Dirigida
por Lee Toland Krieger y protagonizada por Blake Lively (una de las
protagonistas de Gossip Girl, pero
vista también en Salvajes o Linterna Verde) y Michiel Huisman (el
Daario Naharis de Juego de Tronos),
aunque con ilustres secundarios como Harrison Ford, Ellen Burstyn, Amanda Crew
o Kathy Baker, El secreto de Adaline
cuenta la curiosa historia de una joven que, tras un extraño accidente,
descubre que su cuerpo deja de envejecer. Aunque sin alcanzar la inmortalidad
como tal (nada impide que la dama en cuestión pueda contraer una enfermedad o
sufrir un accidente fatal), la película juega con el concepto de la vida eterna
como sinónimo de soledad, tal y como se planeara superficialmente en clásicos
como Los Inmortales o en miradas reflexivas
acerca del vampirismo tales como en Byzantium
de Neil Jordan.

Descubierto
su secreto por las altas esferas del gobierno que pretenden estudiarla como si
de un bicho raro se tratase, Adaline debe pasarse su vida huyendo de su propia
existencia, cambiando de identidad cada poco tiempo y viendo cómo debe
abandonar a sus seres queridos dejando como única herencia de su paso por sus vidas
una red de mentiras o sufriendo contemplando cómo los únicos seres a quien
permite conocer su secreto envejecen sin remedio mientras ella se mantiene
radiante como una flor, descubriendo así que esa especia de don que se le ha
otorgado es más bien una maldición.
Ante
tal situación, Adeline debe tomar la decisión de plantarse al fin, de dejar de
huir y enfrentarse a su verdad, pero el pasado se encargará de perseguirla como
un caprichoso juego maquinado por el destino, impidiéndole aferrarse a su
propia verdad.

La
película es, en el fondo, un cuento de hadas, una fábula de explicación
imposible que mueve una historia de amor fatal mediante la excusa de la
fantasía, tal y como podría suceder en clásicos como Big o títulos más recientes como Una cuestión de tiempo, y para dejar constancia de ello no descarta
incluso el uso de un narrador, una voz en off, por cierto, inusualmente bien
utilizada y que no molesta al ritmo de la trama, aunque me resulta curioso el
intento por justificar de una manera más o menos científica los sucesos que
afectan a Adaline, en lugar de recurrir a algo más místico como la magia o,
simplemente, un milagro. Quizá la intención de los guionistas sea la de huir
sin más del característico tono “navideño” de este tipo de relatos.
Con
muy buenas interpretaciones (tenemos a uno de los mejores Ford en tiempo) y un
correcto tempo narrativo que mantiene el interés y la emoción hasta el final
(lo único que peca un poco de previsible), la película se deja ver como una
refrescante lluvia de verano en medio de una cartelera poblada de blockbusters
y mediocridad.
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