lunes, 13 de octubre de 2014

SITGES 2014. CEREMONIA DE CLAUSURA: BURYING THE EX

Todo lo bueno se tiene que terminar, y el Festival de Sitges no iba a ser una excepción. Tras apoyar mis últimos minutos libres visitando por fin la exposición sobre REC (mañana también la tengo libre, pero en algún momento tendré que dormir, digo yo), me dirijo a presenciar la ceremonia de clausura del Festival.
No voy a dar la lista completa de premiados porque la podéis encontrar fácilmente en la misma web del Festival y porque son tantos premios que ni yo mismo me aclaro. En resumen, que la que más ha gustado ha sido I, origins, que la de The Babadook también ha convencido y que el premio del público ha sido para mí candidata neozelandesa (al menos he acertado una).
La ceremonia, por más que han tratado de introducir algún gag, ha sido larga y aburrida, con Ángel Salas reciclando el discurso de la Inaugural y con mucho enchufado agradeciendo premios que ni eran para ellos. No podía faltar el toque catalanista reivindicativo.
Pero el momento cumbre de verdad ha sido con la subida al escenario del gran Joe Dante y el veterano Dick Miller, que horas antes habían sido homenajeados por toda su trayectoria celebrando la ocasión con la protección de la que son duda fue las obras cumbre de ambos, Gremlins. De nuevo sobre el escenario, Dante se mostró cercano y buen conocedor de la dicotomía del Festival en la presentación de su nueva película.
Burying the ex es una divertida comedia muy negra y que, como toda la trayectoria de Dante, rezuma espíritu ochentero por doquier, sobre una pareja joven que, enamorados, prometen estar siempre uno junto al otro. Pero el tiempo y las abismales diferencias de caracteres terminan haciendo mella hasta el punto de que él toma conciencia de que para poder ser felices deben separarse y el día que queda con ella en un parque para cortar la muchacha muere atropellada. Pero esto no supondrá el fin de la relación pues la difunta, decidida a cumplir su promesa, regresa de entre los muertos para seguir eternamente junto a su amor. Gamberra y cachonda, Dante ofrece a sus fans justo lo que se espera de él, una hora y media de risas y aplausos con chorros de hemoglobina y amputaciones aptas para todos los públicos y una frescura que ya quisieran para sí muchos realizadores jóvenes que en su afán por romper moldes terminan conjugando aburrimiento y pedantería. Dante no inventa nada, ni falta que le  hace...

SITGES 2014. TRILOGÍA DE ESTRENOS

Con un sol estupendo que ni yo me lo esperaba continúo mi andadura por el festival más importante del mundo en lo que a fantástico se refiere.
Es curioso como de un tiempo a esta parte el misticismo que había alrededor de Hollywood se había empezado a desinflar en parte gracias a una nueva ola de realizadores jóvenes que habían revitalizado el cine más o menos independiente británico, con Zombie Party como glorioso representante y abriendo las puertas al resto de la trilogía del Cornetto o a títulos como Attack the block, Vampire Killers, etc.
Este año, sin embargo, quien parece tener las de mandar es el cine oceánico, y aquí os traigo dos buenas muestras como prueba de ello.
Empiezo con la neozelandesa Lo que hacemos en las sombras (ese parece que será el título en español de What we do in the sadows, más literal imposible) que si bien no está firmada por ningún director ni actor reconocible sin duda sentará cátedra, pues está llamada a ser la nueva película de culto friki como en su día lo fuese la mencionada Zombies Party o, el año pasado sin ir más lejos, La cabaña en el bosque. Y eso contando con que llegue a estrenarse (seguramente en pocas salas y de tapadillo) en nuestras salas.
Lo que hacemos en las sombras cuenta las aventuras de cuatro vampiros algo anclados en el pasado que comparten piso en la época actual. No hace falta decir que se trata de una comedia sencillamente desternillante, que no se toma en serio a sí misma ni lo pretende y que retuerce todos los tópicos con ingenio y brillantez. Heredera de productos televisivos como The Office, la película se plantea como si del rodaje de un documental se tratase, logrando que por una vez el aroma de found-footage aporta algo al conjunto en lugar de ser una mera excusa para utilizar planos sencillos y poco inspirados.  Escribo esto antes de que se sepa el vencedor de la competición de este año, pero muchos apuestan por este título. Por risas y aplausos en la sala no será.
El otro título que nos llega de las antípodas es la australiana The Rover, un duelo interpretativo entre un  excelente Guy Pierce y un no menos destacable Robert Pattinson (sí, ese, el de Crepúsculo, que tras sus colaboraciones con Cronenberg y esto parece querer sacarse de encima el sambenito vampírico). Con un ritmo intencionadamente pausado la acción parece cogernos con la película empezada, con unos personajes (el interpretado por Pattinson y el grupo de su hermano) sobre los que desconocemos lo que les está sucediendo y otro (el de Pierce) sin historia ni pasado. Se trata de personajes sucios, sin empatía, desagradables, en una especie de western postapocaliptico (sabemos que hace diez años pasó algo que lo cambió todo, pero no importa demasiado el cómo ni el qué) que evoca rápidamente al mundo por el que deambulaba Viggo Mortensen en The Road.
El punto más negativo cabe buscarlo en Monsters: Dark Continent, una secuela de aquella película sencilla (en su sencillez radicó su éxito, que a mi tampoco es que me emocionara) que dirigió Gareth Edwards en 2010 sobre una invasión alienígena en la que los bichos apenas salían (se ve que el tipo le cogió el gustillo, pues algo casi igual hizo con su flojita Godzilla). Ya sin él para dirigir la secuela la película pierde ese rasgo de identidad, trasladando la acción de México a Oriente Medio. Pero no esperen encontrarse una suerte de Starship Troopers, pues la pretendida (que no es lo mismo que conseguida) metáfora antibelicista la convierte en una película de guerra del montón, en la que no se sabe realmente quien es el enemigo y que deambula por aguas revueltas (tiene algo de Salvar al soldado Ryan, El único superviviente y el toque pseudodocumentalista de En tierra hostil) sin encontrar nunca su propio camino. Aburrida y lenta, peca además de pretenciosidad, dando la sensación de que su director está más pendiente de conseguir bonitos encuadres que de plasmar una historia y sus actores se limitan a poner poses y poco más. Y los bichos, ni están ni se les esperan.
Y así concluye una nueva entrada sobre el festival. En la siguiente sabremos ya los ganadores y habré asistido a la Ceremonia de Clausura. Me pongo con ello…


