domingo, 16 de enero de 2022

Visto en Amazon Prime: INSTINTOS OCULTOS

Pese a lo llamativo de su cartel y a la premisa que se nos presenta, Instintos ocultos, de Neil Burger, es mucho menos provocadora de lo que presume. Teníamos un poco perdido a este director tras haber arrancado la malograda franquicia de Divergente, pero su regreso como autor completo (suyo es también el guion) no es que sea para lanzar cohetes, en vista de la escasa originalidad de la propuesta.

Instintos ocultos es, en su planteamiento, una amalgama de un buen puñado de historias contadas ya con anterioridad, a las que el aspecto visual no engrandece y del que solo cabe rescatar el manido trasfondo social.

La historia nos presenta un futuro en el que la Tierra se acerca a su extinción y se decide enviar una nave a un recién descubierto planeta apto para la vida humana.  El problema es que el viaje durará tres generaciones, por lo que los jóvenes tripulantes saben que seguramente no podrán ver el final de la misión. Para evitar distracciones y problemas, se les administra una droga que suprime sus instintos primarios, tales como el placer y el deseo, pero, claro, llegará el momento en que lo descubran y no les haga demasiada gracia.

Con un reparto muy joven capitaneado por Tye Sheridan (Ready player one), Fion Whitehead (Dunkerque) y Lily-Rose Depp (esta última más conocida por ser hija de Johnny Depp y Vanesa Paradis que por su carreta cinematográfica), y con Colin Farrell como líder y mentor del grupo, la película muestra a una serie de personajes demasiado volubles e irresponsables como para creerse mucho la historia (no da nunca la sensación de que, por automatizado que esté todo, sean capaces por sí mismos de hacer llegar la nave a buen puerto), amén de las continuas decisiones que toman, la mayoría aleatorias y difíciles de comprender. Por eso, y dejando de lado el desenlace del conflicto (una truco que se utilizó ya en Infinity War a modo de chiste/homenaje y que aquí es una simple imitación de un clásico de la ciencia ficción), nos queda abrazar tan solo el mensaje nada sutil que nos quiere ofrecer el señor Burger: que sin un orden y una cadena de mando se deriva en el caos, condenando así la anarquía y, quizá, incluso la libertar de derechos o el librepensamiento. No es tan radical la propuesta (no alcanza para tanto), pero lo parece. Es, en fin, una revisión de baratillo de El señor de las moscas tocada por el estilismo de Los 100.

Entretenimiento justo mucho menos reflexivo de lo que pretende.

 

Valoración: Cinco sobre diez.

jueves, 13 de enero de 2022

Cine: WEST SIDE STORY

Aunque pueda tener algún detractor, no cabe duda de que el West Side Story de 1961 es un clásico del cine y uno de los mayores musicales de la historia del cine, por lo que muchos fueron los que se rasgaron las vestiduras ante la noticia de que Steven Spielberg (ni más ni menos) iba a realizar el remake.

¿Para qué?, era la pregunta más habitual. Y ya tenemos la respuesta: para confeccionar uno de los mejores (si no el mejor) musicales de lo que va de siglo, una película brillante, majestuosa y que recupera al mejor Spielberg. Desde luego, se nota cuando el rey Midas pone todo su empeño en una película o la realiza como simple trabajo de encargo.

West Side Story de 2021 sigue las mismas pautas que la obra original, modernizando lo mínimo y rellenando algún hueco, pero logrando que no quede en ningún momento caduca. El eterno conflicto entre puertorriqueños y «americanos» (siempre entre comillas, ya que en realidad son descendientes de italianos, polacos y demás) –tan eterno que sigue vigente hoy en día-, unido al romance imposible heredado el Romeo y Julieta shakesperiano, dan a la historia un empaque sencillo pero efectivo. A ello hay que sumarle un casting muy acertado, donde la debutante Raquel Zegler enamora a propios y extraños, Ansel Elgort está impecable como Tony y Ariana Debose resulta arrebatadora como la nueva Anita. Y no falta ni la presencia de la antigua, una Rita Moreno imprescindible y que ejerce como productora del film, formando un puente de unión entre ambas versiones. Y tampoco desentona ninguno de los pandilleros, chavales de innegable fuerza, mientras que Brian d'Arcy James y Corey Stoll adornan el reparto como rostros conocidos entre tanto jovenzuelo.

