viernes, 9 de abril de 2021

Visto en Amazon Prime: EL REY DE ZAMUNDA.

Ya hace casi dos años que me quejé de que la falta de ideas en Hollywood había propiciado una nueva moda: la de las secuelas tardías. Tras ver cómo regresaban los protagonistas de Dos policías rebeldes, Zombieland, Terminator o se buscaba una nueva generación con las secuelas más o menos directas de El resplandor, Jumanji o Mad Max, hace apenas unas semanas Sasha Baron Cohen resucitada a su Borat para Amazon y es precisamente la misma compañía quien trae de vuelta (quizá animados por la sensación de rehabilitación que supuso Yo soy Dolemite) al príncipe de Zamunda al que dio vida Eddie Murphy (y sin nos queda por ver el regreso de Bill y Ted, Cazafantasmas, Matrix y Arma letal, como poco) en una secuela con la que en España no se han complicado mucho la vida y han llamado El rey de Zamunda.

El tiempo no pasa en vano y el príncipe ahora es rey. Para la ocasión, la productora ha querido dictar con los mismos guionistas que en 1988 propiciaron uno de los mejores éxitos comerciales de Murphy (una película tan aplaudida como, posiblemente, sobrevalorada). Sin embargo, la fórmula no es infalible si, además, carece de su principal elemento, el arte de John Landis tras las cámaras. Icono de la comedias ochentera, Landis no era infalible (curiosamente su película más celebrada -Un hombre lobo americano en Londres- no es una comedia propiamente dicha, mientras que fracasó en su intento de revitalizar la carrera de Stallone tal y como su coetáneo Ivan Reytman hiciera por Schwarzenegger).

Con Craig Brewer a los mandos (director precisamente de Yo soy Dolemite), la efectividad no parece garantizada, más cuando los guionistas parecen empeñados en repetir esquemas y conseguir que la bis cómica de Jermaine Fowler no es la misma que la del Murphy de antaño y la historia romántica resulta forzada y poco creíble.

Precisamente son las relaciones entre los personajes, con una evolución antinatural, de lo peor del film, mientras merecen ser destacados los pocos momentos en que Murphy (algo lastrado por la seriedad obligada del guión) puede desatarse así como la hilarante participación de Wesley Snipes, otro escurrir maltratado por el destino y sus propias decisiones.

Sin embargo, ya sea porque las feroces críticas que la destrozaban me habían desalentado o por ser más transigente con las películas de plataformas que con los estrenos de cine (quizá sea por la diferencia de inversión, que por algo soy catalán), el caso es que me he divertido más de lo que esperaba, más contrabajo con que no tengo tan mitificada la película original, con lo que encontré un lastre menos.

En fin, otro entretenimiento pasable si conseguimos aprender a no pedirle peras al olmo.

 

Valoración: Seis sobre diez.

Lecturas: MARVEL ZOMBIES: RESURRECCIÓN

Hace ya más de quince años que Mark Millar, cuando se dedicaba a escribir buenas historias para las dos grandes editoriales de cómic americanas en lugar de centrarse sólo en su propio universo (y de paso crear lucrativas franquicias cinematográficas), creó una tierra alternativa donde los héroes de Marvel habían caído en manos de zombies hambrientos de carne en busca de nuevos mundos por devorar. Fue en la colección de Ultimate Fantastic Four y causaron tal sensación que dieron pie a una serie de historias en formato de series limitadas llamadas, inequívocamente, Marvel Zombies. Tal fue el impacto mediático que incluso asomaron brevemente la cabeza por el MCU, mediante la pesadilla alucinógena de Spider-Man: Lejos de casa.

Editadas en España en formato tomo, cada entrega aumentaba el desinterés con respecto a la anterior, bien porque las ideas parecían agotadas, bien porque la impactante muerte de los héroes propiciaba que al final sean personajes secundarios quien deban resultar protagonistas (y si son secundarios, por algo será). Al final, lo más interesante eran las portadas que homenajeaban, en versión muerto viviente, portadas clásicas de la editorial. Y así se mantuvieron hasta, aparentemente, pasar a la historia.

Marvel Zombies: Resurrección no había despertado para nada mi interés, más cuando hacía años que no se publicaba nada relacionado con el tema, pero tener a Spider-Man como protagonista principal me obligaba como mínimo a echarle un vistazo. Y mi sorpresa fue mayúscula. La nueva mini serie estaba totalmente desligada del universo alternativo creado por Millar y continuado luego por Robert Kirkman (sí, el de The walking dead), Fred Van Lente y compañía, funcionando como reboot y dejando las puertas abiertas a posibles continuaciones.

Escrita por Phillip Kennedy Johnson y con dibujos de Leonard Kirk, la serie es una nueva cuenta de tuerca al tema de siempre, superhéroes infectados por el virus zombie, y no rehuye de referencias muy reconocible, como la saga cinematográfica Alien o los universos distópicos que pueden recordar a las derivaciones de las últimas Secrets Wars o a la saga de El viejo Logan. Sin embargo, Johnson y Kirk saben imponer un ritmo endiablado y adrenalítico que hace imposible abandonar la lectura a mitad del tomo, consiguiendo un entretenimiento de primera.

Quizá el gran mérito sea contar precisamente con el bueno de Peter Parker como eje central, ya que es un personaje abonado al drama y la necesidad de hacerse cargo de los hijos de Red y Sue Richards es muy acorde con su sentido de la responsabilidad. Así, la rotura de canon propia de este tipo de eventos se ve compensada con unos personajes muy reconocibles con los que es fácil empatizar.

Por eso, pese a pisar territorios ya conocidos, Marvel Zombies: Resurrección resulta una lectura estimulante y fresca, capaz de divertir y emocionar a la vez y que permite tener fe en un producto que parecía agotado.

Visto en Movistar: LA CAZA

Hay una serie de películas que siempre serán recordadas por haber sido de las primeras valientes en haberse estrenado tras el estado de alarma de 2020, cuando éramos tan ilusos de pactar que esto de la pandemia ya estaba quedando atrás. Son películas que, sin embargo, apenas tuvieron visibilidad, en una época donde la gente aún tenía miedo de salir a casa, los cines no tardarían en volver a cerrar y Santiago Segura era el único que se las apañan por recaudar algo de dinero.

