se echa en falta más duelos entre ellos sin molestas interrupciones. La historia naufraga sin embargo al querer alejarse de una simple comedia romántica con ingenio y meterse en otros menesteres que enturbian la marcha de la acción y deja una sensación de desazón en el espectador, como si no entendiésemos lo que está pasando ni porqué los acontecimientos han tomado semejantes giros.
Y es que al final, como ya sucediera con la película de Torregrossa, la conclusión es que se le puede odiar o se le puede amar, pero Woody Allen no hay más que uno.

Por mucho que se empeñen en imitarlo.

DIVERGENTE (4d10)

Nos encontramos ante una nueva tontería de esta especie de subgénero que ha aparecido durante la última década que se ha dado en llamar cine YA (young adult), es decir, películas para adolescentes centradas en un futuro distópico con un héroe (o preferentemente heroína) dispuesto a salvar el mundo de una sociedad corrupta y capaz de tener una apasionada historia de amor, mejor con triángulo incluido, en sus tiempos libres, normalmente basándose en una saga de novelas que salvo excepciones está perpetrada por alguna ama de casa que no tiene ni pajolera idea de escribir y se limitan en plasmar en papel sus fantasías lujuriosas y épicas con las que huir de su decepcionante vida rutinaria.
Desde que terminaran las sagas de Harry Potter y Crepúsculo, dos polos opuestos pero megataquilleros de esta corriente, Hollywood se ha dedicado a adaptar indiscriminadamente toda novelucha juvenil que caía entre sus manos en busca de una nueva gallina de los huevos de oro, con estrepitosos fracasos (algunos previsibles, como Hermosas criaturas, otros más inesperados, como Los juegos de Ender), con la gran excepción de la digna Los juegos del hambre, la única que tiene garantizada la conclusión de la saga (a medio camino se encuentran cosas que ni triunfaron ni tampoco molestaron mucho como las colecciones de futuro incierto de Narnia y Percy Jackson).

En este panorama aparece Divergente, primer título de una trilogía ¿literaria? que no pienso leer y que por arte de magia se convertirá en tetralogía en el cine, con la heroína encarnada por Jennifer Lawrence como máximo referente.
Como no puede ser de otra manera en estos derroches de creatividad nos encontramos ante una sociedad de postguerra (una vez más nos quedamos con las ganas de ver esa guerra) en la que la sociedad ha quedado dividida en secciones (aquí son facciones como en otras sagas eran distritos o incluso casas). Aunque es el ADN de cada uno lo que revela a que sección pertenece cada uno, ya que estas se rigen por un rasgo de carácter distintivo, existe la posibilidad de que uno elija su propio destino, eso sí, sin opción a recular jamás. El problema vendrá cuando la protagonista descubra que su ADN la define como Divergente,  lo que significa que posee algo de cada una de las facciones y es por lo tanto superior a sus compañeros. Como eso está muy mal visto se decanta por hacerse de Osadía, para decepción de sus padres, que son de Abnegación. A partir de aquí la historia se transforma en una especie de academia militar absurda y violenta con unos tintes fascistas que ríete tú de Ender, hasta que la protagonista Tris, que empieza como un patito feo y termina como reina del cotarro, descubra que hay una trama conspiratoria en las altas esferas y que va a haber una especie de golpe de estado perpetrado por Jeanine (una embarazada Kate Winslet que confirma con su participación en esta peli que los Oscars no bastan para llenar los bolsillos), que por cierto es lo más parecido a la cabeza de gobierno de una sociedad que no termino de entender, por lo cual sus motivaciones son poco menos que absurdas.
Entre tanto tópico y giros de guion que no sorprenden a nadie no pueden faltar los grupitos de amigos que apenas conocerse se defenderán hasta la muerte, las traiciones ¿inesperadas?, el romance y, por supuesto, el drama familiar. Y es que esta Tris es tan gafe que a su lado Peter Parker es sinónimo de la buena suerte.

