jueves, 1 de noviembre de 2018

HUNTER KILLER: CAZA EN LAS PROFUNDIDADES

Que la carrera cinematográfica de Gerard Butler está en claro declive es una evidencia. Alejado ya del papel de galán en comedias románticas, sus últimos trabajos se reducen a repetir siempre el mismo personaje de tipo duro en situaciones extremas en producciones de dudosa calidad, como aquella olvidable Geostorm. En la misma linea se estrena ahora Hunter Killer: Caza en las profundidades, película que ha llegado sin apenas promoción y que probablemente sea un nuevo traspiés en la taquilla. A las pruebas me remito: decidí verla anoche debido a que la sala en la que ofrecían Bohemian Rhapsody estaba a reventar. A cambio, pude “disfrutar” de esta Hunter Killer absolutamente solo en mi sala. Mal presagio...
El caso es que una vez puestos en harina y aceptando todas las debilidades que sin duda me iba a ofrecer esta película de Donovan Marsh, un tipo de esos que ves su filmografía y piensas “¿de donde han sacado a este tipo?”, la cosa no está tan mal como podía parecer en un principio.
Sí, de acuerdo, esto es una versión extraña de La caza del Octubre Rojo, recuperando viejos tics de la Guerra Fría entre Rusia y Estados Unidos en pleno siglo XXI con submarinos de por medio, pero, dejando de lado todo lo absurdo de su guion, no se le puede negar a la película un notable sentido del espectáculo.
Con unos efectos digitales bastante superiores al bochorno de Geostorm y una dirección bastante dinámica y efectiva, Hunter Killer es una historia de persecuciones submarinas, peleas entre machitos y diálogos políticos rancios que aspira a contener un mensaje político sin conseguirlo. Es como jugar a ser Tom Clacy pero partiendo de una de esas novelitas que se leen en el aeropuerto para matar las horas muertas. El discurso político es ridículo y el tradicional postureo patriótico necesario para aderezar este tipo de films cae esta vez por el lado soviético, resultando igual de empalagoso e inverosímil. Pero claro, verosimilitud es lo último que se le debe pedir a una película de Gerard Butler, un tipo que debió haber nacido dos décadas antes y que domina mucho mejor el arte del postureo que el interpretativo. Así, teniendo en cuenta todos estos elementos que, de pillarnos por sorpresa podrían haber arruinado la película, lo que queda es un divertimento absurdo y muy entretenido que se puede disfrutar sin complejos y que gracias a su falta de pretensiones, consigue resultar verdaderamente estimulante y hasta emocionante.
Butler nunca será el John McLaine que a él le gustaría (basta verlo en su saga compuesta, hasta ahora, por Objetivo: la Casa Blanca y Objetivo: Londres para reconocer ahí una Jungla de Cristal de marca blanca) pero sigue conservando suficiente carisma como para soltarlas bravuconadas que lanza en pantalla sin sonrojarse ni provocar sonrojo. 
Al final, el espectáculo pirotécnico supera la colección de despropósitos (lo de Gary Oldman haciendo por enésima vez de tipo histriónico es de traca) consiguiendo que el resultado final sea una estupenda serie B de lujo, una de esas películas que antes denominábamos como carne de videoclub pero que se disfruta mejor en pantalla grande como pasatiempo fugaz de fácil consumo y olvido rápido.

