sábado, 23 de noviembre de 2019

EL ASESINO DE LOS CAPRICHOS

En la historia del cine el género negro ha sido siempre uno de los más destacados, pero, aunque el uso de los asesinos en serie ha sido recurrente en no pocos thrillers policiacos, no ha sido hasta El silencio de los corderos y, sobre todo, Seven, que el subgénero se puso de moda.
El asesino de los caprichos bebe mucho de esos films, en especial de la obra de David Fincher. En ella, Gerardo Herrero copia el concepto del asesino ritual recreando unas composiciones muy específicas en sus crímenes (en este caso representaciones de las obras pictóricas de Goya comprendidas en su colección de Caprichos) y de la pareja de investigadores que deben resolver el caso. El único toque de originalidad está en cambiar el rol protagonistas, dejando que sean dos mujeres, bastante enfrentadas entre sí, quienes se ocupen del caso, pero ni aún así consigue Herrero romper del todo con los estereotipos, pues la detective encarnada por Maribel Verdú cumple todos los estereotipos del género más simplón (es una solitaria alcohólica, amargada y algo promiscua en la cama) solo que en la vertiente femenina.
El problema de la película radica, sobre todo, en el pobre guion de Ángela Armero, que no consigue en ningún momento construir una historia creíble y siembra de errores todo el libreto. Ni los personajes están bien construidos (tener a Aura Garrido y a Maribel Verdú y desaprovecharlas así es casi tan horrible como los propios asesinatos), ni la trama policiaca se sigue con sencillez (sobre todo por culpa de un final algo torpe y apresurado) ni tiene ningún sentido, una vez descubierto el secreto final, el detalle de los caprichos aparte de dar sentido al título y dotar de cierto empaque al arranque.
Muchas tonterías que solo actúan en contra de las protagonistas, que terminan por caer ligeramente mal, y un ritmo algo anodino provocan que se desconecte con la investigación y se distancie uno mucho de lo que sucede en pantalla, por más que algún que otro giro de guion inesperado pretendan alertar la atención el espectador.
En resumen, una película bastante pobre que no solo está a años luz del trabajo de Fincher en que se inspira, sino que se sitúa muy por debajo también de las cientos de imitadoras que surgieron a raíz del éxito de Seven. Una pena, pues sobre el papel parecía interesante la propuesta.


Valoración: Cuatro sobre diez.

jueves, 21 de noviembre de 2019

EN LA HIERBA ALTA

Aunque pudiera parecer Stephen King está de moda gracias a grandes producciones como It, su reciente secuela y Doctor Sueño, lo cierto es que por donde mejor se ha movido el maestro del terror es en las producciones pequeñas y de medio pelo, esas que antaño eran carne de videoclub y que, en la actualidad, dicho nicho parece haberse quedado en manos de Netflix.
Después de propuestas interesantes como El juego de Gerard y 1922, es ahora el turno de En la hierba alta, otra gran apuesta de la plataforma de streaming que se ha estrenado por todo lo alto, siendo incluso la protagonista de la inauguración del pasado Festival de Sitges. Sin embargo, las cosas no han resultado tan interesantes como parecía y la película, sin ser necesariamente mala, es lo bastante insuficiente como para dudar sobre su recomendación.
El punto más destacado de la misma es la presencia de Vicenzo Natali, el tipo que inauguró con maestría la saga Cube, adelantándose a la moda de los Escape Room y sentando las bases de un cine claustrofóbico y tramposo que más tarde se erigiría alrededor de títulos como Saw. Sin embargo, el que desde 2013 Natali hubiese estado desaparecido del panorama cinematográfico (acomodado en pequeños trabajos alimenticios en televisión) no presagiaban ya nada bueno.
En realidad, el trabajo de Natali es lo más destacado del film, esforzándose por hacer juegos de cámara visualmente muy interesantes y tratando de mantener la tensión en una historia que, la verdad, no da para mucho. Hay que señalar que la base de la misma no es una de las mastodónticas novelas de King, sino un relato breve que escribió junto a su hijo Joe Hill que podría haber dado para un interesante episodio de una seria de antologías del misterio, pero que, alargado hasta su forma de largometraje, pese a los cambios del guion respecto a la historia original, se me antoja demasiado vacía y repetitiva. Algo curioso si tenemos en cuenta que otro de los peros es que le falta tiempo para analizar más a fondo la extraña relación entre la pareja de hermanos, algo más detallada en el relato.
La cosa va de una pareja de hermanos que hacen un alto en su camino junto a un campo de hierba del que escuchan la llamada de auxilio de un niño. Cuando se adentran en la hierba alta del título, esta los atrapará en una especie de laberinto lleno de trampas, tanto físicas como mentales, que no les dejará mucha escapatoria.
Natali juega con las dimensiones paralelas y los saltos en el tiempo para dotar de más enjundia a la propuesta, pero para que ello funcione, sobre todo en su tramo final, debe pagar un peaje excesivo en forma de repetición que, quizá por obligación, podría haber funcionado en cine, pero que siendo un producto para la pequeña pantalla invita a abandonar el film en más de una ocasión.
Al final, tenemos un coctel entretenido, pero algo cansino, bastante más pobre de lo esperado, con alguna presencia importante como el icono del terror Patrick Wilson, pero que no da para mucho más análisis. Sirve para matar la tarde en un día de lluvia y frío, pero poco más.


