jueves, 17 de octubre de 2013

PRISIONEROS (7d10)

Puede que no sea una definición muy académica, pero personalmente considero película de cine todo aquel producto que ha sido estrenado en una sala comercial, es decir, todas las películas que no son consideradas X (y no es este el foro adecuado para recordar la absurda polémica que provocó hace unos años la ministra de cultura con la prohibición del estreno de una de las partes de la saga Saw) o destinadas directamente al circuito televisivo o, incluso, a su visionado directo en la red o en venta en DVD (por desgracia vamos a tener que ir olvidándonos del concepto de películas de videoclub).
Digo esto porque al comenzar el visionado de Prisioneros uno tiene una sensación similar al principio de la recomendable El mensajero, como si de un domingo por la tarde se tratase y estuviésemos acomodados en el sillón de casa viendo que telefilm nos ofrece la cadena de turno. Así que lo primero que se piensa es: ¿qué pinta Hugh Jackman (lo mismo que decíamos en el otro ejemplo con Dwayne Johnson) en un drama de sobremesa?
Y es que el arranque no puede ser más tópico: Dos familias felices son truncadas cuando alguien secuestra a las respectivas niñas y, ante la aparente ineficacia de la policía, el padre de una de ellas decide actuar por su cuenta. Vamos, otra vuelta de tuerca al ya clásico “padre coraje”.
Hay, sin embargo, algunos detalles que nos indican que no estamos ante un telefilm al uso. Para empezar, el reparto, encabezado por un magnífico Hugh Jackman que cada dos por tres nos recuerda que hay vida más allá de Lobezno (aunque todos sabemos, él incluido, que nunca se librará del estigma del mutante) y acompañado por unos más que correctos Jake Gyllenhaal, Viola Davis, Maria Bello, Terrence Howard, Melissa Leo y Paul Dano, todos nombres reconocibles que brillan con luz propia y conforman el primer punto de interés del film.
El segundo punto en que debemos fijar nuestra atención es en el director, Denis Villeneuve, que ya fue nominado al Oscar por Incendius y que en breve volverá a remover nuestras consciencias con Enemy, de nuevo con Gyllenhaal en el reparto.
Pero el plato fuerte de la película es, no ya su historia (el lema es directo: ¿hasta dónde llegaría un padre por salvar a su hija?) sino el desarrollo de la misma. Partiendo como un thriller clásico y hasta cierto punto tópico la trama va introduciéndose en un terreno pantanoso y enfermizo plagada de decisiones difíciles aunque comprensibles y de escenas incómodas de ver, con giros de guion constantes (algunos más previsibles que otros) aunque siempre inteligentes pero que no lastran el resultado final, como sucede con otras películas de estas características, pues al final descubrimos que, por encima de saber dónde o cómo están las niñas, esta es una película de personajes, de enfrentamientos entre carácteres, de desesperación y de sacrificio.
Con una estética visual brillante, la película nos sumerge en una angustiante carrera contrarreloj en la que su principal virtud es la facilidad con la que el espectador consigue identificarse no ya con el protagonista sino con cualquiera de los personajes principales, ya sea un torturador, un supuesto asesino de niñas o un  padre atormentado con serios problemas de conciencia.
Así que no, definitivamente, no es un telefilm. Es la demostración de que una historia desgraciadamente demasiado cotidiana puede resultar en una gran película. Y tan dura que por momentos ni siquiera parece americana. Aunque lo es.

De ahí su final.

lunes, 14 de octubre de 2013

EL MAYORDOMO (7d10)

Estamos de enhorabuena. Por fin ha pasado el verano. Se olvida uno del calor, los escaparates de pueblan de calabazas y murciélagos y las rebajas dejan paso a los primeros arrebatos de las compras navideñas. Y en cine, tonterías estivales como El hombre de Acero, Pacific Rin o El llanero Solitario dejan paso a aquellas películas con serias aspiraciones a llenar sus vitrinas con los premios más prestigiosos del séptimo arte. Si la semana pasada la visualmente impresionante Gravity hacía el disparo de salida, es ahora turno de El mayordomo, una de las sorpresas de la temporada en los USA a la vez que una sencilla y entrañable historia río sobre un hombre negro que pasó más de veinte años trabajando para la Casa Blanca.
Cecil Gaines nació en una hacienda del sur donde estaba destinado a trabajar en los campos de algodón. Allí vio morir a su padre a manos de su patrón y enloquecer a su maltratada y violada madre, así que tan pronto tuvo edad de valerse por sí mismo salió por piernas de ese lugar y emigró al norte, donde aprendió a ser un “negro doméstico” con tanta eficacia que llegó a ser el mayordomo del mismísimo presidente de los Estados Unidos.
Bajo esta premisa, que se inspira en la verdadera historia de Gaines, Lee Daniels se embarca en una aventura que, lejos de pretender ser un biopic al uso, es un fiel retrato de la sociedad americana de final de siglo. Mientras se nos explica el conflicto familiar de Gaines, tan centrado en su papel de mayordomo que a menudo olvida que tiene una esposa y dos hijos, el verdadero trasfondo del film es el racismo que imperó (y se mantiene aún en demasiadas poblaciones americanas) en un país que era la tierra de las oportunidades dependiendo del color de piel de cada uno. Mientras los presidentes vienen y van por la vida de Gaines (con breves pinceladas de cada uno de ellos), el verdadero conflicto lo mantiene con su hijo mayor, pacífico revolucionario fiel a Luther King al principio y activista de los Panteras Negras de Malcolm X más adelante, en una reflexión sobre la oscuridad que hay en el alma humana que facilita que víctimas y verdugos intercambien roles a la menor ocasión.
Es aventurado a estas alturas pronosticar el Oscar para Forest Whitaker, aunque no me cabe duda de que se hallará entre los nominados, pues encabeza con firmeza un espectacular reparto donde todos rayan a buen nivel (incluso el habitualmente inexpresivo James Marsden), aunque tengan un tiempo demasiado limitado para destacar. Solo Oprah Winfrey dispone del protagonismo necesario para lucirse a la altura de su marido en la ficción, aunque personalmente encuentro que la presentadora es de lo peor del film, con una plasticidad en su rostro que resulta incluso incómoda de contemplar y que sólo convence en el (esperado) arrebato de furia cerca del final de la película. Así, por el Despacho Oval de la Casa Blanca (que por una vez consigue terminar una película intacta), desfilan Robin Williams como Eisenhower, Liev Schreiber como Johnson, James Marsden como Kennedy, John Cusack como Nixon y Alan Rickman y Jane Fonda como Ronald y Nancy Reagan, además de contar también con las interpretaciones de David Banner y David Oyelowo como los hijos de Gaines y las apariciones de Mariah Carey, Vanessa Redgrave, Terrence Howard, Cuba Gooding Jr., Lenny Kravitz y un largo etcétera.
Una vez más, el punto débil de la película es lo mucho que quiere abarcar en tan reducido tiempo, lo que dificulta que los menos conocedores de la historia contemporánea americana puedan perderse entre los recovecos de todo lo que sucede, en ocasiones apenas insinuado. Los problemas de Nixon con el watergate, el asesinato de Kennedy, la postura de Regan ante el apartheid , las diferencias de actitud entre Martin Luther King y Malcolm X… Todo está ahí, pero no siempre es fácil verlo y, mucho menos, reconocerlo.
Con todo, Daniels consigue que en ningún momento decaiga el interés tanto por lo que está sucediendo por todo el país (aterra pensar que actuaciones tan terribles contra la raza negra se dieran hace tan poco tiempo) como por la crisis en el matrimonio entre Cecil y Gloria, a la par que vamos aprendiendo cómo funciona el interior de la Casa Blanca, empleando con sabiduría el montaje paralelo en no pocas ocasiones y aderezándolo todo con una muy acertada banda sonora.