El punto definitivo está en la mano de Spielberg. Pese a que no soy un fan acérrimo de su trabajo (al que  encuentro demasiadas luces y sombras) ya he dicho antes que cuando quiere, lo borda. Y si es capaz de brillar en casi cualquier género, ya sea la aventura, la comedia, el drama o el terror, el musical era su deuda pendiente. Y ahora que por fin lo ha abordado, lo ha hecho con una maestría absoluta. Sus largos traveling mostrando el estado desolador del West Side, las brillantes coreografías, el manejo de los tiempos, la efectiva alternancia entre el humor, el romance y el drama… Todo funciona con la perfección de un reloj, consiguiendo aportar a una historia de sobras conocida lo único que podía hacerle funcionar: la magia.

Sin entrar en comparaciones odiosas con la versión clásica (aunque de hacerlo seguramente quedaría vencedora en no pocos campos), su West Side Story es una obra maravillosa, capaz de hacernos disfrutar con sus canciones eternas, soñar con la gracilidad (ya sea bailando o peleando) de sus protagonistas, indignarnos de la estupidez humana (y no solo juvenil) y llorar con un desenlace que no por previsible (incluso para quien no conozca la historia de referencia) es menos doloroso.

En resumen, una gran película, recientemente reconocida con el Globo de Oro, pero que, como casi todo lo que se estrena estos días aciagos, se ha estrellado en taquilla. Ojalá su más que segura presencia en los Oscar de este año (y espero que logre imponerse ante la aburrida El poder del perro) le dé un más que merecido empujón.

 

Valoración: Nueve sobre diez.

Visto en Netflix: CUATRO MITADES

¿Existen las almas gemelas? Y de ser así, ¿hay un alma gemela única para cada uno de nosotros o podemos convertir a nuestr@ compañer@ en esa alma gemela que todos ansiamos?

Lo que podría ser el planteamiento de aquella serie de ciencia ficción llamada The One (de cuya segunda temporada nunca más se supo) es la base de Cuatro mitades, la comedia romántica italiana de Alessio María Federici, una propuesta de Netflix para hacernos pensar en el amor y sus designios.

En una cena de amigos, los anfitriones pretende convencer a sus invitados sobre la existencia de ese concepto abstracto de las «almas gemelas», basándose en la historia de dos parejas de amigos (Dario, Matteo, Giulia y Chiara) que ellos mismos presentaron. A partir de ahí, vemos a modo de flashbacks el camino de esas relaciones, con una particularidad: realidad y ficción se entremezclan al mostrarnos las dos versiones de la cita, es decir: cómo van las relaciones de Dario/Giulia y Matteo/Chiara por un lado o el supuesto de Dario/Chiara y Matteo/Giulia por otro.

Esto hace que la propuesta tenga un punto de originalidad que la diferencia de la comedia romántica habitual, muy arquetípica en cuanto a su estructura, pero que vuelve también algo confusa. El montaje alterna todo momento ambas versiones, sin desvelar hasta el final cuál de ellas es la auténtica, obligando al espectador a hacer un esfuerzo para no caer en la confusión, sobre todo al no  ofrecer la película demasiado tiempo para conocer a los protagonistas antes de que inicien sus relaciones.

Eso y el final algo descafeinado impiden que uno conecte lo suficiente con la propuesta, que por bienintencionada que sea no alcanza en su pretensión de redefinir y etiquetar al amor y sus caprichos.

 

Valoración: Seis sobre diez.

Visto en Amazon Prime: LA RUEDA DEL TIEMPO

Pese a que Amazon Prime es la única que consigue hacer sombra en números de suscriptores a las todopoderosas Netflix y Disney+, no está claro cuántos de estos suscriptores son asiduos habituales a la plataforma o simplemente se aprovechan de las ventajas de la suscripción a la hora de realizar las ventas on-line. Quizá ello sea la razón por la que la plataforma de streaming no ha llegado a despuntar del todo, sin grandes títulos que la representen, sobretodo porque la mayoría de sus películas originales (que a la larga resultan ser coproducciones) suelen pasarse antes por las salas del cine.

Con su ambiciosa versión de El Señor de los Anillos como la gran apuesta para cambiar las tornas, creada con unas pretensiones (que miedo me dan) de ser la nueva Juego de Tronos, La rueda del tiempo ha aparecido como una especie de aperitivo para ese mundo de espada y brujería que imaginó Tolkien, adaptando en esta ocasión las novelas de Robert Jordan.

En una serie de estas características, varios son los elementos imprescindibles, todos ellos cumplidos a la perfección en esta adaptación a cargo de  Rafe Judkins. Unos actores más que correctos (aunque es inevitable que sobresalga la magnífica Rosamund Pike, también productora), unos efectos visuales cuanto menos resultones y unos fantásticos escenarios naturales que den colorido a la historia. Y, por supuesto, el eterno relato de la lucha del bien contra el mal.

