lunes, 13 de mayo de 2019

KEEPERS, EL MISTERIO DEL FARO

Ya he comentado en alguna ocasión el peligro de que un actor tan solvente como Gerard Butler se encasille en productos de acción bastante ligeros que, en algunos casos, rozan la serie B, como eran los casos de Geostorm Hunter killer, por lo que hay que aplaudir que de vez en cuando se decida a hacer algún producto más arriesgado y de mayor valor interpretativo como la Keepers que nos ocupa.
Por otro lado, Keepers es una de esas películas trampa que se supone que está basada en una historia real cuando lo que propone es una simple especulación. Me explico: la película trata sobre el misterio de la isla de Flannan, cuando en 1900 los tres vigilantes el faro ubicado en la isla escocesa de Eilean Mor desaparecieron sin dejar el más mínimo rastro. A partir de ahí, la película propone una historia sobre lo que podría haber sucedido, una ficción que, gracias al buen trabajo del realizador curtido en la televisión Kristoffer Nyholm y al intento de dotar de un gran realismo, sucio y malsano por momentos, a su versión de la historia.
La película trata sobre la soledad, la incomunicación (más allá de estar acompañado de más gente) y la persecución de los fantasmas del pasado, tres elementos que atormentan a los protagonistas y, cuando entra la codicia (y puede ser que los desvaríos provocados por la intoxicación por mercurio) en juego deviene en una espiral de violencia desagradable y cruel.
Es por ese buscado realismo que el film tiene un ritmo muy lento, casi letárgico, que deja el tema del misterio en segundo plano para centrarse más en la historia intimista alrededor de los tres protagonistas (brillantemente interpretados) y a la aridez que la propia isla provoca, algo que recuerda, aunque con menos efectismos, a la historia de La piel fría.
Cocinada a fuego lento, con un punto de sordidez y una fotografía muy destacable, la película es en el fondo una propuesta muy pequeña pero que cumple a la perfección como retrato de la vileza humana sin menospreciar el motivo del misterio en sí.

Valoración: Siete sobre diez.

viernes, 10 de mayo de 2019

THE SILENCE

The silence es la nueva producción de Netflix con la que intenta repetir uno de los mayores éxitos del año pasado, como fue A ciegas. De hecho, no es simplificar mucho el asegurar que la película mezcla y copia con descaro la película que protagonizó Sandra Bullock con Un lugar tranquilo, uno de los mayores éxitos en cine del pasado ejercicio.
The silence cuenta como tras un hallazgo arqueológico unos seres alados de la prehistoria provocan una invasión que deriva en una especie de apocalipsis como la vista en mil y una películas. La curiosidad, en este caso, que los bichos son ciegos y solo se guían por el sonido, con lo que la familia protagonista deberá embarcarse en un viaje en busca de un lugar más seguro tratando de hacer el menos ruido posible. Podría ser de ayuda, aunque al final no aporta nada relevante al film, que la hija sufriera un accidente hace unos años que la volviese sorda, por lo que saben expresarse mediante el lenguaje de signos.
Con un reparto tan interesante como desaprovechado, con un Stanley Tucci a la cabeza que aún debe estar preguntándose quién lo ha engañado para semejante tontería, acompañado por dos de las protagonistas principales de Las escalofriantes aventuras de Sabrina (quizá hacer esta película sea una buena manera de sacarse un dinerillo en el descanso entre una temporada y otra sin moverse demasiado de casa), es decir:  Kiernan Shipka y Miranda Otto, The silence ha sido dirigida por John R. Leonetti, uno de los protegidos de James Wan y que ya pertrechó una mediocridad con la insulsa Annabelle.
Teniendo como único valor la visualización clara de los bichos en cuestión, una suerte de murciélagos prehistóricos, cuyas limitaciones presupuestarias la convierten en un producto de serie B que provoca un mínimo de simpatía, y de algún momento algo más extremo en cuanto a sangre y violencia que sus dos referentes ya mencionados, poco más se puede destacar de un film que resulta tan plano como previsible, que se desvía hacia la clásica moralina de “el hombre es un lobo para el hombre” haciendo que el resto de supervivientes sean tan o más peligrosos que los propios monstruos, con escenas mal filmadas (ese horrible uso e la cámara lenta en las situaciones dramáticas), sin la suficiente tensión ni los sustos adecuados y que, y este es su mayor mal, resulta sumamente aburrida. De hecho, es tan simple su trama que parece más un capítulo de un serial televisivo del estilo The walking dead que una película con identidad propia.
En definitiva, una de las peores películas de Netflix, totalmente prescindible, y que solo sirve para reivindicar aún más, si cabe, la gran obra de John Krasinski, de la que ya hay secuela en camino.

