sábado, 11 de junio de 2016

WARCRAFT, EL ORIGEN: El Señor de los Anillos de marca blanca.

Parece que la tónica habitual de los últimos meses es la de la aparición de superproducciones capaces de dividir a público y crítica hasta límites que rozan el odio. Pese a honrosas excepciones, títulos como Star Wars: el despertar de la fuerza, Batman v. Superman: el amanecer de la justicia o, en menor medida, X-Men: Apocalipsis parecen quedarse cortos ante las reacciones que está provocando Warcraft, definida por algunos como la peor película del año mientras que provoca aplausos de los fans al final de algunas sesiones.
Lejos de radicalismos injustificados yo, como es habitual en mí, me quedo en una posición casi intermedia. No es Warcraft, desde luego, una buena película pero tampoco ese desastre que anuncian algunos que invite a arrancarse los ojos tras su visionado.
¿Por qué hay que odiar o amar una película que en muchos casos, no pasa del simple entretenimiento? 
Y ahí está mi principal problema con Warcraft, que en muchos momentos del metraje me aburrí hasta llegar a un punto en que el destino de los protagonistas no me importaba lo más mínimo, llegando a preguntarme hasta qué punto puedo calificarla como entretenimiento. De hecho, muchos os preguntaréis porqué ha tardado tanto en publicarse este comentario, cuando vi la película el mismo día del estreno. 
La respuesta es simple: ante la división de opiniones que ha generado quise esperar unos días antes de escribir sobre ella para digerirla mejor (y no analizarla demasiado en caliente, algo que muchos hacen de forma precipitada), pero cuando me he puesto con ello he descubierto que aparte de las sensaciones que me produjo la mayoría de lo que acontece en ella se ha borrado de mi memoria, demostrando lo poco que ha logrado llegar a interesarme esta aventurilla de orcos contra humanos, y he querido esperar a realizar un segundo visionado para tratar de ser más justo con la misma, tras el cual mi opinión ha caído más bajo aún, resultándome incluso difícil de terminar.
Duncan Jones, director de la magnífica Moon y de la algo más irregular Código fuente es el máximo valedor de la película, un director fan confeso del juego que adapta y que ha tratado de ser lo más fiel posible al mundo de guerreros, orcos y magos creado por Blizzard. En ese sentido los aficionados pueden estar satisfechos con la que parece ser una adaptación impecable. Ahora bien, ¿es conveniente mantenerse tan fiel a una obra en el momento de convertirla en película?
Nunca he jugado a Warcraft ni me ha interesado lo más mínimo ese videojuego, pero como lector confeso de cómics sé perfectamente que es imposible trasladar con total fidelidad una obra, por más que los seguidores más fervientes estallen de indignación con cada sutil diferencia, pero cada medio tiene su propio idioma, y cosas que funcionan en un género pueden cojear en otro. Entiendo a los fans que se muestran felices de ver a sus héroes tan bien representados en pantalla (aunque me comentan que esto en realidad es una precuela que narra hechos anteriores a la historia del juego), pero ¿qué pasa con los que no somos jugones y tan sólo queremos disfrutar de una buena película de fantasía? Pues que lamentablemente el señor Jones y compañía se ha olvidado de nosotros.
La elección del propio Duncan Jones resume lo mejor y lo peor que tiene la película: un director que es un jugador empedernido y se ha esforzado por lograr una simetría con respecto a la historia original casi inaudita (los más jugones reconocerán mil referencias hasta en los más pequeños detalles) pero a la vez es un realizador poco apropiado para tal envergadura, siendo su obra hasta la fecha mucho más intimista y reforzada en el aspecto narrativo  más que en el visual. Warcraft le viene ligeramente grande y la poca profundidad argumental (de la que Jones también es en parte responsable) propicia que el ritmo se le vaya de las manos, apabullando al espectador entre tanto derroche digital, estando todos más centrados en calcar planos del juego que en contar una historia.
Tampoco los actores están a la altura, aunque cuando la mayoría de ellos tiene un bagaje básicamente televisivo ya se entiende que la productora no ha apostado fuerte en este aspecto. El “vikingo” Travis Fimmel no posee ni un ápice del carisma de Viggo Mortensen al que parece querer imitar, Dominic Cooper no resulta en absoluto creíble como rey de un gran imperio y Ben Schnetzer y Ruth Negga simplemente dan pena. Solo Ben Foster trata de esforzarse un poco gracias al único papel que presenta una dualidad interesante (aunque mal desarrollada), el del mago Medivh, mientras que Paula Patton está muy desaprovechada bajo las capas de maquillaje (algo ridículo, como sucede con la mayoría de los personajes femeninos) y merced a un libreto poco esforzado.
A nadie se le escapa que el origen del juego estuvo muy influenciado por la obra de Tolkien, pero mientras que este ha logrado forjar su propia leyenda, posiblemente muy superior a la que originó El Señor de los Anillos en el terreno de los videojuegos, en cine la sombra de Peter Jackson es muy alargada. 
Hay demasiadas cosas en esta película que recuerdan a la trilogía ganadora de once Oscars, y en todas las comparaciones la obra de Jones sale perdiendo, haciendo que parezca casi una imitación de medio pelo cuando sus ciento sesenta millones de presupuesto indican lo contrario (un presupuesto que en algunos momentos luce espectacular mientras en otros flirtea con el ridículo). Cierto que hay momentos de gran brillantez, como los diseños de producción que recrean a Ventormenta o Dalaran o la recreación de algunos orcos y grifos, pero que no superan para nada, pese a la distancia en años, a Rivendel o el abismo de Helm, ni tampoco a los dragones o trolls de la saga de Jackson.
Warcraft es, sin duda, una fiel adaptación, pero nunca logrará empatizar con el público ajeno a la obra original por culpa de una historia que logra ser confusa pese a su simpleza y un desarrollo nulo de sus personajes. Ya he dicho que hay momentos en los que me aburrió, pero ello no fue motivado porque carezca de momentos de espectacularidad y buenas batallas (aunque no tantas como debería, pues el auténtico conflicto queda demasiado alejado), sino por la poca implicación a la que invita al espectador. 
No hay nada peor para una película que la muerte de personajes principales no emocionen al público, y eso es lo que sucede con Warcraft, hasta el punto que da igual lo que suceda en pantalla. Es como si a alguien a quien no le gusta el deporte le hacen ver una partido de fútbol de la segunda división inglesa: por bien que jueguen nunca llegará a interesarse. Eso sí, los verdaderos seguidores van a disfrutar como locos, aceptando a esta obra como a los cimientos de una saga que va a colmar sus expectativas.
Quiero hacer una última reflexión que posiblemente terminará por granjearme el odio definitivo de los que defienden fervorosamente el film argumentando los aplausos que ha provocado en sus primeras sesiones e insultando a los que no opinan como ellos. El año pasado “disfrutamos” de un estreno que también estaba basado en una exitosa obra previa. Los fans (las fans, en este caso) quedaron encantados y emocionados con la película y el primer fin de semana batió records de recaudación, llegando a emocionar a algunos e indignando a otros. Después de esa euforia inicial la taquilla cayó en picado y meses más tarde la película arrasó en los Razzie. No estoy diciendo que Warcraft sea comparable como película a Cincuentasombras de Grey, pero quizá como fenómeno no anden tan distanciadas.  
Y pese a lo que pueda parecer, la prueba de que no pretendo ir de hater es que no he querido referirme para nada al trasfondo misógino y xenófobo que he podido intuir.
Al final, creo que debemos ser un poco sensatos y dejar de lado las reacciones excesivamente apasionadas y radicales. Esto es cine de entretenimiento, y quien haya logrado conectar con la película debe felicitarse por ello y disfrutarla, mientras que quien, aun siendo degustador del cine de fantasía, se haya aburrido, pues peor para él. Yo soy del segundo grupo, y no siento ningún interés ante la posibilidad de una secuela de esta versión desganada y sin épica de El Señor de los Anillos, deshilachada y confusa (reconozco que hay muchas partes de la trama que no entendí, algo parecido a lo que me sucedió con la también flojeras Batman v. Superman) pero no por eso voy a odiar a quien le haya gustado. Al contrario, me voy a alegrar mucho por ellos.
Al fin y al cabo, esto es la magia del cine y no lo que hace ese tal Khadgar.