La caza es una de esas películas, un guion que en circunstancias normales quizá ni siquiera hubiese pasado por salas, ya que su factura es más propia de festivales como el de Sitges que de salas de estreno.

Sorprende, sin embargo, encontrarse nombres bastante conocidos en sus créditos, como Hilary Swank, Emma Roberts o Ike Barinholtz, pero sin duda el más llamativo es el de Damon Lindelof, que figura como guionista y productor. Lindelof, que fue odiado por las masas por firmar el final de Perdidos y el libreto de la defendible Prometheus pero que posteriormente se reconcilió con el fandom gracias a las series de The leftovers y, sobretodo, Watchmen, parece haberse rondado este trabajo como un ejercicio de relajación tras habrá carga emocional. Quién sabe si el guion de La caza surgiese durante una noche de borrachera con Nick Cuse, el otro guionista, pero este empacho de sangre y vísceras parece más una broma pesada que un trabajo de tan reconocido escritor.

Y el caso es que la gamberrada les ha salido bastante bien, las cosas como son.

El tema de la caza de humanos no es novedosa en el mundo del cine desde que en 1933 El malvado Zaroff abriera la veda. Tema recurrente usado generalmente para reflejar la vileza del ser humano o la diferencia de clases, podernos recordar títulos como Blanco humano, con Van Damme en su máximo apogeo, La presa, o, sí mezclamos géneros, Perseguido o Noche de bodas. Si a ello le añadimos el detalle de que todo arranca con un grupo de desconocidos sin aparente relación entre sí que tras ser drogados despiertan en un lugar desconocido, podemos recortar sagas de terror como Saw o Cube. Y algo de todo ello hay por aquí.

Así que se podría decir que no hay nada nuevo bajo el sol, por más que Lindelof y Cuse se esfuercen en ofrecer unos cuantos giros de guion bastante sorprendentes (sobre todo respecto a la falta de un protagonista claro en su primer tercio), pero aunque rascando mucho se podría encontrar algo de crítica social, lo que parece evidente es que ellos se han divertido mucho escribiendo este guion, y con ello consiguen traspasar la pantalla y conseguir que el espectador se divierta mucho también.

Es una película cafre y excesivamente sangrienta, desde luego, pero ese es precisamente su encanto, un festival de mamarrachadas recital, filmadas con gran dinamismo por Craig Zobel, y que resulta ideal para pasar un diminuto por la tarde rodeado de amigos alrededor de un bidón gigante de palomitas.

 

Valoración: Siete sobre diez.

miércoles, 31 de marzo de 2021

Visto en Netflix: NOTICIAS DEL GRAN MUNDO

Parece que últimamente el bueno de Tom Hanks no está teniendo mucha suerte con el cine. De sus tres últimas películas, Un amigo extraordinario (con nominación al Oscar incluida) se estrenó tarde y mal (bastante después de la ceremonia de premios y en plena crisis pandémica), Greyhound: enemigos bajo el mar se estrenó en exclusiva en Apple TV y la que nos ocupa, Noticias del gran mundo, se la quedó Netflix tras un breve paso por cines.

Y es una lástima, porque la película de Paul Greengrass es un western con aroma clásico que habría lucido de maravilla en la gran pantalla.

Con claras reminiscencias de Valor de ley (en cualquiera de sus dos versiones) y, sobretodo, de Centauros del desierto, Greengrass renuncia a los tics más característicos de su cine (cómo esa cámara nerviosa y montaje trepidante con que dotó en su paso por la saga Bourne) para hacer caja de un clasicismo maravilloso, cuando de brillo y majestuosidad a una película visualmente impecable y que aúna con eficacia la emotividad de su argumento (un veterano que malvive leyendo la prensa de pueblo en pueblo hasta que debe hacerse cargo de una niña huérfana criada por los indios) con escenas de impactante acción, no queriendo renunciar nunca a las fuentes de las que bebe, inspirándose a la vez que homenajeando al cine de Ford, Stevens y compañía.

Tom Hanks está inmenso, transmitiendo sólo con la mirada las cicatrices que lleva tanto en el alma como en el cuerpo, reflejo de una vida que no le ha tratado bien y que, ya en su ocaso, le da una segunda oportunidad. Es esta una película de supervivencia, como The road, de soledad, como Logan, de personajes huyendo de su propia oscuridad en un mundo crispado, reflejado de paso las carencias de una sociedad intolerante que, vista con lupa, no difiere tanto de la actual.

En fin, una pequeña joyita, tierna y amarga por igual, que me resulta incomprensible que e un año tan flojo como este no esté en la pugna por los premios importantes en los Oscar.

 

Valoración: Ocho sobre diez.

martes, 30 de marzo de 2021

Artículo: EL REGRESO DE LOS VAMPIROS

Decir que el año 2020 fue un año difícil y extraño no sólo no va a tener discusión por parte de nadie, sino que resulta incluso redundante. Lo que muchos no esperaban era que en el 2021 las cosas difieren más o menos igual.

En lo que respecta a mi vida personal estoy en una extraña montaña rusa emocional, aunque no me cabe la menor duda de que los elementos positivos van a superar con mucho a los negativos. Pandemias aparte, el año pasado se definió, por un lado, por la muerte de mi padre, cruel y traicionera. Por otro lado, la noticia de que mi pareja estaba embarazada colmó mis expectativas de felicidad hasta límites insospechados. Por fin iba a cumplir mi sueño de ser padre y lo iba a hacer de la mano de la mujer a la que amo.

Y luego está mi faceta literaria. Después de aventurarme en el mundo de la autoedición había conseguido que una editorial se fijase en mí y Mundo Muerto tuvo una nueva vida gracias a Célebre Editorial. Y tras una exitosa presentación en la prestigiosa librería Gigamesh (ahora que lo pienso, último acto social de mi pobre padre), la pandemia truncó todos mis planes. Tenía mi presencia confirmada en la feria del libro de Madrid, Valencia, presentaciones en Sant Jordi y hasta la edición de una portada especial para el Festival de Sitges. Y la idea de sacar a la venta un libro inédito antes de final de año.

