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sábado, 20 de marzo de 2021

Visto en HBO: LA LIGA DE LA JUSTICIA DE JACK SNYDER

Después de meses, si no años, de rumores, especulaciones y deseos, al fin la cacareada version cut de La liga de la Justicia que se etimología hacia completado Zack Snyder antes de su marcha forzada del proyecto ha visto la luz.

Cómo recordaréis, Snyder estuvo al frente del proyecto original en el 2017, pero tuvo que dejar el proyecto por causas no muy claras. Por un lado, se dice que abandonó destrozado por el suicidio de una de sus hijas adoptivas, pero parece también que en Warner no estaban muy contentos con el rumbo que estaba tomando la película y, aprovechando la coyuntura, le abrieron las puertas con la idea de que Joss Whedon enderezara el timón, dando más luz, humor y color al film. El resultado fue una especie de monstruo de Frankenstein que como producto palomitero resultaba entretenido pero como película era un completo desastre. Los devotos de Snyder, verdaderos fanáticos del estilo sombrío del director, montaron en cólera contra Whedon, acusándolo de ser el causante de todos los males del universo (pese a que parece que tampoco él tuvo la última palabra del montaje definitivo, que en esto de tropezar dos veces con la misma piedra los de Warner saben un montón, y tampoco se le puede acusar de desaguisados como el del famoso «bigote de Superman»).

Esto bien podría haber supuesto el final de la carrera de Whedon como director, amén del estrepitoso fracaso de la película (aunque las recientes acusaciones de abusos contra el director de Los Vengadores tampoco es que le vayan a ayudar mucho) y por ello, cuando corrió el rumor de que existía una copia completa de la versión de Snyder, la presión de las masas de fanáticos para poder llegar a verla fue brutal.

Al final, tras muchos dimes y diretes, confirmaciones y desmentidos, el señor Snyder se ha sacado un borrador que ha ido montando en su casa en su tiempo libre y se ha demostrado que sí era cierto que en el momento de su marcha la película estaba más o menos terminada. Y no sé si debido al fracaso en taquilla de Aves de presa (otro más) o por la necesidad de potenciar la plataforma de streaming de HBO Max, imprescindible en tiempos de pandemia, el caso es que en Warner han dado el visto bueno e incluso han inyectado una buena cantidad de dinero para mejorar el acabado final del film.

Con estos antecedentes, no sólo es necesario valorar la calidad individual de la nueva versión, sino que se impone el realizar una comparativa con la original, ya que en el fondo de eso trata la cosa, de saber quién es el gran culpable de la debacle de 2017.

Y por mi parte, teniendo en cuenta todas las apreciaciones que detallare a continuación, mi conclusión es que La liga de la justicia de Zack Snyder hace buena a La liga de la justicia de Josh Whedon. Y no porque sea mala ni inferior la de Snyder a la de Whedon, sino porque ha quedado demostrado que muchas de las cosas de las que se acusaba a Whedon no se las tenían que achacar a él, sino al director original.

Un inciso: dado que estamos hablando de una película que, a nivel argumental, es básicamente la misma que la de hace cuatro años, en el resto de mi comentario habrá todo tipo de spoilers, si es que en este caso se les puede considerar como tal.

De lo primero que habría que hablar es del humor. Cierto que Whedon mete muchos chistes en su reescritura de guion, ya sea por imposición de arriba o por ser fiel a su propio estilo. Lo que me extrañaba es que esto es algo que se le suele dar francamente bien, estando especializado en diálogos dinámicos y divertidos. Y lo cierto es que muchos de sus momentos sí funcionaban en la película. Lo que realmente chirriaba era, por ejemplo, el personaje insoportable y tontaina de Flash. Pues bien, ahora sabemos que ese era el Flash de Snyder. Incluso el chiste que muchos odiaron con respecto a Batman («¿Cuál es tu superpoder?», pregunta Flash; «Ser millonario», responde Batman) sigue estando en el Snyder' cut.

No todo es risa y cachondeo, y ya se puede corroborar (aunque era más o menos de dominio público), que la mayor escena de Batman de todo el CDEU es su lucha contra los parademonios, autoría en este caso de Whedon.

Entrando más de lleno en el guion, las diferencias principales están en el tramo final. En ambos casos Steppenwolf, el villano principal, tiene su base junto a un pueblecito cercano a Moscú, pero mientras Snyder apuesta por mantenerlo abandonado por culpa de la radioactividad la versión de Whedon estaba habitada. Esto daba pie a momentos ridículos, cierto, pero también a otros en los que se podía ver a los héroes haciendo cosas de héroes, es decir, salvando a gente. Es bien sabido que Snyder es más dado a gigantescas batallas llenas de ruido y explosiones y dejar que los actos heroicos transcurran en off.

El clímax final, epílogo aparte, también difiere bastante, ganando la batalla, esta vez, Snyder. Puede que indignado por el maltrato al que Superman ha sido sometido a lo largo de toda la saga, Whedon optó por cederle el protagonismo de derrotar con relativa facilidad a Steppenwolf, mientras que el Snyder' cut reparte el protagonismo entre todo el equipo.

Y eso sin entrar a valorar el propio final, ya que no es sólo una cuestión de visiones sino de objetivos (Whedon debía cerrar su película mientras Snyder plantea un epílogo modo cliffhanger con el que anuncia un futuro -sus planes incluían dos películas más- que casi con toda seguridad nunca llegaremos a ver).

Lo cierto es que al final la cosa no ha sido para tanto. Los añadidos de Snyder no es que cambien la cosa una barbaridad y ha habido más publicidad (algo engañosa, de hecho) que resultados. Ni rastro de Green Lantern, un Detective Marciano más anecdótico que otra cosa y un uso del traje negro más caprichoso que lógico.

En definitiva, ¿qué versión es mejor? Es cierto que la de Whedon es una mezcla extraña de dos estilos opuestos, pero algunas de sus aportaciones (esa carrera final entre Superman y Flash para comprobar quién es más rápido) son la esencia pura de los cómics. La de Snyder es completamente fiel a su estilo. Con planos que parecen literalmente copiados de las viñetas y la cámara lenta con la que acentúa los momentos dramáticos (se echa en falta, eso sí, la música de Hanz Zimmer), más tiempo para desarrollar a los personajes y una fotografía oscura y deprimente tan propia de su cine. Por ello, el veredicto es…

Que las dos son igual de malas. No dejan de ser dos caras de una misma moneda, con un guión absurdo y unos actores desganados. Al final, todo el tema de las cajas madre suena igual de ridículo en cualquiera de las versiones y el truco de resucitar a Superman me parece tan sacado de la manga como lo que hicieron en ese otro espanto llamado Wonder Woman 84. Flash es horrendo e insoportable y Cyborg (que en la nueva versión cuenta con mucho más metraje e importancia) me sigue pareciendo un llorón cansino, aparte de estar interpretado por un pésimo actor (al menos esa costumbre suya de decidirse a todo aquel que le mira mal ha garantizado que no volvamos a verlo interpretando a este personaje), Jason Momoa no es capaz de desprender ni la mitad de carisma que en Aquaman y Henry Cavill sigue sin ser el Superman adecuado (y no por culpa suya).

Y sigue sin convencerme el villano, pese a que en la versión dos tenga un mejor acabado digital. Eso de ser una simple avanzadilla de Darkseid le quita entidad, aparte de que ver al villano en las sombras aparecer de manera tan similar a la de Thanos en Guardianes de la Galaxia me parece una pifia. Sé que hay una gran controversia sobre si el Thanos del cómic es en realidad una copia «marvelizada» de Darkside, pero en el cine el titán loco llegó antes, y de eso no se puede dudar.

