miércoles, 20 de abril de 2022

Cine: LA CIUDAD PERDIDA

No es nada novedoso juntar una película de aventuras y acción con la comedia más desenfrenada. No siquiera si le añades unas gotitas de romance. El problema es que normalmente cuesta mezclar los ingredientes sin que ninguno termine por desentonar, y en ese sentido, el principal mérito de Aaron y Adam Nee con La ciudad perdida es el conseguirlo.

No estamos ante una película demasiado original, pues si es fácil pensar en eferentes aventureros menos cómicos uno puede acordarse de un buen puñado de películas de tesoros perdidos y búsquedas por la jungla, desde la saga de Indiana Jones hasta la reciente Uncharted pasando por el díptico de La búsqueda. Sin embargo, el referente más claro y evidente es el de Tras el corazón verde, de Robert Zemeckis.

Sandra Bullock interpreta a Loretta, una exitosa escritora de novelas románticas de fuerte carga erótica que pasa por un mal momento desde que perdió a su marido. Casi se diría que el tirón que sus obras tienen en la actualidad es gracias a Alan, al que da vida Channing Tatum, el modelo utilizado para las portadas. Poco pensaban ellos que los detalles que Loretta emplea en su última novela iba a despertar el interés de un codicioso coleccionista de arte que los llevarán a una peligrosa aventura por una isla perdida en el Atlántico tras una corona de incalculable valor.

No estamos hablando de una película perfecta, pero lo cierto es que tampoco se le pueden encontrar fallos en ninguno de sus elementos. No tiene, por ejemplo, escenas memorables, pero toda la acción está muy bien filmada. No hay gags míticos, pero sí muchos que provocan constantes carcajadas y aunque ninguna interpretación sea de Oscar, la química entre Bullock y Tatum es impecable, Daniel Radcliffe cumple bien en el rol de villano y la breve pero intensa participación de Bad Pitt es de lo mejor del film, amenazando, de haber tenido más minutos en pantalla, con llevarse un protagonismo que no le correspondía.

Por todo ello, esta mezcla entre acción, aventuras, comedia y romance (aunque lo último es lo más anecdótico), con Bullock repitiendo sus tics más emblemáticos y Tatum demostrando una vez más lo que le gusta la autoparodia, sin ningún tipo de sentido del ridículo, hacen de esta película un espectáculo muy disfrutable, fácil de recomendar a cualquier tipo de espectador y capaz de provocar, como poco, las simpatías del respetable.

Sí, es verdad, copia bastante a Zemeckis, pero llamémosle homenaje y todos tan contentos, ¿no?

 

Valoración: Ocho sobre diez.

Visto en Netflix: LA BURBUJA

Netflix sigue apostando fuerte por traerse a su cobijo a los mejores y más aclamados directores del panorama hollywoodiense, tentándolos, posiblemente, con una libertad creativa que no suele darse en las productoras convencionales. Ya he comentado alguna vez que esto es un arma de doble filo, y La burbuja es una buena muestra de ello.

Sin nadie que le ponga el freno de vez en cuando (o le meta algo de tijera), Judd Apatow, otrora enfant terrible de la comedia romántica más desatada, firma junto a Pam Brady su película más irregular, una extraña mezcla de conceptos que nunca terminan por definirse del todo y que hace dudar de lo que el realizador quiere explicarnos.

Y eso que la premisa es de sobras interesante, consiguiendo, sin nada de esfuerzo, ser una de las producciones más atractivas de cuantas de engloban en el marco de la pandemia, como las aburridillas Inmune y Confinados o la decepcionante serie zombi The bite.

La burbuja cuenta como, en pleno estado de alarma por la Covid-19, una productora crea una burbuja segura en un lujoso hotel con el fin de filmar una secuela de una saga de películas tan exitosas como ridículas. Es de imaginar la de disparates que esto puede llegar a provocar, pero si bien tenemos un compendio de gags de diversa índole, algunos más celebrados que otros, hay una sensación de torpeza narrativa en el guion que se transmite en la película, como si el caos del rodaje que se describe se hubiese dado también en el rodaje real.

Empezada la acción, uno pensaría que iba a ver una crítica ácida e inteligente hacia el cine más palomitero, así como a la estupidez de la generación Tik tok o a la codicia de los grandes productores que priman el éxito por encima de la seguridad. Y sí, algo de todo ello hay, pero planeado de una forma confusa y nada estimulante que hace que se alternen escenas de brillante caricatura con momentos sumamente aburridos.