Como digo, todo planes que terminaron en la papelera, de lo que sólo se pudo salvar un bonito pero insuficiente acto virtual en el día del libro.

Habiéndonos vuelto todos expertos en analizar curvas, sufrir PCR's y saber lo que son las burbujas sociales, encerrados el nuevo año con deseos de enmendar todo lo que quedó en el tintero en el pasado. Y eso se debía traducir, por mi parte, en la publicación de El hombre de trapo mataba por amor, cuya escritura había adelantado ya en redes sociales. Pero tampoco va a ser así y quiero explicaros los motivos:

En 2019, estando mi padre ingresado en el hospital (ese también fue un año algo convulso para nosotros, pero eso no viene a cuento ahora), emocionado él por lo mucho que le había gustado mi edición «personal» de Sanguijuelas, tomé la decisión de que quería, necesitaba incluso, rendirle un homenaje. Y dado que por aquel entonces estaba debatiéndome sobre cuál iba a ser mi siguiente novela (parecía que la continuación de Sanguijuelas era la opción más obvia), decidí que escribiría esa historia que tenía navegando por mi mente desde hacía ya años, ambientada en un pueblo de la España profunda y que en mi imaginación había tenido siempre las calles y casas de Bañuelos, en Guadalajara, su pueblo natal. No sería una novela sobre mi padre, pero sí dedicada en cuerpo y alma a mi padre.

Lamentablemente, no vivió lo suficiente para ver mi obra terminada, mucho menos publicada, así que el homenaje debía ser póstumo. Además, en Célebre Editorial estaban encantados con el manuscrito y todo estaba dispuesto para su publicación de cara a Sant Jordi 2021, el año de la resurrección, pero entonces me asaltaron las dudas. ¿El motivo? De nuevo el bicho, el maldito bicho. Estábamos cerrando acuerdos a mediados de febrero y las expectativas eran que se iba a poder celebrar, más o menos, la fiesta del día del libro, pero de las restricciones no nos íbamos a librar. Ni del miedo de mucha gente a volver a socializar con normalidad (de hecho, mientras escribo estas líneas, la situación ha vuelto a empeorar, así que todo son dudas y más dudas). Ya me dolió no haber podido hacer un funeral como mi padre se habría merecido. Quise reunir a familiares y amigos en una ceremonia pasado el teatro de alarma y fue imposible. Y parece que ahora que está a punto de cumplirse el primer aniversario de su marcha ni siquiera voy a poderle dedicar una misa en condiciones. Así que sólo me quedaba convertir la presentación de El hombre de trapo mataba por amor, su libro, en un encuentro improvisado donde todos los que lo queríamos darle un último adiós. Y ahí es donde me asaltaron esas dudas de las que os hablaba, pues no parece muy viable hacer una presentación en condiciones en breve, y mucho menos si, como espero, es ligeramente multitudinaria.

¿Qué solución nos quedaba? Pasar al plan B. Tras unas conversaciones con Ricard Pérez y Jesús Vera, manuscrito de Sanguijuelas por medio, estos entendieron de inmediato mis temores y entre los tres decidimos que quizá sí era mejor idea recuperar el primer volumen de la saga Guerras de Sangre. A todos nos habría gustado poder ofrecer algo inédito, que no estuviese «quemado» (aunque en honor a la verdad su vida en Amazon había sido más bien efímera), pero coincidíamos en que sacar una novedad sin el todo deseado no era la mejor idea.

Esta es, pues, la razón por la que mi nueva novela no es totalmente nueva. Espero que esto no os eche para atrás a nadie. Los que la han leído han quedado encantados con ella y las presiones para que termine cuanto antes su continuación me invita a pensar que los halagos son sinceros.

Así que ya sabéis, os invito a saciar vuestra sed de sangre de la mano de Sanguijuelas. No os decepcionará. Y por mi padre, no sufráis. Si Dios (y el bicho) quiere, en octubre tendrá su merecida fiesta.

Nos vemos en las librerías...

Visto en Movistar: LA LEY DE COMEY

Aunque estrenada a finales del año pasado, este inicio de 2021, con Trump agotado de su presidencia americana, es un buen momento para descubrir la mini serie La ley de Comey, estructurada en dos episodios de hora y media de duración pero que, por el motivo que sea, Movistar ha dividido en cuatro partes con una duración más convencional.

La ley de Comey parece concebida con las idea de lavar la imagen de James Comey, quien fuese director del FBI entre septiembre de 2013 y mayo de 2017, aunque la ficción se centra básicamente en su última etapa, en la que debió lidiar con la investigación a Hillary Clinton por el caso de los correos electrónicos y, por ende, con la victoria de (¡ojo spoiler!) de Donald Trumb en las presidenciales.

Aunque aquí el tema nos toca muy de lejos, parece que Comey fue acusado por la masa social como el culpable de que Trumb llegará a la Casa Blanca, por más que se limitará a hacer su trabajo lo mejor posible. Por ello, la serie se esfuerza en dejar bien clara su ideología política (y la de toda su familia) y su honorabilidad, definiéndolo casi como un santurrón con muchas similitudes con el Presidente Barney. De hecho, resulta difícil no pensar constantemente en El ala oeste de la Casa Blanca, y por lo tanto echar de menos la ametralladora verbal de Aaron Sorkin en los guiones.

Pese a ello, La ley de Comey se las apaña para explicar medianamente bien temas enfarragosos sin aburrir en ningún momento, pero peca de un partidismo tan poco disimulado que quita credibilidad al asunto. No es cuestión mía decidir quién es el bueno o el malo de la función (aunque cuesta imaginar a Trump como el bueno en cualquier argumento posible), pero el drama general que se vive en pantalla tras la victoria de este en las elecciones o el hecho de que no haya ni un republicano entre los protagonistas impiden que la experiencia didáctica resulta suficientemente satisfactoria.

Sí conviene destacar, y mucho, a Jeff Daniels como Comey y, sobre todo, a Brendan Gleeson como Trump. Sólo por ella ya se justifica el visionado.

