martes, 7 de abril de 2020

Reflexiones: MI GRANITO DE ARENA

Siguen pasando los días y el confinamiento se empieza a hacer cada vez más duro. Ya estamos todos hasta las narices de los memes de gordos, de las recetas de cocina, de los consejos de las Influencers y de los ejercicios de gimnasia. Hemos aprendido a utilizar las videollamadas múltiples y explorado hasta la saciedad los catálogos de Netflix y demás. Y parece que la cosa va para largo...
Afortunadamente, algunos artistas están ayudando a que la cosa sea más distraída. Muchos cantantes han grabado canciones desde casa y las han compartido gratuitamente por las redes. Algunos, como Estopa o Carlos Segarra, incluso han ofrecido conciertos en directo. Cada uno contribuye a su manera. Hasta algunas grandes empresas, como las operadoras de telefonía que regalan megas extras para navegar por la red, las plataformas de streaming que ofrecen ofertas especiales y descargas gratuitas o las iniciativas para recorrer museos de manera virtual.
Yo, por mi parte, también quiero poner mi granito de arena. No sabía bien cómo hacerlo. Os puedo proponer la lectura de Mundo Muerto, que con su extensión sin duda os llevará un buen rato, pero no está en mis manos ofrecerlo de manera gratuita, ya que por el momento no hay una versión para e-book. Sin embargo, algo se me ha ocurrido.
Desde que presenté la novela, una de las preguntas que más me han formulado es respecto a una hipotética segunda parte. Es cierto que dejo un final ligeramente abierto, pero hasta ahora mi respuesta siempre ha sido la misma: No habrá continuación. Pensé en Mundo Muerto como un viaje cíclico del protagonista y ya he contado sobre él todo lo que me interesaba. Es verdad que mientras escribía el tercer acto de la obra incorporé una serie de personajes que tenían el objetivo de actuar como simples secundarios y de los que me terminé enamorando, y quizá algún día debería investigar qué pasó con ellos tras la conclusión de la novela. Pero no por ahora. No me apetece demasiado continuar en una tierra plagada de muertos vivientes y mis siguientes novelas versan sobre otros temas, como mi ambiciosa pentalogía vampírica u otras historias de corte más policíaco. Sin embargo, sí dejo las puertas abiertas a realizar esporádicas visitas a ese Mundo Muerto en forma de relatos autoconclusivos que podría (o no) ir escribiendo y que, si alguna vez forman un número suficiente como para llenar un libro, quizá lleguen a ver la luz en forma de antología literaria. Es posible, no lo sé, que en alguno de esos relatos incluso retome a esos personajes a los que tanto echo en falta pero a los que no me atrevo a  visitar por temor a que hayan tenido un destino funesto.
El caso es que ya hay algún que otro relato escrito, y uno en concreto tiene ciertas analogías con lo que estamos viviendo en la actualidad. Ya sabéis lo que dicen de que la realidad a menudo supera a la ficción, ¿no?
En resumen, que he decidido compartir el relato con vosotros, ofreceros con toda humildad este puñado de páginas por si os apetece leerlas y, de paso, descansar un poco de tanta televisión y tanto wasap.
Mañana por la mañana tendréis el texto disponible a través del blog, aunque ya me aseguraré también de difundirlo por redes sociales. No es más que un modesto regalo, la forma que tengo de tratar de colaborar con el aburrimiento de los confinados y de agradecer a los que se la juegan día a día yendo a trabajar ya sea por vocación o por obligación.
Un abrazo y mucho ánimo. Tarde o temprano veremos el final. Y, a diferencia de la mayoría de novelas apocalípticas, este va a ser un final feliz.