sábado, 11 de octubre de 2014

SITGES 2014. MARATÓN DE TERROR.

Pues ya estamos de nuevo en Sitges, dispuesto a enfrentarme a la vorágine del Festival y un poco aterrado al ver la locura que me queda por delante concentrada en poco más de cincuenta horas.
Empieza el fin de semana con mi primera maratón, tres películas del tirón donde me deleito (o no) con tres títulos con un mismo denominador común.
Por todos es sabido que uno de los secretos del cine de terror es la de conseguir recaudar un buen dinerito gracias a películas insultantemente baratas, y un buen truco para conseguirlo, por culpa principalmente de éxitos como El proyecto de la Bruja de Blair, es el redundante y cansino recurso del found-footage, es decir, el rollo ese del metraje encontrado también (mal) llamado de cámara en mano, pero otro no menos efectivo es el de dividir una película en fragmentos, ya estén relacionados entre ellos o no, práctica ya empleada hace muchos años por el maestro Romero en Creepshow y que aunque no es algo exclusivo del cine de terror (últimamente se ha puesto muy de moda también en comedias románticas localistas) lo cierto es que es en el campo de la sangre y las vísceras (y alguna que otra teta, para que negarlo) donde se han dado los mejores resultados. Y es que para el cine casposo y de bajo presupuesto qué mejor que poder contar con historias cortas con diversos actores cuya dudosa calidad no dé tiempo a estropear el film y con posibilidades, además, de poder contar con algún director de prestigio que, a modo de divertimento, otorgue algo de lustro al invento.
Y en esas nos encontramos esta noche.
Comienza la velada con México Bárbaro, un compendio de supuestos cuentos y leyendas del país que sus productos y algún director presentan en persona. Un total de ocho historias que van de lo absurdo a lo desagradable, renunciando sin demasiada gracia en tópicos del género donde cualquier excusa es buena para mostrar casquería y mutilaciones. Con una música impactante y una fotografía en ocasiones muy destacable el film va claramente de menos a más, teniendo en sus últimas piezas dos de las historias más destacables: Muñecas, con una puesta en escena tan sencilla (blanco y negro incluido) como inquietante y Siete veces siete, la mejor de las historias estropeada con una puesta en escena torpe y algo confusa. 
En su pieza final, Día de los muertos, hay una clara muestra de intenciones de que, puestos a comparar, pretenden estar mucho más cerca de autores como Robert Rodríguez que no de Cuarón o Arau. Por desgracia, en el resto abunda lo absurdo y casi hasta banal, haciendo la película pasable y poco más. Algo similar sucede con la maratón al completo, que va de menos a mal. Sin conocer la primera parte, que ni siquiera se ha editado en vídeo en España, The ABCs of death 2 es una colección de mini cortos, algunos casi simples sketches, que jugando con las letras del abecedario en la inicial de su título repasa diversas situaciones con la muerte como protagonista. Sin embargo, que haya cadáveres por medio no es sinónimo de terror pues muchos de los episodios, los mejores quizá, con el de los náufragos como mejor ejemplo, son básicamente de comedia y los más macabros son si acaso más grotescos que otra cosa. La película arranca aplausos y risas aunque bien es cierto que parece ideal para un festival de este tipo y no sé si tendría la misma gracia vista en un cine con un público más convencional o en la comodidad de nuestro salón.
Y concluye la noche con V/H/S Viral, que es la tercera parte de un invento, ahora sí que de found-footage, que tuvo bastante éxito con un origen que, sinceramente, yo encontré espantoso y que mejoraba, aun perdiendo cierta frescura, en su secuela. El pretexto era una historia río en la cual los protagonistas terminaban por toparse con una serie de cintas en V/H/S que contenían el resto de las historias. En este caso la película piezas de ambiciosa y pretende ofrecer una especie de moraleja sobre los peligros de la interconectadas que, no sé si por mal explicada o porque el sueño comienza a hacer mella en mí, no he entendido nada. Lo interesante son los tres fragmentos que las acompañan (el último es el que menos me interesa aunque debo reconocer que es el que se atreve a llevar al punto más extremo el tema de la cámara en mano), pese a que de nuevo nos encontramos con que el terror brilla por su ausencia, estando más próximos al suspense al más puro estilo La hora de Alfred Hitchcock que otra cosa, ya que veremos a unos chavales en monopatín enfrentados a unos espíritus aztecas, a un mago poderoso por la magia de su capa y, sobre todo, a la aportación patria de Nacho Villalongo, que vuelve a jugar con entremezcla personajes de mundos paralelos (algo parecido mostraba en Los CronoCrímenes) permitiéndose auto homenajearse recuperando elementos del tráiler aparecido al principio de Open Windows.
En resumen, infinidad de cortos de muy variada calidad, con puntos interesantes pero poco sustos, siguiendo la falsa creencia de que cuanta más sangre, mejor.
Qué lejos quedaron los maravillosos e inocentes años de los Cuentos Asombrosos de Spielberg, Zemeckis y compañía...