Valoración: cuatro sobre diez.

viernes, 10 de junio de 2016

NUESTROS AMANTES: el amor puede estar a la vuelta de la esquina.

Escrita y dirigida por Miguel Ángel Lamata, Nuestrosamantes es una pequeña joyita de nuestro cine, una de esas películas que se digieren poco a poco y que, más allá de su visionado inicial, dejan un agradable poso en el espectador.
Definida como una comedia romántica al uso, la película es mucho más, no siendo tan divertida en líneas generales de lo que cabría esperar pero evitando en todo momento la estupidez y la sal gruesa que suelen poblar muchas producciones similares. Al contrario, Nuestros amantes se caracteriza por unas líneas de diálogo magníficas y un juego de ajedrez dialéctico entre unos Eduardo Noriega y Michelle Jenner que están sensacionales.
La premisa es muy sencilla: dos desconocidos se encuentran casualmente y se proponen jugar mutuamente a iniciar una relación de amistad sin saber (ni querer saber) nada uno del otro. Dos libros en blanco por escribir, que, pese a derivar en un previsible (y obligado) final, recorrerán un camino por el que seducirán al público con inteligencia.
En una época en la que estamos acostumbrados a ir al cine a ver explosiones y grandes batallas cargadas de épica, resulta reconfortante poder refugiarse de vez en cuando en la sencillez de un film en la que una escena tan simple como dos personas caminando y hablando por un parque de Zaragoza resulta mucho más entretenida que las dos horas que dura Warcraft. Lamata consigue, con su guion, que nos sintamos cómplices de la historia entre Carlos e Irene a la vez que nos planteemos qué haríamos nosotros mismos de encontrarnos en su situación. Y todo ello sin perder en ningún momento la sonrisa.
Pero por encima de todo, aparte de la buena hora y media que uno pasa durante la proyección, el gran mérito de la película es que uno se lleva la historia consigo a su propia casa, recuperando escenas y diálogos en el futuro, en lugar de olvidarla apenas salir de la sala de cine.
Es Nuestros amantes una película fresca y dinámica, con cinco actores (no hay que olvidar las aportaciones pequeñas pero maravillosas de Gabino Diego, Amaia Salamanca y Fele Martínez) en estado de gracia, que te deja con ganas de más. Quizá carezca del ruido mediático de otras producciones españolas con gigantes televisivos en sus espaldas, pero merece la pena que se le dé una oportunidad y dejarse llevar por un cuento que, como poco, dará un poco de luz a nuestros corazones.
Enamorémonos de nuevo y brindemos, ¿cómo no?, por nuestros amantes.

Valoración: Siete sobre diez.

lunes, 30 de mayo de 2016

ALICIA A TRAVÉS DEL ESPEJO: más de lo mismo, pero peor.

Cuando en 2010 Disney se alió con Tim Burton para seguir explotando sus clásicos animados y convertirlos en personajes de carne y hueso el resultado fue una obra bastante dispar, cargada de excesos visuales y con los delirios característicos del Burton de los últimos años (un Burton en horas bajas pero capaz de mantener alguna de sus señas de identidad), el público respondió con entusiasmo. Sin terminar de ver  Alicia en el país de las Maravillas como una mala película tampoco le encontraba tantos argumentos para que esta superara la frontera de los mil millones de taquilla mundial, pero se suele decir que el público es soberano, y si el público decidió que Alicia en el país de las maravillas era una gran película, ¿quién soy yo para condenarlo?
Eso sí, siguiendo el mismo argumento, parece que la continuación del film, ya sin Burton a los mandos, está pinchando en taquilla, lo cual debería bastar para demostrar que hay chicles que no pueden estirarse en exceso.
Alicia a través del espejo, dirigida en esta ocasión por James Bobin, especializado en películas de los Muppets, continúa la historia varios años después de donde la dejara la anterior película, con una Alicia ya convertida en mujer que, no obstante, sigue sin saber cómo arreglar su vida en el mundo real. Refugiada de nuevo en el País de las Maravillas comprobará que su amigo el Sombrerero está muy enfermo y sólo volver atrás en el tiempo para salvar a su familia puede salvarlo.
Ya de entrada la premisa es una verdadera estupidez, convirtiendo a la heroína de la historia en un personaje impulsivo que está a punto de destruir toda la Realidad por unas motivaciones algo egoístas. Es lo que pasa cuando se trata el tema del viaje en el tiempo y se hace de manera frívola y sin más pretensiones que el simple divertimento, que o bien pierde coherencia la historia o lo pierde el personaje. Y en esta ocasión se han decantado por la segunda opción.
Con un Sacha Baron Cohen más comedido (y desaprovechado) de lo que cabría esperar, la película recurre a todos los personajes de la película de Burton, estropeando la esencia de algunos (como es el caso de la Reina de Corazones) e incluso pretendiendo justificar cosas que no necesitan justificación. Además, la necesidad de recuperar a todos los personajes le resta originalidad a la cinta convirtiéndolos en meras apariciones, sin el protagonismo que, en ciertos momentos, podían tener en la película de 2010. A cambio, también el personaje que interpreta Johnny Deep, pese a ser quien copa todos los posters promocionales, tiene menos participación de la que cabría suponer, y ello se agradece mucho.
Alicia a través del espejo está cargada de buenas intenciones e ideas aprovechables, tratando de mantener el espíritu de la obra de Carroll pero con una historia nueva que evoluciones y amplíe el universo. Sin embargo, lo hace de una manera tan torpe y poco imaginativa que termina aburriendo, no conteniendo (más allá del prólogo inicial de la persecución por mar, tan espectacular como inverosímil) apenas escenas dignas de ser recordadas. Bobin se limita a copiar todos los delirios que Burton ideó para su película sin innovar para nada, pareciendo que todas las decisiones nuevas tomadas fuesen erróneas.
Alicia a través del espejo se parece mucho a Alicia en el País de las Maravillas, pero sin el factor sorpresa ni la original frescura de aquella se convierte en una simple repetición, un espectáculo visual descafeinado que interesa poco y provoca el tedio por momentos.

