Dirigida por Diederik Van Rooijen, Cadáver, traducción simplista pero mucho más efectiva que el título original The Possession of Hannah Grace, es otra muestra de esas de cine de terror que miedo da más bien poco. Sin embargo, pese a recorrer la mayoría de los tópicos del género, al menos aquí encontramos una atmósfera claustrofóbica bastante bien ambientada y la trama propone algunos derroteros novedosos, como el pretender dotar de cierta personalidad a la protagonista o jugar con la presencia de personajes secundarios que no obliguen a que nos preguntemos todo el rato donde está la gente normal.

Megan es una expolicía que, debido a un trauma, debe abandonar el cuerpo y buscar un nuevo trabajo. El elegido es el de ayudante de forense responsable del turno de noche en la morgue, y aunque pueda resultar poco creíble que vaya a aceptar semejante puesto en su estado, al menos ello permite que el guionista desarrolle un personaje menos plano de lo habitual, con un trasfondo que ayude a empatizar con ella y que sea algo más que simple carnaza y cuyos fantasmas ayuden, en cierto modo, al desarrollo de la trama.
Por otro lado, tenemos el exorcismo fallido de una chica que termina falleciendo, pero cuyo padre no cree que el mal haya terminado con su familia.
La unión de ambos elementos da forma a Cadáver, una película sencilla, con claro objetivo adolescente, a la que le falta algo de fuerza para asustar más y que termina deambulando por terrenos de sobra conocidos, pero que al menos se esfuerza por diferenciarse un poco de los productos típicos de Wan, Blum y compañía, sin fingir, como reclamo, estar basada en hechos reales.
Valoración: Cinco sobre diez.
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