lunes, 19 de abril de 2021

La semana de Sant Jordi: OTRO AÑO SIN FIRMAS

Ya hace años que Sabina cantaba aquello de: «¿Quién me ha tocado el mes de abril?».

Empieza hoy la semana de Sant Jordi. Empieza hoy otra semana sin firmas...

Ya lo he ido anticipando por redes sociales, pero ha llegado el momento de confirmado en mi blog oficial: Un año más, Sant Jordi será algo descafeinado.

Resulta curioso que desde que se publicó por primera vez Mundo Muerto, allá por 2017 y mediante la fórmula de la autopublicación, no he fallado ni un solo 23 de abril, ya sea firmando en las desaparecidas Libr-up o Mon Mitic, en una parada de la biblioteca de Can Fabra de Barcelona o en la plaza mayor de Maçanet de la Selva. Ironías del destino, ha sido precisamente tras fichar por una editorial de verdad que la racha se ha truncado. Y no precisamente por culpa de ellos.

En Célebre Editorial se han portado estupendamente, desde una espectacular presentación en la mítica librería Gigamesh hasta presencias confirmadas en ferias del libro tan importantes como la de Madrid, Alcobendas o Valencia. Pero todo se truncó por culpa de cierto bichito microscópico al que han dado por llamar Covid-19 y que apareció justo después de la presentación de Gigamesh (fue por los pelos) y que imposibilitó toda presencia en ferias literarias debido a las restricciones y, sobretodo, al confinamiento por el estado de alarma del año pasado. Y, por supuesto, fulminó cualquier esperanza de poder firmar libros en Sant Jordi. Dicen que quien no se consuela es porque no quiere, y se pidió maquillar un poco la cosa con un maratoniano programa en directo desde el Facebook de la editorial y presentaciones on-line, amén de disparar un simulacro de Sant Jordi en el mes de junio. Pero claro, no es lo mismo. Primero, porque un día del Libro (y de la Rosa) alejado del mes de abril pierde su romanticismo. Seguro, porque pese a las halagüeñas (e irrisorias) previsiones, la pandemia no había cedido demasiado (y lo que estaba por llegar), y el miedo y las nuevas restricciones impidieron que la cosa tuviese un mínimo de lustro. En aquellos momentos, las mentes de todos los perjudicados (autores, libreros, editores, distribuidores y floristas) estaban con la misma idea: darlo todo en el Sant Jordi del 2021. Y hete aquí que después de pensar que 2020 había sido un año especialmente nefasto, descubrimos que con el cambio de dígito la cosa no iba a variar mucho.

Habían grandes eléctricas para la jornada de este próximo viernes, con firmas previstas en las calles de Barcelona y Badalona, a las que se les sumaba mi presencia en la librería Somnia (de los mismos propietarios que Célebre Editorial) y con la opción de Maçanet e la recámara.

Y de nuevo el destino cruel se cruza en nuestro camino. De nuevo aumentan las restricciones y, aparte de del confinamiento perimetral en Cataluña que impide la entrada y salida comarcal, se prohíben las firmas en la calle. Ni siquiera se permite a los autores estar en los stands de las editoriales.

A todo ello, a nivel personal, se suma una serie de problemas logísticos (que es la manera educada de decir que por culpa de la pandemia todo funciona mucho peor) que va a impedir que Sanguijuelas llegue físicamente a las librerías a tiempo. Ello ha motivado que finalmente haya decidido no estar presente tampoco en Somnia (el último reducto que nos quedaba). Es absurdo quitarle el espacio a otro autor que pueda presentar alguna novedad cuando mi oferta consiste en una novela del año pasado que aspiraba a engordar al público más casual, aquel que se detiene a chafardear en las paradas y que si entra en una librería es buscando algo concreto.

Al menos, me dicen que los vendedores de rosas sí esperan que sea un buen año.