Todo eso lo tiene la serie de Amazon, pero sin embargo algo hace que no termine nunca de despegar del todo. Quizá, viendo lo que la trama tiene que ofrecer, le habría venido mejor a la adaptación una apuesta cinematográfica, más directa al grano. O, simplemente, saber desligarse de la épica tolkiniana. Y es que la sombra de El Señor de los Anillos (y en concreto de la cisión de Peter Jackson) es muy larga, y uno no puede evitar tener todo el rato la sensación de que estamos ante un episodio menor de cualquier historia secundaria de la Tierra Media. Cierto es que la confección de personajes y sus motivaciones son muy diferentes a los de la Comunidad el Anillo, aquí conformados por una bruja y un grupo de jóvenes, uno de los cuales parece estar destinado a dominar el mundo (es decir, de nuevo el juego del «elegido», misma base del Luke Skywalker de Star Wars o el Neo de Matrix), teniendo una nueva revisión del viaje del héroe de Joseph Campbell.

Por eso, pese a la brujería y las (escasas) apariciones de seres monstruosos, lo que tenemos es, una vez más, a un grupo de personajes viajando de un lado para otro, a veces juntos, a veces separados, para tratar de evitar el regreso de una amenaza oscura del pasado (otra vez el pasado parece más interesante que el presente, de nuevo los mismos pasos de la mencionada novela de Tolkien, la trilogía original de Star Wars, la leyenda de Harry Potter…). Y es que, pese a los esfuerzos de sus responsables, todo recuerda demasiado a algo ya visto con anterioridad, no siendo capaces de crear una nueva mitología lo suficientemente atractiva como para tener una entidad por sí misma.

Sí, se trata de reinventar la rueda. Y eso no es tarea sencilla.

miércoles, 12 de enero de 2022

Visto en Netflix: MADRE/ANDROIDE

Mattson Tomlin escribe y dirige un film original de Hulu que aquí ha ido a recaer en Netflix que, con Chloe Grace Moretz como máxima estrella, aspiraba a ser uno de los pelotazos del año, quedando finalmente en una película muy flojita que promete mucho más de lo que da.

Se podría decir que a nivel argumental, Madre/Androide se divide en dos partes, ambas ligeramente fallidas. La primera de ellas nos presenta un mundo postapocalíptico en el que los androides han tomado la Tierra y los pocos supervivientes deben vagar en busca de refugio. Ahí es donde encontramos a la pareja protagonista, dos jóvenes enamorados y embarazados que aspiran a llegar hasta Boston donde, dicen, hay barcos llevando a los supervivientes a Corea, una de las zonas seguras en esta nueva sociedad. El problema en este primer tramo de película está en que la ausencia de la amenaza invita a comparar la película con uno de los episodios más aburridos de The Waling Dead. No en vano el paisaje es ya demasiado familiar, con los protagonistas vagando por los bosques americanos eludiendo el peligro y dudando si unirse a otros supervivientes es positivo o negativo. En este caso, la amenaza es tecnológica, pero lo mismo podrían ser extraterrestres, zombies, mutantes o incluso espectros.

Es en la segunda mitad cuando se anima la cosa, pero en este caso, la sombra (más conceptual que visual) de Terminator es muy alargada, y eso de androides que se revelan contra la humanidad evoca demasiado a Skiner, siendo muy diferente lo que aquí se plantea con las escenas apocalípticas de la saga de Cameron. Así y todo, el panorama planteado podría resultar suficientemente estimulante si Tomlin hubiese decidido apostar más abiertamente por este aspecto, pero el director parece más interesado en el plano emocional del film, que si bien tiene un desenlace contundente, no cuenta con tiempo (o pericia) suficiente como para conseguir que la química entre Moretz y Algee Smith nos enamore. Como ejemplo simple, baste ver cómo los temores de los jóvenes al descubrir el estado de buena esperanza (a modo de flashbacks) no tienen más repercusión en el resto de la película.

Así, la película puede resultar entretenida y, por algún momento, emocionante, pero nunca llega a dar el paso decisivo como para diferenciarse de las cientos de películas similares, areciendo, además, de la posible denuncia social que bien podría haber salido a colación.

En resumen, que la película se deja ver pero teniendo siempre claro que no vamos a ver nada muy diferente de otras propuestas del género, siendo una película más emocional que visceral.

 

Valoración: Cinco sobre diez.

Visto en Amazon Prime: GARCÍA Y GARCÍA

García y García es una película que se estrenó sin pena ni gloria el pasado mes de agosto pero que llega ahora, a bombo y platillo, a Amazon Prime, presentada casi como de uno de sus grandes estrenos se tratara.

