miércoles, 4 de marzo de 2020

Cine: CUESTIÓN DE JUSTICIA

Siempre me he sentido muy atraído por los dramas judiciales, más si, como es el caso, se inspiran en una historia real. El director de origen hawaiano Destin Daniel Cretton toma prestada la vida del abogado Bryan Stevenson para componer una emocionante película de doble discurso: la discriminación racial y la condena a la pena de muerte.
En 1987 un hombre es condenado por matar a una chica de 18 años sin nada más que pruebas circunstanciales y el delito de ser de raza negra. Años después, se cruza en su camino un joven abogado idealista que está más deseoso de luchar por las bunas causas que de enriquecerse con la abogacía, pasando de graduarse en Harvard a montar un bufete en Alabama donde defender a condenados a muerte sin cobrar por ello.
Cuestión de justicia describe todos los años en los que el proceso para conseguir que se repita el juicio contra Walter McMillian, ampliando horizontes con otra defensa en paralelo y plasmando la realidad de una sociedad por desgracia para nada olvidada en la que el propio abogado pasará a ser enemigo del pueblo por el simple hecho de pretender averiguar una verdad que puede resultar demasiado incómoda para algunos.
Dirigida con eficacia pero excesiva sencillez, logrando huir del complacismo televisivo gracias, en gran medida, al trabajo actoral de Michael B. Jordan y Jamie Foxx. Sin embargo, el guion alarga demasiado las situaciones, provocando altibajos en el ritmo. Quizá se deba a querer abarcar demasiado, resultando que las dos horas y cuarto de metraje resulten algo excesivas para una historia donde personajes como el que interpreta Brie Larson queden demasiado desdibujados.
Película, en fin, algo irregular, que tampoco aporta nada demasiado novedoso sobre otras de su mismo género pero que aún así logra funcionar a nivel emocional, siendo lo que la logra salvar finalmente.

Valoración: Seis sobre diez.

Cine: MANHATTAN SIN SALIDA

Habría que empezar por señalar que la premisa de Manhattan sin salida es completamente ridícula. 
Tras un tiroteo entre dos ladronzuelos de poca monta que termina con un buen número de policías muertos, el agente asignado al caso decide cerrar toda la isla de Manhattan para así conseguir sitiar a los culpables.
Aceptado dicho planteamiento, lo cierto es que estamos ante un thriller policiaco de corte clásico muy bien filmado y con un ritmo trepidante. Con Brian Kirk a los mandos (director que debuta en cine pero que en televisión ha participado en series como Juego de tronos, Dexter o Penny Dreadful) y reuniendo en el elenco protagonista a Chadwick Boseman y Sienna Miller, aunque con espacio para secundarios de lujo como J.K. Simmons o Taylor Kitsch, la película cuenta también con la propia Manhattan como recurso narrativo, convirtiendo a sus calles (y sé que esto suena a tópico, pero en este caso es más cierto que nunca) en unas protagonistas más.
Con una trama con diversos giros, algunos de los cuales es cierto que se intuyen desde lejos, la acción está muy bien filmada y consigue que, pese a esas mencionadas carencias en su guion, resulte todo un espectáculo pirotécnico violento y muy entretenido.

Valoración: Siete sobre diez.

