Me
resulta enormemente complejo definir esta película. No encuentro palabras para
ello. O quizá sea al revés, quizá encuentro demasiadas, algunas de ellas
aparentemente opuestas entre sí.
Divertida,
excesiva, extrema, desquiciante, horrible, genial, desagradable, demoledora,
hilarante, sórdida, soez…

La
película arranca presentándonos a su mujer, Carol, atractiva y seductora, que
rompiendo la cuarta pared (el propio Bruce lo hace constantemente, sobre todo
para mirarnos directamente a los ojos y hechizarnos) nos explica de forma
ambigua, confusa y perturbadora los secretos de su felicidad conyugal.

Llega
un momento, desde luego, que la caída a los infiernos de este personaje carece
de frenos. Es entonces cuando el guion (que parte de una novela de Irvine Welsh
que al parecer es aún más degradante que la película) se apiada de Bruce y nos
ofrece alguna pincelada de su pasado que nos invita a pensar que hay una
tragedia que motiva su forma de ser y actuar, no justificándolo pero sí al
menos edulcorándolo levemente. Pero ello no sería suficiente para evitar que odiásemos
a muerte a un tipo que no duda en
acostarse (y humillar) a la mujer de un compañero, acosar a la esposa de su
mejor (o único) amigo y terminar incriminándolo a él, enfrentar a sus
compañeros entre ellos o desafiar abiertamente a una superiora por el simple
hecho de ser mujer de no ser por un elemento clave en la película: James
McAvoy.

James
McAvoy es el alma de Filth, por más
que esté rodeado de un plantel de grandes secundarios como Jamie Bell, Eddie
Marsan, Imogen Poots o John Sessions, y cuando el desquiciado montaje a ritmo
de magníficos temas musicales amenaza con desbordarse él, con su carisma y
magnetismo, solventa la papeleta.
Filth es una de esas pequeñas joyas que de tanto en tanto nos ofrece el cine
británico y que todo el mundo debería ver. Quizá alguno me haga caso y termine
odiándome por ello, pues la desazón que provoca en algunos momentos es notable,
pero terminará dejando poso y. si dejan los prejuicios en la puerta,
disfrutarán con su sentido del humor punzante y su sorprendente y revelador
giro argumental.
Filth es toda una experiencia cinematográfica, por su seductor arranque, su orgía
de sexo y drogas, su bestial banda sonora, su hipnótica fotografía, su montaje
desconcertador, sus créditos finales y, sobre todo, por McCavoy y, para bien o para mal, es de obligado visionado.
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