Valoración: Cuatro sobre diez.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Análisis: LA GUERRA DE LOS SUPERHÉROES, PARTE DOS

El pasado mes de marzo escribí un artículo en el que valoraba muy a grandes rasgos lo que había sido el cine de superhéroes hasta la fecha con motivo a la gran cantidad de películas que se esperaban para este año, lo que suponía un verdadero duelo entre compañías y productoras.
Aunque todavía tenemos pendientes dos películas (y a priori muy interesantes) como son Suicide Squad y Doctor Strange, los dos platos fuertes ya han sido servidos y degustados. Dos películas, una de Marvel/Disney y la otra de DC/Warner que simbolizan muy bien lo que está sucediendo al otro lado de las pantallas. Dos películas “bélicas” sobre la titánica lucha entre dos colosos, tanto en la ficción como en la realidad. Y todo parecía suponer que la película vencedora de esa batalla sería también la que propiciara la victoria final en la guerra. En la de este año, al menos.
Me refiero a dos películas con una temática tan similar que, si hubiesen estado más distanciadas en el tiempo, casi se podría haber insinuado que una se hubiese inspirado en otra. Pero ya sabemos lo que son las superproducciones de Hollywood, que precisan de una preproducción de muchos meses en los que no caben ciertas improvisaciones de última hora. Se trata de un caso similar al que vivimos hace unos años con Objetivo:La Casa Blanca y Asalto al poder. Porque sí, más allá de las bases argumentales (que al fin y al cabo ya formaban parte de las sagas originales del comic que adaptan), Batman v. Superman y Capitán América: Civil War tienen una serie de puntos en común que resultan, cuanto menos, curiosos.
Pongámonos en situación: En ambos casos estamos ante una película en la que dos grandes héroes se enfrentan entre ellos por sus diferencias ideológicas, aunque luego resulta que de fondo hay un villano manipulándolos y dirigiéndolos. Un villano, por cierto, sin ningún tipo de superpoder más que su propio ingenio y resentimiento. Ambas tienen un final amargo, para nada acorde con las películas de super héroes, y sirven como excusa para presentarnos a nuevos personajes que en breve tendrán película propia. Incluso en ambos casos se utiliza la figura de la madre de uno de ellos como motor argumental (aunque con diferentes resultados).
Visto esto, las comparaciones entre ambas resultan inevitables. Y dada la importancia que cada film va a tener de cara al futuro de sus productoras, creo que es interesante llevar esa comparativa al extremo y analizar las coincidencias para dictar un veredicto a favor de una u otra. Una comparativa que, desde luego, estará cargada de spoilers, como no podría ser de otra manera. Al fin y al cabo, el tiempo que ha pasado desde el estreno de ambas lo justifica, creo yo.
Los que me conozcáis superficialmente podríais poner en duda que mi imparcialidadsea total, no en vano me confieso un Marvel Zombie, pero creo poder presumir de objetivo con sólo recordaros mi pésima valoración a 4 Fantásticos o mi reacción tibia a la reciente X-Men: Apocalipsis, mientras que confieso mi admiración por el Superman de Donner y me emocioné con la traslación a imagen real de Batman que hizo Tim Burton allá por los años noventa.
De todas formas, creo que este análisis debería interesar más a los aficionados al cine más alejados del mundo del comic que a los verdaderos fans, los cuales ya habrán sacado sus propias conclusiones (y he oído alegatos defensivos a favor de una u otra verdaderamente apasionados, por no decir radicales).
En cuestión de números la cosa está clara. Capitán América: Civil War ha ganado claramente. Siendo este su tercer fin de semana desde su estreno internacional (y tan solo el segundo de su estreno en Estados Unidos) ya ha superado la barrera de los mil millones, teniendo aún algo de recorrido para aumentar esa cifra. Batman v. Superman, sin embargo, se ha quedado en unos nada despreciables ochocientos setenta y un millones, que sin ser moco de pavo está muy por debajo de las expectativas que tenían sus productores. Se trata de un fenómeno similar al que sucediera con Spiderman 3 (esta sí arrasó en taquilla pero dejó unas sensaciones que provocaron la salida de Sam Raimi de la saga y el consabido reboot) y, más concretamente, con The Amazing Spiderman 2, el poder de Electro, cuyos resultados fueron más catastróficos (de nuevo los números fueron buenos, pero no lo esperado) y provocaron la cancelación de los contratos del director y protagonista y la liquidación de una saga con tramas inconclusas. 
Las primeras reacciones no han tardado en llegar: Zack Sneider en entredicho (dicen las malas lenguas que no ha caído de la silla de director de La Liga de la Justicia, parte uno porque no había tiempo material para buscarle sustituto; ya veremos qué pasa con la Parte Dos) y Ben Affleck (el gran triunfador de Batman v. Superman) ascendido a capitoste creativo (aparte de dirigir y guionizar The Batman también está ahora en tareas de producción y su presencia en Suicide Squad parece haber incrementado a última hora) y la creación de una productora derivada de Warner, DC Films, que, a imagen y semejanza de Marvel Studios, tenga el control creativo de las películas. Es decir, han aprendido de la competencia y sus películas la harán gente que sepa de comics, no de números. Además, se insinúan bailes de directores y deserciones en algún spin off como The Flash (y ya veremos qué pasa con Aquaman) y o mucho cambia la cosa o me atrevería a apostar a que nunca veremos una película de Cyborg en solitario. Ya veremos…
Pero, ¿qué pasa con el cine? ¿De verdad son tan diferentes Batman v. Superman y Capitán América: Civil War para haber provocado este cataclismo y estos debates tan intensos en las redes sociales? Pues desde mi personal punto de vista, sí. Ya analicé en su momento los motivos por los que creía que el film de Snyder fallaba, y mi opinión de la película de los Russo no pudo ser más elogiosa, pero sin las analizamos en conjunto la propuesta de DC cae aún más abajo, hasta el punto de que, de haberse estrenado con posterioridad a la de Marvel, dudo que hubiese llegado a merecer el simple aprobado por mi parte. Hasta tal punto ambas compañías son vasos comunicantes y lo que una haga afecta a la otra.