Y todo ello, desperdiciando a un reparto más o menos coral donde resalta algo el papel de Karen Gillian pero desaprovechando mucho la presencia de Pedro Pascal, Keegan-Michael Key, David Duchovny, Leslie Mann o Maria Bakalova, eso sin contar la colección de cameos que aparecen por ahí, algunos sin el más mínimo sentido, quizá como simple pago de alguna deuda con el director o por el amiguismo que tan de moda pusiera Santiago Segura en su filmografía.

Al final, lo que queda es una mezcla entre simpática diversión e historia plana, con trayectorias de personajes que no van hacia ningún lugar, que pese a poderse ver con  una sonrisa gracias a algunos chistes referenciales más o menos acertados, no deja de dejar cierto aroma de decepción.

 

Valoración: Cinco sobre diez.

Cine: CÁMARA CAFÉ

Estamos ante una de esas películas cuya mera existencia es difícil de justificar y cuya leve repercusión en taquilla es fácil de comprender, más allá de su calidad. Basada en la simpática serie que Tele5 mantuvo en antena entre  y 2005 y 2009, la propuesta, con los chanantes Miguel Esteban, Joaquín Reyes y Ernesto Sevilla como cabezas pensantes (entre los tres firman un guion que el último se encarga de dirigir), va muy dirigida a un público juvenil que adora a estos tipos  en televisión y, sobretodo, e Internet, pero que puede que no estén dispuestos a pagar el precio de una entrada de cine por disfrutar de su humor, a la par que no tienen ni idea de la serie en la que se basa, pues les toca ya de muy lejos. Y eso ni la estéril participación de Ibai Llanos lo soluciona.

Estando yo entre el resto del público, lo primero que pensé tras ver Cámara Café, la película, es que traiciona totalmente el espíritu de la serie, limitándose a recuperar a unos personajes reconocibles y poco más. No es que me parezca algo malo, de hecho me resultaba absurdo convertir una propuesta de sketches en un largometraje, algo que ya intentaron, también sin demasiado éxito, otros genios de la comedia como son Tricicle con su adaptación cinematográfica de Tres Estrelles, llamada Palace. Y es que lo que definía a la serie, aparte de un humor ácido basado en una muy buena construcción de personajes, era su sentido coral y la limitación de escenarios, pues todo ocurría, precisamente, frente a la máquina del café de una oficina, dando título a la serie.

En la película, pese a mantenerse todos los personajes (y alguno nuevo) como ya he comentado (aunque Luis Varela se limita a un cameo y César Serrachu está en alma pero no en cuerpo), el argumento gira casi exclusivamente alrededor de Arturo Valls, que si bien es capaz de soportar el peso del protagonismo, llega a resultar un poco cargante, volviéndose a interpretar (una vez más) a sí mismo, de manera que uno no sabe si es el empleado de una oficina o si en cualquier momento va a hacer que sus compañeros de reparto caigan por un agujero por responder mal a una pregunta. Así pues, el uso del nombre de Cámara Café es más un reclamo publicitario que otra cosa.

Ojo, no estoy diciendo que la película sea mala, pues sin ser nada del otro mundo cumple como comedia de pocas pretensiones y consigue provocar un puñado de carcajadas, siendo cuando más se aleja de la propuesta original y alcanza el surrealismo más absurdo (como en la invasión extraterrestre, el bucle temporal, la lucha de catanas -¡cómo crece la película cada vez que aparece en pantalla Ana Milán!- o los momentos musicales) cuando mejor funciona.

No he hablado mucho del argumento, pero es que tampoco importa demasiado. La pugna entre la división española (encabezada por Jesús Quesada/Arturo Valls y la Portuguesa de Victoria de la Vega/Ana Millán) es bastante inverosímil y apenas hay dos subtramas que merezcan ser mencionadas: la conversión de Quesada de fanfarrón a perdedor, sobre todo en lo que respecta a la relación con sus hijos y el dolor de Cañizares por la pérdida de Bernardo y la esperanza que le brinda conocer al chico nuevo de la oficina, Robles (en este sentido, cabe destacar a Ingrid García Jonsson y Javier Botet como dos grandes aciertos en el apartado de las nuevas incorporaciones). Argumentos superfluos y, sobretodo, poco verosímiles que solo sirven para que el humor tenga cabida a golpe de gag y dejar hueco a algún que otro cameo (volvemos con lo de los amiguetes) divertido.