domingo, 5 de octubre de 2014

SITGES 2014. GALA INAUGURAL: REC 4

Llegó el gran día. Al fin llegó el momento de regresar a Sitges, ese bonito pueblo donde el año pasado me acerqué por primera vez al Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya donde me dejé devorar por las hordas sedientas de sangre de la Zombie Walk y disfruté de algunos adelantos de temporada de las series televisivas más esperadas.
Este año, tal y como prometí, la cobertura será muy diferente, abarcando un buen puñado de títulos importantes (aunque el calendario me obligará a prescindir de otros muy deseados) aun a riesgo de pasar más horas de las aconsejables sin pegar ojo. Pero ya se sabe que no se puede tener todo en la vida, ¿no?
Comienza la jornada con un agradable paseo por las calles de Sitges, todavía a medio decorar, haciendo los primeros gastos en los puestos ambulantes de la calle de Port Alegre, frente a la Playa de Sant Sebastià. 
También es buen momento para disfrutar de algunas exposiciones interesantes, como la del artista Carles Ganya y sus representaciones en grafito sobre madera de diversas escenas de cine fantástico, ofrecida en el Palau Maricel (por desgracia un retraso en las ruedas de prensa me obligan a pasar fugazmente por la retrospectiva sobre la saga REC en la Casa Bacardí, pero, como diría Schwarzie: “Volveré”) e incluso entablar interesantes conversaciones con miembros de la GAC que auguran un abanico de posibilidades para futuros proyectos.
Sin tiempo que perder hay que dirigirse a las inmediaciones del hotel Melià, donde mientras espero la llegada de los primeros VIP’s puedo entretenerme con la pequeña muestra de merchandising de la FNAC o de hacer un poco el canelo en video gracias al stand de Movistar.
Al fin llegan las primeras caras conocidas: Rodrigo Cortés, Gabino Diego y Manuela Vellés son los primeros, pero la organización no facilita que se pueda acceder (fotográficamente hablando) demasiado a ellos si no se es acreditado de prensa, por lo que dejo pasar al resto de celebrities y de centro en entrar cuanto antes al Auditorio. La gran estrella de la saga, manuela Velasco, se muestra algo más accesible.
Y por fin empieza la gala. Tras alguna entrega de premios algo cansina, un homenaje a los desaparecidos en el mundo del cine en este último año (especialmente emotiva con los aplausos recordando nombres como Robin Williams, Harold Ramis, Álex Angulo, James Gandolfini  o Philip Seymour Hoffman) y unas palabras del director del festival, Ángel Sala, que se pueden resumir en reivindicar el sentido cultural del cine, se da paso a los dos platos fuertes de la fiesta: el director Roland Emmerich y Franco Nero.
Gas natural Fenosa está apostando fuerte últimamente por el cine, patrocinando la mejora de diversas salas de cine y produciendo ahora una serie de cortometrajes con la excusa del ahorro energético como telón de fondo. Rodrigo Cortés es el guionista y realizador de uno de ellos, 1:58, y antes de verlo en pantalla aparece por el escenario para saludar, acompañado de los protagonistas del mismo, Manuela Vellés y Gabino Diego (quien solo pone voz). La proyección revela que Cortés sigue en pleno estado de forma con una historia impactante, aterradora y divertida a la vez, pero que funciona más a nivel visual que narrativo, con un desenlace algo desangelado en proporción a las expectativas creadas.
Y ahora sí, es hora de ver a uno de los fijos del festival: Jaume Balagueró, que escudado en Manuela Velasco, Paco Manzanero, Ismael Fritschi y varios productores, hcieron una presentación simpática y cómplice de su película, confirmando que con ella se cerraba definitivamente el círculo y, por extensión, la saga.
No soy un experto en visionados del festival, e imagino que los pases generales serán más animados que los pertenecientes a estas galas, donde la presencia de personalidades puede enfriar un poco el ambiente, pero los aplausos en diversos momentos del film no fueron tan extensos como cabría esperar, lo que me invita a pensar que quizá el film no haya estado a la altura de lo esperado por muchos.
Aunque debido a la proximidad del estreno haré una crónica más exhaustiva en su momento, quiero adelantar que me pareció un buen broche de oro a la saga. Menos aterradora que la primera y con un humor más sutil que la tercera (para mí las mejores de la cuatrilogía), Balagueró combina en su trabajo en solitario lo mejor de todas ellas, ofreciendo suficientes guiños para que, pese a alejarse de la angustia de la cámara en mano, se mantenga coherencia con el film, respetando la sensación de claustrofobia y otorgando más coralidad al argumento.
Más adrenalítica que aterradora (que también), REC 4: Apocalipsis supera en ambición a sus predecesoras, y quizá eso perjudique en ciertos momentos al film, más cuando Balagueró no tiene el virtuosismo necesario para determinadas escenas de acción, mientras que los fans más fieles al título, entre los que me incluyo, puedan echar en falta más respuestas sobre la Niña Medeiros (hubo un tiempo en que se rumoreo que esta REC 4 iba a ser una precuela) o un despiporre zombie por las calles de Barcelona como el indicativo “Apocalipsis” podría sugerir.
Aplaudo y defenderé esta película hasta el final, pero si algún día se organiza una recogida de firmas para convencer a Balagueró y Plaza (tanto monta, monta tanto) para volver a su mundo de pesadilla con una hipotética REC 5 yo seré el primero en apuntarme.
Y con esta proyección concluye la gala y mi primera toma de contacto con el festival. El próximo viernes empezará la (para mi) auténtica locura, y aquí me tendréis para explicároslo.





