martes, 29 de marzo de 2022

Artículo: EL OSCAR DE MUHAMMAD ALI

Mucha pereza me daba esta edición de los Oscar. Incluso me planteé no ver siquiera la gala. Puede que mi reciente paternidad influyera en ello (las noches ya no son iguales, amigos), pero creo que lo que pesó más es que de las películas nominadas hay una parte de ellas que no he podido ver aún (caso de Coda, El método Williams, Tik tik boom! o Spencer) y otra parte que, perdonadme, ni sabía de su existencia (como La hija oscura, Drive my car o Los ojos de Tammy Faye). Sin embargo, al final me pudo la curiosidad y, aunque sin las palomitas y la parafernalia de otros años (la vi desde la cama, lo confieso), terminé por seguir la gala hasta unas dolorosas seis de la mañana.

Tampoco voy a recrearme mucho con mi comentario, pues más allá de que sigamos estando en una época extraña (no tanto como el año pasado, pero casi), lo cierto es que hace tiempo que perdí la fe en unos premios que han dejado de lado la calidad para centrarse en una especie de gafapastismo de cuatro duros de la que solo se habría salvado si, como en la época gloriosa en la que se reconocía la tremenda labor que supuso llevar a cabo proezas como Titanic o El Señor de los Anillos, Dune hubiera arrasado. Y aunque fue la triunfadora a nivel numérico, todas sus estatuillas fueron de carácter técnico, algo que, con el boicot insistente a Marvel (se inventan eso de película más popular y Ejército de los muertos triunfa sobre Spiderman: no way home, que queda en cuarta posición por debajo de Cenicienta y (¿me puedo reir ya?) El fotógrafo de Minamata).

El caso es que ganó Coda, que aunque no he visto me satisface profundamente ya que El poder del perro me pareció un peñazo increíble. Como increíble me parece el Oscar a su directora, que hace un buen trabajo visual pero nada comparado con esa segunda juventud que demuestra Spielberg y la magia que desprende cada una de las escenas de su West side Story. No entiendo que lo que más se valore de la película de Campion sea su mentase contra la toxicidad masculina pero se la ignore precisamente en el apartado del guion.

Como decía, ganó Coda, lo que me da pie a volver a arremeter contra los pesados que critican el cine de verdad (es decir, el que va a ver la gente a los cines, ya sea Marvel, Fast&Furious o lo que tercie en cada momento) con la cantinela de que todo son franquicias, ya sea en forma de secuela, remake, reboot… Pues para que quede bien claro, tampoco Coda tiene nada de original, ya que es una secuela de la película francesa La familia Bélier, que por cierto, si me ha de servir como referencia para ver la peli de Sian Heder (o la mujer que con el mejor guion del año hace la mejor película del año pero no merece ser siquiera nominada como director), mejor me lo ahorro. Ni de independiente, ya puestos, que al fin y al cabo la ha pagado Apple.

Por quedarme con lo bueno, me quedo con el Oscar para mi adorado Kenneth Branagh por Belfast y con el toque español de El Limpiaparabrisas, aunque me hubiera hecho ilusión que Bardem, Cruz o Iglesias hubiesen rascado algo también.

Pero todo esto no importa, ya que desbancando a la pifia histórica de La la land y Moonlight, esta ceremonia no será recordada ni por excluir del directo a muchos de sus premios ni por la gracia que pudieran o no tener sus tres presentadoras. Esta ha sido la gala, para bien o para mal, de Will Smith, ese actorcillo que molaba cuando era cómico y que me aburre desde que se volvió llorón (debe ser por eso de haber sido llamado por Dios para amar y proteger –a su manera, claro- a las personas), que decidió que es mejor gastar bromas que recibirlas y que cuando Chris Rock se burló (muy desafortunadamente, eso sí) de su esposa, decidió que lo del justiciero americano le pegaba mucho y que, ya que le iba a robar el Oscar a Benedict Cumberbastch, mostrar la mejor cara de la masculinidad tóxica y agredir física y verbalmente al payasito de turno, rematándolo con un discurso de agradecimiento tras el premio (que deberían retirarle) victimista en el que solo le faltó pedir el voto para Vox.