Quizá no sea tan redonda como para definirla como una lección de cine (o ni siquiera una lección de historia), pero se le acerca. Y Whitaker está, una vez más, de Oscar.

ZIPI Y ZAPE Y EL CLUB DE LA CANICA (6d10)

No resulta fácil entrar a valorar esta película, ya que son muchos los criterios diferentes que podemos seguir dependiendo de nuestra edad y expectativas. 
Si somos –como es mi caso- de los que nacieron a principios de los setenta y nos dejamos seducir por el título, seguramente esperaremos ver en la pantalla grande una recreación de esos gemelos revoltosos y de buen corazón que creó Escobar que competía con el humor absurdo de Mortadelo y Filemón en los tebeos de nuestra infancia, historias amenas y divertidas con un tono costumbrista que difícilmente tendría cabida en la España de hoy (de hecho se ha tratado de mantener la publicación en quioscos tras la muerte de su autor, pasando de forma totalmente desapercibida para las nuevas generaciones). Si ese es nuestro caso, la película nos resultará una terrible estafa. Porque, sin ningún tipo de duda, ni estos chicos son Zipi y Zape (ni siquiera son gemelos, ¡por amor de Dios!) ni vamos a poder identificarnos con su mundo (no esperen ver por aquí a don Pantuflo Zapatilla mandándolos al cuarto de los ratones, a doña Jaimita sacudiéndolos con el atizador de alfombras, ni están tampoco Don Minervo, Sapientín o los Plomez). En el extremo opuesto a la excesiva La gran aventura de Mortadelo y Filemón, de Javier Fesser, aquí Zipi y Zape son un mero reclamo publicitario tan válido como si hubiesen comprado en su lugar los derechos de las novelas de Los Cinco de Enid Blyton o cualquier otro icono nostálgico de hace treinta años, en una maniobra posiblemente fallida ya que el público al que puedan atraer con semejante artimaña saldrá de la sala tan decepcionado como enfadado, y en cuyo caso la valoración final de la película apenas alcanzaría para puntuarla con un uno (y sólo por el detalle de que, con la excusa del internado, se mantiene algo de fidelidad con el colorido de los uniformes). Incluso comienza la película mostrándonos las páginas de un libro con los personajes dibujados y estos no tienen nada que ver con los dibujos de José Escobar.
Hablando de tebeos, en la Marvel tienen una colección de comics llamada What if, cuya única premisa argumental es presentar una historia fuera de la continuidad oficial con un condicionante. ¿Y si el tío Ben de Spiderman no hubiese muerto? ¿Y si al recibir sus poderes los Cuatro Fantásticos hubiesen decidido ser villanos? Cosas así.
Hagamos un experimento. Con esa serie en mente, imaginemos que esta película se hubiese titulado: “¿Y si Los Goonies hubiesen estudiado en un Hogwarts regido por un Snape nazi?” Con esta premisa y recordando siempre que en realidad la película va dirigida a un público infantil que ni saben ni les importa quién fue el Escobar ese, la película puede verse ya con otros ojos, descubriendo entonces un interesante producto de aventuras con capacidad de sorprender a lo largo del metraje en el que un grupo de chicos (marginales) se alían para vengarse por las noches de los abusos a los que los profesores y guardias de un internado (encabezados por su déspota director) someten durante el día. Y hete aquí que en una de esas escaramuzas nocturnas se encuentras de bruces con un gran misterio.
Descaradamente influenciada por Harry Potter (triángulo amoroso con ataque de celos incluido), la película de Oskar Santos supone un refrescante divertimento para los más pequeños, que no acusarán las limitadas actuaciones de Daniel Cerezo y Raúl Rivas en los roles protagonistas, aunque puede pecar de tópica e ingenua para mentes más maduras, aunque si son ustedes capaces de rescatar al niño que todos llevamos dentro es una buena propuesta para dejarse llevar y disfrutar de misterios y aventuras sin muchas pretensiones.
Quizá lo que más se eche en falta sea un antagonista a la altura, aun acompañante al gran villano (magistralmente interpretado por Javier Gutiérrez), vamos, un Sloth, para que me entiendan, ya que ni el celador interpretado por Christian Mulas ni la versión castiza de Draco Malfoy parecen suficiente.
No está a la altura de Los Goonies, por supuesto, pero ¿quién pretende estar a la altura de Richard Donner?