Valoración: Seis sobre diez.

miércoles, 31 de octubre de 2018

LA NOCHE DE HALLOWEEN

La saga de Michael Myers es una de las más prolíficas del cine de terror, así como de las más complicadas. Hay hasta once películas formando la franquicia de Halloween, incluyendo el reboot y su secuela de la mano de Rob Zombie. Lo curioso del caso es que, centrándonos en las nueve restantes, hay tantas contradicciones y reinvenciones que se podría decir que se pueden formar tres universos paralelos de ellas. 
Vamos a complicar un poco más las cosas: las dos primeras secuelas son totalmente oficiales, estando incluso el propio John Carpenter, director y guionista de la película original, tras ellas. Sin embargo, pese a que a medida que progresaba la saga la biografía del asesino de la máscara blanca variaba hasta suponer que ya no hay una continuidad real con las primeras, la presencia de Jamie Lee Curtis, la protagonista de la cinta original de 1978, en H20 y Halloween: Resurrección (séptima y octava entregas, respectivamente), dotan también de cierta oficialidad a esta nueva línea temporal. Finalmente, la película que ahora se estrena hace un borrón y cuenta nueva y pretende ser una secuela directa de la primera Halloween, con lo que vendría a ser una especie de Halloween 2, como si las siete restantes no hubiesen existido nunca. Eso sí, con Jamie Lee Curtis de nuevo como protagonista. ¿Ha quedado claro? Continuemos, pues.
Bendecida por el propio Carpenter, La noche de Halloween está dirigida por David Gordon Green, especialista en comedias como Superfumados, El Canguro o la espantosa Caballeros, princesas y otras bestias, reciclado últimamente en la televisión y en películas bastente menores como aquella Joe con Nicholas Cage. La acción se sitúa cuarenta años después de la película original y describe como Myers ha permanecido recluido en un psiquiátrico hasta que un traslado le da la oportunidad de fugarse y regresar a su Haddonfield natal a proseguir su matanza. Allí le estará, sin embargo, una madura Laurie Strode, superviviente de su matanza de hace cuatro décadas, que obsesionada con aquella fatídica noche ansía una oportunidad de venganza.
Durante gran parte de la película, la trama oscila alrededor de un enfrentamiento que promete ser épico, en el que el cazador pasa a ser presa. Convertir al personaje de Curtis de una final girl a una superviviente al más puro estilo de la Sarah Connor de Terminator 2 (adiestramiento e incomprensión familiar incluido), aunque un guion torpe y finalmente tópico termina condenando a la película hacia un cúmulo de situaciones demasiado previsibles y que fracasan en su intento de distanciarse del slasher habitual. Sin embargo, hay que agradecer a Gordon y a Danny McBride (coguionista de un nivel similar al de su compañero) que hayan buscado rendir tributo constantemente al film de culto de Carpenter, de manera que al menos muchas de las situaciones que se me antojan tópicas pueden disfrutarse al menos con una sonrisa si tenemos en nuestro recuerdo su variante original. Además, sin que haya nada de humor como tal en el film, sí hay un nivel de salvajismo gore suficiente como para que la película sea un disfrute festivalero, una de esas películas que en Sitges debieron provocar aplausos y carcajadas por igual y que, al menos, la convierten en un producto altamente recomendable para una noche como la de Halloween, muy por encima de mamarrachadas como la de Pesadillas 2: noche de Halloween.
Michael Myers sigue dando miedo, despojado aquí de los poderes sobrenaturales que fue ganando a medida que la saga original avanzaba, y Jamie Lee Curtis da la talla como la torturada y desquiciada Laurie que ha de luchar con sus propios fantasmas antes de enfrentarse al verdadero mal.
Así, sin ser la maravilla que se nos prometía, La noche de Halloween es, posiblemente, la mejor secuela de la saga, un tributo muy encomiable al film de Carpenter (tan insuperable como ligeramente añejo visto con ojos actuales) y un disfrute para aficionados al género que no pretendan analizar demasiado ciertos giros de guion sencillamente irrisorios.

Valoración: Seis sobre diez.