domingo, 5 de abril de 2020

Visto en Netflix: HOGAR

De la mano de Netflix, que parece empeñada en eso de fichar a los directores más llamativos de cada filmografía, llega el nuevo film de los hermanos Pastor, esos que debutaron en inglés con la interesante Infectados y que después nos mostraron algo tan absurdo como una Barcelona con todo el mundo confinado en sus casas (sig) en la no menos estimable Los últimos días.
Para su nueva propuesta, este equipo de guionistas y directores han contado con el talento de Javier Gutiérrez, la principal baza del film y en cuyo trabajo se basa buena parte del éxito del film. Javier es un publicista de éxito en horas bajas que ve como no ha sabido amoldarse a los nuevos tiempos y siente que toca fondo cuando debe abandonar su lujoso apartamento para trasladarse con su mujer y su hijo a su antiguo pisito en un barrio humilde. Es ese apartamento de lujo el símbolo de todo lo que Javier anhela y aquello que cree que merece más que nadie, y por ello no dudará en luchar y dar lo mejor de si mismo para recuperar esa vida que está perdiendo y a la que se niega a renunciar.
Hogar es un thriller retorcido que juega con la manipulación y el robo de identidad de una manera que podría recordar a títulos como De repente, un extraño o Mujer blanca, soltera, busca. Sin embargo, los Pastor apuestan por un ritmo pausado y dejar que sea la propia transformación del personaje de Javier la que nos transmita el descenso a los infiernos del protagonista atrapado en una vida que no es la suya, pero llegando a un punto en el que tampoco le es posible recuperar esa identidad original.
Con un elegante (aunque algo rancio) anuncio de electrodomésticos con el que se abre el film, la metáfora queda servida para hablar sobre el deseo y la ambición mal entendida, pasando de tener a un Javier en horas bajas, con un personaje que consigue captar la empatía del espectador recordando a interpretaciones anteriores de Gutiérrez como en Vergüenza o Campeones, para dar paso, lentamente, a una transformación cruel y retorcida pero aterradora por lo creíble y sencilla que resulta.
Si acaso hay algo que lamentar en la película es el poco espacio del que dispone Mario Casas para componer su personaje, un analcohólico del que nos gustaría conocer más y cuyo desenlace se me antoja algo precipitado. Comulgo muy bien con la idea de los Pastor y la manera de ejecutarla, pero me habría gustado algo más de mala baba, un poco de oscuridad en su tramo final que complicara algo más las cosas y terminara por culminar ese descenso a los infiernos que, a la postre, no llega a ser para tanto.
Por eso, no estamos ante una sátira perfecta, insuficientemente ácida, pero que sí es un estupendo pasatiempo, un entretenimiento que logra acongojar y que atrapa al espectador, ya sea identificándose primero con el protagonista como despreciándolo más adelante.
Lo mejor, la atmósfera creada por los hermanos Pastor, ayudada por una eficaz música de Lucas Vidal o con recursos tan básicos pero funcionales como el sonido de una simple gota de agua de un grifo mal cerrado.

Valoración: Siete sobre diez.

Visto en Netflix: EL HOYO

Tras su alabado paso por el festival de Toronto, El Hoyo fue una de las grandes triunfadoras del último Festival Internacional de Cine Fantástico de Cataluña, cosechando cuatro premios importantes. Sin embargo, como suele suceder con las películas más destacadas de Sitges, su estreno en cines fue muy discreto y pasó casi desapercibida hasta que Netflix la recuperó y la convirtió e la película de la que todo el mundo habla y uno de los éxitos internacionales del cine español, algo parecido a lo que sucedió con Verónica, de Paco Plaza, o con la misma La casa de papel.
El hoyo es una película extraña, ambigua, aunque nada sutil en algunos momentos, que conforma una amarga metáfora sobre la sociedad en la que vivimos. Cuenta la historia de un hombre, aparentemente de buena casta, que entra voluntariamente en confinamiento en el Hoyo, un edificio con un número indeterminado de pisos donde una plataforma desciende cada día con comida. La peculiaridad es que la plataforma está rebosante de suculentos manjares en el piso superior y a medida que desciende los ocupantes de cada nivel deben apañarse con lo que los de arriba les vayan dejando, de manera que se pueden imaginar lo que les llega a los de los niveles inferiores. Para terminar de redondear la cosa, los motivos del protagonista para entrar en semejante lugar son tan mundanos como el conseguir dejar de fumar y tener tiempo para leerse El Quijote.
Muchas son las comparaciones que se han hecho al respecto de la película de Galder Gaztelu-Urrutia, siendo la más reiterada la del cortometraje de Denis Villeneuve Next floor, así como otros modelos metafóricos sobre las diferencias de clases visualizadas en edificios (la insulsa High-Rise) o en trenes (la brillante Snowpiercer). Sin embargo, y pese a los evidentes puntos en común con estos ejemplos u oros más clásicos como La gran comilona, de marco Ferrelli o El sentido de la vida, de los Monty Python, mi corazón friki quiere buscar otro referente muy alejado del estilo y del concepto que nos plantea Gaztelu-Urrutia y su guionista David Desola: el díptico sobre Thanos de Vengadores: Infinity War y Vengadores: End Game. 
Antes de me lancéis por un barranco, permitidme que me explique. En las películas de los hermanos Russo lo que era un genial hecho diferenciador del plan de Thanos para “salvar” a la humanidad mediante el exterminio del 50% de los seres vivos era el concepto de la aleatoriedad. En la película no se planteaba la opción de salvar a los ricos machacando al pobre, sino que todo iba a depender de una causalidad puramente arbitraria. Eso mismo sucede en El hoyo, donde cada mes los dos inquilinos de cada nivel son cambiados al azar y puede pasar de estar en un piso intermedio, más o menos acomodados a uno de los de arriba, con gran opulencia, o de los inferiores, donde no morirse de hambre es su única preocupación.
Con este concepto es con el que más juega la película, que no pretende dar una moralina sobre las diferencias de clases, habiendo sido así una película más generalista, sino que pone hincapié, sobre todo en su enigmático (y para muchos sin duda cabreante) final, en las posibilidades de cada uno como individuo, promoviendo que el cambio, cualquier cambio, debe venir de uno mismo.
Con un aspecto visual desagradable, muy violento por momentos, acompañado de una magnifica fotografía para nada amable y una música que incomoda constantemente, El hoyo pretende reflexionar más sobre lo que cada uno puede o debe hacer para cambiar las cosas que en la comodidad de culpar de todo “a os de arriba” y eludir las responsabilidades propias. Un problema que no es solo hijo de nuestro tiempo, sino que es tanto el tiempo que llevamos excusándonos en el “¿y yo solo qué puedo hacer?” para no hacer nada que al final, la clave de todo el mensaje del film, cabe encontrarlo en una cita de Cervantes.
Película difícil de digerir pero que va muy bien para el debate y la reflexión.

