sábado, 18 de abril de 2020

Lecturas: LOCKE & KEY

Hace un tiempo, Joe Hill era casi un desconocido, hasta que Alexander Aja se fijó en una de sus novelas para adaptarla en la película Horns. A partir de ahí su nombre empezaría a sonar con más fuerza, aunque al descubrirse que se trataba de uno de los hijos de Stephen King podría eclipsar su propio talento.
Ha sido como guionista de comics como Hill más ha destacado, principalmente con su obra Locke & Key, junto al dibujante chileno Gabriel Rodríguez, con la que ha despuntado realmente, y ahora que Netflix ha conseguido al fin adaptarla en formato serie sin duda su carrera va a ser ya imparable.
Locke & Key es una de esas obras por la que me sentí atraído debido a los elegantes tomos en los que fue recopilada aquí en España. Sin embargo, como me sucede con muchas otras cosas, la falta de tiempo suele devorarme, y tras disfrutar mucho con el primero de los dos tomos recopilatorios (más tarde aparecería un tomo más reducidos con historias adicionales fuera de la saga propiamente dicha), cuando pude hacerme con el segundo este quedó olvidado en la pila de “lecturas pendientes” hasta que el confinamiento (y la motivación adicional de la serie televisiva) me dieron la ocasión perfecta para devorarlo.
Locke & Key cuenta la historia de una familia que, tras la muerte del padre, regresan a un lujoso caserón familiar donde el fallecido pasó su infancia. Allí, los tres hermanos irán encontrando progresivamente una serie de llaves con unas cualidades mágicas que abrirán puertas a mundos desconocidos, cualidades asombrosas o demostraciones inmensas de poder. Pero toda buena historia necesita a un villano, y cuando el eco del más pequeño se encarna en una seductora figura femenina que emerge del pozo que hay en la finca, las cosas se empiezan a poner muy feas.
La obra cuenta con un imaginario asombroso, algo excesivo e algún momento. Es cierto que roza los límites de la verosimilitud en varias ocasiones (pero no importa, esa es la magia del comic) y que la violencia y el sexo (no mostrado, pero sí narrado) la distancian de ser una obra infantil. Hill se escuda en esas llaves mágicas para componer un buen retrato de personajes, profundizando en sus traumas y remordimientos, mientras que Rodríguez elabora un dibujo meticuloso, siendo capaz de impactantes cambios de estilo en episodios concretos en los que se permiten hacer referencias directas u homenajes a otros autores.
La serie, con un final cerrado, consigue ser dinámica y adictiva, saltando del humor más tierno (gracias sobre todo al hermano más pequeño y al vecino retrasado) al horror más cruel y despiadado.
Seis arcos argumentales con treinta y siete episodios en total que Panini ha distribuido en nuestro país en dos gruesos volúmenes con jugosos extras a los que más tarde se añadirían tres pequeñas historias en las que ampliaría la mitología del mundo de los Locke y sus llaves mágicas.
Una lectura, en fin, muy recomendable y a la que conviene regresar de vez en cuando.

