martes, 25 de diciembre de 2018

SOBRE RUEDAS

Dirigida y protagonizada por el hasta ahora tan solo actor Franck Dubosc, Sobre ruedas es el enésimo gran éxito del triunfo francés que llega a España avalado por sus récords en taquilla. Y, como casi todas las películas que se promocionan así, vuelve a ser una comedia ligera, menos gamberra de lo que se cree, que no pasa de ser un refrito de situaciones ya conocidas que avanza hacia un final tan previsible que uno podría anunciar lo que va a ir sucediendo en pantalla desde el minuto quince.
Jocelyn es un exitoso empresario, adinerado y mujeriego, que es también un mentiroso compulsivo. Acostumbrado a asumir roles imposibles por seducir a su siguiente conquista, a la que olvidará apenas logre su reto, se hace pasar por minusválido cuando conoce a la joven vecina de su difunta madre. Pero la situación se le va de las manos cuando esta le presenta a su atractiva hermana, condenada de verdad a una silla de ruedas, haciendo que su mentira se le empiece a escapar de las manos.
Vamos, el típico mentiroso mezquino (aunque con unos mínimos para que pueda provocar algún sentimiento positivo en el espectador) que deberá cambiar por culpa del amor y buscar su propia redención, algo mil veces visto en el cine y especialmente en la comedia francesa.
Perdida toda esperanza de originalidad o sorpresa, sólo queda agarrarse al buen trabajo de los actores, en especial una inspirada Alexandra Lamy, y al buen ritmo que Dubosc sabe imprimir a la narración, logrando que, pese a su previsibilidad, las situaciones en las que se ve atrapado el protagonista provoquen una sonrisa sincera y uno termine por dejarse llevar por la historia. Es como cuando se realiza un viaje por un paisaje hermoso del que se puede llegar a disfrutar pese a haber hecho el mismo trayecto cientos de veces.
Rozando la incorrección política, pero sin llegar a cruzarla demasiado y sin querer ser tampoco excesivamente adoctrinadora, como pudiera pasar en Campeones, su mayor defecto es la total falta de credibilidad en cuanto a la conclusión de la historia personal entre ambos protagonistas, precisamente el mismo defecto que vi en la película de Fresser, pero es el peaje que se debe pagar cuando se pretende convertir una problemática social en un cuento de hadas.
Con todo, la película cumple con unos mínimos y es una estimulante comedia que permite pasar un buen rato sin demasiadas pretensiones.

Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 24 de diciembre de 2018

ROMA

Roma no es una película fácil. Quizá, ni siquiera sea una película. Es un poema, una obra lírica sobre un barrio de México y los residentes de una de sus casas. Es la historia de dos mujeres, la señora y la criada, retratadas en un cristalino blanco y negro que convierte los fotogramas en versos encadenados.
Pero no es una poesía convencional, romántica y lírica. Pertenece más bien a la rama del modernismo coloquial que tan bien encabezó William Carlos Williams y a quien Jim Jarmusch rinde homenaje en Paterson.
Sirva esto como aviso de que roma no va a ser del gusto de todo el mundo. No importa lo que le hayan dicho o hayan leído. Puede ser una obra maestra, desde luego, pero no al alcance de cualquiera, lo mismo que no estaba al alcance de cualquiera saber apreciar las virtudes (que yo aún estoy buscando) de Moonligh, por ejemplo.
Roma es el regreso a la infancia de Alfonso Cuarón, que tras saborear la gloria absoluta con Gravity ha querido poner los pies en la tierra (nunca mejor dicho) para embarcarse en una producción pequeña pero libre de la dictadura de Hollywood y, de la mano de Netflix, hacer un repaso a los recuerdos en su antiguo barrio, recreando un cuento tortuoso que no solo es el reflejo de dos amigas a ambos lados de las clases sociales, es también un retrato de la sociedad mejicana de los setenta, alternando desfiles por las calles con tiroteos sin que la cámara, sobria y elegante, se inmute ni por un momento.
Roma es el mejor Cuarón, arrancando un pedazo de realidad a la vida y colocándola ante nuestros ojos, pero es también un juego al que debemos acudir de la mano de la sirvienta Cleo para convertirnos en su confidente y amigo. Y, quien no quiera (o no sepa) aceptar ser partícipes en ese juego, esta no es una película adecuada para él.
No creo que Roma sea una obra maestra definitiva, pero se queda muy cerca de ser algo grande de verdad.


