sábado, 14 de diciembre de 2019

LEGADO EN LOS HUESOS

Como ya anticipaba en mi comentario sobre El guardián invisible, la adaptación cinematográfica de la Trilogía del Batzán, de Dolores Redondo, precisaba de ser vista en su conjunto para poder valorar cada una de las entregas por separado.
Olvidada ya la polémica absurda que envolvió a El guardián invisible, queda claro que muchas de las cosas que no funcionaban en aquella son mejoradas y potenciadas en su secuela, Legado en los huesos. Aun sin que la presencia física del supuesto Basajaun, su presencia es igual de importante, a la que se incorporan nuevos elementos del folklore vasco como es la figura del Tarttalo, elegido como el mal personificado. Gracias a eso, la historia no es un simple caso policiaco más y se juega abiertamente con el elemento sobrenatural, justificando los continuos flashes sobre el pasado de la protagonista que amenazaban con lastrar la primera película.
También es cierto que con más horas de metraje se permite un mayor desarrollo de los protagonistas, consiguiendo al fin una buena empatía con la inspectora Amaia Salazar y su ayudante Jonan, permitiendo incluso que los secundarios salgan mejor parados que en el primer capítulo de la saga. Puede que la confirmación de que iba a haber un cierre a la historia (de hecho, Legado en los huesos se filmó a la vez que la tercera parte de la saga, Ofrenda a la tormenta) les haya dado también más libertadas para abrazar sin complejos ese mundo sobrenatural y acercarse más al terror psicológico que al simple thriller que tanto flojea en las últimas aportaciones españolas al género (léase El asesino de los caprichos o El silencio de la ciudad blanca).
Todo mejora en esta continuación, manteniéndose las virtudes de la primera película y potenciando las posibilidades de los entornos naturales, glorificados en un clímax final angustiante y muy meritorio, donde Fernando González Molina parece dar lo mejor de sí mismo.
No todo es maravilloso, desde luego. Hay giros de guion difíciles de justificar y personajes no suficientemente bien trabajados, pero el empaque general demuestra que se dirigen hacia el buen camino y augura un brillante final para la saga. El peaje a pagar es el de más preguntas sin responder y más misterios sobrenaturales que merecerán ser abiertamente revelados en el ansiado desenlace.
Por otro lado, queda claro que esta película, sin ser ni mucho menos un film de terror, no va a satisfacer a los que busquen un realismo total y desprecien el uso de ese elemento sobrenatural que ya no es ninguna conjetura.
En resumen, un buen peldaño hacia arriba que, esperemos, mejorará incluso más (como ya sucediera con la anterior película) cuando se complete la trilogía (de hecho, una revisión de El guardián invisible me ha permitido verla con mejores ojos que en el momento de su estreno) y veamos esta historia como parte de un todo.


Valoración: Siete sobre diez.