jueves, 16 de abril de 2020

Visto en Netflix: EL DECLIVE

En los tiempos en que vivimos parece que lo que mejor nos debería funcionar para llevar mejor eso del confinamiento son propuestas alegres que nos permitan evadirnos de nuestra realidad. Pero mira por donde Netflix se sacó de la manga una nueva película sobre preppers, que es como se conoce a los supuestos paranoicos que se preparan para un inminente apocalipsis mediante equipos de supervivencia, estancias en bosques en situaciones extremas, etc. Y yo caí.
El declive trata sobre un grupo de desconocidos, estos preppers a los que hacía referencia, que coinciden en una estancia de un fin de semana en una cabaña alejada del mundo civilizado, en el corazón de un bosque canadiense, para realizar una especie de seminario de supervivencia en manos de un gurú youtuber de la materia.
Lógicamente, tras un tercio de metraje en el que nos presentan a los personajes y nos permiten intimar un poco (tampoco demasiado) con ellos, las cosas se torcerán y sobrevivir supondrá una especie de cacería humana entre ellos mismos.
No quiero hablar mucho del argumento porno revelar nada, pero lo cierto es que apenas sucede nada. Estamos ante una película de plantilla donde un hecho revierte la situación y los protagonistas actúan según un patrón hasta llegar al esperado final. No hay ni siquiera un giro argumental que agite un poco las cosas.
Una de las cualidades de El declive es que su duración no alcanza la hora y media, con lo cual apenas tenemos tiempo de encariñarnos con los personajes, pero nos ahorramos subtramas de relleno que nos puedan llegar a aburrir. La otra cualidad es la intención del director, Patrice Laliberté, por presentar una película carente de artificios, de manera que las escenas de acción, si bien carecen de una gran espectacularidad, al menos son lo suficientemente realistas como para transmitir el dolor de sus protagonistas. Son duras, crudas y distantes.
Por lo demás, se trata de una película pequeña, sin mucho que ofrecer más alá de unos paisajes muy bien aprovechados y una trama simple y superficial que no logra aportar nada más que el leve entretenimiento que uno espera conseguir con semejante film. Poca cosa, pero es que tal y como está todo ahí fuera, ya nos conformamos con poquito, ¿no?

Valoración: Cinco sobre diez.

Visto en HBO: THE YOUNG POPE / THE NEW POPE

Toca hablar ahora de una serie doble, dos series que en realidad deberían ser dos temporadas de una misma si no fuera por la intención de jugar con el título. Se trata de The Young Pope y The New Pope (El joven Papa y El nuevo Papa), creadas y dirigidas por Paolo Sorrentino. Y ya os anticipo que mi opinión puede traer polémica.