En fin, que como producto de entretenimiento la película cumple más o menos bien, si nos olvidamos de que nos habían prometido regresar al cuartito de la máquina de café que a la postre debe ser el escenario menos utilizado, aunque se echa en falta algo más de participación de Carolina Cerezuela, Esperanza Elipe, Alex O’Dogherty y compañía…

 

Valoración: Seis sobre diez.

Visto en Amazon Prime: UNA CITA CON EL PASADO

Dirigida por Janus Metz, autor de Borg McErnoe y alguna temporada de True Detective, Una cita con el pasado es un entretenido thriller de espionaje que, aun bebiendo mucho de la literatura e Tom Clancy y John Le Carré, no está a la altura de los mismos, siendo mucho menos  intricada en su trama y careciendo de la acidez política y social que define a los autores mencionados.

Quizá consciente de ello, Metz opta por potencial el lado humano de la historia, desarrollando unos personajes interesantes y bien dibujados en lo que respecta a la pareja protagonista (Chris Pine y Thandiwe Newton), pero dejando algo de lado a los secundarios, quedando la sensación de que se desaprovecha el talento de actores de la talla de Jonathan Pryce o Laurence Fhisburne.

Como sea, Olen Steinhauer, guionista que adapta su propia novela, plantea una trama a partir de las cicatrices de una relación sentimental entre dos espías cuya historia estuvo marcada por la desastrosa resolución del secuestro de un avión por parte de un grupo terrorista y su abrupta separación. Así, navegando entre presente y pasado, la reapertura del caso les obligará a volver a encontrarse y tratar de averiguar qué falló en aquella misión, lo que viene a ser lo mismo que descubrir qué fallo en su relación.

Sin ser excesivamente complicada de seguir, más allá del uso de varias líneas temporales intercaladas, la película se me antoja algo más madura de lo habitual, siendo su plato fuerte las revelaciones surgidas a través de conversaciones más que las escenas de acción, mucho más ausentes de lo previsible y que quizá es lo que pueda llegar a desagradar a muchos. No es Una cita con el pasado una película para ver si uno busca adrenalina a través de persecuciones y tiroteos, pero sí hay una trama emocional bien creada y que es incluso capaz de dejar cierto poso tras su visionado.

 

Valoración: Siete sobre diez.

viernes, 8 de abril de 2022

Cine: MORBIUS

En el cine, como en la vida en general, resulta difícil satisfacer a todo el mundo. Si películas exitosas como las de Marvel o Star Wars cuenta con feroces detractores que apuntan a una simpleza argumental, películas de mala calidad como Morbius invitan ya al desprecio más absoluto. Porque Morbius es mala, sí. Muy mala, incluso, aunque tal y como los que defienden el cine de superhéroes hacemos matices para señalar las diferencias creativas del «buen cine», el malo también merece de estas distinciones.

Y es que lo mejor que se puede decir de Morbius es que, a diferencias de otras películas superheróicas destrozadas por la crítica como Elektra, Cuatro Fantásticos o Venom (especialmente su secuela), esta no llega a ofender. Quizá la cosa es que es tan plana y simple que no le alcanza ni para eso, no lo sé, pero es un alivio encontrarse con una película que simplemente no tiene los baremos de calidad necesarios (de nuevo el guion es el punto más sangrante, aunque habría que hacer un poco de hincapié en sus bochornosos efectos especiales o su confuso montaje), sin ser por ello insultante. En películas como las recientes propuestas de Sony alrededor de Venom, daba la sensación de que no lo habían hecho mejor porque no les había dado la gana, menos preciando al espectador con una desidia total. En Morbius, sin embargo, el balance es más indicativo de que sus responsables, simplemente, no daban para más, empezando por un Daniel Espinosa terriblemente torpe en los momentos de filmar la acción (y eso que su Life me gustó bastante) y unos Matt Sazam y Burk Sharpless que parecen haberse enfrentado al guion sin conocer para nada al personaje, no teniendo el espectador nunca claro cuáles son los poderes de Morbius ni sus motivaciones. Realmente, se nota que a nadie (ni siquiera a los aficionados al comic) les importa demasiado este personaje secundario de las colecciones arácnidas que si tiene película propia es porque Sony no tiene mucho más donde rascar a la hora de crear ese insulso universo que pretenden hacer a consta de los despojos de Spider-man (a falta de que algún día nos confirmen si en este universo existe ya algún Peter Parker –ya sea con el rostro de Andrew Garfield o el de Tobey Maguire- o no).