El fin, que comparaciones aparte, La liga de la justicia de Zack Snyder no deja de ser otro sindios propio de su director, cargado de imágenes majestuosas y luchas sin sentido, una oda a la destrucción cuyas escenas oníricas no bastan para camuflar la vacío de sus personajes, atormentados todos ellos,  pero que funciona como espectáculo y merecería haber sido vista en pantalla grande, ganando a la versión de Whedon en coherencia visual. Continúo pensando que Snyder es único trasladando grandes momentos de los tebeos en imágenes, pero sigue sin comprender el trasfondo de los cómics (ya lo demostró con su Watchmen). Y viendo la dirección hacia Injustice que tomaba su saga, tampoco a los directivos de Warner.

Y una vez dicho esto, os voy a revelar la gran verdad. Pese a toda la chapa que os estoy pegando, lo cierto es que estamos ante una gran mentira. No es posible comparar La liga de la justicia de Whedon con la de Snyder sencillamente porque la de Snyder no existe.

Me explico: Cuando Snyder aseguró que tenía un montaje de su film en su casa pidió la colaboración de algunos actores para grabar unos audios de cara a rematar la película. De ahí se pasó a decir que iba a filmar un par de tomas adicionales para lo que Warner le había cedido unos veinticinco millones de dólares y fijamente se ha sabido que el coste final de entre setenta y ochenta millones, con lo que el director ha contado con actores que no estaban en su primera versión ni se les esperaba, ha podido introducir cambios sabiendo ya, gracias a Whedon, lo que no funcionaba del otro film y ha retocado lo que le ha dado la gana. Así que puede que sí, que esta sea La liga de la justicia de Zack Snyder, pero desde luego, no es La liga de la Justicia que Zack Snyder habría hecho en 2017 (y que desde luego, no habría durado cuatro horas).

Así que si nos empeñamos en seguir haciendo comparaciones, lo más justo sería que le entregasen a Josh Whedon otros tantos fajos de billetes y le permitieran hacer su propio montaje original, que lo que se estrenó tampoco era cien por cien suyo.

¡Ay! ¡Qué bonito es el cine y que divertidas las quimeras…!

 

Valoración: Seis sobre diez.

martes, 16 de marzo de 2021

Visto en HBO: CONFINADOS

Doug Liman es un realizador efectivo acostumbrado a la acción que tiene en su haber su paso por la saga Bourne, ser responsable de la unión entre Brad Pitt y Angelina Jolie, o, en intento de rescatar a Hayden Christensen de su estigma galáctico,  la fallida Jumper. No fue hasta cruzar sus pasos con Tom Cruise (Al filo del mañana, Barry Seal) que empezara a ser tomado totalmente en serio. Es por ello que Confinados es una rara avis en su filmografía, un capricho que cuenta, además, con el reputado Steven Knight (Aliados, Millenium: lo que no te mata te hace más fuerte, Serenity) como guionista.

Seguramente se trate de un proyecto nacido del aburrimiento durante el estado de alarma, y lo peor es que esa es la sensación que produce la película, auspiciada por HBO, al verla. Si se echa un ojo a su argumento, la cosa parece ir de un atraco aprovechando el desvinculado causado por la pandemia (vamos, algo parecido a lo que se propone Operación: Huracán o Army of the dead, cada una en sus propias circunstancias), pero nada más lejos de la realidad. Se trata tan sólo de una excusa para que la mínima trama avance en alguna dirección, cuando lo importante de verdad es la situación personal entre los protagonistas (correctos pero poco más, Anne Hathaway y Chiwetel Ejiofor). Es, por lo tanto, un drama intimista sobre una pareja en crisis cuyos problemas se acentúan con el confinamiento obligado. No es la primera vez que se plantea una película desde la intimidad de una casa (me viene a la cabeza la excelente Un Dios salvaje, de Polanski), pero ni Liman ni Knight saben tocar las claves correctas para que los diálogos o el desarrollo de personajes sean suficientemente atractivos.

Así, como película, habría que calificarla como irregular, invitando casi al hastío. Sin embargo, tiene un mérito más allá del estrictamente cinematográfico que me invita a concederle el aprobado justo. Y es que después de una situación tan surrealista e inédita como la que hemos vivido durante el confinamiento del estado de alarma, verlo reflejado en pantalla provoca una proximidad extraña, recordándonos lo global de la epidemia. Cierto es que veo un exceso de normalidad en las escenas finales (las mascarillas son relativamente minoritarias), pero también hay que recordar que en esos días todo era muy confuso y desconcertante.

Las conversaciones (ya sea laborales o con amigos) en video llamada, las calles desiertas o los artistas callejeros improvisando livianas distracciones a sus vecinos hermana el film con la mayoría de espectadores más de lo que lo pueda hacer, en este sentido concreto, Borat, película film secuela, quizá porque en los USA todo se vive de otra manera.

En fin, que puede quedar como retrato de una época pero muy limitada en sus pretensiones.


Valoración: Cinco sobre diez.

sábado, 23 de enero de 2021

Visto en TVE, Netflix, HBO: EL MINISTERIO DEL TIEMPO

El otro día hablaba sobre la conveniencia de que las plataformas ofrezcan las series por temporadascompletas y, en mi caso particular, este es un ejemplo perfecto.

Desde el inicio de su ficción he sido un fan incondicional de El Ministerio del Tiempo, serie convulsa donde las haya condenada al fracaso de no ser por el movimiento fan que revolucionó Internet, y esperaba con ansia está temporada final, la cual esperaba que se estrenara simultáneamente en Televisión Española y HBO. Por desgracias no fue así, TVE la emitió primero, y con frecuencia semanal. Y como resulta que no me puedo permitir el adaptarme a unos horarios fijos y la web del canal estatal tampoco es que sea para tirar cohetes, pues terminé por esperar a que llegará a la plataforma de streaming, con la consecuencia de que por el camino fueron llegando otras series interesantes que relegado a esta cada vez más abajo en mi lista infinita de pendientes. Explicó todo esto para justificar el que os hablé de una serie que finalizó hace casi un año, aunque con la perspectiva que da el tiempo (nunca mejor dicho) y facilitando que analice no sólo la cuarta temporada sino la serie en su conjunto.

Antes de ver esta traca final habría jugado que la serie ha ido de más a menos. Las dos primeras temporadas me resultaron impecables, y la salida del personaje de Julián, dejando alguna trama inconclusa y otras resueltas de cualquier manera no me terminó de funcionar. Y no porque no me gustase su sustituto, pues Hugo Silva brilla como Pacino y se hace con el personaje con rapidez, pero ya no era el mismo Ministerio que nos había enamorado.

Creada por los hermanos Olivares, la serie narra, con cierto tono de procedimiental, las aventuras de una patrulla capaz de viajar por el tiempo para corregir alteraciones del pasado que puedan afectar a nuestra historia. Así, Javier Olivares (mente maestra tras todo el invento tras el doloroso fallecimiento de su hermano, al va dedicada la serie) combina ciencia ficción con pinceladas de historia nacional, aprovechando para hacer una curiosa crítica social que mantiene un peligroso pero acertado equilibrio entre el patriotismo y la crítica más feroz. Pero es en sus tramas secundarias, esa con aroma culebronesco, donde está el gran valor de El Ministerio del Tiempo, pues consigue componer una serie de personajes de los que es fácil enamorarse, perdonándoles incluso los muchos errores que cometen. Un magnífico trío protagonista formado por Julián, Alonso y Amelia que no eclipsan, sin embargo, a los entrañables secundarios.