En su momento, el film de Ana Murugarren fue objetivo de críticas despiadadas que la definían como un horror de película, lo cual deja en muy mal lugar el pabellón de producciones españolas de Amazon tras el esperpento de Cuidado con lo que deseas, pero a la hora de la verdad lo cierto es que no es para tanto.

Típica comedia de equívocos con trasfondo romántico como añadido, García y García es una película que no llega a lo que aspira, que es una especie de remiendo del cine esperpéntico de Fesser (ahí sí que estuvo más acertada Amazon con Historias lamentables), pues la historia parece querer evocar en muchos momentos al humor absurdo de tebeo propio de Ibáñez. No llega, digo, a tanto, pero tampoco es el despropósito que tanto se ha dicho.

En el fondo, se trata de una comedia protagonizada por José Mota y Pepe Viyuela, lo que significa que esperar maravillas de ella ya parece absurdo de por sí. Y no por poner en duda el talento de sus protagonistas, que no lo hago, sino porque no podemos encontrar ningún gran título de ellos en el mundo del cine, lo que demuestra que este no es, seguramente, el medio en el que más cómodos se encuentren.

Por eso, con unas expectativas acordes a lo propuesto, García y García cumple a la hora de hacernos sonreír con cuatro tonterías. Se trata de un humor bobo y muy simple que no busca más que hacer pasar un rato entretenido, tal y como podría hacer cualquier producto televisivo de sus protagonistas. Una película de evasión, muy ligera y facilona, que apunta bajo y, gracias a ello, acierta. Es como ir a comer a un fast food. Que si uno espera un plato de gourmet sale trasquilado, pero si tiene claro que lo que le van a ofrecer es una hamburguesa con kétchup y patatas fritas, puede disfrutar de ella.

 

Valoración: Cinco sobre diez.

lunes, 10 de enero de 2022

Visto en Netflix: COBRA KAI. T4

Si bien para  algunos la Nochevieja es sinónimo de hacer balance de lo bueno y malo, como diría Mecano, otros se centran más en planificar su fiesta de después de las Campanadas (si las restricciones locales lo permiten) y no pocos centran todo su interés en el vestidito de la Pedroche, para muchos este Fin de Año ha sido motivo de celebración por la llegada de una nueva temporada (y ya parece claro que no será la última) de Cobra Kai.

Siempre he disfrutado mucho de esta serie, que por su formato es ideal para devorar casi de una sentada, pero tras la temporada 3 noté cierto agotamiento, llegando a desear un final digno para la misma y que se dejasen de exprimir tanto a la gallina de los huevos de oro. Sin embargo, visto esta nueva tanda de capítulos, debo decir que he quedado francamente impresionado por el trabajo de sus guionistas, Josh Heald y Jon Hurwitz, que han sabido remontar la situación y, sin giros demasiado rocambolescos, mantener el interés en el campeonato de este año, anunciado ya en el último episodio de la temporada anterior, en la que los dojos de Miyagi-Do y el Colmillo del águila de juegan el todo por el todo para no desaparecer ante el nuevo Cobra Kai, comandados por un John Kreese cada vez más cómodo en su rol de villano al que acompañará en esta aventura otro rescatado de las películas, Terry Silver (aunque su participación en la saga no llegó hasta la tercera parte, la última con Ralph Macchio.

Parecía cantado que la alianza entre Daniel LaRusso y Johnny Lawrence no iba a ser muy duradera y que los egos de los dos senseis, totalmente opuestos en su filosofía, iba a provocar un nuevo distanciamiento, pero Heald y Hurwitz consiguen evitar caer en la repetición y conseguir que los personajes evolucionen y crezcan, mejorándolos en todos los sentidos. Lo mismo sucede con los secundarios, a los que incluso se hace un ligero blanqueamiento para que empecemos a verlos con otros ojos y no todo sea blanco o negro.

En resumen, que la temporada es muy disfrutable y su final deja las cosas muy difíciles para el futuro de los dos senseis, aunque el acercamiento, mucho más sincero que el provocado por intereses comunes de la temporada 3, imprime una gotita de esperanza.