Había escuchado críticas muy dispares sobre la serie y gente de confianza me había hablado muy bien de ella, así que lo cierto es que le tenía ganas. Sorrentino es un gran director y sus trabajos tienen una fuerza visual muy poderosa, y lo mejor que se puede decir de la serie de HBO es que esa visión no se ha perdido en su salto a la pequeña pantalla.
Sin embargo, como suele suceder con la mayoría de los grandes creadores, Sorrentino termina siendo lo mejor y lo peor de la serie, ya que ese deseo constante de plasmar imágenes impactantes y hermosas en ocasiones se traducen en dejar de lado el lenguaje narrativo, y si bien hay algunos momentos de diálogos muy inspirados hay otros en que las tramas se olvidan o se avanza a saltos en la historia. Da la sensación de que Sorrentino está tan pagado de sí mismo que se centra más en su lucimiento propio que en conseguir una obra coherente y bien construida.
Tema aparte es el argumento. Es evidente que Sorrentino pretende hacer un análisis de la Iglesia Católica desde dentro, y no era difícil adivinar que ello comportaría una crítica feroz y puede que desproporcionada. Es importante por ello, si queremos hablar de las cualidades artísticas de la serie, dejar los temas de Fe apartados, ya que desde el principio aviso que no será una serie apta para católicos practicantes. El problema está en que la primera temporada arranca francamente bien, con la presentación de un Papa muy joven (hablamos de cincuenta años, que nadie piense tampoco ninguna locura) brillantemente interpretado por Jude Law, que trata de revolucionar la Iglesia durante su papado con ideas curiosamente ultra conservadoras, tratando de regresar a los tiempos de oscuridad en los que la iglesia era respetada precisamente por el hecho de ser temida. Desconcierta no saber nunca el camino exacto que pretende tomar el papa Pio XIII y sus disputas con su secretario de estado, el cardenal Voiello, y esa extraña mezcla entre la iglesia más conservadora y la música electrónica, las luces de neón y la representación del Papa como un sex simbol, junto a la lujosa recreación de escenarios, consigue atrapar al espectador. Al menos durante los seis o siete primeros episodios de la primera temporada. A medida que se va acercando al final, la trama se va desinflando, el camino del Papa va por otros derroteros y Voiello, verdadero protagonista en las sombras, va perdiendo relevancia. Y la serie empieza a hacer aguas y a aburrir, culminando en un final abierto que hace pensar que el rótulo de THE END con que se despide la serie es una tomadura más del Sorrentino este, que en el fondo debe ser un cachondo.
Pero una de las observaciones que más se hicieron de la serie es que pese al aura de irreverencia que pretende otorgar a la temporada, lo cierto es que lo hace a medias tintas, demostrando a la vez una reverencia posiblemente involuntaria hacia esa misma iglesia que pretende parodiar. Quizá molesto por esas conclusiones, Sorrentino empieza fuerte en la segunda temporada, en la que el protagonismo cae en las manos de un nuevo Papa, esta vez con el rostro de John Malkovich, demostrando que quiere dejar claras sus intenciones: crear polémica. Es por eso que, más allá de mis creencias personales, encuentro esta segunda temporada retorcida en un intento de incomodar y provocar que me recordó a los peores momentos de Juego de Tronos. En un intento erróneo de evitar cometer las mismas equivocaciones, Voiello no solo recupera su protagonismo, sino que se ve duplicado en una doble interpretación de Silvio Orlando. El humor y el sexo está mucho más acentuado, hasta el punto de rozar el ridículo y Malkovich, pese a lo gran actor que es, poco puede hacer para insuflar vida a un personaje anodino que contagia con sus dudas y temores a toda la serie. Todo son errores y pasos atrás en esta segunda temporada (el caso del cardenal encarnado por Javier Cámara es un claro ejemplo), no se llevan bien algunas ausencias (Diane Keaton, sin ir más lejos) y el retorno de personajes carismáticos está muy mal llevado. Sofia Dubois, a quien da vida Cécile de France, era la directora de imagen del Papa y su presencia se hacía demasiado breve en la primera temporada; en esta segunda es casi omnipresente, pero está tan desdibujada que no hay por donde agarrarla. Algo similar ocurre con Esther, la chica que vive en sus propias carnes un milagro de la mano del Papa Pio XIII y que bajo el mandato de Juan Pablo III pretende hacer un descenso a los infiernos grotesco y, de nuevo, mal explicado.
Muchas meta referencias, mucha caricatura y muy poco respeto, no ya a la Iglesia sino a la imagen que se da de la misma en la primera temporada que, para colmo, propicia una trama aburrida, carente de interés, que solo remonta (qué casualidad) con el retorno a  la primera plana de Pio XIII (o Lenny Belardo, que es su verdadero nombre), que hasta ahora había protagonizado una trama digna de un culebrón barato. Ahí, a falta de tres episodios para concluir la serie (de manera algo aleatoria y artificial, todo sea dicho), la cosa empieza a remontar, pero ya es tarde y el daño está hecho.
Sorrentino en estado puro, para bien o para mal. Y el resultado final, para mí, ha sido para mal. La fotografía nunca puede ser más importante que la narrativa, porque si no nos encontramos con los mismos defectos que esas superproducciones en las que los efectos especiales fulminan la historia. Sí, es más bonito ver los delirios coloristas y oníricos de Sorrentino que las destrucciones masivas de los Transformers de Michael Bay, pero al final todo se reduce a lo mismo. O quizá no, porque dentro de su vacío espiritual, al menos Michael Bay da lo que promete. The New Pope, no.
Y ahora, ya pueden empezar a lloverme los palos. Podré aguantarlos. Quizá en la tercera temporada pueda hacer el papel de mártir. Siempre y cuando me dejen romper la cuarta pared y mirar a cámara como si fuese un invento del propio Sorrentino, claro está.