Valoración: Cinco sobre diez.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

MALÉFICA, MAESTRA DEL MAL

No voy a decir que Maléfica fuese la culpable de esta cansina moda de adaptar a imagen real los clásicos animados de Disney, pues cuando se estrenó, allá por 2014, lo que se estilaba era, simplemente, reimaginar los cuentos de hadas clásicos. Si es cierto, al menos, que por aquel entonces en Disney se molestaban en contar historias que iban más allá de la simple repetición en acción real de las versiones animadas, como es el caso de las recientes La Bella y la Bestia o El rey León. Pese a todo, la película firmada por Robert Stromberg no pasaba del mero pasatiempo dejándolo todo en manos de una Angelina Jolie, eso sí, superlativa.
Maléfica, maestra del mal, inevitable secuela, está dirigida por Joachim Rønning, quien, viendo lo sucedido en la primera entrega, decide doblar la apuesta y jugar sobre seguro: si en aquella todo se confiaba a la Jolie, en esta tenemos además a Michelle Pfeifer como la gran villana, logrando un duelo interpretativo de altura.
A nivel argumental, se pretende subir la apuesta planteando un conflicto entre los habitantes del bosque y los humanos que solo puede terminar de la peor manera, consiguiendo así una película mucho más espectacular y dinámica que la anterior, si bien hay momentos, sobre todo en su tramo inicial, en los que la sobrecarga de efectos visuales y de personajes coloridos y chillones llega a agotar, aunque Rønning se recompone fácilmente y termina por apostar por una épica en su tramo final que, pese a resultar algo tramposa, convence bastante. Bien es cierto que en el tramo central la película decae un poco cuando el personaje de Maléfica prácticamente desaparece de escena, causando un “efecto valle” algo alargado, pero aún así es un peaje que se paga con agrado en pos del espectáculo final.
Sin que el resto de los actores brillen en exceso (Elle Fanning, recién salida de Día de lluvia en Nueva York, se limita a poner caritas y poco más), la película termina derivando en el duelo entre dos monstruos interpretativos del cine que, sin que tampoco tengan demasiadas escenas juntas, son suficientes como para mantener la película por sí mismas y darle el empaque necesario.
Maléfica, maestra el mal, puede que sea una secuela algo innecesaria y que no termine de ser todo lo redonda que pretendía serlo, pero cumple como entretenimiento y logra superar, por momentos, a su antecesora.


Valoración: Siete sobre diez.

NOCHE DE BODAS

Noche de bodas es una gamberrada parida a cuatro manos por el tándem de directores formado por Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett, quienes ya colaborasen en un fragmento de la película episódica VHS y en el film El heredero del diablo (qué mala era esta, por dios), con lo que esto del terror no les viene de nuevas.
Con un sentido del humor muy macabro, Noche de bodas es una nueva vuelta de tuerca al tema de las home invasion, con la salvedad de que en esta ocasión los asaltantes son los propios dueños de la casa. Cuando Grace se casa con un acaudalado joven poco imagina que la noche nupcial en la mansión familiar se iba a convertir en una pesadilla en la que debería luchar por su propia vida. La familia, enriquecida gracias al negocio de los juegos de mesa, tiene una peculiar tradición: tras la boda de uno de los miembros, un ritual decide al azar un juego en el que todos deben participar antes de irse a dormir. Pero el destino se encapricha en que el elegido esa fatídica noche acaree el asesinato de la propia novia. A partir de ahí se desencadena un angustiante correcalles alrededor de toda la propiedad familiar para salvar su propia vida con unos cuantos giros inesperados y, entre casquería y sustos, un sentido del humor tan insano como divertido que hacen de esta pequeña propuesta una película muy recomendable para los incondicionales del género.
Bien encabezada por Samara Weaving, vista en aquel espanto que era Monster Trucks pero también en la magnífica Tres anuncios en las afueras, el amplio reparto cuenta con algún que otro rostro conocido, como Adam Brody o Andie MacDowell, y sin aspirar a nada más que ha hacer pasar un desasosegante mal rato entre sorpresas y risas consigue aportar un soplo de aire fresco a las películas del terror más palomitero al que no se le debe exigir más que a dejarse disfrutar sin que la verosimilitud importe demasiado.