Valoración: Siete sobre diez.

sábado, 4 de abril de 2020

Visto en Netflix: LA CASA DE PAPEL

Se emitía en estados unidos la quinta temporada de una sitcom llamada Happy Days. Pese a ser una comedia costumbrista y de corte familiar, en el episodio emitido el 20 de septiembre se veía a uno de los personajes secundarios, Fonzie, saltando acrobáticamente por encima de un tiburón, un truco de guion para repuntar una audiencia ya agotada y que ha sentado las bases para una expresión que desde entonces se haría muy popular en el mundillo televisivo.
No es que La casa de papel acuse agotamiento alguno, al menos en su faceta de fenómeno popular, pero sí noto un cierto cansancio argumental que provoca que en esta cuarta temporada se abuse demasiado del jumping the shark mencionado.
Confieso que no me llamó mucho la atención la serie cuando se estrenó en Antena 3, teniendo que subirme al carro de los fanáticos cuando se convirtió en un fenómeno mundial gracias a Netflix y famosos de todo el mundo, como el propio Stephen King, compartían imágenes suyas con la icónica careta de Dalí puesta. Acabo de ver (devorar más bien) la recién estrenada cuarta temporada, que ha caído como un regalo del cielo e pleno confinamiento, y la experiencia ha sido verdaderamente muy grata. Ha sido un disfrute volver a reencontrarse con la banda del Profesor y ver hasta donde nos llevaban sus andanzas, esta vez en el Banco de España.
Es difícil valorar la calidad de la temporada en relación a las anteriores. Cierto es que se sigue la misma línea que en la temporada Tres, y la entrada de Netflix y sus cheques en blanco han servido para dar un aire de superproducción a la propuesta creada por Álex Pina (recomiendo ver el documental sobre la serie disponible en la propia Netflix) con lo que todo es más grandioso, lujoso y espectacular. Sin embargo, como suele ocurrir en muchas ocasiones, más dinero no implica más calidad, y mientras que la diversión está más que garantizada se nota un cierto agotamiento argumental, una sensación de que se está estirando demasiado el chicle y que, ante la falta de recursos narrativos, se ha apostado más por el impacto visual que por el emocional. Sí, hay momentos muy emotivos, no lo voy a negar, pero los personajes están algo desdibujados, se han perdido en sus identidades, algo que era de lo más destacable en las dos primeras temporadas, y el juego de estar constantemente saltando al tiburón empieza a chirriar un poco.
 Desde el comienzo de la seria había que hacer muchos saltos de Fe con el argumento y tragarse el sentido del realismo para aceptar muchos de los giros de guion, pero creo que en esta cuarta temporada han abusado tanto del querer sorprender al espectador y ponerlo todo tan patas arriba para sacarse un as de la manga en el último momento que quizá la suspensión de la credulidad que se exige al espectador pueda llegar a ser demasiada. Sobre todo, y esta va unida a ciertas decisiones que toman algunos de los personajes que no puedes llegar a creerte nunca y que pueden resultar poco menos que absurdos.
Recuerdo una conversación que tuve con un amigo hace poco tiempo en referencia a Star Wars: el ascenso de Skywalker, en la que se me ocurrió comparar la película como un partido de fútbol entre el Barça y el Atlético de Madrid de la época de Cruyff, esos partidos tan locos que solían acabar con un aluvión de goles y que hasta el último minuto no sabías hacia qué lado se iba a inclinar la balanza. Eran partidos muy divertidos y disfrutables para el espectador, pero un desastre si decidías verlos con una mente analítica. Así me sentí al ver la última película de J.J. Abrams y algo parecido me está pasando con La Casa de Papel. Que la he disfrutado mucho durante su visionado, teniendo la necesidad de ver un nuevo capítulo tras el cliffhanger del anterior, pero que como me de pon pensarla un poco…
De todas formas, lo que no se puede negar en ningún momento es que el entretenimiento nunca baja el listón. La serie no da apenas un respiro (quizá le sobra algún flashback, pero tampoco molestan mucho) y la adrenalina va a mil por hora, mientras que la producción sigue siendo impecable, con una dirección elegante, una música impecable y los actores totalmente mimetizados con sus personajes. Así que si lo que uno quiere es pasárselo bien y zamparse ocho episodios de un tirón, disfrutando como un enano, esta es la serie adecuada para ello. Si se le busca mucho la lógica la cosa puede llegar a fallar, pero mientras nos mantengamos en la ilusión de que esto es todo un cuento sobre Robin Hoods modernos y que el profesor es una especie de ser todopoderoso, todo irá bien.
Al fin y al cabo, ¿a quién no le gustaría saltar alguna vez por encima de un tiburón?
Otra cosa es como termina la cosa, pero, en fin, de eso ya hablaremos en otro momento y lugar… para el estreno de la quinta temporada, por ejemplo, que espero que nos pille ya fuera del confinamiento.