Visto en Netflix: INCREÍBLE PERO FALSO

Hoy os traigo una película de hace ya unos años, pero que he descubierto a través del catálogo de Netflix y tengo la sensación de que puede ser desconocida para muchos.
Se trata de Increíble pero falso, film escrito y dirigido por Ricky Gervais (que también la protagoniza) y Matthew Robinson y de la que no tenía ninguna referencia. De hecho, estaba convencido de que era una producción llegada directamente a Netflix, pero la aparición de Philip Seymour Hoffman me ha indicado su antigüedad y, tras buscar un poco, he comprobado que se estrenó en España en abril de 2010 (¡anda que no ha llovido desde entonces!).
El argumento recuerda un poco a una de las películas más divertidas de Jim Carrie, Mentiroso compulsivo, pero puesta del revés. Si en aquella, el protagonista se veía obligado a decir siempre la verdad, en Increíble pero falso nos encontramos con un mundo utópico donde la humanidad entera habla siempre con verdades, careciendo de cualquier tipo de filtro, hasta que un guionista en horas bajas descubre el poder de la mentira y pasa de ser un fracasado insignificante y anónimo a una estrella mediática.
La carrera de Ricky Gervais me recuerda un poco a la de Seth MacFarlane, cada uno a un lado del charco. Ambos empezaron empleando un humor corrosivo y gamberro, pero parece que, a medida que han disfrutado de las mieles de Hollywood se han ido amansando. Así, Increíble pero falso es una comedia divertida con algún momento más o menos hiriente (la conversión del protagonista en un falso profeta), sacando punta a ciertas reflexiones sobre el mundo audiovisual, a la iglesia o a la sociedad del bienestar, pero al final todo se reduce en una comedia romántica bastante blanca que funciona bien pero a la que no hay que exigirle demasiado.
Tiene gracia, por eso, descubrir la gran cantidad de actores reconocibles que pasan por ahí, más allá del protagonismo de Jennifer Garner y Rod Lowe. Junto al ahora maldito Louis C.K. y a Jonah Hill podemos jugar a descubrir los cameos (fugaces algunos) de gente como Tina Fey, Edward Norton, Jason Bateman o el mencionado Philip Seymour Hoffman.
En resumen, comedia simpática que funciona como tal pero que no ahonda lo suficiente en la sátira social que podría haber llegado a ser. Correcta como entretenimiento y muy adecuada para sacar una sonrisa en estos días tediosos en los que quizá no busquemos mucho más.


Valoración: Seis sobre diez.

Visto en Netflix: ESTA MIERDA ME SUPERA

Seguimos viendo los años ochenta con una nostalgia que ya empieza a ser enfermiza, prueba de lo olvidables que fueron las décadas posteriores y de la desidia que sentimos ante nuestra sociedad actual. Series como Stranger Things (de los mismos productores que esta de la que toca hablar hoy) o el díptico de películas de It son buena prueba de ello.
Esta mierda me supera sigue la línea de aquellas, compartiendo también muchos paralelismos con otra serie de Netflix del año pasado, The End of the F***ing World, con quien comparte director y autor del comic en que ambas se basaban. Sin embargo, la diferencia entre ambas está en la labor de sus guionistas, que saben la historia que nos quieren contar, pero no atinan en el camino a seguir.
Esta mierda me supera nos presenta a Syd, la clásica adolescente que se siente atrapada en un pueblo pequeño donde apenas puede haber aspiraciones y con el trauma de haber presenciado el suicidio de su padre. Todo parece el clásico relato sobre la pubertad, con sus amoríos, sus cambios hormonales, sus conflictos familiares y su baile de fin de curso cuando Syd empieza a manifestar una serie de poderes que irá descubriendo al mismo ritmo que el espectador, lo cual apoya el cariño y desconcierto que se siente hacia ella.
Además, el personaje principal está interpretado por Sophie Lillis, que ya era de lejos lo mejor de las películas de It y que aquí, en un papel relativamente paralelo, nos vuelve a enamorar a todos. Ella es, una vez más, la gran baza de la serie, sin desmerecer al resto del reparto que también brilla en el breve espacio del que dispone, pero no es suficiente como para que la serie pueda ser todo lo apasionante que debería.
El camino por lugares demasiado comunes (hay muchas referencias a Carrie, pero también nos recuerda a clásicos como El club de los cinco o a historias mucho más actuales como Por trece razones) y un desarrollo demasiado lento de la trama puede lastrar algo el resultado final que, sin embargo, se dispara en la impactante resolución del último capítulo y deja las puertas para una segunda temporada (ya confirmada) que obligatoriamente debería ser bastante diferente.
Al final, el hecho de que se vea en un suspiro (son siete episodios de apenas veinticinco minutos cada uno), su toque nostálgico y lo entrañable que resulta tanto Syd como su entorno, la hacen una serie bastante recomendable, siempre que aceptemos pagar el peaje de regresar a terreno (demasiado) conocido.