Valoración: Siete sobre diez.

lunes, 18 de noviembre de 2019

ZOMBIELAND: MATA Y REMATA

Aunque la obsesión de Hollywood por las secuelas y el deseo de crear franquicias de la nada, estirando en ocasiones el chicle más de lo deseable, no es nueva, nos hallamos ahora ante una nueva moda más peligrosa y cansina si cabe, la de las secuelas tardías (esta es solo una de las tres que comentaré a lo largo de este mes), lo que provoca cierta sensación de acartonamiento y deseo e aprovecharse e glorias pasadas y que no parece interesar demasiado al público, que ya recientemente dio la espalda a la mediocre Rambo: last blood.
El retraso en la secuela de Bienvenidos a Zombieland (ha hecho falta diez años para llegar hasta Zombieland: mata y remata) está, al menos, justificada, y es que en la columbia querían asegurarse de mantener al equipo creativo, incluyendo director, guionistas y actores, una decisión loable pero complicada, ya que cada uno de ellos ha triunfado hasta lo insospechado tras aquella comedia gamberra sobre zombies. Ruben Fleischer, por ejemplo, ha conseguido el mayor éxito de su carrera con Venom (a todas luces muy inferios a las dos Zombieland), los escritores Rhett Reese y Paul Wernick (a quienes aquí se une Dave Callaham) han triunfado con Deadpool su secuela y no creo que valga la pena mencionar como se han disparado las carreras de Woody Harrelson, Jesse Eisenberg y, sobre todo, Emma Stone desde aquel lejano 2009, siendo posiblemente Abigail Breslin quien esté en una dinámica claramente descendente.
Zombieland: mata y remata no pretende inventar nada, y es fiel a sus orígenes, desde unos títulos de crédito iniciales prácticamente calcados a los de la película original hasta una trama que ofrece más de lo mismo, muy apoyada en el cuarteto protagonista al que se le ha sumado algún que otro secundario de lujo, como la irritante (a la par que entrañable) Madison a la que da vida Zoey Deutch o los cameos de Rosario Dawson, Luke Wilson o, en última instancia, el propio Bill Murray. Es por ello que la trama parece lo de menos, siendo el plato fuerte el conocimiento de unos personajes muy bien desarrollados que, gracias a unos grandes (y entregados) protagonistas son, de lejos, lo mejor de la función. Resulta curioso, en este sentido, que sea el personaje de la Breslin sobre quien gire el argumento (al ser una niña en la primera película es ella quien más sufre los cambios al pasar una década), siendo a la vez este mismo personaje quien menos oportunidades de lucimiento tiene.
En definitiva, apoyándose en unas bases bien cimentadas, la secuela de Bienvenidos a Zombieland sabe repetir las claves que tan bien funcionaron en aquella, apoyándose en la máxima de que “cuando algo funciona, mejor no tocarlo”. Por ello, no vamos a encontrar nada demasiado original, pero el reencuentro con estos cuatro miembros de la improvisada familia resulta muy efectivo, con un humor muy acertado que funciona durante todo el metraje y consiguiendo que la propuesta de Fleischer funcione a la perfección sin necesidad de arriesgar. Sí, es más de lo mismo, pero ¿acaso no es precisamente lo que se le debe pedir a una película como esta? No logra estar a la altura de Zombies party, desde luego, pero es una divertidísima comedia que incluso deja con ganas de más, permitiendo que fantaseemos con una tercera entrega donde estos cuatro desdichados continúen evolucionando en el tiempo.
¿Será esta la versión zombie y cutre de la saga de Richard Linklater que se inició con Antes del amanecer?


Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 17 de noviembre de 2019

GÉMINIS

Durante mucho tiempo, el nombre de Ang Lee se vinculaba al de cine de calidad. Sin embargo, el director taiwanés también se ha caracterizado siempre por su deseo de innovar. Ya lo demostró con su película más mítica, Tigre y dragón, y continuó jugando con los conceptos clásicos del cine haciendo una de las películas Marvel más extrañas, ese Hulk plagado de viñetas, mezclando con eficacia el CGI con la realidad en La vida de Pi o experimentando con nuevos formatos visuales como en Billy Lynn.
Los buenos propósitos, sin embargo, no siempre son equivalentes a buenos resultados. Muy fácilmente se coloca la etiqueta de visionario a un director (quizá James Cameron sea de los pocos que lo merecen realmente) y de poco sirven las formas si no hay un buen fondo detrás.
En su última película, Géminis, Lee repite en su pretensión de hacernos ver el cine en HFR (120 fotogramas por segundo), primer gran error del film. No ya por los resultados visuales (allá cada uno con su valoración, aunque El Hobbit de Peter Jackson ya demostró que un exceso de realismo en las imágenes terminaba siendo contraproducente), sino por la imposibilidad de ver la película tal y como ha sido concebida en la mayoría de cines del planeta. Algo parecido a lo que sucedió en menor medida con el Cinemascope de Los odiosos ocho de Quentin Tarantino o los 70 mm del Dunkerque de Christopher Nolan.
El segundo reclamo de Géminis cabe encontrarlo en un nuevo uso del CGI para lograr el rejuvenecimiento de un actor, en este caso Will Smith, lo cual sirve como excusa para que un Smith joven y uno ya maduro se enfrenten cara a cara y se den de leches cada dos por tres. Algo meritorio si no fuese porque la propia Mavel demostró que es la más aventajada en el invento, no ya por los múltiples cameos de actores rejuvenecidos de sus películas sino por la osadía de hacerlo con un papel protagonista en Capitana Marvel. El propio Scorsese (el mismo que reniega del cine de superhéroes) recurrirá a esta técnica para la inminente El irlandés. El problema está cuando en lugar de un recurso para acompañar a la historia se convierte en el auténtico motor, terminando por ensombrecer un guion que, sin efectos especiales llamativos, no sería nada del otro mundo.
Es el propio Lee quien se ha empeñado en presumir de esta tecnología y quien ha provocado que toda la promoción del film gire en torno a ella, lo que ha propiciado el fracaso de la película. Y es que, si nos olvidamos de ellos, nos encontramos ante una propuesta de acción que puede que cuente con un guion endeble, de acuerdo, pero no mucho más que la mayoría de films de acción que pululan por ahí. Al final, todo deriva en un entretenimiento algo simplón pero efectivo donde lo que más cansa es la imperiosa densidad de Will Smith por otorgar un componente dramático a todos sus personajes (lo de la subrama familiar es de lo que más lastra la narración) en lugar de centrarse en el espectáculo más palomitero y efectivo.
Así pues, Géminis no es ni la maravilla visual que nos ofrecían (o por lo menos no podemos llegar  a saber si lo es) ni el desastre que otros aseguran, es solo una peli de acción entretenida, con algunos momentos espectaculares y otros más bochornosos donde lo que más se lamenta es la sensación de desaprovechar a un buen reparto (Mary Elizabeth Winstead, Clive Owen o Benedict Wong) como si los únicos que pudieran lucirse fuesen Will Smith o el propio Lee, quizá demasiado encantado de conocerse y que ya empieza a encadenar demasiado fracasos como para que el recuerdo de sus primeras películas (Sentido y sensibilidadLa tormenta de hielo…) le sigan sirviendo para pagarle los caprichos.


Valoración: Cinco sobre diez.

DÍA DE LLUVIA EN NUEVA YORK

Se echó en falta el año pasado el estreno anual de Woody Allen. Más allá de las polémicas alrededor de su vida privada (polémicas en las que parece no importar que un juez le diera la razón en todo), el conflicto con Amazon parecía presagiar que nos quedásemos sin ver su penúltima película (ya se encuentra filmando en San Sebastián la siguiente), lo cual habría sido una verdadera pena.
No es que Día de lluvia en Nueva York sea una película perfecta, pero Allen sabe mejor que nadie como sacarle partido a su ciudad y, aunque sus mejores tiempos hayan quedado muy lejanos ya, su nuevo film, por más que nos empeñemos en clasificarlo como uno de sus títulos “menores”, sigue siendo una gran película.
Con tono de comedia romántica amable, aunque con ciertos puntos agridulces muy eficaces, Allen rejuvenece a sus protagonistas habituales para convertir a Timothée Chalamet y Elle Fanning en el epicentro de una historia que, aunque eficazmente interpretada, tiene en el personaje de Selena Gomez su mayor acierto. Allen hace un singular recorrido por el mundillo del cine neoyorkino (no tan glamuroso como el hollywoodiense), para diseccionar los tres pilares fundamentales de un film (director -Liev Schreiber-, guionista -Jude Law- y actor -Diego Luna-) con la excusa del reportaje que una oven pretende hacer para el periódico universitario, terminando por caer rendida ante los destellos de los focos y los cantos de sirena de ese maravilloso mundillo, al lado del cual su novio parece un actor secundario aburrido y prescindible.
Alrededor de esta trama, Allen presenta un recorrido de ambos personajes a través de su adorada ciudad con un encanto y romanticismo especial, sin renunciar a sus brillantes diálogos (que quizá puedan llegar a restar algo de naturalidad al film al escucharlo por boca de unos chicos nada representativos de la juventud actual), y aportando el toque de magia suficiente para conseguir que una fábula increíble e inverosímil termine resultando tan maravillosa y encantadora que no puede más que terminar por enamorar.
Sí, insisto en que no es el mejor Allen, pero sigue estando muy por encima de la mayoría de las comedias románticas que se estrenan hoy en día. Y es que cuando uno es un genio, en ocasiones resulta más acertado apostar por una sencillez narrativa que por extraños artificios de originalidad. Por eso, y centrándonos solo en sus trabajos más actuales, puede que Día de lluvia en Nueva York no resulte tan contundente como Blue Jasmine ni sea tan desgarradora como Wonder Wheel, pero funciona mucho mejor que alguna de sus obras más recientes, como Irrational man o Magia a la luz de la luna, estando a la altura, en cuanto a estilo y poder de seducción, a Midnight in Paris.
Día de lluvia en Nueva York es puro encanto. Y si encima le añadimos la maravillosa fotografía de Vittorio Storaro, miel sobre hojuelas.