Pero no escribo esto para compartir mi pataleta. No es momento de llorar, sólo quería explicaros una situación concreta y sus motivos. Al fin y al cabo, no es verdad que nos hayan robado el mes de abril. Ya lo dice la propia canción: «lo guardaba en el cajón, donde guardo el corazón». Y ahí seguirá hasta el año que viene en el que, esta vez sí, vamos a darlo todo.

Pero tampoco estoy dispuesto a esperar tanto, y a poco que mejoren las cosas espero poder anunciar en breve la presentación de la nueva edición de Sanguijuelas para mayo o junio, más presentaciones en septiembre y octubre y, quizá, hacer acto de presencia en el próximo Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Sitges.

Pero ya hablaré de eso cuando llegue el momento. Por ahora, prefiero centrarme en esta semana de Sant Jordi en la que voy a publicar un comentario diario con alguna que otra sorpresita.

Y es que, como se podría escribir en alguna pancarta revolucionaria: «Nos podrán quitar las firmas, nos podrán quitar las ventas. Pero no nos podrán quitar la ilusión».

Mañana más...

Visto en Netflix: DE AMOR Y MONSTRUOS

Dirigida por Michael Matthews  y con guion de Brian Duffield, surgido de la saga Divergente pero autor también de The babysitter o Underwater, De amor y monstruos es una entretenida película que juega a mezclar géneros aprovechándose de todos sus tópicos pero sin caer con torpeza en ellos.

Ya el arranque, contado mediante una estimulante sucesión de ilustradores, deja las cosas claras de por dónde van a ir los tiros: un meteorito gigante anegada a la Tierra y la única solución parece ser enviar un montón de misiles para destruirlo sin contar con que ello iba a provocar una lluvia radioactiva que mutará a los seres de sangre fría en terribles y peligrosos monstruos, provocando que apenas siete años después los pocos supervivientes deban malvivir escondidos en búnkeres y cuevas.

En esas se encuentra Joel, un joven incapaz de enfrentarse a las criaturas que un buen día decide aventurarse al peligroso mundo exterior para ir en busca de su novia Aimee, que se encuentra en otro campamento a apenas ochenta millas.

Dicho así, uno podría esperarse una aventura tontorrona del género young adult, sensación incrementada por el hecho de que el protagonista, Dylan O'Bryen, sea recordado principalmente por haber liderado la saga de El corredor del laberinto. Además, todo lo que lo mueve es su amor por el personaje al que da vida Jessica Henwick (Iron Fist, Defenders), lo que invita además a pensar en un desenlace acaramelado y poco realista.

Sin embargo, y este es el principal mérito del film, esconde de fondo una historia dramática que ayuda a dar peso y empaque a los personajes, sobre todo si de Joel, lo que la convierte en una película mucho más adulta de lo que cabría esperar.

Y eso teniendo en cuenta que tampoco parece querer robarse sensual en serio a sí misma, d manera que las situaciones de humor se acumulan, consiguiendo un contraste algo peligroso pero que funciona en todo momento.

Eso, sin olvidar que estrenos sobre todo ante un filme de aventuras que parece sacado de alguna novela de Julio Verne pasado por el filtro de John Hugles.

Los efectos visuales son de primera, no en vano están nominados al Oscar, aunque se echa en falta un presupuesto más generoso para poder abusar más de ellos (no siempre se siente el peligro que se supone que corren los protagonistas) o poder adentrarse en las ciudades, aunque la inducción puesta lo comprueba con creces. Lástima no haberla podido disfrutar en pantalla grande, pero me temo que es una consecuencia más de los tiempos que corren.

En resumen, película muy entretenida, que ofrece más de lo que uno podía esperar a simple vista, y que contiene algunos personajes (estoy pensando en concreto en Clyde y la niña, que se merecerían su propio spin-off) para el recuerdo.

