lunes, 6 de diciembre de 2021

Cine: LA CASA GUCCI

Alguna de las curiosidades que ha provocado los retrasos en los estrenos de cine de la pandemia es la coincidencia en la cartelera de dos películas del siempre interesante director Ridley Scott. Problemas de tiempo y de horarios me han impedido disfrutar de momento de El último duelo, de la que hablan maravillas pese a su batacazo en taquilla, por lo que no he querido que el segundo título, La casa Gucci, se me escapara.

Basada en el libro de Sara Gay Forden, esta es una de esas películas que será más recordada por las polémicas que ha provocado que por sus valores cinematográficos, lo cual siempre es algo a lamentar. Pero es inevitable que el enfado de la familia Gucci por como son retratados sus antepasados y las airadas respuestas del veterano director (que se nota que ya está a vueltas de todo) deje todo lo demás en segundo plano. Más allá de que el tono caricaturesco de algunos de los personajes (en especial el Paolo Gucci al que interpreta un irreconocible Jared Leto) corresponda con más o menos fidelidad a su versión real, lo que es innegable es que el trasfondo de la historia es totalmente fiel a los hechos acontecidos, por lo que el resto hay que dejarlo a las libertades creativas que diferencian una película de un documental.

De hecho, si algo se le puede reprochar a La casa Gucci es que el bueno de Scott no haya dejado de lado su habitual solemnidad (algo que en cierto modo la emparenta con Todo el dinero del mundo) para hacer una comedia negra a la que le habría ido bien algo más de locura e histrionismo. Viendo lo que estaba sucediendo en pantalla no podía dejar de pensar en lo acertado que habría sido darle ese punto de locura que supo Scorsese dotar a su sensacional El lobo de Wall Street.

Como sea, La casa Gucci es un retrato apasionante de los entramados de una familia que parecía destinada a la grandeza (en cierto momento de la película ellos mismos se comparan con la nobleza) para caer en la miseria, hasta el punto de que en la actualidad no hay ni un solo miembro de la familia que siga perteneciendo a la marca Gucci. Además, la película tiene la inteligencia de no limitarse a ser un relato de ambiciones desmedidas al estilo folletín televisivo (que algo del noto propio a Dallas o Falcon Crest sí tiene) para componer una fábula donde no hay buenos ni malos. Y es que analizados al detalle y despojados de sus miserias, todos los protagonistas tienen un punto de oscuridad que los convierte, en mayor o menor medida, en villanos, demostrando que, se quiera o no, todo lo que gira alrededor del dinero (y estamos hablando de grandes fortunas) se termina por corromper, y eso tan propio de los mafiosos que es «la familia es lo primero» es una gran mentira, por más que pretendas que sea el lema sobre el que se sustenta la marca.

Algo así podría haber ido en detrimento de la película, provocando que el espectador no encuentre ningún personaje con el que poder identificarse y empatizar, pero eso se compensa con una elección de casting espectacular. Ya vuelve a sonar Lady Gaga como candidatas al Oscar, mientras que el resto de apellidos que decoran el cartel (Al Pacino, Jeremy Irons, Salma Hayek…) están a la altura. Incluso quien más difícil lo tenía, un Adam Driver que repite con Scott tras la mencionada El último duelo y que sale airoso a la hora de representar a alguien seductor y poderoso pero a la vez torpe y con pies de barro, muchas veces un juguete en manos de su esposa, una Patrizia Reggiani que va pasando de cenicienta a villana en las sombras para volver al lodo de una manera tan merecida como natural.

Hay muchas diferencias entre La casa Gucci y Todo el dinero del mundo, pero también podrían verse como dos caras de la misma moneda, un brillante díptico del director británico sobre la destructiva relación entre familia y dinero que, pese a sus necesarias dos horas y media de metraje, en ocasiones parece necesitar de más tiempo aún para desarrollar mejor los personajes pero que en otras se luce con el empleo de elìpsis que evitan la sobre explicación y confía en la inteligencia del espectador para conseguir que avance la trama.

En definitiva, otra gran película de Ridley Scott que carece de la personalidad necesaria para definirse como obra maestra (no tiene la magia autoral de, por ejemplo, Última noche en el Soho o Dune, dos de los títulos más interesantes a nivel visual del año), pero tampoco lo necesita para definirse como una obra superior.

 

Valoración: Ocho sobre diez.

No hay comentarios:

Publicar un comentario