Sin embargo, como ya he adelantado, la serie causó furor en las redes, creando una legión de devotos fans, que no se tradujo en audiencia en pantalla (una prueba más de que el concepto clásico de televisión está obsoleto) y tras dos temporadas se anunció su cancelación. Tuvo que ser Netflix quien echara un cable a TVE para que la demandada tercera temporada fuese una realidad, pero la serie estaba ya herida de gravedad y es esa temporada la que considero más floja, pese a la incorporación también de la maravillosa Macarena García. Dos de los miembros iniciales habían caído (Rodolfo Sancho estaba a otras cosas y Aura Garrido pidió que su participación en la serie se fuera reduciendo hasta desaparecer del mapa) y, para colmo, los nuevos guiones no estaban especialmente inspirados. El truco de dar una forma homogénea a toda la temporada con un villano único no terminaba de funcionar del todo y hastá los fans más acérrimos empezaron a acusar el agotamiento.

Todo parecía indicar que la historia terminaba aquí, pero casi dos años después, esta vez con HBO de por medio, se anunció una cuarta temporada. Nadie ha dicho oficialmente que será la última, pero está claro que sus creadores así lo creen, pues el tono de despedida el capítulo final es indudable.

Tengo la sensación de que ya había sido demasiado tarde y la noticia no causó el impacto necesario para resucitar el fenómeno, pero lo cierto es que contra todo pronóstico está tanda de ocho episodios posiblemente sea la mejor de toda la serie. Consciente de que ya no tenía nada que perder, Javier Olivares tira la casa por la ventana y se atreve a romper tabúes que él mismo se había impuesto, como la imposibilidad de viajar al futuro o la de deshacer sucesos del pasado en beneficio propio. Con celebrados homenajes de todo tipo, ya sea a clásicos del cine, la literatura o incluso el cómic (aunque el de Los Intocables de Eliott Ness es el que más me canta), la serie se vuelve completamente loca, apostando por un humor más abierto y llevando a lugares donde nunca se habían atrevido a ir, con naves especiales, retornos a la infancia, efectos mariposa demenciales… Hay regresos muy aplaudidos, otros que saben a poco y un misterio que se cocina a fuego lento hasta el capítulo final.

Quizá la única nota discordante la encuentro, precisamente, en ese episodio de despedida que, si bien cumple todos los cánones propios de la situación, me dejó un poco desangelado. Se me antoja salgo precipitado, sin terminar de cerrar bien todas las tramas y con personajes tomando decisiones que no alcanzo a comprender.

No es plan de cuestionar las normas de los viajes en el tiempo, pues en el terreno de la fantasía cada uno es dueño de sus propias reglas, pero me da la sensación de que Oliveros es muy tramposo en demasiadas ocasiones, retorciendo los conceptos de las paradojas y los efectos mariposa a su antojo, llegando incluso a contradecirse. Hay también elementos que se quedan algo colgados, como el rejuvenecimiento de ciertos personajes o una prueba de embarazo que no conduce a nada, pero gracias a un capítulo en el que constantemente se altera el presente mediante cambios en el pasado se podría pensar que todo deriva en líneas temporales alternativas, como si se plantearan varios «what if» para dejarlos colgados a la imaginación de cada espectador, como una especie de chiste al que no le termino de pillar la gracia.

Una flor no hace el verano y un episodio que me entusiasmó menos de lo esperado no va a arruinar una serie que finaliza por todo lo alto. No es el final emotivo y lacrimógeno que pretende, pero sí es un final que deja las puertas abiertas a un futuro Ministerio del Tiempo pero que resulta evidente que no será el mismo que conocemos y amamos.

miércoles, 20 de enero de 2021

Visto en HBO: 30 MONEDAS

Uno de los temas más antiguos de la historia del cine (o ser la literatura, ya puestos) es la eterna lucha del bien contra el mal. Retorciendo a su antojo conceptos bíblicos, 30 monedas se ampara en ese concepto para componer una obra maestra cargada de homenajes y referentes al género del terror con una brillantez inaudita.

30 monedas no es perfecta, ni mucho menos, y tiene tantos defectos que sería civilizado enumerarlos aquí todos. Y suele ser complicado defender un producto con errores fáciles de localizar. Sin embargo, pocas veces va a resultar tan endemoniadamente sencillo (perdón por el chiste) como aquí pues, pese a todos los peros que se le puedan poner, 30 monedas es un disfrute de principio a fin.

El principal mérito de Álex de la Iglesia y su guionista de cabecera, Jorge Guerricaechevarría, es saber hacer una fusión de géneros sin que rechine en ningún momento. Uno de los problemas que suele tener el cine español (y por extensión su vertiente televisiva) es el trabajar entre dos aguas: la de seguir sus pepitas señas de identidad o el querer verse en el reflejo de las producciones americanas. Con 30 monedas, de la Iglesia consigue una comunión espectacular entre ambos conceptos, logrando codearse con el cine de Carpenter sin renunciar a un toque berlanguiano (qué ganas tenía de utilizar la expresión desde que fuese aceptada por la Real Academia). A fin de cuentas, si Stephen King huye de las grandes urbes para situar sus historias en sencillos pueblos de Maine, por qué no íbamos a hacer aquí lo mismo con la España rural.

30 monedas es, como ya he dicho, otra vuelta de tuerca al concepto de Dios contra el Diablo, una guerra santa que, como suele ser habitual, se termina librando en la tierra.

Las influencias del cine de Carpenter son claras, con especial hincapié a La Niebla, El pueblo de los malditos o La Cosa, pero también hay mucho referente literario detrás, desde personajes que parecen extraídos del Drácula de Brad Stoker, monstruos Lovecraftianos o tramas que recuerdan a La tormenta perfecta o La Niebla de Stephen King. De hecho, ese Angelo que personifica el mal en estado puro bien podría haberse llamado Randall Flagg.

Y ese es el otro gran mérito de 30 monedas. En una historia a priori muy lineal (una moneda perteneciente al pago por la tradición de Judas aparece en un pequeño pueblo de Segovia y sólo el alcalde, la veterinaria y el cura pueden evitar que caiga en manos del demonio) se reinventa en casa episodio de manera que las sorpresas son continuas, impidiendo que el espectador pueda edificar nunca lo que le espera. Si un episodio recuerda a El exorcista, el siguiente parece sacado de una película de terror teen con ouija incluida. Hay brujas, poseídos, y hasta reversos tenebrosos. Incluso he creído ver referencias al terror claustrofóbico de Alien. Todo eso, acompañado de una imaginería visual impecable, como una versión oscura de las fantasías propias de Guillermo del Toro.

Además, para conseguir una mayor coherencia, de la Iglesia abandona su humor más literal, aquel que hacía dudar si El día de la Bestia o Las brujas de Zugarramurdi eran reír o comedia, para limitarse a toques más sutiles, como la ineptitud inicial del alcalde (muy convincente Miguel Ángel Silvestre) o la sorpresa que produce la aparición de ciertos esperpentos.