Valoración: Tres sobre diez.

jueves, 2 de mayo de 2019

LA LLORONA

Ayer por la noche se disputó en Barcelona un gran partido de fútbol, uno de esos en los que cualquier amante del deporte, independientemente del equipo que sea, debería disfrutar. Al final, el F. C. Barcelona se llevó la victoria sobre el Liverpool por 3 a 0, pero las cosas no fueron tan sencillas como el marcador parece indicar. Hubo momentos de gran sufrimiento. Primero, porque visto el gran juego del Liverpool, el resultado posiblemente fue dolorosamente cruel para ellos. Segundo, porque hubo varias paradas vitales del portero culé que mantuvo en vilo al Camp Nou hasta el último minuto de juego.
Comienzo esta entrada con un comentario futbolero porque, tras ver el partido, apenas pitó el árbitro el final, entré a una sala del cine a ver La Llorona, la última propuesta de terror de James Wan para su Warrenverso. Y, sinceramente, el recuerdo del partido y de lo que en él se vivió es lo único aterrador que viví en la oscuridad del cine, ante el aburrimiento y la sensación de dejadez argumental que la película que firma un tal Michael chaves (que por aquello del encasillamiento está filmando ahora The Conjuring 3). Y eso que la cosa empieza bien: un niño juega en el campo con su madre y su hermano, pero, cuando apenas aparta la mirada un momento de ellos, estos desaparecen, quedando el crío solo y desconcertado. Pero no, no es otra baja más del chasquido de Thanos, ni esto tiene nada que ver con Endgame, por más que le coja prestada a Linda Cardellini (la esposa de Barton en el MCU) y que estemos en un Universo compartido (muy forzada, por cierto, la relación con Annabelle por medio del personaje del padre Perez).
No es que la película sea un desastre total (pese a algunas interpretaciones espantosas, como la del inexpresivo Raymond Cruz), sino que se trata, simplemente, de más de lo mismo. Con un argumento mínimo e irrisorio, se limita a hacer primeros planos bruscos a ritmo de jump scare, a meter en situaciones incómodas a niños pequeños y a buscar una resolución fácil y nada trabajada. Además, los principales sustos (por llamarlos de alguna manera) no solo son previsibles, sino que venían ya spoileados en el tráiler previo, con lo que poco se puede rascar de esta pobre producción que, de nuevo, ignora cualquier propósito de hacer cine para seguir con la terrible premisa de fotocopiar películas por cuatro duros y, a poco que recauden, disfrazarlas como si de un gran éxito se tratara.
Ya se intuía con La Monja y se confirma ahora. el Warrenverso no da para más. Y si encima en la tercera película de los propios Warren ni siquiera va a estar Wan tras las cámaras, mejor apaga y vámonos.
En resumen, una pérdida de tiempo más, plana y aburrida, que solo entretendrá a los más fieles (y menos exigentes) del género.

Valoración: Cuatro sobre diez.

