domingo, 18 de abril de 2021

Cine: GODZILLA VS. KONG

Aunque seguimos acordados por la pandemia y las restricciones, las aguas, en algún momento, debían regresar a su cauce. En el mundo del cine así empieza a ser, y ya están llegando algunos estrenos gordos que sin duda arrastrará a muchos otros. Más teniendo en cuenta el éxito de taquilla que está siendo Godzilla vs. Kong.

Estrenos ante la cuarta película ya de ese universo compartido creado por Warner (de la mano de Legendary) al que han llamado Monsterverso y que al menos está demostrando más coherencia interna que su DCEU superheroico.

Es curioso, sin embargo, que Warner esté siente perseguida por las reacciones más opuestas, pues si hay muchos que opinan que la saga va claramente en decadencia, otros tantos son los que lo ven radicalmente a la inversa.

Sin creer que ninguna de ellas sean para lanzar cohetes, me ayudó más a la segunda corriente, ya que no conecté demasiado con el Godzilla de Gareth Edwars, Kong: la isla Calavera de Jordan Vogt-Roberts me interesó pero la noté algo carente de alma y sólo Godzilla: rey de los monstruos de Michael Dougherty supuso un claro paso atrás en una saga en la que no tenía demasiada fe ya.

Sin embargo, Godzilla vs. Kong, sin ser gran cosa, al menos da lo que ofrece: puro rock'n'roll. Cierto es que si logramos la calidad fílmica es el trabajo de Edwars quien tiene una fotografía más lúcida, pero a cambio del peaje de ser tremendamente aburrida. Este capítulo aparentemente final es un buen espectáculo entre dos bestias pardas dándose de leches, que es lo que uno espera ver en un título así, con escenas luminosas y unos efectos de primer nivel.

Ya ganó enteros el proyecto cuando se supo que Adam Wingard iba a ocupar la silla de director. Pese a la decepción que supuso Blair Witch, su carrera está plagada de películas interesantes, desde la divertida The guest hasta las estimulantes Tú eres el siguiente o Death note, sin olvidar sus aportaciones a las antologías de VHS o The ABC of terror. El Godzilla vs. Kong Wingard contiene todas sus filias y excesos, resultando ser lo más parecido que puede haber a un blockbuster de autor. Visualmente es espectacular y luminosa y consigue que la rivalidad entre los dos monstruos sea creíble y hasta contagiosa (en el cine había gente haciendo equipos, como sucediera en el Civil War de Marvel), y el ritmo avanza sin que las diferentes subtramas se molesten entre ellas demasiado. Aquí se encuentra otro punto de discrepancia entre críticos: unos echan en falta más profundidad en los personajes reales; a otros casi les molesta. El propio Wingard zanja el debate señalando que de haber otra película más está debería carecer totalmente de personajes humanos. Yo, por mi parte, pese a lo planos que son, los prefiero a los rostros atormentados y cargados de angustias de las dos Godzillas anteriores. La cuestión es que su única finalidad es hacer que avance la trama entre pelea y pelea, y en ese sentido lo hacen correctamente.

Ojo, me estoy refiriendo a la trama, porque el guión es otra cosa. Ahí sí que la película es un completo disparate (algo que ya se intuía desde que en Kong: la isla Calavera se introdujo el concepto de la Tierra Hueca), con situaciones absurdas, y tempos narrativos irrisorios. Todo es un completo sinsentido pero, al no tratar de tomarse en serio a sí misma en ningún momento y jugar a homenajear a los clásicos japoneses, tampoco llega a molestar. Todo es cuestión de dejarse el cerebro fuera del cine y no darle muchas vueltas.

Y la cuestión final es: ¿será esta la última película del Monsterverso? A priori todo parecía indicar que sí, y ese es precisamente el motivo por el que no se ha incluido ninguna escena postcréditos, más a tenor de las disputas legales entre Legality y Warner, pero el vista del éxito que está teniendo mucho me extrañaría que no se profundizara más en esa Tierra Hueca. La clave es si alguien se va a molestar en analizar si el éxito es derribado de la propia película o de la situación que vivimos, demostrando que la gente tiene muchas ganas de cine. Pero no sé si mis de Warner estarán por la labor de tan concienzudos análisis. Es como si intentaran aceptar que las decepcionantes cifras de Tenet y Wonder Woman 84 se debieron al covid y no a que sin una patata de películas.