Warner se ha distinguido por querer diferenciarse siempre al máximo de las películas de Disney, prescindiendo de su sentido del humor y dotándolas de una oscuridad que han tomado por bandera. Imagino que el fracaso de Green Lantern y el éxito de la trilogía de Nolan habrán influido mucho en ello. En Marvel, sin embargo, se han atrevido a acercarse cuando convenía a esa oscuridad que otorga seriedad a una película de estas características sin por ello renunciar a sus señas de identidad. Capitán América: Civil War es la película más oscura de la saga hasta la fecha, y lo es sin renuncias a sus momentos de humor y entendiendo que esa oscuridad no debe ser literal. Se puede dar un tono sombrío a una historia sin necesidad de que todo suceda de noche y dotando de una insoportable amargura a todos sus personajes. 
Tras ver Civil War uno tiene la sensación de habérselo pasado bien, de que hay muchos momentos de humor y que hay mucha diversión intercalada con momentos de gran tensión y drama. Sin embargo, analizando bien a los protagonistas comprobaremos que chistes en boca del Capitán América hay muy pocos, absolutamente ninguno en el personaje de T’Challa y que El Soldado de Invierno solo se permite alguna broma cuando, a raíz de su incipiente amistad con Falcon, empieza a recuperar su humanidad. Esto es algo que se aprecia más analizando a fondo a Iron Man, sin duda el personaje que ha tenido mayor evolución a lo largo de toda la saga, y sus toques de humor son aquí más medidos y, en consonancia con la historia, van de más a menos. Todo muy coherente si recordamos los síntomas de ansiedad que ya demostraba en Iron Man 3 y que quedaron en el olvido (pasaban cosas más importantes) en Los Vengadores: la era de Ultrón.
Esto me hace recordar que, es tan redonda la película de los hermano Russo, que una de las pocas polémicas que ha generado es tan absurda como si el Capitán América merece formar parte del título o no. A mí me parece que sí, ya que la base de la historia continúa de los acontecimientos de sus películas, y de lo que va la historia es del enfrentamiento del Capi con el sistema, del conflicto del Capi con Iron Man y de la fe del Capi hacia Bucky/el Soldado de Invierno. Lo que sucede es que son tan autoconcientes de que esta película forma parte de algo mayor que se puede permitir arrastrar tramas de otros episodios, como es la relación que se empieza a intuir entre Wanda y Visión. Y es que esto es Capitán América, parte 3, pero también es Marvel, parte 13. En la acera de enfrente, sin embargo, el título sí repartía protagonismo, pero solo ahí. La confusión viene cuando Batman parece acaparar todo y es el que queda en el recuerdo tras visionar el film cuando el peso argumental, muerte incluida, recae sobre el papel en Superman. Esto por sí solo ya demuestra que algo no se está haciendo bien.
Indudablemente, a estas alturas entrar a valorar el trabajo de Sneyder y los Russo me parece casi insultante. Mientras el primero parece haber perdido toda la chispa y talento de sus primera películas (y no me vengan con cuentos de que el problema es del montaje, ya que un director debe responsabilizarse también de ese aspecto técnico del film) los dos hermanos le han cogido el pulso al cine de acción, con escenas espectaculares de grandes coreografías que quizá no sean tan plásticas visualmente como las de Joss Whedon en las dos Vengadores pero con un ritmo narrativo perfecto. Incluso el uso de la cámara en mano, nerviosa y algo confusa, de la escena de los Vengadores contra Crossbones (que en principio podría parecer la peor filmada) ayuda a crear esa sensación de caos y desconcierto que origina la catástrofe final.
Pero quizá lo más inteligente de Capitán América: Civil War haya que encontrarlo en su villano. Comedido y sin estridencias, esta versión de Zemo que poco tiene que ver con el de los comics tiene los mismos propósitos que el Luthor de Eisenberg, solo que él lo sabe hacer bien. Puede haber algún momento pillado por pinzas (toda película de superhéroes requiere de algún salto de fe), pero su plan es inteligente y consecuente con su historia, no como las absurdas ideas de Luthor, sin una motivación clara y con sensación de terminar improvisando a lo loco. 
Aplaudo, sobretodo, el falso giro final. En Batman v. Superman se siguen a rajatabla el guion más tópico y previsible de dos héroes enfrentados que deben unirse en pos de una amenaza mayor. En Capitán América: Civil War todo conduce al mismo camino, al momento en que el Capi e Iron Man hacen las paces para enfrentarse a los cinco Soldados de Invierno, en una hipotética batalla espectacular y destructiva final. Pero no, no va de esto la historia. Los cinco Soldados de Invierno son sólo un inteligente mcguffin para que el duelo final sea, como tiene que ser, entre los dos héroes. Y ahora sí que es una pelea brutal y sin compasión, dolorosa y amarga. Como lo era la de Batman y Superman con la salvedad de que allí se producía en mitad de la película, dejando para el final lo peor de la trama, y se solucionaba de manera absurda como buenos amigos.  Me pareció muy valiente por parte de los guionistas que la escena que todo el mundo esperaba ver, la del enfrentamiento entre todos los protagonistas en el aeropuerto, sea en mitad del metraje, como recordándonos que por más espectacular que pueda parecernos, no es eso lo importante del film. Y por esto, volvemos a lo mismo, esto no es una peli de Vengadores, sino del Capi.
Y también eso es lo que justifica que casi todo el humor de la película recaiga en esa escena. Porque a no ser esto en realidad un enfrentamiento entre héroes (son solo las circunstancias las que posicionan a cada uno en su bando correspondiente) no se pretende hacer sangre con el conflicto. A alguno de ellos, como es el caso de Spiderman u Ojo de Halcón, la cosa ni les va ni les viene. Precisamente la pugna entre Clint y la Viuda Negra lo define a la perfección: “¿Aún somos amigos, no?” le pregunta ella en plena pelea. “Depende de cuánto me pegues”, responde él. Y la pugna termina con la intromisión de Wanda, que le recrimina a él que está siendo demasiado blando. Un diálogo que puede parecer un simple chiste pero que define muy inteligentemente lo que está sucediendo: una lucha entre gente que no quiere hacerse daño entre sí.