domingo, 28 de abril de 2019

VENGADORES: ENDGAME

En el primer tráiler de Vengadores: Endgame, Tony Stark dice algo que luego serviría como serviría como frase promocional para el poster: “una parte del viaje es el final”.
Me resulta difícil imaginar una definición mejor para esta película, una película que podría dar miedo de antemano, pues si bien el éxito lo tenía asegurado de antemano, el gran hype que producía podría haber jugado en su contra.
Efectivamente, esto no es solo una película. Esto es el final de un viaje. Un viaje que se inició hace once años con Iron Man y que ni siquiera tras la gloriosa Los Vengadores de Joss Whedon podríamos imaginar que alcanzaría un nivel narrativo y emocional como el que ha conseguido en su tramo final.
Ya está, se terminó. Hemos disfrutado, amado, llorado, gritado y luchado durante una larga lista de películas, alguna mejor que otra, alguna mítica y otra casi olvidable, y solo nos queda ese último momento de recoger el equipaje y volver del aeropuerto, que es lo que supone, tras Endgame, el saber que el fin definitivo de la Fase Tres del MCU es, en realidad, Spiderman: Lejos de casa.
¿Y qué es lo que nos han dado los hermanos Russo para cerrar esta parte de la historia del cine? Pues ni más ni menos que un hito, una obra que trasciende lo puramente cinematográfico. Más allá de sus cualidades técnicas (que las tiene, y enseguida hablaré sobre ello), Vengdores: Endgame supone, tal y como ya pasaba con Infinity War, un antes y un después para el séptimo arte. No solo va a arrasar en taquilla, sino que va a ser un film referencial para generaciones futuras que va a cambiar la concepción del propio cine (en una época en la que parecía que el futuro estaba en manos de plataformas tipo Netflix) y que demuestra que ls grandes películas deben disfrutarse en grandes pantallas, con cientos de desconocidos emocionándose a la vez, con risas y aplausos y esa sensación palpable en el ambiente de que todos nos estamos emocionando como si de un solo corazón se tratase.
Hay algunos nombres que deben considerarse pilares fundamentales del MCU (centrándonos en el plano artístico, si miramos hacia los despachos quienes merecen sendas estatuas en la entrada de Marvel Studios son Kevin Feige y Sarah Finn): John Favreau, el que lo empezó todo, Joss Whedon, el que le dio forma, y los hermanos Russo, quienes lo elevaron a las alturas. Tras dar forma definitiva a la imagen del Capitán América y demostrar que no todo son risas y colores en el MCU con las fantásticas El Soldado de Invierno y Civil War (y aquí hay que nombrar también a los guionistas Christopher Markus y Stephen McFeely, que ya firmaron el libreto de El primer vengador y han seguido escribiendo al Capi hasta este glorioso final), ellos se han encargado de culminar la mastodóntica saga del Infinito y, incluso, asentar las bases de lo que está por venir. Lo han hecho, además con valentía y coherencia, algo que se contrapone con la otra gran saga cinematográfica que culmina también este año (sumémosle eso al final de Juego de Tronos y resultará que el 2019 es un año amargo para el fandom). Y es que, si siempre es tentador comparar los éxitos de Marvel con el errático camino cinematográfico de su competidora comiquera de DC, en esta ocasión me parece más interesante mirarlos en el reflejo de Star Wars, que al fin y al cabo pertenecen a la misma madre, aunque no lo parezca. Y es que en cuestiones de hype el año pasado la cosa estaba muy igualada, con los fans haciendo cientos de teorías de lo que iba a suceder con sus héroes preferidos y tratando de averiguar (destripar) guiones que se guardaban con un secretismo absoluto. Pero mientras la locura argumental ha dominado el camino galáctico hasta el punto de que Los últimos Jedi parecían más pendientes de contradecir las teorías de Internet que de contar sus propias historias (hasta el punto de que Joe Johnson puede ser el principal culpable de todo lo malo que vaya a tener El ascenso de Skywalker), los Russo han optado por la coherencia, sin salirse de un plan determinado. Su Endgame se ha rodeado de mucho secretismo, es cierto, y ellos son los primeros que han jugado con el espectador para mantener sus cartas bien ocultas, pero eso no implica que se hayan obsesionado hasta tal punto como para traicionar su propia historia.
