miércoles, 17 de octubre de 2018

Sitges 2018: HIGH LIFE

Parecía que iba a empezar bien la maratón que suponía la traca final del Festival de Sitges con el estreno de High life, de Claire Denis, protagonizada por Robert Pattinson, ese actor que parecía condenado a vivir siempre a la sombra de Crepúsculo y ha terminado convertido en actor de culto del cine indie y presencia casi fija en Sitges.
La película cuenta la historia de un grupo de convictos a los que se les da la oportunidad de realizar una compleja misión espacial: viajas hasta los límites de un agujero negro en busca de una fuente de energía alternativa para la Tierra a la vez que aprovecharán el tiempo que dura la travesía para someterse a extraños experimentos sexuales. No es difícil suponer que con un planteamiento así la película va a ser extraña y perturbadora, con un ritmo lento y angustiante que puede recordar por momentos al Under the skin de Johathan Glazer, más interesada en la reflexión y el misticismo de sus imágenes y silencios que en la propia ciencia ficción.
De hecho, si nos ponemos exigentes, poco de ciencia hay en una película que, de no tratarse de una metáfora pura y dura, no tendría ni pies ni cabeza, empezando por esa nave estructuralmente absurda y que, al parecer, se pilota sola.
Denis pretende invitar al espectador a realizar un ejercicio de interiorización muy intenso, y por momentos lo consigue, pero se descompensa demasiado en lo excesivo de algunas escenas, deambulando entre lo desagradable y lo ridículo, con un erotismo muy extremo, y obliga a ese espectador a que se fuerce por entrar en su juego, por abrazar sus ideas con los ojos cerrados y se entregue a la película sin complejos ni miramientos. Y cono eso se corre el peligro de que, como en mi caso, no se consiga conectar. Por ello, desde mi punto de vista, High life termina por resultar pedante, apuntando a que la Denis se gusta demasiado a sí misma y se entrega más a la forma que al fondo y presenta una película que, pese a sus buenos intérpretes, resulta insufriblemente aburrida. Ni el juego de los saltos temporales, que insinúan un ligero toque de intriga, logran apasionar un producto que parece no ir a ninguna parte y que no puedo definirlo de otra manera más que tedioso.
Provocativo y, por momentos, hipnótico, pero tedioso, al fin y al cabo.

Valoración: Cuatro sobre diez.

SITGES 2018: PALMARÉS


Se terminó una edición más del Festival internacional de Cinema Fantàstic de Sitges, un festival que nació siendo un referente del frikismo más aterrador y que ahora está cada vez más volcado en el fantástico que en el las masacres sangrientas de antaño.
Dicen que esta edición, la número 51, ha sido de las mejores de toda su historia. No seré yo quien lo niegue, ya que como he comentado en otras entradas mi paso por Sitges este año ha sido casi anecdótico y no he visto ninguna de las películas galardonadas, pero lo que sí es una realidad es que alguno de los estrenos más sonados, como SuperLópez o ese nuevo Halloween, han decepcionado a la crítica. Tampoco parece que Clímax, de Gaspar Noé, que se ha llevado el primer premio, haya entusiasmado demasiado, mientras que la presencia de grandes artistas como M. Night Shyamalan, John Carpenter, Peter Weir o Nicolas Cage se han visto eclipsados por tipos como Rubious o el tal Wismichu y esa tomadura de pelo que fue su “no película” Bocadillo.
Polémicas al margen, el caso es que Clímax ha sido elegida mejor película de la sección oficial, mientras que Lazzaro felice, de Alice Rohrwacher se ha llevado el premio especial del jurado y Upgrade se ha quedado con el premio del público.
A nivel individual, Panos Cosmatos ha sido designado mejor director por Mandy, Hassan Majuni ha sido el mejor actor por Pig y Andrea Riseborough se ha quedado con el premio a la mejor actriz por Nancy.
Como ya sabéis, en Sitges se reparten doscientos millones de premios más, pero estos son los más destacados. Podéis consultar el resto de premiados en la web oficial del Festival.
Y hasta aquí lo que ha dado de sí el festival. Insisto, los medios especializados lo han definido como uno de las mejores ediciones. Me esperaré a escuchar los comentarios de podcasters y blogueros. Son más fiables. Al menos, para mí.
A continuación, una breve reseña de las cinco películas que pude ver en la maratón final. Veremos cuantas de ellas llegan a estrenarse en cines y de qué manera.

sábado, 13 de octubre de 2018

Sitges 2018: LA NIT DEL TERROR


Finalmente, los astros se han alineado lo suficiente para que, maratón final aparte (hay cosas que son obligadas), me haya podido dar una vuelta por el Festival de Sitges. Ya dije anteriormente que este año mi paso por el festival iba a ser más anecdótico que otra cosa, y lo cierto es que la espantosa usabilidad tanto de la Web como de la aplicación del festival para el tema de la compra de entradas no es que haya ayudado mucho.
Al final, me he echado la manta a la cabeza y he logrado escaparme lo justo para pasarme por una de esas maratones frikis, las que incluyen piezas que son realmente carne de festival y que ni en broma pasarán por una sala comercial convencional, lo cual era en origen el espíritu de Sitges.
En total, La nit del terror (La noche del terror) la componen cuatro películas y un cortometraje, de los cuales, pues qué queréis que os diga, joyita, lo que se dice joyita, más bien ninguna.