lunes, 13 de abril de 2020

Visto en Netflix: RESCATE EN EL MAR ROJO

Otra película de esas que tenía pendientes en el cajón es Rescate en el mar Rojo, propuesta con tintes bélicos a mayor gloria de Chris Evans en la que, por una vez, los héroes no son los americanos (que también) sino los israelíes, quizá debido a que tras el film está el director nacido en Jerusalén Gideon Raff, responsable de la serie original que dio pie a Homeland.
Con todo, la película está inspirada en hechos reales (ya sabemos todos lo que significa eso) y cuenta la historia de un grupo de agentes del mossad capaces de todo, incluso desoyendo sus propias órdenes, para poner a salvo a un grupo de refugiados etíopes.
Atrapados por señores de la guerra en Sudán, el plan para lograr sacarlos de allí y llevarlos sanos y salvos a Israel es tan absurdo e insólito que recuerda por momentos al argumento de la película, también basada en hechos históricos, Argo. Si en el film de Ben Affleck los rescatadores se hacían pasar por un equipo de producción de Hollywood, en esta ocasión el plan consiste en alquilar un hotel para turistas a orillas del mar Rojo y usarlo como tapadera para despistar a los militares sudaneses.
A priori, la película lo tiene todo para triunfar: un argumento interesante, una dirección experimentada, interesantes localizaciones y un buen reparto en el que se encuentran Michael Kenneth Williams, Greg Kinnear, Ben Kingsley, Haley Bennett o Michiel Huisman entre otras caras conocidas.
Sin embargo, y sin que se pueda argumentar demasiado como para clasificarla como una mala película, algo no termina de funcionar en ella. Quizá es que Raff, demasiado acostumbrado al lenguaje televisivo, plantea esta película casi como si se tratase del piloto de una serie y, pese a tener un arranque francamente interesante y una muy correcta presentación de personajes (clásica secuencia del protagonista formando un equipo), al final le falta tiempo para poderlos desarrollar mejor, haciendo que Evans termine resultando una versión sin poderes de su Capitán América (un alma pura, sin claroscuros, que incluso se trae aquí alguna frase propia de su alter ego en Marvel) y sin que el resto del equipo tenga tiempo de lucir demasiado. Y, buscando un poco por Internet sobre la historia real del resort conocido como Arous, la cosa habría dado para unos cuantos capítulos. Quizá, visto el enfoque dado por Raff, la opción más acertada habría sido una mini serie al estilo de la BBC.
No obstante, la película no aburre en ningún momento, resultando emocionante y emotiva y siendo un entretenimiento bastante aceptable. Es solo que quizá se podría haber hecho mucho más con la historia y los actores…

Valoración: Seis sobre diez.