jueves, 2 de octubre de 2014

EL PANDA CINÉFILO SE VA DE FESTIVAL.

En apenas unas horas comienza el 47 Festival Internacional de cinema Fantàstic de Catalunya, o lo que es lo mismo, el Festival de Sitges. 
Lo que el año pasado fue una toma de contacto, un agradable paseo por las calles de esta hermosa localidad del Garraf, con sus decoraciones macabras, sus puestos aterradores y, sobretodo, con su famoso Zombie Walk, y limitando las proyecciones a algún evento televisivo aislado, este año se transforma en una introspección en su infinito programa, un recorrido tenebroso entre zombies, vampiros y psicópatas. 
No será una cobertura excesiva (aunque no lo creais el Panda tiene otro trabajo que le impide estar todo el día en el cine, y lo de Sitges son diez días de puro infarto) pero no faltará la presencia en los actos más importantes: la gala inagural, con la esperadísima Rec 4: Apocalipsis, algún título destacable que se revelará en su momento, la gala final, donde se presenta la última película del gran Joe Dante y la inevitable maratón Sorpresa final. Serán unos pocos días de gran intensidad y el Panda os mantendrá perfectamente informados, no lo dudéis. Ello implica, no obstante, que el resto del cine se verá ligeramente relegado. 
Así, durante las dos próximas semanas, no esperéis comentarios sobre los Torrente de turno, pero no os preocupéis, finalizado el Festival el blog retornará a su temática de estrenos habitual y a final del mes el retorno de La Fiesta del Cine ayudará a ponerse al día.
Avisados quedáis. Disponeos, en los próximos días a pasar miedo, mucho miedo...

martes, 30 de septiembre de 2014

LA ISLA MÍNIMA (8d10)