En fin, que al final la gala fue histórica y consiguió lo que no se había logrado desde hace años: ser el tema de conversación del todo el mundo al día siguiente. Por unos minutos, la guerra en Ucrania, la crisis de los transportistas y las subidas de precios fueron secundarias. Quizá solo por eso ya merezca el señor Smith nuestro agradecimiento.

De Coda, como de Moonlight, Normadland y otras, nadie se acordará en unos meses. Lo de Smith y Rock pasará a la historia.

Visto en Amazon Prime: AGUAS PROFUNDAS

Hacía tiempo que no sabíamos nada de Adrian Lyne, el director que tocó el cielo con Nueve semanas y media pero que tiene clásicos como Flashdance, Atracción fatal, Una proposición indecente o Lolita. Concretamente veinte años han pasado desde su último trabajo, Infiel, y tras ver (o mejor dicho, soportar) Aguas profundas, pocos me parecen…

No sé si este trabajo sea el capricho de un señor que se aburre en su jubilación o cuál ha sido la cadena de sucesos que ha provocado tan soporífero proyecto, pero poco hay que salvar de esta película, más allá que el tono sombrío de Ben Affleck y la ambigua relación matrimonial con Ana de Armas invitan a revisionar la magnífica Perdida, de David Fincher, a la que por un momento parece quererse parecer pero no llega ni a la altura del betún (¿es cosa mía o estoy viendo muchas referencias a Fincher últimamente?).

El caso es que sin haber leído la novela de Patricia Highsmith (autora de Extraños en un tren, Carol o, sobretodo, El talento de Mr. Ripley), no hay nada en el argumento de Aguas profundas que me parezca estimulante, agradeciendo, por una vez, que no haya pasado por cines y así habernos ahorrado el precio de la entrada.

Con una escena subidita de tono entre Affleck y De Armas, el currículo de Lyne y el comentado aunque breve romance real de sus protagonistas, toda la promoción parecía centrarse en las escenas de sexo del film, que ni están ni se las espera. Hay, en su atmósfera, elementos para un buen thriller, pero nadie de sus responsables ha sabido elegir bien como para llevarlos a buen puerto, resultando todo una continuación de escenas deshilachadas, plomizas y con personajes desdibujados. Puede que se pretendiese hacer una lección sobre la toxicidad masculina o el amor obsesivo, pero de ser así, no se consigue en absoluto, llegando a un desenlace en la que el espectador está ya agotado de que le tomen el pelo con situaciones incomprensibles y decisiones muy dudosas por parte de los protagonistas que provocan que el final, por mal explicado que esté, sea de agradecer.

En resumen, tan mala como se presagiaba. Un paso atrás en la impecable trayectoria que Ana de Armas estaba teniendo en Hollywood y quizá el motivo por el que Ben Affleck ha decidido centrarse más en papeles segundarios que en seguir como protagonista.

 

Valoración: Tres sobre diez.

Visto en Netflix: UN LUGAR SEGURO

Hay modas que cuesta detener, y aunque las últimas series estrenadas en abierto no han funcionado como se esperaba, me da la sensación de que tenemos producción audiovisual turca para largo. No es que me queje, siempre es bueno conocer la filmografía de otros países y plataformas como Netflix han permitido dar visibilidad a productos de los que el público mayoritario huiría.

De todas formas, no es que hablemos de cine con mucha personalidad, ya que si algo caracteriza a todas estas producciones turcas como los seriales del tipo Love is in the air o películas como Tácticas en el amor o la que nos ocupa es la de tratar de parecer lo menos turcas posibles, mostrando con orgullo las preciosas vistas del Bósforo a la altura del Cuerno de Oro, pero ni rastro del bazar o las mezquitas.

Es por ello que Un lugar seguro quiere jugar a parecer una dramedia tan americana como la que más, entrando además en el subgénero de «trama romántica con enfermo terminal de por medio». Sin embargo, la realidad es que no solo logra parecerse sin complejo a las películas en las que pretende verse reflejada sino que incluso las supera, pues sin ser nada del otro mundo por lo menos consigue algún que otro elemento diferenciador que se agradece. Por ejemplo, el ser, en el fondo, una feel good movie pese a tener la muerte como telón de fondo, no queriendo caer en la compasión y tratando la enfermedad (de manera algo ficticia, eso sí, que puestos a morir joven a cualquiera le gustaría hacerlo como se nos presenta aquí) más como una cuenta atrás que como un momento de agonía. Por otro lado, el elemento «niño» rompe también la mayoría de esquemas del amor apasionado pero con fecha de caducidad que puso de moda, hace ya décadas, Love story y que tiene un referente bastante actual en Antes de ti o Bajo la misma estrella.

