domingo, 12 de diciembre de 2021

Visto en Netflix: LA CASA DE PAPEL, T5

Al fin ha llegado el que, al parecer, ha sido el gran acontecimiento del año. Algunos dirían que de la década, incluso. Me estoy refiriendo, por supuesto, al estreno de la segunda parte de la quinta y última temporada (o eso nos quieren hacer creer) de La casa de papel.

Es difícil hacer un análisis muy profundo sin caer en el spoiler (quizá en un futuro me lo plantee), así que me limitaré a comentar que el entretenimiento está asegurado y, pese a carecer de un impacto que supuso la muerte de Tokio, supera en calidad a ese arranque de temporada y, sobre todo, a la prescindible (muerte de Nairobi aparte), cuarta tanda de episodios.

Ya comenté en mi crónica respecto a esa cuarta temporada que la verosimilitud de la serie estaba por los suelos, y eso se mantiene en este tramo final, donde cualquier atisbo de realismo se les ha ido totalmente de las manos y solo importa el más difícil todavía.

Esto provoca una cierta sensación de agotamiento, ya que la adrenalina de los episodios (con un ritmo magnifico que, eso sí, recupera lo mejor de las dos primeras temporadas) impide que uno pierda mucho tiempo pensando en lo ridículo que es la mayoría de las cosas que nos están contando. Ya no vale la pena tratar de adivinar los planes ocultos del profesor, pues es todo tan enrevesado que no vale la pena encontrarle mucho sentido.

Por eso, lo mejor es quedarse con el espectáculo pirotécnico que propone. Disfrutar del artificio gracias al generoso presupuesto propiciado por Netflix. Y no darle muchas vueltas al resto. Y contentarse con que algunas de las tramas abiertas sin mucho sentido en episodios anteriores, como la constante aparición en formato flashback de Berlín (aparentemente una mera excusa para seguir contando con el estupendo trabajo de Pedro Alonso) y la presencia de su hijo, sirvan finalmente para algo, aunque sea para un giro final más rocambolesco que nunca.

Eso no significa que el final sea totalmente satisfactorio. Como todas las grandes series (y se mire como se mire, hay que reconocerle al invento de Álex Pina como una de ellas), es casi imposible que un desenlace satisfaga a todos (que se lo digan si no a los seguidores de Lost o Juego de Tronos), pero de lo que sí se les puede acusar es de la total falta de riesgo y la complacencia en la que cae. Es un final que, tras tanto giro y quiebros argumentales, es lo más previsible del mundo. Un final dulce que no está en la línea de lo que nos venían anunciando y por lo que, sin entrar en muchos detalles, tengo serias dudas de que estemos realmente ante el final de la serie. Si arrasa tanto como se supone que tiene que arrasar, será cuestión de tiempo que los señores de Netflix saquen el talonario y juguemos a eso de «donde dije digo, digo Diego».

Personalmente, tengo un problema especial con los ¿simpáticos? atracadores del mono rojo y la máscara de Dalí. Y es que si en las dos primeras temporadas se les disfrazaba de una especie de Robin Hood  modernos, aquí las máscaras caen definitivamente y cualquier atisbo de revolución quede en nada. Para mí (y para cualquiera con dos dedos de frente), ellos son los malos de la historia y el dinero su único fin. Y todo lo demás es pura palabrería. Y como tal, esperaba un final más acorde con ello.

Hay, además, pequeños agujeros de guion, decisiones incomprensibles (estoy pensando, por ejemplo, en Sierra) y errores varios, algo que ya se podía imaginar desde que en esa cuarta temporada en la que todo empezó a ir cuesta abajo, pero está claro que este final no está pensado para el espectador medio, sino para el seguidor más fanático de la serie. Y, para ellos, la ficción funciona como un tiro y la satisfacción está más que asegurada. Y, al fin de cuentas, de eso es de lo que se trata, ¿no?

Cine: CAZAFANTASMAS: MÁS ALLÁ

Pocas veces nos podemos encontrar con un producto con un tufillo tan evidente a prefabricado y artificial. Y pocas veces algo tan prefabricado y artificial funciona tan bien.