Valoración: Ocho sobre diez.

@BUELOS

@buelos es el debut como director de Santiago Requejo después de haber practicado con un par de cortometrajes. Sin llegar a ser una feel Good movie al uso, la película protagonizada por el entrañable Carlos Iglesias (que para el gran público siempre será el Benito de Manos a la obra) aspira a ser un reflejo social de la situación que viven las personas mayores, demasiado viejos para ser considerados para un empleo pero demasiado jóvenes para alcanzar la jubilación, en la España de hoy, todavía renqueante ante la crisis económica de hace unos años y mirando con recelo hacia la que está por venir.
Isidro es un hombre en paro que se ha quedado obsoleto para la mayoría de trabajos a los que aspira. Desiderio es un padre entregado que sufre por los apuros económicos de su hijo, que no se decide a hacerle abuelo. Arturo es un escritor de novela romántica que, a diferencia de sus alter egos literarios, no parece capaz de controlar su vida personal, más cuando aparece en su casa una hija que había eliminado de su vida hace años. Los tres forman un peculiar grupo de amigos que, por diversas razones, deciden convertirse en emprendedores y montar su propio negocio.
La resolución es simple. Pese a que solo Isidro (que es quien llevará el peso de la trama principal) ejerza como abuelo forzado, eso parece ser lo que mejor se le da a tercera edad de este país, así que deciden montar una guardería regentada precisamente por eso, por abuelos.
Las peripecias por sacar adelante el negocio, el enfrentamiento con una sociedad para la que han quedado obsoletos y las historias personales de cada uno de ellos conforman esta comedia simpática y de buenas intenciones pero que, dejando de lado el valor interpretativo de sus protagonistas, se termina por deshacer en su intento por agradar como un azucarillo en un vaso de agua. El deseo de Requejo por agradar desluce la pretendida crítica social para moverse por un guion algo endeble que fracasa, sobre todo, en su final, llegando incluso a traicionar sus propios valores y abrazando sin complejos aquello que más parecía condenar al principio. Ideología social aparte, lo que rechina de ese final de cuento de hadas es lo inverosímil que resulta después del aparente realismo de su propuesta, por lo que al final lo que nos queda es una comedia simpática que sus protagonistas consiguen mantener a flote y que riega la platea con sonrisas, sin buscar en ningún momento la carcajada directa.
Un película bienintencionada y agradable de ver que, al final, parece demasiado dirigida a un público muy concreto (precisamente ese mismo al que refleja en pantalla) que puede lograr la identificación con el mismo paro que termina por distanciarse del resto.


Valoración: Cinco sobre diez.