Hablando de diálogos inteligentes: con qué efectividad se describe la situación de Tony Stark tras la presentación de su programa de becas. Dos simples frases con su asistente nos informa de su situación actual, y la conversación posterior en el ascensor define su último paso evolutivo que lo definirá en esta película.
Y este es otro aspecto en el que este film prevalece sobre el de Warner: la motivación de personajes. Aquí se toman su tiempo en definirlos y mostrarnos sus pensamientos. Tanto es así que conozco gente que al final de la película defendían a muerte la postura de Stark y odiaban a muerte al Capi, otros que pensaban justo al contrario y algunos que entendían a ambos y ponía a los altos estamentos como los malos del conflicto. Y aquí se aprovecha para lanzar un mensaje de hipocresía ante un gobierno acostumbrado a ejercer de mediador todopoderoso en todo conflicto que le interese sin tener que justificarse. 
No en vano la imagen de la “cordura y la sensatez” recae en Thunder Ross, el tipo que arrojó a la Abominación en medio de Nueva York para detener a Hulk. Claro que cuando argumenta que dos pesos pesados como el propio Hulk y Thor están en paradero desconocido uno también tiende a comprender su postura. Y en esa ambigüedad entre quien tiene razón y quien no (al final todos la tienen y todos se equivocan, incluso con Zemo es fácil empatizar) está el gran acierto.
¿Alguien sabe realmente porqué se pegan Batman y Superman? ¿No se os ocurre mil formas de actuar diferentes de cada uno (sobre todo de Superman, que como ya se vio en El Hombre de Acero, esto de tomar decisiones bajo presión no es lo suyo) para evitar el conflicto?
Y sobre las motivaciones y los sentimientos hay también dos escenas muy definitorias que parecen calcadas aunque digan cosas muy diferentes: Wayne abrazando a una víctima y mirando al cielo (a Superman) con odio y Stark abrazando a una víctima y mirando al cielo (a la huida del Capi, pero más allá, casi al infinito) con angustia y dolor. La primera marca el momento en que Batman decide que Superman es una amenaza. La segunda refleja cuando Iron Man se da cuenta de que han cruzado una línea y ya no hay marcha atrás. Chapó para las dos.
En fin, que si a alguien no le convence todo lo que estoy diciendo y no comparte la superioridad de la peli del Capi sobre la de Batman, le daré un último y definitivo argumento: Spiderman.
Wonder Woman mola, no diré que no. Y consigue algo parecido a lo que se hace con Black Panther, que esté deseando ver sus películas cuando a priori no me interesaban para nada sus personajes (aunque en el caso de la pantera hay un desarrollo de personaje que te permite conocer lo mínimo sobre él que no sucedía con la amazona), pero Spiderman… Spiderman es otra cosa.
Admito que su participación en la trama sea lo más forzado de la película (y la única crítica real que puedo hacerle al guion), pero está claro que es un caso evidente de “el fin justifica los medios”. ¿Qué pinta Spidey en medio de este fregado (sobre todo cuando Stark, que va contrarreloj, se permite viajar de Berlín a Queens para reclutarlo, le hace un nuevo uniforme y regresa con él a Berlín)? Absolutamente nada, lo admito. ¡Pero cuanto juego da! Si nos fijamos en la parte más desenfadada del film Spidey es el verdadero protagonista, robando escenas a todos los que están a su alrededor y haciéndonos creer que de verdad, ahora sí, vamos a ver al auténtico Spiderman en cine. Porque si alguno piensa que su participación es demasiado cómica dejadme que os asegure (y os lo dice alguien que ha leído absolutamente todo lo que se ha publicado del trepamuros hasta la fecha) que este sí es el auténtico Spiderman. Absolutamente perfecto en todos los sentidos, como Peter y como enmascarado. Como habla, cómo se mueve, cómo lucha… Lo han clavado, en serio.
Y ofrece otro punto a comparar con Batman v. Superman: los tráilers. Hasta en eso fallaron en DC, que enseñaron demasiado sin reservarse ninguna sorpresa para el final. Cierto que a muchos nos hubiese gustado más ver por primera vez a Spidey en la pantalla de cine, pero al menos hay que decir que su presencia en el tráiler (y su ausencia en todos los carteles promocionales) invitaba a pensar que su participación sería más bien testimonial. Incluso la batalla del aeropuerto se suponía cutre y pandillera por lo visto antes del estreno.
Hay en Capitán América: Civil War algunos detalles que casi parecían dirigidos directamente a la competencia. La perfecta presentación de Peter Parker sin mencionar a su tío Ben muerto ni usar flashbacks para contar una historia que todos sabemos y que tampoco es vital para la historia contrasta con la innecesaria escena inicial de Batman v. Superman reincidiendo en la muerte de los padres de Bruce Wayne. Una muerte que, por cierto, provoca la amistad entre los protagonistas por la coincidencia (el truco de guion más estúpido que he visto nunca en una película seria) de que la madre de ambos se llamaba Martha. En Civil War, la muerte de los padres de Stark es, en cambio, lo que provoca las diferencias irreconciliables al final de todo. Y hay una escena curiosa en la que el Capi y Falcon interrogan al Soldado de Invierno en la que este, para demostrar que tiene el control sobre su muerte, explica detalles personales de su pasado con Steve Rogers. Cuando comienza diciendo: “tu madre se llamaba Sarah”. Hubo pequeñas risitas en el cine. ¡Menos mal que no dijo Martha! Y cuando al final de la secuencia Falcon comenta: “¿Dos cosillas y ya nos llevamos guay?”, ¿no os pareció una pulla directa a la peli de Snyder”?
En fin, estas son mis conclusiones sobre estas dos obras “agermanadas” en su rivalidad que me apetecía compartir con vosotros. Entiendo que muchos no estéis de acuerdo con ellas, pero si Capitán América: Civil War trata sobre el debate y las opiniones contrapuestas, las críticas de la película deberían seguir el mismo camino, ¿no?
Y si queréis, ya sabéis, cometarios aquí o en Facebook siempre serán bien recibidos. En breve llegará Suicide Squad y un par de meses después Doctor Strange, pero ya no será lo mismo, ¿verdad?

