Mientras
se produce la cuenta final para la ceremonia de los Oscars de Hollywood, siguen
llegando con cuentagotas aquellas películas que se esperaba iban a ser
importantes en esa noche mágica. El nacimiento de una nación era, a priori, una de ellas, pero ha quedado finalmente fuera
de la terma y muy probablemente de manera injusta.

No
creo que sea casual el título elegido por Parker para su película. El nacimiento de una nación es un título
de culto del cine mudo donde D. W. Griffith proponía que la consistencia de los
Estados Unidos se forjó tras la Guerra Civil, empleando para ello unas técnicas
cinematográficas ejemplares y revolucionarias y que sentaría las bases del cine
moderno.

Esta
iba a ser una película pequeñita, una de esas producciones independientes que
terminan por volverse obra de culto con el paso de los años, pero tras su
arrollador éxito en Sundance, Fox Searchlight Pictures compró sus derechos de
distribución con el precio más alto pagado hasta la fecha y convirtió la
película en una superproducción destinada a tener una fuerte presencia en unos
Oscars que, en contrapunto a los del año anterior, van a tener mucha presencia
afroamericana.

El
problema más grave de la película es que al final no cuenta nada que no
conozcamos ya. Más interesado en poner el acento en la época que en el
personaje, resulta inevitable ver en El nacimiento de una nación reflejos que
recuerdan demasiado a la ya mencionada 12
años de esclavitud o incluso a otros títulos recientes como Los hombres libres de Jones. No es que
la injusticia histórica contra la raza negra en la época de la Secesión (y
heredada hasta la actualidad) no merezca ser contada una y mil veces, pero a
veces el mensaje puede ser más potente si se buscan alternativas más
originales. Como ejemplo de dos títulos más útiles para la causa se me ocurre
el humor negro de Django desencadenado
o, puestos a recordar que la discriminación ha perdurado en el tiempo, el
optimismo de Figuras ocultas.
Con
todo, El nacimiento de una nación es
una gran película. Una película que, en buena lógica, habría presentado batalla
contra La la land en la pugna por los
grandes premios de la temporada y que ha quedado fuera de todo (incluso de
hacer una taquilla respetable) por el turbio pasado de su director, acusado de
violación durante su etapa universitaria. Esto invita al siguiente debate:
¿Debe juzgarse una obra por las acciones de su director? Nos encontramos, una
vez más, ante un ejemplo sobre lo difícil que es dedicarse solo a valorar lo que
hay que valorar, dejando de lado el ruido de fondo. Que se lo digan a Trueba…
Valoración:
Siete sobre diez.
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