Lo
mejor que se puede decir de esta película es que es brutalmente sincera y autoconsciente
de lo que es y de lo que aspira a ser.

Y
es que analizando la película se podría comentar el buen trabajo del director
del remake de Asalto al
Distrito 13, Jean-François Richet, la buena química entre Erin Moriarty
(vista en Jessica Jones) con su
padre, las interesantes aunque breves aportaciones de Michael Parks y William
H. Macy o la escasa aportación de Diego Luna, lo más flojo del film, pero la
verdadera alma del film, el motor que mueve la película y que da verdadero
sentido a todo el invento es Mel Gibson.

Pese
a los años perdidos, Gibson demuestra aquí que no ha perdido un ápice de su calidad
interpretativa ni su carisma, mejorando si cabe con un trabajo de contención
donde la locura y desesperación que tan bien sabía reflejar con sus aspavientos
y arranques de rabia se condensan ahora en una simple mirada.
Blood father es, para bien y para mal, Mel Gibson. Un Gibson es
estado puro, un Gibson recuperado, inconmensurable y que a la postre es quien
sostiene toda la historia a sus espaldas.
Una historia de violencia pero,
también, una historia de segundas oportunidades, de reencuentros familiares y
de la importancia de saber elegir las opciones correctas en la vida.
Valoración:
Siete sobre diez.
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