Visto en Netflix: KINGDOM

Decía yo hace unos meses, durante la presentación de la nueva edición de Mundo Muerto, que el temor a una plaga vírica era muy real, y como ejemplo estaba los primeros estertores, en China, del Covid-19. Un par de meses después, el Coronavirus forma ya parte de nuestras vidas y se ha convertido en un azote mucho mayor de lo que los más pesimistas pudiesen imaginar. Y aunque la cosa no es exactamente igual a una epidemia zombie, bastantes parecidos razonables se pueden encontrar.
Dentro del género zombi, George Romero es siempre el referente principal, o solo por el buen uso del terror asociado a la casquería sino por su nada sutil metáfora social, demostrando que incluso en el fin del mundo las clases sociales siguen existiendo. Ese podría ser, en cierto sentido, el espejo en que se mira Kingdom, una brillante serie de zombis de la que, en pleno confinamiento por el Coronavirus, Netflix ha estrenado su segunda temporada.
Para los insensatos que se perdieran la primera tanda de episodios, y evitando cualquier atisbo de spoiler, solo diré que estamos ante una magnífica mezcla entre el terror provocado por los muertos vivientes y las intrigas palaciegas por suceder al moribundo emperador de la Dinastía Joseón. Porque sí, estamos ante una serie de zombis, pero ambientada (con exquisito detalle) en la Corea feudal, consiguiendo ser también un retrato histórico, así como mostrar un paisaje impecable sobre la cultura de la época y recreando con brillantes los templos y palacios, las aldeas y las vestimentas. Todo suma para ampliar el disfrute del espectador.
Así, mientras la muerte acecha, sobre todo a las aldeas de más baja clase social, en palacio hay intrigas y conspiraciones en una enfermiza lucha de poder que hace que la serie, al final, tenga más parecido a Juego de Tronos que a The Walking Dead, para poner dos ejemplos que vienen fácilmente a la mente. Por eso, la serie está plagada de muy buenos personajes con los que resulta sumamente fácil encariñarse y que la hacen apta para todo tipo de público, lo cual no quita para que se recreen todo lo necesario en escenas de cruda violencia y mucha sangre.
Kingdom, cuya segunda temporada es una muy buena ampliación de la primera, sabe ajustar sus tiempos para que ninguno de sus argumentos pese más que otro, pudiendo disfrutarse del tono más “culebronesco” sin olvidar nunca la amenaza de los muertos vivientes. Además, siendo temporadas de solo seis episodios, no hay tiempo para meter paja en forma de tramas de relleno que alarguen la serie más e lo necesario.
Finalmente, otro punto a favor es su final que, si bien deja las puertas abiertas para una tercera temporada, cierra las cosas de manera que nos aseguremos que lo que nos espera no sea una simple repetición de esquemas.
Así que sí, todo son aciertos en una serie brillante y de un poderío visual impecable.

Visto en Netflix: ¿A QUIÉN TE LLEVARÍAS A UNA ISLA DESIERTA?

Aunque tiene ya algún tiempo (de hecho, es la tercera película española de Netflix tras 7 años y Fe de Etarras), ¿A quién te llevarías a una isla desierta? es de esas propuestas que uno añade a su lista de favoritos cuando se estrena y luego va quedando en el olvido, sepultada entre otros estrenos igualmente interesantes en el inmenso fondo de armario de la plataforma, aunque esta es una buena ocasión para recuperarla.
Basada en una obra de teatro homónima, la película cuenta la historia de cuatro amigos que, tras ocho años compartiendo un piso, se preparan para la despedida. Cada uno debe iniciar nuevos caminos y esa última noche es la adecuada para sacar a relucir todos los sentimientos reprimidos, los rencores y los trapos sucios que convierten en la que tendría que ser una velada digna de recordar en un desastre.
Hay algo de Los amigos de Peter en el ambiente, por lo que no pude evitar pensar en muchos momentos en la superior Litus, de Dani de la Orden. El director, Jota Linares, logra rehuir del formato encorsetado de la clásica adaptación teatral, pero tampoco consigue darle el empaque cinematográfico suficiente para que la película tenga una identidad propia, llegando a amenazar con aburrir en algún momento.
Quizá mi problema es no llegar a empatizar con los personajes, no habiendo ninguno de ellos que me caiga especialmente bien, por más que el relato generacional que pretende reflejar Limares sea bastante acertado. Tampoco comulgo demasiado con el alargado epílogo que da un salto en el tiempo para presentarnos el destino de los protagonistas, aunque esto es una elección narrativa que debo respetar.
En fin, que sin ser una mala película no logró seducirme lo suficiente, ni siquiera con la presencia de caras conocidas como Jaime Lorente, tan de moda gracias a La casa de papel.

Valoración: Cinco sobre diez.