Cine: EL HOMBRE INVISIBLE

Dicen que a la tercera va la vencida. Dese hace tiempo la Universal, a la que todavía se la recuerda por el panteón de clásicos de terror de los años 30’, ha intentado construir su propio universo cinematográfico rescatando a esa colección de monstruos clásicos emulando el estilo Marvel. El proyecto empezó y murió en 2014 con Drácula, la leyenda jamás contada y tuvo un reinicio (rebautizado como Dark Universe) con La Momia, de 2017. Ambas películas resultaron sendos fracasos y el invento quedó aparcado… ¿Hasta ahora?
Para revivir la magia y el terror de esos engendros de pesadilla, la productora ha decidido dejar las riendas en manos de su más reciente aliada, una Blumhouse especializada en películas de terror exitosas, pero de escaso presupuesto, y el nombre que da el pistoletazo de salida a esta nueva intentona es el de El hombre invisible.
Dirigida por un hombre de la casa, Leigh Whannell, responsable de Insidious: capítulo 3 y Upgrade, y con una estupenda Elisabeth Moss encabezando el reparto, la película ha sido todo un éxito, y tras sacar brillantemente partido a un presupuesto ridículo (siete millones de euros), la película ha superado ya los cincuenta millones de recaudación, y eso en apenas una semana.
Conscientemente alejada del texto literario de H.G. Wells, la película se agermana en ciertos momentos a la versión que hiciera Paul Verhoeven (El hombre sin sombra, 2000), centrándose esta vez más en el personaje femenino que en el villano de la función. Así, antes que un film de terror, El hombre invisible es un retrato sobre la sociedad del #metoo, presentando al personaje encarnado por Moss como una mujer maltratada que debe huir de su violento marido para comprobar que no hay lugar donde esconderse de sus propios fantasmas, no ayudando demasiado la incomprensión y el escepticismo de los que la rodean.
Con esta base, Whannell se las apaña para construir un relato de intriga donde se pasa del terror sobrenatural (hay momentos que la película recuerda a un film de espíritus) al cine de acción, acompañando con ello al cambio evolutivo de la protagonista. Es cierto que Elisabeth Moss está magnífica y ella sola sostiene toda la película, contagiando al espectador el terror que siente mediante sus miradas o gestos, pero no es menos cierto que el trabajo del realizador es fundamental para crear una atmósfera desasosegante, consiguiendo angustiarnos y que planos aparentemente vacíos resulten verdaderas pesadillas.
No está claro si esta película será en efecto el inicio de un nuevo universo o un caso aislado, pero lo cierto es que estamos ante un magnífico film de terror, inteligente y muy bien calibrado, que sabe ir más allá del simple jumpscare para crear un horror tan angustiante como real, obligando, eso sí, a aceptar algunos deus ex machina, peaje que se paga con gusto en vistas del resultado final.

Valoración: Ocho sobre diez.

Cine: HASTA QUE LA BODA NOS SEPARE

Dentro del género de la comedia romántica habría que clasificar el mundillo de las bodas como un tema aparte. Estas son un escenario ideal para proponer situaciones absurdas y componer a las parejas más variopintas, y quizá el argumento de Planes de boda, a mayor gloria de Jennifer López y Matthew McConaughey sea quien mayor se ajuste argumentalmente a Hasta que la boda nos separe, por más que estemos, en realidad, en el remake de una película francesa, Jour J.
Siguiendo la moda de copiar films de filmografías vecinas, Hasta que la boda nos separe parece otro producto prefabricado más, temiendo que se pudiera parecer demasiado a la reciente Si yo fuera rico (con la que comparte actor protagonista), de manera que estuviésemos ante una comedia funcional pero demasiado prefabricada, defecto de la mayoría de películas del cine español actual demasiado limitadas por las exigencias de taquilla de las productoras televisivas.
Afortunadamente, en este caso está al timón uno de los mejores directores del panorama patrio, un Dani de la Orden que, si bien luce más en la intimidad (Barcelona, nit d’estiu, Barcelona, nit d’hivern y Litus son superiores a El pregón o El mejor verano de mi vida), aquí consigue sacar el máximo partido a las situaciones cómicas, sabiendo mantener un ritmo sin altibajos narrativos y aprovechando perfectamente a los actores que configuran el trio romántico protagonista, Álex, Silvia Alonso y Belén Cuesta.
En realidad, no es que sea muy complicado lo que debe hacer: un poco de mimo y profundidad a sus personajes (en ese sentido es interesante conocer el pasado de la protagonista), lograr una química efectiva entre los actores y saber cómo despuntar los momentos cómicos, pudiendo rozar el ridículo en algunos momentos, pero sin llegar a alcanzarlo nunca y sacando oro de las colaboraciones de secundarios que nunca amenazan con dominar la función.
Así, la película resulta ser una comedia muy divertida, conmovedora por momentos, donde todo funciona muy bien y consagra a De la Orden como un artista a la hora de tocarnos la fibra a la vez que nos saca una carcajada.
No es que haya nada original en la propuesta, pero cuando algo está bien hecho, a veces es suficiente con ello.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 1 de marzo de 2020

