Llega por fin uno de los momentos más esperados, una de esas maratones
donde la hipotética calidad de las proyecciones queda en segundo plano en pos
de un buen puñado de horas de sangre y vísceras que consigan mantener a la
audiencia despierta y con ganas de aplaudir cualquier chorro escarlata que
empape la pantalla.

Continúa la noche con otro corto, Zero,
que pretende ofrecer una mirada sería y dramática al tema. Sinceramente, para
aburrirnos viendo gente apenadas alrededor de un muerto viviente ya tenemos la
segunda temporada de Walking Dead.
Y entre aplausos y vítores empieza la maratón en sí con la esperada Wyrmwood, otra vez desde Australia, que
ha sido definida como una especie de Mad
Max con zombies. Tras un brote de una epidemia que transforma a la gente en
caníbales, Barry trata de atravesar el país junto a otros supervivientes en
busca de su hermana sin saber que ella es prisionera del ejército para ser
sometida a experimentos y análisis de clara inspiración nazi. No será un alarde
de originalidad, pero responde a lo que el público espera de ella, con un héroe
torturado que arrasa con todo para salvar a su hermana, golpes de humor muy
salvajes, mucho cachondeo, cabezas reventada y algún que otro momento cumbre que
provoca aplausos entusiastas en las gradas.


Y
a Dios gracias, pues Life after Beth ha
resultado ser de lejos la mejor de la noche. Sin duda se trata de la menos
cachonda, gore y friki de todas, aunque algo de las tres cosas tiene, pero
posee además una sensibilidad y una emotividad poco dada a este género.
Concebida como un drama adolescente indie, Life after Beth podía ser el reverso serio y romántico de Burying the ex, pues ambas parten de la
misma premisa: una chica muere y regresa de la tumba para poder continuar su
vida junto a su enamorado. Aquí entran en juego los padres de ella, que
empeñados en que se trata de una milagrosa resurrección (no quieren saber nada
de la palabra zombie) piensan que retenerla encerrada en casa bastará para que
la vida vuelva a ser normal para todos ellos.
Destacando el enfrentamiento entre los brillantes John C. Reilly y Dane
DeHaan, la película alterna momentos dramáticos de extrema dureza con
situaciones tan desquiciantes como divertidas, siempre con inteligencia,
consiguiendo que la trasnochada haya valido la pena.
Y ahora sí, a dormir un poquito que son ya las siete y media de la mañana
del domingo y llevo desde las diez del viernes en pie. Y en unas horas, la
maratón sorpresa.
Mañana os cuento.
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