miércoles, 11 de diciembre de 2019

LOS ÁNGELES DE CHARLIE

Elizabeth Banks es una actriz interesante que ha destacado más en papeles secundarios que como protagonista, que algunos tiene. En 2013 decidió dar el salto a la dirección encargándose de un fragmento de la comedia Movie 43 a la que continuó Dando la nota: aún más alto, segunda entrega de la franquicia en la que participaba también como actriz.
Los ángeles de Charlie, nueva reinvención a partir de la serie televisiva de 1976, era su gran apuesta, pues no solo dirige y acuta, sino que se ha responsabilizado también del guion, pretendiendo hacer un blockbuster con ínfulas de cine de autor.
No se puede definir la propuesta de Banks de otra manera que no sea la de fracaso. Fracaso en taquilla, fracaso en crítica y fracaso en sensaciones. Ella ha culpado a la masculinidad tóxica, incapaz de aceptar a mujeres ejerciendo de protagonistas de una película, pero se le ha olvidado mirarse un poco en el espejo y reconocer las muchas deficiencias de la película.
Y no es que Los ángeles de Charlie sea un completo desastre. Estamos ante una propuesta de entretenimiento simple pero efectivo, con toques ligeros de humor y tres protagonistas con suficiente empatía y carisma como para funcionar como equipo, en especial una Kristen Stewart que es lo más divertido y refrescante del film, amén de un buen puñado de secundarios reconocibles y cameos varios.
Así que sí, como entretenimiento cumple. Pero poco más. Y es que, pese a que ver dos horas de acción y persecuciones supuestamente adrenalíticas siempre debería molar, son demasiadas las deficiencias como para valorar demasiado positivamente la película.
Hay que recordar que la serie que adapta tiene ya más de cuarenta años, y que hubo una mini saga de dos películas de la mano de McG que no funcionaron mal en taquilla pero que tampoco eran para tirar cohetes. Para la nueva adaptación, Banks ha intentado combinar acción, humor y mensaje social para conseguir una mezcla triunfadora, pero ninguno de los tres elementos funciona correctamente, por lo que era difícil que la mezcla pudiera funcionar. Por un lado, el humor no funciona demasiado bien, quizá por la indecisión sobre si esto es abiertamente una comedia o no. La acción está filmada con simpleza y no hay grandes coreografías dignas de ser recordadas. Y el mensaje feminista pretendido por Banks termina por deslucir la cosa. Y no porque me pueda molestar dicho mensaje, sino porque está erróneamente planteado. Ni se es sutil, como pudiera ser el caso de Capitana Marvel, ni se es contundente. Es como querer llamar la atención, pero con miedo a molestar. Y las medias tintas pocas veces suelen funcionar.
Al final, todo queda en un intento pobre de fotocopiar las películas de Misión imposible, pero en versión femenina. Pero aspirar a repetir los méritos de Christopher McQuarrie y compañía. Chicas guapas luciendo palmito (no se si estoy suena muy feminista), historia simplona pero funcional, algún chascarrillo aspirando (de forma algo absurda) dar coherencia a la saga y poco más.
Sirve para pasar el rato, pero si es este el tipo de film que debe cambiar la manera de pensar de algunos, mal camino me parece.

Valoración: Cinco sobre diez.

sábado, 7 de diciembre de 2019

LA GRAN MENTIRA

Bill Condon es un realizador interesante, pero de carrera desigual. Capaz de lidiar con grandes producciones de calidad más o menos dudosa pero indudable tirón, como fue la saga Crepúsculo (se hizo cargo de Amanecer, partes uno y dos) o su versión de La Bella y la Bestia, películas de cierto renombre, como Dreamgirls o El quinto poder o producciones más pequeñas e intimistas como Mr. Holmes.
Probablemente La gran mentira se acerque bastante al último caso, con la que comparte, además, actor protagonista. Tener a Ian McKellen y a Helen Mirren, junto al nombre del propio Condon, ya es una garantía de que estamos ante una película interesante y de gran valor artístico, pero, como sucede con demasiada frecuencia, es el guion lo que más descuidado está.
El título no engaña a nadie, y La gran mentira es una película tramposa que manipula al espectador para llevarlo por el camino que más le interesa. Todo empieza en un tono muy afable, con una encantadora pareja de ancianos conociéndose a través de una web de citas por Internet, pero la sorpresa no va a esperar demasiado y a los diez minutos se ponen las cartas sobre la mesa alrededor de las verdaderas intenciones del personaje de McKeller.
A partir de ahí, nos encontramos ante una película de engaños y falsas verdades bastante interesante, por más que se le vea el truco un poco antes de lo necesario, pero es en el giro final cuando la cosa decae un poco, cuando se revela la gran mentira a la que alude el título y el ejercicio de suspensión de la credulidad se hace imperiosamente necesario.
Ahí, el tono dramático se impone al jocoso que privaba en su primera mitad y se toma un rumbo demasiado forzado y que cae en los tópicos habituales en este tipo e films, volviéndose algo plana y demasiado poco creíble.
Con todo, el nivel del trío implicado es tan notable que la película se puede disfrutar con agrado, por más que al finalizar deje un cierto poso de decepción. Aunque es aplaudible el cine con profundidad y carga dramática, creo que en este caso la historia se hubiese beneficiado de un poco más de diversión y algo menos de trascendencia.