Así, en el lado argumental, se podría decir que Endgame es completamente previsible. Una de las teorías más difundidas sobre la manera de derrotar a Thanos era la de los viajes en el tiempo (algo que finalmente se terminó por insinuar claramente en Ant Man y la Avispa), y se especulaba con que gran parte de la película fuese sobre los Vengadores tratando de recuperar las dichosas gemas en diversos momentos del tiempo. Y así ha sido, sin sorpresas ni cambios absurdos de guion de última hora. En lugar de eso, los Russo han desarrollado una trama inteligente y llena de giros y golpes de efecto que permiten que, aun sabiendo que la cosa iba de lo que ya se sabía que iba, cada escena fuese una emoción diferente, cada plano ofreciera una sorpresa nueva y la magia volviera a impactarnos tal y como sucediera ya en Infinity War.
Cierto que las emociones aquí son diferentes. No tenemos ese impacto final que supuso ver a la mitad de la humanidad (héroes incluidos) desapareciendo, pero eso no significa que ver las consecuencias de aquello y como los supervivientes han sabido enfrentarse a sus propios temores sea menos intenso y doloroso. Incluso el final, donde no había duda alguna de que los héroes volverían (hay películas confirmadas de la mayoría de ellos) y que Thanos sería derrotado, es tan impactante y emotivo como para que, de nuevo, las lágrimas amenacen con aflorar.
Y todo ello con una película que, para ser un blockbuster de tres horas de duración (que pasan en un suspiro, todo sea dicho), tiene posiblemente menos acción de lo esperado. Hay más momentos intimistas y de conversaciones de lo que cabría esperar, pero funcionan perfectamente bien y no hay un solo minuto que parezca estar de más, que reste interés a la obra. Una obra, eso sí, que vuelve a ser tan heredera de esas veintiuna películas anteriores que no es muy recomendable ver Endgame si no se conocen bien las bases sobre las que se sostiene, siendo, para sorpresa de muchos, la historia de Ant man más importante que, por ejemplo, la de La Capitana Marvel.
Además, los Russo han hecho quizá su mejor trabajo como realizadores, no ya por la pericia visual que ya demostraron sobradamente en El soldado de Invierno, con unas escenas de lucha impactantes (cabe destacar cierto plano secuencia realmente espectacular), sino por saber marcar un  ritmo preciso, aportando más humor que en sus tres trabajos anteriores sin que este desentone en ningún momento, consiguiendo que personajes que podrían parecer ridículos tengan en realidad una profunda carga dramática (cada uno se enfrenta al dolor y al fracaso de una manera diferente)  y midiendo el tempo con precisión de relojero.
A ello ayuda también la simbiosis perfecta que se da entre los actores y sus personajes. Resulta ya casi imposible imaginar a ningún héroe Marvel con un rostro diferente al del actor que lo interpreta, y es tal el nivel de compromiso que la productora ha conseguido con ellos (y esto es algo que va más allá de los generosos cheques que puedan ofrecerles) que la película se convierte en un quien es quien del MCU, con la presencia de actores (aunque sea en escenas de apenas unos segundos) del pasado y que consiguen que este sea realmente un fin de fiesta.
Y, como debería suceder, algo de amargura queda al terminar una fiesta. Es por ello que, pese a que la película se dedique a contrarrestar los acontecimientos traumáticos de Infinity War, un deje de amargura quede tras los créditos finales (sin escena postcréditos esta vez, como para subrayar que la cosa va en serio). Y es que, por hermoso que sea un viaje, las despedidas siempre son tristes. Y esta película es, toda en sí, una gran despedida. Hermosa, emotiva, nostálgica y apasionante, pero despedida, al fin y al cabo.
Los héroes (algunos de ellos, al menos), volverán, pero parece evidente que las cosas ya nunca volverán a ser lo mismo. Es difícil que una película cierre una saga millonaria (de la que se sabe que habrá continuación) con la sensación de que algo va a cambiar para siempre. Endgame lo ha conseguido.
Este es otro mérito más de la que, posiblemente, y vista en conjunto con Infinity War (¿acaso no son ambas una sola película de más de cinco horas de duración?) sea la película más importante de la década, sino del siglo. Una película que cambia las reglas del juego y que sienta unos precedentes que, por otro lado, son casi imposibles de imitar.
Sin duda, no todo es perfecto, y habrá quien pueda reprocharle algo al film, como el uso de algunos personajes, la poca presencia de otros o algún as de la manga que huele a truco de guion más que a otra cosa, pero al final esto corresponde más a decisiones creativas que a fallos cinematográficos, lo cual es algo siempre subjetivo. Para el que esto escribe, resulta impensable hacerlo mejor. Allá donde esté, Stan Lee se sentiría orgulloso.
Nuff Said!