 

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 18 de abril de 2021

Visto en Netflix: PATRULLA TRUENO

Siguen proliferando películas de superhéroes de todo tipo. Es ya una moda que no tiene visos de terminar y es lógico que aparezcan sin productos inspirados de ellas. Las hay de todo tipo y corte y la comedia no era una excepción. De hecho, Superhero Movie data ya del 2008. El caso que nos ocupa, Patrulla Trueno, no es, sin embargo, una burda parodia de los universos de Marvel y DC, siendo más bien otra vuelta de tuerca de la comedia de acción tal y como hiciera Un espía y medio, El espía que me plantó, etc.

Sin embargo, y aun siendo una película simpática y con algún momento divertido, la película cuenta con varios problemas, empezando por su propio director.

Ben Falcone, que en esta ocasión se encarga también de firmar el guion en solitario, parece confiar demasiado en la comicidad de Melissa McCarthy, esforzándose bien poco en hacer que será el guion quien provoque la comedia. Es como si todo girara alrededor de la actriz, que no por causalidad es también su mujer, haciendo que la supuesta dupla que esta forma con Octavia Spencer quede muy deslucida, dando a la segunda un rol más secuestro del que debería. Además, aun entendiendo que esto es una confería simplona a la que no hay que buscarle tres pies al gato, los agujeros de guion son, en ocasiones, difíciles de pasar por alto, lo que también incómoda el disfrute de la obra.

Al final, y entendiendo que la simpleza de la acción se debe más a temas presupuestarios que a otra cosa, lo que queda es una comedieta funcional con algún hallazgo interesante pero sin demasiada enjundia.

 

Valoración: Cinco sobre diez.

Visto en Movistar: VICIOUS FUN

Rebuscando entre los estrenos de Movistar me he topado con una simpática película canadiense que, por sus aspiraciones, difícilmente tendrían cabida en una sala de cine convencional. Pero la plataforma de Telefónica parece estar acostumbrándose a recoger todo lo que pasa por Sitges y trata Vicious fun es la última prueba.

Fechada en el 2020, la película cuenta con un grano y una textura que evoca directamente con el cine de los ochenta, pero sin buscar ese elemento nostálgico tan saturado últimamente. No hay por aquí chavales en bici hablando por walkie talkies, para que me entiendan, pues no se trata de recuperar el espíritu de la Amblin, sino del cine de videoclub algo más marginal con reminiscencias al estilo Carpenter.

Joel es un chaval que escribe críticas de cine para la revista que da nombre al film que, encaprichado de su compañera de piso decide seguir a escondidas a su turbio novio para acabar metiéndose, literalmente, en la boca del lobo.

Una reunión de psicho killers de diversa índole dará pie a una orgía de sangre que, sin giros de guion demasiado memorables, cumplen como entretenimiento para los amantes del género.

Entretenimiento con salsa de tomate que funciona como un quién es quién del manual del psicópata.

 

Valoración: Seis sobre diez.

Visto en Netflix: SKY ROJO

Aunque tengo pendiente aún White line, esperaba con ganas la buena propuesta de Álex Pina al frente de su productora Vancouver, aunque debo reconocer también ciertos recelos tras la flojita despedida de la serie Vis a vis con esa especie de spin off deslucido que fue El Oasis y dejándome cierta dejación de vacío la cuarta temporada de La casa de papel, en la que, aparte de cierta muerte que no voy a comentar por si alguien la tiene pendiente, da la sensación que ni sucede nada que haga avanzar la trama.

A priori, Sky rojo parece casi una gamberrada, un producto que bien podrían haber partido tras una noche de copas Quentin Tarantino y Robert Rodríguez, como si «Las Novias» fuese una suerte de «La teta enroscada» cambiando el desierto mejicano por el de Tenerife. Además, el extraño formato de apenas media hora de duración propicia que sus ocho episodios se devoren en un santiamén.