Álex de la Iglesia tiene una mente privilegiada, capaz de hacernos viajar a mundos imaginarios y hacernos creer que están justo al cruzar la puerta, pero en esta ocasión riza el rizo en un salto mortal sin red, trayendo lo que quizá sea la propuesta más arriesgada del audiovisual español en toda su historia. Una epopeya de terror que, bien apoyada en la gran labor de Eduard Fernández, funciona como un tiro, con seis episodios que casi parecen películas independientes por sí solas y un final partido en dos capítulos cuyo peaje por tan loca osadía es el aceptar algunas elipsis algo bruscas que impiden un desarrollo de personajes más perfecto y una cierta limitación presupuestaria (HBO tampoco lo es todo, que les pregunten si no a los de Juego de Tronos) que hace que algunos de los monstruos reciclables den un poco el cante. Un peaje que yo pago gustoso, impaciente por ver qué más se puede sacar de la chistera el mago de la Iglesia para la segunda temporada (en su cabeza está la idea de un tríptico), para la que conservaremos muchas preguntas, algunas de las cuales quedarán sin duda sin respuesta, lo cual llegar incluso a ser algo positivo. Al fin y al cabo, recordemos que esto va sobre religión, y en cuestión de fe nadie puede dar mejores respuestas que uno mismo.

viernes, 15 de enero de 2021

Visto en HBO: DOOM PATROL T2

Siendo aficionado a los cómics, hay productos que no puedo dejar de ver, por más que las adaptaciones televisivas de superhéroes son ya tantas que es casi imposible estar al tanto de todo. Ya en su momento me di de baja del Arrowverso ante la infinidad de ramificaciones en la que estaba derribando y ni siquiera con Marvel, a la que le soy más fiel, puedo estar al día.

Por eso, trato de seguir más de cerca las nuevas propuestas antes de que crezcan demasiado, y más cuando tratan de robar caminos diferentes al habitual. Así es como me acerqué a Doom Patrol, saltándome la breve presentación que hicieron en Titanes, buscando una serie fresca, divertida e irreverente.

Algo más de pereza me ha dado esta segunda temporada, hasta el punto de haberla abandonado hace meses a mitad del primer capítulo esperando a encontrar el momento adecuado de retomarla.

Puede que parte de la culpa sea de The boys, otra apuesta superheroica «adulta» con un humor cafre y sangriento muy superior a la que nos ocupa hoy, pero también puede que la fórmula, simplemente, se haya agotado antes de tiempo.

Los superhéroes marginales que dicen tacos y meten la pata constantemente miembros lloriquean por sus desgracias me ha abordado a cansar y ninguno de sus protagonistas ha conseguido llegarme al corazón lo suficiente como para que me importe realmente lo que le suceda. No es que la primera temporada fuese muy superior, pero al menos ese absurdo enfrentamiento contra el Señor Nadie, aún terminando con un gran cliffhanger, dejaba las cosas más o menos cerradas.

En esta segura temporada se alternan tramas muy serias, truculentas incluso, como todo lo relacionado con el pasado de los protagonistas, con el surrealismo más grotesco y hasta ridículo (estoy pensando en la nave espacial que usa una cabeza de cabra como motor y una manzana de combustible o la propagación de ciertos de los «escasos» desde dentro del cuadro de Espacio blanco), lo que provoca una montaña rusa de intenciones que no la benefician en absoluto, propiciando que la supuesta épica del episodio final quede en nada, más si tenemos en cuenta la falta de un final para nada satisfactorio que hace que me replantee si veré la ya confirmada tercera temporada.

El fin, un pasatiempo ligero, a ratos entretenido, pero mucho menos gamberro y radical de lo que pretende.

sábado, 19 de diciembre de 2020

Reflexiones: LAS MARATONES SERIÉFILAS A DEBATE

Mientras estoy a escasas horas de que termine la segunda temporada de The Mandalorian, serie que terminaré como el resto del mundo pero que he empezado casi dos meses después, y con la polémica suscitada por The boys ya olvidada, he querido reflexionar con vosotros sobre la mejor forma de ver una serie de televisión.

Tengo claro que más allá de las razones que cada uno de los bandos pueda aportar, todo el mundo tiene derecho a verlas como les dé la gana, por lo que ya de entrada me parece que el ofrecer toda una temporada de golpe, tal y como acostumbra a hacer (aunque no siempre) Netflix es la idónea, pues permite que cada cual se las administre como mejor les convenga.

Si hablamos de la manera de ver una serie con afectar a su calidad, encuentro excesivo e incluso agotador hacer maratones intensas en las que ver, por ejemplo, dos temporadas enteras de Juego de Tronos en un fin de semana. Y es que por mucho que uno pueda disfrutar de una serie, darse semejante atracción impide el proceso de reflexionar e incluso analizar lo visto en cada episodio, perdiéndose ese punto de meditación que enriquece un producto de calidad. No me imagino viendo, por ejemplo, Gambito de dama en una sola tarde...

Sin embargo, con los tiempos que corren, donde todo se hace con prisas y hay auténtico pánico por los spoilers (cosa que no va mucho conmigo, que nací en la época en la que la muerte de Chanquete se anunció una semana antes de la emisión del capítulo de Verano Azul en las portadas de todas las revistas), ver un episodio por semana puede ser hasta peligroso. Estás obligado a ver el episodio en cuestión apenas se encuentra disponible y, si se siguen varias series a la vez, al final terminas por hacerte un lío y mezclar tramas. Es el problema de ver lo que te gusta, lo que «se tiene que ver» y lo que te recomiendan que veas que no te termina de convencer pero sigues porque te han asegurado que más adelante mejora.

Por eso yo, particularmente, prefiero las maratones, pero con cierta medida. Ya que no temo a los spoilers (y con spoiler me refiero a que me revelen algún dato concreto de la trama, otra cosa es que me revienten el argumento completo), siendo sólo quisquilloso en temas Marvel, y tampoco es que me pase el día en redes sociales, mi opción preferida es la del episodio diario. Estoy hablando todo el rato, por supuesto, de series de peso (y que nadie se ofenda por el calificativo). Nada que ver con pegarme un atracón un domingo lluvioso de Friends o The big bang theory, que las sitcoms juegan en otra liga.

Pongo el caso de The Mandalorian, que dada su duración, un episodio a la semana me sabe a poco, así que me aguante las ganas hasta finales de la semana pasada y hoy mismo (jueves, 17 de diciembre) he visto el episodio siete, de manera que mañana disfrutaré del final de temporada a la vez que todo el mundo.

Hablo de gustos y colores, por supuesto, algo que no merecería más debate si no fuese por la controversia nacida a partir de la segunda temporada de The Boys. Por si alguien no sabe de lo que hablo os pongo en antecedentes.

The Boys apareció hace un par de años caí sin hacer ruido dentro del catálogo de producción propia de Amazon Prime. Se subió toda de un tirón, lo que coloquialmente podríamos denominar «al estilo Netflix», y fue un éxito absoluto hasta el punto de convertirse en la serie de cabecera de la plataforma. Hace unos meses llegó el ansiado estreno de la segunda temporada y se decidió colgar con carencia semanal (vamos a llamarlo, por decir algo, «al estilo HBO»). El cambio no fue anunciado con suficiente insistencia, y pilló por sorpresa a muchos fans que no reaccionaron demasiado bien al mismo. Yo mismo, que empiece la serie algo después de su estreno, me sentí muy distraído al descubrir que el tercer episodio era el último disponible y decidí abandonarla hará que no estuviese disponible por completo. El calentón fue tal que hubo una llamada al boicot haya el punto que los propios creadores tuvieron que salir en defensa de Amazon e indicar que se había hecho a petición de ellos mismos, que es como mejor consideraban que se podía disfrutar la serie.