Valoración: Ocho sobre diez.

EL REGRESO DE MARY POPPINS

Aunque nunca he sido un gran fan de la película original de Robert Stevenson, debo reconocer que esa especie de cuento de hadas liderado por Julie Andrews tenía una magia especial y que sus canciones iban a quedar grabadas a fuego en la memoria de toda una generación (o dos, o tres…).
Este es el primer pero que me encuentro en El regreso de Mary Poppins, que sus temas musicales, por bonitos que resulten durante la proyección, no son capaces de traspasar la frontera del cine, y ninguno se me antoja tan pegadizo ni memorable como los estribillos de Supercalifragilísticoespialidoso (¿soy el único que se pasó toda la película esperando a oír el famoso palabro?), Con un poco de azúcar o Chim Chim Cher-ee.
Rob Marshall, por su parte, ya ha demostrado sobradamente sus dotes para el musical, siendo Chicago su mejor obra hasta la fecha (Into the Woods tenía una estructura teatral que no le hacía ningún bien a la película), por lo que consigue que el empaque visual y el ritmo de las coreografías estén a la altura, sino por encima de la película original. Esto, junto al trabajo de Emily Blunt, es lo mejor de un film que abusa demasiado del recuerdo y que, más que una secuela, aspira a ser un remake encubierto de la película de 1964. Al final, todo se basa en lo mismo: una niñera mágica en ayuda de unos niños que desconocen la fuerza de la imaginación, un padre banquero que no aprecia su trabajo, un amigo fiel (aquí farolero en lugar de deshollinador) compañero de aventuras y la correspondiente ración de dibujos animados para ilustrar una de las aventuras más imaginativas de Mary Poppins. No es que me estuviese esperando algo demasiado diferente a lo visto anteriormente, pero una imaginación tan limitada empieza a resultar muy preocupante en una productora, la Disney, que se había caracterizado por hacer los sueños realidad y que ahora tan solo se mantiene en lo alto gracias a sus dos subcontratas estrellas: Star Wars y Marvel, y a la fuerza de los dibujos animados (ya sean propios o de Pixar). Por lo que corresponde a sus producciones propias, solo la fórmula de repetir el éxito del pasado le está dando resultado, y no creo que ese truco les vaya a durar mucho tiempo más.

Posiblemente lo más difícil podría pensarse que era suplir a Julie Andrews en el papel de Mary Poppins, y debo confesar que cuando supe que Emily Blunt iba a ser la elegida para el proyecto no me podía parecer más descabellado. Sin embargo, una vez visto su trabajo, solo cabe quitarse el sombrero ante su actuación, logrando una Mary Poppins memorable que no tiene necesidad de mirarse en el espejo de nadie y que me convence para subir un punto la nota de la película a la que inicialmente había pensado.
En fin, que El regreso de Mary Poppins es una buena continuación/reboot de la primera película, algo simple en su mensaje (el olvido de lo que significa ser un niño en manos de un adulto, algo de lo que ya hablaba, por ejemplo, Christopher Robin, este mismo año) y reiterativa en su punto de partida (¡qué maná tiene Disney con eso de matar madres para arrancar una historia!), con un aire muy clásico y una inocencia e ingenuidad adorable, que resulta muy agradable de ver pero que no alcanza el nivel de maestría que estoy leyendo en algunas críticas que la califican como lo mejor del año.
Además, con el handycap de que en este país se siguen sin mantener las canciones en su idioma original, la cosa pierde encanto y, si me lo preguntan, seguiré insistiendo que el gran musical de estas navidades ha sido Ana y el Apocalipsis.

Valoración: Seis sobre diez.

FELIZ NAVIDAD A TODOS

Ya estamos en ello. en la vorágine de las fiestas navideñas.
Como dice la canción, esta noche es Nochebuena y mañana Navidad, así que toca hacer un alto en el camino, dejar de lado el cine y concentrarnos en los buenos deseos.
Así que desde aquí, el Panda Cinéfilo os quiere desear a todos unas muy felices fiestas y que el año nuevo os llegue cargado de alegría, salud y nuevos proyectos que os ilusionen y os ayuden a sentiros realizados.
En unas horas... más películas. Pero, por el momento:

¡¡¡FELIZ NAVIDAD
Y PRÓSPERO AÑO NUEVO!!!