 

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 11 de abril de 2021

Visto en Movistar: BECKY

Becky es una de esas películas festivaleras que tanto gustan en Sitges y que, ante la imposibilidad de destacar en cartelera frente a otros títulos «serios», tienen una segura vida en plataformas como Movistar.

Si quisiera ponerme dramático, podréis decir que la película trata de cómo una niña debe hacer frente a la muerte de su padre y al trauma que le supone aceptar que su padre haya seguido adelante, encontrando incluso un nuevo amor para sustituirla.

Siendo más simplista, podría decir que estamos ante una buena oportunidad para comprobar cómo Kevin James, mascota habitual de Adam Sandler, es capaz de enfrentarse a un registro serio. Nada más y nada menos que transformándose en un supremacista nazi, al más puro estilo American history X.

Y, por descontado, podernos analizar el trasfondo social que hay tras un grupo de ex-presidiarios racistas que luchan, de una maceta muy especial, por la pureza de la raza.

Pero dejémonos de tonterías. Esto, en realidad, es un home invasion en toda regla ampliado a una zona boscosa, con una niña enfrentándose a todo un grupo de adultos asalvajados como una Macaulay Culkin desatada cualquiera.

Con Lulu Wilson (vista en Annabelle: Creation o La maldición de Hill House, por ejemplo) dándolo todo y Joel McHale en plan estrella de lujo, la película, dirigida por Jonathan Milott y Cary Murnion es otra de esas orgías de sangre y desmembramientos desenfadada y divertida a la que tengo que reprochar algún momento censurado oscuro en su tramo final que desluce algo del gore.

James da directa suelta a su locura como pocas veces tiene oportunidad de hacer y el resultado, como otros títulos recientes concentrados por aquí, es una cargada de humor muy negro que satisfará nuestros instintos más salvajes siempre que dejemos el cerebro (y el estómago) lejos del televisor.

 

Valoración: Seis sobre diez.

viernes, 9 de abril de 2021

Visto en Movistar: SPUTNIK

¿Recuerdan Life, aquella simpática película de ciencia ficción/terror de Daniel Espinoza que con claras influencias del Alien de Ridley Scott protagonizaron Jake Gyllenhaal, Rebecca Ferguson y Ryan Johnson? Al final de la misma (ojo, spoiler) una nave espacial con un solo tripulante regresaba a la Tierra con un amenazador alienígena en su interior.

Pues sin tener una relación directa, Sputnik podría presentarse como una secuela espiritual de la misma, en clave soviética, eso sí.

Dirigida por Egor Abramenko, que debuta en esto de la dirección, la película narra como una doctora poco ortodoxa en sus métodos es reclutada para diagnosticar a un astronauta recién llegado del espacio que esconde un secreto en su interior: la simbiosis con un ser alienígena.

Hay muchas cosas que reprocharle a la película, como la multitud de tópicos que reúne, desde el uso de un personaje que parece sacado de cualquier novela (o película basada en alguna de ellas) de Michael Crichton como la revelación de las intenciones finales del villano de turno, tratando de convertir la amenaza extraterrestre en un arma para su propio provecho. Sin embargo, el hecho de ser una pequeña producción rusa en lugar de un pretencioso blockbuster hollywoodiense hace que sea más fácil probarlos y dejarse llevar por una historia que funciona relativamente bien, consiguiendo una buena dosis de intriga en su primer tramo, haya que se descubre el pastel, y cumpliendo en su desenlace. Abramenko demuestra un buen ritmo narrativo y sabe sacar oro del reducido presupuesto, consiguiendo unos efectos visuales vistosos aunque pagando el peaje de tener que abusar, en ciertos momentos, de escenarios demasiado oscuros. Además, en lugar de caer en la complacencia política, Abramenko hace una crítica nada sutil a la no tan lejana ideología soviética regando su historia de ocultaciones y secretos por parte del gobierno y elevando la figura del «héroe de la madre patria» al más absoluto ridículo.