Visto en Amazon: MODERN LOVE

Hoy os quiero hablar de una de esas series que se ven en un suspiro y que son muy apropiadas para estos días de confinamiento y, posiblemente, desánimo general.
Se trata de Modern Love, de la plataforma de Amazon Prime Video, una serie del tipo de antología con ocho episodios de unos veinticinco minutos aproximadamente basada en una serie de artículos que publicó con ese mismo nombre el New York Times a partir de cartas enviadas por los lectores sobre sus propias experiencias. Es decir, que hasta cierto punto podríamos decir que estamos ante una serie “basada en hechos reales”.
La premisa de Modern Love es la de contar diversas historias de amor saltándose los convencionalismos propios del género. Hay muchos tipos de amor, y así lo refleja la serie: amor paternal, amor homosexual, amor en la tercera edad, amor platónico… Historias reales como la vida misma que van mucho más allá del chico conoce chica.
No esperéis tampoco nada revolucionario. Esto no aspira en convertirse en un altavoz de minorías ni quiere levantar ampollas de ningún tipo. Son, en su mayoría, historias simpáticas, bienintencionadas, algunas más locas que otras, algunas tristes y otras encantadoras. Un conjunto de relatos que, además, pueden verse en cualquier orden a excepción del último, el octavo, que tras su historia principal intenta unificar todos los episodios anteriores en una especie de epílogo que consigue emocionar al ayudar a recordar los sentimientos vividos a lo largo de la serie (sobre todo si se esparcían los visionados en lugar de hacer una maratón intensa de cuatro horas).
Cuenta, además, con un reparto de lujo lleno de caras conocidas, como Anne Hathaway, Dev Patel, Sofia Boutella, Tina Fey, etc.
Tiene, además, un aroma que me recuerda a la calidez de las comedias de Woody Allen, no sé si por estar ambientadas en Nueva York o porque los diálogos y la magia del amor están especialmente cuidados. El caso es que el resultado final, pese a las inevitables irregularidades que puede notarse al valorar los episodios en su totalidad (en todo producto de antología hay historias mejores y peores, y quizá cada espectador tenga sus propias preferencias) es muy agradable de ver y, aun con un tono en ocasiones demasiado empalagoso, es inevitable que despierte ternura y más de una sonrisa.
Todo un descubrimiento que merece una oportunidad y de la que, por cierto, ya se ha anunciado su segunda temporada.

domingo, 12 de abril de 2020

Visto en Netflix: SU ÚLTIMO DESEO

Después de presentarse en el festival de Sundance, Netflix se quedó con los derechos de distribución de está película pensando quizá en lo bien que les fue con la anterior obra de la directora Dee Rees, pues Mudbound fue un gran éxito de crítica y reportó las cuatro primeras nominaciones a los Oscar de la plataforma.
A priori, viendo el tráiler y el interesante reparto (Anne Hathaway, Ben Affleck, Rosie Perez, Willem Dafoe, Toby Jones…), la cosa apuntaba bien. Después de que films como Spotlight o Los archivos del Pentágono nos recordara la época en que el oficio del periodismo era digno y comprometido con la causa, Su último deseo parecía seguir esa senda, pero apostando más por la intriga y la acción. Algo así se podía encontrar en la novela de Joan Didion que adapta. Sin embargo, algo falla estrepitosamente. Quizá sea culpa del guion, que titubea demasiado y no sabe reconducir la trama cada vez que esta se desvía del sendero. Quizá sea culpa de la dirección de actores, que hace que estén perdidos en pantalla y poco creíbles. O quizá la historia, cinematográficamente hablando (no he leído la novela, así que no la voy a acusar a ella), simplemente no funcione.
El caso es que pese a un comienzo algo interesante, con la periodista a la que da vida la Hathaway investigando en Centroamérica para ser relegada a seguir de cerca la posible reelección de Reagan. Fustrada, la chica se reencuentra con su padre viéndose ayudada a colaborar en un caso de tráfico de armas que la llevará de nuevo al centro del nuevo continente. Algo rocambolesco y que, en pantalla, resulta tan poco creíble como irrisorio y donde Anne Hathaway no logra dar la talla. O más bien no logran sacarla el valor que sabemos de sobra que tiene, pues ni resulta creíble como periodista de acción ni como damisela en apuros. Y desde luego, la combinación de ambos roles resulta totalmente artificial.
No voy a hacer hincapié en los recovecos del guion para evitar los spoilers, tan solo diré que a medida que el metraje avanzaba la historia me parecía cada vez más aburrida hasta lograr terminarla más por pura inercia que otra cosa. Ni siguiera el supuestamente sorprendente giro final me logró inspirar lo más mínimo.
En fin, una decepción. No es que esperara gran cosa del film, pero sí algo de entretenimiento ligero. Pero no llega ni siquiera a eso.