Dirigida por Alberto Rodríguez, quien ya sorprendiera en el 2012 con Grupo 7, y protagonizada por unos excelentes Javier Gutierrez y Raul Arévalo, que rompen aquí con sus interpretaciones habituales (más dirigidas a la comedia) para componer unos personajes complejos y reflexivos, La Isla Mínima es un excelente ejercicio de autor, una obra milimétricamente calculada para que todo cuadre con una precisión milimétrica, consiguiendo que una historia angustiosa y perturbadora no sea en realidad más que el telón de fondo para indagar en la personalidad de dos hombres contrapuestos y, por extensión, en la realidad de una sociedad, la española, que en aquel lejano ya 1980 luchaba todavía por encontrar su sentido en una época de transición y cambios.
La trama arranca cuando Juan y Pedro, dos policías completamente fuera de su ambiente, llegan a un perdido pueblo ubicado en las marismas del Guadalquivir a investigar la desaparición de dos niñas. Rodeados por un ambiente que, pese a sus espacios abiertos, resulta claustrofóbico, los agentes deberán mimetizarse con un pueblo cerrado y hostil donde nada será lo que parece y los secretos parecen aflorar en cada esquina, incluso entre ellos mismos.
La Isla Mínima es un relato sobre la España rural, esa España alejada de las grandes urbes para la que el tiempo parece transcurrir de forma diferente a la del resto de la sociedad y donde sus habitantes están dispuestos a hacer lo que sea con tal de escapar del lugar. Algo parecido a los relatos sobre la América Profunda que tanto gustan al otro lado del charco y sobre la que la semana anterior tuvimos un buen ejemplo con Joe. Por ello, el primer elemento que destaca del film es la espectacular fotografía de Alex Catalán que consigue mostrar la hipnótica belleza del lugar mediante planos cenitales para luego arrastrarnos en un paisaje  radicalmente contrapuesto cuando nos lleva a pie de suelo.
Muchos han querido ver referencias de Paul Schrader o John Sturges, pero yo no me voy tan lejos y reconozco en Rodríguez dejes del mejor David Fincher, con retazos de Zodiac y alguna imagen que evoca a la inminente (y esperada) Perdida. Pero el mayor hándicap con que se va a encontrar La Isla Mínima (tal y como le sucediera hace unos años a la Blancanieves de Pablo Berger con respecto a The Artist) es la inevitable comparación con la serie de la HBO True Detective. Y no es para menos. No cabe duda que es cuestión de casualidad y suerte (mala) el haber coincidido en el tiempo, y aunque ninguna de las dos ha podido mirarse en la otra las similitudes son apabullantes, como si pertenecieran a las caras opuestas de un mismo espejo.
Ambas versan sobre la relación de dos policías de caracteres e ideologías contrapuestas, se basan en una atmósfera malsana y enfermiza para explicarnos una historia de asesinatos de chicas jóvenes y, lo más importante, en ambos casos la investigación policial no es más que una mera excusa para enseñarnos esas historias secundarias, esos relatos que no están totalmente presentes pero se palpan en el ambiente, contagiándonos y angustiándonos. Sin embargo, mientras en aquella la relación entre los personajes se establecía mediante conversaciones en ocasiones interminables y a menudo cargadas de una pomposidad y pedantería extrema, en esta se suple con silencios y miradas. Tal es la genialidad de los actores que no necesitan más.
Podríamos hablar de la muerte de la inocencia, de la depravación del ser humano, centrándonos para ello en una trama criminal que, quizá sea lo que más flojea en su resolución final, pero, como en la serie de Nic Pizzolatto, hay cosas más importantes que contar. Y todo ello teniendo en cuenta que apenas sabemos nada de los protagonistas y lo poco que se nos explica es a pinceladas ligeras que nos deja con ganas de saber más, aunque no lo necesitemos para poder comprenderlos.
Ligeramente inspirada en el caso de las Niñas de Alcácer, La Isla Mínima remite a esa época postfranquista donde cada uno está buscando todavía su lugar en la nueva sociedad, en una ruptura entre lo viejo y lo nuevo, que se define de forma metafórica en las identidades y pensamientos de Juan y Pedro.
Para ello, los actores demuestran encontrarse en estado de gracia, con interpretaciones contenidas llenas de matices e intenciones cargadas de claro sombras, llegando a desconcertar por momentos. Junto a ellos, destacan también Antonio de la Torre, inquietante, y Jesús Castro, que como ya le sucediera en El Niño, consigue transmitir lo que su personaje le pide pero demostrando sus limitaciones hasta el punto que sus tics en ambas películas son prácticamente los mismos.
En resumen, La Isla Mínima va más allá de una simple historia de asesinatos. Es adictiva y emocional y tiene algunas secuencias bestialmente arrebatadoras, consiguiendo conformar una película indudablemente excelente, casi de lo mejor del año.
Pero claro, siempre habrá el que siga diciendo que el cine español solo son tetas y Guerra Civil… En fin…



UN VIAJE DE DIEZ METROS (6d10)

El sueco Lasse Hallström lleva ya unos cuantos años buscando encontrar la buena senda que perdió en algún momento de su carrera, cuando después de destacar con títulos como ¿A quien ama Gilbert Grape?, Las normas de la casa de la sidra o, sobre todo, Chocolat, su carrera fue deambulando entre títulos menores como Querido John, El hipnotista o Un lugar donde refugiarse.
Con Un viaje de diez metros Hallström busca reconciliarse con ese cine intimista que lo llevó a la fama, recurriendo, como en su mayor éxito, a la gastronomía como excusa argumental para confabular un cuento que hable delas diferencias culturales, la intransigencia y, en última instancia, de la elección de la fama a cambio de perder la sencillez y la deliciosidad delas cosas más simples y naturales de la vida.
Sólo en los últimos meses –no sé si por culpa de la proliferación de realities de cocina en las televisiones y de la aparición de papanatas como Chicote y compañía- el tema de la gastronomía como base de fondo ha sido un recurso recurrente, viniéndome ahora mismo a la memoria títulos como la excelente #Chef o la olvidable Amor en su punto.
Protagonizada por Manish Dayal, aunque con Helen Mirren en plan robaescenas, Un viaje de diez metros cuenta la historia de una familia india que decide aventurarse por Europa en busca de un lugar idóneo para montar un restaurante y a la que el destino conduce hasta una hermosa villa francesa donde encontrarán un lugar perfecto para su negocio si no fuese porque se encuentra justo enfrente (los diez metros del título) de una elegante restaurante tradicional con una estrella Michelín.
Comienza entonces una lucha de egos entre la estirada dueña del restaurant y el cabeza de familia mientras que el hijo mayor de la familia de inmigrantes (que, como no, empezará a tontear con una de las empleadas del restaurante rival) se revelará como un gran chef de cualidades innatas.
Excesiva en su duración (dos horas es demasiado para una comedia romántica) Un viaje de diez metros es una fábula bienintencionada y simpática, de esas que te invitan a mostrar una sonrisa durante todo su visionado, y con unas buenas interpretaciones, pero que, una vez finalizada, apenas aporta nada más que una cansina sensación de previsibilidad.
Todo en la película es demasiado agradable, demasiado bonito. El conflicto termina resultando mínimo y todo el mundo es tan bueno y comprensivo que termina por empalagar más que los insistentes planos culinarios, que por otro lado comienzan a resultar ya agotadores por su falta de originalidad.
Hallström parece demasiado acomodado y ha perdido esa sensibilidad de sus primeros tiempos, consiguiendo que una película donde se redunda en el tema de las especias y dónde todo está cardado de curry resulte, curiosamente, empalagosamente dulce.