domingo, 23 de diciembre de 2018

ANA Y EL APOCALIPSIS

Ana y el Apocalipsis se publicitaba como la película musical de estas Navidades, y lo cierto es que (con permiso de El regreso de Mary Poppins) así debería haber sido. Si es que hubiese tenido un estreno mínimamente decente, claro está. Al fin de cuentas llegaba avalada por unas muy buenas criticas y había triunfado por todos los festivales por los que se había dejado ver.
Y es que estamos ante una película navideña, musical y de zombies. ¿Qué podría salir mal?
La verdad es que, por una vez, hasta podría llegar a entender lo mal que se ha publicitado y distribuido en nuestro país, ya que el público al que le gustan los musicales no suele ser el mismo que disfruta de las sangrías zombies, por mucho sentido del humor que las aderece. Y es una lástima, porque lo cierto es que estamos ante una pequeña joya, una de esas producciones independientes que de vez en cuando nos llega desde las islas británicas y que guarda ciertos paralelismos con la también genial Zombies party, de Edgar Wright, película de culto que aquí tuvo un estreno tan malo o incluso peor.
Ana y el Apocalipsis cuenta la historia de una joven que, tras la muerte de su madre, no logra conectar con su padre y, harta de todo lo que la rodea, está planeando posponer su entrada a la universidad para recorrer primero algo de mundo. 
A su alrededor se encuentra su mejor amigo, John, que bebe los vientos por ella; su exnovio y actual capullo Nick; Steph, una inadaptada que no encuentra su lugar en la sociedad; y la empalagosa pareja de enamorados que forman Chris y Lisa. Todos ellos, sometidos bajo la tiranía del obsesivo y psicótico director de la escuela, el señor Savage, se enfrentarán, en la víspera de Navidad, ante una epidemia zombie que asola su pueblo y, por lo visto, el planeta entero.
Desde el punto de vista argumental, Ana y el Apocalipsis no aporta nada nuevo al género, eso está claro. Es en sus formas donde consigue hacerse merecedora de nuestras simpatías. Primero, por la originalidad de que se trate de un musical repleto de temas pegadizos y coreografiáis muy acertadas. Segundo, por el sentido del humor que destila, que la convierten en una película divertidísima y muy irónica. Y tercero, y quizá esto es lo que más llame la atención, porque lejos de ser un producto vacío de simple chascarrillos y casquería, aspira a tener un fondo bien elaborado, parándose a analizar las dudas y temores de una generación que se encuentra perdida en el caos de la sociedad que la rodea.
Con un reparte de caras desconocidas, la película consigue, mediante tics tomados prestados de otras películas del género Z, hacer una mezcla tan correcta como imposible, alternando un humor descacharrante con momentos verdaderamente dramáticos, capaces de emocionar, y con unos números musicales que elevan el nivel cuando más lo necesita la trama.

Valoración: Ocho sobre diez.