También merece destacarse la labor de Oksana Akinshina, actriz que se ha dejado ver por algún título de la saga Bourne y que soporta bien que caiga sobre sus espaldas casi todo el peso de la película.

En fin, entretenida propuesta a la que no se le debe exigir demasiado y que, si uno está dispuesto a aceptar la conducción, puede dar para una buena tarde de evasión.

 

Valoración: Seis sobre diez.

Visto en Amazon Prime: EL REY DE ZAMUNDA.

Ya hace casi dos años que me quejé de que la falta de ideas en Hollywood había propiciado una nueva moda: la de las secuelas tardías. Tras ver cómo regresaban los protagonistas de Dos policías rebeldes, Zombieland, Terminator o se buscaba una nueva generación con las secuelas más o menos directas de El resplandor, Jumanji o Mad Max, hace apenas unas semanas Sasha Baron Cohen resucitada a su Borat para Amazon y es precisamente la misma compañía quien trae de vuelta (quizá animados por la sensación de rehabilitación que supuso Yo soy Dolemite) al príncipe de Zamunda al que dio vida Eddie Murphy (y sin nos queda por ver el regreso de Bill y Ted, Cazafantasmas, Matrix y Arma letal, como poco) en una secuela con la que en España no se han complicado mucho la vida y han llamado El rey de Zamunda.

El tiempo no pasa en vano y el príncipe ahora es rey. Para la ocasión, la productora ha querido dictar con los mismos guionistas que en 1988 propiciaron uno de los mejores éxitos comerciales de Murphy (una película tan aplaudida como, posiblemente, sobrevalorada). Sin embargo, la fórmula no es infalible si, además, carece de su principal elemento, el arte de John Landis tras las cámaras. Icono de la comedias ochentera, Landis no era infalible (curiosamente su película más celebrada -Un hombre lobo americano en Londres- no es una comedia propiamente dicha, mientras que fracasó en su intento de revitalizar la carrera de Stallone tal y como su coetáneo Ivan Reytman hiciera por Schwarzenegger).

Con Craig Brewer a los mandos (director precisamente de Yo soy Dolemite), la efectividad no parece garantizada, más cuando los guionistas parecen empeñados en repetir esquemas y conseguir que la bis cómica de Jermaine Fowler no es la misma que la del Murphy de antaño y la historia romántica resulta forzada y poco creíble.

Precisamente son las relaciones entre los personajes, con una evolución antinatural, de lo peor del film, mientras merecen ser destacados los pocos momentos en que Murphy (algo lastrado por la seriedad obligada del guión) puede desatarse así como la hilarante participación de Wesley Snipes, otro escurrir maltratado por el destino y sus propias decisiones.

Sin embargo, ya sea porque las feroces críticas que la destrozaban me habían desalentado o por ser más transigente con las películas de plataformas que con los estrenos de cine (quizá sea por la diferencia de inversión, que por algo soy catalán), el caso es que me he divertido más de lo que esperaba, más contrabajo con que no tengo tan mitificada la película original, con lo que encontré un lastre menos.

En fin, otro entretenimiento pasable si conseguimos aprender a no pedirle peras al olmo.

 

Valoración: Seis sobre diez.

Lecturas: MARVEL ZOMBIES: RESURRECCIÓN

Hace ya más de quince años que Mark Millar, cuando se dedicaba a escribir buenas historias para las dos grandes editoriales de cómic americanas en lugar de centrarse sólo en su propio universo (y de paso crear lucrativas franquicias cinematográficas), creó una tierra alternativa donde los héroes de Marvel habían caído en manos de zombies hambrientos de carne en busca de nuevos mundos por devorar. Fue en la colección de Ultimate Fantastic Four y causaron tal sensación que dieron pie a una serie de historias en formato de series limitadas llamadas, inequívocamente, Marvel Zombies. Tal fue el impacto mediático que incluso asomaron brevemente la cabeza por el MCU, mediante la pesadilla alucinógena de Spider-Man: Lejos de casa.

