
Un plan perfecto narra cómo Harry Dean, más por venganza que por
codicia (que también), pretende estafar a su despótico jefe, Lionel Shahbandar,
vendiéndole una falsificación de Van Gogh, siendo fundamental en su retorcido
plan una sencilla y campechana tejana llamada PJ Puznowski a la que deberá
convencer para que colabore. Con el sencillo esquema de una película de estafas
y enredos, el mayor acierto del film es su casting, a priori disparatado. Colin
Firth (Dean) representa la seriedad y la flema británica, y parece casi
imposible imaginarlo como un tipo desquiciado y a menudo ridículo como es su
personaje en este título. Y ese es su mayor acierto. No es lo mismo verlo pasear
por el hall de un elegante hotel sin pantalones pero manteniendo su porte
elegante que si lo hiciese un cómico habitual al estilo Sander o Carrey,
mientras que con Cameron Díaz sucede justo lo contrario. La rubia actriz de
limitados registros y carrera en caída
libre, está aquí aprovechada al máximo, dando rienda suelta a su vis cómica y consiguiendo
ser todo lo encantadora y adorable que su papel requiere, consiguiendo enamorar
como no lo hacía desde los tiempos de La
Máscara. Por no mencionar ya a los siempre excelentes (y aquí especialmente
autoparódicos) Alan Rickman y Stanley Tucci, que ponen el punto necesario de
locura para que todo encaje a la perfección, no para ofrecernos una pieza
reflexiva y profunda pero sí para hacernos reír sin parar, que de eso se trata
esta vez.
Los
Coen saben perfectamente crear humor sin necesidad de recurrir a lo escatológico
del cacapedoculopis (nadie es capaz como ellos de mostrar una
bicicleta-vibrador como la de Quemar
antes de leer o mostrarnos a Rickman desnudo en su despacho y que en ningún
momento sintamos incomodidad), independientemente de que, en esta ocasión, no
sean ellos los que estén tras las cámaras.
Riámonos
sin prejuicios que, total, son cuatro días…
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