PESADILLAS 2: NOCHE DE HALLOWEEN

Ya lo anticipaba desde que vi el primer poster y el tráiler: esta película pintaba mal. Lo anuncié en mi comentario de La casa del reloj en la pared y, aunque me equivoqué con la participación de Jack Black en la misma (aunque no aparezca acreditado), su trabajo es tan plano y poco inspirado que se podría imaginar que solo una cláusula contractual puede justificar su implicación en el proyecto.
En realidad, la protagonista de la película es Madison Iseman, quien ya coincidiera con Black (en película, aunque no en plano) en Jumanji: bienvenidos a la jungla (de hecho, interpretaban al mismo personaje), quien, junto a su hermano pequeño y su mejor amigo, se deben enfrentar a un nuevo ataque de los personajes creados por el escritor R.L. Stine, liderados de nuevo por el muñeco ventrílocuo Slappy.
Pesadillas 2: noche de Halloween pretende ser una comedia de terror para adolescentes, un film que permita a los niños desfrutar de tan aterradora noche mientras sus padres gritan en la sala de al lado con La noche de Halloween, pero en realidad se limita a ser un subproducto que, de haberse hecho un par de décadas antes, habría terminado estrenándose directamente en video.
Tenemos un argumento totalmente previsible, con personajes cargados de tópicos y unos villanos sin ningún trasfondo detrás, algunos, como el trasformado Walter al que interpreta Chris Parnell, que rozan el ridículo, mientras que deambula por ahí algún que otro nombre conocido (horrible el doblaje al español de Ken Jeong) totalmente desaprovechado.
Al final, esto no va más que de un derroche de criaturas monstruosas causando destrozos por la ciudad, cual una versión cutre de Gremlins o Cazafantasmas, en la que ni siquiera podemos destacar sus efectos digitales, bastante limitados en la mayoría de las ocasiones y que ni siquiera permite el lucimiento de ninguna de las criaturas.
Si Pesadillas fue una interesante comedia negra con un tono de metalenguaje al incorporar al autor de las novelas como parte de la historia en lugar de simplemente adaptarlo, esta secuela se limita a copiar alguna de esas ideas sin trabajarse mucho ni la historia ni los personajes, resultando se aburrida y simplona, todo un fiasco tal y como, por una vez, se podía anticipar desde lejos. Y encima, los de Sony tienen la aspiración de hacer una tercera entrega, a juzgar por su final totalmente abierto.
En fin, una pérdida de tiempo que podrá interesar a algunos niños que reirán con las tonterías de turno pero que está muy por debajo, puestos a decidir llevar a nuestros retoños a ver cine de sustos, a La casa del reloj en la pared, que sin ser un gran título es mucho más divertida que esta.


Valoración: tres sobre diez.

martes, 30 de octubre de 2018

EL FOTÓGRAFO DE MAUTHAUSEN

Aunque parezca mentira, todavía tengo bastantes amigos que desprecian el cine español aludiendo a que “siempre va de lo mismo”. No creo que sea necesario entrar en una defensa de nuestro cine que, con los evidentes altibajos de cualquier filmografía, goza de una estimable salud, pero por si acaso, me voy a limitar a recordar algunos de los estrenos más recientes que demuestran la gran variedad de temas que se tratan con gran acierto en títulos e gran calidad: Yucatán, Lasombra de la ley o El reino son solo algunos ejemplos de temáticas que difieren con lo que se suele esperar de un cine encasillado por muchos en la comedia rural, el drama almovariano, la Guerra Civil y, en ocasiones, el cine de género.
El fotógrafo de Mauthausen es otro de esos ejemplos de que no hay que poner límites creativos al cine hecho en casa y que es posible abordad cualquier temática, por arriesgada que parezca. Mar Tarragona, en su nuevo trabajo tras la irregular Secuestro, aborda la historia de los españoles expatriados que terminaron en el campo de concentración nazi de Mauthausen, centrando la mirada en Francesc Boix, un fotógrafo que arriesgó su vida por conseguir pruebas gráficas de las atrocidades que se cometían en los Campos y que pasó a la historia por ser el único español que participó como testigo en los tristemente célebres Juicios de Núremberg.
Mario casas, cada vez más alejado de su imagen de ídolo de quinceañeras, sufre un efectivo cambio físico para meterse en la piel de este prisionero que se empeña en arriesgar su propia vida, arrastrando a sus compañeros en el intento, para conseguir justicia, siendo una de las figuras destacadas de una película con un reparto internacional muy bien medido y que funciona a la perfección.
Con un estilo narrativo muy clásico, Mar Tarragona compone una película que quizá no arriesga demasiado en lo estético, pero que consigue con ello una gran efectividad, siguiendo casi a rajatabla los cánones del género carcelario. Con referencias a La fuga de Alcatraz, Evasión o Victoria o incluso La vida es bella, Tarragona logra una puesta en escena muy por encima de lo esperado a raíz del ajustado presupuesto con el que contaba, si bien puede echársele en cara la falta de profundidad de algunos personajes, amparándose en exceso en el arquetipo y jugando con la complicidad del espectador acostumbrado ya a identificar con facilidad personajes de esta calaña.
Al final, el mayor mérito del film es conseguir transmitir el dolor y el sufrimiento de los prisioneros con una estética gélida y sobrecogedora, sin renunciar a ligeros toques de humor en la personalidad de Boix que ayudan a empatizar más aún a su personaje. Además, las fotografías reales que se muestran al término del film reivindican la gran precisión y detallismo con que Tarragona ha planificado su rodaje y otorgan a El fotógrafo de Mauthausen un valor por encima de lo puramente cinematográfico.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 28 de octubre de 2018