Perdidos en medio de la cartelera de otoño (donde se fusionan los últimos retazos del cine palomitero veraniego y las primeras apuestas de cara a los próximos Oscars), Zipi y Zape y el Club de la Canica es, como si de un tebeo se tratase, la hoja de los pasatiempos.

sábado, 5 de octubre de 2013

RUNNER, RUNNER (6d10)

Runner, runner es una de esas películas que llegan con mucho ruido, prometiendo el oro y el moro y cubiertas por un bonito papel de regalo que si bien invita a pensar que esconde algo maravilloso realmente no permite ver de qué se trata.
Desenvuelto el paquete y quedando sus cartas al descubierto (nunca una metáfora había sido tan apropiada), Runner runner acaba decepcionando no por ser una mala película (que no lo es) sino por quedarse en las puertas de lo que proponía y pareciéndose demasiado a otras apuestas que también acababan quedándose en fuegos de artificio. Si usted es de los que se aburrió con 21 blackjack o se sintió estafado con la reciente Ahora me ves, olvídese de esta película, ya que detrás de la exótica  ambientación de los casinos y las lujosas fiestas privadas paralelas, la historia es demasiado simple y previsible para emocionar tanto como pretende, más si tenemos en cuenta que los primeros cinco minutos parecen invitar a reflexionar sobre el mundo de las apuestas y sus consecuencias y al final se olvidan de cualquier tipo de mensaje para limitarse a explicarnos una historia de engaños y traiciones con algunos tópicos demasiado evidentes (el prota que le liga a la novia del jefe) y giros de guion previsibles, apoyados además en unos actores algo faltos en carisma.
Justin Timberlake (ese cantante metido a actor que solo destaca por saber colarse en proyectos ya interesantes por si solos –como Ciudad sin ley, donde secundaba a Kevin Spacey y Morgan Freeman,  o La Red Social, en la que estaba de paso- pero sin fuerza para sostener películas en las que todo el peso interpretativo cae sobre sus espaldas, caso de In time o Bad Teacher) interpreta a Richie Furst, un pijito que vive sobretodo de las apuestas por Internet y pierde todo su dinero en una partida de póker on-line. Convencido de que ha sido timado se va a Puerto Rico (insisto, ha perdido todo su dinero, pero no tiene problemas para pagar un billete de avión y un hotel, ¿me lo explican?) a verse con el que parte el bacalao en esos temas, un tal Ivan Block interpretado por Ben Affleck (sí, sí, el tío a que todo el mundo odia por internet por su interpretación de Batman aun antes de haberse iniciado siquiera el rodaje), con el simple objetivo de echárselo en cara. Y aquí debería acabar la película sino fuese porque al Block este le cae en gracia el pardillo y lo convierte en su mano derecha, instalándolo en un lujoso hotel y haciéndolo millonario. Y el pardillo no solo se lo traga sino que encima trata de levantarle a la chica, una Gemma Artenton que pasa toda la película con la misma expresión, pese a que la propia CIA (representada por el agente Shavers, interpretado por Anthony Mackie, de actualidad también por Dolor y Dinero) le avisa de que Block no es trigo limpio.
Pero no se equivoquen, no por previsible y tópica la película de Brad Furman merece ser suspendida. Superado el desconcierto inicial por culpa del high que la antecedía, y conscientes ya de que no estamos ante una obra maestra, la película es agradable de ver, permitiéndonos disfrutar de secuencias interesantes y un relativo suspense que termina dejando un buen sabor de boca.

Entretenida sin pretensiones, Runner runner es un buen pasatiempo. Pedirle más sería equivocarse.

GRAVITY (8d10)