Morbius sigue a rajatabla los esquemas de una película de orígenes que ya en los noventa había pasado de moda, con todos sus defectos: media película anodina para que conozcamos al personaje, un villano que no deja de ser una fotocopia oscura del héroe y una resolución que, en el caso que nos ocupa, es más precipitada y torpe que nunca. Sin entrar en spoilers, solo diré que el héroe (por llamarlo de alguna manera) descubre una manera de derrotar al villano, se enfrenta y lo derrota. Así, sin más. No hay ni un ápice de épica en ese anticlímax que define la confrontación final y en la que, incluso, se le niega la mínima dosis de drama que podría haber gracias a repetir literalmente la jugada que ya hiciera Sony en Venom: Habrá matanza.

Setenta y cinco millones no es un presupuesto tan desdeñable como para que la película tenga un acabado visual tan mediocre, aunque posiblemente un buen pellizco se haya desviado hacia el reparto, lo único salvable de la película. No acabo de entender muy bien qué copia del guion entregaron a Matt Smith o Jared Leto (que se está convirtiendo, tras su Joker, en un especialista en las peores encarnaciones de personajes de comic sin que sea culpa suya), pero mucho me temo que la definitiva no. Claro que también es cierto que esta no es la película que se pretendía hacer en un principio, y que el éxito de Spiderman: No way home cambiaron muchas cosas (de la que hablaré en un futuro artículo), pero eso no es excusa para un caos narrativo, plano e insulso, que ha provocado que la gran mayoría de los comentarios de la gente sean referentes a las escenas postcréditos. Y encima, para mal.

En resumen, otra torpeza de Sony que demuestra que sin el amparo de Marvel en general y Kevin Feige en particular no son capaces de dar la talla, a la vez que una respuesta en taquilla que evidencia, por otro lado, que el logotipo de Marvel vende entradas por sí solo y que púbico y crítica no siempre suelen ir de la mano, aunque me da la sensación de que estamos en uno de esos casos en los que pese a los excelentes números de su semana de estreno, el boca-oreja va a perjudicar mucho al rendimiento económico del film.

Casi parece que Sony esté pidiendo a gritos que Marvel les pague una pasta por recuperar a sus personajes, pero mientras eso no ocurra y la teta siga dando leche, los despropósitos fílmicos seguirán. Tras esto, ¿alguien duda que Kraven, Madame Web o Silver Sable van a ser iguales de desastrosas? La cuestión es saber en qué momento van a dejar de dar dinero. Espero, por el bien del cine y de los personajes, que sea pronto. Ho es que vaya a echar mucho de menos a cualquiera de estos personajes dentro del UCM, pero un poco de penica de ver lo que está pasando con Venom o saber que nunca vamos a tener una adaptación como se merece de La última cacería de Kraven de DeMatteis sí que me da.

 

Valoración: Cuatro sobre diez.

Visto en Netflix: HOY SE ARREGLA EL MUNDO

Hoy se arregla el mundo, dirigida por Ariel Winograd, es una dramedia argentina a mayor gloria de Leonardo Sbaraglia en la que un padre despreocupado y ajeno a la vida de su hijo descubre, tras la muerte de la madre, que en realidad no es suyo.

En un momento complicado de su carrera profesional (el programa televisivo que produce, el mismo que da título a la película, está en sus horas más bajas, David, que es como se llama el hombre, decidirá ayudar al chaval de nueve años a descubrir quién es su verdadero padre, contando para ello con la ayuda de la mejor amiga de la fallecida.

Tiros a ciegas, conversación es de WhatsApp y eventos de Facebook compondrán la algo chapucera investigación, la cual servirá, en realidad, para forjar un vínculo que nunca había existido entre el falso padre y el niño, dotando a la película de un tono reflexivo alrededor de si las relaciones paterno-filiares vienen dadas por la consanguinidad o el apego.