Valoración: Nueve y medio sobre diez.

LA PEQUEÑA SUIZA

Si hace apenas unos días aplaudía el hecho de que Carlos Therón presentara una propuesta diferente a la comedia al uso que estamos viendo últimamente en nuestro país con Lo dejo cuando quiera, esta semana toca el lado contrario, ya que La pequeña Suiza es un paso atrás en el intento de demostrar que nuestro cine es capaz de salirse de los tópicos que tanto lo suelen estigmatizar.
Dirigida por Kepa Sojo, en su segunda película tras una buena colección de cortometrajes en su haber, La pequeña Suiza es una nueva vuelta de tuerca a los chistes patrios sobre los tópicos más rurales y costumbristas, muy heredera de los Ocho apellidos vascos y sus múltiples imitaciones.
De hecho, la premisa no podría ser más simple: Tellería, un pueblo enclavado en el País Vasco pero que en realidad pertenece a Castilla, se debate ante la frustración que le causa los impedimentos para ser integrados al fin como vascos. Ante el conflicto de intereses entre los diversos gobiernos, y tras un descubrimiento arqueológico, optan por tirar por el camino de en medio y solicitar anexionarse a Suiza.
Hay que reconocer que, ante la simpleza de personajes y el aroma a frustrada (y frustrante) imitación del espíritu más berlanguiano, hay al menos un punto de absurdo disparate que le da un puntito de valor al film. Sin embargo, quizá heredero del currículo cortometrajista del director, las diversas subtramas están demasiado deslavazadas (e incluso inconclusas) como para que todo funcione en una sola unidad. Es como si las historias independientes (el cura que trafica con armas, el triángulo amoroso, el agente secreto, los vecinos enfrentados al pueblo…) fuesen un fiel reflejo del conflicto de identidad de los protagonistas, creando así una extraña metáfora de metacine que para nada es lo que se pretendía y que no ayuda en absoluto a que la película, más allá de su pobre argumento, pudiese funcionar todo lo bien que podría.
Hay momentos simpáticos y sus actores están correctos, lo que consigue salvar la película del naufragio, pero uno se queda con las ganas de que el absurdo de su planteamiento hubiese sido explotado hasta sus últimas consecuencias, de manera que todo tendría que haber sido más loco y ridículo de lo que es. Esto no habría mejorado la trama, pero al menos sí hubiese propiciado más carcajadas.

Valoración: Cinco sobre diez.

sábado, 20 de abril de 2019

EMBOSCADA FINAL

El mito de Bonnie y Clyde es tal que prácticamente se han convertido en personajes de leyenda, de esos cuya ficción se entremezcla con la realidad de forma confusa. Comparados, por un lado, con Robin Hood en versión moderna por la simpatía que despertaban entre el pueblo, y con Jack el Destripador, por otro lado, por ser uno de los primeros delincuentes en alcanzar fama mundial, la realidad sobre su historia es tan confusa como la de esos otros dos personajes, más cerca de la ficción literaria que de la realidad.
Parte de ello se debe a la versión romántica que de la pareja se ha dado en el mundo del cine, siendo Bonnie & Clyde de Arthur Penn la obra más significativa. El clásico de 1967 seguía de cerca la historia de la pareja de amantes, convirtiéndoles casi en héroes y maquillando ligeramente el desenlace final para ampliar la leyenda.
Emboscada final, una de las últimas películas de Netflix, pretende poner el foco en el otro lado de la historia, la del ex ranger Frank Hamer al que contratan para su detención y posterior ejecución. Siendo Kevin Costner el elegido para el papel, resulta difícil no encontrar ciertos paralelismos con su trabajo en Los intocables de Elliott Ness, y cuesta pensar que John Lee Hancock no tuviese la película de Brian de Palma en mente al preparar esta Emboscada Final.
Dejando de lado la realidad histórica (al final parece que ninguna de las dos películas mencionadas terminan de ser completamente fieles a la historia, si es que algún día conoceremos lo que realmente hicieron los dos criminales), el principal problema de Emboscada final es que, como su propio título avanza, todo está centrado en ese asalto definitivo de las fuerzas de la ley contra Bonnie y Clyde, cuya secuencia en la película de Penn es tan icónica que se me hace difícil que alguien pueda considerar hablar de ese final como u spoiler. Como fuese, el hecho de construir todo un film pensando en llegar a una escena concreta hace que durante muchos momentos la acción sea algo tediosa, resultando algo superficial y aburrida. Y eso que el binomio entre Costner y Woody Harrelson como compañeros de viaje (la contraposición entre sus personalidades y el mucho tiempo que comparten coche por carreteras americanas obliga a pensar ahora en True Detective) funciona muy bien y la ambientación es impecable. Pero algo falla en el ritmo de la narración, aparte de que poner el foco en Hamer en lugar de en Bonnie y Clyde es jugar directamente al caballo perdedor por la diferencia de interés entre ellos.
Al final, la película, que no aporta nada demasiado novedoso para los que recordemos el Bonnie & Clyde original), resulta algo aburridilla en espera a la llegada de su tercer acto, este más satisfactoria, dejándose ver como una curiosidad (esa devoción de las gentes de pueblo hacia los fugitivos, los intereses creados alrededor de la gobernadora), pero que no suma demasiado a lo visto anteriormente sobre estos criminales que, lamentablemente, resultan demasiado secundarios en esta ocasión.
Más que una película, esto es una “cara B”, un complemento, al Bonnie & Clyde de Penn, mereciendo los amantes otra película que se ajuste mejor a su historia real y que quizá algún día veamos.