Por más que encuentro exageradas estás muestras de odio hacia un producto que te gusta, la realidad es que era una estratagema pensada para conseguir que cada semana se hable del episodio en cuestión, mientras que ofreciendo la serie al completo está dejaba de ser noticia en un par de semanas. Teoría tan buena como pretenciosa, pues la considero válida para series muy top (y me vienen a la cabeza, solamente, Juego de Tronos o The Mandalorian, por no alejarnos mucho en el tiempo y recordar a Perdidos). La realidad es que con el ritmo de estrenos que tenemos vale más mucho ruido de golpe que aspirar a un ruido inferior que se pueda, o no, prolongar en el tiempo. Siguiendo con el ejemplo, antes de terminar la emisión de The Boys T2 llegó Gambito de dama, y todo el mundo se puso a hablar de ella. Y tengo la sensación de que The Boys ha sido olvidada mucho antes de la aparición de su final, con una repercusión muy inferior a la primera temporada. Que eso sea culpa de la emisión, del boicot o de la calidad de la misma es algo que dejo al pactar de cada uno.

Otro peligro del estreno a cuenta gotas es el olvido. Todos tenemos una lista de pendientes infinita (al final, el tiempo de ocio es limitado) y en dejar una serie en la recámara en espera a que esté completa puede significar su condena. Yo mismo tengo muchas de esas pendientes que si me las hubiesen ofrecido de golpe las habría devorado con ganas. En unos días publicaré mi opinión tardía de Vis a vis: el Oasis, y algún día sacaré tiempo para ver el final de El Ministerio del tiempo, WestWord, Patria, Antidisturbios... Y eso que The Walking Dead la abandoné hace tiempo no sólo por culpa de esto pero sí en parte.

En fin, que cada uno puede ver las series cómo y cuándo quiera, pero si se ofrecen de golpe es más fácil que cada uno se haga su propia composición. Las emisiones semanales te imponen o un visionado lento o esperar a verlas una vez ha pasado ya el boom y con otras novedades aparecidas por el camino.

¿Os imagináis que durante el confinamiento a Netflix se le hubiese ocurrido la locura de presentar la cuarta temporada de La casa de papel semana a semana? Eso sí que habría sido un drama para los haters de Internet, y no lo del Covid...

domingo, 23 de agosto de 2020

Visto en HBO: LO QUE HACEMOS EN LAS SOMBRAS. T2.

Es posible que Taika Waititi no sea un creador del gusto de todos. Su humor, inteligente y absurdo a la vez, puede crear controversias, y aunque no terminó por convencerme A la caza de los ñumanos, lo cierto es que su Thor Ragnarok es de lo más radical y diferente que se ha podido ver en el MCU de Marvel mientras que Jojo Rabbit es una completa maravilla.
Antes que todo esto escribió y dirigió Lo que hacemos en las sombras junto a su amigo Jemaine Clement en su Nueva Zelanda natal, y aunque no fue lo que se dice un bombazo (tuvo un estreno muy discreto, es una de esas joyitas que yo personalmente descubrí, casi por casualidad, en el Festival de Sitges), poco a poco se ha ido convirtiendo en película de culto hasta que, hace un año, en FX Networks decidieron apostar por ella para convertirla en serie de televisión.
Distribuida en España por HBO, acaba de concluir la segunda temporada de las particulares peripecias de cuatro vampiros que comparten piso en New Jersey y solo puedo decir que no solo se mantiene el nivel de la primera (que ya era muy alto), sino que por momentos incluso lo supera. Con las cartas ya sobre la mesa y conociendo ya a los protagonistas, la serie se permite arriesgar por terrenos desconocidos, como en el episodio en que el vampiro Laszlo abandona su comunidad, abandonando así la zona de confort de la serie, dando más papel a Colin Robinson, un vampiro psíquico realmente desternillante, y manteniendo la zona costumbre de incluir cameos memorables, en este caso destaca la presencia siempre formidable de Mark Hamill. No obstante, y buscando huir de la mera repetición de situaciones, esta segunda temporada inicia una interesante línea argumental paralela centrada no en los vampiros sino en Guillermo, el «familiar» humano que hace de sirviente para Nandor y que se erige, por sorpresa, en el verdadero motor de la temporada.
Igual de absurda, irreverente y extravagante que la primera temporada o la película, esta nueva tanda de episodios de Lo que hacemos en las sombras dejan con un muy buen sabor de boca. Por momentos tronchante, es digna heredera del buen hacer de Waititi, aquí solo productor, ya que su entrada en el mundo de Star Wars a través de The Mandalorian no le habrá dejado mucho tiempo para dirigir, como sí hiciera en tres episodios de la primera temporada. Y con un final de temporada que, como no podía ser de otra manera, deja con ganas de más.

domingo, 16 de agosto de 2020

Visto en HBO: ENCURTIDO EN EL TIEMPO

Se podría pensar, viendo los resultados de crítica de ciertas películas de Netflix, que algunos autores pierden fuelle con el cambio de formato. Pero viendo la primera película original de HBO Max con Seth Rogen como protagonista y productor (Y un amigo de la casa en la silla de director), parece que el problema es contagioso.
Y es que pese a las aspiraciones de comedia que tiene Encurtido en el tiempo, a la hora de la verdad lo más gracioso del film es su flipante título en español. El film arranca en 1919, cuando un inmigrante judío que busca la prosperidad en los Estados Unidos mediante un empleo miserable en una fábrica de encurtidos cae en un tanque de pepinillos justo el día en que la factoría quiebra. La salmuera lo conserva intacto hasta que es rescatado cien años después, y es ahí donde se produce el verdadero arranque de la película, con nuestro héroe conociendo a su único familiar vivo y tratando de adaptarse a un mundo totalmente nuevo para él.
Con un planteamiento similar a Eternamente joven (no voy a mencionar al Capitán América por no pasarme de obvio) y con Rogen haciendo un doble papel, las posibilidades cómicas son casi infinitas. Sin embargo, el guionista Simon Rich, que adapta su propia novela, prefiere buscar el sentimentalismo, resultando más un drama que una comedia.
Quizá si desde el primer momento se hubiese apostado claramente por el drama la propuesta habría funcionado muy bien, ya que el mensaje sobre la familia, el honrar a los padres y la fuerza de la identidad están muy presentes en todo momento, y hay momentos muy hirientes a la par que simpáticos en la crítica hacia la sociedad actual, movida por el capitalismo, las redes sociales y la frivolidad. Pero no es así, y hay toques demasiado absurdos como para ignorar que esto es, de alguna manera, una comedia. Y como tal, no me funciona en absoluto.
Encurtido en el tiempo es una película extraña, que para colmo ha sido estrenada en nuestro país solo en versión original (otra prueba de lo chapucera que es la plataforma de HBO España), que mezcla de manera aleatoria géneros e intenciones y que tiene mucha menos gracia de lo que pretende, aunque a cambio funciona bien en el apartado más íntimo y familiar, inculcando (como no podía ser de otra manera con Rogen de por medio) un adoctrinamiento judío algo excesivo.
En fin, propuesta irregular, una fábula simpática pero no divertida, muy alejada de las propuestas locas (aunque cada vez más blancas) a las que Rogen nos tiene acostumbrados.