Empezó la noche, tras las presentaciones de rigor, con Lobisome, cortometraje de Juan de Dios Garduño con Jorge Pobes y -enrique Villén en su reparto. Una historia simpática aunque nada original sobre la licantropía que, lamento decirlo, tiene una realización bastante mediocre.

Dead night es una curiosa vuelta de tuerca al tema de las cabañas perdidas en mitad del bosque. Una familia, junto a la amiga de la hija, van a pasar unos días al lugar que se supone que, debido a que está asentado sobre un mineral con alto índice de magnetismo, puede llegar a curar el cáncer del cabeza de familia. Pero la noche se truncará rápidamente cuando encuentren, perdida en medio del bosque, a una candidata al senado de los Estados Unidos.
Estamos ante una película suficientemente gore como para despertar alguna ovación entre el público, por más que los maquillajes dejen bastante que desear. La historia, con unos extraños personajes ataviados con sacos a modo de capuchas, es algo confusa, aunque tiene la originalidad de estar narrada en dos líneas temporales diferentes, una de ellas correspondiente a la recreación que un reality televisivo hizo sobre el suceso una vez consumada la anunciada tragedia.
No es que vaya a aportar nada nuevo al género, pero se deja ver con agrado y mantiene el interés, aunque el intento de lanzar un mensaje de conciencia social no termina de colar demasiado.

Sigue la noche con Incredible Violence, y aquí sí que la cosa se vuelve completamente rara, al menos para mí, aunque puede que fuese la hora y el sueño empezara a hacer ya mella. La historia no deja de tener su gracia: un director de cine se pule todo el dinero que un grupo inversor le ha dejado para hacer una película y, temeroso por las represalias, decide hacer la película matando de verdad a los actores, economizando así todo el tema de los efectos especiales y el maquillaje.
Se trata de una película de metacine que transcurre casi en su totalidad en el interior de un caserón aislado en medio del bosque (¿les suena el concepto?) y es de nuevo un espectáculo de sangre con un toque de humor negro bastante acertado. La lástima es que en determinado momento al guionista se le va la mano con eso de los giros de guion y todo se vuelve demasiado absurdo y desconcertante, pero el resultado final no deja de ser entretenido.

Gonjiam: Haunt asylum es el truño de la velada, la película ideal para echar ligeras cabezaditas que ayuden a sobrevivir al final de la maratón. Dirigida por el coreano Jeong Beom-sik, es una película de esas de cámara en mano con un grupo de chavales metiéndose en un lugar maldito a grabar lo que allí ocurre. Y lo que allí ocurre, como se pueden imaginar, es que todos van a terminar de manera muy chunga. A favor tiene el hecho de que el lugar en concreto, el hospital psiquiátrico de Gonjiam, existe realmente, y tal y como se dice en la película, es uno de los siete lugares más aterradores del mundo según un listado que difundió la CNN. Además, que los protagonistas sean youtubers en busca de fama da un aire más actual al film, aunque pierde la oportunidad de difundir más en la temática social.


En el lado negativo, tiene que es tremendamente aburrida. Los sustos son los de siempre, la cámara en mano hace que no se entienda la mitad de las escenas, los protagonistas no importan demasiado y todo suena a manido. Ciertamente, es una película que ya hemos visto mil veces, con los típicos iconos del terror oriental, que no aporta absolutamente nada nuevo al género. La más prescindible de todas.

Y termina la noche con Christmas blood (Juleblod), película noruega que aspira a imitar a los slashers americanos y que, fuera de festivales de esta índole, no tiene recorrido alguno. La premisa es simple, un tipo vestido de Santa Claus asesina la noche de Navidad. Se supone que siguiendo algún tipo de código moral, pero creo que el guionista pronto se olvida de ese dato. El caso es que en una casa de un pueblo pequeño se reúnen unas amigas para pasar juntas la Navidad, convirtiéndose en carne de cañón para nuestro orondo asesino. Un Papá Noel con un hacha, cinco chicas jóvenes y guapas con ganas de diversión, una extraña pareja de policías (uno obsesivo, el otro alcohólico) y mucha sangre y casquería. ¿Qué podría salir mal?
Efectivamente, esta es una de esas películas a las que no hay que buscarles la lógica por ningún lado. Todo es tan tonto que funciona sin que nadie se haga demasiadas preguntas y las muertes son suficientemente chocantes para despertar al personal y provocar aplausos y jolgorio en el gallinero. ¿Qué importa que el asesino parezca capaz de estar en varios sitios a la vez, que solo mata a gente mala (pese a que en la primera escena asesina sin contemplaciones a una niña pequeña) o que parezca un ser sobrenatural? La única pega (¿en serio he escrito esto?) es que no se profundice en ninguno de los personajes lo mínimo como para darle un rol suficientemente protagonista como para cogerle algo de cariño. En el fondo, todo da igual, Solo es, como dice el título, sangre navideña.