Resulta difícil realizar la crítica de una película cuando no hay absolutamente nada a criticar. Alfonso Cuarón, realizador de, posiblemente, la mejor película de la saga Harry Potter, demuestra una vez más que es un virtuoso con la cámara y arranca la película con un plano secuencia sencillamente magistral, maravilloso, poético. Ya en 2006, en Hijos de los hombres, Cuarón impresionó con un tiroteo contra el bueno de Clive Oven por las entrañas de un edificio sin un solo corte, pero en su nueva película se supera a sí mismo con 17 minutos de pura magia invitando al espectador a conocer el mundo en el que se va a desarrollar la historia, el espacio exterior, un lugar sin oxígeno, sin gravedad y, contradiciendo a George Lucas y sus explosiones, sin sonido.
No fue sencillo el proceso de realización de esta película que amenazó en diversas ocasiones con ser cancelada, primero por la falta de acuerdo por temas económicos con la actriz propuesta, Angelina Jolie, y después por la marcha repentina de su sustituta, Natalie Portman. Ya con Sandra Bullock en el proyecto el siguiente en darse a la fuga fue el protagonista masculino, Robert Downey Jr., y Gravity parecía que iba a caer en el cajón de los proyectos que podrían haber sido y nunca fueron, pero  la determinación de Cuarón y la fidelidad de Bullock, que creyó en el proyecto hasta el final, permitieron que ésta terminara por realizarse, empujada por la presencia definitiva de George Clooney como partenaire.
Apoyada básicamente en la interpretación de estos dos grandes actores y el virtuosismo del director, Gravity explica la historian de dos astronautas que quedan vagando en el espacio cuando residuos cósmicos impactan contra su nave, inutilizándola y obligándolos a intentar llegar hasta una estación china donde una cápsula de salvamento les permita regresar a la Tierra. Una premisa sencilla, una idea sin complicaciones, para regalarnos hora y media de bellas vistas nuestro planeta visto desde el espacio, momentos de ritmo frenético y una sensación de angustia y terror que por momentos nos deja sin aliento, como si nosotros mismos estuviésemos embutidos en un traje de astronauta junto a Bullock apurando nuestras reservas de oxígeno.
Sandra Bullock, una vez más, demuestra que cuando quiere es una extraordinaria actriz, y viendo su interpretación de la doctora Ryan Stone uno se pregunta por qué no quiere más a menudo y se deja de protagonizar esas comedias absurdas en las que suele estar encasillada (claro que el hecho de ser una de las actrices mejor pagadas del momento gracias a esas comedias absurdas debe influir algo). Su recreación de la astronauta que lucha por su supervivencia es impecable, transmitiendo a la perfección todo su dolor y sufrimiento y evitando la sobreactuación a la que determinadas situaciones invitan y colocándola como una de las primeras y más firmes candidatas al Oscar (y cabe recordar que la Miss Agente Especial ya tiene uno en su haber).
Me cuesta hablar de obra maestra, pues soy de los que piensan que para ello se debe dejar pasar el tiempo y ver las cosas con perspectiva, pero no hay ninguna duda que Gravity es magistral. Un producto tan arriesgado y difícil como brillante y que sitúa al realizador mexicano como una figura muy a tener en cuenta en el Hollywood actual.

Nadie debería perderse esta película. Es magia pura. Y, por una vez y sin que sirva de precedente, el 3D aporta algo. Y si no me creen, vayan, vayan y ya me dirán…

miércoles, 2 de octubre de 2013

2 GUNS (6d10)

En estos tiempos de sequía imaginativa no es de extrañar que los guionistas de Hollywood anden buscando fuentes originales de donde extraer sus libretos. De un tiempo a esta parte, entre remakes, secuelas, precuelas y reboots quienes se han llevado el gato al agua son los comics, que casi están sustituyendo a las novelas o al teatro como pozo sin fondo de donde extraer ideas que plasmar en la gran pantalla.
Y aunque sea fácil pensar en superhéroes de asombrosos poderes, no solo de ellos vive el papel, y hay unas cuantas obras bastante alejadas de los tipos vestidos con mallas que están calando en el séptimo arte, pese a que muchas de ellas pasan desapercibidas para el gran público, que pueden desconocer que títulos como Camino a Perdición, Wanted o Red fueron comic antes que película.
Con esta última es con la que más podemos relacionar a 2 Guns, ya que estamos de nuevo ante una comedia de acción donde el punto fuerte es el carisma de sus actores protagonistas y las explosiones que pululan por doquier.
Partiendo de un argumento de Steven Grant (el comic no es que sea para lanzar cohetes, por cierto), la trama versa sobre dos ladrones que se unen para robar un banco donde ingresa dinero con regularidad un capo narco. Sin embargo, la sorpresa salta cuando resulta que ambos trabajan para el lado correcto de la ley (uno es de la DEA y el otro de Inteligencia Militar) sin saberlo y deben unir fuerzas cuando descubren que a quién han robado, en realidad, es a la mismísima CIA. A partir de aquí comedia, enredos, persecuciones, tiroteos e incluso un punto de erotismo (todo tiene cabida en los 109 minutos que dura) donde no está muy claro quiénes son los buenos y quiénes los malos obligando a los dos protagonistas a unir fuerzas contra, prácticamente, el mundo entero.
Heredando el estilo de Michael Bay, el actor y director Baltasar Kormákur (que ya trabajó con Mark Wahlberg en Contraband) consigue una cinta de ritmo correcto y acción frenética, muy en la línea de Dos policías rebeldes, acentuando el humor en los encontronazos de sus protagonistas y apoyándose en un buen elenco de actores, donde Wahlberg y Denzel Washington brillan con luz propia en unos papeles, dicho sea de paso, que parecen hechos a su medida ya que no les exigen demasiado esfuerzo interpretativo fuera de sus cánones habituales. Es agradable, por otro lado, recuperar a actores de la talla de Bill Paxton o Edward James Olmos, que estaban bastante perdidos últimamente, y hasta el soso de James Madsen hace un buen papel, aunque la nota negativa la pone Paula Patton, tan mona como limitada, en cuyas escenas con la ropa puesta demuestra lo mala actriz que es, por más que parece que está de moda últimamente (ya se ha confirmado su participación en la esperada Warcraft y en Misión Imposible 5).
En resumen, hora y media de diversión en una cinta que funciona a la perfección siempre que no queramos ponernos muy exigentes. No es, para nada, una renovación del género y no aporta nada original ni destacable, pero el entretenimiento está asegurado y la química entre los protagonistas funciona.