Valoración: Seis sobre diez.

viernes, 29 de noviembre de 2019

PUÑALES POR LA ESPALDA

Para muchos Rian Johnson es el nuevo niño mimado de Hollywood. Adorado por la crítica desde sus inicios con Brick y Los hermanos Bloom, de las que no hablaré pues confieso no haberlas visto, logró su primer gran éxito comercial con Looper, una película que estaba bastante bien pero que también, reconozcámoslo, ha sido muy sobrevalorada. Porque vale, la trama de los viajes en el tiempo estaba muy bien, pero cuando se lía con los niños mutantes, la cosa pierde todo el sentido.
El caso es que su cima cinematográfica le llegó con la admirada a la par que denostada última película (hasta la fecha) de la saga Star Wars. Yo personalmente sigo sosteniendo que Los últimos Jedi está entre las peores películas de la saga y que echó por tierra todas las semillas plantadas por Abrams en El despertar de la fuerza, aunque debo reconocerle sus méritos visuales.
En estas estamos cuando, a la espera de ver si es realidad o no la supuesta trilogía que, por el motivo que sea, le han regalado los de Lucasfilm (aunque lejos de la familia Skywalker quizá sí pueda dar el do de pecho), llega su más reciente película, Puñales por la espalda, de la que también es guionista en solitario.
Lo más llamativo del cartel (totalmente intencionado) es su reparto estelar, plagado de grandes figuras que componen una especie de quien es quien hollywoodiense intergeneracional, alternando clásicos como Christopher Plummer o Jamie Lee Curtis, actorcillos míticos como Don Johnson, creadores de blockbusters como Daniel Craig o Chris Evans o jóvenes emergentes como Jaeden Martell o Katherine Langford, aunque quien termina por sobresalir por encima de todos ellos es Ana de Armas, que tras aparecer en Blade Runner 2049 y ser la chica Bond de Sin tiempo para morir puede convertirse, fácilmente, en la nueva chica de moda.
Puñales por la espalda no inventa nada nuevo, es lo que se llama un murder mistery en toda regla, y aunque está ambientada en la era de los smartphones y de Netflix, rezuma ese aire clásico que evoca constantemente las historias de Agatha Christie o Arthur Conan Doyle a los que, por cierto, homenajea abiertamente.
La historia clásica: una reunión familiar, un asesinato y un detective que sospecha de todos. El punto original cabe encontrarlo en el hecho de saber en un momento muy prematuro quién es el culpable, lo cual, en lugar de ser una lacra como sucedía en El silencio de la ciudad blanca, se convierte en una oportunidad para enredar más la trama y provocar nuevos giros y piruetas argumentales. No obstante, si algún pero le podemos poner a la historia, es que el espectador mínimamente avispado puede adelantarse a la resolución del misterio.
Con un ritmo endiablado en el que casi se celebran más los toques cómicos que los de intriga, Johnson aprovecha para, con un tono algo negro, burlarse de la sociedad americana de la era Trump, retratando sin demasiada piedad al votante medio y caricaturizándolo. En ese sentido, y a tenor el espléndido reparto, uno casi lamenta que la película no dure un par de horas más para que todos los personajes puedan tener más tiempo de lucimiento.
En definitiva, que esta vez sí parece que el señor Johnson haya dado en la tecla, combinando el humor y el drama con más sabiduría que en su participación galáctica y componiendo un film que posiblemente haga las delicias de todo tipo de público, resultando mordaz sin ser ofensivo y retorcido sin dejar de ser para todos los públicos.
Un estupendo entretenimiento, con semillas muy bien plantadas a lo largo de toda la historia (seguramente un segundo visionado la beneficiaría mucho), y consiguiendo, pese a los giros, no perder nunca la coherencia.