ANIMALES SIN COLLAR

Jota Linares es un director y guionista especializado en cortos que debuta en el largometraje con Animales sin collar, una especie de thriller político con tintes de drama familiar que parece concebido para mayor gracia de Natalia de Molina.
Con semejantes argumentos, podríamos tener en mente algunos de los éxitos del cine español más reciente, de manera que Animales sin collar hereda de Todos lo saben y Petra ese aroma de enredo familiar con secretos que regresan del pasado para atormentar a los protagonistas junto con la crónica de denuncia política que tenía El reino.
Animales sin collar propone la existencia de un político honrado, un hombre de ideales claro que aspira a progresar con limpieza en su carrera, siempre de la mano de su amante esposa. Pero no todo termina por ser lo que parece, y la situación terminará por escapársele de las manos.
Por mucho que pueda interesar la idea de un político decente, y el buen trabajo de Daniel Grao dándole vida, es el personaje de su mujer, con el siempre excelente trabajo de Natalia de Molina detrás, quien centra la atención del relato, hasta cierto punto que es ella, con sus actos y sus cambios de carácter, quien lleva el propio ritmo del film y lo transforma a medida que avanza la trama.
Lo que en principio parecía una simple intriga palaciega que iba a derivar en la moraleja de que no hay nadie limpio en el mundo de la política resulta finalmente un cuento sobre la hipocresía y los dobles valores y se impone como propuesta casi feminista con el consabido empoderamiento de la esposa del político, una figura siempre en las sombras que, una vez liberada del metafórico collar del título, juega su papel clave en la historia.
Linares consigue mantener el interés de la película en todo momento, consiguiendo una propuesta interesante que, sin embargo, queda muy por debajo de las tres películas anteriormente mencionadas y que, por su proximidad en su estreno, es imposible obviar. Por ello, Animales sin collar queda como una simple propuesta más para dibujar la España actual (en este casi en su versión más rural) que no termina por despuntar en ningún momento y a la que le falta un poquito de garra para conseguir llegar a ser una película realmente recordable.
Interesante y muy correcta, plagada de buenos trabajos interpretativos, pero con poco más que aportar.

Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 20 de octubre de 2018

MATAR O MORIR

Pierre Morell es un director especializado en thrillers de acción, como Distrito 13, Desde París con amor o Caza al asesino, pero cuyo trabajo más memorable fue Venganza, la película que abría la trilogía protagonizada por Liam Neeson. 
En Matar o morir sigue con un esquema parecido al ejemplo anterior, con un protagonista que se muestra imparable vengándose de aquellos que atentan contra su familia, pero cambiando el sexo del protagonista. En esta ocasión la vengadora es una mujer con el rostro y las maneras de Jennifer Gardner, actriz que se dio a conocer como la super espía de la serie Alias pero que tras el varapalo de Elektra se había mantenido alejada del cine de acción, centrándose en pequeños papeles de comedia romántica o como secundaria de lujo. 
Matar o morir recupera a la exmujer de Ben Affleck más guerrera, en un personaje que recuerda mucho a la Linda Hamilton de Terminator 2, dura, fuerte y despiadada  en lo que vendría a ser una contrapartida del personaje de Punisher, aunque mucho más contundente que las tres encarnaciones fílmicas del personaje de Marvel. También ella es testigo del asesinato de su familia y, tras cinco años desaparecida, dedicada a entrenarse en cuerpo y arma, regresa a Los Angeles para vengar la muerte de sus seres queridos y terminar con un cárter y todos aquellos a os que ha llegado corromper.
Por descontado, no voy a pretender que haya el más mínimo signo de verosimilitud en el film. Pese al pretendido tono dramático, la acción es tan espectacular como poco creíble, tal y como sucediera con cualquiera de los héroes vengadores de los ochenta a los que parece homenajear. Con una trama sencilla donde la mayor sorpresa consiste en descubrir antes de que nos lo revelen quien es un traidor y quien no, la película basa toda su fuerza en sus escenas de acción. Morell no busca mucho más, y jugando son habilidad sus cartas consigue lo que pretende. Matar o morir no es una película que vaya a ser recordada con el paso de los años, pero en la sencillez de su concepción obtiene los resultados requeridos: es sangrienta, espectacular y tiene mucha acción. Y nadie que se acerque a este film debería ir buscando mucho más.
Aunque, rascando un poco, quizá si se pueda encontrar algo más en forma del debate (superficial, eso sí) que propone al convertir a una asesina en una justiciera urbana aclamada por el pueblo, una especie de protectora que recuerda, aunque con menos humor y más contundencia a El justiciero de Eli Roth en la que Bruce Willis se disfrazaba de Charles Bronson.
Así, Matar o morir no es un gran film, pero cumple con los requisitos y se impone en esa corriente que dicta que, como decía la canción, “las chicas son guerreras”.

Valoración: Siete sobre diez.

PETRA

En Petra, Bárbara Lennie interpreta a una pintora que decide hospedarse en una casa de campo para realizar una especie de taller con un afamado artista local, pero en realidad lo que busca es averiguar su propia identidad, perseguir una verdad que se le niega de toda la vida. Ese es el arranque de una película aparentemente tranquila y reposada, en la que los actores apenas alzan la voz y la cámara se desliza con suavidad por los paisajes de la película.
Sin embargo, la película es en realidad como un remolino acechando en las profundidades de un río aparentemente en calma. Es un intenso drama familiar cargado de secretos y mentiras, con un tono de folletín que la pueden hermanar con Todos lo saben en cuanto a su trasfondo, pero totalmente opuesta a ella en cuanto a sus formas.
Se habla mucho de lo importante que es que una película tenga un arranque que enganche al espectador, y Petra lo hace con una genialidad asombrosa: divide la trama en siete capítulos numerados y empieza directamente por el segundo. Truco suficiente para desconcertar al espectador y mantenerlo alerta durante todo el metraje.
Jaime Rosales es un director complicado que firma aquí su obra más accesible. Sin renunciar a sus señas de identidad, propone un tríptico familiar impecable, con una colección de personajes de emociones a flor de piel pero con una gran contención. Para ello, consigue reunir a un grupo de grandes actores, como Marisa Paredes, Alex Brendemühl u Oriol Pla, aunque quien se lleva la palma es Joan Botey, quien a sus 77 años debuta aquí en el cine componiendo a un villano antológico, un marionetista que consigue mover los hilos de todos los personajes desde las sombras disfrazado de un artista que, tal y como él mismo reconoce, no tiene más interés que el dinero que le proporciona. Sin necesidad de histrionismos ni efectismos baratos, logra helar la sangre del espectadores de su primera aparición, una conversación postcoital aparentemente cotidiana y que sirve para sentar las bases de lo que es y lo que puede llegar a hacer.
De hecho, el uso de la fragmentación en capítulos define las intenciones de Rosales de fijarse más en los personajes que en la historia, ya que cada uno de los títulos con los que va decorando los episodios podrían considerarse pequeños spoilers de lo que va a suceder a continuación. Poco importa. Todo recurso vale si se consigue remover de esta manera os sentimientos del espectador, aunando la tragedia familiar con el arte y consiguiendo que su historia plagada de muertes y traiciones sea sórdida a la par que reposada y poética.