No me lo esperaba, pero ahora mismo me he quedado con ganas de más. Al final, si puede haber una larga vida para este Cobra Kai que nació como un juguete para nostálgicos de duración limitada.

sábado, 8 de enero de 2022

Reflexiones: EL DÍA EN QUE UNA ARAÑA SALVÓ AL CINE (Parte uno)

Obligaciones varias me han impedido dedicarme al blog tanto como me gustaría, y aunque ya hace un par de años que dejé de elaborar las típicas listas sobre lo mejor y lo peor del año, me gusta de vez en cuando escribir alguna reflexión alejada de lo que son reseñas de películas o series propiamente dichas. Ese fue, de hecho, la razón del cambio de nombre de hace ya un tiempo, cuando El panda cinéfilo se convirtió en Las cosas del Panda y esto debía convertirse casi en el blog de un escritor más que en un foro de cine. Como veis, al final el cambio no ha sido tanto.

El caso es que una de las reflexiones que quería haber escrito a mediados de noviembre y que, como muchas otras han quedado en el tintero, era sobre mi previsión de que el cine, que había quedado muy tocado durante la pandemia (de eso sí que llegué a hablar en su momento), solo tenía una posibilidad de sobrevivir al miedo de los espectadores y al asentamiento de las plataformas digitales. Y eso sin contar con la inestimable participación de las propias productoras, que tienen ocurrencias tan poco comprensibles como estrenar sus películas en cines y plataformas a la vez, propiciando fracasos como los de Viuda Negra o Dune. Por no hablar de títulos que directamente han sido ignorados por el gran público, como Chaos Walking, El Escuadrón Suicida, El último duelo, Última noche en el Soho, Wonder Woman 84… Y no es solo una cuestión de calidad, pues otros títulos de dudosa enjundia como Fast&Furious 9 o Venom: Habrá matanza han conseguido, al menos, salvar los papeles.

Por ello, parecía claro que el mundo del cine necesitaba un bombazo que funcionara como puñetazo encima de la mesa, un éxito que invitara al público a volver a las salas y que empecemos a dejar atrás considerar recaudaciones medianas de alrededor de cuatrocientos millones de dólares como grandes éxitos. Y esa película que debería salvar al cine no es otra que Spiderman: No way home, no solo porque Marvel es (casi) siempre una garantía de éxito sino porque las diversas filtraciones (no todas ellas reales) dejaban las expectativas por las nubes. Por ello, cualquier cosa que no fuese una taquilla superior a los mil millones de dólares podría suponer el último clavo en el ataúd de los cines. En el momento de escribir estas líneas, la película de Jon Watts roza los 1.400 millones y aún no se ha estrenado en países como China.

Consagrada ya como el éxito del año y, de seguir así, codearse con los títulos del top ten (sin pandemias ni gaitas), es hora de repasar si al final, la película que nos ha devuelto al cine es merecedora de su logro o no. Y, casi un mes después de su estreno, ya es momento de poder hablar de ella sin cortarse un pelo.

Por ello, os aviso de que vais a encontrareis spoilers de Spiderman: No way home de aquí en adelante. Si por lo que sea no la habéis visto aún, os remito a mi reseña sin spoilers.

Lo primero que llama la atención, más allá de la extraña, caótica pero efectiva campaña publicitaria, es su guion, firmado por Chris McKenna y Erik Sommers, responsables de toda la saga del Spider-man de Holland, aparte de Ant-Man y la Avispa. Si por un lado la narrativa es totalmente absurda y, por momentos ridícula, con decisiones tomadas por los protagonistas difíciles de entender, villanos que cambian de parecer de un momento a otro y situaciones marcadas más por la necesidad que por la lógica, por otro lado contiene el mejor tratamiento de personajes visto en una película palomitera en mucho tiempo. Las interacciones entre los tres Peters (sí, aquí tenéis el primer spoiler) es impecable a la par que desternillante, y logra elevar el concepto de fan service a cotas inimaginables.

Es mérito del guion el conseguir que la participación del Spiderman de Andrew Garfield y el de Tobey Maguire sean funcionales, consiguiendo rememorar sus antiguos roles sin que el paso del tiempo chirríe demasiado, convirtiendo la película en una especie de reencuentro del espectador con unos viejos amigos a los que tenía ya perdidos en el tiempo (veinte años han pasado desde que Maguire se pusiera por primera vez el traje azulgrana).