Valoración: Siete sobre diez.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

DIECISIETE

Aunque se pueden encontrar muchos éxitos en la carrera de Daniel Sánchez Arévalo desde la destacable Azuloscurocasinegro, como Primos o Gordos, su gran éxito de taquilla fue La gran familia española, desde la que no había vuelto a dirigir un largometraje en solitario, Por eso, resulta cuanto menos curioso que su regreso haya sido a través de Netflix, esa plataforma que (dicen) va a acabar con el cine pero que sabe apostar por los realizadores y darle la libertad que necesitan.
Diecisiete, la película en cuestión, es una road movie que describe el viaje de dos hermanos, uno huido del reformatorio y el otro en plena crisis sentimental (y existencial) que recorren varios parajes rurales de Asturias en busca de un perro, el único ser con quien el problemático hermano pequeño ha parecido sentir empatía.
Un viaje en autocaravana que, en realidad, se transforma en un viaje interior, ya que lo importante de la historia no radica en encontrar o no al animal sino en que los dos hermanos se encuentren a sí mismos. Con ecos de una buena relación en el pasado truncada, ya saben, por las cosas de la edad (no es que ninguno de los dos lo pusiera demasiado fácil), la película navega entre la comedia y el drama, abusando en ocasiones de una plácida comodidad en sus formas (esa música que subraya en todo momento los sentimientos que debe sentir el espectador) y haciendo que en ocasiones actúen de manera demasiado conveniente para las necesidades del guion.
Es, sin embargo, un buen ejercicio intimista, una reflexión sobre los sentimientos y el amor fraternal, agravado por el aislamiento autoinfligido de Héctor, un hico con un trastorno emocional que nunca se llega a aclarar (ni es tampoco necesario), por lo que tiene la historia toques de Rain Man, aunque es innegable también la influencia de títulos más amables como Pequeña miss Sunshine.
Es una película, en fin, tierna y emotiva, un buen producto, pero algo descafeinado teniendo en cuenta quien la firma. Dramedia familiar que se ve con agrado, pero a la que se le podría exigir mucho más.


Valoración: Seis sobre diez.

LE MANS '66

Por motivos que aquí no vienen al caso, parece que, en cuestiones de motor, los estadounidenses siempre han sido más aficionados de las pruebas al límite y los desafíos extremos que suponen competiciones como las 24 horas de Le Mans que de las multimillonarias carreras de Formula 1. Esas pruebas eran menos profesionales y mucho más peligrosas (que le pregunten a Steve McQueen o a Paul Newman) y eso las hacía de mayor interés para el pueblo llano, ya que aun teniendo poderosas escuderías detrás, un simple mecánico de taller podría ser piloto.
En los albores de 1966 Ferrari era la líder indiscutible del sector y en la Ford, marca americana por excelencia, que habían sido los primeros en fabricar coches en serie pero nunca se habían preocupado de participar en eventos deportivos, se les ocurrió desafiar al gigante italiano, contratando para ello al único yanqui que había ganado Le Mans hasta la fecha, retirado de los circuitos por problemas de corazón, como jefe de equipo.
Así comenzaba el duelo entre Ford y Ferrari que tendría su punto çalgido en la carrera de Le Mans de 1966 y cuya historia (más o menos real) refleja la película.
Le Mans ’66 cuenta con James Mangold como director, un tipo bastante competente pero que había perdido mucho crédito con Lobezno: inmortal, pero lo había logrado recuperar con Logan. Con Matt Dammon como el jefe de equipo Carroll Shelby y Christian Bale como el piloto Ken Miles dando lo mejor de si mismos, Mangold ha reconstruido una historia épica y de superación con un estilo narrativo que recuerda al Hollywood clásico, cuando se hacían películas deportivas con cierta continuidad antes de que los blockbusters semanales lo coparan todo.
Aunque parece que no hay que tomarse la historia con una verosimilitud milimétrica (al fin y al cabo, esto es cine, recuerden si no a Bohemian Rhapsody), parece que la traslación fílmica es bastante precisa, reflejando la pugna entre las dos compañías sin importarles a quien se llevaran por delante. Puede que en ese sentido Mangold peque un poco de demonizar a Henry Ford II y Enzo Ferrari, a los que casi convierte en villanos de opereta, pero lo hace para servirse de ellos al querer contar una pugna empresarial donde todo vale por la victoria y lo único que lo puede justificar todo es el dinero.
En esas se encuentran los protagonistas, dos rivales y amigos hermanados por su amor hacia los coches y, pese a sus diferencias, obligados a entenderse. Así, esta es, después de todo, una película sobre una amistad, sobre el sentido del honor y el orgullo y sobre el reconocimiento de un héroe más allá de sus ideas o su conducta.
En el aspecto técnico, Mangold está también impecable, siendo tan preciso en los momentos más familiares como en las espectaculares carreras automovilísticas, y aunque puede que no llegue la película al nivel de Rush, es un buen complemento para los amantes del mundo del otor. O incluso para los que, como yo, no lo sean.
En resumidas cuentas, interesante película deportiva de fondo reflexivo sobre la amistad y la ambición, con grandes interpretaciones y un ritmo que permite que las dos horas y media de metraje pasen como un suspiro.