Y este ha sido mi recorrido más casposo por el Sitges de este año. Estaré de vuelta para la maratón final, donde espero algo de nivel tras unos años ciertamente muy interesantes. Mientras, entre el sueño y el agotamiento, me pierdo en las tinieblas de la duermevela con el color de la sangre en mi memoria.
Buenas noches, niños. Y felices sueños...

miércoles, 10 de octubre de 2018

HA NACIDO UNA ESTRELLA


Cuando a Bradley Cooper le ofrecieron protagonizar el remake de Ha nacido una estrella sin duda se planteó cómo enfrentarse al desafío de cantar en la gran pantalla. Sin embargo, cuando Steven Spielberg y Clint Eastwood, los primeros candidatos para dirigirla, se cayeron del proyecto, el desafío fue doble al aceptar dirigirla él mismo, debutando así como realizador.

El papel protagonista, tras barajarse los nombres de Rihanna, Jenifer López o, principalmente, Beyoncé, recayó finalmente en Lady Gaga, que, aunque ya había hecho sus pinitos en esto de la interpretación, era también toda una debutante como protagonista. Y es precisamente ella, lady Gaga, la gran revelación del film. Es habitual que una estrella pop tenga el capricho de actuar, al fin y al cabo muchos videoclips parecen casi cortometrajes, pero lo normal es recurrir a papeles donde su voz sea lo más destacado, como pasó con Whitney Houston en El Guardaespaldas o la propia Beyoncé en Dream girls. En el caso que nos ocupa, sin embargo, pese a interpretar a una cantante, Lady Gaga sorprende por su gran repertorio dramático, consiguiendo una de las mejores interpretaciones del año y convirtiéndose en la verdadera alma de la película.
Ha nacido una estrella no inventa nada nuevo. No solo por ser el tercer remake de un film de William A. Wellman  de 1937, a los que siguieron los de George Cukor en 1954, con Judy Garland, y la de Frank Pierson de 1976 con Barbra Streisand, sino porque el tema del auge y la caída de las grandes estrellas es algo muy del gusto de Hollywood, a quien le gusta ensalzar a sus héroes y pisotear a sus fracasados.
Ha nacido una estrella cuenta la historia de Jackson Maine, un cantante de gran éxito diezmado por un problema de oído y por su adicción al alcohol y las drogas. Sin embargo, cuando conoce a Ally tiene la suficiente habilidad para reconocer su gran talento. Como si de vasos comunicantes se tratara, el éxito de la muchacha se producirá en paralelo a la caída a los infiernos de él.
Evidentemente, esta es una moraleja sobre el éxito y la manera de saber sobrellevarlo, siendo fácil ser tentado por los excesos y la decadencia, pero llama la atención también la lectura crítica hacia la música pop de hoy en día, algo de lo que Lady Gaga es una buena representante (aunque también es cierto que con un estilo bastante personal). Así, mientras por un lado se fustiga a la figura de Jack por sus debilidades, tampoco el camino a seguir por ella sale muy bien parado, a raíz de la transformación de una artista con sentimientos que escribía sus propios temas desde el corazón al juguete de un productor que la convierte en un producto de consumo del montón, sin personalidad ni autenticidad.
Es este doble juego uno de los puntos fuertes de la película, que consigue ser sensible y emotiva sin caer en la ñoñería barata y que, como no podía ser de otra manera, se alimenta de una banda sonora muy efectiva, con un Cooper que lo da todo y la voz prodigiosa de la diva del pop.
Hay por ahí algún secundario de relumbrón, como Sam Elliott o el olvidado Andrew Dice Clay (que sabe mucho sobre la caída de un artista después de probar las mieles del éxito con Las aventuras de Ford Fairlane y quedar después en el olvido), aunque todos palidecen al lado del trabajo de Lady Gaga.
En resumen, pese a que sea imposible que la historia impacte demasiado debido a lo visto del tema, Bradley Cooper hace un buen trabajo como director, y consigue una película muy interesante en la que las más de dos horas de duración se hacen incluso cortas.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 7 de octubre de 2018