Cazafantasmas: más allá, tal y como fue El despertar de la fuerza, Terminator: Destino oscuro, Creed y muchas más, es casi tanto una secuela como un remake encubierto, ya que, jugando con las bazas de la nostalgia, vuelve a contar más o menos la misma historia que la primera película de la saga sin preocuparse por arriesgar lo más mínimo. Prueba de ello es que pese al entretenimiento que supone toda la película, uno no puede evitar estar todo el rato esperando la previsible aparición de los Cazafantasmas clásicos, que terminan por comerse a los verdaderos protagonistas del film (y que hasta el momento estaban funcionando muy bien), ensombreciendo la posibilidad de continuar con la saga sin su participación. Por otro lado, se hace incluso cruel que prescindan de la música original hasta llegar a los créditos finales, algo que estamos esperando desde el primer momento en que aparece el mítico logotipo.

Dicho esto, la película es un entretenimiento de primer nivel que supera, con facilidad, a Cazafantasmas 2 pero que está por debajo de la denostada Cazafantasmas de hace cinco años. Aquella sigue pareciéndome la mejor pieza de la saga, pero su fracaso en taquilla ha provocado que el estudio jugase a lo que ya se hiciera con las precuelas de Alien: si Prometheus no funcionó como debía, para Covenant se giró el rumbo buscando dar a los aficionados más de lo que esperaban. En ese ejemplo la jugada no salió como esperaban, pero parece que esta vez sí han dado con la tecla.

Reduciendo mucho del humor de la versión de Paul Feig (casi toda la comedia recae en las manos de un Paul Rudd desaprovechado), es el factor humano el que se potencia, haciendo que sea una película más familiar que nunca y mezclando la nostalgia y los homenajes al film original y sus colegas de pantalla (muy evidente el guiño a Gremlins, por ejemplo), esta es, en el fondo, una secuela muy marcada por la moda Stranger Things (o It, que es más o menos lo mismo), y aunque copia e incluso potencia todos los fan services que se criticaron en su momento a J.J. Abrams, parece que aquí la cosa a cuajado mejor, en parte porque el exceso nostálgico comienza por la silla del director, ocupada por Jason Reitman, hijo del John Reitman responsable de arrancar la franquicia, y termina con el homenaje a Harold Ramis, único de los Cazafantasmas originales fallecido y auténtica alma de la franquicia junto a Dan Aykroyd, a raíz de lo cual tenemos un hermoso final muy propio del Spielberg de los ochenta.

Dejando metacine de lado, Cazafantasmas: Más allá es una película muy entretenida, con más alma que la mayoría de producciones comerciales actuales y con un ritmo trepidante. Es solo la falta de riesgo, sobre todo en su tramo final, donde uno desearía ver más locura desatada y todo queda en casi nada, mientras que creo que será difícil que conecte del todo con esas generaciones que no crecieron soñando con mochilas con un disparador nuclear de protones y que pensaran que el Ecto-1 molaba tanto o más que el Delorean de Regreso al futuro o el Interceptor de Mad Max.

 

Valoración: Siete sobre diez.

lunes, 6 de diciembre de 2021

Visto en Netflix: RICOS Y MIMADOS

Si cada poco tiempo nos llega una comedia francesa con la acotación de haber sido número uno en su país de origen y haber batido records de taquilla, era de esperar que más pronto que tarde Netflix quisiera hincarle el diente también a ese target, y ahora que el concepto de «record de taquilla» parece más un eco del pasado que otra cosa, es el momento que la plataforma se haga con la distribución de títulos como Ricos y mimados, película que sin duda habría tenido un buen funcionamiento en salas de cine y que deberá conformarse con escalar los primeros puestos del top de la compañía.

Sobre el papel, Ricos y mimados surge de una idea totalmente simple y sobada: un padre viudo, dueño de una gran fortuna, se desespera al ver como sus tres hijos son unos mimados, totalmente incompetentes e irresponsables, y decide darles una lección fingiendo que la familia se ha arruinado y deben hacer algo imposible: buscar trabajo para sobrevivir.

Si el planteamiento es poco original, el guion como tal menos todavía, pues se trata en realidad de un remake del film mexicano Nosotros los nobles que, además, ya tenía una versión italiana llamada Niños de papá.

Dejando pues, de lado, el factor sorpresa (tampoco es muy difícil adivinar por donde van a ir los tiros y como va a terminar todo), el gran valor de la película es la simpatía con la que se disfruta, quizá no provocando la carcajada más intensa pero consiguiendo divertir en todo momento, siempre sin muchas pretensiones, gracias en parte a un reparto bastante bien conformado y a una más que correcta puesta en escena de la mano de Nicolas Cuche, realizador afincado en los últimos años en la televisión.