Poniendo jeta a la prota está la insípida Shailene Wodley(la que fuera hija de George Clooney en Los descendientes y estuviera a punto de ser la MJ de The amazing Spiderman 2 hasta que los fans se enteraron y amenazaron con quemar Marvel hasta los cimientos), y que no tiene ni la calidad, ni el físico ni el carisma de la Lawrence, a la que acompaña algún rostro conocido como Maggie Q, vista en la televisiva SHIELD y Jai Courtney, uno de los culpables de que La jungla: un buen día para morir sea tan mala, aparte de la mencionada Winslet, rostro de prestigio obligado en este tipo de producciones y que aporta algo de caché junto a la desaparecida Ashley Judd. Mención aparte se merece el insoportable Miles Teller, un niñato acostumbrado a las comedias estúpidas tipo Noche de marcha y al que pretenden convertir en el nuevo Mr. Fantástico (!!).
No voy a negar que el director, Neil Burger, ha sabido dotar a la película de algunas secuencias de acción realmente trepidantes, pero se enfrenta a un guion tan flojo y colmado de sinsentidos que no puede evitar que a la postre las dos horas y veinte minutos de duración resultan interminables y me inviten a definir la película como de aburrida.

O a lo mejor, claro está, es que no la entendí...

jueves, 8 de mayo de 2014

BRICK MANSIONS (LA FORTALEZA) (4D10)

Vayamos al grano. Brick mansions (la Fortaleza) es una solemne tontería de cabo a rabo. Producida por Luc Besson, esta Brick mansions es un remake americano del Distrito 13 que dirigiese en 2004 Pierre Morel, ya bajo el amparo de Luc Besson y que en realidad era una mezcla de influencias de Asalto a la comisaría del distrito 13 y 1997: rescate en Nueva York, ambas de John Carpenter. 
El elegido para dirigir el invento ha sido en esta ocasión el debutante Camille Delamarre, responsable de la edición de otros films producidos por Besson y con este elenco de amiguetes no podía faltar entre los actores protagonistas el insípido y plano David Belle, intérprete de registro cero pero de movimientos eléctricos a la hora de lanzarse al parkour, ese invento francés que consiste en pegar saltos por tejados y muros aprovechando las habilidades corporales de la forma más rápida posible.
Y de eso va realmente la película. Con una excusa tan poco convincente como estúpida (la creación de un muro tras el cual se encierra a lo peorcito de Detroit, como si de un gueto fortificado se tratase) lo que importa en la película es ver al Bello este pegando cabriolas por todas partes, lo cual, junto a la presencia de Paul Walker, resulta ser lo único salvable del film y que podría dar mayores alegrías si no fuese por lo mal filmadas que están algunas escenas demostrando que el debut de Delamarre ha sido un poco precipitado.
Damien Collier y Lino son dos policías de diferente pasado que deben trabajar juntos a su pesar para internarse en Brick Mansions y detener al gran villano de la función, Tremaine Alexander (interpretado por el rapero empeñado en ser actor: RZA), el jefe del cotarro al otro lado del muro. A partir de ahí solo podemos encontrar una sucesión de tópicos a cual más ridículo, desde la lucha “de gatas” entre la sádica amiga de Tremaine y la novieta de Lino, hasta tiroteos interminables, malvados grotescos (e insultantes por su patetismo), situaciones inverosímiles, humor de rebajas y giros de guion totalmente fuera de lugar que nos inviten a gritar en medio de la proyección: “¿pero esto qué es?”.
No se puede hablar de tomadura de pelo cuando las expectativas eran tan pocas y ya el cartel invitaba a saber lo que uno iba a ver. De hecho, dudo que si no fuera por la lamentable y reciente muerte de Paul Walker la película hubiera llegado a estrenarse en nuestro país. Y es en Walker donde encontramos la única vía de escape, pues su carisma y su buen hacer es lo único que ayuda a soportar esta tontería por más que se nos parta el corazón cada vez que se sube en un coche (y lo hace mucho) y termina estampándose contra algo.
Argumentos aparte, las secuencias de acción podrían haber sido espectaculares (Bello se esfuerza lo suyo) pero no están filmadas con la suficiente convicción como para impresionarnos, dejando siempre son la sensación de que se podría haber sacado mucho más.