VENOM

Como cambian las cosas en tan solo unos meses. Hace apenas algunas semanas esperaba con ganas este estreno, más viendo el tráiler que prometía una versión bastante oscura al personaje y con un look mucho más fiel al que se vio en Spider-man 3. Sin embargo, a medida que se acercaba el momento del estreno las sensaciones eran cada vez más agoreras, con cambios en la sala de montaje para suavizar la violencia, críticas vetadas y Tom Hardy, su protagonista, diciendo que lo que más le gustaba del film se había quedado en la sala de montaje. Así que llegado el momento del estreno mis expectativas estaban más bien por los suelos.
Al final, la cosa no ha llegado a ser un desastre, pero casi. No estamos hablando de una completa basura, como Los 4 Fantásticos de Josh Trank, ni siquiera es tan insuficiente como Catwoman o Elektra, pero tampoco se sitúa muy por encima. De hecho, quitando esos tres casos fragantes, creo que habría que considerarla como una de las peores adaptaciones al comic de los últimos años, más si nos centramos en las dos grandes, Marvel y DC. ¿Recuerdan Daredevil o Green lantern? Pues por ahí van los tiros.

Y es que lo que Sony ha hecho con la película es casi un suicidio cinematográfico. De entrada, porque no se concibe un personaje como Venom (y mira que me fastidia esa manía de no traducir los nombres, tal y como sí sucede en el cómic) sin Spiderman. El personaje no tiene sentido sin el arácnido y por ello en esta película nos encontramos con unas motivaciones que no están nunca demasiado claras. Si en Sony no podían contar con el lanzaredes para su película, mejor que no la hubiesen hecho. ¿Cómo se explica, por ejemplo, el look del personaje? Yo les doy la respuesta: no se explica, y punto.
Luego está el tema de la violencia. Veneno es un antihéroe, un ser que transita por la delgada línea entre el villano y el héroe, y por ello necesita un punto de oscuridad en sus acciones. Lo mismo que Deadpool, con quien Fox sí se atrevió a hacer lo que aquí no. O de Lobezno, cuya última película, Logan, la única que apuesta por ello, es la mejor de la saga. ¿Se imaginan un Punisher con censura? ¿O un Motorista Fantasma con tono familiar? Bueno, la verdad es que sí. Ya lo hicieron, y así les quedó. Sumen estos dos personajes a la lista de desastres, por favor...
Lo de Venom es casi más grave, pues muestran un quiero y no puedo. El tipo arranca cabezas de cuajo, pero todas fuera de plano y sin que se vea ni una gota de sangre. Casi se diría que rodaron las escenas y luego se eliminaron de la sala de montaje, y prueba de ello son los momentos incongruentes de guion o las tramas que avanzan a saltos, sin que veamos ciertas explicaciones en pantalla.
Así que desde este punto de vista, Venom es un desastre total, con un guion insuficiente y cobarde, unos personajes planos (solo Eddie Block tiene algo de trasfondo) y un solo actor, Hardy, que merezca ser mínimamente destacado. A su lado hay toda una ganadora del Oscar como Michelle Williams que apenas sirve para hacer bonito. 
A eso, hay que sumarle una dirección muy deficiente, donde la oscuridad no sirve para dar un tono más serio al personaje sino para hacer más confusas las escenas de lucha, con unos antagonistas que no dan la talla y siguiendo el esquema ya muy manido de poner un villano como la contrapartida oscura del héroe (algo que después de verlo en Iron Man contra Iron Monger, Hulk contra Abominación o Ant Man contra Chaqueta Amarilla ya cansa un poquito), algo especialmente absurdo cuando ya el héroe debería ser una contrapartida oscura de Spiderman y que hace que no me interese en absoluto la secuela que aspiran a hacer por prometer más de lo mismo. Y si encima todo se reduce a escenas de lucha por ordenados muy mal filmadas, pues mejor pasar página...
Último detalle: el humor. Venom no tiene humor. No es una película cómica. O no debería serlo. Pero la gente se reía en muchas ocasiones. Y cuando la gente se ríe en una película sin chistes, la cosa no puede ser peor. Todos los diálogos internos entre Eddie Block y Venom son de traca y, para no rasgarse las vestiduras, lo único que se puede hacer el resignarse y apuntarse al coro de risas que entristecen aún más el resultado final.
Para colmo, y esto no es solo culpa de la peli, sino también de su poco sentido de la oportunidad, una de las escenas supuestamente más espectaculares trata sobre una larguísima persecución que los malos, en coche, hacen sobre el prota, que va en moto. ¿Tienen fresca la persecución de Misión Imposible: Fallout? Pues no hay más que hablar.
¿No hay nada entonces que se pueda salvar de Venom? Pues tampoco es eso. Al fin y al cabo estamos hablando de una película con un tipo poderoso arrancando cabezas a los malos. Y aunque sea fuera de plano, eso siempre mola. Además, el pobre de Hardy, ese actor especializado en personajes a los que apenas se les ve el rostro (Bane, Mad Max, el piloto de Dunkerque) se esfuerza por sacar adelante un papel sin mucho a lo que rascar (ya he dicho que las motivaciones nunca están claras, y tanto él como su alter ego simbionte pasan de un lado a otro de la balanza moral de manera caprichosa). Y al fin y al cabo es una película entretenida. Estúpida y mal hecha, pero entretenida. Y resulta impagable que para el diseño del personaje se hayan basado en la caracterización que en su momento llevaron a Veneno a lo más alto del panorama comiquero de finales de los noventa de las manos de Todd McFarlane y Mark Bagley, cuando el personaje apenas acababa de debutar y parecía que podía molar mucho.
Una de las cosas que en Sony se tendrían que preguntar es: ¿se puede hacer una película interesante de Veneno? Si miramos sus apariciones en cómic, las dudas son razonables. Ha tenido muchas miniseries alejado de la sombra de Spiderman, pero la mayoría muy mediocres. Es un caso de esos en los que la leyenda es más grande que el propio personaje. Así que la respuesta, posiblemente, sea que no, lo mismo que no concibo una película en solitario de Kraven, el Cazador (como se rumoreó durante cierto tiempo) o de Morbius, geniales en la galería de villanos pero sin entidad suficiente para protagonizar sus propias películas.
En vista del desastre potencial que es este Venom (que ya tiene unas críticas nefastas y que, al igual que otro título mediocre por su falta de valentía y calidad narrativa como fue Escuadrón Suicida seguramente hará bastante taquilla), mi consejo para Sony está claro: que se dejen de experimentos y, tal y como hicieron ya con Spiderman (y el éxito fue claro), dejen los personajes de Marvel en manos de Marvel. En el MCU, Veneno puede molar mucho. En el Universo Spiderman sin Spiderman, no.
Eso sí, la escena postcréditos es lo mejor del film. Casi una pequeña obra maestra. Por cierto (y no explico más por no caer en el spoiler), ¿he dicho ya que la escena postcréditos de Venom no tiene nada que ver con Venom?
Pues eso. Una lástima. Otra más.