Y es que el argumento no puede ser más tarantiniano. Tras una discusión en un club de carretera tres prostitutas hieren de gravedad al dueño del mismo y matan por accidente a la Madame, por lo que deben emprender una huida sin mirar atrás para salvar sus vidas. Nada demasiado relevante si no fuese por la controversia que ha creado por la supuesta exaltación del proxenetismo, con discursos que parecen defender e incluso elevar la traza de blancas. Naturalmente, no hay ninguna intención por parte de Pina y sus colaboradores en ello, pero como siempre hay gente incapaz de diferenciar al autor del personaje.

Si hay en Pina una intención de buscar la polémica (o por lo menos el escandalizar) con el uso (y abuso) de escenas y conversaciones subidas de tono más explícitas de lo que estrenos acostumbrados a ver en una serie como esta y que tampoco necesita para reflejar lo que intenta explicar. Más cuando en algunos momentos tiene un toque de comedia que choca de frente con ello.

Soy ya perro viejo y difícil de escandalizar, por lo que las provocaciones de Pina no me han afectado tanto como la dificultad para simpatizar con las chicas protagonistas, cuya huida hacia delante en su rol de vitrinas tampoco me sirve para justificar ciertas decisiones que roban por el camino, amén que viendo sus personalidades sólo la Gina interpretada por Yani Prado puede aspirar a robarle el corazón al espectador.

Así, Sky rojo es una cafrada muy divertida por momentos pero que deja una ligera sensación de ir de más a menos. Tal y como comentaba al respecto de Godzilla vs. Kong, el guion es ridículo hasta decir basta, pero no es motivo para no disfrutar de esta mezcla de sangre, sexo y humor que sólo recibía cuando aspira a ponerse algo sería. Si me molesta algo cuando Pina tiende a repetirse, fotocopiando situaciones de otras producciones suyas.

De nuevo coitos interrumpus al final de la temporada, pero al menos esta vez los nuevos episodios están a la vuelta de la esquina. Será entonces cuando podamos comprobar su la cosa llega a buen puerto o nos dejan con las ganas mediante otro cliffhanger demoledor y si la incorrección política se mantiene o Pina se deja domar por las masas furibundas.

Cine: GODZILLA VS. KONG

Aunque seguimos acordados por la pandemia y las restricciones, las aguas, en algún momento, debían regresar a su cauce. En el mundo del cine así empieza a ser, y ya están llegando algunos estrenos gordos que sin duda arrastrará a muchos otros. Más teniendo en cuenta el éxito de taquilla que está siendo Godzilla vs. Kong.

Estrenos ante la cuarta película ya de ese universo compartido creado por Warner (de la mano de Legendary) al que han llamado Monsterverso y que al menos está demostrando más coherencia interna que su DCEU superheroico.

Es curioso, sin embargo, que Warner esté siente perseguida por las reacciones más opuestas, pues si hay muchos que opinan que la saga va claramente en decadencia, otros tantos son los que lo ven radicalmente a la inversa.

Sin creer que ninguna de ellas sean para lanzar cohetes, me ayudó más a la segunda corriente, ya que no conecté demasiado con el Godzilla de Gareth Edwars, Kong: la isla Calavera de Jordan Vogt-Roberts me interesó pero la noté algo carente de alma y sólo Godzilla: rey de los monstruos de Michael Dougherty supuso un claro paso atrás en una saga en la que no tenía demasiada fe ya.

Sin embargo, Godzilla vs. Kong, sin ser gran cosa, al menos da lo que ofrece: puro rock'n'roll. Cierto es que si logramos la calidad fílmica es el trabajo de Edwars quien tiene una fotografía más lúcida, pero a cambio del peaje de ser tremendamente aburrida. Este capítulo aparentemente final es un buen espectáculo entre dos bestias pardas dándose de leches, que es lo que uno espera ver en un título así, con escenas luminosas y unos efectos de primer nivel.