Valoración: Siete sobre diez.

ADIÓS

Aunque no quedé muy satisfecho con la película Tokarev, el debut de Pedro Cabezas en Hollywood de la mano de Nicolas Cage, debo reconocer que con su salto televisivo, encargándose de episodios de títulos tan notables como Penny Dreadful, The Strain, Fear The Walking Dead o American Gods, le ha portado suficiente experiencia como para, en su regreso a España (nueve años después de su exitosa Carne de neón), componer una de las mejores películas españolas del año, en un 2019 en el que nuestro cine ha estado especialmente sobresaliente.
Para los que siguen teniendo problemas con el cine patrio, insistiendo en que es siempre igual, le propongo el ejercicio de comparar el último estreno recibido, Si yo fuera rico, película prefabricada y en busca de un público acomodado, con esta maravilla que es Adiós. Sí, ya se que son géneros y estilos diferentes, pero no soy yo quien se empeña en meter todo el cine español en el mismo saco, ¿no?
Con un enorme Mario Casas a la cabeza (¿dónde están ahora los que lo criticaban tanto?), la película es un cruel relato de venganza tras la muerte, en un accidente de tráfico, de la niña pequeña del matrimonio formado por el personaje de Casas y el de la también excelente Natalia de Molina. En otras manos (y en otra filmografía), esta podría ser la clásica película de venganzas fraternales que bien podría haber protagonizado Liam Neeson, Mel Gibson o ingluso el propio Nicolas Cage, pero no, esto va de otra cosa, esto va de la España del sur, de la España real, de luchas territoriales entre clanes y familias. Y, sobre todo, va de realidad, de mucha realidad.
Con un tono sucio y hasta desagradable, la película busca más compartir el sufrimiento de los protagonistas que el placer propio de la venganza, poniéndose así en las antípodas de, por ejemplo, El justiciero de Eli Roth. En lugar de eso, Cabezas (que firma el guion junto a Carmen Jimenez y José Rodríguez) apuesta por un tono más intimista donde podemos sentir la pérdida de la niña como nuestra, y haciéndonos entender que, por difícil que parezca, la vida sigue tras la tragedia y que la obsesión ciega por esa venganza, por el todos contra todos, solo puede traer consecuencias aún peores.
Paco Cabezas brilla pues, en el aspecto más personal de la historia, pero esto no significa que se dejen de lado las escenas de acción, espectaculares y brillantemente dirigidas. El asalto al barrio de las 3000 viviendas, la pelea entre la policía a la que da vida Ruth Díaz o la secuencia final son meros ejemplos de que la cinta puede ser trágica y dolorosa a la par que emocionante y adrenalínica.
La España cañí es el escenario ideal para una historia sórdida, de bajos fondos, donde Casas ha tenido que reinventarse (asombroso lo que hace con su acento) para dar un paso más en su brillante carrera, aunque sin por ello desmerecer a un reparto que, en su totalidad, están excelsos.
Adiós, con una banda sonora también impagable (y lo dice alguien a quien no le gusta el flamenco, pero que se le puso la piel de gallina con cada canción) y una excelente ambientación, es una película que no se puede ver cómodamente sentado en la butaca, asaltado siempre por los nervios y que se sigue disfrutando (es un decir) una vez finalizada la proyección. Una joya a la altura de Quien a hierro mata o La trinchera infinita, por nombrar algún ejemplo de cine español angustiante y opresivo de este año.