Así, Ricos y mimados es una estimable comedia familiar, muy bienintencionada y de simple pero acertado mensaje moral, que funciona muy bien como pasatiempo liviano sin la cargante pretenciosidad de otras propuestas similares de la filmografía vecina.

Ahora, la duda que nos queda es saber cuándo va a realizar Santiago Segura, el «remakeador» oficial de España, su propia versión. Desde luego, pegarle le pega…

 

Valoración: Seis sobre diez.

Cine: LA CASA GUCCI

Alguna de las curiosidades que ha provocado los retrasos en los estrenos de cine de la pandemia es la coincidencia en la cartelera de dos películas del siempre interesante director Ridley Scott. Problemas de tiempo y de horarios me han impedido disfrutar de momento de El último duelo, de la que hablan maravillas pese a su batacazo en taquilla, por lo que no he querido que el segundo título, La casa Gucci, se me escapara.

Basada en el libro de Sara Gay Forden, esta es una de esas películas que será más recordada por las polémicas que ha provocado que por sus valores cinematográficos, lo cual siempre es algo a lamentar. Pero es inevitable que el enfado de la familia Gucci por como son retratados sus antepasados y las airadas respuestas del veterano director (que se nota que ya está a vueltas de todo) deje todo lo demás en segundo plano. Más allá de que el tono caricaturesco de algunos de los personajes (en especial el Paolo Gucci al que interpreta un irreconocible Jared Leto) corresponda con más o menos fidelidad a su versión real, lo que es innegable es que el trasfondo de la historia es totalmente fiel a los hechos acontecidos, por lo que el resto hay que dejarlo a las libertades creativas que diferencian una película de un documental.

De hecho, si algo se le puede reprochar a La casa Gucci es que el bueno de Scott no haya dejado de lado su habitual solemnidad (algo que en cierto modo la emparenta con Todo el dinero del mundo) para hacer una comedia negra a la que le habría ido bien algo más de locura e histrionismo. Viendo lo que estaba sucediendo en pantalla no podía dejar de pensar en lo acertado que habría sido darle ese punto de locura que supo Scorsese dotar a su sensacional El lobo de Wall Street.

Como sea, La casa Gucci es un retrato apasionante de los entramados de una familia que parecía destinada a la grandeza (en cierto momento de la película ellos mismos se comparan con la nobleza) para caer en la miseria, hasta el punto de que en la actualidad no hay ni un solo miembro de la familia que siga perteneciendo a la marca Gucci. Además, la película tiene la inteligencia de no limitarse a ser un relato de ambiciones desmedidas al estilo folletín televisivo (que algo del noto propio a Dallas o Falcon Crest sí tiene) para componer una fábula donde no hay buenos ni malos. Y es que analizados al detalle y despojados de sus miserias, todos los protagonistas tienen un punto de oscuridad que los convierte, en mayor o menor medida, en villanos, demostrando que, se quiera o no, todo lo que gira alrededor del dinero (y estamos hablando de grandes fortunas) se termina por corromper, y eso tan propio de los mafiosos que es «la familia es lo primero» es una gran mentira, por más que pretendas que sea el lema sobre el que se sustenta la marca.

Algo así podría haber ido en detrimento de la película, provocando que el espectador no encuentre ningún personaje con el que poder identificarse y empatizar, pero eso se compensa con una elección de casting espectacular. Ya vuelve a sonar Lady Gaga como candidatas al Oscar, mientras que el resto de apellidos que decoran el cartel (Al Pacino, Jeremy Irons, Salma Hayek…) están a la altura. Incluso quien más difícil lo tenía, un Adam Driver que repite con Scott tras la mencionada El último duelo y que sale airoso a la hora de representar a alguien seductor y poderoso pero a la vez torpe y con pies de barro, muchas veces un juguete en manos de su esposa, una Patrizia Reggiani que va pasando de cenicienta a villana en las sombras para volver al lodo de una manera tan merecida como natural.

Hay muchas diferencias entre La casa Gucci y Todo el dinero del mundo, pero también podrían verse como dos caras de la misma moneda, un brillante díptico del director británico sobre la destructiva relación entre familia y dinero que, pese a sus necesarias dos horas y media de metraje, en ocasiones parece necesitar de más tiempo aún para desarrollar mejor los personajes pero que en otras se luce con el empleo de elìpsis que evitan la sobre explicación y confía en la inteligencia del espectador para conseguir que avance la trama.