Ya ganó enteros el proyecto cuando se supo que Adam Wingard iba a ocupar la silla de director. Pese a la decepción que supuso Blair Witch, su carrera está plagada de películas interesantes, desde la divertida The guest hasta las estimulantes Tú eres el siguiente o Death note, sin olvidar sus aportaciones a las antologías de VHS o The ABC of terror. El Godzilla vs. Kong Wingard contiene todas sus filias y excesos, resultando ser lo más parecido que puede haber a un blockbuster de autor. Visualmente es espectacular y luminosa y consigue que la rivalidad entre los dos monstruos sea creíble y hasta contagiosa (en el cine había gente haciendo equipos, como sucediera en el Civil War de Marvel), y el ritmo avanza sin que las diferentes subtramas se molesten entre ellas demasiado. Aquí se encuentra otro punto de discrepancia entre críticos: unos echan en falta más profundidad en los personajes reales; a otros casi les molesta. El propio Wingard zanja el debate señalando que de haber otra película más está debería carecer totalmente de personajes humanos. Yo, por mi parte, pese a lo planos que son, los prefiero a los rostros atormentados y cargados de angustias de las dos Godzillas anteriores. La cuestión es que su única finalidad es hacer que avance la trama entre pelea y pelea, y en ese sentido lo hacen correctamente.

Ojo, me estoy refiriendo a la trama, porque el guión es otra cosa. Ahí sí que la película es un completo disparate (algo que ya se intuía desde que en Kong: la isla Calavera se introdujo el concepto de la Tierra Hueca), con situaciones absurdas, y tempos narrativos irrisorios. Todo es un completo sinsentido pero, al no tratar de tomarse en serio a sí misma en ningún momento y jugar a homenajear a los clásicos japoneses, tampoco llega a molestar. Todo es cuestión de dejarse el cerebro fuera del cine y no darle muchas vueltas.

Y la cuestión final es: ¿será esta la última película del Monsterverso? A priori todo parecía indicar que sí, y ese es precisamente el motivo por el que no se ha incluido ninguna escena postcréditos, más a tenor de las disputas legales entre Legality y Warner, pero el vista del éxito que está teniendo mucho me extrañaría que no se profundizara más en esa Tierra Hueca. La clave es si alguien se va a molestar en analizar si el éxito es derribado de la propia película o de la situación que vivimos, demostrando que la gente tiene muchas ganas de cine. Pero no sé si mis de Warner estarán por la labor de tan concienzudos análisis. Es como si intentaran aceptar que las decepcionantes cifras de Tenet y Wonder Woman 84 se debieron al covid y no a que sin una patata de películas.

 

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 11 de abril de 2021

Visto en Movistar: BECKY

Becky es una de esas películas festivaleras que tanto gustan en Sitges y que, ante la imposibilidad de destacar en cartelera frente a otros títulos «serios», tienen una segura vida en plataformas como Movistar.

Si quisiera ponerme dramático, podréis decir que la película trata de cómo una niña debe hacer frente a la muerte de su padre y al trauma que le supone aceptar que su padre haya seguido adelante, encontrando incluso un nuevo amor para sustituirla.

Siendo más simplista, podría decir que estamos ante una buena oportunidad para comprobar cómo Kevin James, mascota habitual de Adam Sandler, es capaz de enfrentarse a un registro serio. Nada más y nada menos que transformándose en un supremacista nazi, al más puro estilo American history X.

Y, por descontado, podernos analizar el trasfondo social que hay tras un grupo de ex-presidiarios racistas que luchan, de una maceta muy especial, por la pureza de la raza.

Pero dejémonos de tonterías. Esto, en realidad, es un home invasion en toda regla ampliado a una zona boscosa, con una niña enfrentándose a todo un grupo de adultos asalvajados como una Macaulay Culkin desatada cualquiera.

Con Lulu Wilson (vista en Annabelle: Creation o La maldición de Hill House, por ejemplo) dándolo todo y Joel McHale en plan estrella de lujo, la película, dirigida por Jonathan Milott y Cary Murnion es otra de esas orgías de sangre y desmembramientos desenfadada y divertida a la que tengo que reprochar algún momento censurado oscuro en su tramo final que desluce algo del gore.