Cine: FANTASY ISLAND

Ya no cabe la menor duda. Ya sea por calidad o por rentabilidad, el cine de terror más mainstream pasa por la Blumhouse.
Fantasy island es la última prueba de ello, una adaptación de la serie de televisión homónima de finales de los años 70 que apenas tuvo repercusión en nuestro país.
Para su actualización, la película dirigida por Jeff Wadlow se presenta como un eficaz cruce entre un reality show al estilo Supervivientes con la parte más mística (y surrealista) de Perdidos.
Mr. Roarke, al que da vida un Michael peña mucho más serio de lo que nos tiene acostumbrados, dirige un resort de lujo en una afrodisíaca y misteriosa isla a la que solo se accede mediante rigurosa invitación. Los afortunados disfrutarán de una mágica estancia durante la cual su deseo más profundo se hará realidad. Pero claro, no hay duda de que cumplir tus sueños tiene un alto precio, y ahí es donde todo se empieza a torcer.
Siendo casi más una película de aventuras y acción que de puro terror, hay momentos en que uno podría espantarse ante lo ridículo de su propuesta (y más cuando se empieza a retorcer el guion con giros y más giros que, además, pretenden dejarlo todo bien atado y claramente explicado), pero por fortuna Wadlow dota al film de un sentido del humor tan auto paródico que impide que nunca se tome la cosa demasiado en serio. Así, muchos momentos derivan hacia una comedia ligeramente absurda que, aunque quizá no sea suficiente para convencer de las excelencias (si es que las tiene) de esta película, si permiten, al menos disfrutar de ella como un entretenido y estimulante pasatiempo.

Valoración: Seis sobre diez.

domingo, 16 de febrero de 2020

Visto en Netflix: ACTORES EN BUSCA DE LA REDENCIÓN

Sigo teniendo pendiente escribir alguna reflexión sobre la pasada gala de los Oscar, pero lo cierto es que me da una pereza terrible, en vista de los pobres resultados de la misma y de mi ya comentada indignación con las películas (ya sean ganadoras o nominadas). En lugar de eso he preferido refugiarme en la despreciada Netflix y disfrutar de dos de sus últimas joyitas, dos películas precisamente ignoradas por la academia.