SPIDER-MAN: UN NUEVO UNIVERSO

En lo que llevamos de siglo, los fans del trepamuros hemos disfrutado de una trilogía de películas dirigidas por Sam Raimi, de una segunda saga (Amazing y su secuela) de Marc Webb que dejaron la historia inconclusa y del consiguiente reboot a manos de Jon Watts que representaba la tercera encarnación del héroe, esta vez dentro del MCU, que ya se había dejado ver en Capitán América: Civil War y que volvería para Vengadores: Infinity War. Ante esta multitud de variantes de Spider-man, cabría preguntarse: ¿hacía falta otra nueva historia, con nuevo personaje y nueva explicación de su origen? 
Vista Spider-man: un nuevo universo, la respuesta está bien clara: Desde luego que sí. Spider-man: un nuevo universo no solo es la mejor película de Spider-man que he ha hecho hasta la fecha, consiguiendo por fin adaptar toda la esencia del personaje y consiguiendo una transcripción casi perfecta de las viñetas a la pantalla, es que casi se podría considerar como una de las mejores películas de superhéroes de todos los tiempos.
Para los despistados (que siempre hay alguno) déjenme recordarles que estamos ante una película de animación. Sony (que no Marvel) se ha liado la manta a la cabeza y después de no haber sabido comprender lo suficientemente bien al personaje (ni a Venom, ya que estamos, pero eso es otra historia), ha decidido arriesgar y producir una de las películas más extrañas y alucinantes que se hayan podido ver jamás. Y no solo por su argumento (a ver cuanto niño entiende esto de los universos paralelos y las teorías cuánticas), sino por el estilo de la animación, que rememora el dibujo en 2D de una manera increíble y rompiendo todos los esquemas de lo que habíamos visto hasta ahora.
La base de Spider-man: un nuevo universo nace de dos sagas del comic que, si bien no han sido trasladadas literalmente, si se han mantenido muy fieles a las fuentes originales. Por un lado, no se trata del Spider-man que ya conocíamos, identidad secreta de Peter Parker, sino de Miles Morales, un afro-latino nacido de la mente de Brian Michael Bendis en Spider-man Ultimate, un universo alternativo donde Peter Parker muere y el joven Miles hereda el poder y la responsabilidad. Por otro, Dan Slott, en la colección The Amazing Spider-man, reutilizó a un villano llamado Morlum (de lo poco que no se mantiene por el film, cosa que me parece una cierto por la complejidad que habría supuesto) para hacerlo viajar a través del espacio-tiempo, obligando a varios Spider-man de universos paralelos a hacer frente común a la amenaza.
Así, el Miles Morales que protagoniza el film es un calco de la versión de Bendis, mientras que Spidrman Noir nació de la imaginación de David Hide, Spider Gwen de debe a Jason Latour y Robbi Rodríguez, Spider-Ham tuvo su origen de la mano de Tom DeFalco y Mark Armstrong en una colección paródica datada en 1983 y Peni Parker y su SP//dr fueron creados para el evento Spiderverso de Slott como homenaje al género Manga. Además, la película nos presenta dos Peter Parker, el que comparte universo con Miles (y que podría ser el mismo de las películas de Tobey Maguire) y otro de un Universo alternativo en la que ya es un adulto, divorciado y con unos quilos de más.
¿Complicado? Pues esto no es nada…
La historia de la película cuenta como, tras el abandono de su mujer y su hijo y su posterior muerte en un accidente, Wilson Fisk, con ayuda de una Doctora Octopus, crea un portal interdimensional con el fin de rescatar a otras versiones de ellos y traerlos a su propio mundo, sin importarle las consecuencias que sus actos puedan tener en el continuo espacio-tiempo.
Semejante locura sin duda sería demasiado demencial para una película de acción real, en la que se suele exigir un mínimo de lógica y coherencia narrativa, pero esto es puro comic, son las viñetas transformadas en imágenes en movimiento, y aquí todo funciona a la perfección. La película avanza como un espectáculo cargado de humor y desenfreno, pero sin renunciar a un toque muy inteligente de autoparodia (esa insistencia en explicar los orígenes de cada personajes, por ejemplo) o incluso a la dosis justa de emotividad que demuestra que, aparte de espectáculo, esto también tiene alma.
Los cerebros detrás de todo esto son Phil Lord y Christopher Miller, productores y alma máter del proyecto, conocidos por sus trabajos como escritores y realizadores en La Lego Película e Infiltrados en clase y su secuela y despedidos antes de tiempo del set de Han Solo (me pregunto si, en vista de los resultados, en Disney no se habrán tirado de los pelos más de uno). Ellos son los impulsores de un proyecto muy arriesgado por el estilo de animación poco convencional, que rompe moldes y, salvo algún ligero momento de confusión en su tramo final, luce de manera impecable. Realmente, pocas veces se había conseguido una traslación tan fiel de un tebeo (más allá de las fotocopias fotográficas que fueron 300 o Sin City) y todo ello sin renunciar a una historia maravillosa, en la que el espíritu que Stan Lee inculcó en su personaje estrella se mantiene inamovible y que supone la versión arácnida definitiva.
Spider-man: Un nuevo Universo es casi perfecta en su forma y en su fundo, una hermosa y muy digna manera de rendir homenaje a Lee (el primero de os muchos que van a venir en breve) y a Ditko (ambos fallecidos en este 2018) y una maravillosa aventura en la que todo tiene cabida, desde la seriedad más sombría de la versión Noir hasta el despiporre de los dibujos animados más cartoon, y que con sus casi dos horas de metraje se hace increíblemente corta. Es tan grandioso todo lo que está sucediendo en pantalla, que a uno le habría gustado que durase al menos dos horas más para poder enamorarse un poco más de esta Gwen superviviente, de este Peter redimido y, sobre todo, de ese adolescente llamado miles que todavía tiene un mundo por descubrir.
Afortunadamente, ya hay datos sobre la secuela y, si van por el camino que indica su inevitable escena postcréditos, el listón va a ponerse todavía más alto.
Tiempo al tiempo.