LA ENTREGA (5d10)

Si hace unos días recibíamos el testamento cinematográfico de Philip Seymour Hoffman, ahora es el turno de descubrir el film póstumo de James Gandorfini, una historia muy negra basada en un relato de Dennis Lehane, quien ya escribiera las bases para Adiós, pequeña, adiós, Shutter Island o Mystic River.
Aunque no soy muy dado a escuchar críticas de otros compañeros, no he podido evitar en esta sensación tener la percepción de que todo el mundo equipara esta película a una obra maestra, considerando que su estructura ralla la perfección y que los dos protagonistas (Tom Hardy y Noomi Rapace) están sensacionales.
Seguramente, se trate de una de esas películas en las que el espectador debe dejarse arrastrar por la trama, “entrar” en ella y convertirse en cómplice de sus protagonistas. Y digo eso porque yo, simplemente no entré.
No voy a definir La entrega como una película mala, no es para tanto, pero si la encontré de ritmo lento y aburrido, sin que su supuestamente impactante giro final me motivara para nada y considerando a sus actores apáticos y sin alma.
Tom Hardy (al que no puedo juzgar demasiado porque apenas lo recuerdo de Locke –donde actuaba solamente con el rostro- y El Caballero oscuro: la leyenda renace  -algún día os diré lo que pienso de esa absurdamente sobrevalorada peliculilla-) parece un lerdo toda la película, con un doblaje que, la verdad sea dicha, no es que le ayude demasiado. No aporta carisma alguno al personaje y no me permite, por tanto, simpatizar en ningún momento con él. Noomi Rapace, por su lado, compone a una figura frágil y melancólica, marcada por una cicatriz que le afea el cuello y que me invita a pensar que la muchacha empalmó este rodaje con el de La venganza del hombre muerto de manera que no llegó a librarse de su personaje anterior, prácticamente copiándolo aquí de nuevo.
La historia va de un bar regentado por Marv y Bob que es usado como intermediario de entrega de dinero de la mafia hasta que alguien decide atracarlo. Una historia que quizá funcione bien en el relato original pero a la que le falta sustancia para una película de casi dos horas, con lo que la pasmosidad y lentitud que recae en la melancolía de sus protagonistas me resulta contagiosa, haciendo de la película un producto anodino e interminable.
Poco hay en su argumento que me interese o sorprenda lo suficiente como para mantenerme en tensión durante la película, y el trabajo de Michaël R. Roskam tras las cámaras no aporta nada destacable.
En fin, que quizá es que yo no tuviese un buen día, pero ni me interesó el film ni el film se esforzó por interesarme. Una pena, pues Gandolfini está tan genial como siempre, pero eso no es suficiente como para justificar el visionado. Y Hardy, al que venden como nuevo chico de moda en Hollywood, le queda todavía mucho para poder ser encumbrado como estrella. Espero que en el nuevo Mad Max se luzca más. Si no, apañados vamos.

jueves, 25 de septiembre de 2014

JOE (7d10)