Hoy se arregla el mundo es una película simpática, sin más pretensiones que alabar la unidad familiar y el amor, que no ahonda demasiado en el drama, pudiéndose ver con una sonrisa, que pese a que prácticamente telegrafía desde el principio el desenlace tampoco cae en el tópico absoluto (me alegra especialmente que la relación romántica que se apunta nunca llegue a cuajar, al menos no en pantalla), teniendo como punto fuerte la unión entre Sbaraglia y el debutante Benjamín Otero.

Con algo de acidez en su burla a ciertos programas televisivos, el film es tierno y amable, una propuesta que sin ser nada del oro mundo que merezca ser recordada con mucha insistencia en el futuro, compone un buen ejemplo de cine familiar con la dosis justa de moralina.

 

Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 2 de abril de 2022

Cine: CANALLAS

No es ningún secreto que, junto al thriller y el terror, la comedia es el género de nuestra producción cinematográfica que mejor resultados da en taquilla. Sin embargo, en los últimos años nos encontramos con películas algo encorsetadas, cortadas por un mismo patrón, demasiado genérico y previsible, ya sea hablando de las lujosas producciones de Mediaset o de las comedias familiares de Santiago Segura.

Canallas viene a romper esta rutina, recuperando, de paso, a la figura más clásica (lamentablemente) e la literatura española: el pícaro. Hablar de picaresca es como tratar de defender al villano de una historia, pretendiendo dotar de empatía y cierta gracia a sus acciones y convirtiéndolo, por mano de las circunstancias, de agresor a víctima, como bien sabe el Lazarillo de Tormes.

En Canallas, la segunda película de Daniel Guzmán como director tras la interesante A cambio de nada, no vemos realmente a tres villanos, sino a tres perdedores que aspiran a serlo, hundiéndose cada vez más en sus propias miserias y sin lograr pasar de ser simples canallas de barrio, víctimas de una sociedad en la que no encajan pero, sobre todo, víctimas de su propio patetismo.

Para componer esta historia escrita por él mismo, Guzmán juega unas cartas muy arriesgadas. Por un lado, reúne un elenco muy especial para su triplete protagonista, en el que junta a uno de los mejores actores del cine español con un completo desconocido, completando la tripleta con su propia figura. Tras la vilipendiada (parece que solo yo la hubiese disfrutado) Yucatán, puede que mucho piense que la comedia no es el terreno más firme para Luis Tosar, que aquí se quita estigmas de un plumazo y se muestra divertidísimo. Guzmán, un poco como en el personaje que le dio la fama en Aquí no hay quien viva, es la perfecta imagen del aspirante a nada, ese granuja que quiere conseguir lo mejor de sí mismo pero siempre por los caminos equivocados. Y no hay palabras para definir al nuevo descubrimiento de nuestra filmografía, un Joaquín González al que fácilmente se podría comparar en su debut al que tuvo la arrebatadora Carmina Barrios de la mano de su hijo Pedro León. González no era ni siquiera actor, es un amigo de la infancia de Guzmán que debuta en el mundo del cine y parece ser tan absurdamente desternillante como s propio personaje. De hecho, todo el guion, que también es obra de Guzmán, mezcla constantemente anécdotas propias con fantasía, creando una línea difusa entre realidad y ficción. Para terminar de redondear el cuadro, hay más debutantes en este film, ya que Esther Álvarez (que falleció al poco tiempo de terminar el rodaje y a quien va dedicada la película), Brenda González y Chema González son, tanto en la vida real como en la película, la madre, hija y hermano, respectivamente, de Joaquín González, dando así una aire de realismo y naturalidad muy efectivo.

Canallas cuenta la historia de un hombre que vive embargado por sus propias fantasías, que de tanto hacerse pasar por empresario de éxito no consigue separar sus aspiraciones con su realidad, cuando tras un encuentro casual con sus dos amigos de la infancia se meten en un berenjenal del que ya solo sabe huir hacia delante, entrando en una espiral en la que cada decisión tomada no hará sino empeorar la anterior.

Unos personajes muy de barrio para una película con regusto a Azcona pero que también tiene cosas muy de Fresser y que entremezcla un canto a la amistad (una amistad real, no impostada, de esa en la que hay cabida para el desprecio y el egoísmo, que no todo son flores y sacrificios desinteresados en el mundo real) tanto como para la denuncia social y el retrato urbano de una periferia urbana anclada en el pasado que, aunque quiere, no sabe mirar hacia delante.

Delirante y muy divertida, Guzmán ha dado un salto de gigante hacia su consagración sin dar la sensación de haberse despeinado siquiera.