Valoración: Ocho sobre diez.

FROZEN II

Seis años después de la maravillosa Frozen: el reino de hielo Disney ha estrenado (con un atronador éxito de taquilla) su secuela. La primera reflexión que conviene hacer sobre Frozen II es la de: ¿era necesaria? Rotundamente no, yo mismo quedé enamorado de la primera entrega y no esperaba que se pudiera repetir la jugada, pero ya se sabe que el dinero manda, y Frozen dio mucho dinero.
Con un tono continuista (se ha apostado por los mismos directores y guionistas), lo que más destaca de Frozen II es el intento desesperado por no ser una secuela más, por no limitarse a realizar un producto con el piloto automático puesto y esperar solo a contar los billetes. En lugar de eso, tenemos un muy buen desarrollo de personajes y una impecable factura técnica que por momentos nos permite obviar el que la historia resulte un poco impostada y que las canciones, aunque maravillosas, no alcancen a ese hito que fue Let it go.
Cierto que se ha apostado por una aventura un poco más oscura y madura y que el discurso feminista (sin llegar a rechinar) sigue estando presente, pero es imposible repetir la magia que se produjo al encontrarse por primera vez con estos personajes que reinventaban los cuentos de princesas y combinaban la magia Disney con el tono Marvel (siempre he visto a Elsa como a una especie de mutante, a medio camino entre Emma Frost y el Hombre de Hielo). En ese sentido, quizá lo mejor de todo, lo que más nos pueda hacer disfrutar (y termine por quedar en la memoria) sean fragmentos aislados donde brillan los personajes secundarios, como esos torpes intentos de Kristoff por declararse a Anna, la parodia de videoclip ochentero durante su balada o casi todo lo referente a Olaf (el personaje que, curiosamente, menos me gustó en la primera película).
Así, podríamos decir que Frozen II es una digna sucesora, que contiene todo lo que gustó de la primera película y que va a volver a enamorar y emocionar, pero nunca llega a estar al mismo nivel y debe considerarse como un punto inferior. Al final, esto es como un buen truco de magia: por muy bien que se repita, nunca nos asombrará tanto como la primera vez.


Valoración: Siete sobre diez.