Valoración: Cuatro sobre diez.

Visto en HBO: YEARS & YEARS

No es ninguna noticia que me gusta el género del terror. Me encanta. Pero, generalmente, más en la literatura que en el cine o la televisión, porque una cosa es jugar con la propia imaginación y otra muy diferente asustarse por lo que imaginan otros.
Por eso, mi gran problema con la ficción audiovisual de terror es que, por lo general, no me asusta. Me sobresalta esporádicamente, sí, pero poco más.
Sin embargo, hoy quiero hablaros de una serie que apareció en HBO en la primera mitad del 2019 y que no había tenido tiempo de ponerme a fondo con ella hasta la llegada del dichoso confinamiento: Years & Years, una serie a medio camino entre la ficción costumbrista y la distopía que, siendo lo más alejado posible a una producción de terror, me ha dado un miedo increíble.
Y es que la serie nos presenta a una familia convencional de clase media de Manchester, los Lyon, y nos va a llevar de su mano a conocer los próximos quince años de aquí en adelante. Así, mientras disfrutamos de los conflictos internos de cuatro hermanos y sus ramificaciones familiares, vemos como en una sociedad terriblemente real y reconocible se van produciendo una serie de cambios que, si bien tomados a la ligera pueden parecer algo tramposos, resultan completamente verosímiles.
Las nuevas tecnologías, crisis bancarías, virus sanitarios, revoluciones, conflictos políticos con lanzamiento de misiles incluidos… Todo visto desde la distancia, en formato de noticias en un informativo televisivo cualquiera, tal y como apreciamos el día a día desde la seguridad de nuestras propias casas, hasta que esa distancia se rompe y pasamos a formar parte de la noticia.
Con una Emma Thompson magnífica en el papel de una líder política extremista que gracias a su manejo de los medios pasa de ser una simple desconocida a aspirar a presidir el gobierno, toda la serie sabe tocar la fibra de los miedos a los que nos enfrentaremos en un futuro que no se presentará en los próximos años, como en muchas distopías futuristas del montón, sino que va a dar comienzo apenas en cinco minutos, quizá justo cuando vosotros terminéis de leeros esto. Y puede que ni nos demos cuenta hasta que sea demasiado tarde. O que sí nos demos cuenta y no hagamos nada por evitarlo. Por eso me ha dado tanto miedo.
Debo decir, en honor a la verdad, que el último tercio del capítulo final me dejó algo desinflado, tomando un camino peligroso por sus dosis futuristas con el que ya no conecté tanto (por eso quizá la idea de una segunda temporada no me seduzca demasiado), quizá deseando hermanarse en exceso a series como Black Mirror, pero dejando de lado ese pequeño detalle, la nueva apuesta de Russell T. Davies, responsable de la “resurrección” de Doctor Who, es una joya de la televisión actual, a todas luces imprescindible.
No se trata de una serie sobre el fin de la humanidad, pero, muy probablemente, sí nos avise de como empezó todo para llegar al fin de la humanidad. Fantástica, ciberpunk, distante, y a la vez totalmente intimista y cotidiana. Una serie de contradicciones que no pueden más que disfrutarse.
Y asustarse con ellas, insisto.