Después
de un año 2012 sobrecargado de películas de Blancanieves,
este 2013 comienza repartiéndose un poco más las cosas en lo que adaptaciones
de cuentos se refiere. Y es que no podemos negar que los personajes de
historias infantiles forman parte de la nueva moda en Hollywood, después de
saturarnos con vampiros, superhéroes y extraterrestres. Sin embargo, la
película que abre la veda es claramente atípica, alejada de los tópicos
previsibles y con un público potencial que nada tiene que ver con niños (tanto
es así que en los USA ha sido estrenada solo para mayores de 18 años), a
diferencia de las adaptaciones de El mago
de Oz y Jack, el cazagigantes que
están al caer.

Encabezada
por Jeremy Renner (que tras meterse en la saga Bourne, en la de Misión
Imposible y en Los Vengadores
parece obsesionado por conseguir una franquicia que le asegure generosos
dividendos en el futuro) y la ex chica Bond Gemma Artenton y con una recuperada
Famke Janssen (la Jean Grey de X-men),
la película nos cuenta en cinco minutos la tradicional historia de Hansel y
Gretel, los niños que son abandonados en el bosque y se enfrentan a una bruja
con una casita de chocolate (o de chuches, en este caso), para saltar
inmediatamente quince años en el tiempo y presentarnos a una pareja de hermanos
bien crecidita que se ganan la vida como caza recompensas, especializados, como
no, en brujas. A partir de aquí todo es posible: brujas ninjas, siamesas, seductoras,
armas de fuego inverosímiles, ballestas automáticas… Mil y un sinsentidos con
una sola premisa: que no pare el ritmo. Como una versión casposa y barata
(apenas ha costado cincuenta millones) del Van
Helsing de Stephen Sommers, es todo una sucesión de gadges, persecuciones,
tiroteos y sangre, mucha sangre, con un desquiciante sentido del humor.
Qué
duda cabe que, una vez se enciende la luz y abandonamos la sala del cine, la
película es totalmente olvidable, pero durante la proyección la diversión ha
estado asegurada. Y dudo que Wirkola aspirase a mucho más.
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