Valoración: Cinco sobre diez.

EL DÍA QUE VENDRÁ

Se podría pensar que las películas sobre la Alemania nazi empiezan a amenazar con saturar. Aún siendo un periodo histórico que me atrae y cuyo horror conviene recordar (no ya para tratar de evitarlo, que visto lo visto no parece muy factible, pero sí al menos para estar avisados de ello), llevamos un tiempo en el que tenemos casi un estreno sobre el tema por semana, lo cual hace que uno se pregunte si realmente quedan historias interesantes que contar sobre ello.
El día que vendrá, aparte de utilizar la victoria aliada sobre los alemanes como paralelismo a la historia de amor de sus protagonistas, sirve para reflejar un punto de vista algo menos trillado sobre el desenlace de la guerra. Estamos acostumbrados a ver a los nazis como los perfectos villanos, mientras que los aliados, con sus inevitables claroscuros, suelen ser los salvadores del mundo. No es que aquí sea diferente, `pero sí resulta interesante comprobar como tras la resolución de la guerra, y siguiendo un símil futbolístico, no solo hay que saber perder, sino también saber ganar. Y no parece que todos los ganadores sepan hacerlo ni entender que no todos los alemanes fueron nazis.
Es en este momento de deconstrucción germánico en el que nos encontramos con una mujer arrastrada a una Hamburgo arrasada por los bombardeos cuya percepción de los derrotados, a la par que la del propio espectador, irá cambiando a la par que se moleste en conocer mejor a las personas que la rodean y sea capaz de descubrir que, al final, los dramas personales durante una guerra son tan terribles en un bando como en el otro. Esa simetría entre los inocentes de un conflicto, las consabidas bajas colaterales, es lo que debe unir a las personas por encima de sus diferencias y con ella alcanzar la comprensión y el perdón.
Esto es lo que oculta la historia de El día que vendrá, una película en la que sus tres pilares fundamentales (el triángulo amoroso, el relato histórico y el mensaje moralista) podrían molestarse entre ellos pero que el realizador James Kent consigue unificar con eficacia, consiguiendo un empaque muy interesante y merecedor de nuestra atención.
Resulta imprescindible, por ello, un buen cartel de actores que terminen por dar brillo a la propuesta, y en ello Keira Knightley (muy dada a estos tipos de dramas), Jason Clarke (al que también parece gustarle el conflicto nazi) y Alexander Skarsgård están a la altura de las circunstancias.
Interesante e intensa, no es que nos muestre nada nuevo, pero lo que refleja lo hace con convicción y buen tino, siendo un film histórico sobre la II Guerra Mundial que sabe mirar hacia delante en vez de hacia atrás.


Valoración: Siete sobre diez.

MIA Y EL LEÓN BLANCO

Producida entre Francia, Alemania y Sudáfrica, pero con claras influencias francófonas (como muestra el que esté dirigida por Gilles de Maistre, Mia y el león blanco es una de esas películas buenrolleras con un mensaje positivo donde lo que importa, al final, son más las sensaciones que deja que no sus virtudes cinematográficas propiamente dichas.
Abalada por el tremendo éxito (¿cómo no?) que ha tenido en Francia, Mia y el león blanco cuenta la historia de una niña que se ve obligada a abandonar Londres para vivir en Sudáfrica por el empeño de su padre de mantener un negocio familiar de cría de leones. Lo que al principio será un infierno para la pequeña cambiará radicalmente cuando nazca un cachorro de león albino que se convertirá, más que en su mascota, en su mejor amigo.
Así pues, estamos ante una película entrañable sobre una amistad imposible que puede entenderse como un canto a la vida, cargada de positivismo y con un mensaje animalista como telón de fondo, cuya mejor virtud es la capacidad de emocionar con la relación entre niña y animal y cuya planificación visual es bastante convincente, por más que en algunos planos se note demasiado el truco. Pero no n os pongamos demasiado estrictos. Por este lado hay que reconocerle que funciona a la perfección y que tanto la bella fotografía que retrata el país africano como las canciones de fondo son un buen envoltorio para terminar de adornar la historia en la que la interpretación de la protagonista es también bastante meritoria.
Sin embargo, rascando un poco la superficie, nos encontramos con un panfleto publicitario, rematado con un mensaje el principio de los títulos de créditos pidiendo el apoyo para cierta organización. No lo veo mal como idea, pero el deseo imperioso de lanzar un mensaje es tan fuerte que incluso se coloca por encima del propio lenguaje cinematográfico. Esto es, se hace tanto hincapié en condenar la caza turística (algo legal, aunque de dudosa moralidad) que se olvidan de los valores que deben hacer grandes a una película. Por eso, la historia en sí es poco verosímil, con subtramas muy mal contadas y peor resueltas, personajes innecesarios (ese uso de un “villano de opereta” tan impostado como mal interpretado), un montaje confuso y, lo peor de todo, con todo un tramo central que aburre bastante. Eso sin contar con la antipatía que puedan llegar a provocar los propios protagonistas (en especial el padre), aunque eso ya entra más en el terreno de lo personal.
En resumen, película que, vista sin ninguna pretensión, es bonita y hasta simpática, con un mensaje naturalista, pero a la vez manipuladora y algo sensiblera. Un film para pasar el rato con los niños y salir con ganas de comprarse un peluche de león, pero poco más.


Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 14 de abril de 2019

LO DEJO CUANDO QUIERA

Ya he comentado en alguna ocasión la facilidad del cine español actual de producir comedias casi en serie, y en ello los de Mediaset son casi unos especialistas, acostumbrados a convertir en oro todo lo que tocan. Con Lo dejo cuando quiera repiten, además, una exitosa fórmula que ya les dio buenos frutos en las destacables Perfectos desconocidos y Sin rodeos, es decir, adaptar una película de éxito de otra filmografía vecina. En este caso, el director Carlos Therón, acostumbrado a lidiar con éxitos como Es por tu bien o Fuga de cerebros 2, ha variado un poco la fórmula, ya que en lugar de limitarse a fotocopiar la película italiana original se ha limitado a inspirarse en el punto de partida para crear su propia historia.
Además, Therón, también guionista, se sale de los estándares habituales de la comedia española representada en la imagen de Dani Rovira y compañía para componer una comedia más gamberra de lo habitual, muy heredera del cine de Jud Apalow pero también de aquellas comedias zafias de los ochenta, tipo Los albóndigas en remojo o Porkis, a la par que está ahí la innegable sombra de la serie Breaking Bad.
Lo hace, además, sin dejar de lado la sociedad actual, ya que aprovecha para reflejar la realidad de una generación, la que ronda la cuarentena, nacida para comerse el mundo y a la que la crisis y las malas decisiones gubernamentales condenó a la mediocridad. Esto se contrapone, además, con el desencanto de la llamada generación del futuro, comparando ambas y sabiéndolas distanciar y a la vez acercar con una pericia que (sin perder de vista que esto, en el fondo, no aspira más que a ser un gran chiste) ya quisiera para sí la insoportable After.
Pero dejémonos de reflexiones profundas y analíticas. Como ya he dicho, Lo dejo cuando quiera, la historia de unos profesores universitarios maltratados por la vida (y por su propia mediocridad) cuyo destino cambia cuando se lanzan a comercializar las pastillas que ellos mismos han creado, es muy gamberra y macarra, y eso es lo que mejor la diferencia de la mediocridad en la que amenazaba caer la comedia española en los últimos tiempos.
No es una obra maestra, ni lo pretende. Es, simplemente, una propuesta muy divertida en la que sus actores (casi todos de origen televisivo) se entregan a fondo y en el que el elenco femenino, aunque en un rol secundario, sobresale con eficacia, enriqueciendo la trama principal. Y mucha atención al brillante trabajo de un Ernesto Alterio desatado.
Ridículamente tonta, pero tronchante y eficaz a la vez. No se le puede (ni debe) pedir más.


Valoración: Siete sobre diez.