Simplería para pasar el tiempo y poco más, con interpretaciones nefastas por parte de los secundarios y un apunte a crítica social que queda en agua de borrajas, Brick Mansions queda infinitamente lejos de las dos grandes películas de Carpenter a las que pretende emular.

LA VIDA INESPERADA * (6d10)

Permítanme comenzar este comentario dirigiéndome a todos aquellos que me siguen desde hace poco y que probablemente no hayan leído mi post de presentación, firmado allá por un lejano enero del 2013. En él me presentaba como un verdadero amante del cine, y con esto no me refiero tan solo a las películas, sino que insisto en el concepto CINE, que es el lugar donde considero deben ser vistas dichas películas. Éste es un elemento imprescindible para poder disfrutar y, por lo tanto, valorar correctamente las obras fílmicas, por lo que en un alarde de honestidad decidí incluir un asterisco en el título de la entrada cuando no hubiese visualizado la película a comentar en unas condiciones optimas, ya sea por haber recurrido al formato doméstico o por cualquier deficiencia provocada por la propia sala de cine que pueda influenciar mi crítica sin que sea culpa de los autores del film.
Además, siempre intento hacer una valoración lo más personal posible, sin dejarme influenciar por otros críticos o foros de opinión. Sin embargo, en el caso que nos ocupa hoy confieso haber aumentado un punto mi valoración después de haber escuchado un comentario concreto en la radio. Y el motivo es el mismo que me ha impulsado a colocar el dichoso asterisco en el título pese a haber visto la película en mi cine habitual y con la comodidad y calidad de imagen y sonido de siempre. Y es que nos encontramos ante una muestra más de la incompetencia de las distribuidoras españolas que se empeñan en estrenar poco y mal y de considerar al espectador de poco menos que idiota. Uno de los problemas de esta película (tranquilos, pronto me pongo con la crítica de verdad) es que pese a tratar sobre un grupo de españoles haciendo las Américas en ningún momento se proponía la más mínima referencia al contraste de idiomas, lo cual resultaba raro aun cuando su director no quisiera centrar su trama en ello. Si a esto añadimos el espantoso doblaje de los personajes (básicamente mujeres) oriundos el resultado es una sensación extraña que te saca en muchos momentos de la película. Sólo ahora he descubierto que pese a ser una película española, con actores españoles y hablada mayoritariamente en español, tenía que haber ido a verla en salas de versión original porque algún lumbreras ha decidido maltratar la decisión del director a la hora de filmar en formato bilingüe y traducir los pocos momentos en los que se habla en inglés, estropeando en gran parte el aspecto final del film.
Así que si alguno de ustedes tiene pensado ir a verla, téngalo en cuenta.
Ahora sí, pasada ya mi pataleta inicial (a este paso el blog terminará llamándose El Panda antiproductoras), voy a entrar de lleno en la película.
