jueves, 8 de mayo de 2014

LA VIDA INESPERADA * (6d10)

Permítanme comenzar este comentario dirigiéndome a todos aquellos que me siguen desde hace poco y que probablemente no hayan leído mi post de presentación, firmado allá por un lejano enero del 2013. En él me presentaba como un verdadero amante del cine, y con esto no me refiero tan solo a las películas, sino que insisto en el concepto CINE, que es el lugar donde considero deben ser vistas dichas películas. Éste es un elemento imprescindible para poder disfrutar y, por lo tanto, valorar correctamente las obras fílmicas, por lo que en un alarde de honestidad decidí incluir un asterisco en el título de la entrada cuando no hubiese visualizado la película a comentar en unas condiciones optimas, ya sea por haber recurrido al formato doméstico o por cualquier deficiencia provocada por la propia sala de cine que pueda influenciar mi crítica sin que sea culpa de los autores del film.
Además, siempre intento hacer una valoración lo más personal posible, sin dejarme influenciar por otros críticos o foros de opinión. Sin embargo, en el caso que nos ocupa hoy confieso haber aumentado un punto mi valoración después de haber escuchado un comentario concreto en la radio. Y el motivo es el mismo que me ha impulsado a colocar el dichoso asterisco en el título pese a haber visto la película en mi cine habitual y con la comodidad y calidad de imagen y sonido de siempre. Y es que nos encontramos ante una muestra más de la incompetencia de las distribuidoras españolas que se empeñan en estrenar poco y mal y de considerar al espectador de poco menos que idiota. Uno de los problemas de esta película (tranquilos, pronto me pongo con la crítica de verdad) es que pese a tratar sobre un grupo de españoles haciendo las Américas en ningún momento se proponía la más mínima referencia al contraste de idiomas, lo cual resultaba raro aun cuando su director no quisiera centrar su trama en ello. Si a esto añadimos el espantoso doblaje de los personajes (básicamente mujeres) oriundos el resultado es una sensación extraña que te saca en muchos momentos de la película. Sólo ahora he descubierto que pese a ser una película española, con actores españoles y hablada mayoritariamente en español, tenía que haber ido a verla en salas de versión original porque algún lumbreras ha decidido maltratar la decisión del director a la hora de filmar en formato bilingüe y traducir los pocos momentos en los que se habla en inglés, estropeando en gran parte el aspecto final del film.
Así que si alguno de ustedes tiene pensado ir a verla, téngalo en cuenta.
Ahora sí, pasada ya mi pataleta inicial (a este paso el blog terminará llamándose El Panda antiproductoras), voy a entrar de lleno en la película.
La vida inesperada es una comedia agridulce que describe las peripecias de Juan (Javier Cámara), un español afincado en Nueva York con aspiraciones de triunfar en el mundo del espectáculo pero cuya realidad (como la de la mayoría de actores) es que malvive entre obras de teatro minoritarias y trabajos de poca monta como camarero, tendero o incluso profesor de cocina española pese a no saber ni preparar una simple paella. Pese a todo su vida transcurre con sencillez entre bambalinas y escarceos amorosos con Sandra (Carmen Ruiz) hasta que recibe la visita de su primo Jorge (Raúl Arévalo), el triunfador de la familia. Será entonces cuando la complicada convivencia y la relación amor-odio entre primos les descubra lo que esconden en su interior y les obligue a tomar decisiones que llevan tiempo posponiendo.
Dirigida por Jorge Torregrossa, que debutó en el mundo del cine con la irregular Fin, La vida inesperada contiene tantos errores como aciertos, empezando por su reparto, con un Cámara tan brillante como nos tiene acostumbrados pero con la sensación de estar repitiendo siempre el mismo personaje y un Arévalo al que nunca me creo como seductor ni triunfador.
Elvira Lindo, la creadora de Manolito Gafotas, escribió esta historia directamente para el cine durante el tiempo en la que estuvo residiendo en la metrópolis americana (donde también residió varios años el propio director, por cierto) de manera que el film termina siendo una declaración de amor a la ciudad que nunca duerme, que aparece magníficamente fotografiada. Tanto es así que durante todo el metraje sobrevuela el espíritu de Woody Allen, artista que sin duda tenían en mente tanto Lindo como Torregrossa al construir su ficción. Podemos encontrar aquí todos los tics de Allen, desde utilizar Manhattan como un personaje más al glamuroso a la par que bohemio encanto de las catas de vinos (aquí acompañados de queso manchego y paella), sin olvidar los intensos diálogos en busca de un ingenio reflexivo sobre el éxito, la vida y, sobretodo, las mujeres (o el sexo). Por no faltar, no falta ni la banda sonora cargada de jazz de la mano de Lucio Godoy y Federico Jusid. Pero una cosa está clara: cuando se imita a un genio el resultado final siempre estará por debajo del original. Y eso le pasa a La vida inesperada, que quiere ser y no puede, pues ni Elvira Lindo ni sus diálogos están a la altura del realizador de Manhattan, y los notables esfuerzos de Torregrossa por plasmar la belleza de la ciudad, sus vistas desde las azoteas o los bancos mirando al Hudson junto al puente de Brooklyn no son suficientes. Hay, además, un exceso de amabilidad del director y la guionista hacia sus personajes, haciendo que las dificultades que supone la vida de los españoles en Nueva York parezcan menos. Tomo como muestra la secuencia de la paella en la que los tres protagonistas podrían prepararse para un conflicto entre ellos pero culmina con el inicio de tres relaciones sentimentales casi casuales que terminarán derivando en los amores de sus vidas. Todo demasiado bonito. Todo demasiado sencillo. Y para colmo, los pocos momentos en los que la película se distancia de Allen es para abusar de dos tópicos del cine español. Me estoy refiriendo, por un lado, a las conversaciones del personaje de Cámara con su madre por skype, que son muy almodovarianas (casi se puede imaginar a Chus Lampreave en el papel que finalmente recayó en Gloria Muñoz) y la presencia de un veterano argentino en el papel de voz de la conciencia del protagonista que no lo interpreta Héctor Alterio pero podría.

En fin, interesante película (si dejamos aparte el tema del doblaje), divertida en unos momentos, reflexiva en otros,  con una dirección extraña (contrasta lo brillantemente filmada que está Nueva York con algunas escenas, como una conversación en una cafetería entre Juan y Jojo, bastante mal construidas) pero que deja un cierto regusto a que podría haber llegado más lejos si Torregrossa hubiese buscado ser él mismo y buscar su propio camino en lugar de limitarse a imitar a otros.

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