Visto en Amazon Prime: LA FUERZA DE LA NATURALEZA

Siempre he pensado que hay tantos elementos a la hora de valorar una película que me resulta imposible encontrarlo todo tan perfecto u horrible para dar una valoración extrema, ya sea en forma de diez o de cero. Sin embargo, pocas cosas hay en La fuerza de la naturaleza capaces de defender mi postura, ya que no recuerdo un despropósito tan horrendo en años.

A sublime vista, el argumento podría recordar al de aquella película con Operación Huracán, de Rob Cohen, en la que unos atracadores intentan un gran golpe aprovechando que han desalojado un pueblo debido a la anegada de un fuerte huracán. Esta… «cosa» que tiene el dudoso honor de firmar Michael Polish, un tipejo cuyo mayor logro en la vida es el haberse casado con Kate Bosworth (la Lois Lane más olvidada de la historia del cine) a la cual ha enchufado en esta pantomima de película (¿o habrá sido al revés?), va más o menos de lo mismo pero pronto nos damos cuenta que lo de la tormenta perfecta es poco menos que una excusa para meter a un grupo de personajes, a cual más ridículo y estúpido, en un edificio en el que ofrecer una especie de correcalles disparatado y que no tiene el más mínimo sentido. Ni siquiera la presencia de algún rostro conocido, como David Zayas (el sargento Batista de Dexter) o Stephanie Cayo (Verónica en Yucatán) eleva el estado de ánimo, ambos muy por debajo de lo que se puede esperar de ellos.

Argumento simplón con diálogos horribles, situaciones grotescas y unas interpretaciones de pena confieren al film el privilegio de ser la peor película que he visto no sólo en este año, sino posiblemente en lo que llevamos de década. Y eso que me he tragado cada bodrio…

Así las cosas, uno se podría preguntar qué narices pinta Mel Gibson (sustituyendo al inicialmente previsto Bruce Willis) en todo este berenjenal. Pues está bastante claro: En peinar lugar, dar suficiente empaque a la carátula como para que yo mismo cayese en la trampa y me interesara por la película, estrenada directamente en Amazon Prime. En segundo lugar, cobrar su cheque, que es algo que nunca viene mal. Y por último, pasárselo a lo grande. Mientras el protagonista Emile Hirsch parece tomárselo todo muy en serio, consiguiendo sólo demostar sus limitaciones, Gibson parece tener en mente a un remiendo de Martín Riggs, iluminando la pantalla con su carisma cada vez que aparece y consiguiendo que no importe que su papel no tenga recorrido alguno.

En resumen, una tontera de película, aburrida y ridícula, que encina tiene el descaro de pretender aleccionar socialmente mediante un par de frases de pasada (se trata la violencia policial, el racismo y hasta a los nazis, pero como si no). No sé cómo lo habrán hecho estos tipos, tanto el director como el guionista Cory M. Miller, para que les paguen para hacer esto, pero como se decía antiguamente: «a picar en una mina los ponía yo».

 

Valoración: Dos sobre diez.

Visto en Movistar: LA BODA DE ROSA

Pese a haberse llevado dos premios Goya, se podría pecar que La boda de Rosa es una de las perdedoras de la pasada edición, ya que -a tanta de ver Ane- creo que es muy superior a Las niñas o Adú, lo que tampoco significa que sea una película redonda. Y es que realmente este 2020, por razones obvias, ha sido un muy mal año para el cine, sea español o no.

Dirigida por Iciar Bollaín (El olivo), la película es una comedia de trasfondo amargo sobre una mujer atrapada en una vida que la aprisiona. Acostumbrada a ser el mástil familiar al que todos se agarran (su padre viudo, sus dos hermanos, su hija), Rosa se da cuenta que para no enloquecer debe romper con todo y emprender una huida hacia delante que, necesitada de una ceremonia cargada de simbolismo, la llevan a decidir casarse contigo misma. Un proyecto de boda mal entendido por su familia y que dará pie a divertidas confusiones.

La boda de Rosa es como la plasmación de un libro de autoayuda en la que la protagonista busca simplemente un lugar donde poder gritar al viento su angustia sin que nadie la reclame para que le cuide a la mascota, sirva de recadera o haga de portera de los albañiles de su hermano. Algo muy humano y con lo que resulta fácil identificarse. Y ese es el gran truco de Bollaín, que en lugar de apostar por una comedia más alocada (no llegué a la carcajada en ningún momento) prefiere optar por la humanidad del personaje, de manera que podamos reconocer algún momento de Rosa en cada uno de nosotros. Por eso el concepto, a priori absurdo, de una boda con un solo participante, funciona perfectamente como catalizador de toda esa impotencia y ahogo que sufre la protagonista, brillantemente plasmada por Candela Peña.

En resumen, agradable canto a la vida que se disfruta con una sonrisa pese al deje de tristeza que se dibuja en Rosa durante gran parte del metraje y que consigue elevar el espíritu sin ser tan sensiblera como la mayoría de las feel movies de turno.

 

Valoración: Siete sobre diez.

Reflexiones: EL AÑO DE LOS NO PREMIOS

A los lectores más veteranos de cómics, más concretamente de Marvel, seguro que les vendrá a la mente una broma que se solía hacer en el correo de los lectores de Forum donde, tras lanzar una pregunta al aire, ofrecían un No Premio a quien supera la respuesta.

Pues bien, terminando ya el primer trimestre del año, de lleno en la temporada de ceremonias cinematográficas (algunas bastante tardías, debo reconocer), creo que ya se puede hablar del año de los No Premios. Y es que es tan baja la calidad media de las películas que por primera vez en mucho tiempo no me preocupé en absoluto por ver la retransmisión de los Goya (y lo poco que vi fue más por ver qué tal lo hacía como presentador mi adorado Antonio Banderas que por interesarme que ganara o dejará de ganar) y lo mismo me va a suceder con los Oscar. Así que ya aviso de antemano, este año no esperéis mi crónica habitual, no pienso perder sueño por ella.