 

Valoración: Ocho sobre diez.

martes, 29 de marzo de 2022

Artículo: EL OSCAR DE MUHAMMAD ALI

Mucha pereza me daba esta edición de los Oscar. Incluso me planteé no ver siquiera la gala. Puede que mi reciente paternidad influyera en ello (las noches ya no son iguales, amigos), pero creo que lo que pesó más es que de las películas nominadas hay una parte de ellas que no he podido ver aún (caso de Coda, El método Williams, Tik tik boom! o Spencer) y otra parte que, perdonadme, ni sabía de su existencia (como La hija oscura, Drive my car o Los ojos de Tammy Faye). Sin embargo, al final me pudo la curiosidad y, aunque sin las palomitas y la parafernalia de otros años (la vi desde la cama, lo confieso), terminé por seguir la gala hasta unas dolorosas seis de la mañana.

Tampoco voy a recrearme mucho con mi comentario, pues más allá de que sigamos estando en una época extraña (no tanto como el año pasado, pero casi), lo cierto es que hace tiempo que perdí la fe en unos premios que han dejado de lado la calidad para centrarse en una especie de gafapastismo de cuatro duros de la que solo se habría salvado si, como en la época gloriosa en la que se reconocía la tremenda labor que supuso llevar a cabo proezas como Titanic o El Señor de los Anillos, Dune hubiera arrasado. Y aunque fue la triunfadora a nivel numérico, todas sus estatuillas fueron de carácter técnico, algo que, con el boicot insistente a Marvel (se inventan eso de película más popular y Ejército de los muertos triunfa sobre Spiderman: no way home, que queda en cuarta posición por debajo de Cenicienta y (¿me puedo reir ya?) El fotógrafo de Minamata).

El caso es que ganó Coda, que aunque no he visto me satisface profundamente ya que El poder del perro me pareció un peñazo increíble. Como increíble me parece el Oscar a su directora, que hace un buen trabajo visual pero nada comparado con esa segunda juventud que demuestra Spielberg y la magia que desprende cada una de las escenas de su West side Story. No entiendo que lo que más se valore de la película de Campion sea su mentase contra la toxicidad masculina pero se la ignore precisamente en el apartado del guion.

Como decía, ganó Coda, lo que me da pie a volver a arremeter contra los pesados que critican el cine de verdad (es decir, el que va a ver la gente a los cines, ya sea Marvel, Fast&Furious o lo que tercie en cada momento) con la cantinela de que todo son franquicias, ya sea en forma de secuela, remake, reboot… Pues para que quede bien claro, tampoco Coda tiene nada de original, ya que es una secuela de la película francesa La familia Bélier, que por cierto, si me ha de servir como referencia para ver la peli de Sian Heder (o la mujer que con el mejor guion del año hace la mejor película del año pero no merece ser siquiera nominada como director), mejor me lo ahorro. Ni de independiente, ya puestos, que al fin y al cabo la ha pagado Apple.

Por quedarme con lo bueno, me quedo con el Oscar para mi adorado Kenneth Branagh por Belfast y con el toque español de El Limpiaparabrisas, aunque me hubiera hecho ilusión que Bardem, Cruz o Iglesias hubiesen rascado algo también.

Pero todo esto no importa, ya que desbancando a la pifia histórica de La la land y Moonlight, esta ceremonia no será recordada ni por excluir del directo a muchos de sus premios ni por la gracia que pudieran o no tener sus tres presentadoras. Esta ha sido la gala, para bien o para mal, de Will Smith, ese actorcillo que molaba cuando era cómico y que me aburre desde que se volvió llorón (debe ser por eso de haber sido llamado por Dios para amar y proteger –a su manera, claro- a las personas), que decidió que es mejor gastar bromas que recibirlas y que cuando Chris Rock se burló (muy desafortunadamente, eso sí) de su esposa, decidió que lo del justiciero americano le pegaba mucho y que, ya que le iba a robar el Oscar a Benedict Cumberbastch, mostrar la mejor cara de la masculinidad tóxica y agredir física y verbalmente al payasito de turno, rematándolo con un discurso de agradecimiento tras el premio (que deberían retirarle) victimista en el que solo le faltó pedir el voto para Vox.