Valoración: Nueve sobre diez.

AQUAMAN

Cada vez se me hace más difícil acercarme a una película del DCEU, y mucho más hablar sobre uno de sus estrenos. Tras el desastre que supuso Liga de la Justicia, había muchas dudas de hacia donde debía encaminares en Universo Expandido de DC, y solo el éxito (y sobre todo buen sabor de boca) que dejó Wonder Woman impidió que se replantearan ciertamente hacer un borrón y cuenta nueva y comenzar de cero, aunque Aquaman se preveía como el toque de atención definitivo. De su éxito o su fracaso se levantaría el futuro de la franquicia.
Pues bien, si se trata solo de dinero, la cosa está clara. En su estreno en China Aquaman arrasó, y no le está yendo nada mal en el resto de países donde se ha podido ver ya, así que en Warner pueden respirar tranquilos: hay futuro.
Pero si se trata del aspecto cinematográfico… Ahí la cosa se pone peliaguda. Podría despacharme a gusto con la obra de James Wan y decir que es una película horrorosa, podría argumentarlo durante varios párrafos y nadie podría quitarme la razón sobre mis argumentaciones. Y, a la vez, podría defenderla a capa y espada y decir que se trata de una de las mejores películas de la saga, que es tremendamente divertida, alucinante y todo un placer sensorial y tampoco se me podría reprochar nada.
¿Es posible esto? ¿Puede Aquaman ser la mejor y peor película de una franquicia a la vez? Pues resulta que sí. Y es que con la libertad creativa que han dejado en manos de Wan (es lo que tiene cuando se contrata a un director de renombre en las horas más bajas de DC) les ha salido un extraño híbrido, una obra sumamente entretenida, que se disfruta con los ojos como platos y que resume todo lo que debería ser una película de superhéroes: emocionante, épica, espectacular y con mucha diversión, pero lo ha hecho despojándose de sus complejos de una manera tan atroz que no solo roza, sino que se zambulle directamente en el ridículo en muchos momentos de su metraje, con una puesta en escena que es por momentos de vergüenza ajena y que supone la parodia más absurda y tosca de toda la serie, robando ideas ajenas y metiéndolas en una batidora y situándose en las antípodas de películas “serias” y cargadas de trascendentalismo como fue El hombre de acero, resultando incoherente que ambas `producciones puedan compartir una misma saga.
Esa es, probablemente, la mejor palabra que define a Aquaman: ridícula. Ya cuando se anunció el proyecto abundaron los memes con imágenes del comic en el que el héroe (en las viñetas un rubito bien aseado y bastante melodramático) contaba sin complejos a lomos de un caballito de mar. Wan, en la versión más “garrula” del héroe, desmelenado y barbudo como ya se mostró en Liga de la Justicia, tiene las narices de replicar la escena, buscando también una fidelidad en ciertos uniformes (Manta Negra o El Señor del Océano, sin ir más lejos) que provocan también estupor y risa ajena.
Wan y sus guionistas, como ya he dicho, copian todo lo que pueden, y su película parce por momentos una variante del Thor de Kenneth Branagh, con esa lucha shakesperiana entre hermanos por heredar el trono del reino (aunque en este aspecto Branagh es perro viejo y ganaba la partida al director malayo), que ya se vio también, por cierto, en Black Panther, con un origen a modo flashback que evoca a Romeo y Julieta. Pero es que en esta aventura submarina (con una Atlantis que bien podría haber compartido plató con la producción de alguna de las secuelas de Avatar) también se inspira (sin demasiados disimulos) en los mitos artúricos, se hacen expediciones muy propias de Indiana Jones y se lucha contra monstruos xenomorfos, se visita una playa sacada de Jurassic World, se presenta un monstruo al más puro estilo Kaiju y eso sin contar conque la primera manifestación de los poderes del héroe se muestran de manera casi idéntica a cómo lo hiciera Harry Potter en La Piedra Filosofal.
Los efectos visuales también son bastante bipolares, yendo de lo sublime a lo mediocre, estando la gente de Warner todavía muy por debajo de Marvel en lo que a rejuvenecimiento por CGI se refiere (me dolía cada vez que aparecía en pantalla el inexpresivo Willem Dafoe de los flashbacks), y con una puesta en escena decididamente hortera, con influencias del Flash Gordon de Mike Hodges o incluso de los Power Rangers más alucinógenos. Pero el gran mérito del film es que todo esto lo hace Wan sin complejos, conocedor de que se la está jugando con estos excesos de LSD que terminan por revertir la situación y convertirse en algo positivo. Al final, los aparentes horrores de Aquaman se vuelven hipnóticos y uno puede hasta llegar a disfrutar de un espectáculo de luces y colores bastante adictivo.
Con un reparto correcto pero sin grandes alardes y una historia que, más allá de los refritos ya comentados, no es especialmente atractiva (aunque al menos no se pierde en subtramas que no van a ninguna parte ni en personajes decorativos, como le pasaba a la reciente Mortal Engines), con un Momoa carismático en su papel de canalla gracioso y una Amber Heard que por momentos parece incluso más protagonista que él mismo, la gran estrella de la función es Wan que, en medio de todo este delirio pirotécnico, resalta como el gran director que es y consigue alguna de las mejores secuencias de acción de toda la franquicia. Además, apuesta por el amor por el exceso también en cuanto a ritmo se refiere, planteando combates que en cualquier otro film podrían ser parte del clímax y que aquí es tan solo un aperitivo de lo que está por llegar.
Así, Aquaman es como una montaña rusa con constantes subidas y bajadas que hace que uno permanezca pegado a la butaca y se deje arrastrar por el absurdo sin llegarse a plantear en ningún momento el porqué de las cosas, aceptando todo lo que le está entrando por los ojos y disfrutando con un héroe que se dedica a “dar estopa” y que prefiere pelear con espada que con ese “tenedor” que heredó de su madre.
Pues ya lo saben: Aquaman puede ser una película espantosa, pero gracias al buen hacer de James Wan (y parte del mérito habría que dárselo también a una gran banda sonora de Rupert Gregson-Williams) y la total falta de complejos y carencia de sentido del ridículo, se convierte en un espectáculo muy entretenido, una divertida locura de más de dos horas que, al final, pasan en un suspiro. Y, al final, de esto es de lo que se trata, ¿no? De ir al cine a disfrutar.
De manera que al final puede que en Warner/DC lo estén haciendo bien y, tras hacer un cambio de rumbo de 180º, al fin hayan encontrado el camino correcto. La pregunta, ahora, es si sabrán seguir en esa dirección o volverán a los tumbos habituales. Eso, solo el tiempo lo dirá…