lunes, 7 de octubre de 2019

MIENTRAS DURE LA GUERRA

Es curioso, pero cuando uno se pone a pensar en discursos que han marcado la historia, la mayoría tienen un carácter político, capaces de resumirse en una sola frase. Ahí está aquello de “no preguntes lo que tu país puede hacer por ti; pregunta lo que tú puedes hacer por tu país”, de John Fitzgerald Kennedy, “yo he tenido un sueño”, de Martin Luther King o "no tengo nada que ofrecer sino sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor" de Winston Churchill. Y si nos remitimos a la historia de nuestro propio país, una de las frases más legendarias, aunque quizá no suficientemente reconocida, es la de Miguel de Unamuno y su “venceréis, pero no convenceréis”.
Casi se podría decir Mientras dure la guerra gira en torno a ese discurso, en el que el escritor y filósofo, después de una serie de idas y venidas ideológicas (al final, la paz fue su única ideología) se enfrentó al régimen de Franco y, de no ser por la intervención de la propia esposa del dictador, podría haber sido ejecutado allí mismo. El propio Alejandro Amenábar reconoce que ese fragmento de la historia de España fue lo que le inspiró para hacer esta película, un retrato crudo y realista sobre los primeros días del alzamiento nacional donde la difícil situación política del país se dibuja principalmente a través de tres personajes, Miguel de Unamuno, Francisco Franco y José Millán-Astray.
Narrada casi a través de los ojos de Unamuno, no es que este deba compartir el punto de vista del espectador, ya que Amenábar se asegura de narrar unos hechos dejando las interpretaciones para cada uno, pero sí representa el punto de vista de la razón y del hombre inteligente corriente, aquel que vela por sus ideales pero que es capaz de aceptar sus propios errores, algo muy poco dado en un país dividido eternamente por eso llamado “las dos Españas”. Abusando de una documentación histórica bastante exquisita, la película trata de ser lo más arbitraria posible, sin caer en demonizaciones ni ridiculizar a nadie, siendo el ejemplo más claro el del personaje de Franco, trabajo inevitablemente apegado a la polémica, al que se puede identificar como un asesino que alargó innecesariamente la guerra para el interés de su causa pero que también es mostrado como un militar inteligente y un amoroso padre de familia.
Amenábar es, qué duda cabe, uno de los mejores directores del panorama español, por más que sus dos últimas incursiones en el mercado internacional, la ambiciosa Ágora y la menospreciada Regresión, estén algo por debajo de sus trabajos iniciales, incluyendo el Mar Adentro que le sirvió para ganar un Oscar. Con Mientras dure la guerra, el director hispano chileno vuelve a rozar la excelencia con un film dirigido sin grandes aspavientos pero que lo apuesta todo a la carta de las emociones, consiguiendo poner la piel de gallina y hace hervir la sangre del espectador. El director se hizo famoso con obras cercanas al género del terror, como TesisAbre los ojos o Los Otros, pero viendo las similitudes entre la España de 1936 y la de 2019, se podría pensar que no ha abandonado definitivamente el género.
Mientras dure la guerra refleja, pues, una sociedad dividida, no muy diferente de cómo se encuentra ahora mismo, enfrentada por símbolos y banderas y con gentes capaces de hacer lo que sea por defender sus ideas sin pararse a escuchar las otras. Y en medio de todo eso, Unamuno, defensor de la República y del Golpe de Estado, pero capaz de recular cuando comprueba el cauce que toman los acontecimientos. “Yo no he cambiado, han cambiado ellos” o “yo no he traicionado a la república; la República me ha traicionado a mí” son algunas de sus reflexiones para justificar su cambio ideológico. No se puede decir mejor.
Y con tanta bandera española, himnos y figuras militares históricas, es innegable que la polémica está servida, y que como nunca llueve a gusto de todos (y en este país menos que en ningún otro sitio), habrá quien se niegue a ver el paralelismo social que refleja  la terrible actualidad en la que vivimos, donde los buenos no son los de la derecha ni los de la izquierda, sino todo lo contrario, y en la que mientras los políticos (y esto se puede extender más allá de nuestras fronteras, tal y como Amenábar busca al hacer tanto hincapié en el fascismo de Alemania e Italia) no sean capaces de ponerse de acuerdo, mucho menos lo van a conseguir los ciudadanos.
Y en medio de todo este caos, el cine vence y convence. Y lo hace con un trabajo de realización de actores encomiable y unos artistas realmente inspirados. El reparto es sensacional, con Santi Prego, Nathalie Poza, Luis bermejo, Tito Valverde, Patricia López Arnaiz, Inma Cuevas, Carlos Serrano-Clark, Luis Zahera o Luis Callejo, pero los que están colosales son Karra Elejalde y Eduard Fernández, dos monstruos de la interpretación de los que Amenábar extrae oro puro.
Por todo ello, pese a quien pese, Mientras dure la guerra es una película imprescindible, magnifica por sus valores cinematográficos, necesaria por sus valores reflexivos. Y con un claro deseo: empezar a cerrar ya las viejas heridas. Pero esto último, me temo, no lo va a conseguir.


Valoración: Nueve sobre diez.