Editadas en España en formato tomo, cada entrega aumentaba el desinterés con respecto a la anterior, bien porque las ideas parecían agotadas, bien porque la impactante muerte de los héroes propiciaba que al final sean personajes secundarios quien deban resultar protagonistas (y si son secundarios, por algo será). Al final, lo más interesante eran las portadas que homenajeaban, en versión muerto viviente, portadas clásicas de la editorial. Y así se mantuvieron hasta, aparentemente, pasar a la historia.

Marvel Zombies: Resurrección no había despertado para nada mi interés, más cuando hacía años que no se publicaba nada relacionado con el tema, pero tener a Spider-Man como protagonista principal me obligaba como mínimo a echarle un vistazo. Y mi sorpresa fue mayúscula. La nueva mini serie estaba totalmente desligada del universo alternativo creado por Millar y continuado luego por Robert Kirkman (sí, el de The walking dead), Fred Van Lente y compañía, funcionando como reboot y dejando las puertas abiertas a posibles continuaciones.

Escrita por Phillip Kennedy Johnson y con dibujos de Leonard Kirk, la serie es una nueva cuenta de tuerca al tema de siempre, superhéroes infectados por el virus zombie, y no rehuye de referencias muy reconocible, como la saga cinematográfica Alien o los universos distópicos que pueden recordar a las derivaciones de las últimas Secrets Wars o a la saga de El viejo Logan. Sin embargo, Johnson y Kirk saben imponer un ritmo endiablado y adrenalítico que hace imposible abandonar la lectura a mitad del tomo, consiguiendo un entretenimiento de primera.

Quizá el gran mérito sea contar precisamente con el bueno de Peter Parker como eje central, ya que es un personaje abonado al drama y la necesidad de hacerse cargo de los hijos de Red y Sue Richards es muy acorde con su sentido de la responsabilidad. Así, la rotura de canon propia de este tipo de eventos se ve compensada con unos personajes muy reconocibles con los que es fácil empatizar.

Por eso, pese a pisar territorios ya conocidos, Marvel Zombies: Resurrección resulta una lectura estimulante y fresca, capaz de divertir y emocionar a la vez y que permite tener fe en un producto que parecía agotado.

Visto en Movistar: LA CAZA

Hay una serie de películas que siempre serán recordadas por haber sido de las primeras valientes en haberse estrenado tras el estado de alarma de 2020, cuando éramos tan ilusos de pactar que esto de la pandemia ya estaba quedando atrás. Son películas que, sin embargo, apenas tuvieron visibilidad, en una época donde la gente aún tenía miedo de salir a casa, los cines no tardarían en volver a cerrar y Santiago Segura era el único que se las apañan por recaudar algo de dinero.

La caza es una de esas películas, un guion que en circunstancias normales quizá ni siquiera hubiese pasado por salas, ya que su factura es más propia de festivales como el de Sitges que de salas de estreno.

Sorprende, sin embargo, encontrarse nombres bastante conocidos en sus créditos, como Hilary Swank, Emma Roberts o Ike Barinholtz, pero sin duda el más llamativo es el de Damon Lindelof, que figura como guionista y productor. Lindelof, que fue odiado por las masas por firmar el final de Perdidos y el libreto de la defendible Prometheus pero que posteriormente se reconcilió con el fandom gracias a las series de The leftovers y, sobretodo, Watchmen, parece haberse rondado este trabajo como un ejercicio de relajación tras habrá carga emocional. Quién sabe si el guion de La caza surgiese durante una noche de borrachera con Nick Cuse, el otro guionista, pero este empacho de sangre y vísceras parece más una broma pesada que un trabajo de tan reconocido escritor.

Y el caso es que la gamberrada les ha salido bastante bien, las cosas como son.