jueves, 19 de marzo de 2020

Reflexiones: ¿FELIZ? DÍA DEL PADRE

Hoy es un día extraño. Lo que debería ser una jornada de regocijo y reunión familiar, quizá postergada hasta el próximo sábado por motivos laborales, va a ser otro día más, un simple tachón en el calendario que define eso que hemos dado a llamar “confinamiento por el Coronavirus”.
Hoy es diecinueve de marzo, festividad de San José y, por extensión, el Día del Padre. Sin embargo, pocos son los que podrán pasar este día con sus padres. Sí lo podrán hacer los niños (aquellos que vivan con ellos, que hoy en día tampoco es una garantía), pero no podrán disfrutar plenamente de ese día, ni entregarles el regalo que han hecho en la escuela para ellos porque, simplemente, llevan días sin ir a la escuela. Ni podrán ir a pasear al parque e invertir el sentido del regalo, permitiendo que, para conmemorar el día, sea el padre quien lo celebre comprando un helado o un buen puñado de chucherías a sus pequeños.
Sin embargo, para muchos de nosotros, el simple hecho de felicitar a nuestro “viejo” con un beso y un abrazo es un lujo que no nos podemos permitir. El confinamiento hace que la mayoría vivamos separados de ellos y nos esté prohibido ir a verlos, pero, aún si nos enfrentamos al destino y acudimos a sus casas con el pretexto de llevarles compra o, simplemente, comprobar cómo se encuentran, la distancia de un metro (yo ampliaría a dos si hablamos de padres muy mayores) es más crucial que nunca.
Seguramente muchos de los que me leéis tengáis esta fecha olvidada ante la ausencia del progenitor. Es doloroso, pero forma parte de la vida el tener que enfrentarse al día del Padre o al día de la Madre una vez ha fallecido uno de estos. Pero eso es algo contra lo que no se puede luchar. Solo aceptarlo sin más. Pero que se nos niegue el derecho a celebrarlo cuando lo tenemos, posiblemente, a tan solo unas manzanas de nuestra propia casa es, sin cabe, más cruel todavía.
Son los tiempos que nos ha tocado vivir, y puede que a muchos esto le parezca sentimentalismo barato. Está muriendo gente. Hay empresas que pueden tener que cerrar y familias que no van a poder pagar sus hipotecas cuando la crisis sanitaria se supere. Enfurruñarse por no poder abrazar o besar a un padre el día que el calendario así lo marca es un mal menor. Y sí, estoy de acuerdo con los que piensen así. Pero, en tiempos de confinamiento, el derecho al pataleo es de lo poco que nos queda.
Así pues, sirva esto como homenaje en general a todos los padres que hoy no puedan recibir la merecida visita de sus hijos y a mi propio padre en particular, aunque sé que probablemente no llegue a leer nunca esto (él no es muy de Internet).
Te quiero, papá. Y pese al miedo, pese a la soledad y el tedio, te deseo un feliz día.