Con la mente maestra de Kevin Feige detrás de todo, la película parece tener dos objetivos claros: por un lado, finalizar la evolución del Peter Paker de Holland, con lo que estamos, sobre todo a partir del segundo tercio del film, en la película más oscura y dramática de la trilogía. Si bien he comentado en el pasado que este es mi Spider-man favorito, continúa ligeramente alejado del Spidey de los comics, por lo menos en su versión más canónica. Su pertenencia al MCU y su relación con Los Vengadores, en concreto con Tony Stark, suponía una losa que, hasta ahora parecía insalvable para acercar más al héroe a su versión de los tebeos. Sin embargo, alejado ya del legado de Iron Man, Peter asume al fin la responsabilidad por sus errores y toma las decisiones correctas, incluso a base de enfrentarse a otro vengador, uno tan poderoso como el Dr. Strange. Además, estaba pendiente el tema de saber cómo murió su tío Ben. Ya saben, esa especie de mentor que le otorgó esa lección de vida resumida en la frase de: «todo gran poder conlleva una gran responsabilidad», al que conocemos de los comics y de los Spidermen de Sam Raimi y Marc Webb. Y la respuesta era la más obvia y la que teníamos delante de las narices durante todo el tiempo: puede que este Peter tuviese un tío Ben que muriese asesinado, pero quien ha ejercido como mentora y quien le ha regalado la famosa frase no es más que la tía May de Marisa Tomei, una tía May que provoca el giro de guion que desemboca en la madurez de Peter gracias a que la película hace algo que ni siquiera en los comics se han atrevido a hacer: matándola (nota friki: en realidad, la tía May sí murió en los comics, pero poco tiempo después decidieron «deshacer» esa muerte y decir que quien murió fue otra persona).

El segundo propósito que Marvel parece tener con respecto a esta película es deshacer los muchos problemas que tenían las películas del arácnido hechas por Sony en solitario. Detalles como la escena en la que Willem Dafoe destroza la horrorosa máscara del Duende Verde, la eliminación de la pigmentación azul enel rostro de Electro o las burlas hacia el Rinho mecanizado son solo algunos ejemplos de ello. La película de Jon Watters se mete en muchos jardines, y de todos ellos sale victorioso.

Quizá no sea la película más emocionante de Marvel (en lo que acción se refiere), pese a contar con una escena final brutal, casi demasiado oscura como para ser admisible en una película supuestamente infantil (y es que compite a niveles de violencia con la pelea final entre Stark y Steve Rogers en Civil War), pero sí de las más emotivas, teniendo en la caída de MJ al vacío un momento tan estremecedor como la propia muerte de tía May. Esto sirve, además, para continuar la historia del Spidey de Amazing Spiderman 2 y cerrar las heridas provocadas por la muerte de Gwen.

Hay pequeñas correcciones, guiños e incluso metalenguaje (como los chistes hacia el dolor de espalda del Spidey de Maguire, las conversaciones sobre los lanzaredes orgánicos de este  o la presentación visual del meme más famoso de la serie de animación).

Y todo ello para conseguir completar el viaje del héroe hacia su maduración, en un desenlace totalmente desligado al resto del MCU y que propicia que, por primera vez, utilice un uniforme calcado al de los comics, en una situación muy similar al Peter cafre y fatalista que concibieron Stan Lee y Steve Ditko, aunque todo hace pensar que lo están encaminando hacia los años universitarios (¿alguien más está pensando en Gwen Stacy y Harry Osborn?) de la etapa de John Romita. Cierto es que el hechizo que lo rompe todo es algo forzado (aquí volvemos a darle vueltas a los problemas de guion), pero por una vez, el fin justifica los medios. Me viene a la mente el caso de Venom, tanto en su película de origen como en su penosa secuela. En ambos, el guion presentaba situaciones casi tan torpes como las de No way home, pero además iban acompañadas de unos personajes horriblemente mal construidos, diálogos espantosos y villanos incomprensibles. En este caso, los errores e guion son simples excusas para alcanzar un objetivo sublime. Es como si estuviésemos ante una película pensada para niños de diez o doce años, con la salvedad de que tiene el mérito de conseguir que cualquier espectador, ya sea treintañero, cuarentón o incluso de los que ya pintan canas (o calvas) se convierta, por un par de horas, en un niño de diez o doce años.

Falta por ver qué nos encontraremos en el futuro del trepamuros (aunque me cuesta creer que Zendaya vaya a desaparecer de la ecuación), aunque lo que parece claro es que va a quedarse en el MCU durante mucho tiempo. De hecho, las dos escenas postcrédito son toda una declaración de intenciones: la primera, por dejar bien claro que el Venom de Tom Hardy pertenece a un universo diferente al del Spider-man de Tom Holland, por lo que es improbable que vayan a cruzar nunca sus pasos (si acaso sí con el de Garfield, si nos creemos los rumores de que va a aparecer en la inminente Morbius). La segunda, porque es en realidad un tráiler de la siguiente película del MCU, Dr. Strange en el Multiverso de la locura, algo muy llamativo si tenemos en cuenta que quien manda aquí, a nivel publicitario, es Sony. Así que el hecho de que ahora ya nadie conozca a Peter Parker y ni siquiera el resto de los Vengadores sepan ya la identidad secreta de Spider-man no debería ser impedimento alguno (de hecho, hay confirmada al menos una aparición de Spidey en otra película ajena a su saga). Y, por cierto, por el contrario de lo que se está diciendo por ahí (y esto que viene a continuación quizá no le interese a aquellos alejados del mundo de los comics, pero no puede evitar soltarlo), esto no es una adaptación del famoso Mefistazo.