JOKER

Como no podría tratarse de otra manera siendo una película del universo DC (que no integrada en el DCEU, si es que eso todavía existe), Joker es una película extraña, de las que cuesta valorar hasta qué punto puede llegar a gustar y que, desde luego, resulta mucho más difícil a la hora de recomendar o no, pues su aceptación dependerá más del espectador que de la propia película. Aislada de ese universo compartido por sus compañeros de viñetas, donde ya existe un Joker encarnado por Jared Leto, esta nueva versión con el rostro y los tics de Joaquin Phoenix tampoco aspira a alzar el vuelo en solitario, ya que, pese a parecer renegar de sus orígenes en papel está, a la vez, muy atado a la iconografía clásica de Batman. En exceso, incluso.
Dirigida por Todd Phillips, ese tipo cuya mejor película, a día de hoy, continúa siendo Resacón en Las VegasJoker pretende ser una versión gafapastas de un personaje de comic, impregnando la locura del payaso asesino en un aire realista y buscando justificaciones e intromisiones mentales que den un empaque más profundo a su retorcida psique. Y, visto lo visto en Venecia, han logrado vender la moto a esos tipejos a los que yo siempre he definido como el CSI (críticos sesudos intelectualoides) que no tienen ningún problema en renegar de todo lo que huela a superhéroes (posiblemente sin haberse molestado en ver demasiadas películas el género) pero que babean ahora ante este Joker solo por presumir de hacer algo diferente.
Joker no es, en el fondo, más que la historia de siempre, solo que quitándole la capa de adornos que son las capas y las mallas. Con un arranque intenso, la película pronto se torna en un drama en el que la empatía con el actor es obligatoria para no caer en la desidia (poco me logra transmitir a mi el culebrón familiar) para tratar de remontar el vuelo en un tramo final más estimulante pero que no aporta nada novedoso al género. Con un Joaquin Phoenix en su salsa (aunque Jack Nicholson sigue siendo, a mi parecer, el mejor Joker hasta la fecha), pese a que lo que más me gustó es poder ver de nuevo a Robert De Niro haciendo un papel menos alimenticio de lo que últimamente nos tenía acostumbrados, Joker es un intento por parte de Phillips de imitar a Martin Scorsese (pobrecito mío), quedándose lejos de conseguirlo.
Puede que lo que menos me entusiasme de la película, lo que me hace distanciarme de esas críticas tan elogiosas y que se me antoja como una campaña nacida desde las entrañas de la propia Warner de cara a los próximos Oscar) sea su guion. Después de unas semanas donde el uso injustificado de la violencia entraba en debate (un debate absurdo solo alimentado por los que no saben distinguir realidad y ficción), lo cierto es que la película se alimenta de esa violencia para componer el retrato de un psicópata para nada novedoso. Traumas infantiles, falta de una figura paterna y una genética no demasiado saludable es el pan nuestro de cada día de los chalados del cine, ya sean Freddy Krueger, Hannibal Lecter o cualquier otro villano de opereta, lo cual hacen que sea una justificación pobre (e innecesaria para los amantes del comic) para definir a este Joker, que siempre se ha caracterizado por la locura pura y dura (ahí sí que acertó Christopher Nolan en la versión con Hugh Ledger). Empieza la película, además, poniendo a este Joker en el lado de las víctimas, haciendo Phillips un uso de la violencia gratuita e in justificada personalizada por unos adolescentes que dan una paliza al protagonista sin motivo alguno. Aquí presenta ya la película sus credenciales de que esto no va de lo que presume ser y que el guion, coherente o no, se mueve a merced de la película, y no al revés. Hay señales de un discurso político y social, pero algo añejo y confuso, rememorando la lectura también ambigua que escondía El caballero oscuro: la leyenda renace, sin saber nunca a ciencia cierta lo que Phillips nos pretende decir. 
Quizá la única reflexión interesante verse en su tramo final, cuando la pregunta es si es la sociedad la que hace al hombre o el hombre el que hace a la sociedad, pero para llegar a esto se podrían haber ahorrado una hora de análisis psicológicos y trastornos mentales varios cuando, visto lo visto, es toda la sociedad la que está enferma. Al menos en Gotham. Otra excusa de ese guion supuestamente realista que entremezcla la ideología de V de Vendetta con la demencia colectiva de The Purge (la noche de las Bestias), aunque el cambio que las acciones de Joker provocan en la sociedad es demasiado repentino como para estar bien justificado. Todd Phillips, que también es coautor del guion, copia tantas referencias que al final se olvida de mostrar su propia personalidad (si es que la tiene) y todo queda a merced, simplemente, de los buenos trabajos interpretativos y el deseo que tenga el espectador (o crítico de turno) en dejarse seducir por la película, cuyo desmedido hype está provocando una predisposición para abrazarla con los ojos cerrados que ya veremos si termina por pasarle factura.
Lo pero de todo, y quien tenga fobia a los spoiler que se salte este párrafo, es que no consigue ni tan siquiera desligarse del mundo deceíta del que reniega, siendo el momento más insufrible cuando se nos muestra (¿en serio, Todd Phillips?) por enésima vez la muerte de los padres de Bruce Wayne en pantalla (collar de perlas incluido), haciendo que lo que era una película independiente se transforme, por sorpresa, en el inicio de algo que probablemente no está contemplado que vaya a legar nunca.
Y, pese a lo que pueda parecer después de haber leído esto, lo cierto es que Joker no me parece una mala película, ni micho menos. Siempre es de agradecer intentar dar un enfoque diferente a un género que podría empezar a estar ya un poco trillado. Pero la realidad es que ni es una gran película para los amantes de los superhéroes ni es un gran drama para los amantes del cine más serio y realista. Es una cosa extraña, a medio camino entre dos aguas, que puede llegar a gustarme, pero no me ha enamorado ni me ha hecho pensar, ni mucho menos, en esa gran obra maestra del siglo XXI que nos pretenden vender.