Sin duda, lo que todo el mundo va a destacar de esta película es el retorno de Nicolas Cage al cine de calidad.
Después de mucho (demasiado) tiempo deambulando por producciones ínfimas y proyectos que aceptaba sin leer sólo buscando pagar sus deudas (de ahí mamarrachadas como las dos partes de El Motorista Fantasma, Aprendiz de brujo, Teniente corrupto y otras cosas que prefiero olvidar, Cage recupera sus credenciales como actor y recurre a un personaje atormentado, un perdedor con problemas de alcohol y agresividad pero que, a la vez, es más bueno que el pan. Un paria maltratado por la sociedad y por él mismo que ha perdido las fuerzas de luchar por su propia salvación aunque no duda en dar la cara por la salvación de los demás.
Cage es el rostro perfecto de este antihéroe, con una interpretación comedida, evitando los excesos a los que es tan dado (baste recordar la reciente Tokarev) y en la que resulta convincente y hasta emotivo, rememorando la época de Living Las Vegas.
Pero más allá de esta obviedad que, como digo, es lo único que todo el mundo de la crítica especializada parece querer reseñar, es sorprendente también la labor del director, David Gordon Green que, si bien es cierto que ya había tocado antes el drama con George Washington, Undertown o Snow angels, lo cierto es que ha saltado a la fama con títulos como Superfumados, El Canguro o la espantosa Caballeros, princesas y otras bestias. Gordon se reconcilia aquí consigo mismo y con el mundo con un drama duro, desagradable incluso, que no se permite concesiones y que golpea con salvaje crueldad al corazón.
Joe es un solitario capataz que se dedica al envenenamiento de árboles viejos para provocar su muerte y así poder replantar la zona cuya vida fuera del trabajo se limita a disfrutar de un paquete de tabaco, su botella de whiskie y la compañía de su perra.  Con un pasado del que apenas sabemos nada (ni falta que nos hace) más que tiene una larga lista de detenciones y una familia a la que ha renunciado, su vida cambiará con la aparición de Gary un muchacho vagabundo alegre y lleno de vida (prácticamente el reverso de Joe) con el que este se sentirá conectado hasta el punto de crear con él un vínculo casi de padre e hijo, pese a que Gary tenga su propio padre, un borracho y psicótico maltratador.
Es en Gary y su padre donde la película apuesta más fuerte, con Tye Sheridan (visto en El árbol de la vida y Mud) demostrando que puede ser una importante apuesta de futuro.
Comparada por muchos, precisamente, con Mud, Joe es un retrato sucio y nada amigable de la América profunda, esa América de pueblos polvorientos y sucios, con colmados caóticos y andrajosos y personajes perdidos pululando por sus calles. Una visión desangelada y desprovista del glamour con la que Hollywood acostumbra a disfrazar a sus ciudades y con escenas que revuelven el estómago e incomodan por su crudeza, pero que  a la vez invitan a la reflexión, invitándonos a pensar que aún hay esperanza siempre que estemos dispuestos a luchar por ella como al final decide luchar Joe.
Y como si de una dramática metáfora se tratase, David Gordon Green apostó por incluir en el reparto a actores no profesionales, descubriendo así a Gary Poulter, el padre de Gary, con una interpretación magistral que resulta ser un mero reflejo de su propia vida. Rescatado de un centro de acogida por la productora del film Poulter, alcohólico y bipolar, fue encontrado muerto en un rio poco después de finalizar el rodaje. Se fue como llegó, tal y como podría suceder con cualquiera de los protagonistas de Joe.
Dura y amarga, pero también emotiva y brillante, Joe es magnífica en su concepción y difícil de olvidar tras los títulos de crédito.
Por cierto, ¿he mencionado ya que supone el retorno de Nicolas Cage a las buenas interpretaciones

lunes, 22 de septiembre de 2014

EL CORREDOR DEL LABERINTO (7d10)

Curiosa a la par que interesante esta nueva incursión del cine en las novelas para jovenzuelos, un género que se está exprimiendo de una forma tan exagerada que uno se inclina a pensar que en el futuro solo habrá películas YA y de superhéroes.
En esta ocasión, al menos, no hay ni la más mínima sombra de tema amoroso que parecía inevitable en estos inventos. En realidad, se una mezcolanza de varias películas que, mientras se consume, entretiene y mantiene en tensión, desconcertando al personal e intrigando ante los misterios que se presentan. Otra cosa es lo que nos queda al salir de la sala.
La película comienza como aquella inquietante Cube (o incluso hay reminiscencias del desconcierto de Saw), con unos personajes que no saben dónde están ni porqué. El protagonista, Thomas, es el último en llegar a un claro en medio de un laberinto gigantesco poblado durante la noche por seres mortales donde se encontrará con una sociedad formada por chavales tan desconocedores de lo que está sucediendo como él mismo que, sin embargo, han apañado una especie de sociedad al estilo de El señor de las moscas, con posteriores disputas por el poder y el liderazgo del grupo.  Para colmo, no saben ni quienes son ellos mismos pues (como Bourne) no recuerdan nada de sus identidades salvo, con suerte, su nombre.
A partir de entonces, más preguntas que respuestas, con la llegada de la primera chica al grupo (que para colmo parece conocer a Thomas), el cambio de costumbres de los seres del laberinto (Laceradores los llaman) o la posibilidad, por primera vez, de encontrar una salida de allí. No hay humo negro, pero algo recuerda también a Perdidos.
Basada con bastante fidelidad en la novela homónima de James Dashner (la primera de una trilogía, aunque hay también una precuela y un libro de archivos anexos), El corredor del laberinto es, pese a su enfoque adolescente, una película de aventuras bastante bien contada, con varios rostros conocidos en su reparto y que funciona como relato de supervivencia (aquí hay detalles que remiten también a Los Juegos del hambre) y cuyos espectaculares decorados consiguen transmitir la claustrofobia y el peligro que acomete a los protagonistas invitando al espectador a ser parte de la historia.
Pero como en la mítica Perdidos, no sólo importa lo que se ve. También hay que tener en cuenta lo que queremos saber. Queremos (necesitamos) saber por qué están ahí esos chicos, quién los ha metido y dónde se encuentran exactamente. Y cuando al final del film se presentan las respuestas (ciertas o falsas, eso ya se verá) todo se desinfla y nos damos cuenta de que nos estábamos equivocando de película, que lo que parecía una apuesta seria (las muertes y la dureza de sus protagonistas invitaba a pensarlo) no es más que otro film YA del montón, otro intento desesperado por encontrar un nuevo filón que explotar. 
Y no es que me moleste que la mitad de las respuestas queden reservadas para la siguiente película. Lo peor es que la otra mitad de respuestas, las que conocemos, se me antojan estúpidas e insostenibles.
Aun así, la película consigue funcionar mucho mejor que otras sociedades distócicas adolescentes como la reciente Divergente y huye claramente de los tintes rosados de Crepúsculo, lo que no es poco, y su imagen final hace presagiar que, a diferencia de Los juegos del hambre, su secuela podrá ser mejor o peor, pero seguro que diferente. No pinta que nos debamos encontrar a un nuevo y mejorado laberinto, lo cual ya supone por lo menos un cambio conceptual interesante.
Dirigida por Wes Ball, un tipo con gran experiencia en el apartado artístico y grafico de numerosas películas, lo cual explica la interesante concepción del laberinto, y que sale airoso en su aventura como director, y protagonizada por Dylan O’Brien (de lo mejorcito de la serie Teen Wolf), Thomas Brodie-Sangster (el chavalín de Love Actually, recién salido de Juego de Tronos) y Will Poulter (el lerdo de Somos los Miller), la película será del agrado de los adolescentes, entusiasmará a las chicas (no sé por qué parece que sean solo ellas las que leen este tipo de novela) y entretendrá a un público más exigente.
Eficaz durante su visionado, mejor si no se medita demasiado una vez en casa. De momento, los resultados de taquilla parecen confirmar que habrá secuela. Habrá que esperar y ver si el viaje que acaba de empezar va hacia algún lado.