Valoración: Cinco sobre diez.

jueves, 16 de julio de 2020

Reflexiones: ¿VOLVEREMOS A IR AL CINE?

Mañana es de nuevo viernes y aquella vieja rutina de comprobar los estrenos de la semana continúa sin emocionar. Será ya el cuarto fin de semana con salas abiertas, pero, con permiso de la nueva comedia de Leo Harlem (que es otro de estos cómicos que disfruto mucho más en un monólogo que como actor de cine), poca cosa interesante hay.
Entiendo la negativa e las distribuidoras de traer grandes títulos, pues entre el miedo a contagio de la gente, las medidas de seguridad y las salas que siguen cerradas, posiblemente en lo que uno piensa ahora es en ir a encerrarse a un cine, pero lo cierto es que tras casi cuatro meses sin películas de estreno se corre el peligro de que nos acostumbremos al cine en casa. Si ya hasta ahora eran las grandes superproducciones las que arrastran a las masas al cine (y tampoco todas), esto va a ser mucho más determinante a partir de ahora.
Al principio de año todos pensábamos que los grandes títulos que iban a arrasar este verano serían La Viuda NegraArtemis FowlWonder Woman y Fast & Furious 9. Ahora, la situación ha dado un vuelco tan radicar que las dos heroínas de comic han de esperar hasta octubre para pasar por las pantallas del país, Fast&Furious se cayó hasta abril del año que viene y Artemis Fowl (que probablemente tampoco habría sido un gran éxito) ha terminado yendo directamente al streaming de Disney+. Al final, la gran esperanza para salvar (por decir algo) la temporada estival recae en Santiago Segura y su secuela de Padre no hay más que unoTenet de Christopher Nolan (y dicen los rumores que podrían volver a aplazar su estreno) y Mulan, todas ya en agosto.
A nivel personal, esto no me va a afectar demasiado, pues uno de los daños colaterales de la pandemia ha sido la muerte ya anunciada de mi cine habitual (igualmente tenía previsto cerrar a lo largo del 2020), con lo que ya avisé que mis visitas a las salas de cine, por tiempo y por economía, serían más escasas. Pero la realidad es que no solo nos hemos acostumbrado a ver cine en casa, sino que mucha de la ente que hasta ahora conocía de la existencia de plataformas como Netflix pero solo las veían cuando iban a casa de algún familiar (aunque parezca increíble, hay gente que sigue descargándose series piratas), este confinamiento (que no sabemos si volverá, ya nada se puede descartar) ha propiciado que todos se adentren en el mundo del streaming. Así, títulos como La vieja guardia se han convertido en uno de los estrenos importantes de la temporada y no parece que la cosa se vaya a detener con la reapertura de los cines.
La oferta es mucha y muy variada: HBOFilminAmazon PrimeMovistarDisney+OléSkyApple tv… y alguna me dejo. La televisión convencional está agonizante, quedando reservada para eventos deportivos, realitys (y ya veremos, que las plataformas también están entrando en eso) y el salseo de Tele5, y lo mismo puede pasar con los cines, que se van a ver relegados a acoger los grandes eventos Marvel y poco más. Un ejemplo lo tenemos en los festivales de cine, que para no ser cancelados han llegado a acuerdos con algunas plataformas para programar allí sus películas. Si el resultado es positivo, teniendo la oportunidad de que estas películas se vean desde cualquier hogar de España en lugar de en una sola sala de cine en una localidad concreta, ¿estáis seguros de que en años posteriores no apostarán por la misma fórmula? Artemys Fowl no ha convencido a la crítica, pero seguro que en Disney+ la han visto millones de personas. ¿Habría pasado lo mismo en cine o habría sido un descalabro más de Disney?
Para aumentar la duda, basta echar un vistazo a los grandes títulos que Netflix va a estrenar en lo que queda de año: Ofrenda a la tormenta (la trilogía del Baztán nació en cines, pero tras El guardián invisible y Legado en los huesos el final de la saga se lo han quedado ellos), Orígenes secretos (cine de superhéroes a la española), Enola Holmes (peli protagonizada por la hermana de Sherlock Holmes con el rostro de la chica de Stranger Things), Mank (lo nuevo de David Fincher también se queda para la pantalla pequeña), Hillbilly Elegy (Ron Howard, otro ilustre que ficha por la plataforma, con repartazo de lujo), The Devil All the Time (otra con reparto de infarto), The Midnight Sky (la nueva de George Clooney como director y protagonista), The Trial of Chicago 7 (esta con Aaron Sorkin a los mandos), Red Notice (Dwayne Johnson, Gal Gadot y Ryan Reynols, ¿hay que decir algo más?), Army of the Dead (o Zack Snyder volviendo al cine de zombies)… Y todo eso sin contar con peliculillas que serán éxitos asegurados como las secuelas de Mi primer besoThe babysister o Crónicasde Navidad y las miles de películas de fondo de armario entre las que siempre aparece alguna sorpresa agradable. Por no mencionar la frustrantemente deseada Greyhound: Enemigos bajo el mar con Tom Hanks que se ha quedado Apple TV o la versión Snyder Cut de Justice League en HBO Max.
Y luego están las series, por supuesto…
En fin, que o mucho cambia las cosas o me temo que nos han acostumbrado a ver cine en casa. Y si, además, las ofertas que nos deben hacer regresar a las salas son películas de medio pelo o reestrenos de pelis interesantes pero que nos sabemos de memoria como El laberinto del Fauno o [REC], pues me temo que la cosa pinta mal. Muy mal.
Y, para colmo de males, sin que los próximos proyectos de Marvel emocionen tanto como los pertenecientes a la Saga del Infinito y con Star Wars en el dique seco.

Habrá que esperar, a ver que pasa, pero no me siento muy optimista, no…

domingo, 3 de mayo de 2020

Visto en HBO: AVENUE 5

Hace apenas un rato comentaba el problema que tienen las comedias como Future man, pues necesitan de varios episodios para que el espectador conozca a los protagonistas y los pueda amar (u odiar, según sea el caso) lo suficiente como entusiasmarse con la misma.
Algo parecido me sucedió con Avenue 5, solo que la conexión fue más rápida y la sensación de vacío (solo hay una temporada disponible) más dolorosa.
Avenue 5 se sitúa en un futuro no muy lejano en el que los cruceros turísticos se realizan alrededor de Júpiter en lugar vadeando islas mediterráneas. Ahí se encuentra el capitán Ryan Clark, interpretado por un Hugh Laurie que consigue sacarse con mérito el disfraz del doctor House, casi una leyenda debido a su heroica intervención en un accidente en un crucero anterior.
A bote pronto, conociendo en pinceladas a la tripulación y a algunos de los pasajeros, con sus historias de matrimonios en crisis y demás, la cosa amenaza con recordar a una especie de Vacaciones den el mar pero con toque cómico y en el espacio, pero la cosa cambia drásticamente con el primer giro de los acontecimientos, un incidente que provoca que lo que iba a ser un viaje de ocho semanas se prolongue hasta los tres años y cada uno de los personajes se deba quitar las caretas para demostrar su verdadero yo.
Ahí es cuando arranca con fuerza la serie, rompiendo esquemas y demostrando un humor negro muy malvado que funciona a la perfección. Incluso los elementos de escatología (hay un gran anillo de mierda alrededor de la nave) están mucho más integrados que en la mencionada Future man, consiguiendo tratar temas espinosos con una mala baba tan insana como aplaudible.
Una comedia, en fin, que va creciendo a medida que avanza la trama y con un final que te hace desear con ansias el estreno de la segunda temporada.