sábado, 21 de mayo de 2016

X-MEN: APOCALIPSIS: síntomas de agotamiento mutante.

Seguimos en plena vorágine de blockbusters basados en superhéroes con el cuarto estreno comiquero en lo que llevamos de año (y aún quedan dos) y seguimos con la tónica de unos resultados muy irregulares, un regusto a película fallida y unas críticas muy enfrentadas.
Con todo, la mayoría de opiniones son más bien tirando a flojas, algunas que la califican incluso de desastre total. Y, la verdad, no creo que la última entrega de los X-Men sea para nada una mala película. Lo malo es que tampoco se puede calificar como buena.
X-Men: Apocalipsis adolece de los mismos errores que se están repitiendo con demasiada frecuencia en este género: planteamientos interesantes y bien desarrollados que derivan en finales vacíos y poco inspirados, meras muestras de destrucción donde se olvida la construcción de personajes o las motivaciones intrínsecas de cada uno. Y eso es algo que se comprueba en las propias interpretaciones de los actores. Michael Fassbender está magnífico en todas las escenas iniciales, en las que trata de huir de lo que es y del pasado que lo estigmatizará de por vida pero parece actuar con el piloto automático en cuanto se disfraza de Magneto y empieza a lanzar objetos metálicos por el aire.
Se ha acusado a la película de tener un guion absurdo e incomprensible, y ciertamente debo reconocer que yo mismo no entendí de qué iba la película. No, no me refiero a que no se entienda la trama argumental, sino que el problema está en el fondo. Como en los recientes films de Zack Snyder cuesta comprender las motivaciones de un villano más que la destrucción más simple y primigenia, y no digamos ya de sus cuatro acólitos, que si actúan corrompidos por el poder o por decisión propia nunca termina de quedar claro.
Puede que el principal problema de Bryan Singer (al cual, seamos justos, nunca se le podrá agradecer lo suficiente lo que hizo por el género con las dos primeras entregas de la saga), es que no tiene el talento suficiente para controlar un escenario tan amplio. 
Esta es, posiblemente, la entrega de la saga en la que más mutantes aparecen, y el reparto de protagonismo está muy descompensado. Lejos de lo que fueron capaces de hacer Joss Whedon con Los Vengadores o los hermanos Russo en Capitán América: Civil War, Singer no es capaz de hacer brillar a sus mutantes como merecen, de manera que algunos son simples comparsas que no llegan a lucir nunca como merecen. 
Es el caso de una desaprovechada Tormenta, una Mariposa Mental cuyo único cometido parece ser demostrar lo bien que luce Olivia Munn el uniforme, o una Bestia que hace poco más que pegar saltos y gruñir a cámara. Y no es exactamente que no hagan nada durante la película, sino más bien que dejan la sensación de que no lo hacen, ya sea porque no se sabe dar buen uso de sus habilidades o porque lo que hacen es tan funcional y poco espectacular que uno olvida rápidamente sus escenas de lucimiento. Algo parecido me pasa con Ángel, que ni siquiera entiendo porqué Apocalipsis lo incluye como uno de los mutantes más poderosos.
Mención aparte merece Mística, un personaje que ha quedado demasiado hipotecado a la fama de su actriz que obliga a que sea centro de atención y líder del equipo (¿pero no era mala?) aunque tampoco se le vea hacer nada relevante en toda la película.
Puede que X-men: Días del futuro pasado mostrase ya los mismos síntomas de agotamiento y falta de talento para orquestar una película tan coral, estando la mayor parte de las críticas negativas centradas en el nulo desarrollo de personajes en el futuro, pero al menos ahí estaba claro que los protagonistas de verdad estaban en el pasado, con el trío Xavier, Mística y Magneto en el centro, Lobezno de artista invitado y Mercurio como cameo estelar (Bestia está, otra vez, de simple comparsa). Pero está claro que eso no es lo que Singer pretendía en esta nueva entrega.
También chirría un poco el tema del reparto, en el que los veteranos demuestran cierta desidia (Jennifer Lawrence está aquí o bien obligada por un contrato o bien por ganar algo de dinero fácil, porque lo que se dice interpretar, interpreta bien poco) mientras que los nuevos no terminan  de tener el carisma necesario. También debo confesar que quizá tenga un problema personal con la nueva Jean Grey, ya que a Sophie Turner ya no la trago ni en Juego de Tronos, así que quizá no sea demasiado objetivo con ella.
Otra cosa que, por cierto, me saca del film es su cronología. Es simpático, original incluso, que cada una de las secuelas suceda en una década diferente de nuestra historia (aunque las referencias históricas en esta se pierden a mitad del metraje), pero ¿de verdad tenemos que creer que Evan Peters tiene casi diez años más que en X-Men: Días del futuro pasado y que para Jennifer Lawrence, James McAvoy, Michael Fassbender o Nicholas Hoult han pasado cerca de veinte desde X-Men: Primera generación?
Soy consciente de que sólo estoy diciendo cosas malas de la película cuando he empezado diciendo que no es mala. El caso es que hay también cosas buenas en X-Men: Apocalipsis, pero todas ellas son en el aspecto visual. Hay momentos espectaculares, la escena de Mercurio vuelve a ser la más recordada y no provoca aburrimiento en ningún momento. Incluso hasta se hace un poco corta. Lo que pasa es que cuando se está ante la sexta entrega de una saga (sin contar las dos de Lobezno y Deadpool) que empieza a ir cuesta abajo. X-Men: Apocalipsis es posiblemente la más floja de las seis (sí, a mí X-Men: La decisión final me gustó más, ¿qué le voy a hacer?) e invita a pensar que quizá sea el momento de que Singer deje el puesto a otro director que llegue con fuerzas renovadas y de un nuevo aire a la saga (tal y como hiciera Matthew Vaughn en X-Men: Primera generación).
En resumen, que la nueva entrega de X-Men es una de esas películas para no pensarlas demasiado, que se disfrutan en la sala de cine pero totalmente intrascendentes y olvidables en cuanto termina la proyección.
La pregunta es: ¿Hasta cuándo piensan estirar un chicle que ya ha perdido su sabor? Posiblemente, hasta que Hugh Jackman (innecesaria aparición que, no obstante es de lo mejor de la película) quiera. Sin él los X-Men no son nada. O eso parecen creer sus productores…

Valoración: Cinco sobre diez.

martes, 17 de mayo de 2016

LA BRUJA, inquietante recuperación del mito.

Cuando parecía que ya no cabría un hilillo de esperanza por el cine de terror llega el señor Robert Eggers y debuta en el mundillo del cine con esta angustiante película para nada convencional que sin duda dividirá a la afición, haciendo que muchos se rindan ante su aterradora visión de la Nueva Inglaterra del S. XVIII mientras otros tantos odien la película y su abrupto final.
La Bruja no es, desde luego, terror al uso. No busca Eggers sustos fáciles con primeros planos repentinos y manipulando al personal con subidas aleatorias del volumen de la música. Él prefiere cocinar la historia a fuego lento, dejar que sea el propio espectador quien se inquiete ante lo que está sucediendo, aún sin saber a ciencia cierta si lo que se ve en pantalla es real o producto de la imaginación de sus protagonistas.
Una familia puritana es expulsada de su colonia por las diferencias del padre de familia con respecto a la iglesia del lugar y deben apañárselas para vivir de una tierra árida aislados de todos y a escasos metros de un tenebroso bosque. La desaparición del bebé de la familia les hará sospechar de la presencia de una bruja oculta cerca de ellos, pero sucesos posteriores les inducirán pensar si no será uno de ellos el responsable de todo el mal que les corroe.
Centrándose en una fe que raya el fanatismo pero que no por ello rehúye de las mentiras y de cierta hipocresía, La Bruja posee una atmosfera insana jugando con elementos tan útiles como las canciones de los hijos mellizos o las tímidas miradas lascivas del pequeño Caleb a su hermana Thomasin, verdadero centro de interés el film.
Con una muy cuidada ambientación y una música que trasmite toda la soledad y la desesperación de los áridos campos de cultivo (filmados en realidad en Canadá), es la joven protagonista, Anya Taylor-Joy, quien brilla con luz propia. Con apenas veinte años, esta jovencita de Miami pero de origen argentino prácticamente debuta en la pantalla grande, aunque se le acumulan ya los proyectos. Sin duda su interpretación de Thomasin, una chiquilla asustada pero de rabia acumulada, una especia de Lolita colonial, es de lo mejor del film y merece todos los elogios que se le puedan hacer, aunque en realidad nadie del mínimo reparto parece estar de más y todos forman una familia homogénea y maltratada, tanto por las circunstancias como por ellos mismos.
No es terror al uso, insisto, y muchos se van a sentir decepcionados. El truco está en dejarse llevar por la historia, en aceptar el juego que Eggers propone y quedar atrapados por las redes el fanatismo y la obsesión que, a la postre, es lo que provoca el verdadero temor, más allá de los entes sobrenaturales o las brujas en las que, según se dicen, se han basado para esta historia.
Perturbadora, inquietante y malsana. Pero a la vez, deliciosa.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 15 de mayo de 2016