Me explico: en los comics, en cierto momento, se dio una situación similar a la que vive Spidey en el MCU: Peter se había desenmascarado y su vida se vuelve bastante complicada. La puntilla la dio un disparo mortal a tía May, por lo que, en una de las decisiones más rocambolescas (y polémicas) de la editorial, Peter decide hacer un pacto con el diablo (que en el Universo Marvel está representado por Mefisto): salvar la vida de tía May a cambio de que su matrimonio con MJ (sí, por aquel entonces estaban casados) cayese en el olvido. Esto supuso el fin de una etapa y en el siguiente episodio nadie conocía la identidad secreta de Peter, amén de la resurrección (también incomprensible) de algún personaje fallecido tiempo atrás. Sin embargo, con el paso del tiempo se buscó una justificación apra todo ello, de manera que la única conexión con Mefisto fue la inicialmente planteada (una vida a cambio de un matrimonio), de manera que la recuperación del secreto de Peter se debió en realidad… ¿lo adivináis? de un hechizo del Dr. Extraño (Strange en la spelículas). Es decir, que por mucho que muchos se pregunten porqué Marvel ha decidido recuperar en cine una de las aventuras más odiadas por los fans, la respuesta es que esto no es, al final, ningún Mefistazo, lo mismo que la decisión de Peter es, aquí, un ejemplo de nobleza y responsabilidad, todo lo contrario que en el comic. Una vez más, la película ha logrado superar al comic.

Añadimos a todo esto unas interpretaciones de primera, cameos sorpresas como el de Matt Murdock (que conecta esta película con la serie de Ojo de Halcón y su recuperado Kingpin) y un ritmo trepidante que impide al espectador darle muchas vueltas a la coherencia del argumento, un uso inteligente (y no gratuito) del concepto del fan service y las gotas de nostalgia justas, y tenemos las respuestas a porqué una película de Spider-man está destinada a salvar al mundo del cine, además de romper por el camino unos cuantos records de taquilla.

lunes, 3 de enero de 2022

Visto en Netflix: EL PODER DEL PERRO

Siguiendo con películas aspirantes a ser coronadas como lo mejor del año, El poder del perro, de Jane Campion, ha sido definida como una de las obras maestras del recientemente finiquitado 2021.

Planteada inicialmente como un western oscuro y muy reflexivo, la historia va mutando para tornarse más negra y desasosegante hasta invitar al desconcierto, girando siempre en torno a la masculinidad tóxica, desmontando la figura del vaquero macho y viril que tan bien representaban actores como John Wayne.

En este sentido, reconozco sus méritos, así como la inteligencia de un guion que se mueve siempre con una exquisita sutilidad, obligando a un ejercicio de concentración para no perderse detalle de su tramo final y ser capaces de componer correctamente la historia que nos propone Campion a partir de una novela de Thomas Savage. Además, contar con actores de la talla de Benedict Cumberbatch, Kirsten Dunst, Jesse Plemons o Kodi Smit-McPhee, es toda una garantía.

¿Cuál es el problema, pues? Ni más ni menos que la realización de Jane Campion, que es insufriblemente tediosa. Me parecen muy bien esos críticos que se han deleitado con su trabajo, pero a mi parecer conseguir llegar al final de la película es prácticamente una tortura, eligiendo la directora un ritmo tan intencionadamente contemplativo que, cuando se descubre el pastel, uno ha perdido ya todo el interés a lo que nos quieren contar.

Por lo tanto, no puedo aplaudir una propuesta que, más allá de un final apasionante en lo que cuenta pero no en el cómo, a lo único que invita no es a reflexionar o debatir, sino a pegarse una buena cabezada o utilizar la famosa (y odiosa) utilidad de Netflix que permite reproducir una película al doble de su velocidad normal.

 

Valoración: Cinco sobre diez.

Visto en Amazon Prime: BEING THE RICARDOS

Estamos ya recibiendo muchos de los títulos que deben ser importantes de cara a la temporada de premios (más si contamos con los estrenos de plataformas), y Aaron Sorkin no podía faltar en el listado. Sin embargo, viendo sus últimos trabajos daba la sensación de que sus deseos de ser director han terminado por mermar su brillantez como guionista, y su último trabajo, Being the Ricardos, no hace más que confirmarlo.