Visto en HBO: FUTURE MAN

Comentaba hace un par de entradas la sensación de que conforme avanza mi edad mis gustos van cambiando. No quiero decir con esto que me vaya a abandonar esa vena friki de la que me siento orgulloso, pero cuando productos como Future man se me antojan fuera de mi target, algo está pasando.
En formato de veintipocos minutos por episodio, una de sus mejores armas, Future man nace del espíritu friki del propio Seth Rogen, notándose su mano en algunas escenas más escatológicas o soeces de lo habitual en este tipo de comedias. El argumento es simple: un chico logra llegar al final de un dificilísimo videojuego para descubrir que todo era en realidad parte de un proceso de selección para encontrar a un héroe capaz de salvar a la humanidad. Vamos, como en aquella película de 1984: Starfighter, la aventura comienza, como dejan claro en la propia serie.
La diferencia es que en este caso se va a jugar mucho con los viajes temporales, pudiendo así dedicarse a homenajear a diversos referentes de culto, con Terminator como el más evidente (incluso en el tipo de fuente de los créditos es un calco) y Regreso al futuro a la zaga que se supone que debería hacer las delicias de los aficionados al género.
Mi problema con la serie es que me costó bastante entrar en ella. Esto es algo habitual en las comedias de media hora, en las que se necesita un tiempo para coger cariño a los personajes, pero en este caso el esfuerzo fue mayor de lo esperado. Aún así, una vez logré que el trío protagonista me cayese bien, acepté de buen gusto la premisa que me ofrecían, siendo el episodio dedicado a James Cameron el que realmente me pareció brillante (pese a los estropicios que hace un traductor inepto con muchos de los chistes en la versión española).
Resulta curioso, además, que en la segunda temporada evitan conscientemente jugar a la repetición y hay un giro argumental que sorprende para bien, por más que el juego de los guiños se minimice, estando casi en una serie diferente donde solo los protagonistas coinciden.
En espera de la tercera temporada, que se está emitiendo en estos momentos en Estados Unidos y puede verse por aquí semana a semana en inglés, la propuesta es una buena recomendación por su pasatiempo ligero y sus múltiples referencias nerds, aunque las escenas de acción sean un poco casposas y los efectos especiales no sean tan brillantes como la ambición de los guiones pretende. Eso sí, hay que aceptar esas pinceladas de humor de brocha gorda propia del cine de Rogen que pueden no ser del agrado de todos.

domingo, 19 de abril de 2020

Visto en HBO: WATCHMEN

Hace ya treinta y tres años, Alan Moore creo la que se considera la obra cumbre del noveno arte, llamada incluso “la biblia del comic”, Me estoy refiriendo, por supuesto a Wachmen, que no solo es prodigiosa sino, aparentemente inadaptable.
Al final, resultó no ser tanto. Zack Snyder lo intentó en 2009 y, pese a que algunos palos le cayeron, a mi parecer se trató de una adaptación impecable. Con algunos planos literalmente calcados del comic, como ya hiciera con 300, Snyder supo hacer una reinvención para que no se tratase, a nivel narrativo de un calco, sino de una reinterpretación muy interesante.
Ahora llega una nueva versión, en este caso en forma de secuela, de Watchmen, en forma de mini serie para la HBO surgida de la mente de Damon Lindelof, odiado por el final de la serie de Perdidos y por su aportación al Universo Alien con Prometheus, pero que se ha reconciliado con las masas gracias a The leftlovers.
Esta nueva Watchmen es una continuación directa de lo que sucede en la obra magna de Moore (ojo, no es secuela de la película, sino del comic), y nos muestra como ha quedado el mundo tras los acontecimientos vividos. Con un cambio en el panorama político, algo más adaptado a los tiempos actuales, Lindelof se aleja ligeramente del concepto de los superhéroes para centrarse más en el trasfondo social. No en vano la serie arranca con un hecho real: la masacre de Tulsa en la que en 1921 asesinaron a la gran mayoría de la población negra. Así, el tema racial será uno de los telones de fondo de la serie que arranca con el asesinato del Jefe de Policía de Tulsa y la posterior investigación.
No voy a obviar el gran problema que tiene la serie, que no es otro que el gran desconcierto que pueda causar la serie en aquellos que no hayan leído el comic original. Aunque las cosas terminan por resultar bien explicadas, lo cierto es que podría llegar a costar conectar con los personajes y con ciertas cosas que suceden en la ficción (relacionadas con el final del comic, lo que más varió con referencia a la película de Snyder). Además, el primer episodio puede pecar de una excesiva lentitud que sin duda asustará a aquellos que se limitan a valorar una serie en función de s piloto.
Watchmen, efectivamente, exige un poco de paciencia, pero si uno se arma de ella y continúa hasta el final no quedará decepcionado. Y es que la serie plantea muchas películas a lo largo de su metraje, pero termina por contestarlas todas de forma satisfactoria, con un cierre perfecto y sin intenciones, al menos en palabras del propio Lindelof, de hacer una segunda temporada.
Se está hablando mucho sobre si Watchmen ha sido la mejor serie del pasado 2019. Puede que eso sea un poco extremo, y no llegue a la calidad de obra maestra, pero el resultado, más teniendo en cuenta los temores que suscitaba el proyecto, es realmente impecable. Una gran serie desconcertante pero digna heredera del espíritu Moore, aunque sin duda a él no le habrá gustado (como le sucede con todas sus adaptaciones).

jueves, 16 de abril de 2020

Visto en HBO: THE YOUNG POPE / THE NEW POPE

Toca hablar ahora de una serie doble, dos series que en realidad deberían ser dos temporadas de una misma si no fuera por la intención de jugar con el título. Se trata de The Young Pope y The New Pope (El joven Papa y El nuevo Papa), creadas y dirigidas por Paolo Sorrentino. Y ya os anticipo que mi opinión puede traer polémica.