Melisa es una joven madre soltera que nunca ha sentido la necesidad de tener pareja hasta que le comunican que le quedan cinco meses de vida y emprende una búsqueda en busca de un padre para el chaval, resultando elegido un empresario algo huraño llamado Firat.

Más allá de esto, la película cumple con todos los tropos del género, tales como la amiga/confidente, el enamoramiento imprevisto, la dolorosa ruptura al borde del tercer acto… pero todos ellos están muy bien incorporados, cumpliendo su función a la perfección y permitiéndose, incluso, un giro final que, pese a rozar lo inverosímil, funciona muy bien.

Así pues, de nuevo una producción turca dela que no cabía esperar mucho se traduce como un film amable y digno, capaz de enternecer al respetable y con un trabajo interpretativo y de realización bastante destacable.

No es la Turquía con olor a especias y kebab, pero tampoco la necesitamos para este tipo de historias.

 

Valoración: Siete sobre diez.

Visto en HBO Max: LO QUE HACEMOS EN LAS SOMBRAS T3

Al fin ha llegado a HBO Max la tercera temporada de Lo que hacemos en las sombras, la serie creada por Jemaine Clement a partir de la película que él mismo coescribió y codirigió junto a Taika Waititi, y lo hace con una mala noticia: todo apunta a que será la última temporada.

A nivel estructural, la temporada adolece un poco de lo mismo que la segunda: un arranque algo dubitativo, muy episódico, para ir comando carrerilla y encontrar una línea argumental a partir del ascenso de los protagonistas al Consejo Vampírico.

En esta temporada se refuerza un poco la presencia de los que, a la larga, han sido los personajes revelación, auténticos roba escenas que han llegado a eclipsar incluso a los tres vampiros protagonistas y que, de haber alargado más la serie, habrían terminado por convertirse en un problema. Me estoy refiriendo, por supuesto, a Guillermo, que ya en la pasada temporada tuvo un papel muy destacado, revelándose que era un descendiente directo de Van Helsing, y a Colin Robinson, el vampiro energético que quizá esté ahora menos divertido pero cuya presencia ha ganado en peso dentro de la estructura familiar.

El consejo vampírico y la búsqueda del origen de los vampiros energéticos serán los dos principales temas de la temporada, que desembocarán en dos situaciones inusuales. Por un lado, el nacimiento de una insospechada amistad entre Laszlo y Colin Robinson y por otro la depresión de Nandor, que debe lidiar al frente del consejo con las ansias de poder de la propia Nadja.

La serie, con sus más y sus menos, mantiene un buen nivel, compensando la lógica pérdida de frescura con el cariño cada vez mayor que uno coje a los personajes, aunque se diría que hay un ligero aumento de humor de brocha gorda que no necesitaba la serie. Con todo, la amenaza de una despedida (y aunque no hay anuncio oficial, así lo augura el episodio final) provoca una profunda tristeza, más cuando no es un final en plan celebración, triste pero nostálgico y amable a la vez, como fueron los casos de Friends o The big bang theory, por nombras dos ejemplos de comedias ya finalizadas, sino que, como no podría ser de otra manera, se despide con una patada en las pelotas del espectador, manteniendo la línea de gamberrismo y desconcierto y haciendo que uno ponga cara de WTF ante el televisor.

Me queda, en caso de ser un final definitivo, la tristeza de no haberme podido despedir de esos protagonistas (casi) invisibles, los cámaras de televisión, con los que Clement sabe jugar lo suficiente como para darles un papel más activo que en, por ejemplo, Modern Family, ejemplo de sitcom que seguía el estilo popularizado por The office.