El tema de la caza de humanos no es novedosa en el mundo del cine desde que en 1933 El malvado Zaroff abriera la veda. Tema recurrente usado generalmente para reflejar la vileza del ser humano o la diferencia de clases, podernos recordar títulos como Blanco humano, con Van Damme en su máximo apogeo, La presa, o, sí mezclamos géneros, Perseguido o Noche de bodas. Si a ello le añadimos el detalle de que todo arranca con un grupo de desconocidos sin aparente relación entre sí que tras ser drogados despiertan en un lugar desconocido, podemos recortar sagas de terror como Saw o Cube. Y algo de todo ello hay por aquí.

Así que se podría decir que no hay nada nuevo bajo el sol, por más que Lindelof y Cuse se esfuercen en ofrecer unos cuantos giros de guion bastante sorprendentes (sobre todo respecto a la falta de un protagonista claro en su primer tercio), pero aunque rascando mucho se podría encontrar algo de crítica social, lo que parece evidente es que ellos se han divertido mucho escribiendo este guion, y con ello consiguen traspasar la pantalla y conseguir que el espectador se divierta mucho también.

Es una película cafre y excesivamente sangrienta, desde luego, pero ese es precisamente su encanto, un festival de mamarrachadas recital, filmadas con gran dinamismo por Craig Zobel, y que resulta ideal para pasar un diminuto por la tarde rodeado de amigos alrededor de un bidón gigante de palomitas.

 

Valoración: Siete sobre diez.

miércoles, 31 de marzo de 2021

Visto en Netflix: NOTICIAS DEL GRAN MUNDO

Parece que últimamente el bueno de Tom Hanks no está teniendo mucha suerte con el cine. De sus tres últimas películas, Un amigo extraordinario (con nominación al Oscar incluida) se estrenó tarde y mal (bastante después de la ceremonia de premios y en plena crisis pandémica), Greyhound: enemigos bajo el mar se estrenó en exclusiva en Apple TV y la que nos ocupa, Noticias del gran mundo, se la quedó Netflix tras un breve paso por cines.

Y es una lástima, porque la película de Paul Greengrass es un western con aroma clásico que habría lucido de maravilla en la gran pantalla.

Con claras reminiscencias de Valor de ley (en cualquiera de sus dos versiones) y, sobretodo, de Centauros del desierto, Greengrass renuncia a los tics más característicos de su cine (cómo esa cámara nerviosa y montaje trepidante con que dotó en su paso por la saga Bourne) para hacer caja de un clasicismo maravilloso, cuando de brillo y majestuosidad a una película visualmente impecable y que aúna con eficacia la emotividad de su argumento (un veterano que malvive leyendo la prensa de pueblo en pueblo hasta que debe hacerse cargo de una niña huérfana criada por los indios) con escenas de impactante acción, no queriendo renunciar nunca a las fuentes de las que bebe, inspirándose a la vez que homenajeando al cine de Ford, Stevens y compañía.

Tom Hanks está inmenso, transmitiendo sólo con la mirada las cicatrices que lleva tanto en el alma como en el cuerpo, reflejo de una vida que no le ha tratado bien y que, ya en su ocaso, le da una segunda oportunidad. Es esta una película de supervivencia, como The road, de soledad, como Logan, de personajes huyendo de su propia oscuridad en un mundo crispado, reflejado de paso las carencias de una sociedad intolerante que, vista con lupa, no difiere tanto de la actual.

En fin, una pequeña joyita, tierna y amarga por igual, que me resulta incomprensible que e un año tan flojo como este no esté en la pugna por los premios importantes en los Oscar.

 

Valoración: Ocho sobre diez.

martes, 30 de marzo de 2021

Artículo: EL REGRESO DE LOS VAMPIROS

Decir que el año 2020 fue un año difícil y extraño no sólo no va a tener discusión por parte de nadie, sino que resulta incluso redundante. Lo que muchos no esperaban era que en el 2021 las cosas difieren más o menos igual.