Valoración: Siete sobre diez.

sábado, 22 de diciembre de 2018

CRÓNICAS DE NAVIDAD

Ya tenemos las navidades casi encima, y en estas fechas resulta casi inevitable encontrarse con un producto infantil que se dedique a elevar el espíritu navideño y a recordarnos que Papá Noel (o Santa Claus, cada uno a su gusto) existe, que los niños deben ser buenos y que las familias deben quererse mucho. Luego, pasado ya el año nuevo, todos podemos volver a odiarnos como si nada…
El caso es que el producto estrella de este año no se ha visto en cines, sino en (¿Cómo no?) Netflix, y ha sido bajo el título de Crónicas de Navidad.
No nos llevemos a engaño. Crónicas de Navidad es una película muy flojita, digna heredera de las tv-movies de toda la vida si no fuese por cierto elemento mágico que eleva un poco (pero no demasiado) el presupuesto y por la presencia de Kurt Russell como protagonista estelar que sin esforzarse demasiado consigue levantar la película simplemente haciendo gala de su carisma.
La historia es más o menos la de siempre. Unos hermanos que se llevan a matar entre ellos descubren que Papá Noel es real y terminan metiéndose en un lio que bien podría terminar con las navidades. Para evitarlo, deben ayudar a papa Noel a terminar de entregar sus regalos antes de que amanezca y tenga que volver a casa (sí, al parecer el guionista de esta película no sabe que hay distintos usos horarios alrededor del mundo).
El caso es que se trata de una película simpática y bienintencionada, apta para los niños que quieran seguir creyendo en la magia, pero muy justita para un público más adulto, que solo disfrutará con alguna chanza del bueno de Russell (como su ingenua forma de tratar de convencer a la gente de que él es el verdadero papa Noel) y alguna broma interna, como la inesperada presencia de Mamá Noel. Por lo demás, se podría destacar la presencia de los Elfos como un intento de clonar a los Minioms en carne y hueso, pero el presupuesto no daba para mucho y eso se nota.
En fin, una simple propuesta para poder ven en familia la tarde de Navidad en la tele sin impedir que su visionado se compatibilice con cualquier otra tarea doméstica. No hace falta mucha concentración para seguir su argumento, eso seguro.
Y sí, efectivamente, el aprobado de mi nota final se debe a la imposición de mi espíritu navideño. ¿Acaso lo dudaban?