SI DECIDO QUEDARME (4d10)

Antes de entrar en lo que es el análisis propio de la película, el visionado de la misma me surgió una reflexión que quiero compartir con vosotros.
Si tenemos en cuenta que una película se filma siempre con la intención de cumplir un objetivo, ¿la consecución de este es el que determina su calidad? Lo diré de otra manera: si una comedia es aparentemente muy mala (está mal dirigida, los actores son patéticos y el guion de lo más absurdo posible) pero nos hace reírnos hasta tener agujetas en la mandíbula, ¿debemos replantearon la acusación de película mala?
Y es que Si decido quedarme es, en apariencia, una película mala. Los actores (porque, aunque no lo parezca, actúa más gente que Chloë Grace Moretz, casi omnipresente en todas las escenas) no están mal y el director, sin realizar ningún alarde visual, no desentona. Pero la historia flojea por todas partes. El ritmo está mal calibrado y el montaje paralelo entre dos momentos temporales no ayudan demasiado. Y, lo que es peor, resulta soberanamente aburrida.
Sin embargo, esta claro desde el principio que busca un objetivo único: hacer llorar. Y ese objetivo se cumple. Aún pese a estar medio vacía la sala en la que estuve, noté a mi alrededor el sonido de contención de lágrimas, el tráfico de cleenex y las miradas avergonzadas al encenderse las luces. Así, ¿tengo derecho a condenar la película?
El caso es que estamos ante la historia de Mia Hall, una muchacha que se siente como pez fuera del agua al ser una enamorada de Beethoven y del chelo en una familia dominada por el rock más puro, que se coronará con el enamoramiento total y absoluto del líder de una banda ascendente en el mundillo musical local. Pero todo cambiará cuando un accidente de coche amenace con sesgar las vidas de los cuatro componentes del núcleo familiar (hay también un hermano pequeño). Entonces, el espíritu de Mia escapa de su cuerpo y, como si en una variante ñoña de Ghost se tratase, verá en primera persona todos los sufrimientos que el accidente ha provocado en sus seres queridos a la par que irá recordando sus amoríos y desengaños con su adorado Adam.
Basada en una novela (¡cómo no!) de una tal Gayle Forman, se trata de un drama muy dramático que pretende ir en la línea de Bajo la misma estrella (la chica inadaptada pero talentosa, el amor adolescentemente empalagoso, los diálogos pretendiendo ser brillantes que rozan la pedantería…) pero que no tiene la chispa ni la agudeza de aquella, por lo que logra hacer sufrir pero no conmover ni seducir.
Pese a contar con algún secundario de lujo como Mireille Enos o Stacy Keach, Chloë Grace Moretz es la estrella absoluta de la función, quien carga con todo el peso y la responsabilidad (para bien o para mal) y que pese a esforzarse lo máximo no es presencia suficiente como para evitar que su tragedia se nos antoje eterna y hastiante.
Si decido quedarme es aburrida, cansina y lenta, y para colmo de males, en su edición española (desconozco si los responsables proceden de los USA o si es cosa nuestra) nos medio spoilean el final (previsible por otro lado) en la misma concepción del título.
Hay mucho sufrimiento y dolor. Tanto, que llega un momento que empezamos a insensibilizarnos, que cada mala noticia nos la tomamos con un “¡anda ya!” y casi nos empieza a dejar de importar el destino de los protagonistas.
Pero, pese a todo, hace llorar. ¿Es eso suficiente? Yo creo que no.