Valoración: Siete sobre diez.

ESCUELA PARA FRACASADOS

Kevin Hart es uno de esos cómicos afroamericanos que triunfan en Estados Unidos buscando cubrir el hueco que dejó Eddie Murphy cuando su estrella se apagó, aunque no ha llegado a ser un referente fuera de sus fronteras.
Por mi parte, lo encuentro algo irritante, aunque reconozco que como coprotagonista puede tener cierta vis cómica, como demostró en Un espía y medio o Jumanji: Bienvenidos a la jungla. No obstante, me cuesta soportarlo cuando todo el protagonismo recae en su figura, y Escuela para fracasados es un buen ejemplo de ello, por más que se intente dar a la película un ligero tono coral.
La historia es bastante simplona: por motivos X un grupo de adultos inadaptados deben apuntarse a una escuela nocturna para aprobar la secundaria y allí, entre risas y chascarrillos, vivirán intensas experiencias que les cambiará la vida, los hará más buenas personas y bla, bla, bla...
La mayor parte de la película, dirigida por Malcolm D. Lee, especialista en comedias hechas por y para afroamericanos, la mayoría inéditas en nuestros cines, es un compendio de recursos y situaciones que podrían intercambiarse con cualquier otra película del estilo, demostrando muy poca personalidad y cargada de chistes mucho menos graciosos de lo que se presupone, aunque por lo menos es de agradecer que no abuse del humor de mal gusto y tenga todo un tono bastante blanco (valga la expresión).
Además, quizá debido a un mal planteamiento de los personajes, la película va claramente de menos a más, consiguiendo así elevar su nivel a medida que el grupo de alumnos empieza a hacer piña y consiguen importar algo al espectador. Aún así, la mayoría de las situaciones son más de sonrisa que de carcajada, pero logra que el resultado final sea suficientemente simpático como para no considerar a la película un fracaso como su título en español parece vaticinar.
Pese a todo, los fans de Hart (que me costa que los hay) posiblemente queden encantados con la película, aunque para el resto de los mortales no pasa de ser una comedieta más del montón, muy justita, con algunos giros de guion ridículos y otros muy moñas, pero funcional en sus intenciones.

Valoración: Cinco sobre diez.

SLENDER MAN

Creepypasta: historia corta de terror recogida y compartida a través del Internet con la intención de asustar o inquietar al lector.
Una de estas historias más populares es la de Slender man, una creación de Victor Plume (seudónimo de Eric Knudsen), que ganó un concurso de fotografías retocadas con el objetivo de parecer elementos paranormales inspirado en elementos de La niebla, de Stephen King. Una vez en la red, otros usuarios añadieron al personaje de cualidades aterradoras, tentáculos y llegó a convertirse casi en una de las mayores leyendas urbanas que estuvo a punto de causar un asesinato en manos de dos niñas de doce años que aspiraban a ser sus “apoderadas”.