En fin, que al final la gala fue histórica y consiguió lo que no se había logrado desde hace años: ser el tema de conversación del todo el mundo al día siguiente. Por unos minutos, la guerra en Ucrania, la crisis de los transportistas y las subidas de precios fueron secundarias. Quizá solo por eso ya merezca el señor Smith nuestro agradecimiento.

De Coda, como de Moonlight, Normadland y otras, nadie se acordará en unos meses. Lo de Smith y Rock pasará a la historia.

Visto en Amazon Prime: AGUAS PROFUNDAS

Hacía tiempo que no sabíamos nada de Adrian Lyne, el director que tocó el cielo con Nueve semanas y media pero que tiene clásicos como Flashdance, Atracción fatal, Una proposición indecente o Lolita. Concretamente veinte años han pasado desde su último trabajo, Infiel, y tras ver (o mejor dicho, soportar) Aguas profundas, pocos me parecen…

No sé si este trabajo sea el capricho de un señor que se aburre en su jubilación o cuál ha sido la cadena de sucesos que ha provocado tan soporífero proyecto, pero poco hay que salvar de esta película, más allá que el tono sombrío de Ben Affleck y la ambigua relación matrimonial con Ana de Armas invitan a revisionar la magnífica Perdida, de David Fincher, a la que por un momento parece quererse parecer pero no llega ni a la altura del betún (¿es cosa mía o estoy viendo muchas referencias a Fincher últimamente?).

El caso es que sin haber leído la novela de Patricia Highsmith (autora de Extraños en un tren, Carol o, sobretodo, El talento de Mr. Ripley), no hay nada en el argumento de Aguas profundas que me parezca estimulante, agradeciendo, por una vez, que no haya pasado por cines y así habernos ahorrado el precio de la entrada.

Con una escena subidita de tono entre Affleck y De Armas, el currículo de Lyne y el comentado aunque breve romance real de sus protagonistas, toda la promoción parecía centrarse en las escenas de sexo del film, que ni están ni se las espera. Hay, en su atmósfera, elementos para un buen thriller, pero nadie de sus responsables ha sabido elegir bien como para llevarlos a buen puerto, resultando todo una continuación de escenas deshilachadas, plomizas y con personajes desdibujados. Puede que se pretendiese hacer una lección sobre la toxicidad masculina o el amor obsesivo, pero de ser así, no se consigue en absoluto, llegando a un desenlace en la que el espectador está ya agotado de que le tomen el pelo con situaciones incomprensibles y decisiones muy dudosas por parte de los protagonistas que provocan que el final, por mal explicado que esté, sea de agradecer.

En resumen, tan mala como se presagiaba. Un paso atrás en la impecable trayectoria que Ana de Armas estaba teniendo en Hollywood y quizá el motivo por el que Ben Affleck ha decidido centrarse más en papeles segundarios que en seguir como protagonista.

 

Valoración: Tres sobre diez.

Visto en Netflix: UN LUGAR SEGURO

Hay modas que cuesta detener, y aunque las últimas series estrenadas en abierto no han funcionado como se esperaba, me da la sensación de que tenemos producción audiovisual turca para largo. No es que me queje, siempre es bueno conocer la filmografía de otros países y plataformas como Netflix han permitido dar visibilidad a productos de los que el público mayoritario huiría.

De todas formas, no es que hablemos de cine con mucha personalidad, ya que si algo caracteriza a todas estas producciones turcas como los seriales del tipo Love is in the air o películas como Tácticas en el amor o la que nos ocupa es la de tratar de parecer lo menos turcas posibles, mostrando con orgullo las preciosas vistas del Bósforo a la altura del Cuerno de Oro, pero ni rastro del bazar o las mezquitas.

Es por ello que Un lugar seguro quiere jugar a parecer una dramedia tan americana como la que más, entrando además en el subgénero de «trama romántica con enfermo terminal de por medio». Sin embargo, la realidad es que no solo logra parecerse sin complejo a las películas en las que pretende verse reflejada sino que incluso las supera, pues sin ser nada del otro mundo por lo menos consigue algún que otro elemento diferenciador que se agradece. Por ejemplo, el ser, en el fondo, una feel good movie pese a tener la muerte como telón de fondo, no queriendo caer en la compasión y tratando la enfermedad (de manera algo ficticia, eso sí, que puestos a morir joven a cualquiera le gustaría hacerlo como se nos presenta aquí) más como una cuenta atrás que como un momento de agonía. Por otro lado, el elemento «niño» rompe también la mayoría de esquemas del amor apasionado pero con fecha de caducidad que puso de moda, hace ya décadas, Love story y que tiene un referente bastante actual en Antes de ti o Bajo la misma estrella.