En definitiva, otra gran película de Ridley Scott que carece de la personalidad necesaria para definirse como obra maestra (no tiene la magia autoral de, por ejemplo, Última noche en el Soho o Dune, dos de los títulos más interesantes a nivel visual del año), pero tampoco lo necesita para definirse como una obra superior.

 

Valoración: Ocho sobre diez.

martes, 30 de noviembre de 2021

Visto en Netflix: UN PADRE POR NAVIDAD

Ya estamos apurando el mes de noviembre, lo cual implica que la cuenta atrás para las Navidades está a punto de comenzar. En Netflix, sin embargo, ya hace tiempo que pensaron en ello. Y es que, si algo hay que identifique a la plataforma de streaming es su predilección por las películas navideñas.

Una de las primeras en llegar este año ha sido la de Un padre por Navidad. Trata sobre cuatro hermanas y sus respectivas familias que cada año se reúnen en busca de las navidades perfectas con el recuerdo de haber sido abandonadas por su padre precisamente un veinticinco de diciembre. Como puede imaginarse por el título, este año toca reencuentro familiar, con los equívocos y tropiezos que ello debería provocar. Y digo debería porque esta supuesta comedia bienintencionada lo único que provoca es apatía y bostezos.

“Es una película navideña de Netflix, ¿qué esperaba encontrar?”, preguntaréis algunos. Bueno, si os digo que el susodicho padre y su hermano están interpretados por los geniales Kelsey Grammer y  John Cleese entenderéis mi interés. Pero nada, ni ellos logran salvar un despropósito de película donde el pretendido conflicto no alcanza como para aspirar a un desenlace emotivo. No hay diálogos aprovechables, ni situaciones suficientemente divertidas capaces de superar la media sonrisa ni tampoco los personajes obran siguiendo un mínimo de lógica. De hecho, uno de los problemas que tengo con el filme es que ninguna de las protagonistas me cae nada bien, con lo que suceda en su familia me trae bastante sin cuidado. Y eso que hay algún rostro conocido más, como el de la apergaminada Liz Hurley o Kris Marshall, interpretando a un pobre desgraciado, el único capaz de provocar un mínimo sentimiento de afecto. Por cierto, que viendo a este actor por aquí daban ganas de dejar la peli a medias y reencontrarse con él en Love Actually, una comedia romántica navideña de las de verdad.

 

Valoración: Tres sobre diez.

Cine: ÚLTIMA NOCHE EN EL SOHO

Última noche en el Soho, la nueva película de Edgar Wright tras Baby driver, es una película extraña, una mezcla incoherente de estilos y géneros que, en manos de cualquier otro autor, podría acabar en desastre pero que en manos del realizador británico es casi una obra maestra, un cuento de terror que no reniega de las muchas influencias de las que bebe el director y en las que no se encuentra ni un ápice del humor que definía la celebrada «trilogía del cornetto».

Arranca el film con Eloise, magistralmente interpretada por Thomasin McKenzie (Jojo Rabbit, Tiempo), una joven dulce y encantadora que se traslada desde un pequeño pueblo hasta Londres para estudiar moda y cumplir su sueño de ser diseñadora, aunque pronto encontrará diversos tropezones en su camino, algo que la enlaza a planteamientos como Cisne Negro, Showgirls o The Neon Demon, aunque cuando la cosa se vuelve turbia con quien más paralelismos hay es con la Supiria de Dario Argento. Por motivos que nunca se llegan a explicar (ni falta que hace), la chica –que ya nos habían advertido de que podía llegar a ver al fantasma de su madre muerta-, al caer la noche e irse a dormir, se aparece en la Londres de 1960, encarnándose en la figura de Sandie, una aspirante a cantante a la que da vida, de manera totalmente arrebatadora Anna Tylor-Joy. A partir de entonces, Eloise vivirá dos vidas en paralelo, alimentándose la una de la otra, hasta que la fantasía del pasado se empieza a oscurecer y los límites entre realidad y fantasía se empiezan a quebrar.

Así, lo que empieza como un drama de superación y sueños se torna en una historia de fantasmas, con un terror propio del giallo italiano en el que Wright no escatima en sangre cuando el guion así lo requiere.