En lo que respecta a mi vida personal estoy en una extraña montaña rusa emocional, aunque no me cabe la menor duda de que los elementos positivos van a superar con mucho a los negativos. Pandemias aparte, el año pasado se definió, por un lado, por la muerte de mi padre, cruel y traicionera. Por otro lado, la noticia de que mi pareja estaba embarazada colmó mis expectativas de felicidad hasta límites insospechados. Por fin iba a cumplir mi sueño de ser padre y lo iba a hacer de la mano de la mujer a la que amo.

Y luego está mi faceta literaria. Después de aventurarme en el mundo de la autoedición había conseguido que una editorial se fijase en mí y Mundo Muerto tuvo una nueva vida gracias a Célebre Editorial. Y tras una exitosa presentación en la prestigiosa librería Gigamesh (ahora que lo pienso, último acto social de mi pobre padre), la pandemia truncó todos mis planes. Tenía mi presencia confirmada en la feria del libro de Madrid, Valencia, presentaciones en Sant Jordi y hasta la edición de una portada especial para el Festival de Sitges. Y la idea de sacar a la venta un libro inédito antes de final de año.

Como digo, todo planes que terminaron en la papelera, de lo que sólo se pudo salvar un bonito pero insuficiente acto virtual en el día del libro.

Habiéndonos vuelto todos expertos en analizar curvas, sufrir PCR's y saber lo que son las burbujas sociales, encerrados el nuevo año con deseos de enmendar todo lo que quedó en el tintero en el pasado. Y eso se debía traducir, por mi parte, en la publicación de El hombre de trapo mataba por amor, cuya escritura había adelantado ya en redes sociales. Pero tampoco va a ser así y quiero explicaros los motivos:

En 2019, estando mi padre ingresado en el hospital (ese también fue un año algo convulso para nosotros, pero eso no viene a cuento ahora), emocionado él por lo mucho que le había gustado mi edición «personal» de Sanguijuelas, tomé la decisión de que quería, necesitaba incluso, rendirle un homenaje. Y dado que por aquel entonces estaba debatiéndome sobre cuál iba a ser mi siguiente novela (parecía que la continuación de Sanguijuelas era la opción más obvia), decidí que escribiría esa historia que tenía navegando por mi mente desde hacía ya años, ambientada en un pueblo de la España profunda y que en mi imaginación había tenido siempre las calles y casas de Bañuelos, en Guadalajara, su pueblo natal. No sería una novela sobre mi padre, pero sí dedicada en cuerpo y alma a mi padre.

Lamentablemente, no vivió lo suficiente para ver mi obra terminada, mucho menos publicada, así que el homenaje debía ser póstumo. Además, en Célebre Editorial estaban encantados con el manuscrito y todo estaba dispuesto para su publicación de cara a Sant Jordi 2021, el año de la resurrección, pero entonces me asaltaron las dudas. ¿El motivo? De nuevo el bicho, el maldito bicho. Estábamos cerrando acuerdos a mediados de febrero y las expectativas eran que se iba a poder celebrar, más o menos, la fiesta del día del libro, pero de las restricciones no nos íbamos a librar. Ni del miedo de mucha gente a volver a socializar con normalidad (de hecho, mientras escribo estas líneas, la situación ha vuelto a empeorar, así que todo son dudas y más dudas). Ya me dolió no haber podido hacer un funeral como mi padre se habría merecido. Quise reunir a familiares y amigos en una ceremonia pasado el teatro de alarma y fue imposible. Y parece que ahora que está a punto de cumplirse el primer aniversario de su marcha ni siquiera voy a poderle dedicar una misa en condiciones. Así que sólo me quedaba convertir la presentación de El hombre de trapo mataba por amor, su libro, en un encuentro improvisado donde todos los que lo queríamos darle un último adiós. Y ahí es donde me asaltaron esas dudas de las que os hablaba, pues no parece muy viable hacer una presentación en condiciones en breve, y mucho menos si, como espero, es ligeramente multitudinaria.