Ya lo avisaba en enero del 2020, cuando El Panda Cinéfilo se convertía en Las cosas del Panda. El tiempo jugaba en mi contra y iba a poder ir menos al cine, con el riesgo de descuidar por ello el blog. Lejos de mi mente, en ese momento, la idea de una pandemia que iba a tener al ciudadano de a pie encerrado en sus casas durante casi tres meses, con las producciones cinematográficas paradas y los cines bajando las persianas. Paradojas de la vida, el tiempo transcurrido desde entonces ha sido, probablemente, el más activo desde el punto de vista del blog, aunque han sido las plataformas televisivas las que han salido en su rescate. Ha habido muchas películas, sí, pero pocas maravillas.

Pero volviendo al tenis de los premios, no todo es culpa del dichoso Covid. También está esa olla de gafapastismo que invade Hollywood (y parece extenderse por otras filmografías alrededor del mundo) que hace casi imposible imaginar una gala de premios en la que triunfe algún título del estilo de Titanic o El Señor de los Anillos. Que películas como Vengadores: Endgame no tengan un solo Oscar y bodrios como Moonlight sí es cosa de chiste. Y no se trata sólo de una cuestión de gustos personales. Imaginad, incluso si os gustó la película de Barry Jenkins, repasando dentro de diez o veinte años las películas con Oscar. Apuesto que al llegar a esta nadie la recordará siquiera, a no ser que en la tertulia esté el típico listillo que nos refresque la memoria diciendo algo como: «Sí, hombre, esa que la liaron con el sobre».

No quiero menospreciar a nadie, más cuando alguna de las favoritas, como Normadland, aún no se ha podido ver por aquí, pero está claro que el nivel está por los suelos. Ni siquiera la presencia de un Fincher va a servir para dar lustro a la ceremonia. Al fin y al cabo, su Mank es un film para streaming, en blanco y negro y sobre un personaje que la mayoría de los jóvenes de hoy no tienen ni idea de quién es.

Puede que se hubiese tenido que hacer un ejercicio de sinceridad y haber cancelado los grandes premios de este año. Si volvemos al cine español, Adú (¿alguien se acordaba de que era de este año?) o Las niñas no son nada del otro mundo, y La boda de Rosa tiene muchas virtudes, pero tampoco como para ser considerada una de las mejores películas del año (de cualquier otro año, claro).

Y como se suele decir que para muestra un botón. ¿Qué hay más sintomático que premiar a una película tan mediocre como La gallina Turuleca por el mero motivo de que no había otra?

Y no es que este reivindicando que se den previos a propuestas como 6 en la sombra o La vieja guardia, que tampoco es eso...

En fin, que este año, lo mejor sería dejar todos los casilleros desiertos. Pero como parece que eso de que «el show debe continuar» es un hecho, pues nada, a premiar lo primero que se nos ocurra…

Yo, lamentando mucho, por ahora me bajo de este tren. El año que viene, ya veremos...

sábado, 20 de marzo de 2021

Visto en HBO: LA LIGA DE LA JUSTICIA DE JACK SNYDER

Después de meses, si no años, de rumores, especulaciones y deseos, al fin la cacareada version cut de La liga de la Justicia que se etimología hacia completado Zack Snyder antes de su marcha forzada del proyecto ha visto la luz.

Cómo recordaréis, Snyder estuvo al frente del proyecto original en el 2017, pero tuvo que dejar el proyecto por causas no muy claras. Por un lado, se dice que abandonó destrozado por el suicidio de una de sus hijas adoptivas, pero parece también que en Warner no estaban muy contentos con el rumbo que estaba tomando la película y, aprovechando la coyuntura, le abrieron las puertas con la idea de que Joss Whedon enderezara el timón, dando más luz, humor y color al film. El resultado fue una especie de monstruo de Frankenstein que como producto palomitero resultaba entretenido pero como película era un completo desastre. Los devotos de Snyder, verdaderos fanáticos del estilo sombrío del director, montaron en cólera contra Whedon, acusándolo de ser el causante de todos los males del universo (pese a que parece que tampoco él tuvo la última palabra del montaje definitivo, que en esto de tropezar dos veces con la misma piedra los de Warner saben un montón, y tampoco se le puede acusar de desaguisados como el del famoso «bigote de Superman»).

Esto bien podría haber supuesto el final de la carrera de Whedon como director, amén del estrepitoso fracaso de la película (aunque las recientes acusaciones de abusos contra el director de Los Vengadores tampoco es que le vayan a ayudar mucho) y por ello, cuando corrió el rumor de que existía una copia completa de la versión de Snyder, la presión de las masas de fanáticos para poder llegar a verla fue brutal.

Al final, tras muchos dimes y diretes, confirmaciones y desmentidos, el señor Snyder se ha sacado un borrador que ha ido montando en su casa en su tiempo libre y se ha demostrado que sí era cierto que en el momento de su marcha la película estaba más o menos terminada. Y no sé si debido al fracaso en taquilla de Aves de presa (otro más) o por la necesidad de potenciar la plataforma de streaming de HBO Max, imprescindible en tiempos de pandemia, el caso es que en Warner han dado el visto bueno e incluso han inyectado una buena cantidad de dinero para mejorar el acabado final del film.

Con estos antecedentes, no sólo es necesario valorar la calidad individual de la nueva versión, sino que se impone el realizar una comparativa con la original, ya que en el fondo de eso trata la cosa, de saber quién es el gran culpable de la debacle de 2017.

Y por mi parte, teniendo en cuenta todas las apreciaciones que detallare a continuación, mi conclusión es que La liga de la justicia de Zack Snyder hace buena a La liga de la justicia de Josh Whedon. Y no porque sea mala ni inferior la de Snyder a la de Whedon, sino porque ha quedado demostrado que muchas de las cosas de las que se acusaba a Whedon no se las tenían que achacar a él, sino al director original.

Un inciso: dado que estamos hablando de una película que, a nivel argumental, es básicamente la misma que la de hace cuatro años, en el resto de mi comentario habrá todo tipo de spoilers, si es que en este caso se les puede considerar como tal.