Hay una secuela del comic titulada, en un alarde de originalidad, 3 Guns. Si la taquilla lo decide, no sería de extrañar que tarde o temprano llegue su versión en pantalla grande. Esperemos a ver…

lunes, 30 de septiembre de 2013

BRUJAS DE ZAGARRAMURDI (7d10)

Alex de la Iglesia no solo es un gran director, sino también un gran amante del cine que no duda en regar sus obras de guiños y homenajes a películas que le marcaron. Alcanza, sin embargo, en su último título niveles extremos cuando realiza un más que evidente revisionado del Abierto hasta el amanecer que parieron Robert Rodriguez (director) y Quentin Tarantino (guionista) allá por 1996.
Las coincidencias no son pocas: Jose y Tony (Hugo Silva y Mario Casas) realizan un atraco tal y como hicieran en aquella los personajes encarnados por George Clooney y Quentin Tarantino y huyen a toda prisa con intención de cruzar la frontera (aquí la francesa, en el anterior caso la mejicana), llevando consigo a un rehén (Jaime Ordóñez en lugar de Harvey Keitel) y llevando consigo, además, un niño (aunque es evidente que las comparaciones entre Gabriel Delgado y Juliette Lewis son más esquivas). Justo en la frontera deben detenerse en un bar de inquietante aspecto (mucho menos animado, eso sí, que la Teta Enroscada) y a partir de ahí una trama policíaca de robos y persecuciones se transforma en un festival de sangre y muerte, sustituyendo los vampiros de Rodríguez por brujas con claras connotaciones sexistas (de hecho, todo el envoltorio de la película, con brillantes diálogos que a la postre resultan lo más atractivo del film, gira alrededor de la lucha de sexos, llegándose a la conclusión inapelable de que las mujeres son malas, pero los hombres tontos).
No falta ni el momento erótico, con Carolina Bang en ropa interior bebiendo de un corazón y derramando sangre que recorre lujuriosa su cuerpo, evocando a Salma Hayek en la ya clásica escena con el champán (y para rizar más el rizo, ambas actrices eran en el momento del rodaje las parejas de los respectivos directores). Incluso en un momento de la trama Jose y Tony se refieren a Manuel (Ordóñez) diciendo que parece un cura, precisamente a lo que se dedicaba Keitel en Abierto hasta el amanecer.
Siendo coherentes con lo que supone la producción cinematográfica española con respecto a la americana, hay que reconocerle a Brujas de Zagarramurdi un presupuesto proporcional mayor al que tuvo Rodríguez en su bizarra fábula vampírica, con lo que aquí la acción va más allá del bar y el reparto de personajes es más coral, con la aparición de la exmujer de Jose (Macarena Gómez) y los dos inspectores que llevan el caso del robo (Pepón Nieto y Secun de la Rosa) en medio de todo el fregado, aunque a decir verdad son tramas que podría haberse ahorrado De La Iglesia por su escasa aportación al film.
Y es que si Abierto hasta el amanecer presentaba unos personajes interesantes que se diluían cuando la historia se transformaba en un delirio gore de lucha por la supervivencia, algo parecido le sucede a Brujas de Zagarramurdi, que tras un inicio brillante y emocionante termina dejándose llevar por los excesos visuales del aquelarre satánico perdiendo esplendor y abusando de tantos exageraciones y situaciones  absurdas que roza en algunos momentos el ridículo, y no solo ya por la aparición satánica final (que no desvelaré aquí, aunque tampoco es que haya mucho que desvelar) que recuerda a alguna producción de serie B que tanto gustaban a Sam Raimi, sino –sobretodo- por la forzada subtrama romántica impuesta para aspirar a un final feliz, o al desperdicio de personajes como los inspectores Calvo y Pacheco que no ayudan en nada al desarrollo argumental.
Como historia de entretenimiento a la que no se le pide demasiado, la película funciona, y son muchos los momentos delirantes que provocan la carcajada al espectador, pero teniendo a Alex de la Iglesia a los mandos cabría esperar algo más de un film desigual, abrumador y con un último tercio alargado y cansino que tiene su mejor virtud en el reparto, fundamentalmente televisivo, donde Silva, Casas y Ordóñez brillan con luz propia aunque, como no se podía esperar otra cosa, la verdadera reina de la función es una inmensa Carmen Maura, bien secundada por Terele Pávez, que con su talento permiten que perdonemos paparruchadas como las brujas interpretadas por Santiago Segura y Carlos Areces (y es que en España esto del amiguismo funciona demasiado).
Divertida, excesiva, apabullante, absurda, escatológica (la escena de Macarena Gómez en la letrina es tan desagradable como brillante) y visualmente apasionante, Brujas de Zagarramurdi es una película que sin duda provocará debate, pero que debe ser vista, pues aun con todos sus defectos las virtudes terminan por predominar, aunque deje una sensación agridulce por la cuesta abajo que supone el clímax final.

Talento tiene, pero no suficientemente aprovechado.

lunes, 23 de septiembre de 2013

R.I.P.D. (3d10)