Sin llegar a ser una película de marcado tono feminista, Última noche en el Soho se engloba en esas películas capaces de denunciar la toxicidad del patriarcado sin recurrir al lenguaje panfletario, consiguiendo Wright una colección de secuencias alucinógenas que, en ocasiones, rompen con el canon académico para establecer sus propias reglas.

Muchas son las armas a las que el director recurre para firmar la que sin duda es su mejor obra, aparte de su propio talento, como es la utilización, una vez más, de una banda sonora brillante o el deslumbrante trabajo de sus protagonistas, con la turbia presencia de Matt Smith y las aportaciones míticas de Diana Rigg y Terence Stamp. Pero las que de verdad dan el do de pecho son las dos protagonistas, consiguiendo McKenzie contagiar con su mezcla de inocencia e ingenuidad y siendo Anna Taylor-Joy una fuerza de la naturaleza aparentemente imparable.

Con todo ello, Wright logra redondear una historia que nace en lugares muy comunes pero va desconcertando y retorciéndose para terminar de nuevo en tierras apacibles y conseguir una más que probable película de culto nostálgica y aterradora por igual.

 

Valoración: Nueve sobre diez.

Visto en Netflix: EL TIEMPO QUE TE DOY

Ideada por la actriz Nadia de Santiago junto a Pablo Santidrián e Inés Pintor, El tiempo que te doy es una serie que explora el dolor que se sienta tras una ruptura sentimental y explora en ese necesario tiempo de duelo hasta llegar a la conclusión de que el tiempo todo lo cura, algo que no siempre es fácil alcanzar a comprender.

Para ello, la serie propone un interesante juego narrativo al contar la historia de Lina y Nico en dos cronologías diferentes, el presente y el pasado. No contenta con ello, se juega al experimento midiendo milimétricamente el tiempo que se dedica a cada espacio temporal, variando a raíz de un minuto por episodio, de manera que comenzamos atrapados, como la propia Lina, en el pasado de la pareja para concluir prácticamente en un presente donde ya no hay espacio para el recuerdo.

Es este juego estructural uno de los elementos más interesantes de una serie triste, melancólica, en la que descubrir tanto el presente como el pasado de sus protagonistas ayuda a comprender los motivos de su separación y cuyo futuro no terminamos de atisbar por la sencilla razón de que no es de eso de lo que va la cosa. Con un tono que recuerda a las piezas más intimistas del cine de Dani de la Orden, con ayuda de una estimulante banda sonora, hay un verdadero esfuerzo interpretativo para crear unos personajes absolutamente terrenales y que pueden representar con facilidad a cualquiera de nosotros.

Es, por tanto, una propuesta que aboga por la sencillez y que gracias a sus escasos diez episodios de tan solo once minutos cada uno se puede ver en un suspiro, dejando una leve sensación de tristeza tras cada uno de ellos.

Sin embargo, hay algo en ella que me impide valorarla como una pieza redonda, un cierto regusto amargo que me dejó insatisfecho, como si la protagonista, aparte de contagiar al espectador su tristeza, llegara a transmitir también cierta apatía y desidia ante lo que le está sucediendo (ni siquiera se ve con ánimos de celebrar una mejora laboral porque no tiene con quien hacerlo), lo cual termina por hacer mella en ese espectador entregado que puede terminar con la misma desgana. Un juego peligroso que provoca un equilibrio muy precario y que podría llevar a más de uno a caer en una falsa sensación de aburrimiento.

Es, cuanto menos, una serie a descubrir. Una serie donde no hay que esperar nada más que ver la vida pasar  dejarse llevar por ello. Luego ya dependerá de cada uno hasta qué punto le haya llegado a tocar la fibra o no.

Visto en Disney+: POR FIN SOLO EN CASA

Cuando se anunció que Disney estaba preparando una nueva película de la franquicia Solo en casa destinada a potenciar su plataforma, no pude emocionarme menos. Es cierto que la película de Chris Columbus y John Hugles es todo un clásico navideño, incluso su secuela es bastante remarcable, pero una vez Macaulay Culkin fuera de la ecuación, la saga se convirtió en una sucesión de películas destinadas al formato doméstico totalmente olvidables.

Sin embargo, una vez vista esta nueva entrega (la recuperación del actor Devin Ratray repitiendo su personaje más de treinta años después demuestra que no se trata realmente de un reboot) lo cierto es que la cosa tiene su gracia.