Valoración: Cuatro sobre diez.

CHRISTOPHER ROBIN

Si miramos los resultados en taquilla de las últimas películas de los Estudios Disney (es decir, dejando de lado las películas Disney que pertenecen a Marvel, Lucasfilm o Pixar), nos encontramos que todas sus producciones originales han sido sonoros fracasos, desde la infravalorada John Carter de Marte que abrió la veda hasta la desastrosa Un pliegue en el tiempo. Por eso quizá la idea de centrarse en actualizar sus clásicos animados en imagen real no sea tan descabellado, y ahí están Maléfica, Cenicienta o La Bella y la Bestia para demostrarlo.
Llega el turno ahora de Christopher Robin, película que recupera a los personajes de A.A.Milner y actualiza al mítico Winnie the Pooh, aunque el protagonismo esté centrado, en esta ocasión, en su amiguito humano, el Christopher Robin del título.
No soy nada conocedor de la mitología de Pooh y sus compañeros, por lo que no analizaré esta película desde el punto de vista de una adaptación, como sí haré con Venom, sino como una película más, dejando de lado la fidelidad con los personajes originales, aunque me consta que ese es uno de los aspectos positivos del film.
Argumentalmente, está claro que Disney no ha querido correr ningún riesgo, y ha repetido con descaro la fórmula que ya usó hace casi tres décadas Steven Spielberg en una jugada parecida al adaptar en imagen real a Peter Pan en Hook. Es decir, el personaje ha crecido, convirtiéndose en un padre de familia que está tan centrado en su trabajo que apenas tiene tiempo para ellos y que, por descontado, ha olvidado el mundo de fantasía de su niñez. Sin embargo, su pasado viene a por él para recordarle quién era y dónde se encuentra el secreto de la felicidad (en la familia, claro, siento haceros el spoiler...)
Christopher Robin es una película muy blanca, que funciona a nivel familiar y que, gracias al buen trabajo de Ewan McGregor y a la comicidad de los muñequetes, sin abusar demasiado con ellos, se hace digerible para adultos y entrañable para los niños. Esto es Christopher Robin y no hay más de dónde sacar. No es que uno se esperara algo de la mala leche de Ted, por descontado, pero siguiendo el ejemplo de otros peluches parlantes no puedo dejar de lamentarme que no siguieran el camino marcado por Paddington y su secuela, que emanaba amor por el cine y un esfuerzo por realizar una película inteligente a la par que infantil. Con Marc Forster a los mandos, en su primer trabajo tras el desastre que le supuso Guerra Mundial Z, la película es correcta y poco más, un producto prefabricado que resume lo mejor y lo peor que puede definir a una compañía como Disney.
Así que, sin pedir peras al olmo, lo mejor que se puede decir de este film es que no aburre, cumple con las expectativas y da, rozando unos mínimos, con lo que promete. Es cine infantil de evasión y ligero adoctrinamiento familiar y poco más.