La vida inesperada es una comedia agridulce que describe las peripecias de Juan (Javier Cámara), un español afincado en Nueva York con aspiraciones de triunfar en el mundo del espectáculo pero cuya realidad (como la de la mayoría de actores) es que malvive entre obras de teatro minoritarias y trabajos de poca monta como camarero, tendero o incluso profesor de cocina española pese a no saber ni preparar una simple paella. Pese a todo su vida transcurre con sencillez entre bambalinas y escarceos amorosos con Sandra (Carmen Ruiz) hasta que recibe la visita de su primo Jorge (Raúl Arévalo), el triunfador de la familia. Será entonces cuando la complicada convivencia y la relación amor-odio entre primos les descubra lo que esconden en su interior y les obligue a tomar decisiones que llevan tiempo posponiendo.
Dirigida por Jorge Torregrossa, que debutó en el mundo del cine con la irregular Fin, La vida inesperada contiene tantos errores como aciertos, empezando por su reparto, con un Cámara tan brillante como nos tiene acostumbrados pero con la sensación de estar repitiendo siempre el mismo personaje y un Arévalo al que nunca me creo como seductor ni triunfador.
Elvira Lindo, la creadora de Manolito Gafotas, escribió esta historia directamente para el cine durante el tiempo en la que estuvo residiendo en la metrópolis americana (donde también residió varios años el propio director, por cierto) de manera que el film termina siendo una declaración de amor a la ciudad que nunca duerme, que aparece magníficamente fotografiada. Tanto es así que durante todo el metraje sobrevuela el espíritu de Woody Allen, artista que sin duda tenían en mente tanto Lindo como Torregrossa al construir su ficción. Podemos encontrar aquí todos los tics de Allen, desde utilizar Manhattan como un personaje más al glamuroso a la par que bohemio encanto de las catas de vinos (aquí acompañados de queso manchego y paella), sin olvidar los intensos diálogos en busca de un ingenio reflexivo sobre el éxito, la vida y, sobretodo, las mujeres (o el sexo). Por no faltar, no falta ni la banda sonora cargada de jazz de la mano de Lucio Godoy y Federico Jusid. Pero una cosa está clara: cuando se imita a un genio el resultado final siempre estará por debajo del original. Y eso le pasa a La vida inesperada, que quiere ser y no puede, pues ni Elvira Lindo ni sus diálogos están a la altura del realizador de Manhattan, y los notables esfuerzos de Torregrossa por plasmar la belleza de la ciudad, sus vistas desde las azoteas o los bancos mirando al Hudson junto al puente de Brooklyn no son suficientes. Hay, además, un exceso de amabilidad del director y la guionista hacia sus personajes, haciendo que las dificultades que supone la vida de los españoles en Nueva York parezcan menos. Tomo como muestra la secuencia de la paella en la que los tres protagonistas podrían prepararse para un conflicto entre ellos pero culmina con el inicio de tres relaciones sentimentales casi casuales que terminarán derivando en los amores de sus vidas. Todo demasiado bonito. Todo demasiado sencillo. Y para colmo, los pocos momentos en los que la película se distancia de Allen es para abusar de dos tópicos del cine español. Me estoy refiriendo, por un lado, a las conversaciones del personaje de Cámara con su madre por skype, que son muy almodovarianas (casi se puede imaginar a Chus Lampreave en el papel que finalmente recayó en Gloria Muñoz) y la presencia de un veterano argentino en el papel de voz de la conciencia del protagonista que no lo interpreta Héctor Alterio pero podría.