miércoles, 18 de marzo de 2020

Reflexiones: ME SIGUE PARECIENDO POCO

Hace unos días escribía por aquí mi descontento ante las medias tintas que el gobierno español parecía adoptar de cara a enfrentarse al Coronavirus dichoso. Siempre he dicho, por activa y por pasiva, que yo no soy médico, así que no estaba en disposición de afirmar si el pánico era exagerado o fundado, pero me daba miedo el terreno intermedio en el que nos estábamos moviendo.
Ahora, los peores presagios se han hecho realidad. Tan solo unas horas después de mi entrada, el gobierno de Pedro Sánchez decretó el estado de alarma y se instó a que todos los ciudadanos se quedasen confinados en casa para evitar un contagio que, ahora sí, parecía imparable.
Llevamos cinco días de “arresto domiciliario” y, aunque se nos avisa que lo peor está por llegar, podemos intuir que se empieza a ver la luz al final del túnel. En estos cinco días ha habido buenos momentos, como los emotivos (y merecidos) aplausos a los sanitarios que lo están dando todo por conseguir que reine algo de cordura en medio del caos que son estos días los hospitales y ambulatorios (aplausos que se han extendido a vendedores, policías, personal de limpieza y demás), pero también veo muchas lagunas. Y es que, ahora que ya nadie duda de que estamos ante una de las crisis sanitarias más graves de la historia moderna, las medidas para contrarrestarlas me siguen pareciendo pocas. Ridículas, incluso.
Mientras se debate sobre la necesidad de cerrar fronteras, cosa que me parece superfluo, al fin y al cabo, el virus ya es mundial, me hace gracia la insistencia para que nos quedemos todos en casa. Parece ser que esa es la manera más eficaz, en espera a que se confirme la noticia de que los chinos han desarrollado una hipotética vacuna, de erradicar el problema. Un confinamiento que afecta a la gran mayoría de los españoles. ¿O no?
Pues lo cierto es que no, y quien diga lo contrario o engaña o se deja engañar. Lo cierto es que la mayoría de fábricas no han cerrado a causa de la crisis, y lo que lo han hecho no ha sido por motivos de salud, sino por falta de material que les permita seguir produciendo. Empresas que no deberían considerarse de primera necesidad, como componentes eléctricos, textiles, etc. obligan a sus trabajadores a enfrentarse cada día a la aventura que supone en estos momentos tomar un tren o autobús para sus sufridas ocho hojas de jornada. Muchas empresas de servicio han demostrado, una vez más, lo poco preparado que está este país para apoyarse en la tecnología y han visto frustrados sus intentos de enviar a sus trabajadores a casa para que gestionen a sus clientes desde allí, así que lo del teletrabajo, en muchos casos, también es una quimera. Y, por último, está el tema de los comerciantes, que deben arriesgarse a dar la cara ante sus clientes en algunos casos sin siquiera las medidas de seguridad idóneas.
No voy a hablar ahora de lo ridículo que me pareció en un primer momento que lavanderías y peluquerías permanecieran abiertas, pues en algo se llegó a recular, pero creo que ante la gravedad de la situación el cierre debería haber sido total. Si se ha obligado a cerrar a los restaurantes, pero se les permite hacer pedidos a domicilio, ¿porqué no seguir exactamente la misma directriz con los supermercados? Hoy en día, quien más y quien menos ha comprado alguna vez por Amazon. E, incluso para quien nunca haya comprado online, las plataformas de los principales supermercados del país son tan intuitivas que cualquiera puede apañárselas para hacer la compra desde casa. Cierto es que la gente mayor que viva sola puede tener problemas para ello, pero también se supone que son quienes menos deberían salir de casa, así que la ironía de la situación está servida.
La realidad es que tenía la idea de que este lunes Barcelona, así como cualquier otra ciudad, amanecería desértica, casi como en el escenario de una película apocalíptica (Los últimos días sería un buen referente), pero en lugar de eso he visto gente paseando sus mascotas, abuelos haciendo la compra y, lo que me parece ya más grave, niños paseando en patinetes. Y el tráfico, aunque más ligero de lo habitual, tampoco es algo extinto. En mi barrio, sin ir más lejos, cada día parece un domingo cualquiera. Tampoco nada del otro mundo.
En fin, que al final, como suele suceder en estos casos, la solución va a depender más de la propia debilidad del virus y de una posible intervención divina que de las medidas adoptadas. Correctas, sí. Pero insuficientes. Si echo un vistazo a mi ambiente personal, cuento más personas que tengan que trabajar fuera de casa que las que se puedan permitir el confinamiento. Y así no vamos bien.
Excepto para los autónomos, claro. Esos siempre van a ser los que más tengan que perder.
Resumiendo. Que si de verdad queremos parar esto por la vía rápida, creo que se debería haber aportado por un cierre total. Nadie fuera de casa excepto repartidores (con unas medidas de protección extremas), personal sanitario (que deberían ser los únicos héroes de la historia) y fuerzas del orden.
Si en pleno siglo XXI no podemos dejar que la tecnología (venta on-line, gasolineras sin empleados, autoservicio en supermercados…) nos ayude cuando más la necesitamos, es que algo estamos haciendo mal…