Valoración: Cinco sobre diez.

OLA DE CRÍMENES

Viendo las primeras críticas negativas de Venom, y ante lo poco que me apetecía el adulcoramiento que esperaba de Christopher Robin, esta era, a priori, la película que esperaba con más ganas de entre los estrenos del viernes, principalmente por la presencia siempre estimulante de Maribel Verdú, ya que me cuesta recordar una película suya de los últimos años que me haya decepcionado (incluso la flojita Fin tenía elementos de interés). 
Sin embargo, una vez vista, Ola de crímenes ha dejado mucho que desear. No porque sea una mala película, sino porque es demasiado simplona y va siempre a lo fácil. Juan Luis Caviaro lo define perfectamente en su comentario para el portal Espinof: es demasiado negra para considerarla una comedia ligera pero demasiado ligera para ser una comedia negra.
Gracia Querejeta vuelve a dirigir a la Verdú tras la interesante experiencia en Felices 140 en una trama desmadrada llena de crímenes y giros de guion imprevisibles, un poco en la estela de títulos como ¿Quién mató a Bambi?, con un reparto espectacular aunque, en la mayoría de los casos, infrautilizado. En el fondo, Maribel Verdú es duela y señora el cotarro y la cámara sólo se centra en ella (quizá en exceso, hasta el punto de que si la película la hubiese dirigido un hombre habría encontrado en ella un evidente toque machista). 
La historia parte del asesinato del exmarido de la protagonista, Leyre (un ejemplo de lo que comentaba del reparto, la presencia de Luis Tosar aquí es casi anecdótica) en manos de su hijo y la cadena de acontecimientos que ello provoca, con policías corruptos, tramas empresariales oscuras (cualquier comparación con el retrato de realidad social de El reino es pura fantasía) y mafiosos e poca monta. Todo es muy delirante, pero a la vez muy tonto, buscando los trucos de prestidigitación en sus trampas de guion que no se molestan en ningún momento en resulta mínimamente verosímiles.
Con ello, el gran trabajo de casting se ve empañado por unos diálogos simples y un guion que no les permite trabajar demasiado sus personajes, con lo que ni siquiera los esfuerzos de Maribel Verdú logran que la película alce el vuelo en ningún momento.
Con todo, dejando las exigencias de lado (si alguien quiere una buena comedia española todavía puede encontrar Yucatán en los cines), la película resulta entretenida, y al menos la puesta en escena de Querejeta es elegante y funcional.
Poco más se puede rascar en una película que posiblemente se olvide rápido y quede como una simple anécdota dentro de la filmografía de sus protagonistas, una broma simpática en una época en que la comedia española merece, por méritos propios, una mayor exigencia.

Valoración: Cinco sobre diez.

sábado, 6 de octubre de 2018

EL REINO

Que Dios nos perdone fue uno de los thrillers más efectivos de hace un par de años. Ahora, Rodrigo Sorogoyen y Antonio de la Torre, director y protagonista de aquella, vuelven a reunirse en El reino, un nuevo thriller pero cambiando la intriga policíaca por la intriga política.
El reino no está inspirada en ningún caso real. ¿O sí? Teniendo sumo cuidado de no señalar a un lado o a otro, o mejor, señalando a ambos a la vez, El Reino puede tener como referencia a cualquiera de los últimos escándalos políticos que han azotado a este país.
Con una brillantez absoluta, De la Torre se mete en la piel de un político de éxito, de esos que se codean con las altas esferas, que les ríe las gracias y que tiene pie y medio en las alturas. Hasta que todo salta por los aires. Se destapa un caso de corrupción y pasa de héroe a villano de la noche a la mañana. Sus antaño amigos lo quieren llevar al matadero y es convertido en la cabeza de turco perfecta. Pero él está dispuesto a tirar de la manta si es necesario para salvar su propio pellejo.
La moraleja de la película está clara: nadie está limpio. Sorogoyen no pretende posicionarse políticamente, sino reflejar una realidad tan despreciable como preocupante, y aunque no sea la primera vez que este tema se trata en el cine español si es esta una de las ocasiones en que se hace con mayor eficacia.
El reino no es una simple película de denuncia. Es un retrato de como funcionan las cosas detrás de los despachos y es, también, una historia de intriga donde su elemento más ficcionado (esperemos), que incluye asesinatos y desapariciones, sirve para mantener la tensión y ayudar a empatizar al público con el personaje de De la Torre. Y es que esto es cine, y para que una película funcione necesitamos un protagonista junto al que sufrir.
Esto no significa, sin embargo, que haya un capítulo de redención para el político en cuestión. Eso del perdón corresponde, como rezaba su anterior película, a Dios. Aquí es la justicia la que debe hablar (si es que se puede creer en ella, que tampoco mucho), y por eso pensar que Manuel López-Vidal, que es como se llama el tipejo en cuestión, no es el gran villano del film sino uno más del rebaño tampoco es un gran consuelo. Así, Sorogoyen lo humaniza, recordándonos que es también padre y esposo, pero eso solo sirve para hacernos bajar las defensas. El mal sigue siendo el mal, y ahí está el personaje de Bárbara Lennie, tan fabulosa como es habitual en ella, para recordárnoslo. Pensando en ello, quizá la única lástima sea pensar que no hay demasiados periodistas como ella en la vida real.
El reino es, en fin, una magnifica película que si bien no nos explica nada que no sepamos sí nos muestra los entresijos de esa realidad con solvencia y eficacia, logrando el gran mérito de destripar asuntos políticos sin caer en ningún momento en el aburrimiento y propiciando una magnífica interpretación de Antonio De la Torre, que se supera película a película.