Suenan rumores de que, pese a todo, podría haber continuación si en FX dan su bendición, aunque el temor de alargar demasiado el chicle me hace tener el corazón dividido ante tal posibilidad.

Sea como sea, ya están disponibles los (hasta ahora) últimos diez episodios de la serie y es solo cuestión de tiempo averiguar si los vampiros más extravagantes del panorama audiovisual van a regresar a hacer de las suyas o no, aunque tal y como termina todo, no lo van a tener nada fácil para volver a ser una «familia», aunque sea tan poco convencional como la suya.

sábado, 26 de marzo de 2022

Cine: MALNAZIDOS

Impulsada por la poderosa maquinaria de Mediaset (e ignorando en la campaña publicitaria que Netflix también está por medio, no sea que a alguien se le ocurra esperar a que se estrene en la plataforma), Malnazidos se ha convertido en el último gran éxito del cine español, pese a llevar dos años esperando turno para ser estrenada por culpa de la pandemia.

Aunque los detractores más rancios de nuestro cine podrían quejarse ante «otra película española sobre la guerra civil», la potente campaña publicitaria la ha convertido en una película para todo tipo de público, que la describen como sorprendente y original. Nada más lejos de la realidad. Malnazidos es un festival friki que, adaptando la novela de Manuel Martín Ferreras, Noche de difuntos del 38, propone una mezcla loca y desmadrada de cine bélico, acción, comedia y terror, juntando zombis con nazis y homenajeando directamente a Romero (frases textuales incluidas) y Carpenter (de quien incluso toma prestado un tema musical.

No es, por tanto, una película demasiado novedosa, y el recuerdo de Overlord está ahí, de manera que sigue a pies juntillas todos los tropos propios del género Z. ¿Estoy, por ello, criticando a la película? Ni mucho menos. Solo pretendo hacer un aviso para navegantes y constatar que, se diga lo que se diga, esta es una película de zombis pura y dura y va a gustar, principalmente, a los amantes de las películas de zombis.

Dejando claro esto, hay que reconocerle sus valores, que son muchos, algo ya no tan habitual en el género. Dirigida a cuatro manos por Alberto del Toro y Javier Ruíz Caldera (que se saca así la espinita de la fallida SuperLópez), Malnazidos tiene un ritmo intachable, alternando con mucha naturalidad el humor con la acción y dejando varias secuencias para el recuerdo. Puede que el argumento en sí no sea nada del otro mundo, así como su resolución, pero eso es lo de menos pues apoyándose también en un gran elenco de actores, entre los que destaca un gran Miki Esparbé a los que le sigue muy de cerca Aura Garrido y Luis Calleja, la película resulta ser un entretenimiento con mayúsculas, un divertimento muy macabro que, además, acierta en ser todo lo truculenta que debe ser sin abusar por ello del gore, resultando así más accesible de lo habitual pero sin caer en la ñoñería de Guerra Mundial Z, por ejemplo (muy acertado el recurso de las salpicaduras de sangre en los tiroteos).

En resumen, que estamos ante una película de zombis de manual, sí, pero una película muy bien hecha, a la que se le ha puesto mucho cariño y suficiente libertad para ser una obra con identidad propia a la altura de Rec Génesis, la última gran obra Z de nuestro país, jugueteando además con la posibilidad de hacer un discurso leve pero nada maniqueo de lo absurdo de la guerra y lo doloroso, a la par que ridículo, de enfrentarse entre hermanos, algo que no nos cansamos de repetir a lo largo de la historia, tal y como el señor Putin nos acaba de recordar.

 

Valoración: Ocho sobre diez.

Visto en Netflix: GOLPE DE SUERTE

Posiblemente la presencia del guionista de Seven, Andrew Kevin Walker, sea el principal reclamo de la película Golpe de suerte (que escribe en equipo con Justin Lader a partir de una historia en la que también participan el actor Jason Segel y el director Charlie McDowell), aunque es de justicia advertir que tampoco es que el hombre haya tenido ningún gran éxito después del brillante libreto para David Finsher (y es que como ya comenté a raíz de The Batman, la sombra de Fincher es alargada).