Sirva esta introducción para tratar de comprender el origen de esta película y el porqué lo que podría haber sido una interesante propuesta de terror ha terminado siendo un bodrio insoportable.
En su tráiler inicial, las escenas truculentas (una chica clavándose un bisturí en un ojo es uno de los ejemplos más contundentes) presagiaban algo angustiante y aterrador, pero en Sony, la productora principal del film, les preocupó las consecuencias que la película pudiera tener en la gente y, amparada por los hechos reales de las dos niñas, decidieron recortar escenas a lo loco hasta convertirla en una película PG13 en lugar de la R inicialmente prevista. Vamos, lo mismo que hicieron ya con Venom imitando a lo que Warner había hecho ya con Megalodón).
El resultado es una película insufriblemente aburrida, con saltos en el argumentos, cortes abruptos y situaciones incomprensibles. La película es tan aburrida que ni siquiera contiene los sangrantes jumpscares de turno para sobresaltar al espectador adormecido. Después de lo que me despaché con La monja, no esperaba en tan poco tiempo encontrarme con una película de terror peor que aquella (y eso que en Sitges se ve un poco de todo), pero esta Slender man es insultantemente sosa, incompleta y absurda.
No todo debe ser culpa del estudio. El despropósito es tal (solo alguna escena onírica aislada o el diseño visual del propio Slender man se pueden salvar de la quema) que cuesta pensar que la versión sin recortes pudiera ser mucho mejor, aunque imagino que por lo menos tendría algún susto o momento que excite las sensaciones del sufrido espectador. Pero es que la historia es la que es y las actrices tampoco dan para mucho más.
En fin, un desastre que ni ha gustado ni (a juzgar pos su taquilla) ha interesado y que demuestran que no todos pueden imitar a James Blumm y sacar provecho de la nada.

Valoración: Dos sobre diez.

FIRST MAN

Lo primero que hay que reconocer al enfrentarse a First man es la valentía de su director, Damien Challeze, de alejarse de su zona de confort musical, después de haberse dado a conocer con Whiplash y deslumbrar con La Ciudad de las Estrellas (La la land). Por otro lado, esa valentía es a la vez una rémora para el film, que, teniendo en cuenta que el gran desenlace de la misma es de sobra conocida por todos (dejemos de lado a los escépticos), adolece de un ritmo tan lento y pesado que termina por condenar a la película al aburrimiento.
Estamos ante un retrato del astronauta Neil Armstrong, desde antes de ingresar en la NASA hasta su famoso alunizaje en 1969. No es la primera vez, ni será la última, en la que se conoce a la perfección el desenlace de una película (ahí están éxitos como los de Titanic, La Pasión de Cristo o incluso Rogue One), pero para ello debería estar la pericia del director para conseguir que pese a ello el film resulte emocionante. Sin salirnos del tema, el Apolo 13 de Ron Howard es un claro ejemplo de ello. Sin embargo, parece que Challaze no confíe demasiado en sus dotes para marcar el ritmo (algo contradictorio para tratarse de un director tan dotado para la música) y prefiere dejar todo el peso de la historia en el aspecto más intimista de la misma. Así, First man es una sucesión de primeros planos de Ryan Gosling y del interior de cabinas espaciales desde su punto de vista, recargando la narración en el drama personal del protagonista (la muerte de una hija) y dejando que su relación con su esposa tenga casi el mismo empaque que la propia carrera espacial.
Por otro lado, está el elemento Gosling. El protagonista de La la land es un gran actor, pero con una pasividad facial estudiada que puede resultar algo peligrosa si no se sabe controlar bien. Era una de las cosas que más lastraban a Blade Runner 2049 y lo mismo sucede en First man. Su cara de palo no hace sino amplificar esa sensación de aburrimiento y todos los que acudan a esta película en busca de contagiarse por el sueño de conquistar el espacio quedará decepcionado. No siquiera hay, hasta llegar el tramo final, planos en los que lucir el vuelo de las naves o los impresionantes paisajes espaciales. Es esta casi una versión pobre, aunque realista, de Intestellar, y lo único que puede sacarse de provecho es comprobar de primera mano la precariedad de los módulos espaciales, que parecen chatarra en comparación con las naves preparadas para surcar el hiperespacio que acostumbramos a ver en el cine de ciencia ficción, y se juguetea ligeramente con la dualidad hipócrita en las altas esferas del gobierno americano, que disfrazan con el sueño de conquistar el espacio la mera intención de vencer e algo a los soviéticos. Aunque para ver los entresijos de la carrera espacial desde un punto de vista mucho más interesante, e incluso divertido, me quedo mejor con la estupenda Figuras ocultas.
No negaré que la película remonta algo en su tramo final, cuando llegamos a la misión del Apolo 11, en la que Challaze se decide al fin a separar la cámara del casco de las naves y logra imprimir algo de emoción al film, consiguiendo que el conocimiento del espectador por lo que va a suceder se convierta ahora en complicidad (con el consiguiente enfado de los sectores más conservadores de los USA por negarles la escena en la que se planta la bandera americana sobre la superficie lunar), aunque quien más luce en estos momentos es el compositor de cabecera de Challeze, Justin Hurwitz, quien realmente aporta ese puntito emotivo que necesita la película para no condenarse definitivamente.
En resumen, un paso atrás en la carrera de Challaze, que quizá necesite regresar a donde más cómodo se mueve para recuperar energías, en una película correcta pero demasiado fría, que por querer ser muy intimista no consigue emocionar y que en ningún momento consigue transmitir la angustia y la presión que supone ser astronauta, casi carne de carnaza para el banco de pruebas que en aquel momento era la NASA, y cuyo principal interés es casi como documental sobre la figura de un hombre que, pese a haber pasado a la historia, no tenía una historia tan interesante como para ser resumida en una película.