Se podría decir que Ryan Reynolds es un actor empeñado en tener su propia franquicia comiquera, aunque desde aquí ya le adelanto que mejor le irían las cosas si simplemente se empeñara en ser actor, pues hasta el momento no lo ha conseguido demasiado. 
Primero participó en la tercera (y última ¿casualidades de la vida?) entrega de Blade (Blade Trinity), después puso cara a ese desastre de DC llamado Green Lantern (dicen que todavía se escuchan las carcajadas de los jefazos de Marvel) y ahora le toca el turno a esta puesta adaptación de la obra de Peter M. Lenkov para Dark House (por lo menos tiene la decencia de ir cambiando de editoriales, así puede repartirse el odio de todos los fans sin excepción). Por cierto, su paso por X-men orígenes: Lobezno simplemente lo obvio; he borrado su paso por esa película de mi cabeza. Quizá Reynolds debería plantearse cambiar de agente, o tal vez incluso de profesión, ya que solo ha triunfado en dos papeles en toda su vida: enterrado vivo en un ataúd y casándose con Scarlett Johansson. Y ninguna de las dos experiencias tuvo final feliz.
Pero que R.I.P.D. sea una soberana tontería no es solo culpa de este pobre canadiense, así que vamos a repartir culpas:
Por un lado tenemos a los guionistas, Phil Hay y Matt Manfredi, que componen una historia que poco tiene que ver con el comic original (bastante inclasificable también, por cierto), copiando descaradamente los esquemas de Hombres de Negro (con unos toques de Ghost y un puntito de Cazafantasmas) para formar un batiburrillo que pretende ser una comedia de acción pero que ni divierte ni emociona.
Continuamos con el director, Robert Schwentke, que ya tiene experiencia en esto de adaptar comics (y RED le salió francamente bien) y que aquí se encuentra totalmente perdido, imitándose (y encima mal) a sí mismo cuando hasta ahora había demostrado ser un buen artesano en todos los campos (suyas son las películas de intriga Plan de vuelo: desaparecida y el drama romántico Más allá del tiempo). No lo voy a responsabilizar de que los chistes no tengan gracia y que la química entre actores brille por su ausencia, pero sí de no saber manejar el tempo de la acción (hay muchos momentos de aburrimiento en los que no pasa nada y cuando hay acción es tan repetitiva y atropellada que poco le importa al espectador lo que está pasando en pantalla) y parece contagiado de esa máxima tan de moda últimamente que dice que cuando las cosas se te vayan de las manos y no tengas ni idea de qué camino tomar, limítate a destruir edificios y hacer explotar coches. Mal, señor Schwentke, muy mal.
Y finalmente, los actores. Ya he hablado de Reynolds, que en ningún momento sabe transmitir el drama, el dolor y el odio que debe mover a su personaje, poniendo la misma cara de pasmo en toda la película. Kevin Bacon se limita a repetir clichés, demostrando que no le importa interpretar mil veces el mismo personaje con tal de cobrar su cheque a tiempo. Mary-Louise Parker está, sencillamente, horrenda, continuamente haciendo muecas con las que trata de paliar su inexpresividad. Y Jeff Bridges, simplemente, pasa por ahí. No voy a decir que lo haga mal porque es un actor tan grande que es imposible que haga algo mal, pero tampoco parece demasiado interesado en aportar algo. Recita sus diálogos con el piloto automático y a otra cosa, mariposa.
La historia va sobre un poli enamorado de su mujer que es asesinado por su mejor amigo, el cual posteriormente se acercará a la esposa ofreciendo consuelo mientras el poli muerto trata de hablar con ella mediante un cuerpo diferente (y no, ella no es Demi Moore). El caso es que en lugar de enfrentarse al (creía yo) inevitable juicio final le ofrecen trabajar en el Departamento de Policía Mortal, que por lo visto en el cielo van cortos de polis muertos, y él no se lo piensa mucho para aceptar. El compañero, claro está, será un veterano cascarrabias (todo un vaquero) con el que se llevará fatal, tratando de convertirse en una especie de peli de colegas sin demasiada gracia y repitiendo el modo de presentarnos a la división policial que ya hiciera Sonnenfeld en la mencionada Hombres de Negro, donde Jay (Will Smith) era el novato y Kay (Tommy Lee Jones) el veterano cascarrabias.
La cosa va de perseguir a muertos que se han quedado escondidos en la tierra haciéndose pasar por vivos, pero en lugar de jugar estas cartas (o de dedicarse a perseguir zombies, es bien sabido que a todo el mundo le gustan los zombies, ¿no?) se sacan de la manga un rollo apocalíptico en plan Fin del Mundo con portales que se abren hacia el cielo y no sé qué sandeces más. Una tontería sin mucha base con la que parecen querer decir: “sí, hemos estado copiando todo el rato a Hombres de Negro, pero ahora vamos a destruir el mundo, así que nosotros molamos más”
Y ahora que lo pienso, la verdad es que no sé por qué me estoy extendiendo tanto en esta crítica, cuando podría haberla liquidado en una sola línea diciendo: “por favor, aléjense de ella”.

Ya saben. Más claro, agua.

domingo, 22 de septiembre de 2013

RUSH (8d10)