Visto en Netflix: SPENSER CONFIDENCIAL

Peter Berg, primero como actor y ahora dedicado casi exclusivamente a su faceta como director, es un autor lleno de luces y sombras, con una filmografía tan extraña y desequilibrada como la que componen títulos como Very bad thinks, El tesoro del Amazonas, Hancock o Battleship.
Fue en 2013 cuando el camino de Berg se cruzó con el de Mark Wahlberg para dar a luz El último superviviente, una película bélica dura y despiadada donde la química entre ambos se hacía más que evidente. Ahora, de la mano de Netflix, llega su quinca colaboración, Spenser: Confidencial, película que adapta una saga literaria de Robert B. Parker y que anteriormente había sido serie de televisión protagonizada por Robert Urich.
Mezcla de cine policiaco, acción desenfrenada y comedia, la nueva película del binomio Berg/Wahlberg funciona bastante bien, gracias sobre todo a sus dosis de acción bien repartidas a lo largo del metraje y los toques de humor que provienen del equipo que el rudo protagonista debe hacer con el personaje al que da vida Winston Duke, el M’Baku de Black Panther, aunque la presencia de otros dos secundarios de lujo como Alan Arkin e Iliza Schlesinger ayudan a dar más lustro a la cosa.
Quizá el punto débil del film haya que buscarlo en un guion que no aporta demasiada frescura al género. El Spenser del título es un expolicía condenado a prisión por agredir a un superior (algo muy propio del Bruce Willis de los noventa) que, tras ser puesto en libertad, debe decidir entre abandonar su Boston natal para comenzar una nueva vida o hacer justicia resolviendo el asesinato de dicho superior. No hay mucho suspense en la historia, y no hace falta ser un lince para adivinar por dónde van los tiros, pero a la postre eso es lo que menos le parece importar a Berg, más pendiente de ofrecer un espectáculo de entretenimiento en el que Wahlberg se encuentra en su salta y donde el ritmo de la acción no da cabida al aburrimiento.
En definitiva, Spenser: Confidencial, quizá la primera de una nueva saga, desprende parte del aroma de Jack Reacher sin estar a la misma altura, ofreciendo un cóctel de acción y diversión que nunca aburre y solo desentona un poco cuando pretende ponerse mínimamente seria.


Valoración: Seis sobre diez.

miércoles, 11 de marzo de 2020

Reflexiones: NO ME GUSTAN LAS MEDIAS TINTAS

No me considero una persona radical, y mis opiniones pocas veces suelen ser extremistas. No veo la vida en blanco y negro y disfruto de los diferentes tonos de grises desde que, siendo niño, descubrí esa maravilla pictórica que es El Guernica. Sin embargo, hay ocasiones en concreto en que quedarse a medias tintas no es la mejor solución.
Esto es lo que siento cuando me paro a reflexionar sobre esta pandemia (sí, hoy mismo la han declarado como tal) que llamamos simplificadamente Coronavirus. Naturalmente, ni soy médico ni me he dedicado a investigar lo suficiente como para tener una información exacta y precisa sobre el tema, por lo que prefiero actuar con cautela y escuchar a las voces más cualificadas. El problema radica en cuando no tienes demasiada confianza en esas voces cualificadas.
Comprendo perfectamente la situación. Este que está pasando es algo inédito en nuestro país en la edad moderna. En nuestro continente, incluso. Sí había habido casos similares o incluso peores (recordemos el Ébola de hace unos años) en el continente africano, pero, seamos realistas, al mundo occidental no le preocupa demasiado la muerte en masa de miles de negritos. Cuando es el gran amo blanco el que sufre, la cosa cambia.
No hay que ser alarmistas, dicen uno. Esto no es, en realidad, más que una gripe un poco fuerte que sólo debe preocupar a aquellas personas bajas de defensas o con problemas respiratorios. La gripe común mata a más gente cada año, nos repetían. Lo de China es diferente porque allí malviven más que viven. Y, de repente, cuando los afectados son unos latinos de aquí al lado con acento italiano, el pánico se desborda. Ayer, en Madrid, se vieron imágenes en supermercados que recordaban a más de una película apocalíptica americana. En Italia han aislado a miles de personas y han cancelado las comunicaciones aéreas. Nos llegan mensajes desde allí alertando que debemos tomarnos esto muy en serio y no pecar de confiados como hicieron ellos, pero mientras, el gobierno continúa sin decidirse sobre cómo nos deben guiar.
Insisto, no debe ser fácil tomar decisiones demasiado radicales, más teniendo en cuenta lo grabes perjuicios económicos que pueden suponer (que ya están suponiendo, de hecho), pero en ocasiones es preferible un mal menor cuanto antes que lamentar un mal enorme el día de mañana.
Lo vuelvo a repetir: yo no soy médico, así que no pretendo decir lo que se debe o no se debe hacer, pero lo que está claro es que no se puede navegar entre dos aguas a no ser que se quiera naufragar. No entiendo decisiones como la de cerrar colegios y mandar a los niños a casa, justo después de cerrar residencias de ancianos, porque todo el mundo sabe que mientras el resto de profesionales continúe trabajando a jornada completa esos niños estarán a cargo de esos abuelos, con lo que juntamos a la generación más propensa a pillar el virus con la generación más afectada por sus consecuencias. No entiendo que se jueguen partidos de futbol a puerta cerrada (en especial los de campeonatos nacionales, donde el desplazamiento de fuera de las ciudades locales es mínimo) y se mantengan abiertos museos llenos de turistas. No entiendo que suspendan actos multitudinarios como la maratón de Barcelona o, ayer mismo, las Fallas de Valencia, pero no se preocuparan por las manifestaciones feministas del ocho de marzo. No entiendo que recomienden evitar el contacto físico y recomienden distancias de un metro entre una persona y otra y empresas con casi quince mil trabajadores continúe funcionando como si tal cosa, compartiendo autocares, vestuarios y aseos y sin apenas dispensadores de jabón antiséptico o con estos ya vacíos a mitad de la jornada.
No estoy diciendo que debamos seguir la vida diaria como si no pasara nada, ni tampoco que debamos encerrarnos en casa y abandonar los puestos de trabajo como si de un apocalipsis zombi se tratara (sé de lo que hablo, guiño, guiño), pero lo que no me gusta anda es eso de las medias tintas.
Eso sí, mientras deciden lo que debemos hacer, los memes de wasap que no paren…