Había escuchado críticas muy dispares sobre la serie y gente de confianza me había hablado muy bien de ella, así que lo cierto es que le tenía ganas. Sorrentino es un gran director y sus trabajos tienen una fuerza visual muy poderosa, y lo mejor que se puede decir de la serie de HBO es que esa visión no se ha perdido en su salto a la pequeña pantalla.
Sin embargo, como suele suceder con la mayoría de los grandes creadores, Sorrentino termina siendo lo mejor y lo peor de la serie, ya que ese deseo constante de plasmar imágenes impactantes y hermosas en ocasiones se traducen en dejar de lado el lenguaje narrativo, y si bien hay algunos momentos de diálogos muy inspirados hay otros en que las tramas se olvidan o se avanza a saltos en la historia. Da la sensación de que Sorrentino está tan pagado de sí mismo que se centra más en su lucimiento propio que en conseguir una obra coherente y bien construida.
Tema aparte es el argumento. Es evidente que Sorrentino pretende hacer un análisis de la Iglesia Católica desde dentro, y no era difícil adivinar que ello comportaría una crítica feroz y puede que desproporcionada. Es importante por ello, si queremos hablar de las cualidades artísticas de la serie, dejar los temas de Fe apartados, ya que desde el principio aviso que no será una serie apta para católicos practicantes. El problema está en que la primera temporada arranca francamente bien, con la presentación de un Papa muy joven (hablamos de cincuenta años, que nadie piense tampoco ninguna locura) brillantemente interpretado por Jude Law, que trata de revolucionar la Iglesia durante su papado con ideas curiosamente ultra conservadoras, tratando de regresar a los tiempos de oscuridad en los que la iglesia era respetada precisamente por el hecho de ser temida. Desconcierta no saber nunca el camino exacto que pretende tomar el papa Pio XIII y sus disputas con su secretario de estado, el cardenal Voiello, y esa extraña mezcla entre la iglesia más conservadora y la música electrónica, las luces de neón y la representación del Papa como un sex simbol, junto a la lujosa recreación de escenarios, consigue atrapar al espectador. Al menos durante los seis o siete primeros episodios de la primera temporada. A medida que se va acercando al final, la trama se va desinflando, el camino del Papa va por otros derroteros y Voiello, verdadero protagonista en las sombras, va perdiendo relevancia. Y la serie empieza a hacer aguas y a aburrir, culminando en un final abierto que hace pensar que el rótulo de THE END con que se despide la serie es una tomadura más del Sorrentino este, que en el fondo debe ser un cachondo.
Pero una de las observaciones que más se hicieron de la serie es que pese al aura de irreverencia que pretende otorgar a la temporada, lo cierto es que lo hace a medias tintas, demostrando a la vez una reverencia posiblemente involuntaria hacia esa misma iglesia que pretende parodiar. Quizá molesto por esas conclusiones, Sorrentino empieza fuerte en la segunda temporada, en la que el protagonismo cae en las manos de un nuevo Papa, esta vez con el rostro de John Malkovich, demostrando que quiere dejar claras sus intenciones: crear polémica. Es por eso que, más allá de mis creencias personales, encuentro esta segunda temporada retorcida en un intento de incomodar y provocar que me recordó a los peores momentos de Juego de Tronos. En un intento erróneo de evitar cometer las mismas equivocaciones, Voiello no solo recupera su protagonismo, sino que se ve duplicado en una doble interpretación de Silvio Orlando. El humor y el sexo está mucho más acentuado, hasta el punto de rozar el ridículo y Malkovich, pese a lo gran actor que es, poco puede hacer para insuflar vida a un personaje anodino que contagia con sus dudas y temores a toda la serie. Todo son errores y pasos atrás en esta segunda temporada (el caso del cardenal encarnado por Javier Cámara es un claro ejemplo), no se llevan bien algunas ausencias (Diane Keaton, sin ir más lejos) y el retorno de personajes carismáticos está muy mal llevado. Sofia Dubois, a quien da vida Cécile de France, era la directora de imagen del Papa y su presencia se hacía demasiado breve en la primera temporada; en esta segunda es casi omnipresente, pero está tan desdibujada que no hay por donde agarrarla. Algo similar ocurre con Esther, la chica que vive en sus propias carnes un milagro de la mano del Papa Pio XIII y que bajo el mandato de Juan Pablo III pretende hacer un descenso a los infiernos grotesco y, de nuevo, mal explicado.
Muchas meta referencias, mucha caricatura y muy poco respeto, no ya a la Iglesia sino a la imagen que se da de la misma en la primera temporada que, para colmo, propicia una trama aburrida, carente de interés, que solo remonta (qué casualidad) con el retorno a  la primera plana de Pio XIII (o Lenny Belardo, que es su verdadero nombre), que hasta ahora había protagonizado una trama digna de un culebrón barato. Ahí, a falta de tres episodios para concluir la serie (de manera algo aleatoria y artificial, todo sea dicho), la cosa empieza a remontar, pero ya es tarde y el daño está hecho.
Sorrentino en estado puro, para bien o para mal. Y el resultado final, para mí, ha sido para mal. La fotografía nunca puede ser más importante que la narrativa, porque si no nos encontramos con los mismos defectos que esas superproducciones en las que los efectos especiales fulminan la historia. Sí, es más bonito ver los delirios coloristas y oníricos de Sorrentino que las destrucciones masivas de los Transformers de Michael Bay, pero al final todo se reduce a lo mismo. O quizá no, porque dentro de su vacío espiritual, al menos Michael Bay da lo que promete. The New Pope, no.
Y ahora, ya pueden empezar a lloverme los palos. Podré aguantarlos. Quizá en la tercera temporada pueda hacer el papel de mártir. Siempre y cuando me dejen romper la cuarta pared y mirar a cámara como si fuese un invento del propio Sorrentino, claro está.

domingo, 12 de abril de 2020

Visto en HBO: YEARS & YEARS

No es ninguna noticia que me gusta el género del terror. Me encanta. Pero, generalmente, más en la literatura que en el cine o la televisión, porque una cosa es jugar con la propia imaginación y otra muy diferente asustarse por lo que imaginan otros.
Por eso, mi gran problema con la ficción audiovisual de terror es que, por lo general, no me asusta. Me sobresalta esporádicamente, sí, pero poco más.
Sin embargo, hoy quiero hablaros de una serie que apareció en HBO en la primera mitad del 2019 y que no había tenido tiempo de ponerme a fondo con ella hasta la llegada del dichoso confinamiento: Years & Years, una serie a medio camino entre la ficción costumbrista y la distopía que, siendo lo más alejado posible a una producción de terror, me ha dado un miedo increíble.
Y es que la serie nos presenta a una familia convencional de clase media de Manchester, los Lyon, y nos va a llevar de su mano a conocer los próximos quince años de aquí en adelante. Así, mientras disfrutamos de los conflictos internos de cuatro hermanos y sus ramificaciones familiares, vemos como en una sociedad terriblemente real y reconocible se van produciendo una serie de cambios que, si bien tomados a la ligera pueden parecer algo tramposos, resultan completamente verosímiles.
Las nuevas tecnologías, crisis bancarías, virus sanitarios, revoluciones, conflictos políticos con lanzamiento de misiles incluidos… Todo visto desde la distancia, en formato de noticias en un informativo televisivo cualquiera, tal y como apreciamos el día a día desde la seguridad de nuestras propias casas, hasta que esa distancia se rompe y pasamos a formar parte de la noticia.
Con una Emma Thompson magnífica en el papel de una líder política extremista que gracias a su manejo de los medios pasa de ser una simple desconocida a aspirar a presidir el gobierno, toda la serie sabe tocar la fibra de los miedos a los que nos enfrentaremos en un futuro que no se presentará en los próximos años, como en muchas distopías futuristas del montón, sino que va a dar comienzo apenas en cinco minutos, quizá justo cuando vosotros terminéis de leeros esto. Y puede que ni nos demos cuenta hasta que sea demasiado tarde. O que sí nos demos cuenta y no hagamos nada por evitarlo. Por eso me ha dado tanto miedo.
Debo decir, en honor a la verdad, que el último tercio del capítulo final me dejó algo desinflado, tomando un camino peligroso por sus dosis futuristas con el que ya no conecté tanto (por eso quizá la idea de una segunda temporada no me seduzca demasiado), quizá deseando hermanarse en exceso a series como Black Mirror, pero dejando de lado ese pequeño detalle, la nueva apuesta de Russell T. Davies, responsable de la “resurrección” de Doctor Who, es una joya de la televisión actual, a todas luces imprescindible.
No se trata de una serie sobre el fin de la humanidad, pero, muy probablemente, sí nos avise de como empezó todo para llegar al fin de la humanidad. Fantástica, ciberpunk, distante, y a la vez totalmente intimista y cotidiana. Una serie de contradicciones que no pueden más que disfrutarse.
Y asustarse con ellas, insisto.