Me gustaría comenzar esta crítica explicando que no tengo ni idea de Fórmula 1. No me importa lo más mínimo quién gane o pierda (excepto por el orgullo patrio de Fernando Alonso), no conozco los recovecos del reglamento y no entiendo a quienes se pasan el fin de semana pegados al televisor tragándose los entrenamientos, las clasificaciones y (por fin) las carreras, largas e interminables.
Comienzo así porque quiero dejar claro mi punto de vista ante un deporte que es el protagonista de esta película, y porque creo que llegar tan virgen al cine es casi más positivo que negativo, pues si bien las escenas de competición no resultan para nada aburridas para el profano (como suele suceder con las películas sobre futbol americano o beisbol), el no tener ni idea de cómo va a acabar el duelo entre Niki Lauda (al menos el nombre de este sí me sonaba) y James Hunt me parece una clara ventaja sobre los amantes de los coches.
Es curioso que el mismo fin de semana que se estrena Jobs llegue este otro biopic (en este caso doble) que va a provocar que las tentaciones de comparativas sean casi inevitables. Y es que si en la película de Stern me quejaba de que uno salía del cine sin acabar de entender quién era Steven Jobs y lo que hacía, a Ron Howard le bastan un par de escenas para dibujar perfectamente a Lauda y Hunt y que conozcamos lo que les impulsa a hacer lo que hacen y a ser como son, dos caras de la misma moneda, almas gemelas (aunque totalmente opuestos a la vez) que por mucho odio que crean tenerse estarán condenados a entenderse y admirarse mutuamente.
Ambientada a principio de los 70’, la película arranca alternando las historias de ambos corredores, usando sendas voces en off para conocer sus pensamientos, cuando comenzaban en Fórmula 3: Hunt, mujeriego y juerguista, interpretado por un excelente Chris Hemsworth totalmente desatado lejos de la relativa rigidez que le supone ser un dios nórdico, y Lauda, frío y sensato, medido y camaleónico Daniel Brühl. Rápidamente ascienden hasta la Fórmula 1, dónde el austriaco Lauda logrará su primer campeonato, centrando toda la película en el duelo que tendrá al año siguiente contra el aspirante británico.
Ignoro hasta qué punto se ha sido fiel a la historia real y a las arrebatadoras personalidades de ambos (si hay algún lector conocedor del tema y quiere dar su opinión en los comentarios le será agradecido), pero desde el punto de vista cinematográfico la presentación de ambos es impecable, consiguiendo además que entendamos fácilmente como ve cada uno el mundo de las carreras (la presentación, por separado, de cada uno en sus respectivos talleres es un claro ejemplo de la manera de trabajar).  Ambos viven para correr y es lo único que parece importarles, pero mientras uno trabaja con la cabeza, el otro lo hace con el corazón, y por más evidente que pueda parecer quién de los dos obra con corrección (y si no ahí queda la Historia para corroborarlo), el gran acierto de la película es que en ningún momento plantea a uno como el bueno y otro como el villano, no hay favoritismos en esta lucha de egos, en este combate pasional que fue más allá de los circuitos y que se refleja también en sus vidas personales, representadas en la forma de sus matrimonios (la modelo Suzy Miller fue la fugaz esposa de Hunt hasta que lo dejó por el actor Richard Burton mientras que Marlene le robó el corazón y fue inspiración para Lauda), correctamente interpretadas por Olivia Wilde y Alexandra Maria Lara.
Casi al final de la película, tras casi dos horas de enfrentamientos y odios, Lauda y Hunt coinciden en un aeródromo y tienen una breve conversación en la que cada uno insiste en defender sus posturas. Y es ahí donde, si el espectador no ha decidido todavía quién es su favorito, ya no lo hará nunca, pues ambos tienen razón y ambos se equivocan, ya que eso es la vida, acertar y equivocarse, pero siempre con el corazón y desde la pasión.
A años luz de Jobs, Ruch logra seducir al espectador con el lujoso y espectacular mundo de la alta competición (nada que ver, eso es cierto, con el circo que es hoy en día), mostrando además sus peligros con escenas de escalofriante crudeza, consiguiendo hacernos partícipes de él e invitándonos a sentirnos como un miembro más del equipo.
Si hay que buscar algún pero podríamos encontrarlo en las escenas de carreras, brillantes y hasta poéticas, pero a las que en ocasiones les iría bien algo más de efectismo. Los planos de Howard son emocionantes, con mucho zoom y cámaras a ras de suelo, pero quizá se echa en falta ver con más claridad los adelantamientos, siempre rápidos y confusos, imagino que para hacernos sentir como dentro del propio monoplaza. Un simple detalle que no enturbia una brillante película, apasionada y apasionante, sobre una rivalidad y un campeonato que, en su época, sin duda provocó que alguien dijera: parece una historia de película.
De gran película, debo añadir.


JOBS (4d10)

