En el año 2000 el por aquel entonces prometedor director Bryan Singer demostró que las películas de superhéroes no eran una exclusividad de Batman y Superman, y con su buen hacer con X-men sentó las bases de lo que hoy en día (con el mega éxito que fue el Spider-man de Raimi meses después) es esta máquina de fabricar dinero que tan bien se le da a la Marvel, casi un chiste cinematográfico por aquel entonces. Tras dirigir cuatro películas de la saga, Singer se despidió de los mutantes en X-men: Apocalipsis, lo que yo en aquel entonces auguré como una nueva noticia, pues parecía evidente que la franquicia necesitaba sangre fresca después de que ya la revitalizara, en el 2011, Matthew Vaughn con la excelente Primera generación (sin duda la mejor de la saga junto a X-men 2). El trabajo ha recaído en Simon Kinberg, gran conocedor de la casa, pues es el firmante de cuatro películas de los X-men pero todo un novato ante las cámaras. La apuesta parecía más o menos segura, pero el resultado ha sido un tremendo fracaso.
Lo peor de X-men: Fénix Oscura no es lo mala que es, sino las posibilidades que esconde bajo esa capa de superficialidad que la entorpece. Junto a escenas de acción torpes hay momentos brillantes y junto al conflicto de intereses aburrido y monótono entre mutantes se esconden interesantes reflexiones sobre el uso y abuso del poder. El principal problema, aparte del evidente cansancio que los propios X-men provocan ya entre el público, es que todo suena como si ya nos lo hubiesen contado. De hecho, la base argumental de Fénix Oscura es la misma de X-men: La decisión final, la injustamente odiada película de Bred Ratner, a la que esta hace buena. El tema de cómo manejar un poder casi celestial tiene ciertas reminiscencias al Thanos de Infinity War y los poderes de Fénix Oscuro recuerdan tanto a la Capitana Marvel que incluso tuvieron que rodar un nuevo final para evitar comparaciones odiosas.
Cierto es que la película ha estado plagada de problemas durante su rodaje, lo que se puede comprobar con la desgana de los propios protagonistas, donde James McAvoy y Michael Fassbender son, como cabría esperar, de lo mejorcito de la función aún trabajando con el piloto automático mientras que estrellas de la talla de Jennifer Lawrence o Jessica Chastain no podrían estar más desaprovechadas. No voy a decir nada de la protagonista, Sophie Turner, porque sus limitaciones interpretativas ya estaban fuera de toda duda en la propia Juego de Tronos, y su salto al cine es tan fallido como lo fue el de Emilia Clarke (ella sola ha estado a punto de cargarse de un plumazo las franquicias de Terminator y Star Wars), mientras que poco se espera de los buenos resultados que vaya a tener “su hermana” Maisie Williams si es que alguna vez se llegan a estrenar Los Nuevos Mutantes.

Y no es que en el fondo no haya momentos de entretenimiento, que como simple pasatiempo palomitero incluso puede tener su pase, que tampoco es que estemos hablando de algo tan horrible como Los 4 Fantásticos de Trank, pero sería abusando del conformismo del aficionado y mancillando todo lo conseguido hasta ahora.
Esta es una despedida triste. Pero no triste por el drama que contiene (la épica brilla por su ausencia y las muertes apenas llegan a doler), sino porque van a cerrar la franquicia en lo más bajo de su historia, cosechando unas pérdidas importantes y cerrando toda puerta posible para su incorporación en el MCU (y lo fácil que habría sido ahora que se puede jugar con el multiverso).
Los X-men volverán, eso está claro, pero serán otros X-men y con otros actores. Y esta vez, a Dios gracias, bajo la batuta de Marvel. Esperemos que esta vez sean los definitivos…
Valoración: Cinco sobre diez.
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