AFTER

Imaginen una historia de amor tan apasionada como insana. Imaginen que él es un niño de papá, con dinero, guapo pero malote y con un deje de oscuridad en su mirada. Y ella, una niña buena, virginal y sumisa. Imaginen que ella descubre gracias a él el juego del sexo y que él, mujeriego empedernido, descubre por ella lo que es caer en las redes del amor. Ahora añadan un grupo de amistades orbitales insano y algún secreto del pasado. E imaginen que todo ello se muestra en pantalla con una cuidada fotografía y al compás de una banda sonora pop infinita, rozando el videoclip más que el propio cine.
No, no estoy escribiendo una nueva reseña de 50 sombras de Grey, pero casi. After, la película que adapta uno de esos fenómenos literarios tan incomprensible como distante para según qué generación (como la mía, pongamos por caso), se muestra sin complejos como una versión para menores de la saga literaria de E.L. James, una historia sobre el descubrimiento carnal con la misma falta de valores que aquella (por más que sus autores pretendan negarlo, sigue siendo la historia de la dama sumisa cegada por el brillo del dinero y la masculinidad más cool), y de  cuyas influencias (y admiración) no reniega la propia autora, Anna Todd, por más que ella tuviese más en mente (lo estamos arreglando) la saga Crepúsculo.
Soy plenamente consciente de que una película como esta va dirigida a un target muy concreto al cual no pertenezco, por lo que algunos podrían condenar mi crítica negativa con la típica argumentación de que “la película no es para mí”, pero cuando se trata de valorar un producto cinematográfico que, no nos vayamos a engañar, tampoco aspira a ser nada extremo ni radical, hay ciertos valores cinematográficos que se deben exigir. After no solo cuenta con unas interpretaciones muy justitas y un guion tan cargado de estereotipos y simplista que aburre soberanamente, sino que además resulta tan ridícula e irrisoria que, más que representar a esa supuesta generación que la idolatra (a las novelas, al menos), lo que en realidad hace es ridiculizarla. Y es que estamos ante una película sobre el despertar hormonal protagonizada por universitarios que en realidad actúan como niños de doce años, resultando por tanto tan mojigata y tonta que abruma y provoca el efecto contrario al que aspira. Sí, las niñas acudirán al cine en masa creyendo verse representadas, pero saldrán engañadas al descubrir un mundo a años luz del real, una manipulación del reflejo generacional donde los jóvenes van a fiestas donde apenas se bebe, no existen las drogas y el (poco) sexo que se tiene es con extremas precauciones.
Es cierto, yo vivo a años luz de esa generación, pero los protagonistas de la película, también.
Pero todo eso me daría igual (no espero un documental realista ni mucho menos) si la película fuese entretenida. Pero ver durante casi dos horas a dos niñatos acariciándose y lloriqueando es demasiado esfuerzo para mí.
Y lo peor es que, si no estoy mal informado, la autora va ya por la cuarta novela, así que tenemos bodrio para rato… Al menos, alguna de las canciones no está mal. Menos es nada…

Valoración: Cuatro sobre diez.

TRIPLE FRONTERA

Poco a poco Netflix sigue ampliando su catálogo de películas originales, y lo hace reuniendo a grandes nombres de la interpretación, garantizándose con ello un buen número de descargas (y, al menos en idea, de suscripciones nuevas) independientemente de la calidad final de las mismas.
Aunque muchos no terminen de quedar convencidos por la mayoría de proyectos de la cadena de streaming (Roma aparte), creo que poco a poco van apostando por proyectos más serios e interesantes, y Triple frontera, sin duda, esté entre ellos.
Triple frontera es como se denomina a la zona en la que lindan Paraguay, Brasil y Argentina, tristemente célebre por ser un nido de narcos, traficantes de armas y, en los últimos años, yihadistas. Es en ese escenario donde se mueve la película de J.C. Chandor, con un grupo de viejos amigos del ejército que se vuelven a reunir para acabar con un peligroso narcotraficante (y de paso, quedarse con su dinero) mediante un encargo del sector privado.
Tal es la excusa para reunir en pantalla a Oscar Isaac, Ben Affleck, Charlie Hunnam y Pedro Pascal, rematando el cast con Garrett Hedlund y Adria Arjona. Chandor reparte la película en tres arcos claramente diferenciados: la preparación del plan, la ejecución y la huida desesperada a través de los Andes. Ello propicia que la película pueda tener un ritmo algo irregular por los cambios de tono pero que, a cambio no aburre en ningún momento, estando reinventándose continuamente. Quizá se podría acusar a los actores de no parecer tan implicados como en una gran producción de Hollywood, pero todos cumplen con sus personajes y le dan el empaque suficiente para hacer de la película una epopeya de tintes bélicos con tonos de pura supervivencia.
Bien filmada y con una hermosa fotografía (capaz de convertir Hawái en Sudamérica), la película dista mucho de ser perfecta, pudiéndose acusar de algunos agujeros (o simplezas) de guion que se podrían haber trabajado algo mejor, pero que al final no empañan el buen resultado de una película entretenida y emocionante.


Valoración: Siete sobre diez.