SI YO FUERA RICO

La maquinaria de Mediaset se ha vuelto a poner en marcha y están haciendo todo lo posible para que Si yo fuera rico arrase en las taquillas estas navidades. Siguiendo el mismo truco que ya les funcionó muy bien en Perfectos desconocidos, Sin rodeos o Padre no hay más que uno, es decir, versionar casi literalmente un éxito de alguna filmografía vecina.
Dirigida por Álvaro Fernández Armero, recién salido de la serie Vergüenza, la película parte de una premisa divertida que no termina de saber aprovechar del todo: un hombre, en el peor momento de su vida (sin trabajo ni casa y recién abandonado por su mujer) gana 25 millones de euros en la lotería. Cuando sospecha que su todavía esposa se la pega con otro decide guardar en secreto su nueva fortuna hasta después del divorcio, para ahorrarse así el reparto, pero claro, ya se sabe lo que pasa con los nuevos ricos… Así, sus estériles intentos por disimular esa nueva vida ante su mujer, su familia y sus propios amigos serán la base de toda esta comedia con momentos de humor de brocha gorda y tópicos a cascoporro.
No se deben pedir peras al olmo, y esta no es una película que vaya a cambiar nuestras vidas. Tampoco lo pretende. De hecho, cualquier intento de encontrar algo de profundidad en su guion sería un esfuerzo absurdo. Podría parecer que hay algo de crítica ante el consumismo, aunque luego los problemas se arreglan base de dinero. Podría parecer que hay algo de crítica hacia los intereses bancarios, aunque luego el director el banco se convierte en el mejor amigo del protagonista. Podría parecer que se quiere reflejar eso de que el dinero no da la felicidad, aunque al final…
Así pues, nada de reflexiones sesudas. Esto es una comedia simplona y simpaticona en la que, con gags más o menos inspirados, queda todo a la suerte de la inspiración de sus protagonistas. Y aunque Alexandra Jiménez esté algo menos inspirada de lo habitual (nunca parece tomarse demasiado en serio su papel), el resto cumple con creces, lo que consigue mantener la película a flote.
Al final, esto es una comedia y no aspira a nada más que a hacer reír, sin importar demasiado cuales sean las armas utilizadas. Yo, por mi parte, me reí bastante, aunque a estas alturas ya he olvidado la mayoría de las bromas.
Así pues, estamos ante un producto de consumo rápido, una película en la que no vale la pena profundizar demasiado en sus valores, sino que hay que dejarlo todo en manos del sentido del humor con que cada espectador se enfrente a ella. Divertida lo es, desde luego, pero quizá no todo lo tronchante que se le debería exigir, ya que el tema daba para más y un punto más de mala leche no le habría ido nada mal.


Valoración: Seis sobre diez.

VENTAJAS DE VIAJAR EN TREN

Ventajas de viajar en tren es el debut en la dirección de Aritz Moreno donde Javier Gullón acomete el difícil reto de adaptar la novela de Antonio Orejudo Utrilla. Presentada en el pasado Festival de Sitges fue, junto a El hoyo, una de las sensaciones del certamen.
Debo reconocer lo original de su planteamiento. Después de que una mujer deje ingresado a su marido en una clínica psiquiátrica regresa a su casa en tren donde coincide con un médico del centro que le propone contarle la historia de alguno de sus pacientes. De esa manera, la película se estructura a base de relatos aparentemente auto conclusivos que, de una manera u otra, terminarán convergiendo unos en otros, no solo argumentalmente sino incluso reinventando alguna de las propias historias.
Dice el slogan de la película que la verosimilitud está sobrevalorada y no puede ser una definición más cierta para la película. Con un impresionante elenco de actores, grandes secundarios alrededor de Pilar Castro, no hay que tomarse en serio ninguna de las historias, solo disfrutarlas como si de unas muñecas rusas se tratase (metáfora extraída de la propia película), donde cada una encierra el secreto de la siguiente. Por eso, conviene prestar el máximo de atención a las mismas.
No es esta una película para ver en un momento de cansancio o como simple distracción, ya que nos exponemos a perdernos detalles que nos van a terminar desconcertando en el tramo final, haciéndonos pensar que no hemos entendido nada de lo que nos está contando el director, aunque de ser así no sería impedimento para haber disfrutado (nunca mejor dicho) del trayecto del viaje.
Dicho esto, debo confesar que tampoco termino de compartir todas las excelencias que se están diciendo sobre la misma. Quizá porque acudí a verla con las expectativas demasiado altas o porque tiene un humor algo surrealista que no terminó de conectar conmigo, hay algo en el tono de Ventajas de viajar en tren con el que no acabé de comulgar. Es cierto que Moreno sabe jugar en todo momento con los límites y aunque roza el mal gusto en muchos momentos no llega nunca a cruzar ciertas líneas, pero aun así me faltó algo (y no descarto que sea más culpa mía que de la propia película) para terminar de conectar con lo que estaba viendo en pantalla (y perdonad que sea tan inconcreto, pero esta es una de esas películas de las que conviene desvelar lo menos posible).
En cualquier caso, es probable que, guste más o menos, sea necesario un segundo visionado para, una vez advertido de lo que nos vamos a encontrar, poder disfrutarla 8º no) en mayor medida.
Propuesta valiente e interesante, eso sí, que debe aplaudirse, aunque solos sea por ese intento de trastocar las reglas y jugar con el propio espectador.