Quizá demasiado reciente en el recuerdo la brillante exposición que David Fincher y Aaron Sorkin hicieron sobre Mark Zuckerberg y la creación de Facebook, uno esperaría que la aproximación a la figura de Steve Jobs, cofundador de Apple siguiese los mismos derroteros, pero por desgracia no es así, quedando a años luz de distancia de La red social, en la cual podía uno simpatizar más o menos con el personaje que interpretaba Jesse Eisenberg, pero al menos se salía del cine conociendo al personaje y sus motivaciones.
No es así con Jobs, ya que para empezar no se sabe si admirar o despreciar a ese tipo larguirucho y desgarbado demasiado pagado de sí mismo que logra hacerse millonario sin saberse muy bien cómo. Y es que dejando de lado los conocimientos que uno pueda tener sobre el mundo de Apple (o lo que nos pueda interesar), no queda bien definida en la cinta la aportación de Jobs en la industria, quedando (a manos de un profano como yo) la sensación de que se trata de un simple charlatán que se aprovecha del éxito de otros, inicialmente de su amigo y socio Steve Wozniak (Josh Gad).
El primer problema de la película está en la elección del director, Joshua Michael Stern,  un desconocido con apenas un par de títulos en su currículo, con lo que se indica por dónde van los derroteros en cuanto a ambición cinematográfica se refiere, y al que le tiembla la mano a la hora de confeccionar una biografía totalmente carente de épica.
Continuamos con el guion. No voy a insistir en comparaciones con la magnífica película de Fincher (tampoco sería justo), pero cualquier biopic que se precie debe conseguir transmitirnos algo del personaje a tratar, y la narración no lo consigue en ningún momento. Es decisión del guionista decidir si quiere dar un esbozo de toda una trayectoria (se me ocurren los ejemplos de Chaplin o Ed Wood), centrarse en una época determinada (como con Jerry Lee Lewis en Gran bola de fuego) o incluso minimizar la cosa y centrarse en apenas unos días (Mi semana con Marilyn). También conviene saber de qué se quiere hablar, si de su trayectoria profesional, su vida personal o de todo en general, dando importancia al hombre por encima del personaje. Esto son cosas que se deben decidir en reuniones previas al comienzo del rodaje, de manera que todos los miembros importantes del equipo (guionista, director y productor) sepan que están en la misma onda. Obviamente, en el caso de Jobs esas reuniones no existieron, pues o bien estamos ante una película recortada que debería durar cuatro horas más o hay tantas lagunas en la historia que solo la tremenda incompetencia de sus autores puede justificarlas. Y ¡ojo! no estoy haciendo prevalecer mis deseos. No debe ser el espectador quien decida si le apetece más saber detalles truculentos de la vida privada de Jobs o prefiere una película de enredos empresariales. Pero lo que es inaceptable es que se entretengan en explicarnos detalles íntimos como la relación de Steve con una novia a la que deja embarazada para renegar luego de su hija para luego no volver a saber de ella, se nos plantee una semilla de drama con la (mala) relación entre Steve Jobs y su amigo Daniel Kottke (Lukas Haas) para que luego este personaje desaparezca por arte de magia, o que de repente nos encontremos sin saber cómo con un Jobs casado y con hijos. Por no mencionar que se ignora por completo cualquier detalle sobre su enfermedad. Por otro lado, el recorrido de Jobs como dueño de Apple se centra más en su mala relación con el presidente de la junta de accionistas Arthur Rock que en sus logros tecnológicos.
La película comienza con una imagen de Jobs ya mayor en la presentación del iPod, pero esa secuencia solo parece servir para presumir de los buenos maquilladores que hay en la película y en como consiguen que Ashton Kutcher se parezca a Steven Jobs, al cual si hubiésemos visto directamente joven no habríamos podido identificar, ya que tampoco avanza la historia hasta la creación del susodicho iPod, así como no hay referencia alguna (ni siguiera en forma de títulos de crédito finales explicativos) de la creación del iPhone, de iTunes o de la productora de cine Pixar.
Dejando aparte las evidentes limitaciones interpretativas de Kutcher, que tal y como Daniel Day Lewis hacía en Lincoln se reduce a pasear encorvado y con andares de gallina clueca por toda la película, Stern –que apenas consigue un film digno para la televisión- parece creer que un buen reparto lo soluciona todo, y así vemos deambular por aquí a Dermot Mulroney,  Matthew Modine, J.K.Simmons, Leslie Ann Warren y un visto y no visto James Woods. Además, la decisión de contratar como protagonista a Kutcher pesa mucho y está claro que el papel le viene grande a un actor que ya hace tiempo que parecía haber renunciado a triunfar en cine (por cierto, una curiosidad: para demostrar la supuesta madurez del personaje se usa la metáfora de ver al protagonista cortándose algo el cabello y quitándose la barba, justo lo mismo que hacía Kutcher con su personaje en Dos hombres y medio).
Quizá el verdadero problema estribe en lo reciente de la muerte de Jobs, un personaje demasiado cercano como para no tener a todos sus herederos revoloteando alrededor de la película, obligando a dar una imagen del informático demasiado amable, pues si bien se dan algunos retazos de su carácter ególatra y dictatorial, el resumen lo deja como un idealista, un creador de sueños, ignorando las muchas denuncias que tenía por explotación y sus malos modos empresariales.

Me duele dar una  nota tan baja a una película que tampoco es tan horrible, poro asistir a un biopic que te deja con más preguntas que antes de verla no puede merecer un aprobado. Esperemos que la aproximación a Wikileaks que se está ultimando en Hollywood cumpla con las expectativas. Jobs no lo ha hecho.

JUSTIN Y LA ESPADA DEL VALOR (6d10)

Nacida con pretensiones de iniciar una saga cinematográfica en manos de Manuel Sicilia (El lince perdido), Justin y la espada del valor es la nueva apuesta de Antonio Banderas como productor, comprometido con el proyecto hasta el punto de doblar a uno de los personajes protagonistas en la versión original.
Acostumbrados a las luchas titánicas entre Disney/Pixar con Dreamworks, Sony y compañía, con unos deslumbrantes alardes técnicos y unos argumentos en ocasiones más adultos de lo aconsejable (aunque parece que últimamente esta tendencia va a la baja), Justin y la espada del valor podría parecer algo insignificante, una obra menor donde no nos vamos a deslumbrar por la calidad de las escenas con agua o el perfeccionismo del cabello de los personajes. Nada de eso. Lejos de falsas apariencias en forma de cantos de sirenas, Sicilia ha preferido limitarse a hacer una película de animación como las de antes, con una historia sencilla y claramente dirigida a un público infantil, por más que la animación convencional sea suplida por el ordenador.
Y eso es lo que encontraremos en Justin y la espada del valor, una historia de superación, de un chico anónimo que se acaba convirtiendo en héroe, de malos muy malos, sin dobles caras, y de princesas y dragones (o no, porque en este último aspecto las cosas no son lo que parecen).
Justin y la espada del valor explica la historia de un reino donde la reina, aconsejada por un abogado (el padre del protagonista), decide prohibir los Caballeros, sin darse cuenta de que con ello no solo está asfixiando con absurdas normas y leyes a su pueblo sino que lo deja también indefenso ante una posible amenaza externa. Con la leyenda sobre su heroico abuelo en la cabeza, Justin rechazará su destino de estudiar derecho y se marchará del pueblo para tratar de convertirse en caballero y salvar el destino de la reina y, por extensión, de todas sus tierras.
Con un sorprendente sentido del humor, Justin y la espada del valor alterna aventura, diversión y, como no, gotas de romance, componiendo una obra ágil y entretenida quizá algo por debajo de otras aventuras animadas patrias como Planet 51 o Las aventuras de Tadeo Jones pero ciertamente recomendable para los más pequeños de la casa, sin que por ello resulte para nada aburrida para los sufridos padres que los acompañen, gracias sobre todo a la correcta confección de los personajes y a los muchos gags que complementan la aventura, algunos de ellos desternillantes.

Sin el trasfondo metafórico y profundo que antaño pretendía tener Pixar, Justin y la espada del valor es una aventura que invita, simplemente, a soñar, lo que no es poco.