De lo primero que habría que hablar es del humor. Cierto que Whedon mete muchos chistes en su reescritura de guion, ya sea por imposición de arriba o por ser fiel a su propio estilo. Lo que me extrañaba es que esto es algo que se le suele dar francamente bien, estando especializado en diálogos dinámicos y divertidos. Y lo cierto es que muchos de sus momentos sí funcionaban en la película. Lo que realmente chirriaba era, por ejemplo, el personaje insoportable y tontaina de Flash. Pues bien, ahora sabemos que ese era el Flash de Snyder. Incluso el chiste que muchos odiaron con respecto a Batman («¿Cuál es tu superpoder?», pregunta Flash; «Ser millonario», responde Batman) sigue estando en el Snyder' cut.

No todo es risa y cachondeo, y ya se puede corroborar (aunque era más o menos de dominio público), que la mayor escena de Batman de todo el CDEU es su lucha contra los parademonios, autoría en este caso de Whedon.

Entrando más de lleno en el guion, las diferencias principales están en el tramo final. En ambos casos Steppenwolf, el villano principal, tiene su base junto a un pueblecito cercano a Moscú, pero mientras Snyder apuesta por mantenerlo abandonado por culpa de la radioactividad la versión de Whedon estaba habitada. Esto daba pie a momentos ridículos, cierto, pero también a otros en los que se podía ver a los héroes haciendo cosas de héroes, es decir, salvando a gente. Es bien sabido que Snyder es más dado a gigantescas batallas llenas de ruido y explosiones y dejar que los actos heroicos transcurran en off.

El clímax final, epílogo aparte, también difiere bastante, ganando la batalla, esta vez, Snyder. Puede que indignado por el maltrato al que Superman ha sido sometido a lo largo de toda la saga, Whedon optó por cederle el protagonismo de derrotar con relativa facilidad a Steppenwolf, mientras que el Snyder' cut reparte el protagonismo entre todo el equipo.

Y eso sin entrar a valorar el propio final, ya que no es sólo una cuestión de visiones sino de objetivos (Whedon debía cerrar su película mientras Snyder plantea un epílogo modo cliffhanger con el que anuncia un futuro -sus planes incluían dos películas más- que casi con toda seguridad nunca llegaremos a ver).

Lo cierto es que al final la cosa no ha sido para tanto. Los añadidos de Snyder no es que cambien la cosa una barbaridad y ha habido más publicidad (algo engañosa, de hecho) que resultados. Ni rastro de Green Lantern, un Detective Marciano más anecdótico que otra cosa y un uso del traje negro más caprichoso que lógico.

En definitiva, ¿qué versión es mejor? Es cierto que la de Whedon es una mezcla extraña de dos estilos opuestos, pero algunas de sus aportaciones (esa carrera final entre Superman y Flash para comprobar quién es más rápido) son la esencia pura de los cómics. La de Snyder es completamente fiel a su estilo. Con planos que parecen literalmente copiados de las viñetas y la cámara lenta con la que acentúa los momentos dramáticos (se echa en falta, eso sí, la música de Hanz Zimmer), más tiempo para desarrollar a los personajes y una fotografía oscura y deprimente tan propia de su cine. Por ello, el veredicto es…

Que las dos son igual de malas. No dejan de ser dos caras de una misma moneda, con un guión absurdo y unos actores desganados. Al final, todo el tema de las cajas madre suena igual de ridículo en cualquiera de las versiones y el truco de resucitar a Superman me parece tan sacado de la manga como lo que hicieron en ese otro espanto llamado Wonder Woman 84. Flash es horrendo e insoportable y Cyborg (que en la nueva versión cuenta con mucho más metraje e importancia) me sigue pareciendo un llorón cansino, aparte de estar interpretado por un pésimo actor (al menos esa costumbre suya de decidirse a todo aquel que le mira mal ha garantizado que no volvamos a verlo interpretando a este personaje), Jason Momoa no es capaz de desprender ni la mitad de carisma que en Aquaman y Henry Cavill sigue sin ser el Superman adecuado (y no por culpa suya).

Y sigue sin convencerme el villano, pese a que en la versión dos tenga un mejor acabado digital. Eso de ser una simple avanzadilla de Darkseid le quita entidad, aparte de que ver al villano en las sombras aparecer de manera tan similar a la de Thanos en Guardianes de la Galaxia me parece una pifia. Sé que hay una gran controversia sobre si el Thanos del cómic es en realidad una copia «marvelizada» de Darkside, pero en el cine el titán loco llegó antes, y de eso no se puede dudar.

El fin, que comparaciones aparte, La liga de la justicia de Zack Snyder no deja de ser otro sindios propio de su director, cargado de imágenes majestuosas y luchas sin sentido, una oda a la destrucción cuyas escenas oníricas no bastan para camuflar la vacío de sus personajes, atormentados todos ellos,  pero que funciona como espectáculo y merecería haber sido vista en pantalla grande, ganando a la versión de Whedon en coherencia visual. Continúo pensando que Snyder es único trasladando grandes momentos de los tebeos en imágenes, pero sigue sin comprender el trasfondo de los cómics (ya lo demostró con su Watchmen). Y viendo la dirección hacia Injustice que tomaba su saga, tampoco a los directivos de Warner.

Y una vez dicho esto, os voy a revelar la gran verdad. Pese a toda la chapa que os estoy pegando, lo cierto es que estamos ante una gran mentira. No es posible comparar La liga de la justicia de Whedon con la de Snyder sencillamente porque la de Snyder no existe.

Me explico: Cuando Snyder aseguró que tenía un montaje de su film en su casa pidió la colaboración de algunos actores para grabar unos audios de cara a rematar la película. De ahí se pasó a decir que iba a filmar un par de tomas adicionales para lo que Warner le había cedido unos veinticinco millones de dólares y fijamente se ha sabido que el coste final de entre setenta y ochenta millones, con lo que el director ha contado con actores que no estaban en su primera versión ni se les esperaba, ha podido introducir cambios sabiendo ya, gracias a Whedon, lo que no funcionaba del otro film y ha retocado lo que le ha dado la gana. Así que puede que sí, que esta sea La liga de la justicia de Zack Snyder, pero desde luego, no es La liga de la Justicia que Zack Snyder habría hecho en 2017 (y que desde luego, no habría durado cuatro horas).