Valoración: Seis sobre diez.

ESTAFADORAS DE WALL STREET

Es curioso que Estafadoras de Wall Street se haya estrenado como una de las sorpresas en la taquilla americana, ya que tengo la sensación de que aquí está a punto de acabar su recorrido comercial sin demasiada pena ni gloria. Y es que la presencia de Jennifer Lopez no parece reclamo suficiente para el público español.
Bien es cierto que la Lopez está a un gran nivel, y que toda la campaña publicitaria está centrada en su figura (hay quien ya reclama la nominación al Oscar para la actriz y cantante), y no voy a negar que su personaje tiene un magnetismo y una personalidad que hace que su presencia sea el foco principal de la película, pero hay mucho más que su mera interpretación en Estafadoras de Wall Street y sería injusto dejarlo de lado.
Para empezar, el resto del reparto brilla tanto o más que la propia Lopez, en especial una Constance Wu que si bien no acapara la atención mediática de la neoyorquina (no tiene ningún gran éxito en su ya dilatada carrera, aunque fue nominada al Globo de Oro por su trabajo en la película Crazy Rich Asians). Pero a quien debemos reconocer como la gran valedora del buen sabor de boca que está dejando este film es a su directora y guionista Lorene Scafaria.
Estafadoras de Wall Street se suma a la tendencia de ficcionar casos reales que (como suele decir la publicidad de forma algo gratuita) conmocionaron a América. Un género que siempre ha existido pero que se ha puesto especialmente de moda tras la demoledora El lobo de Wall Street (¿no pensarán que la traducción del título al español es casual?). No en vano el propio Scorsese fue uno de los tanteados para dirigir esta película sobre un grupo de bailarinas de striptease que, tras ver como sus ingresos quedan mermados por la crisis económica que sacude a sus clientes, deciden iniciar un plan para estafarlos.
No es la primera vez que el mundo de los shows femeninos es retratado en Hollywood, pero considero que es un acierto haber dejado la silla de dirección en manos de una mujer para conseguir dar una visión diferente de este mundillo al mostrado en películas como Striptease (aquel vehículo para el lucimiento de Demi Moore que pretendía consagrarla y por poco no hunde su carrera).
Inspirándose en un artículo de Jessica Pressler, Scafaria huye de los tópicos alrededor de las rivalidades entre las divas, como hiciera Verhoeven en Showgirls (aquel vehículo para el lucimiento de Elizabeth Berkley que pretendía consagrarla y la hundió definitivamente). Así, Estafadoras de Wall Street es un relato sobre cómo unas mujeres se enfrentan a la precariedad de sus vidas contraatacando (no es que sea esto un alegato social, pero algo de eso hay), pero es también una historia sobre la amistad, sobre unas chicas que se apoyan unas en otras creando un vínculo similar al de una familia y que solo la ambición descontrolada logra romper.
Scafaria no pretende ser moralista. Ni se criminaliza a las profesionales del sexo ni se las ensalza. Simplemente son lo que son y así las presenta, aunque sí se atreve a justificar sus actos equiparando lo que hacen con el resto de la sociedad. Así, las palabras de Jennifer Lopez al cierre del film sirven como un perfecto resumen: “Todo el mundo estafa. Esta ciudad, todo el país, es un club de striptease. Hay unos que lanzan la pasta y hay otros que bailan”.
Estafadoras de Wall Street no está, desde luego, a la altura de El lobo de Wall Street, pero consigue ser entrañable, tierna y divertida a la vez (por no mencionar las impresionantes y meritorias actuaciones de baile, perfectamente acompañadas por los movimientos de cámara de Scafaria), con una propuesta estética algo diferente a otros títulos de corte similar como Gold, Juego de armas, La gran estafa americana, etc.

Valoración: siete sobre diez.