Valoración: Cinco sobre diez.

MORTAL ENGINES

Resulta difícil explicar la existencia de esta película más allá de la desesperación de Hollywood por encontrar un nuevo filón para adolescentes. Ya he hablado muchas veces del deseo de las grandes productoras por tener al heredero de Harry Potter o Katniss Everdeen, y mientras sagas entretenidas han logrado terminar su periplo cinematográfico por los pelos (El corredor del laberinto), otras (como Divergente) se quedaron por el camino.
Esto es lo que va a pasar con Mortal Engines, otra película que adapta una obra literaria con aspiraciones a iniciar una saga (son cuatro novelas más una trilogía de precuelas) y que se va a quedar por el camino a la primera de cambio. Al menos aquí no son tan ridículos como con Robin Hood y ofrecen un final más comedidamente cerrado.
Ya pintaba mal cuando la promoción se centraba solo en la figura de Peter Jackson, convirtiéndolo en el único referente de interés para ir a ver este film y haciendo creer a mucho despistado que él era quien se encontraba tras las cámaras (aunque tampoco es que el debutante Christian Rivers sea el culpable del desastre; al fin y al cabo, es un afamado director artístico ganador del Oscar por el King Kong de Jackson). Jackson es en realidad productor y autor (junto a Fran Walsh y Philippa Boyens) del libreto que adapta la obra de Philip Reeve y quien, además de fichar al director, se ha traído de la mano a otro amigo suyo, Hugo Weaving, para interpretar a un villano de opereta bastante ridículo (y de nuevo sin que sea culpa del actor, que bastante hace con tratar de dignificar al personaje).
Lo cierto es que, para ser sinceros, si uno logra obviar la estructura y las formas artísticas (es un decir) que trata de dotar de personalidad (sin conseguirlo) a la película, lo cierto es que es capaz de resultar bastante entretenida. Es todo un disparate, de acuerdo, y el argumento no va a ninguna parte, pero es todo tan pretenciosamente intenso que no da mucho respiro al espectador, y la chica protagonista, sin hacer un trabajo demasiado sobresaliente (aunque muy por encima del resto del reparto, bastante lamentable), logra transmitir cierta empatía como para interesarse por si consigue la ansiada venganza. Además, tampoco se pierde mucho tiempo en subtramas románticas que se pueden intuir, pero sin llegar a molestar.
Así, desde un punto de vista de pasatiempo ligero y olvidable, la película puede llegar a ser efectiva. Pero es que el guion es tan malo que es casi imposible no estar todo el film preguntándose qué demonios nos quería contar Jackson y sus amigos en este batiburrillo entre TerminatorMad Max y la propia El Señor de los Anillos. Un futuro al que no queda demasiado claro como se llega, unas ciudades móviles carentes de toda lógica, unos secundarios sin nada de profundidad y un villano megalómano sin unas motivaciones demasiado elaboradas son un lastre demasiado grande para que la película pueda llegar a satisfacer.
Al final, Rivers hace bueno eso de zapatero a tus zapatos, y consigue que, al menos, toda la imaginería que rodea a las ciudades móviles sea bastante espectacular, aunque la sombra de El castillo ambulante sea alargada…

Valoración: cinco sobre diez.