Valoración: Cinco sobre diez.

miércoles, 2 de octubre de 2019

RAMBO: LAST BLOOD

En 1982, un joven Sylvester Stallone trataba de conquistar a su público con personajes que fuesen más allá del mítico Rocky (ese fue el año de estreno de Rocky III), y el camino para conseguirlo sería con la adaptación de la novela Primera sangre de David Morrell, con la que su protagonista, un veterano de Vietnam acosado por los fantasmas de la guerra, se convertiría en un icono del cine.
Tras Acorralado (que es como se tradujo aquí lo de First blood) llegaría una secuela con guion de James Cameron y con un Stallone en plan estrella que elevaría el personaje a la condición de mito, algo que ni la inferior Rambo III logró estropear. Tuvo que haber un salto de veinte años para que alguien (el propio Stallone, ¿quién si no?) se animase a resucitar la saga con John Rambo y, no contentos con ello, llega ahora la que debería ser el colofón definitivo a la saga.
Rambo: last blood es la demostración de cómo muchos actores se conforman con malvivir de sus éxitos del pasado, y si bien a Stallone la jugada de estirar el chicle de Rocky con Creed (al menos en su estimable primera película), con el mercenario no está teniendo tanta suerte. La nueva Rambo es, sencillamente, mala y muchos son los problemas que impiden que se la pueda ver con buenos ojos, aun esforzándose por recurrir al cariño de unos años de glorias hipermusculadas.
Por un lado, este no es Rambo. Sí, se le parece (aunque la edad le ha hecho estragos), hace alguna mínima referencia a la guerra y en un momento dado dispara con un arco. Fin. Por lo que a la historia respecta, bien podría ser una secuela más de la saga Venganza o cualquier subproducto derivado. No se reconoce al personaje ni hay conexiones con el pasado (ni siquiera unos créditos finales con imágenes de películas anteriores consiguen evocar ese recuerdo) como para que esto sea la despedida que el icono se merece. Los años no pasan en balde y, por más que este Rambo parezca recuperarse de brutales palizas como por arte de magia, la verdad es que da la sensación de que en ningún momento debería poder lidiar con sus enemigos, pareciendo un abuelete de asilo al lado de tipos como John Wick o el Bryan Mills de Liam Neeson.
Por otro lado, nos encontramos con los peores villanos de la saga. Después de haberse enfrentado con ejércitos enteros, Rambo se encara ahora con una pandilla de proxenetas mexicanos que, ni de lejos, dan la sensación de ser un peligroso cartel. Dos idiotas (muy malos, eso sí) y un puñado de matones que controlan una red de prostitución de estar por casa.
Y, por último, y esto lo pongo en un pack porque son ya cuestiones puramente cinematográficas, la dirección y el propio guion. Mientras que el tal Adrian Grunberg (que en Vacaciones en el Infierno no me pareció tan malo) parece carecer del más mínimo concepto del ritmo narrativo y tiene afición por emborronar las escenas de acción para conseguir que no se entienda nada de lo que sucede en pantalla, el guion es tan plano y carente de un simple giro argumental que sorprenda (y despierte) al espectador que no puede más que provocar indiferencia ante lo que sucede en pantalla.
La historia es terriblemente limitada: Un familiar de Rambo es secuestrado, este intenta rescatarla, pero sin éxito y prepara unas trampas en su granja para matarlos a todos. Fin. Sí, en contra lo habitual os acabo de soltar un spoiler, pero si a estas alturas a alguien le preocupa conocer un spoiler de una película de Rambo es que la cosa se nos está yendo de las manos. El caso es que es todo exageradamente lineal. Las cosas van pasando en una apática continuidad y la película se reduce a más de una hora de aburrido dramón televisivo para desembocar en un aparente festival de violencia desmedida que, a la postre, tampoco es para tanto. Parece como si Grunberg quisiera hacer una orgía de sangre e higadillos, pero entre su cámara nerviosa y la oscuridad de las escenas, tampoco da ni para eso.
Desde luego, hay una violencia insana y hasta desagradable atufando toda la película, pero dudo que eso esté en el lado de las cosas positivas de un film que, si realmente es el colofón de la saga, supone un triste final para la leyenda de John Rambo, ya que por momentos se me antoja ridícula y, a la vez, sumamente desagradable, pues ni siquiera como festival gore me llega a funcionar.
Sly, pensaba que sabías hacerlo mejor, pero viendo las reacciones a tus últimos trabajos (ahí están las dos secuelas de Plan de escape estrenadas directamente en VOD) parece que no es así. Si hasta el propio Morrell ha renegado de su creación…
Lo dicho, una lástima.


Valoración: Tres sobre diez.