ESPÍAS DESDE EL CIELO: Espionaje moderno

Ya en la época de la Guerra Fría y, sobretodo, a raíz de la Crisis de los Misiles se puso muy de moda la expresión de que las guerras ahora se desarrollaban en los despachos. Hoy en día esa afirmación es una aterradora verdad y Espías desde el cielo es la mejor prueba de ello.
Cuando una operación de vigilancia y extracción a un grupo terrorista en Nairobi cambia repentinamente cuando a través de un dron controlado a distancia el gobierno británico descubre que se está planeando un atentado con chalecos bomba. La situación exige una respuesta inmediata, pero las trabas jurídicas y burocráticas y la necesidad de reducir los daños colaterales ralentizan todo el proceso.
Este es el punto de partida de Espías desde el cielo, en la que el intento de asesinato de algunos de los terroristas más buscados se puede producir desde una habitación cerrada desde donde los dos pilotos controlan el dron. Cuando una niña que vende pan se coloca en la zona de impacto el piloto se negará  a efectuar el disparo si no se recalculan los daños colaterales, y así da comienzo el debate extensible al propio público: ¿es lícito eliminar una vida inocente con la supuesta posibilidad de salvar las de muchas más?
Con este planteamiento Espías desde el cielo, pese a contener ataques de un país a otro, misiones de espionaje, mandos militares dando órdenes, soldados ejecutándolas y misiles apuntando, es más que una simple película bélica transformándose casi en un film de suspense, una historia a contrarreloj cargada de tensión donde urge tomar una decisión.
El gobierno, el fiscal, los servicios jurídicos, los aliados… todos se pasan la pelota incapaces de tomar una decisión no sólo amparada por la simple duda humanitaria de matar a una niña por un bien mayor, sino por el egoísta instinto de autodefensa. Una frase referida a los medios de comunicación define el conflicto: “Si ochenta personas mueren en un atentado, los malos son los terroristas; si muere una niña por evitarlo, los malos somos nosotros”. O algo así.
Con una relativa sencillez en su puesta en escena (sencilla pero eficaz, una agradable sorpresa ya que estamos ante Gavin Hood, el director de la desastrosa X-Men  Origenes: Lobezno y la fallida El juego de Ender) y unas interpretaciones a la altura de lo esperado debido a lo glamuroso de su reparto (Helen Mirren, Aaron Paul, Berkhad Abdi, Ian Glen o el propio Hood), la película es también la despedida de un gran intérprete, Alan Rickman, que dejando de lado su voz en Alicia a través del espejo nos ofrece aquí su último trabajo fílmico.
En resumen, una película intensa, inteligente y emocionante que plantea un debate muy real y actual y lo comparte con el espectador para que siga buscando respuestas una vez finalizado el film, planteado de una manera que evita con fortuna el maniqueísmo o la moralina barata.

Valoración: Ocho sobre diez.

ANGRY BIRDS: Absurda locura

Este año va a estar caracterizado, entre otras cosas, por dos nuevos intentos de conseguir adaptar con éxito un videojuego. Me estoy refiriendo a la inminente Warcraft y a la esperada Assassin’s Creed. Sin embargo, mientras llegan estos estrenos, se ha colado en la lista Angry Birds, la adaptación en dibujos animados del popular juego para móvil que arrasaba hace unos años llegando a convertirse en todo un fenómeno social.
De la mano de Sony, Angry Birds es una lujosa producción que cuida con todo lujo de detalles una animación magnífica que nada tiene que ver con esa patochada de la semana pasada, Ratchet and Clank, pero en la que no han andado tan finos en cuestiones de guion.
Con el sencillo juego como punto de partida no es que haya mucho que explicar sobre un argumento que básicamente explica cuál es el origen de la rivalidad entre pájaros y cerdos y busca excusas para conseguir escenas que parezcan calcadas a las partiditas que todos conocemos. A partir de ahí, la trama, con unos personajes demasiado planos y poco definidos, y un ligero toque de moralina (el clásico inadaptado que termina alzándose como el héroe de la historia), avanza a trompicones más centrada en una sucesión más o menos afortunados de gags que de otra cosa.
Sin embargo, y pese a los palos que está recibiendo por parte de la crítica, lo cierto es que tiene una acción tan frenética y delirante que a mí me ha hecho bastante gracia. Todo es un locurón absurdo y hasta estúpido, pero si vamos a ver una película sobre pájaros que no saben volar y cerdos de color verde, ¿qué nos podemos esperar?
Los directores, Clay Kaytis y Fergal Reilly, quizá conscientes de que la historia no daba para mucho, han dotado a la película de una velocidad demencial, casi desquiciante, que puede provocar epilepsia en los niños más sensibles pero que ayuda a que para el resto sea un espectáculo hipercolorista y algo violento, al viejo estilo de los Looney Tunes, que convierten la película en una errática montaña rusa que cumple su propósito de entretener y provocar algunas risas.
Y, por cierto, donde otros han querido ver una ofensivo desprecio contra la inmigración yo he visto una crítica a los abusos de colonialismo, pero, bueno, allá cada uno con lo suyo…
En fin, una tontería sin muchas pretensiones, aunque de generoso presupuesto, todo hay que decirlo, pero que se disfruta bastante bien. Aunque parece que eso solo me está pasando a mí… Y eso que yo soy más del Candy Crush…

Valoración: Seis sobre diez.