Así que si nos empeñamos en seguir haciendo comparaciones, lo más justo sería que le entregasen a Josh Whedon otros tantos fajos de billetes y le permitieran hacer su propio montaje original, que lo que se estrenó tampoco era cien por cien suyo.

¡Ay! ¡Qué bonito es el cine y que divertidas las quimeras…!

 

Valoración: Seis sobre diez.

viernes, 19 de marzo de 2021

Visto en Tele5: LA ISLA DE LAS TENTACIONES (o la entrada que nunca imaginarías poder ver por aquí)

Imagino que los que me conocen bien estarán alucinando un rato. Yo mismo lo hago. Y es que pese a que en la nueva andadura del blog que comenzó a principios de 2020 (antes de indicar siquiera lo que se nos venía encima) ya avisé de mis intenciones de ampliar mis pensamientos y reflexiones más allá del mundo del cine (cosa que tampoco hago muy a menudo, lo reconozco), lo que nunca imaginé es que un día me iba a apetecer hablar sobre algo como Laisla de las tentaciones.

Ya de por sí rechazo el concepto del reality show (a no ser que sirva para dar pie a cosas tan entretenidas como Dead Set o su aceptable remake brasileño). Sí que la curiosidad me llevó a interesarme por el primer Gran Hermano, dejándome engañar por aquello de que en realidad era una especie de experimento social (lo del edredoning vendría unas pocas ediciones más tarde), lo mismo que me dejé tentar por el primer Operación Triunfo antes de que fuese una simple fábrica de fotocopias musicales, pero cuando la cosa se empezó a desmadrar y Tele5 se convirtió en la reina (o reinona) de la basura televisiva inventando supuestos famosos para encerrados en islas, casas (fuertes) y demás, decidí no acercarme a ellos ni con un palo.

Pero la vida da muchas vueltas y en ocasiones te lleva por su propio camino. Compartir ilusiones, sueños y proyectos con otra persona equivale a compartir también tiempos catódicos, y aunque me mantengo en mis trece de negarme a ver debates donde Fulano, el hijo de la ex del marido de no sé quién aparece para despotricar de un tal Mengano, aquel que tuvo una aventura con la ex pareja de un cuñado de Zutano, sí me he dejado convencer para echar un ojo a uno de estos reallitys que tanto odio, en concreto la tercera temporada de La isla de la tentaciones, siempre limitándome a lo que es el concurso en sí, lejos de los posteriores análisis de «profesionales» en plató. Y debo confesar que he estado terriblemente enganchado al programa.

No voy a defender lo que siempre he criticado,  y sigo convencido de que hay un punto de guion detrás de todo el asunto, que desde las sombras se manipula a los concursantes (y por ende al propio espectador) a su antojo y que el caos de la programación es de vergüenza, con esos programas sin orden ni concierto que son cortados de manera supuestamente aleatoria sin ningún respeto por la audiencia.

Sin embargo, si se es capaz de escarbar entre todo eso, tal y como lo hace el cerdo entre la mierda en busca de trufas, es posible encontrarse con una pequeña joya audiovisual.

Pero es posible que alguno de los que estáis leyendo esto no viva en este mundo y no sepáis de qué narices va esto de La isla de las tentaciones, así que permitir una pequeña interrupción para resumirlo brevemente. El tema es reunir a una serie de pipiolos supuestamente enamorados y llevárselos a una isla paradisíaca donde se alojarán, chicos y chicas por separado, en sendos casoplones de imponentes piscinas y atractivos paisajes. Allí, deberán convivir con un grupito de solteros (chicos para ellas, chicas para ellos, of course), que son las llamadas tentaciones, con el objetivo de poner a prueba ese amor que se supone los ha llevado hasta allí. Con Sandra Barneda, periodista radiofónica reconvertida en maestra de ceremonias de aspecto pétreo, el programa, a simple vista, me parecía un ejemplo de la decadencia moral de nuestra sociedad, rindiendo culto a los adonis de pectorales esculpidos en tintes de tatuaje y muñecas en tanga de escotes imposibles. Una oda a la promiscuidad que, lejos de ser un nuevo ejemplo de experimento social, como pretenden hacernos creer, es un simple truco para invitar a la infidelidad y organizar bacanales en tributo a la carne.

Pero mientras dudaba entre si debía escandalizarme o deleitarme con las vistas, descubrí el secreto del programa y cómo debía entenderlo. Nada de concursos, nada de experimentos, nada de pruebas. Esto se debe entender, y disfrutar, como si de un serial televisivo se tratase. Yo, que me he criado en la edad de oro de las telenovelas americanas (Falcon Crest, Dinastía, Dallas) hasta que fueron sustituidas por los culebrones latinoamericanos que han derivado en los folletines turcos actuales, he sabido reconocer en La isla de las tentaciones ese tono de serie de ficción que me ha permitido disfrutar al fin del invento. No digo que eso de para mucho (ni siquiera estoy seguro que me vaya a interesar la cuarta edición del programa), pero al menos en esta tercera temporada he caído rendido.

¿En qué me baso para reconvertir un reality en una serie de televisión? Voy a tratar de explicarlo:

En primer lugar, tenemos el argumento. Tanto insistir Sandra en que esto es una experiencia que no puedo dejar de imaginarme la típica película en la que un grupo de niñatos se embarcan en una aventura en algún lugar remoto en busca de una experiencia que cambie sus vidas drásticamente. La mediocre Fantasy Island puede ser un ejemplo de ello.