Valoración: Ocho sobre diez.

HELL FEST

Ya he comentado en una entrada anterior que cuando se anuncia La Fiesta del Cine se suele estrenar un montón de películas en espera de encontrar su huequecito en las carteleras, pero aún así hay estrenos que escapan de mi comprensión. Siendo un habitual del Festival de Sitges estoy acostumbrado a descubrir allí muchos títulos interesantes (entre mucha purria, todo hay que decirlo) que luego pasan desapercibidos en su estreno en cines debido a que suelen estar en muy pocas salas y sin apenas publicidad. Es el caso de títulos tan disfrutables del año pasado como Feliz día de tu muerte, Mamá y Papá, Revenge o Brawl in cell 99 (esta última estrenada directamente en plataforma de streaming). Por eso, que algo como Hell Fest se haya estrenado de forma masiva me resulta desconcertante, algo que quizá tendría alguna justificación en caso de haber coincidido con la fiesta de Halloween, pero es que ni eso...
El caso es que Hell Fest es un título muy apropiado para Festivales de Cine, donde los criterios de satisfacción son mucho más bajos y los plausos que una muerte gratuita producen en la grada suelen ser contagiosos, pero ni allí creo que se hubiese podido sostener algo tan flojo e insustancial como es esta película de Gregory Plotkin que ha sido editor de un montón de buenas películas pero solo había dirigido hasta ahora una de las de Paranormal Activity.
La cosa va de un grupo de adolescentes que va a un festival de terror con la intención de pasar una noche de miedo y risas. No es un festival de cine, sino un evento de laberintos y casas encantadas muy similar a lo que se va a inaugurar cerca de la población catalana de Berga, Horrorland, un parque temático de terror con atracciones donde los actores están autorizados a tocar a los visitantes y que exigen que firmes un consentimiento antes de entrar. 
En este percal se encuentran los protagonistas, típicos adolescentes de hormonas alteradas que se empeñan en separarse uno de los otros aunque ya nos advirtió Wes Craven en Scream que era lo último que había que hacer en un lugar extraño, ignorantes de que un perturbado se ha colado en el evento para cometer asesinatos reales.
Sobre el papel suena muy tópico, pero la puesta en escena es más tópica todavía, cometiendo además el mayor error que una película de estas características puede cometer: aburrir.
La clave está en pretender hacer un producto muy heredero del terror de los ochenta, con referencias a Carpenter muy evidentes, sin querer herir sensibilidades. Así, el exceso de hemoglobina está muy medido y carece del salvajismo que provoca carcajadas en sitios como Sitges y que permite que, ante la falta de calidad de la propuesta, uno al menos disfrute de la cutrería gore de la misma.
Esto, en fin, no tiene ni chicha ni limoná, quedando un pastiche a medio camino de nada que apenas cumple con unos mínimos para interesar al respetable. Eso sí, por lo menos la ambientación está muy bien lograda y hay detalles visuales francamente interesantes, aunque no tanto para llegar a salvar la película. Además, como no puede ser de otra manera, desde la primera escena se puede intuir quien va a sobrevivir y quién no, y como va a terminar más o menos la cosa, así que si alguien quiere pasarlo mal de verdad, que se deje de tonterías como estas y se vaya al Horrorland real.
Igual tiene suerte y se encuentra con un asesino en serie y todo...

Valoración: Cuatro sobre diez.

SEARCHING...

