No
es que quiera hacer leña del árbol caído, pero después de la polémica de la semana pasada alrededor del boicot a La Reina de España (una película que por cierto rezumaba españolismo por todas
partes) se estrena ahora un título bélico que esconde en su interior una feroz
crítica a la defensa obsesiva e irracional de la bandera y la absurdez de matar
(o morir) en nombre de esa cosa llamada Patria.

La
película es una ficción que inventa algunos personajes, todos ellos soldados
jóvenes, y elimina otros para narrar una historia dramáticamente real, donde
los temores y la cabezonería de los militares al mando, el capitán Enrique de
las Morenas y el teniente Martín Cerezo, respectivamente (ambos personajes
reales, estos sí), provocaron y alargaron hasta la extenuación uno de los episodios
más absurdos y crueles de la historia militar en España, al negarse a rendir la
plaza pese a las evidencias de que la guerra había terminado. A medio camino
entre héroes y locos, estos pobres desgraciados se enfrentaron a los ataques
filipinos y a las enfermedades en un cautiverio desolador que no tendría por
qué haber tenido lugar y luchando por un país en el que estaban empezando a
dejar de creer.
Los
últimos de filipinas es una expresión popular muy utilizada, aunque seguro que
apenas hace un año muchos jovenzuelos de este país ignoraban el origen de la
misma, por más que exista una película anterior (dirigida por Antonio Román en
1945) sobre la misma gesta. Sin embargo, el principal problema al que se debe
enfrentar la película de Salvador Calvo (que debuta como director de cine tras
una larga carrera televisiva) es la cercanía con dos episodios de la magnífica
serie El ministerio del Tiempo que
este mismo año reflejaba con brillantez esta misma contienda.
Posibles
spoilers televisivos aparte (que por un lado restan emoción a lo que podemos
encontrarnos en la pantalla grande pero que también puede servir como divertido
complemento), 1898, los últimos de
Filipinas es una excelente película, en la que el generoso presupuesto luce
en cada segundo de metraje, ya sea en la recreación de esa selva filipina tan
impactante (y que se ha rodado entre Gran Canaria y Guinea en lugar de en la
isla de Luzón real) como en las violentas y desagradables escenas de guerra.

Pero
Salvador Calvo no está solo en su propósito, y para que la película funcione el
dinero y una estética impecable (¡que maravillosos planos cenitales!) no lo es
todo, así que nada mejor que aliarse con un casting insuperable que une dos
generaciones extraordinarias. Si por un lado Luis Tosar, Javier Gutierrez,
Eduard Fernández, Carlos Hipólito y Karra Elejalde están fuera de toda duda y
su grandiosidad se da por hecho, no es para nada desmerecedor el papel de los
jóvenes, con un magistral Álvaro Cervantes que pisa cada vez con paso más firme
y unos Patrick Criado, Miguel Herrán y Alexandra Masangkay que no se quedan
atrás.
En
definitiva, magnífica película que resulta tan emocionante y emotiva como didáctica,
y a la cual el único pero que se le podría poner es su duración, algo excesiva.
Así
se hacen las leyendas. Así se forjan los héroes… Así caen los imperios.
Valoración:
Ocho sobre diez.
Puedo entender la comparacion con el Alamo, pero en absoluto con la guerra de Vietnam.
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