Se
esperaba con muchas ganas el último coletazo de los Oscars de este año, con
tres estatuillas en la saca y dos de ellos de los gordos, a los actores. Pero
una vez vista la sensación que queda es de decepción. Decepción porque ni es
tan buena película (de hecho no alcanzo a comprender que estuviese nominada a
mejor film) ni las interpretaciones de sus actores son tan majestuosas. No está
Matthew McConaughey a la altura del DiCaprio de El lobo de Wall Street, pero –si apuramos- tampoco está a la altura
del propio McConaughey de la susodicha película. Tanto es así que son muchas
las voces que acusan a la academia de o haber visto esta película y haber
votado por McConaughey debido a su excelente trabajo en la serie revelación de
la temporada: True Detective. Que
cada uno saque sus conclusiones.

Woodroof
es un crápula del mundo de los rodeos, estafador de poca monta y mujeriego y
drogadicto por igual. Cuando se le detecta casi por accidente que está
infectado de SIDA –estamos en la época en que se pensaba que era una enfermedad
exclusiva de homosexuales- comienza a tratarse con AZT, pero la falta de
existencias y la poca esperanza de vida que le dan los médico le lleva a
traficar para conseguir dicho medicamento, terminando por experimentar con
alternativas más naturales y fundando un club que flirtea con la ilegalidad con
gracia, en el que sus socios pagan grandes sumas sólo por pertenecer al mismo
pero que a cambio reciben medicamentos contra el SIDA gratis.

El
director canadiense Jean-Marc Vellée muestra buenas maderas, pero es quizá
demasiado inexperto para conseguir mantener el ritmo correcto, de manera que la
historia se alarga en exceso llegando a resultar aburrida en ciertos momentos,
mientras que se muestra ligeramente acomplejado a la hora de mostrar escenas de
sexo o de consumo de drogas tratando no ofender demasiado (algo que nunca ha
preocupado a genios como Scorsese o Tarantino), mientras que la dureza de la
historia que propone queda algo edulcorada por la carencia de mala leche (en
este sentido destaco el momento en que una chica con infectada va a darse de
alta como socia) que el personaje merece, coqueteando en ocasiones con la
amenaza de caer en el romance (un romance imposible, eso sí).
Con
detalles que pueden recordar también a Breaking
bad, Dallas buyer club es un buen
reflejo de una época con alternancias de drama y comedia, pero algo
floja y previsible para tantas alabanzas como ha recibido.
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