James da directa suelta a su locura como pocas veces tiene oportunidad de hacer y el resultado, como otros títulos recientes concentrados por aquí, es una cargada de humor muy negro que satisfará nuestros instintos más salvajes siempre que dejemos el cerebro (y el estómago) lejos del televisor.

 

Valoración: Seis sobre diez.

viernes, 9 de abril de 2021

Visto en Movistar: SPUTNIK

¿Recuerdan Life, aquella simpática película de ciencia ficción/terror de Daniel Espinoza que con claras influencias del Alien de Ridley Scott protagonizaron Jake Gyllenhaal, Rebecca Ferguson y Ryan Johnson? Al final de la misma (ojo, spoiler) una nave espacial con un solo tripulante regresaba a la Tierra con un amenazador alienígena en su interior.

Pues sin tener una relación directa, Sputnik podría presentarse como una secuela espiritual de la misma, en clave soviética, eso sí.

Dirigida por Egor Abramenko, que debuta en esto de la dirección, la película narra como una doctora poco ortodoxa en sus métodos es reclutada para diagnosticar a un astronauta recién llegado del espacio que esconde un secreto en su interior: la simbiosis con un ser alienígena.

Hay muchas cosas que reprocharle a la película, como la multitud de tópicos que reúne, desde el uso de un personaje que parece sacado de cualquier novela (o película basada en alguna de ellas) de Michael Crichton como la revelación de las intenciones finales del villano de turno, tratando de convertir la amenaza extraterrestre en un arma para su propio provecho. Sin embargo, el hecho de ser una pequeña producción rusa en lugar de un pretencioso blockbuster hollywoodiense hace que sea más fácil probarlos y dejarse llevar por una historia que funciona relativamente bien, consiguiendo una buena dosis de intriga en su primer tramo, haya que se descubre el pastel, y cumpliendo en su desenlace. Abramenko demuestra un buen ritmo narrativo y sabe sacar oro del reducido presupuesto, consiguiendo unos efectos visuales vistosos aunque pagando el peaje de tener que abusar, en ciertos momentos, de escenarios demasiado oscuros. Además, en lugar de caer en la complacencia política, Abramenko hace una crítica nada sutil a la no tan lejana ideología soviética regando su historia de ocultaciones y secretos por parte del gobierno y elevando la figura del «héroe de la madre patria» al más absoluto ridículo.

También merece destacarse la labor de Oksana Akinshina, actriz que se ha dejado ver por algún título de la saga Bourne y que soporta bien que caiga sobre sus espaldas casi todo el peso de la película.

En fin, entretenida propuesta a la que no se le debe exigir demasiado y que, si uno está dispuesto a aceptar la conducción, puede dar para una buena tarde de evasión.

 

Valoración: Seis sobre diez.

Visto en Amazon Prime: EL REY DE ZAMUNDA.

Ya hace casi dos años que me quejé de que la falta de ideas en Hollywood había propiciado una nueva moda: la de las secuelas tardías. Tras ver cómo regresaban los protagonistas de Dos policías rebeldes, Zombieland, Terminator o se buscaba una nueva generación con las secuelas más o menos directas de El resplandor, Jumanji o Mad Max, hace apenas unas semanas Sasha Baron Cohen resucitada a su Borat para Amazon y es precisamente la misma compañía quien trae de vuelta (quizá animados por la sensación de rehabilitación que supuso Yo soy Dolemite) al príncipe de Zamunda al que dio vida Eddie Murphy (y sin nos queda por ver el regreso de Bill y Ted, Cazafantasmas, Matrix y Arma letal, como poco) en una secuela con la que en España no se han complicado mucho la vida y han llamado El rey de Zamunda.