Golpe de suerte es una película que argumentalmente se podría clasificar como de home invasión, ya que la trama versa sobre un atracador algo patán que entra en una residencia algo aislada y, al ser sorprendido por los dueños, los retiene en contra de su voluntad. Sin embargo, su principal mérito es que logra esquivar todos los tópicos de este tipo de films, resultando en ese aspecto novedosa y harto curiosa. McDowell sustituye el suspense y el terror por un humor negro bastante insano y cínico y confía abiertamente en el talento de los tres protagonistas principales (y casi únicos) de la función: Lily Collins, Jesse Plemons y el mencionado Segel.

El problema radica en que si bien saber manejar ese nuevo enfoque, no es igual de preciso con el ritmo, haciendo que la película sufra bastantes baches que la tornan pesada y difícil de digerir. Es cierto que en caso de aguantar hasta el final, el desenlace puede resultar recompensa suficiente, pero no estoy seguro de que vaya a ser tarea sencilla llegar hasta el mismo.

Por tanto, película oscura y algo gamberra, cuyo morbo por descubrir hacia donde se encamina todo puede no llegar a justificar su visionado.

 

Valoración: Cinco sobre diez.

viernes, 25 de marzo de 2022

Visto en Movistar: NASDROVIA

Una cosa es opinar sobre una película o una serie y otra muy diferente recomendar. Lo segundo es mucho más complicado, ya que no solo cuenta el gusto del que escribe sino que debe tratar de identificar el gusto de aquel al que va dirigida la recomendación.

En ocasiones, sin embargo, es muy sencillo. Tal es el caso de Nasdrovia, una serie a la que me acerqué por sus actores y que, sin atraparme demasiado, terminé viendo casi de una sentada en su primera temporada. Recientemente, en Movistar se han dedicado a anunciar a bombo y platillo el estreno de la segunda, a la que ellos mismos califican como de «temporada final» y, antes de entrar a valorar sus virtudes y defectos, ya os anticipo una cosa: o vale la pena verla. Y no vale la pena verla porque, aunque ellos hablen de final, la realidad es que se trata de una cancelación en toda regla, y sin entrar en el spoiler ya os anticipo que el último episodio concluye con un cliffhanger enorme, tanto que aquí no cuela eso de «lo importante es el camino». Un final tan abrupto que me hace lamentar el tiempo que he dedicado a estas dos temporadas que ahora sé que no tienen sentido alguno.

Pero por si acaso alguien quiere atreverse aún a ver la serie, os informo de que se trata de una dramedia sobre dos abogados, expareja, que cansados de defender a corruptos se asocian con un cocinero para poner en marcha un restaurante ruso, sin saber que morirían de éxito y terminarían dando cobijo a un clan de la propia mafia rusa.

Tras una `primera temporada algo irregular, con Hugo Silva no demasiado metido en el papel y una Leonor Watling que se hace un poco cansina con el juego de romper la cuarta pared constantemente, en la segunda se sube la apuesta, ampliando escenarios y viajando hasta Rusia para profundizar más en la red mafiosa, pero noto como que les sigue faltando un punto para coger el tono adecuado. Hay momentos en que se ponen demasiado serios y reiterativos en sus discursos, haciéndole falta un poco más de locura y mala leche. Quizá el tono salvaje aunque inverosímil de, por ejemplo, Sky rojo, le habría sentado mejor.

En fin, que como propuesta no está mal del todo, teniendo sus puntos y aceptando las trampas que propone, pero todo eso cae en saco roto cuando el desenlace final está planteado para mostrarlo en una tercera temporada que nunca va a llegar.

Visto en Netflix: HASTA QUE NOS VOLVAMOS A ENCONTRAR

Dirigida por Bruno Ascenzo, esta coproducción hispano-peruana resume todos los males endémicos del género de la comedia romántica. Si hace poco hablaba, a raíz de Quiero que vuelvas, de la necesidad que tiene el género en renovarse, con Hasta que nos volvamos a encontrar se demuestra claramente los motivos.

Hasta que nos volvamos a encontrar es, sobre el papel, una simpática historia sobre un emprendedor español que, acosado por el peso del legado familiar, viaja hasta Cusco con la pretensión de edificar allí un mega hotel de siete estrellas, donde conoce a una lugareña que le va a enseñar a ver el mundo de otra manera y que, por descontado, no va a simpatizar nada con la idea de construir semejante monstruo arquitectónico en ese paraíso natural.