Luego tenemos a los personajes. Un puñado de guapos y guapas que parecen salidos de cualquier serie de la CW aunque con una lujuria más propia de la HBO. Al principio parecen simples cuerpos, pero a medida que los vamos conociendo más a fondo es fácil simpatizar con unos y odiar a otros. Cómo su estuviesen elegidos con toda la intención del mundo, tenemos un reparto perfecto, dentro de los estándares físicos que exige la causa: el chulo, el follarín, el romántico, el manipulador, el paranoico, el cornudo… (sirvan estos modelos de conducta para ambos sexos, desde luego). Hay un detalle que me hizo pensar, con una sonrisa, en mi adorada Perdidos: aquí, como en la serie creada por J.J. Abrams, tenemos a un grupo de personajes encerrados en una isla paradisíaca, pero sólo unos pocos de ellos van a destacar, mientras que otros son meros secundarios fáciles de olvidar. Sin embargo, cuando menos te lo esperas, uno de esos personajes con el que no contabas para nada da un paso al frente y revoluciona el gallinero (estoy pensando en Lara, que de no ser nadie a pasado a ser la gran amenaza en la sombra para Stefany). ¿Y qué hacen en toda serie que se precie para evitar el agotamiento? Introducir personajes nuevos y eliminar a aquellos que no están funcionando. Eso mismo sucede en La isla de las tentaciones, donde la entrada de Fiama se asemeja a cuando en una sitcom grabada con público en directo se abre una puerta, aparece una estrella invitada y todo el mundo empieza a aplaudir.

Hay otro detalle que une el reality con las ficciones televisivas. Si hay algo que aterra al buen fan de una serie es la amenaza de spoilers (y la gente que ha devorado Bruja Escarlata y Visión –serie con la que ha coincidido en el tiempo- a las nueve de la mañana para evitarlos es una buena prueba de ello). Y de eso tampoco ha andado corto La isla de las tentaciones, que debido a la diferencia entre el tiempo entre que se realizó y se emitió hizo que la filtración de unos vídeos subidos de tono de Marina y Lola (cada una con su respectiva tentación, no vayáis a pensar mal) dio pie a un morbo añadido y cientos de especulaciones.

No voy a decir que tenemos también unos diálogos brillantes (Aaron Sorkin no se acercaría por aquí), pero es inevitable que han quedado frases para la posteridad. No están a la altura de «A Dios pongo por testigo que no volveré a pasar hambre» o «Este puede ser el principio de una hermosa amistad», pero el «Manué, la manita relajá» o «Esta noche, carricoche» pasarán a formar parte de la historia audiovisual de este país. Igual que el eslogan publicitario que debería decorar el cartel de la producción, la aterradora frase de «Hay imágenes para ti».

Pero no os penséis que todo son detalles comparativos, pues estoy dejando lo mejor para el final: las subtramas. Si pensáis que esto iba sólo de saber si las parejas iban a superar su prueba de amor o se iban a quebrar por culpa de alguna tentación, estáis muy equivocados. Aunque el formato puede parecer poco apropiado para dar mucho juego, hemos sido testigos de triángulos amorosos, dobles parejas y, aunque personalmente he tenido el corazón en un puño por saber cómo saldrán de la isla Raúl y Hugo, ¿quién iba a imaginar que el momento más emotivo de todo el programa estaría protagonizado por un perrete? Y luego está el tema de la intriga, que está manejada con inteligencia al permitir que el espectador siempre va por delante de los propios protagonistas, tal y como le gustaba hacer al mismísimo Hitchcock. A mi me meten un asesinato por en medio, y ya tengo el culebrón perfecto…

La isla de las tentaciones 3 ha estado plagada de romances, tradiciones, arrepentimiento, ejercicios de redención, lealtad; ha tenido sexo, lágrimas, pasión, pero por más que nos encontrarnos con algún momento cumbre, de esos que te dejan con la boca abierta, los «guionistas» se las apañaban para superarse al momento, logrando incluso que cada pudieran terminase con un cliffhanger que te obligará a estar pendiente del siguiente programa, de la próxima noche de hoguera o, Dios no lo quiera, de una hoguera de confrontación. Así hasta acercarse al clímax final (de nuevo estropeado por la mala emisión programada por Tele5), donde la noche de la despedida, lo que debía ser una fiesta descontrolada, el drama recorre ambas villas con giros finales inesperados y actos propios de vodevil.

Un detalle: como en la película Todo el dinero del mundo, un tentador fue eliminado del montaje final por unas acusaciones de abusos sexuales, aunque no fue sustituido por nadie como sí le pasó a Kevin Spacer. Eso sí, su ausencia dejó algo cojo el desenlace final.

Y, como en toda serie que se precie, aquí también tenemos unos cuantos villanos. Algunos justifican sus actos (Manuel hace lo que hace «porque le sale del corazón», Lola lo hace «porque está tratando de averiguar quién es»), otros son simplemente rastreros (cómo odié a Susan y Toni después de la hoguera de las tentaciones) y los de la peor calaña se definen por una arrogancia y chulería exagerada (ese Lobo arrogante y vacilón que redefine el concepto de que a las niñas les gustan los chicos malos). Aunque en el fondo el gran villano, aquel que maneja los hilos cual macabro titiritero, el gran hermano que todo lo ve, es el equipo de producción con Sandra como cabeza visible. Es ella quien tiene el poder de decidir el futuro de la mayoría de las parejas. Al fin y al cabo, las imágenes que muestra a cada uno de sus respectivos son claramente intencionadas y pueden decidir hacia donde desequilibrar la balanza.

No os llevéis a engaño. Aunque puede que no sea tan rotundo como Javier Gutiérrez, sigo pensando que estos programa son una basurilla y que Tele5 malvive de ellos y de otros programejos de naturaleza más apestosa alrededor del destripamiento de algunos personajes de la salsa rosa, pero gracias a haber descubierto un enfoque diferente de ver La isla de las tentaciones he llegado a engancharme por completo. Además, como van a hacer con Dexter, como hiciera Spider-Man: Lejos de casa para revelar las consecuencias del chasquido de Thanos, La isla de las tentaciones también nos va a permitir conocer las consecuencias de lo vivido en la isla gracias a El reencuentro. Algo que la mayoría de películas romántica no nos ofrece tras el consabido happy end.

Desde el punto de vista sociológico, puede que el invento sea eficaz y sirva no sólo para que los concursantes afectan a conocerse y se enfrenten a sus miedos y dolores mientras los demás comprobamos como cambian las historias según el punto de vista de cada cual (eso sí, no recomiendo el programa a ninguna feminista declarada, podría pasar mucha vergüenza ajena), pero yo prefiero quedarme sólo con la diversión. Y doy fe de que me he divertido. No sé si esto tendrá mucho de reality, pero desde luego, de show sí.