El tiempo no pasa en vano y el príncipe ahora es rey. Para la ocasión, la productora ha querido dictar con los mismos guionistas que en 1988 propiciaron uno de los mejores éxitos comerciales de Murphy (una película tan aplaudida como, posiblemente, sobrevalorada). Sin embargo, la fórmula no es infalible si, además, carece de su principal elemento, el arte de John Landis tras las cámaras. Icono de la comedias ochentera, Landis no era infalible (curiosamente su película más celebrada -Un hombre lobo americano en Londres- no es una comedia propiamente dicha, mientras que fracasó en su intento de revitalizar la carrera de Stallone tal y como su coetáneo Ivan Reytman hiciera por Schwarzenegger).

Con Craig Brewer a los mandos (director precisamente de Yo soy Dolemite), la efectividad no parece garantizada, más cuando los guionistas parecen empeñados en repetir esquemas y conseguir que la bis cómica de Jermaine Fowler no es la misma que la del Murphy de antaño y la historia romántica resulta forzada y poco creíble.

Precisamente son las relaciones entre los personajes, con una evolución antinatural, de lo peor del film, mientras merecen ser destacados los pocos momentos en que Murphy (algo lastrado por la seriedad obligada del guión) puede desatarse así como la hilarante participación de Wesley Snipes, otro escurrir maltratado por el destino y sus propias decisiones.

Sin embargo, ya sea porque las feroces críticas que la destrozaban me habían desalentado o por ser más transigente con las películas de plataformas que con los estrenos de cine (quizá sea por la diferencia de inversión, que por algo soy catalán), el caso es que me he divertido más de lo que esperaba, más contrabajo con que no tengo tan mitificada la película original, con lo que encontré un lastre menos.

En fin, otro entretenimiento pasable si conseguimos aprender a no pedirle peras al olmo.

 

Valoración: Seis sobre diez.

Lecturas: MARVEL ZOMBIES: RESURRECCIÓN

Hace ya más de quince años que Mark Millar, cuando se dedicaba a escribir buenas historias para las dos grandes editoriales de cómic americanas en lugar de centrarse sólo en su propio universo (y de paso crear lucrativas franquicias cinematográficas), creó una tierra alternativa donde los héroes de Marvel habían caído en manos de zombies hambrientos de carne en busca de nuevos mundos por devorar. Fue en la colección de Ultimate Fantastic Four y causaron tal sensación que dieron pie a una serie de historias en formato de series limitadas llamadas, inequívocamente, Marvel Zombies. Tal fue el impacto mediático que incluso asomaron brevemente la cabeza por el MCU, mediante la pesadilla alucinógena de Spider-Man: Lejos de casa.

Editadas en España en formato tomo, cada entrega aumentaba el desinterés con respecto a la anterior, bien porque las ideas parecían agotadas, bien porque la impactante muerte de los héroes propiciaba que al final sean personajes secundarios quien deban resultar protagonistas (y si son secundarios, por algo será). Al final, lo más interesante eran las portadas que homenajeaban, en versión muerto viviente, portadas clásicas de la editorial. Y así se mantuvieron hasta, aparentemente, pasar a la historia.

Marvel Zombies: Resurrección no había despertado para nada mi interés, más cuando hacía años que no se publicaba nada relacionado con el tema, pero tener a Spider-Man como protagonista principal me obligaba como mínimo a echarle un vistazo. Y mi sorpresa fue mayúscula. La nueva mini serie estaba totalmente desligada del universo alternativo creado por Millar y continuado luego por Robert Kirkman (sí, el de The walking dead), Fred Van Lente y compañía, funcionando como reboot y dejando las puertas abiertas a posibles continuaciones.

Escrita por Phillip Kennedy Johnson y con dibujos de Leonard Kirk, la serie es una nueva cuenta de tuerca al tema de siempre, superhéroes infectados por el virus zombie, y no rehuye de referencias muy reconocible, como la saga cinematográfica Alien o los universos distópicos que pueden recordar a las derivaciones de las últimas Secrets Wars o a la saga de El viejo Logan. Sin embargo, Johnson y Kirk saben imponer un ritmo endiablado y adrenalítico que hace imposible abandonar la lectura a mitad del tomo, consiguiendo un entretenimiento de primera.

