Tengo
por costumbre dedicar una entrada a cada estreno que quiero comentar, pero en
enero de este año rompí la norma haciendo una sesión doble (así fue también
como las disfruté en el cine, una detrás de otra) de dos películas que tenían
mucho en común: Macbeth y La Novia.
Y
como para cerrar el círculo, voy a repetir la jugada en una de las últimas
entradas del año, ya que tanto Paterson como El editor de libros, aun siendo
completamente diferentes entre sí (no hay aquí esas similitudes artísticas de
las anteriores mencionadas) sí comparten una cosa en común, el amor por la
literatura y el reflejo de ese arte a través de su autor. Y también, como en
los films de Justin Kurzelm y Paula Ortíz, las he visto seguidas en el cine.

Se
podría decir que Paterson es también la antítesis del malogrado escritor Thomas
Wolfe, un artista histriónico, excéntrico y excesivo en todos los sentidos.
Wolfe, que escribía novelas de cinco mil páginas y se desgarraba por dentro
cada vez que tenía que recortar un solo párrafo para alcanzar una cantidad
mínima publicable, fue contemporáneo de Hemingway y Scott Fitzgerard, y
posiblemente habría sido mucho más grande que ellos si no fuese por su
prematura desaparición. El editor de
libros no va exactamente sobre Wolfe, sino que se centra más bien en Max
Parkins, el descubridor de esos tres genios de la literatura norteamericana,
pero es sin duda su relación con Wolfe lo que lo definió como persona y como
editor.

Thomas
Wolfe es un personaje real, mientras que Paterson es ficticio, pero ambos
sirven para reflejar dos formas de entender un arte, de conmover mediante sus
escritos, sirviendo de verdadera fuente de inspiración a todos aquellos que
alguna vez han soñado, aunque sea brevemente, en llegar a escribir. Jarmusch
dibuja una historia sosegada con un estilo brutalmente personal, convirtiendo
las propias imágenes en poesía; Grandage, por el contrario, retrata la pasión
desde el convencionalismo con una historia fílmicamente muy clásica. Ambos, a su
manera, reflejan lo que es el proceso de creación, y ambos, curiosamente,
utilizan una metáfora similar: Paterson se relaja contemplando una cascada en
las afueras de New Jersey mientras Wolfe describe la vida como un rio que se
aleja y acerca constantemente.
Y
en ambas películas, cada una a su manera y a su modo, se refleja el arte en
estado puro: una con poemas visuales, la otra con diálogos arrebatadores. Al
final, el arte es sentimiento. Y tanto Paterson
como El editor de libros describen a
la perfección el sentimiento de sus autores. Como dos caras de un mismo espejo.
O, quizá, dos versos de un mismo poema.
Valoración:
Ocho sobre diez (ambas)
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