¿Qué solución nos quedaba? Pasar al plan B. Tras unas conversaciones con Ricard Pérez y Jesús Vera, manuscrito de Sanguijuelas por medio, estos entendieron de inmediato mis temores y entre los tres decidimos que quizá sí era mejor idea recuperar el primer volumen de la saga Guerras de Sangre. A todos nos habría gustado poder ofrecer algo inédito, que no estuviese «quemado» (aunque en honor a la verdad su vida en Amazon había sido más bien efímera), pero coincidíamos en que sacar una novedad sin el todo deseado no era la mejor idea.

Esta es, pues, la razón por la que mi nueva novela no es totalmente nueva. Espero que esto no os eche para atrás a nadie. Los que la han leído han quedado encantados con ella y las presiones para que termine cuanto antes su continuación me invita a pensar que los halagos son sinceros.

Así que ya sabéis, os invito a saciar vuestra sed de sangre de la mano de Sanguijuelas. No os decepcionará. Y por mi padre, no sufráis. Si Dios (y el bicho) quiere, en octubre tendrá su merecida fiesta.

Nos vemos en las librerías...

Visto en Movistar: LA LEY DE COMEY

Aunque estrenada a finales del año pasado, este inicio de 2021, con Trump agotado de su presidencia americana, es un buen momento para descubrir la mini serie La ley de Comey, estructurada en dos episodios de hora y media de duración pero que, por el motivo que sea, Movistar ha dividido en cuatro partes con una duración más convencional.

La ley de Comey parece concebida con las idea de lavar la imagen de James Comey, quien fuese director del FBI entre septiembre de 2013 y mayo de 2017, aunque la ficción se centra básicamente en su última etapa, en la que debió lidiar con la investigación a Hillary Clinton por el caso de los correos electrónicos y, por ende, con la victoria de (¡ojo spoiler!) de Donald Trumb en las presidenciales.

Aunque aquí el tema nos toca muy de lejos, parece que Comey fue acusado por la masa social como el culpable de que Trumb llegará a la Casa Blanca, por más que se limitará a hacer su trabajo lo mejor posible. Por ello, la serie se esfuerza en dejar bien clara su ideología política (y la de toda su familia) y su honorabilidad, definiéndolo casi como un santurrón con muchas similitudes con el Presidente Barney. De hecho, resulta difícil no pensar constantemente en El ala oeste de la Casa Blanca, y por lo tanto echar de menos la ametralladora verbal de Aaron Sorkin en los guiones.

Pese a ello, La ley de Comey se las apaña para explicar medianamente bien temas enfarragosos sin aburrir en ningún momento, pero peca de un partidismo tan poco disimulado que quita credibilidad al asunto. No es cuestión mía decidir quién es el bueno o el malo de la función (aunque cuesta imaginar a Trump como el bueno en cualquier argumento posible), pero el drama general que se vive en pantalla tras la victoria de este en las elecciones o el hecho de que no haya ni un republicano entre los protagonistas impiden que la experiencia didáctica resulta suficientemente satisfactoria.

Sí conviene destacar, y mucho, a Jeff Daniels como Comey y, sobre todo, a Brendan Gleeson como Trump. Sólo por ella ya se justifica el visionado.

Visto en Amazon Prime: LA FUERZA DE LA NATURALEZA

Siempre he pensado que hay tantos elementos a la hora de valorar una película que me resulta imposible encontrarlo todo tan perfecto u horrible para dar una valoración extrema, ya sea en forma de diez o de cero. Sin embargo, pocas cosas hay en La fuerza de la naturaleza capaces de defender mi postura, ya que no recuerdo un despropósito tan horrendo en años.

A sublime vista, el argumento podría recordar al de aquella película con Operación Huracán, de Rob Cohen, en la que unos atracadores intentan un gran golpe aprovechando que han desalojado un pueblo debido a la anegada de un fuerte huracán. Esta… «cosa» que tiene el dudoso honor de firmar Michael Polish, un tipejo cuyo mayor logro en la vida es el haberse casado con Kate Bosworth (la Lois Lane más olvidada de la historia del cine) a la cual ha enchufado en esta pantomima de película (¿o habrá sido al revés?), va más o menos de lo mismo pero pronto nos damos cuenta que lo de la tormenta perfecta es poco menos que una excusa para meter a un grupo de personajes, a cual más ridículo y estúpido, en un edificio en el que ofrecer una especie de correcalles disparatado y que no tiene el más mínimo sentido. Ni siquiera la presencia de algún rostro conocido, como David Zayas (el sargento Batista de Dexter) o Stephanie Cayo (Verónica en Yucatán) eleva el estado de ánimo, ambos muy por debajo de lo que se puede esperar de ellos.