Quizá el gran mérito sea contar precisamente con el bueno de Peter Parker como eje central, ya que es un personaje abonado al drama y la necesidad de hacerse cargo de los hijos de Red y Sue Richards es muy acorde con su sentido de la responsabilidad. Así, la rotura de canon propia de este tipo de eventos se ve compensada con unos personajes muy reconocibles con los que es fácil empatizar.

Por eso, pese a pisar territorios ya conocidos, Marvel Zombies: Resurrección resulta una lectura estimulante y fresca, capaz de divertir y emocionar a la vez y que permite tener fe en un producto que parecía agotado.

Visto en Movistar: LA CAZA

Hay una serie de películas que siempre serán recordadas por haber sido de las primeras valientes en haberse estrenado tras el estado de alarma de 2020, cuando éramos tan ilusos de pactar que esto de la pandemia ya estaba quedando atrás. Son películas que, sin embargo, apenas tuvieron visibilidad, en una época donde la gente aún tenía miedo de salir a casa, los cines no tardarían en volver a cerrar y Santiago Segura era el único que se las apañan por recaudar algo de dinero.

La caza es una de esas películas, un guion que en circunstancias normales quizá ni siquiera hubiese pasado por salas, ya que su factura es más propia de festivales como el de Sitges que de salas de estreno.

Sorprende, sin embargo, encontrarse nombres bastante conocidos en sus créditos, como Hilary Swank, Emma Roberts o Ike Barinholtz, pero sin duda el más llamativo es el de Damon Lindelof, que figura como guionista y productor. Lindelof, que fue odiado por las masas por firmar el final de Perdidos y el libreto de la defendible Prometheus pero que posteriormente se reconcilió con el fandom gracias a las series de The leftovers y, sobretodo, Watchmen, parece haberse rondado este trabajo como un ejercicio de relajación tras habrá carga emocional. Quién sabe si el guion de La caza surgiese durante una noche de borrachera con Nick Cuse, el otro guionista, pero este empacho de sangre y vísceras parece más una broma pesada que un trabajo de tan reconocido escritor.

Y el caso es que la gamberrada les ha salido bastante bien, las cosas como son.

El tema de la caza de humanos no es novedosa en el mundo del cine desde que en 1933 El malvado Zaroff abriera la veda. Tema recurrente usado generalmente para reflejar la vileza del ser humano o la diferencia de clases, podernos recordar títulos como Blanco humano, con Van Damme en su máximo apogeo, La presa, o, sí mezclamos géneros, Perseguido o Noche de bodas. Si a ello le añadimos el detalle de que todo arranca con un grupo de desconocidos sin aparente relación entre sí que tras ser drogados despiertan en un lugar desconocido, podemos recortar sagas de terror como Saw o Cube. Y algo de todo ello hay por aquí.

Así que se podría decir que no hay nada nuevo bajo el sol, por más que Lindelof y Cuse se esfuercen en ofrecer unos cuantos giros de guion bastante sorprendentes (sobre todo respecto a la falta de un protagonista claro en su primer tercio), pero aunque rascando mucho se podría encontrar algo de crítica social, lo que parece evidente es que ellos se han divertido mucho escribiendo este guion, y con ello consiguen traspasar la pantalla y conseguir que el espectador se divierta mucho también.

Es una película cafre y excesivamente sangrienta, desde luego, pero ese es precisamente su encanto, un festival de mamarrachadas recital, filmadas con gran dinamismo por Craig Zobel, y que resulta ideal para pasar un diminuto por la tarde rodeado de amigos alrededor de un bidón gigante de palomitas.

 

Valoración: Siete sobre diez.