En fin, interesante película (si dejamos aparte el tema del doblaje), divertida en unos momentos, reflexiva en otros,  con una dirección extraña (contrasta lo brillantemente filmada que está Nueva York con algunas escenas, como una conversación en una cafetería entre Juan y Jojo, bastante mal construidas) pero que deja un cierto regusto a que podría haber llegado más lejos si Torregrossa hubiese buscado ser él mismo y buscar su propio camino en lugar de limitarse a imitar a otros.

martes, 6 de mayo de 2014

POMPEYA (7d10)

Viendo esta película hay dos títulos que inevitablemente me vienen a la memoria.  Y no se trata de ninguna de las cintas catastrofistas que tan bien sabe plasmar en pantalla Ronald Emmerich (aunque también), sino que hablo más bien de Titanic de James Cameron y Pearl Harbor, de Michael Bay. En los tres casos se trata de espectaculares superproducciones, con grandes efectos visuales, cargados de épica y basados en historias reales. 
Y en los tres casos se rodean de una historia romántica que flojea por todas partes con unas interpretaciones mediocres que en ningún caso deben empañar el espectáculo visual que debe imperar en todo momento. Aunque Bay se tomó ciertas licencias en su narrativa, tanto Cameron como ahora Paul W.S. Anderson han tratado de plasmar la realidad de la tragedia histórica con una fidelidad casi literal. Naturalmente, este tipo de películas tienen un grave problema. Sus directores suelen estar enamorados de un periodo clave de la historia, pero si se limitasen a plasmar esos hechos sin más estaríamos hablando de documentales y no de películas, así que deben rellenar la hora y media de metraje que no corresponde a bombardeos, hundimientos o erupciones con algo que, a la postre, no va a interesar a casi nadie más que como aperitivo a la gran traca final. En los tres casos, además, se apuesta por una trama romántica para cautivar al público femenino.
Así, Pompeya pretende vendernos la historia de Jon Nieve, digo de Milo, el único superviviente de una tribu celta a manos de una legión romana que crecerá como esclavo con la idea de la venganza grabada a fuego en su mente (¿alguien ha nombrado a Conan?). Ya como adulto es enviado a Pompeya como esclavo para luchar en la arena contra otros gladiadores donde, como en la reciente (y penosa) Hércules se convertirá en el mejor amigo y aliado del que se supone su mayor rival, el señor Eko, digo Atticus. Aparte de luchar por su vida en los calabozos de Pompeya, con situaciones que recuerdan a cualquier película carcelaria, tiene tiempo el chico para enamorarse de Casia,  una bella doncella ya que, como es natural, no va a conformarse con una sirvienta cualquiera, sino que el niño se encapricha –y viceversa- de la hija de un rico mercader que es quien parte el bacalao en la villa romana. Para complicar la historia de la dama y el vagabundo entra en escena Jack Bauer, digo Corvus, un senador romano que no solo quiere llevarse a la ciudad eterna a Casia sino que además es quien comandó la legión que aniquiló el pueblo de Milo (y es que en el fondo el Imperio Romano era un pañuelo). 
Como se puede ver, un reparto muy televisivo (a Kit Harington, Adewale Akinnuoye-Agbaje y Kiefer Sutherland les acompaña Jared Harris de Mad Men como padre de Casia, Sasha Roiz, de Caprica, como mano derecha de Corvus y solo la inolvidable Trinity de Matrix, Carrie-Anne
Moss aporta el caché cinematográfico suficiente). Sólo esto podría ser ya una muestra de lo poco que interesa a los productores la historia que se cuenta como relleno, cuya única finalidad es la de mostrar cuerpos musculosos, peleas espectaculares y una ligera tensión sexual adornando este triángulo amoroso calcado del que inmortalizaron Leonardo Di Caprio, Kate Winsley y Billy Zane en Titanic. Pero es entonces cuando debemos recordar al protagonista real de la película, el Vesubio, la “montaña” que gruñe junto a Pompeya por designio de los dioses, presencia impresionante en la mayoría de planos generales de la película y origen y final de todo lo que verdaderamente interesa a Paul W.S. Anderson de su historia.
Pompeya no es una obra maestra, pero tampoco pretende serlo en ningún momento. Es trepidante, impresionante, adrenalítica y muy espectacular. Y toda la marabunta de tópicos que se apelotonan en su trama argumental se compensa por la fidelidad absoluta que con la que se describe la erupción del Vesubio y la devastación de Pompeya. Tal fue la tragedia que sufrieron los habitantes de esa villa de recreo romana que es importante insistir en el asesoramiento de historiadores y geólogos para no caer en el error de que lo visto en pantalla pueda ser una exageración en pos del espectáculo, ya que vamos a contemplar terremotos, erupciones volcánicas y hasta un tsunami.
Con una deliciosa reconstrucción de la época que nada tiene nada que ver con la palomitera y poco más Los tres mosqueteros, del propio Anderson, el director británico sorprende con su sobriedad a la hora de filmar, sin abusar de la cámara lenta que tanto le gusta utilizar para hacer lucir el estado físico de su mujer Milla Jovovich en la saga Resident Evil, con un uso brillante e inteligente de la tecnología 3D (no en vano es admirador y fiel seguidor de James Cameron) y que nos regala maravillosas panorámicas de la impresionante reconstrucción de Pompeya, travelings aéreos sobre el volcán y un despiporre visual que, por una vez, se pone al servicio de la historia y no al revés.
Así pues, magnífica la historia de Pompeya, flojita la de Milo y Casia. Técnicamente perfecta, es absurdo exigirle una historia a la altura cuando, en realidad, poco nos va a importar el destino de sus protagonistas. Quizá por eso en lo único que flojee Anderson es en poner el peso dramático final en sus personajes en lugar de estremecernos con los miles de muertos anónimos, quizá sin percatarse de que en la referenciada Titanic emocionaba mucho más con los planos de los cadáveres sumergidos que con la cafre de Rose negándole un hueco de la balsa al desdichado Jake.
Humo, lava, rocas incandescentes y mucha ceniza. Y, por en medio, alguna que otra pelea de gladiadores. No pidamos más. Es suficiente para disfrutar.