domingo, 8 de marzo de 2020

Cine: BLOODSHOT

Ya he comentado alguna vez la ya cansina moda de tratar de crear Universos cinematográficos a imagen y semejanza del MCU de Marvel y como uno a uno han ido fracasando en el intento. Los último que quisieron probar suerte fueron los chicos de la editorial Variant, cuyos superhéroes cayeron en manos de Sony para tratar de levantar semejante hazaña. Sin embargo, cambios de productora de última hora hacen presagiar que ese universo está ya fallecido y nos tendremos que conformar con sagas (si se llega a tanto) individuales de sus personajes.
Sea como sea, el primero en llegar ha sido Bloodshot, una película de acción más violenta y presuntamente adulta que sus vecinos amparados por Disney con Vin diesel como máximo exponente de fuerza bruta y carisma.
Dirigida por Dave Wilson, director debutante en cine que ya se había encargado de uno de los episodios más estimulantes de la serie Love, Death & Robots, aunque cuenta con una amplia experiencia como diseñador de efectos visuales (fue supervisor creativo, por ejemplo, de Vengadores: La era de Ultron). Esto tiene su importancia al comprobar que el aspecto visual del film, aunque no sea para echar cohetes, disimula bastante bien su reducido presupuesto de unos casi irrisorios cuarenta y dos millones.
La base argumental no puede ser más tópica, recordando a mil y un producto de similares características y componiendo un extraño amalgama. Un soldado muerto en combate en resucitado y mejorado tecnológicamente, de manera que recuerda a RoboCop, es manipulado por una malvada corporación científica que juega con sus recuerdos, como le pasara a Lobezno y obligado a repetir una y otra vez las mismas experiencias, como Tom Cruise en Al filo del mañana, para desembocar en un combate final contra un villano que parece una mezcla entre el Octopus de Spider-man 2 y el Chaqueta Amarilla de Ant Man. Todo eso con un estilo ciberpunk con aroma a Terminator.
Sin embargo, y para sorpresa de propios y extraños, la mezcla termina funcionando bastante bien. Consciente de sus limitaciones, la película ofrece un aroma a Serie B sin complejos que, dejándolo todo en manos del poderío de Diesel, termina por ser una propuesta muy entretenida, con una acción en ocasiones apabullante y la dosis justa de humor (muy bien medido y delimitado casi en exclusiva a un solo personaje) como para que sus carencias (la falta de originalidad, el montaje algo atropellado) se puedan obviar y disfrutar de un film macarra y nada complaciente.
En tiempos superheróicos donde la sombra de DC y, sobre todo, Marvel es demasiado alargada, es de agradecer productos que, pese a su planteamiento rutinario, trate de ofrecer un tono diferente, más sangriento y arriesgado, para tratar de demostrar que hay vida más allá de los productos algo acomodados de siempre. Claro que eso mismo pensé con la divertida Hellboy y luego el tortazo en taquilla fue de aúpa, así que habrá que estar atento a por donde van los tiros en el tema de recaudación.
Bloodshot bien puede servir para dar un golpe sobre la mesa y demostrar que hay espacio para más cine de acción o puede ser el último clavo en el ataúd de la frescura y dar la razón a las apuestas casi familiares de Marvel y DC (Joker no es cine de superhéroes, así que no entra en la ecuación). Como sea, Bloodshot es un buen producto palomitero, muy divertido y que funciona muy bien como evasión, con un Vin Diesel que está en su salsa y bien secundado por Eiza Gonzalez, Guy Pearce y Lamorne Morris. Hasta el habitualmente sosainas Sam Heughan (no lo soporto en Outlander) me ha convencido.