Poco o más bien nada me apetecía esta película cuando supe de ella. No estoy en contra de las nuevas tecnologías,. Y siempre es bueno experimentar en el cine y arriesgar por hacer algo diferente, pero me aburría soberanamente eso de ver una película cuya acción se produjera en su totalidad en la pantalla de un ordenador. Precisamente hace unos días había visto un episodio antiguo de la divertida sitcom Modern Family en la que todo se ve desde el iPad de una de las protagonistas y me pareció un tremendo rollazo.
Sin embargo, había que darle una oportunidad, ya que aun sin ser algo tremendamente original, lo precedentes no era malos del todo. Open Windows, de Nacho Villalongo, era tramposa y regulera, pero tampoco estaba mal, mientras que Eliminado conseguía crear una historia de terror mucho más efectiva que las tontadas de turno (sí, me refiero a La Monja y sus compañeros de juego) utilizando para ello simplemente la interfaz de una sala de chat.
Searching..., sin embargo, va más allá y, aun haciendo alguna que otra trampa (hay momentos en que con la excusa de dejar la cámara de skype encendida vemos al protagonista haciendo cosas alejadas del ordenador, como hablar por el móvil), consigue transmitir una historia de suspense empleando para ello todos los recursos visibles desde la pantalla de un ordenador.
La clave de que Searching... sea una gran película, más allá del ingenio de saber dar forma a una historia explicándola únicamente mediante recursos informáticos, está en que cuenta con un guion de verdad, bien elaborado y que, en una historia narrada tradicionalmente, habría funcionado igual de bien.
David Kim es viudo y su hija adolescente es lo único que le queda. Por eso, cuando ella desaparece sin dejar rastro cree enloquecer y, ante los pocos resultados que la investigación policial parece prometer, decide buscarla por su cuenta, siendo el ordenador de su hija su única herramienta para ello. Llegados a este punto, conviene destacar la fabulosa presentación de los personajes y de su historia, en un inesperado homenaje al arranque de Up que consigue ser casi igual de emotivo.
A partir de ahí, el debutante Aneesh Chaganty se las apaña para componer una historia de intriga que, pese a las limitaciones visuales, consigue un buen desarrollo de personajes que ayudan a empatizar con el sufrido padre, siendo la película, por ello, un buen drama. Hay tiempo, incluso, para una mirada critica a los medios de comunicación, que tan pronto convierten al protagonista de héroe a villano o viceversa, aunque, puestos a ser un poco exigentes, se echa en falta algo más de crítica hacia el abuso de las redes sociales. Solo al principio se intuye la soledad de la protagonista pese a los cientos de amigos virtuales que puede tener y a la ausencia de personalidad (de identidad, incluso) que las redes ofrecen, pero el mensaje parece diluirse a medida que avanza la trama.
En resumen, una interesante historia de intriga con una original manera de ser narrada que, en contra de lo esperado, no resulta nada cargante.

Valoración: siete sobre diez.

MILLA 22

La colaboración entre el director Peter Berg y el actor Mark Wahlberg ha dado ya para cuatro películas: El último superviviente, Marea negra, Día de Patriotas y la que nos ocupa, Milla 22. 
Después de indagar en las tres anteriores en tres historias basadas en la realidad, Berg opta en esta ocasión para inventar un relato de tensión y derroche de adrenalina sobre un comando de tipos duros nada agradables (la antipatía que puede despertar algunos de los supuestos héroes recuerda en algo al Sabotage de David Ayer con Schwarzenegger) capitaneados por un Wahlberg con más cara de agrio de lo habitual. A su alrededor, alguna que otra cara conocida, como Lauren Cohan (Maggie en The Walking Dead), Ronda Rousey, John Malkovich (el más desaprovechado de todos) y un Iko Uwais que debe estar algo comedido para no robar todas las escenas de acción (baste con recordarlo en The Raid y su secuela).
Lo mejor de la película es su acción desenfrenada, que provoca momentos de verdadera tensión en una carrera contrarreloj con un desenlace a tiempo real y que es heredera de la última película de Richard Donner, 16 calles. Como en aquella, los protagonistas deben recorrer una distancia (las 22 millas del título) con un tipo al que deben proteger y que todo un país (de nombre indeterminado, no vayamos a ofender a alguien) quiere ver muerto.
En el lado negativo, hay que poner el escaso desarrollo de personajes, planos y arquetipos, al que unos diálogos pobres no ayudan tampoco en exceso. La trama, más allá de la idea de partida, tampoco es para tirar cohetes, siendo imposible darle muchas vueltas ni buscar segundas lecturas, ya sean sociales o políticas, aunque al menos se agradece un final que descoloca y huye de lo manido.
Así pues, Milla 22 es une espectáculo visual de acción muy bien filmada y muy trepidante, al que no hay que pedirle mucho más que las correspondientes hora y media de evasión y acción desmedida. Es una lástima que Berg, que no ha terminado de despegar en Hollywood todavía, no arriesguen un poco más. Aunque al menos ofrece algo sincero con lo que poder conformarse.

Valoración: Seis sobre diez.