No hay nada novedoso en el planteamiento de la historia, de hecho recuerda mucho a la mucho más amable A  1.000 kilómetros de la Navidad, pero lo verdaderamente sangrante es la puesta en escena. Con un insulso Maxi Iglesias como ombligo del mundo y Stephanie Cayo como mochilera objeto del deseo, la película está totalmente construida alrededor de ellos, dejando a los paisajes (a los que les habría venido de perlas un director de fotografía algo más laborioso) como tercer protagonista. Más allá de estos tres elementos y la endeble moralina de enfrentar a los constructores con los espacios naturales, no hay apenas nada que rascar en una película tan insultantemente previsible como plana, en la que ni hay un verdadero conflicto ni se le espera.

Al final, lo que tenemos es una sucesión de cosas, sin que las motivaciones de los personajes justifiquen realmente sus progresos ni que nos creamos sus personalidades en ningún momento. No hay una verdadera construcción de personajes, y la acción avanza porque sí, por capricho del guion, sin que nada de lo que sucede avance de manera fluida y natural.

No es una película horrenda, y seguro que hará las delicias de aquellos que solo esperen una dosis de romance con dos chicos guapos al abrigo de un paraje espectacular, pero hay que exigirle mucho más a una película que parece conformarse con ofrecerlo mínimo confiando en llegar a un sector del público entregado a este tipo de propuestas y despreciando al resto.

Una verdadera lástima, ya que solo por ver las vistas peruanas ya merecería verse la película. Pero la balanza, esta vez, dice no…

 

Valoración: Cuatro sobre diez.

Visto en Disney+: EN LA TORMENTA

En la tormenta es una de esas películas en las que no conviene pensar demasiado. Un grupo de desconocidos atrapados en una casa, una tormenta de nieve y un misterio que señala que uno de ellos es un peligro potencial. Una trama clásica de las novelas de Agatha Christie y que desemboca en un guion lleno de giros y trampas que atrapa desde el primer momento gracias a que el director Damien Power no se anda por las ramas y va siempre directo al grano, consiguiendo que en apenas una hora y media la sensación de claustrofobia no decaiga en ningún momento.

Es una película interesante, muy intensa y angustiante, donde los actores ayudan a hacer creíble la trama y con un insano trasfondo aterrador, sin apenas cabida para el humor. Una película puzle donde todos pareen sospechosos y se juega con el espectador al gato y al ratón, buscando desorientarlo constantemente.

Esto conlleva un claro problema, y es que es difícil mantener siempre la verosimilitud. Por eso he empezado el análisis señalando que es una película para no pensarla demasiado, para dejarse llevar por ella y disfrutar durante el visionado, quizá con unas palomitas, tratando de averiguar quién es el culpable y hacia dónde va todo. Porque si se analiza tras una ligera reflexión, todo cae al vacío y nos podemos sentir como si nos hubiesen estado tomando el pelo. Pero no, no nos lo están tomando. Simplemente Power pretende ofrecer un divertimento sin pretensiones mareándonos un poco e invitando a que, tras los créditos finales, nos podamos dedicar a otra cosa.

Quizá no todo el mundo sea capaz de entrar en la historia con facilidad, pero si lo consigue y se deja engañar por esta absurda ratonera nevada, sin duda podrá pasar un buen rato jugando a los detectives con mucha menos mala leche de la que tenían Los Odiosos ocho de Tarantino.

 

Valoración: Seis sobre diez.

Visto en Netflix: CANGREJO NEGRO

Dentro de los muchos géneros cinematográficos que existen, hay un puñado concreto a los que Netflix ha mimado especialmente, como las comedias románticas, las películas navideñas, el género zombi… y, desde el brutal éxito de A ciegas, la aventura post apocalíptica, como demuestran títulos como Cargo, Love & monsters, El final de todo o series como Snowpiercer.

