Cuando
en el 2013 Martin Scorsese firmó El lobo de Wall Street, poco podía imaginar que estaba poniendo de moda un nuevo género
cinematográfico.

Barry
Seal era uno de esos tipos. Piloto de la TWA hastiado de su trabajo recibe la
oportunidad de trabajar para la CIA fotografiando campamentos rebeldes en
Centroamérica. A partir de ahí, una serie de casualidades y oportunidades bien
aprovechadas lo convertirán en traficante de drogas, contrabandista de armas y
confidente de la CIA, llegando a aliarse y enemistarse con los carteles
colombianos de Escobar y con su propio gobierno pero ganando mucho dinero por
el camino.

Aclarado
esto, lo que nos queda es una película muy divertida y dinámica, donde nos
encontramos con el mejor Cruise al servicio de un guion muy bien estructurado y
con un Liman que solo falla en los momentos en que quiere imprimir algo de
personalidad con unos acercamientos de cámara algo inciertos.
Barry Seal es gloriosa y amarga a la vez, satírica y triste, que
juega en todo momento a los dobles raseros con todos los protagonistas sin
dejar títere con cabeza (la propia esposa de Seal es un ejemplo de cómo la
preocupación por la inestabilidad familiar desaparece cuando empiezan a entrar
los millones) y retrata una época y una sociedad donde todo de mueve alrededor
del color del dinero.
Cruise,
de nuevo, es casi omnipresente en la película, y aunque no se produzcan los
juegos narrativos de El lobo de Wall
Street hay algunos trucos (como las grabaciones con una cámara domestica)
que permiten a Barry Seal romper la cuarta pared, convirtiéndose en narrador y
seduciendo aún más, si cabe, al público.
Una
gran película que sirve de contrapunto a series como Narcos, ahora que todo lo
relacionado con Pablo Escobar parece tan de moda.
Valoración:
Ocho sobre diez.
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