Melisa es una joven madre soltera que nunca ha sentido la necesidad de tener pareja hasta que le comunican que le quedan cinco meses de vida y emprende una búsqueda en busca de un padre para el chaval, resultando elegido un empresario algo huraño llamado Firat.

Más allá de esto, la película cumple con todos los tropos del género, tales como la amiga/confidente, el enamoramiento imprevisto, la dolorosa ruptura al borde del tercer acto… pero todos ellos están muy bien incorporados, cumpliendo su función a la perfección y permitiéndose, incluso, un giro final que, pese a rozar lo inverosímil, funciona muy bien.

Así pues, de nuevo una producción turca dela que no cabía esperar mucho se traduce como un film amable y digno, capaz de enternecer al respetable y con un trabajo interpretativo y de realización bastante destacable.

No es la Turquía con olor a especias y kebab, pero tampoco la necesitamos para este tipo de historias.

 

Valoración: Siete sobre diez.

Visto en HBO Max: LO QUE HACEMOS EN LAS SOMBRAS T3

Al fin ha llegado a HBO Max la tercera temporada de Lo que hacemos en las sombras, la serie creada por Jemaine Clement a partir de la película que él mismo coescribió y codirigió junto a Taika Waititi, y lo hace con una mala noticia: todo apunta a que será la última temporada.

A nivel estructural, la temporada adolece un poco de lo mismo que la segunda: un arranque algo dubitativo, muy episódico, para ir comando carrerilla y encontrar una línea argumental a partir del ascenso de los protagonistas al Consejo Vampírico.

En esta temporada se refuerza un poco la presencia de los que, a la larga, han sido los personajes revelación, auténticos roba escenas que han llegado a eclipsar incluso a los tres vampiros protagonistas y que, de haber alargado más la serie, habrían terminado por convertirse en un problema. Me estoy refiriendo, por supuesto, a Guillermo, que ya en la pasada temporada tuvo un papel muy destacado, revelándose que era un descendiente directo de Van Helsing, y a Colin Robinson, el vampiro energético que quizá esté ahora menos divertido pero cuya presencia ha ganado en peso dentro de la estructura familiar.

El consejo vampírico y la búsqueda del origen de los vampiros energéticos serán los dos principales temas de la temporada, que desembocarán en dos situaciones inusuales. Por un lado, el nacimiento de una insospechada amistad entre Laszlo y Colin Robinson y por otro la depresión de Nandor, que debe lidiar al frente del consejo con las ansias de poder de la propia Nadja.

La serie, con sus más y sus menos, mantiene un buen nivel, compensando la lógica pérdida de frescura con el cariño cada vez mayor que uno coje a los personajes, aunque se diría que hay un ligero aumento de humor de brocha gorda que no necesitaba la serie. Con todo, la amenaza de una despedida (y aunque no hay anuncio oficial, así lo augura el episodio final) provoca una profunda tristeza, más cuando no es un final en plan celebración, triste pero nostálgico y amable a la vez, como fueron los casos de Friends o The big bang theory, por nombras dos ejemplos de comedias ya finalizadas, sino que, como no podría ser de otra manera, se despide con una patada en las pelotas del espectador, manteniendo la línea de gamberrismo y desconcierto y haciendo que uno ponga cara de WTF ante el televisor.

Me queda, en caso de ser un final definitivo, la tristeza de no haberme podido despedir de esos protagonistas (casi) invisibles, los cámaras de televisión, con los que Clement sabe jugar lo suficiente como para darles un papel más activo que en, por ejemplo, Modern Family, ejemplo de sitcom que seguía el estilo popularizado por The office.

Suenan rumores de que, pese a todo, podría haber continuación si en FX dan su bendición, aunque el temor de alargar demasiado el chicle me hace tener el corazón dividido ante tal posibilidad.

Sea como sea, ya están disponibles los (hasta ahora) últimos diez episodios de la serie y es solo cuestión de tiempo averiguar si los vampiros más extravagantes del panorama audiovisual van a regresar a hacer de las suyas o no, aunque tal y como termina todo, no lo van a tener nada fácil para volver a ser una «familia», aunque sea tan poco convencional como la suya.