No voy a hacer demasiada leña con su trabajo como realizador, ciertamente muy pobre y poco inspirado, quizá el peor de sus intentos. Y no es que el guion sea malo, pero si uno piensa en las obras maestras que Sorkin ha parido, ciertamente la decepción hace mella, siendo también inferior al de Molly’s game y, sobretodo, El juicio de los 7 de Chicago.

Sorkin se basa en la historia de Lucille Ball y Desi Arnaz para hacer una deconstrucción del Hollywood de los años 50’ para reflexionar sobre las persecuciones sociales y de los medios a raíz de la tristemente célebre Caza de brujas, las dificultades de mantener un matrimonio en medio del caos de la meca del cine y la televisión y las interioridades de una sir-com americana tan exitosa como fue I love Lucy.

Sin embargo, todo eso en el fondo importa bien poco, a raíz de cuenta de que todo el trasfondo argumental se centra en una simple anécdota que no paso a mayores. Lo que finalmente tenemos es una historia de amor y amistad narrada mediante flashbacks y (lamentables) flashforwars a los que Sorkin nunca logra tomar el ritmo de manera adecuada.

Sin entrar en debates sobre la idoneidad de la elección de Javier Bardem para dar vida a un cubano, son sus actores los que elevan el nivel de la película, pese a las capas de maquillaje que limitan a Nicole Kidman en un ridículo deseo de que la caracterización física se imponga sobre la interpretación.

Al final, lo que tenemos es una película entretenida donde lo mejor son las escenas de preparación del episodio de la serie (toda la película se centra en la semana en la que se prepara un capítulo hasta el momento del estreno), pero que deja la sensación de que un guionista como Sorkin debería saber sacarle mucho más partido.

 

Valoración: Cinco sobre diez.

Visto en Netflix: A 1.000 KILÓMETROS DE LA NAVIDAD

Entrado ya el año nuevo, se podría decir que estamos ya en la recta final para ver películas navideñas sin sentirnos culpables por ello. Ya he comentado muchas veces el uso y abuso de Netflix en el género, convirtiéndose casi en un abanderado de la materia, pero lo que no es muy frecuente es que lo hagan mediante producciones españolas, más allá de la maravillosa Klaus, aunque no entra de lleno en esta categoría.

De hecho, la filmografía española no destaca precisamente por películas de Navidad, a no ser que nos remontemos a épocas muy lejanas, por lo que más allá de Barcelona, nit d’hivern o Noche de Reyes, poco hay que rascar.

Curiosamente, dos plataformas han presentado este año propuestas muy bienintencionadas, lo cual no es necesariamente equiparable a sus resultados. Si Cuidado con lo que deseas, de Amazon Prime, es un espanto total, situándose entre lo peor que he soportado a lo largo del 2020, no es que A 1.000 kilómetrosde la Navidad, de Netflix, sea precisamente la cara opuesta, pues sus defectos son más que sus virtudes y se le ven las costuras por todas partes. La diferencia es que esas pocas virtudes son suficientes como apra justificar su visionado y acabar la experiencia con una sonrisa, ya que eso es precisamente lo que pretende y no quiere aspirar absolutamente a nada más.

El punto de partida de alguien que odia las Navidades y trata de huir de ellas no es nada novedoso (lo primero que me vino a la mente es Una Navidad de locos, que partía de esa rareza de novelita de John Grisham), y que sin ser para nada un remiendo de Cuentos de Navidad de Charles Dickens sí tiene un regusto de tipo amargado y desencantado que la agermana a la popular obra vistoriana.

El guion está cargado de tópicos y hasta estupideces, y casi se puede intuir por donde van a ir los tiros desde la primera escena, pero no importa. En este caso, a diferencia del título ofrecido por Fernando Colomo, el director Álvaro Fernández Armero (cuyo éxito pre-pandemico de Si yo fuera rico aún resuena) sí sabe dar con las claves para que esto no sea más que un cuento bondadoso y edulcorado, que sin el reclamo de grandes figuras de la interpretación consigue enternecer y meterse en el bolsillo al espectador, contagiándolo del espíritu navideño que tanto pregona y que, alejándonos de la gran ciudad y al amparo de un hermoso pueblecito de los Pirineos, resulta mucho menos artificioso y capitalista de lo que nos hemos acostumbrado a sufrir.

Buena propuesta, por tanto, para despedir las fiestas sin muchas pretensiones y con las expectativas bajas.

 

Valoración: Seis sobre diez.