Por fin solo en casa es una película menor, desde luego, pero también es cierto que estamos en otra época y la magia del cine de los ochenta y principios de los noventa no tiene cabida en el panorama actual, donde una película que merezca destacar en pantalla grande debe contener grandes explosiones, persecuciones y un final híper exagerado para aspirar a funcionar mínimamente. Pero en el cobijo de Disney+, la película que dirige Dan Mazer y protagoniza Archie Yates (el amigo del protagonista de Jojo Rabbit) encuentra fácilmente su sitio gracias a un guion simpático que consigue recurrir al factor nostálgico recorriendo elementos comunes del film de 1990 pero evitando la sensación de repetición. Así, por ejemplo, después de que el protagonista se haya quedado por error solo en casa en vísperas de Navidad, también hay dos sujetos que tratan de allanar su morada y a los que deberá hacer frente con todas las armas que sea capaz de imaginar, pero con un contexto completamente diferente, cambiando incluso los roles y pasando los invasores de villanos a víctimas de una forma muy natural y que provoca una empatía que no se sentía hacia los personajes a los que daban vida Joe Pesci y Daniel Stern.

No estamos, claro, ante un título que aspire a renovar el género, ni mucho menos, pero sí es una propuesta familiar navideña bastante más simpática de lo que cabría esperar a simple vista y que merece que se le dé una oportunidad, aunque solo sea como excusa para comer algún turrón o cualquier otro dulce a la hora de la sobremesa.

 

Valoración: Seis sobre diez.

Visto en Netflix: MÁS DURA SERÁ LA CAÍDA

Jeymes Samuel, eL director y guionista detrás de Más dura será la caída, es un artista más vinculado hasta ahora en el medio musical (de hecho, él mismo se encarga de la banda sonora de esta película), siendo el film que nos ocupa su debut en el largometraje.

Más dura será la caída es un extraño western que arranca con un aire muy moderno, pareciendo casi un homenaje al Django desencadenado de Tarantino, para terminar derivando en un western más convencional. Inspirado en personajes reales, Más dura será la caída se sitúa en un punto bastante desconocido del viejo oeste, aquel en el que los pueblos estaban dominados por afroamericanos y que parecía pertenecer a un universo diferente al clásico panorama blanco de las películas de John Ford y compañía. Esto no se traduce, sin embargo, es un panfleto anti racial como podría parecer, más allá de algún ligero apunte nada molesto.

Protagonizada por Jonathan Majors, de moda por su intervención en Loki y por la importancia que su personaje tendrá en el futuro del MCU, y con secundarios de lujo como Idris Elba, Zazie Beetz, Regina King o Damon Wayans Jr., la película narra las andanzas de un forajido y su banda cuyo objetivo principal en la vida es vengarse de otro bandolero que, siendo él niño, asesinó a toda su familia.

Con un lenguaje moderno que podría desconcertar o incluso ofender a los más puristas, una acción muy bien filmada y nada recatada en cuanto a sangre se refiere y una puesta en escena elegante, la película es una rareza que, pese a terminar derivando en un convencionalismo algo decepcionante, funciona muy bien, resultando entretenida y muy estimulante.

Una propuesta curiosa y arriesgada que aprueba con nota siempre que uno esté dispuesto a aceptar las extrañas reglas que Samuel propone para su film.

 

Valoración: Siete sobre diez.

Visto en Movistar: THE BITE

Durante el confinamiento del pasado año, el encierro provocó un desarrollo de la creatividad que fue desde sacar al cocinillas que todos llevamos dentro (aunque no lo supiéramos hasta entonces) hasta la proliferación de guiones y proyectos que en otra época no habrían tenido cabida. Se debe, sin embargo, saber diferenciar entre el disponer de tiempo libre para desarrollar proyectos almacenados en el armario en espera de disponer de algo de tiempo libre de los simples proyectos para matar el aburrimiento.

Michelle y Robert King son el matrimonio detrás de éxitos como The good wife y The good fight que ahora triunfan con su último invento: Devil. Quizá ese aburrimiento que comentaba fue lo que inspiro esta miniserie de apenas seis episodios llamada The bite que, por lo que leo por ahí, parece haber gustado bastante a según qué críticos pero que a mí me ha parecido un despropósito mayúsculo.