Valoración: Cuatro sobre diez.

COLD WAR

Cold War significa Guerra Fría, y aunque la película no esté ambientada en la época en la que los Estados Unidos y la Unión Soviética se enfrentaban prácticamente en todo, ya sea en la Carrera Espacial, en la nuclear o en la deportiva, sino en los años cincuenta, el concepto sirve como excelente metáfora de lo que es la historia de amor entre los dos protagonistas, el compositor musical Viktor y la artista Zula.

De entrada, Cold War es una película complicada para el espectador medio. No en vano se trata de un film polaco, filmado en blanco y negro, en formato 4:3 y que arranca con numerosos temas musicales del folclore local. Sin embargo, poco a poco, la historia de un amor de ida y vuelta, que por momentos roza lo enfermizo, se va apoderando del espectador, que se convierte en cómplice involuntario de una trama que se alarga en el tiempo durante dos décadas, utilizando la música como narrador de la misma (la música popular polaca deja paso al jazz, aunque se empiezan a ver los primeros pasos del rock’n’roll).
Aunque el argumento podría llevar a pensar en una nueva (y diferente) versión de Ha nacido una estrella, pronto comprobamos que, puestos a buscar un referente americano para reconocerla, Cuando Harry encontró a Sally estaría más cerca de su concepto base, si eliminamos el tono de comedia y lo sustituimos por un aroma trágico que nace con las penurias de la postguerra y se apodera de los protagonistas hasta su contundente (y dolorosamente poético) final.
Mención aparte merece el tratamiento de la fotografía, que con ese blanco y negro tan intenso y luminoso consigue que algunos planos posean una fuerza y una belleza desgarradora, ayudando así a integrarse en una historia que, desnuda de tanto adorno visual, resultaría casi el retrato de una obsesión. El amor, en este caso, es más un elemento de angustia que romántico, y el destino que parece empeñado en unir los caminos de los dos amantes cada vez que se distancian parece más un bromista cruel que un lazo de unión.
Cuesta entrar en ella, pero cuando se consigue, lo difícil es salir sin sentirse embriagado por su poderío.

Valoración: Siete sobre diez.