Looper es una de esas películas difíciles de valorar con justicia,
y es que es tanto el hype que la precedía que es casi imposible salir del cine
sin sentir un ápice de decepción. Se había dicho de ella que iba a revolucionar
el mundo de la ciencia ficción, que era de las mejores películas de la década y
que estaba a la altura de otras epopeyas de viajes en el tiempo como Terminator o 12 monos. Y la verdad es que, aun siendo una buena peli, no es para
tanto. Quizá el problema es que había cierta carencia de películas de género
que tratasen al espectador de forma inteligente y se aventurasen en una
historia compleja, ahora que por culpa (o gracias) a los comics todo parece
reducirse a los representantes del bien liándose a tortas con los
representantes del mal mediante un sinfín de efectos digitales en 3D. Y la obra
de Rian Johnson, por contra, pretende ser reflexiva, contar una historia
interesante y dar más importancia a los
actores que a los efectos (que también los tiene), y eso siempre es de
agradecer. Pero de ahí a encumbrarla entre las más grandes… Quizá si hubiese
llegado de manera más silenciosa, como en su momento Moon o Distrito 9, sería
otra cosa. Claro que para ser justos eso
no es culpa de Johnson, desde luego. Él se ha limitado a hacer su película, una
película cargada de referencias que bien podría interpretarse como un canto de
amor a esos títulos de los 80, así como al propio mundo del comic, aunque quizá
la emotividad que le da esos homenajes sean a la vez su mayor lacra, ya que hay
una cierta sobrecarga que lastra al final lo que estaba siendo una interesante
propuesta.

Pese a lo sesudo que parece el
argumento (que se intuye calculado a conciencia) los agujeros del guion
existen, algo por lo visto inevitable cuando se habla de viajes temporales al
no ser que te lo tomes a cachondeo y crees infinitas líneas temporales
perfectamente explicadas en la pizarra de Doc en la magnífica saga de Regreso al Futuro. Esto no es
necesariamente un escollo –nada más faltaría no poder perdonar algo así-, pero
el problema deriva cuando se incluye el elemento sentimental y se produce un, a
mi entender, absurdo giro de guion y lo que era una película de viajes en el
tiempo se transforma en una historia de mutantes al más puro estilo X-men, haciendo que una historia de
ficción en la que no nos importaba creer se vuelva totalmente irreal.
Afortunadamente, para
compensar este desvarío final tenemos a dos magníficos actores, el cada vez más
importante Joseph Gordon-Levitt (por quien no habría dado yo un duro cuando
sólo era el niño de Cosas de marcianos
y ahora está a punto de convertirse en una de las figuras más importantes de
Hollywood) y mi admirado Bruce Willis, en un papel más similar a sus
colaboraciones con M. Night Shyamalan que como John McClane. Prodigioso, por
cierto, el maquillaje de Gordon-Levitt que consigue que su rostro tenga un
cierto reflejo del de Willis, haciendo creíble que se traten de la misma persona
con décadas de diferencia.
Al lado de ambos se encuentra
correcta Emily Blunt (no acabo de tragar mucho con ella, lo confieso) y un
recuperado Jeff Daniels.
En su conjunto, la película es
agradable de ver, una apuesta curiosa y arriesgada que cumple con creces
durante su primera mitad, pero que se pierde en su desenlace, por más que la
escena final sea de nuevo magnífica.
Buena, pero mejorable.
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