Valoración: Siete sobre diez.  

Cine: ONWARD

Onward es la nueva propuesta animada de Pixar y una de las pocas películas originales de la subsidiaria de Disney en los últimos años a excepción de la excelente Coco. Escrita y dirigida por Dan Scalon, realizador de la flojita Monstruos University, la película parte de la historia personal del propio autor, y eso se nota en el mimo que se da a la relación paternofilial que sobrevuela toda la trama.
El punto de partida no puede ser más interesante: en un mundo donde antaño la magia y la fantasía era real, la tecnología ha provocado un acomodamiento que se ha traducido en que ese domino de la magia haya quedado prácticamente en el olvido. En ese mundo viven Ian y Barley, dos hermanos que descubren que tienen la oportunidad de pasar un día con su padre, fallecido hace años, si consiguen completar una peligrosa misión.
Con referencias muy evidentes a Este muerto está muy vivo, la pareja de hermanos realizará una especie de búsqueda del tesoro que servirá como excusa para crear un vínculo entre hermanos, así como permitirles superar el dolor por la ausencia paternal.
Scalo, que también perdió a su padre a muy temprana edad, construye su historia preparándonos para un final emotivo y algo lacrimógeno como suele ser habitual en las producciones de Pixar, pero si bien no se llega a alcanzar las cuotas de emotividad de Coco sí es cierto que en el recorrido se abraza a un humor mucho más loco y desenfrenado que en aquella.
Al final, pese a la emotividad del desenlace, la diversióin termina por imperar sobre la sensibilidad, resultando ser una película muy divertida en la que, quizá, se echa en falta un poco más de mala leche en su crítica tecnológica, no aprovechándose al máximo las posibilidades de ese mundo de fantasía en decadencia.

Valoración: Siete sobre diez.

Cine: EL RITMO DE LA VENGANZA

Reed Morano es una directora de fotografía que se ha asado a la realización cinematográfica tras demostrar su buen hacer para dar su punto de vista femenino como demostró en alguno de los episodios más celebrados de El cuento de la criada.
Lo primero que llama la atención de El ritmo de la venganza es ese aspecto de realismo que su directora pretende inducir en el film, con una fotografía áspera, incluso con un punto de feísmo, lejos de las piruetas visuales y arteriales de otras películas de vengadoras femeninas como son la Anna de Luc Besson o la Atómica de David Leitch, por mencionar algún ejemplo más o menos reciente. Sin embargo, no basta con abusar de los primeros planos o esforzarse en que Blake Lively esté menos atractiva de lo habitual para conseguir que la historia sea creíble.
Dos son los problemas fatales de la película, que no llegan a hundirla, pero sí la condenan a una mediocridad abrumadora. Por un lado, su guion es tremendamente simplista, proponiendo a una protagonista a la que no te puedes creer en ningún momento y con situaciones que carecen de verosimilitud. Por otro lado, contradiciendo a su propio título, la película carece del más mínimo sentido del ritmo. La acción arranca, como muchas películas de este género (la maravillosa The Gentlemen, sin ir más lejos), con la protagonista en una situación inquietante para retroceder en el tiempo y contarnos la historia que la conduce hasta ese momento concreto, pero la directora riega ese retroceso en más flashbacks internos lo que rompe cualquier posibilidad de dinamismo. Es como si quisieran hacer una película de acción renegando de la acción.
Hay unas cuantas secuencias visualmente interesantes vistas de manera aisladas, pero que no ayudan a mejorar el conjunto de la película. Me viene a la mente, por ejemplo, una persecución en coche filmada en un plano secuencia desde el asiento del copiloto de la protagonista. Muy estimulante visualmente pero que renuncia a cualquier atisbo de espectacularidad posible.
En el fondo, Morano pretende tomarse demasiado en serio a sus personajes, apostando más por el drama que por el thriller de acción, cuando el planteamiento de la historia (la protagonista pasa de prostituta yonqui a espía en un abrir y cerrar de ojos) requería de algo de humor para aportar, al menos, algo de diversión.
Entiendo la mirada de Morano y lo que pretendía hacer, algo al estilo Destroyer, una mujer herida, pero con semejante guion es tarea imposible.
En fin, película más pretenciosa que efectiva, con momentos de brillantez aislados que no consiguen animar la función y que cae en la rutina por culpa de los juchos clichés a los que recurre.

Valoración: Cinco sobre diez.