Argumento simplón con diálogos horribles, situaciones grotescas y unas interpretaciones de pena confieren al film el privilegio de ser la peor película que he visto no sólo en este año, sino posiblemente en lo que llevamos de década. Y eso que me he tragado cada bodrio…

Así las cosas, uno se podría preguntar qué narices pinta Mel Gibson (sustituyendo al inicialmente previsto Bruce Willis) en todo este berenjenal. Pues está bastante claro: En peinar lugar, dar suficiente empaque a la carátula como para que yo mismo cayese en la trampa y me interesara por la película, estrenada directamente en Amazon Prime. En segundo lugar, cobrar su cheque, que es algo que nunca viene mal. Y por último, pasárselo a lo grande. Mientras el protagonista Emile Hirsch parece tomárselo todo muy en serio, consiguiendo sólo demostar sus limitaciones, Gibson parece tener en mente a un remiendo de Martín Riggs, iluminando la pantalla con su carisma cada vez que aparece y consiguiendo que no importe que su papel no tenga recorrido alguno.

En resumen, una tontera de película, aburrida y ridícula, que encina tiene el descaro de pretender aleccionar socialmente mediante un par de frases de pasada (se trata la violencia policial, el racismo y hasta a los nazis, pero como si no). No sé cómo lo habrán hecho estos tipos, tanto el director como el guionista Cory M. Miller, para que les paguen para hacer esto, pero como se decía antiguamente: «a picar en una mina los ponía yo».

 

Valoración: Dos sobre diez.

Visto en Movistar: LA BODA DE ROSA

Pese a haberse llevado dos premios Goya, se podría pecar que La boda de Rosa es una de las perdedoras de la pasada edición, ya que -a tanta de ver Ane- creo que es muy superior a Las niñas o Adú, lo que tampoco significa que sea una película redonda. Y es que realmente este 2020, por razones obvias, ha sido un muy mal año para el cine, sea español o no.

Dirigida por Iciar Bollaín (El olivo), la película es una comedia de trasfondo amargo sobre una mujer atrapada en una vida que la aprisiona. Acostumbrada a ser el mástil familiar al que todos se agarran (su padre viudo, sus dos hermanos, su hija), Rosa se da cuenta que para no enloquecer debe romper con todo y emprender una huida hacia delante que, necesitada de una ceremonia cargada de simbolismo, la llevan a decidir casarse contigo misma. Un proyecto de boda mal entendido por su familia y que dará pie a divertidas confusiones.

La boda de Rosa es como la plasmación de un libro de autoayuda en la que la protagonista busca simplemente un lugar donde poder gritar al viento su angustia sin que nadie la reclame para que le cuide a la mascota, sirva de recadera o haga de portera de los albañiles de su hermano. Algo muy humano y con lo que resulta fácil identificarse. Y ese es el gran truco de Bollaín, que en lugar de apostar por una comedia más alocada (no llegué a la carcajada en ningún momento) prefiere optar por la humanidad del personaje, de manera que podamos reconocer algún momento de Rosa en cada uno de nosotros. Por eso el concepto, a priori absurdo, de una boda con un solo participante, funciona perfectamente como catalizador de toda esa impotencia y ahogo que sufre la protagonista, brillantemente plasmada por Candela Peña.

En resumen, agradable canto a la vida que se disfruta con una sonrisa pese al deje de tristeza que se dibuja en Rosa durante gran parte del metraje y que consigue elevar el espíritu sin ser tan sensiblera como la mayoría de las feel movies de turno.

 

Valoración: Siete sobre diez.