The bite está situada precisamente durante el mencionado confinamiento, estando narrada, por tanto, a través de conversaciones de zoom y con muy poco recursos. Rachel es una doctora que, atendiendo a sus pacientes mediante video llamadas, descubre que el virus del Covid ha sufrido una mutación que transforma a los infectados (¡oh, sorpresa!) en zombis.

Es curioso que sea precisamente yo quien critique tan drásticamente un producto con zombis por en medio, pero es que la serie es tan tremendamente aburrida que se hace duro terminarla, pese a ser solo seis capítulos. Es como si los propios King hubiesen concebido esto como mejo divertimento, sin prestarle demasiado interés, y eso se transmite al espectador. Por un lado, por la confusa comedia que no casa nada bien con los largos discursos científicos que tratan de convencernos de la posible verosimilitud del virus. Por otro, el aspecto técnico y visual de la serie, filmada con cuatro duros, es tan paupérrimo que hace daño a los ojos. Los efectos digitales, muy escasos, son de vergüenza, y tanto los diálogos como las interpretaciones son lamentables también. Poco hay que salvar en una propuesta que podría parecer algo interesante a lo largo del primer episodio pero que se va desinflando hasta llegar a la mediocridad más absoluta.

En fin, una propuesta que podría haber interesado a aquellos que no son amantes habituales del cine de zombis, pero que visto su desarrollo no recomendaría ni para tener de fondo mientras se hacen las tareas del hogar. Totalmente prescindible.

Cine: WAY DOWN

Pese al relativo traspiés que podríamos considerar Musa (aunque a mí tampoco es que me disgustara), sigo siendo un fiel defensor de Jaume Balagueró y su cine, estando Mientras duermes y [Rec] dos absolutas obras maestras del terror patrio (su entrada en el universo zombi es para mí una de las obras cumbres del género a nivel mundial y uno de los títulos más aterradores que he visto en una sala de cine).

Way Down es un extraño giro en su carrera (dejemos de lado su documental sobre Operación Triunfo), en la que abandona el misterio y el terror para adentrarse en el mundo de los ladrones de arte. Su propuesta presenta al clásico equipo de especialistas tipo Ocean’s Eleven que se atreven a plantearse un desafío aparentemente imposible (en este caso asaltar la cámara acorazada del Banco de España, en Madrid).

Existen dos maneras de analizar esta película, y por desgracia para Balagueró es muy difícil separar una de la otra. Por un lado, desde el punto meramente artístico, estamos a ante una propuesta estilísticamente perfecta, con un variopinto grupo de actores internacionales que funciona francamente bien (ahí noto quizá algo desaprovechado a Luis Tosar, mucho más secundario de lo que nos tiene acostumbrados), con el “good doctor” Freddie Highmore y el “Davos Seaworth de Juego de Tronos” Liam Cnningham liderando la función, aunque sin desmerecer lo divertidos que están, rozando la pantomima pero sin alcanzarla, José Coronado y Emilio Gutiérrez Caba. Todos ellos están impecables, la historia funciona como un tiro y el ritmo y manejo de las cámaras de Balagueró son envidiables. Así, analizada como película aislada en el tiempo, estamos ante una obra mayúscula del cine de entretenimiento.

El problema es que no se puede separar este estreno en cines del momento temporal que ocupa. Me estoy refiriendo (y quiero subrayar que esto es una coincidencia, no un ejercicio de oportunismo) con el final de La Casa de papel, que narra también un atraco imposible de la cámara acorazada del susodicho banco, mientras que tenemos también en la memoria a los atracadores de Ejército de los ladrones o Alerta Roja. Además, para más inri, Way down versa sobre el intento de recuperar parte de un tesoro que el buscador al que da vida Cunningham ha dedicado media vida a recuperar y que es requisado por el gobierno español, considerándolo a él como un mero pirata. Este sentido de la justicia algo difuso que convierte a los españoles en los aparentes villanos de la película (aunque tampoco es que el gobierno británico, al otro lado de la balanza, quede muy bien parado) se podría ver sobre una cara B del mismo caso que se plantea en La Fortuna, la serie de Movistar dirigida por Amenábar.

En resumidas cuentas, que estamos ante una película muy entretenida, que funciona a la perfección, y cuyo principal pero es que a nivel argumental estamos siempre en un terreno demasiado conocido, haciendo que pese a sus giros argumentales, el factor sorpresa no termine de funcionar como debería.

 

Valoración: Siete sobre diez.