EL REGRESO DE BEN

Peter Hedges es un director y guionista muy poco prolífico. Su primer libreto fue la intensa ¿A quién ama Gilbert Grape?, del ya lejano 1993, y desde entonces solo ha trabajado en los guiones de seis películas, incluyendo El regreso de Ben, cuatro de las cuales también ha dirigido.
Para El regreso de Ben, Hedges se inspira en un drama que, por desgracia, es mucho más habitual de lo que pudiera parecer, más allá de la simple excusa cinematográfica para arrancar un melodrama normalmente anodino y de tintes televisivos: la desesperación de una madre ante la impotencia de poder (o saber) ayudar a un hijo descarrilado. No se trata aquí de enfrentarse a un hijo psicótico (al estilo de la también noventera El buen hijo o la española Hijo de Caín), sino que el verdadero drama (aunque Hedges lo disfraza ligeramente de thriller para mantener el interés por todo lo alto) es que el propio hijo conflictivo es una víctima de sí mismo. No se trata de un relato sobre la maldad, sino sobre la impotencia para enfrentarse a una serie de decisiones equivocadas que terminan por atrapar en un descenso a los infiernos que convierten al hijo protagonista casi en un desconocido a los ojos de su madre. Algo parecido a lo que se jugaba, en otros términos, en la reciente Tu hijo, con José Coronado.
Hedges plantea aquí un dilema moral alrededor de la madre (luchar hasta el final ignorando el dolor y la destrucción que ello pueda causar en el resto de la familia) o tirar la toalla y dar por perdido a un hijo sin aparentes aspiraciones de salvación. Para ello, era preciso que los dos intérpretes lograsen unos grandes trabajos capaces de contagiar al espectador su tormento interno, y aquí radica uno de los grandes méritos del film. Tanto julia Roberts en el papel de madre como Lucas Hedges (hijo del director) dando vida a su hijo, están excelentes, logrando imprimir el drama de la historia sin caer en exageraciones ni histrionismos de opereta.
También acierta el realizador al imprimir un toque de intriga (lo que desencadena la acción es el robo del perro de la familia) que obliga a los protagonistas a recorrer su pueblo tirando del hilo de la desaparición de la mascota, aunque la investigación (que en cierto momento separará sus caminos) es en el fondo un simple reflejo de cómo tiran del hilo de sus propias vidas para aprender a conocerse y a conocer sus propios sentimientos.
Es, en fin, una película dura y sensible, que no sensiblera, que sabe aprovechar muy bien sus recursos y esquiva con habilidad la ñoñería, logrando una intensidad modélica y muy equilibrada.

Valoración: siete sobre diez.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

EL GRINCH

El Grinch es un famoso personaje de la literatura americana gracias a la novela ¡Cómo el Grinch robó la Navidad! del Dr. Seuss. Aunque hay varias adaptaciones del personaje tanto en cine como en teatro, la más conocida hasta ahora era esa grotesca exageración perpetrada por Ron Howard con Jim Carrie como protagonista, cuyo argumento es casi un calco de esta nueva adaptación de El Grinch, esta vez en versión animada, con Illumination, los responsables de crear a Los Minions, detrás.
Poco se puede hablar de su argumento, ya que sigue a pies juntillas todo lo que simboliza el Grinch y que ya se encontraba en la obra original. Así que, despojada de cualquier atisbo de sorprender, quizá lo más llamativo de esta película de Yarrow Cheney y Scott Mosier es que su sentido del humor está un poco por debajo de lo esperado. Pese a las infinitas posibilidades que un personaje gruñón como este podría ofrecer, esta adaptación busca un tono más dulce y amable, algo alejado del tono algo macarra de Gru, mi villano favorito y, desde luego, en las antípodas de Pesadilla antes de navidad, la gran obra por excelencia en cuanto a robar la Navidad se refiere.
Con una animación de gran nivel y un buen derroche imaginativo en cuanto a lo visual, El Grinch cumple con su objetivo de señalar a los niños que las navidades son algo más que puro consumismo, aunque la “dulcificación” que han realizado con los habitantes de Villa Quien tampoco muestra un gran contraste entre las dos formas de socializar estas fechas. Es por eso que, aún con sus (horribles) excesos, la versión de Howard era más acertada en su punto de crítica.
No parece que se quiera hacer demasiada sangre (al fin y al cabo, uno de los objetivos secundarios de toda película de animación que se precie es vender mucho merchandasing) en este aspecto, por lo que la película termina siendo un simple entretenimiento navideño, una película demasiado bienintencionada que resulta bonita de ver, alegre y simpática, pero ni logra tener un mensaje que deje huella ni invita en demasiadas ocasiones la carcajada pura y dura.
Al final, simple producto de consumo y buenos deseos, cumplidora pero poco más. Ideal para llevar a los niños en estas fechas tan señaladas y que, carente de cualquier atisbo de mala leche, presenta a un Grinch totalmente achuchable.

Valoración: Seis sobre diez.