En Cangrejo negro, la situación apocalíptica viene dada por un conflicto bélico, lo cual le da un carácter más aterrador si cabe por la situación real que estamos viviendo actualmente entre Ucrania y Rusia. No se molesta la película de Adam Berg en dar muchos detalles alrededor del conflicto, ni tampoco es demasiado necesario. Al fin y al cabo, los huecos en la historia que se nos presentan son los mismos que termina por tener el ciudadano de a pie cuando algo así llega a suceder. No deja de ser significativo que al bando contrario se le denomine, escuetamente, «el enemigo», invitando a reflexionar sobre quienes pueden ser, en el fondo, los malos de la película.

En esas se encuentra Caroline, una soldado forzosa cuya desaparición de su hija motiva sus acciones. Cuando ella y otros cuatro soldados más son enviados a una misión casi suicida pero que puede suponer el final de la guerra, la esperanza de reunirse con la niña (que parece ser se encuentra en un campo de refugiados en el lugar de destino de la misión) es lo que va a hacerle sacar fuerzas de la nada para tratar de acometer la orden.

Con una fría fotografía y un buen ritmo narrativo, Berg nos sumerge en la acción desde su impactante prólogo, consiguiendo que la tensión no decaiga en sus casi dos horas de metraje y consiguiendo que, pese a la intención evidente de carne de cañón que tienen sus compañeros de viaje, los personajes secundarios interesen y ayuden a componer el drama que rodea a las escenas de acción.

Al final, tenemos un solvente cruce entre cine de supervivencia y bélico, esquivando el humor para apostar por el drama más desgarrador, dejando que la tensión sustituya a la sorpresa y logrando una tensión muy eficaz durante la mayoría de la película, decayendo un poco, quizá, en un tramo final que no está a la altura de lo visto hasta el momento. Y es que cuando se llega a la base de destino la película muta ligeramente, haciendo que se eche en falta la aridez helada que acompañaba al film hasta entonces.

Con todo, esta propuesta sueca que sirve como lucimiento para Noomi Rapace es intensa y emotiva, un buen ejercicio angustiante y con un dilema moral que invita a reflexionar sobre la dualidad de la guerra y el «todo vale» para conseguir la victoria.

 

Valoración: Seis sobre diez.

Visto en Apple TV: LA TRAGEDIA DE MACBETH

Debo confesar que, salvo honrosas excepciones, no soy muy fan de los «ataques de director» que provoca que muchos realizadores inventen (o eso pretendan) a la hora de jugar con las narrativas. Aunque en ocasiones el resultado es interesante (me viene a la mente El hijo de Saúl, por ejemplo), en muchos casos el uso de la pantalla cuadrada (se trata del llamado formato académico, filmado en 35 mm con un ratio de 1.37 : 1) me resulta más un ejercicio de pedantería que otra cosa.

Joel Coen abraza este formato en su primera película alejado de su hermano Ethan sumándole, además, un intenso blanco y negro que, sin terminar de ser santo de mi devoción, es compensado con las muchas virtudes de la película.

La tragedia de Macbeth es una nueva versión del clásico de Shakespeare, quizá la obra más popular del dramaturgo tras Hamlet y Romeo y Julieta, y con tantos precedentes (me vienen a la mente los nombres de directores como Orson Welles o Roman Polanski y actores como Michael Fassbender y Marion Cotillard) entiendo la necesidad de Coen de buscar un distanciamiento estético de estos.

La película protagonizada por Denzel Washington, Frances McDormand o Brendan Gleeson entre otros se mueve a medio caballo entre el cine y el teatro, consiguiendo una mezcla extraña pero efectiva. Se podría decir que tanto las interpretaciones como las intenciones de la cámara apuntan hacia el cine (no hablamos de un abuso de la teatralidad, como sucedía con Fences, también con Washington como protagonista), mientras que la austeridad de decorados remiten más al teatro (de hecho, toda la película, salvo la escena final, está filmada en interiores, más concretamente en decorados montados en un estudio de sonido).

Destacando por el derroche d talento de sus actores y por una labor impagable del director de fotografía Bruno Delbonnel, la película es un drama con tintes de terror y angustia psicológica cuya única pega, una vez más, es la de verse relegada a las pantallas de un televisor. No es, por su tema y concepción, una película para todo tipo de público, eso es evidente, pero aun así habría merecido poder ser disfrutada en pantalla grande.

 

Valoración: Siete sobre diez.