FREEHELD: Amor e igualdad

Escasas semanas antes del estreno de Freeheld la joven actriz Ellen Page decidió realizar un comunicado de prensa comunicando su condición homosexual. Ahí puede estar la respuesta a porqué la protagonista de Juno ha decidido iniciarse como productora y hacerlo precisamente con una película con un claro alegato en favor del derechos de los homosexuales a ser tratados igual que los heteros. En favor de la igualdad, como diría el personaje que interpreta Julianne Moore.
Con la espléndida Carol tan reciente, uno podría esperar de Freeheld una nueva historia de amor entre dos mujeres que no aporte nada nuevo al panorama. Si añadimos a la ecuación la presencia de una enfermedad terminal la cosa ya apunta al melodrama más insoportable, con la endeble Siempre Alice, también protagonizada por Moore, en el recuerdo. Sin embargo, con el guion de Ron Nyswaner y la dirección de Peter Sollet la historia consigue ser más que un simple panfleto televisivo para convertirse en una película muy emotiva, que toca la fibra cuando es preciso sin renunciar a sutiles puntos de humor y cuyo principal acierto es en saber repartir el protagonismo entre varios personajes, de forma que el foco no está constantemente pendiente en la relación entre Stacie y Laurel, las mujeres a las que dan vida Page y Moore, permitiéndose incluso incluir un caso policial como telón de fondo.
Freeheld es la historia real de Laurel Hester, una brillante sargento de policía enfrascada a mediados del 2002 en un caso de asesinato junto a Dan Wells, al que pone rostro Michael Shannon, su compañero y amigo de toda la vida al cual, sin embargo, nunca se ha atrevido a confesar sus inclinaciones sexuales, no sólo por el temor a sus posibles prejuicios sino por preservar sus derechos en una sociedad (y una profesión) donde si ser mujer ya representa un obstáculo por sí mismo, el ser lesbiana es casi una carga imposible de llevar. Sin embargo, cuando Laurel conoce a la joven Stacie Andree surge entre ellas un amor que la obligará a bajar sus defensas y confesar su verdad, más cuando deciden comprarse una casa juntas y constituirse como pareja de hecho. 
Sin embargo, cuando detectan en Laurel in cáncer incurable, la sargento empleará todas sus fuerzas en conseguir que a su muerte Stacie tenga derecho a cobrar una pensión que le permita mantener su casa, algo lógico si fuesen un matrimonio pero que la junta de Freeholder le niega repetidamente.
Puede que la película sea, finalmente, una declaración de intenciones en defensa de los derechos de los gays, representada sobretodo en la figura de Steven Goldstein, un abogado judío gay que convierte el caso de Stacie y Laurel en una cruzada personal, pero es mucho más que eso. Con el deterioro de Laurel en segundo plano (y sin pretender recrearse en exceso en la enfermedad), la verdadera lucha de las protagonistas es mucho más simple: quieren igualdad, quieren ser tratados como un matrimonio más, quieren una pensión. Sólo eso. Por eso Freeheld es además un relato de amor incondicional, de un amor de esos que sólo la muerte es capaz de romper. Y es, además, un relato de amistad centrado en el apoyo del compañero policía. Y de dignidad, en forma de Todd, otro policía homosexual incapaz de enfrentarse a su verdad. Y de cobardía, radicalismo o integridad, según a qué miembro de la junta echemos el ojo.
Por eso, por todas las miguitas que la historia va repartiendo, por ese protagonismo compartido que no llega a hacer de esta una película coral pero permite que la mirada vaya más allá de solamente la lucha aislada de ellas dos, es por lo que esta película es mucho más que una simple Love Story homosexual, como a simple vista podría parecer.
No es un film redondo, por supuesto, pero logra emocionar sin caer en la ñoñería, y con eso me vale.

Valoración: Siete sobre diez.

jueves, 12 de mayo de 2016

NACIDA PARA GANAR: deshilachada comedia caduca.

Si hay dos actrices que pueden presumir de estar ante un magnífico momento profesional, estas son, sin duda Alexandra Jiménez y Belén Cuesta, prácticamente omnipresentes en las carteleras españolas en los dos últimos años.
En esta ocasión es turno de la primera, que vuelve a ser la protagonista de una comedia bastante simpática donde casi todo el peso recae sobre ella aunque son las aportaciones de los secundarios los que permiten que Nacida para ganar suba la nota.
Estamos ante el último trabajo de Vicente Villanueva, una burla de la sociedad de consumo en la que vivimos representada a través de Encarna, una chica de Móstoles encerrada en una vida anodina (casada en secreto con su antiguo profesor de literatura, muchos años mayor que ella, y condenada a trabajar de por vida en una tienda de colchones) y acomplejada por el famoso (aunque no sé yo si olvidado ya) gag de Martes y 13 sobre Encarna de Noche y las empanadillas de Móstoles, a la que se le presenta una oportunidad de enriquecerse fácilmente que la cegará y estará a punto de arrojarla por el abismo.
El principal problema que tengo con esta película, aparte de que no termina por ser tan disparatada como pretende, es que su historia está algo desfasada. Más allá del tema recurrente de Martes y 13, toda la trama gira en torno a los negocios piramidales, esas estafas tan populares hace un par de décadas que, si bien siguen existiendo hoy en día en otros formatos, han quedado desfasadas, al menos tal y como lo explica la historia. En la época de Internet y los negocios online, que se nos presente un mega negocio como el de la película basado en el boca a boca y la puerta fría parece poco creíble, no sólo desde el punto de vista del espectador sino también para los propios protagonistas. Que nadie busque, por ejemplo, opiniones sobre la empresa que pretende cambiar la vida de Encarna a través de Google se me antoja un poco, como menos, extraño. Y la presencia de Las Supremas de Móstoles triunfando or todo lo alto o tener a Antonio Hidalgo como maestro de ceremonias en una lujosa presentación sólo confirma mis palabras. Me llama la atención cuando en un momento dado el presentador dice algo como: “con el dinero que se gana aquí estoy planteándome dejar la tele”, y uno no puede evitar preguntarse: “pero, ¿todavía sale en la tele, este hombre?” Estamos ante una historia que llega quince años tarde.
Con todo, si dejamos la suspensión de la incredulidad de lado, la trama es simpática, sigue los esquemas clásicos con sus bajones dramáticos cuando todo se tuerce y el desenlace frenético y exagerado y cuenta, sobre todo, con una Victoria Abril interpretándose a sí misma que demuestra tener un gran sentido del humor y tiene, en esta auto parodia, la mejor baza de la película.
Algunos aciertos se entremezclan con decisiones argumentales dudosas que confieren a la película un empaque irregular, que permite que se pueda disfrutar durante su visionado pero que no deje demasiado poso tras el mismo.  Una lástima, pues aspiraba a mucho más, pero seguramente en unos meses ni recordaré haberla visto.

Valoración: Cinco sobre diez.

LA VENGANZA DE JANE: un western demasiado lineal.

Curiosa propuesta producida por la propia Natalie Portman y que confirma que el género del western vuelve a estar muy de moda, aunque sea a través de películas pequeñas que deban aprovecharse de su paso por festivales o a eventos como La fiesta del cine para poder ser algo visibles.
Dirigida por Gavin O'Connor, La venganza de Jane narra la historia una mujer con un doloroso pasado que se verá atrapada en medio de una violenta confrontación con la antigua banda de maleantes a la que perteneció su marido y ante sólo podría tomar dos decisiones: huir o enfrentarse a ellos aunque eso le suponga abrir viejas heridas.
Si algo hay que reprocharle a la película es su trama demasiado lineal. 
Pese a estar contada en dos líneas temporales, de forma que conocemos lo que le pasó a Jane mediante flashbacks, la trama en sí es demasiado sencilla, carente de algún giro que aporte algo de emoción a la misma. Los malos rodean a Jane en su propia casa, nos explican la relación que tenían entre ellos en el pasado y hay un combate final. Sin espacio para las sorpresas.
Pese a todo, las buenas interpretaciones, el tono dramático con tintes de romance y la buena ambientación hacen que esta película, que además de la Portman cuenta con la participación de Joel Edgerton y un irreconocible Ewan McGregor, hacen que la película se deje ver con simpatía, resultando ser tan interesante como fácilmente olvidable.

Valoración: Cinco sobre diez.