Por un lado, confieso que me enfrenté a Diamantes en bruto con cierta desgana, pues Adam Sandler no es precisamente santo de mi devoción y me costaba verlo en un papel supuestamente serio. De hecho, la historia del dueño de una joyería, constantemente endeudado y adicto a los trapicheos y las apuestas suicidas no me atraía nada y no lograba conseguir la empatía que se supone se debía sentir con el protagonista. Vamos, que si en algún momento su vida corría peligro yo estaba deseando que lo machacaran. Sin embargo, con una estética malsana y un ritmo tan pausado como a la vez agotador, los directores Bennie y Josh Sadie logran crear algún tipo de magia que hace que, en determinado momento, termines por compadecerte primero del pobre diablo para simpatizar luego con él y he terminado sufriendo por su destino, atrapado en una carrera contrarreloj que si bien no invitaba al optimismo me hacía desear que, por una vez, se saliera con la suya.
Con un ambiente muy realista (hay momentos en los que más que una película parece una escena sacada de algún programa de casas de empeños de Mega), la interpretación de Sandler consigue imponerse a mi propia desconfianza, terminando por hacerme empatizar, cosa que, por cierto, sí le valió el premio al mejor actor en los Spirit Awars la noche antes de los Oscar y cuyo discurso de agradecimiento tuvo más inspiración que toda la gala de la Academia en sí.
Una película estresante y enfermiza que termina atrapando y cuya suciedad moral y espiritual termina por seducir, un descenso a los infiernos de un pobre diablo que, ante las adversidades de la vida y de sus propias decisiones, no le queda otra que huir hacia delante.
Y otro pobre diablo es el Dolemite de la última película de Eddie Murphy, otro actor encasillado en el humor facilón y al que creíamos ya perdido para siempre (aunque para ser justos, ya tuvo una primera “resurrección” con Dreamgirls que luego no significó nada).
En Yo soy Dolemite, de Craig Brewer, director que se dio a conocer con Hustle & Flow para caer luego en el mundo televisivo, Murphy da vida a Rudy Ray Moore, un tipo cuyas aspiraciones podrían resumirse en ser famoso. Tras probar suerte como cantante, artista de circo y monologuista, encuentra inspiración en las rimas picantes y soeces de un vagabundo borracho y compone un personaje, Dolemite, que le abre las puertas de la fama. Pero no contento con ello, decide apostarlo todo para producir, aun sin tener ni idea del medio, una película sobre su alter ego.
Basada en la demencial historia real del tal Rudy Ray Moore, la película tiene un aroma que recuerda en algo los casos, también reales, retratados en la soberbia Ed Wood, de Tim Burton, o The disaster Artist, de James Franco. En los tres casos, tres tipos guiados por sus sueños y su fe ciega en sí mismos luchaban para sacar adelante sus películas sin importar su total ineptitud para ello.
Aunque con ligeros puntitos de amargura, Yo soy Dolemite es una comedia realista donde Murphy está sobresaliente. Como en el caso de Jim Carrie en Sonic, todos sus excesos son bienvenidos y están perfectamente justificados y sirve la fábula de este supuesto artista para relatar la época del Blaxploitationy reflejar, de paso, como son los amigos (ya sean productores, distribuidores o amigos disc-jockey) que te ignoran cuando no eres nadie, pero corren a darte palmaditas en la espalda cuando la fama te rodea.
Con un buen número de caras conocidas alrededor, Murphy se redime de sus últimos años de ostracismo y compone, igual que Carrie y Sandler, una magnífica redención que ayudará a callar bocas a todos los que disfrutan haciendo leña del árbol caído.



Valoración (para ambas): Ocho sobre diez.

Cine: SONIC. LA PELÍCULA

Poca confianza tenía yo en otra película más que adaptaba un videojuego y cuyas primeras imágenes no invitaban para nada al optimismo. Cierto es que la reciente Detective Pikachu no resultaba ser un desastre total, pero su resultado final tampoco es que fuese para echar cohetes.
Con Sonic, del debutante Jeff Fowler, el popular erizo de Sega cobra vida de una forma bastante competente, con una aventura simpática y muy divertida que, sin arriesgar demasiado, logra destacar por encima de otras adaptaciones de videojuegos gracias a ese humor fresco y, sobre todo, a la aportación de los dos protagonistas masculinos.
Con un argumento propio de los clásicos de la Amblin (extraterrestre amistoso perseguido para su investigación por el malvado gobierno americano), la película tiene un tono de buddy movie cuando explota al máximo la relación entre el animalillo azul y el sheriff de pueblo al que da vida con solvencia James Marsden. Marsden, recordado por su pasado super heroico en la franquicia mutante de Singer y en el defenestrado Superman Returns del mismo director, sale airoso del difícil reto de compartir pantalla con un ser animado y sus interactuaciones resultan creíbles e incluso emotivas.
Sin embargo, el verdadero rey de la fiesta es un Jim Carrey desmadrado, cuyos excesos le vienen muy bien al personaje de villano que interpreta y que termina por representar el mejor valor de la película. Solo por verlo a él en acción ya vale la pena el precio de la entrada.
Puede que sea cosa de la presencia de Tim Miller como productor o un simple caso de alineación de los astros, pero la realidad es que una película por la que no habría dado ni un duro ha terminado por resultar un estupendo entretenimiento para niños y mayores, plagada de chistes tontos (autoconscientes, eso sí), con el toque justo de moraleja y cuyo aspecto visual no desentona en ningún momento, un pasatiempo muy recomendable para disfrutar en familia.

