Siendo
esta una película de Wes Anderson es fácil predecir lo que nos vamos a
encontrar en ella: un humor algo absurdo y muy visual, una cuidada estética y
una derroche de colores, un reparto lleno de estrellas y unos niños que actúan
como adultos y unos adultos que actúan como niños.

El gran hotel Budapest era un complejo vacacional de lujo en las altas
montañas de un lejano país europeo que comenzó a caer en desgracia tras la
Guerra (no pregunten qué guerra es, sólo intúyanlo). Allí, un joven escritor
entabla amistad con el dueño del mismo y, durante una amena cena, este le
explica cómo se convirtió en dueño del edificio gracias a su relación –a medio
camino entre amistosa y fraternal-, cuando era un simple botones, con el jefe
de personal.
Empieza así una alucinante aventura de seducción, intriga, herencias, robo de un cuadro, fugas de prisión y, por supuesto, amor adolescente.
Empieza así una alucinante aventura de seducción, intriga, herencias, robo de un cuadro, fugas de prisión y, por supuesto, amor adolescente.

Pero
no se dejen llevar a engaño. No es esto lo que les debe atraer de El gran hotel Budapest. Se trata, por
encima de todo y de todos, de una película de Wes Anderson, el mismo de Life Aquatic, Los Tenenbaums o Fantástico
Sr. Fox. Y él es, al final, la gran estrella de la obra, con su particular
estilo visual y su forma de narrar tan personal. Aún algo por debajo de la (a
mi entender) más profunda Moonrise
Kingdom, El gran hotel Budapest
es una gran película, pero debe entenderse que quizá no para todo tipo de
público. Aquellos no que estén familiarizados con el estilo de Anderson deben
ir con la mente abierta y no esperar una película convencional, enfrentándose a
la pantalla dispuestos a dejarse seducir ante una película hipnótica y
embriagadora, sensible, simpática, divertida y tierna.
Tiene
algo de magia, la historia, y Wes Anderson consigue que esta traspase la
pantalla.
A mi me encantó. Me reí mucho y disfruté con ella.
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