Siempre
he pensado que existen dos Spielberg totalmente diferentes: el palomitero y el
trascendental. No vamos a descubrir aquí a ninguno de los dos, pero sí diré que
a mí personalmente siempre me ha convencido más el primero que el segundo. E.T., Tiburón, las sagas de Indiana
Jones o Parque Jurásico… formarán
para siempre parte de la historia del cine mientras que en su vertiente más
seria y dramática solo La lista de
Schiedler me convenció totalmente.
En
los últimos años se podría decir que el antaño rey Midas de Hollywood estaba
patinando en ambos campos. Tras el alud de críticas negativas que tuvo con Indiana Jones y la calavera de cristal
el realizador de Cincinnati estuvo tres años para decidir su próximo proyecto.
Fue Las aventuras de Tintín: el secreto
del unicornio, inicio de una trilogía que de momento está en dique seco, a
las que siguió la irregular War Horse
y la soporífera Lincoln. Spielberg
sabía rodar magníficamente bien, pero había perdido su magia.
Pero
cuando estábamos todos a punto de tirar la toalla, el realizador se ha aliado
con los hermanos Coen y Matt Charman para adaptar en pantalla grande un
episodio de la historia de James Donovan, un abogado de seguros de origen
irlandés al que la CIA encomienda el difícil caso de defender ante un jurado a
un espía ruso en plena guerra fría. No se trataba de una labor humanitaria,
desde luego, sino de aparentar que en los Estados Unidos se protegen los
derechos básicos de cualquier persona, aunque el veredicto estaba ya asegurado
antes del juicio. Pero Donovan, fiel a sus principios, hizo lo imposible por
evitar que el soviético Rudolf Abel fuese condenado a muerte y… Bueno, y si
queréis saber más tendréis que ir la peli aunque, como se suele decir, el resto
es historia.
La
primera gran baza del guion es no limitar la función a una película de juicios,
sino ampliar sus horizontes para configurar un debate sobre el bien y el mal y
como varía la objetividad de cada uno según el punto de vista en el que se
encuentra. Así, la película reflexiona sobre si “el malo” de la película es
malo por lo que hace o por para quién lo hace, de la misma manera que si un
espía americano hiciese lo mismo en el bando contrario sería definido como el héroe.
Una
interesante propuesta que los guionistas manejan con brillantez, aportando
ligeras gotas de humor e ironía que ayuda a simpatizar con todos los personajes
y a comprender un poquito mejor una etapa histórica muy confusa donde las guerras se libraban en los
despachos y salas de negociación.
Con
semejante premisa Spielberg, ahora sí, ha podido dar rienda suelta a todo su
conocimiento para elaborar una película fantástica, no sé si la mejor de su
carrera pero desde luego la mejor en muchos años, en la que consigue crear el
tono y el ritmo que la historia necesita con una elegancia y estilismo en cada
uno de los planos que invitan al aplauso constante. Baste como ejemplo pensar
en la magnífica caracterización del Berlín de la época, un Berlín rodado
completamente en estudios.
Dejando
por una vez (y me temo que debido a su avanzada edad no será la última) al
compositor John Williams de la ecuación, el tercer gran acierto del film está
en la elección de sus intérpretes, con un Tom Hanks inmenso a la par que
contenido y un Mark Rylance que te atrapa desde la primera (y absolutamente
definitoria) escena, transformado en un espía de sangre fría y corazón
caliente, capaz de ganarse la simpatía de todo el público.
En
conclusión, un coctel perfecto para una historia increíblemente real y que,
conociendo la biografía del protagonista, invitaría incluso a una posible
secuela por tierras cubanas. No creo que esto llegue a producirse, pero nos
contentaremos con disfrutar de esta (ahora sí) obra maestra, una de las mejores
películas de este año y cuyas casi dos horas y media pasan como un suspiro.
Así
sí, Steve. Así sí.
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