Valoración: Siete sobre diez.

Relato: EL ABUELO

Hace un par de años participé en el concurso de relatos cortos de Ayerbe (Huesca) con el Canfranero como tema de fondo. 
Cree una historia sobre una de las enfermedades más aterradoras que existen y le dote de unas gotitas de esperanza. Al final, en una fiesta en la que se rememoraban los ecos del apsado con fisfraces y actividades diversas, me llevé el primer premio del concurso y se me ha ocurrido que este podría ser un buen lugar para compartirlo con vosotros.
Espero que os guste:


EL ABUELO.

Acudió a su casa como cada tarde desde hacía varios veranos. Acostumbraba a subir los escalones que llevaban al tercer piso de dos en dos, silbando una jovial melodía a su paso, pero esa tarde no había espacio para la alegría y su caminar era lento y melancólico.
Las palabras del doctor Franquesas, por esperadas que resultaran, le habían hecho mella. Nunca es agradable saber que una vida está a punto de apagarse, por más que todos sepamos que el reloj con la cuenta atrás se pone en marcha en el mismo momento de nuestro nacimiento. Sin embargo, ni siquiera el peso de la evidencia servía para consolarlo.
-Abuelo, ya estoy en casa -gritó cuando abrió la puerta y una oscuridad con aroma rancio lo recibió. Trató de imitar el tono despreocupado habitual, aunque fracasó en el intento. Tampoco es que importara demasiado. Su abuelo era ahora apenas una sombra más que decoraba el salón principal, sentado en un sillón, contemplando el relieve de la ciudad a través de la ventana sin ver nada en realidad. El chico podría haber arrastrado el sillón por la estancia, colocando al abuelo de cara a una pared, y no habría habido reacción alguna por parte del viejo.
Su madre emergió de la cocina, delantal en mano, y besó a su hijo en la frente.
-No hay buenas noticias, ¿verdad?
Era más una afirmación que una pregunta, y él se limitó a negar con la cabeza.
-Me lo llevo -le dijo con determinación.
La madre lo miró sin entender, pero unas patatas a medio freír comenzaron a protestar tras ella y tuvo que volver a centrar su atención en los fogones.
-Me lo llevo -repitió el joven, esta vez más para convencerse a sí mismo que para otra cosa.
Tomó al anciano por los hombros e hizo fuerza para levantarlo. Sin la ayuda del hombre le costó bastante hacerlo, pero al fin lo consiguió, dejándolo de pie en medio del comedor, en un equilibrio precario, mientras iba a por su abrigo.
-¡Venga, abuelo! Nos vamos a dar una vuelta -dijo a la figura de cera.

No le supuso demasiado esfuerzo arrastrarlo hasta el coche. El anciano era como un autómata al que habían dejado de dar cuerda. Se dejaba llevar, pero sin ánimo ni convicción. Un fantasma que arrastraba sus pies guiado por un nieto al que no reconocía.
El trayecto desde Barcelona hasta Huesca le supuso casi tres horas, las cuales amenizó con música de jotas. Las favoritas del abuelo eran las de José Oto, al cual el anciano había llegado a conocer en sus años de juventud en un recital improvisado al calor de unos vinos de Sotomanto. El chaval no era demasiado aficionado a este canto, aunque tras una infancia junto a su abuelo algo se le había quedado, y cuando sonó La Fiera no puedo evitar canturrearla como hacían ambos entre risas años atrás.
El abuelo, por su parte, ni se inmutó, la mirada permanentemente perdida en el infinito.

No sabe ni conoce. Así es como su madre definía la enfermedad del abuelo, como si no se atreviese a decir en voz alta Alzheimer. No se apagó de golpe, más bien como una brasa al finalizar la hoguera, como si se resistiese a agotar el último destello de luz. Pero cuando al fin lo hizo, la misma esencia del abuelo pareció desaparecer, quedando convertido en una simple carcasa vacía.
Empezó olvidando cosas sin importancia, pero cuando se levantaba confundido y asustado, sin reconocer su propio dormitorio, su familia empezó a sufrir por él de veras. Eso fue hace un año. En apenas unos meses sencillamente desconectó del mundo, convirtiendo a su hija y a su nieto en dos extraños primero para pasar a ignorarlos después, como si simplemente no existieran, como si esas siluetas y esas voces que trataban de insuflarle ánimos procediesen de un lugar muy remoto, totalmente inalcanzable para él.
El abuelo se ha rendido, les dijo el doctor Franquesas. Dejó de caminar, dejó de comer y, poco a poco, dejó de vivir. Pero su nieto no se rindió con él. Nunca. Le cantaba jotas mientras lo lavaba, le hablaba despacio, como si fuese un niño, mientras trataba de hacerle comer algo, y le cubría de besos y abrazos sin saber cuál de ellos iba a ser el último.

Pasó de largo Huesca y dirigió el coche por la A-132 hacia Ayerbe, ese pueblo donde había pasado tantos veranos felices, bañándose en las aguas del Gállego y recorriendo sendas a través del Reino de los Mallos, con su abuelo de guía, regando la caminata con apasionantes historias sobre su juventud y sus años como maquinista ferroviario.
Aparcó junto al Palacio de los Marqueses y recorrieron a pie el trecho que había hasta la estación, no sin antes detenerse en una panadería a comprar unos refollaos.
Cuando llegaron a la estación el ambiente era espectacular, con gente ataviada de época recorriendo el pequeño andén en espera de la llegada del tren. El Canfranero, lo llamaban, como tantas veces le había explicado el abuelo. Algo especial impregnaba el ambiente, aunque el chico no supo determinar qué era. Al fin y al cabo, él no había vivido la época que ese día rememoraba.
Se sentaron en un banco, donde el joven dio buen recaudo al último de sus refollaos, mientras les invadió una música al son de la cual danzaban alegres gigantes. Cerró los ojos y creyó viajar hasta esa época del pasado en la que su abuelo era un apuesto ferroviario y hacía sonar la bocina del tren a medida que se acercaba a la estación de Ayerbe. Oyó la voz de una criada llamando a un niño que se alejaba, a un vendedor de globos y dulces, a caballeros con acento francés preguntando por el horario del próximo tren hacia Jaca, a soldados cortejando a alegres señoritas… Se trasladó, como por arte de magia, a la II Guerra mundial, cuando el Canfranero estaba en su máximo esplendor, uniendo los puertos de Portugal con Suiza. Rememoró las historias sobre nazis y franquistas que el abuelo le narraba de crío (probablemente muchas de ellas ficcionadas), relatos sobre importantes cargamentos de oro y wolframio, y, ¿cómo no?, los flirteos con damas de buen ver (y otras de más dudosa calaña) del maquinista antes de conocer a la que a la postre sería la abuela, esa tímida chica de ciudad que no había viajado nunca en tren sin ir acompañada  y que tras pedirle ayuda al abuelo no volvió a estar sola nunca más, hasta su prematura defunción.
Revivió toda esa época embrujado por los disfraces y los bailes de las gentes de Ayerbe y se emocionó. Y un temblor le sacudió el corazón cuando sintió que alguien le oprimía la mano, embriagado por el momento.
No quería girarse por miedo a que fuese fruto de su imaginación, pero al fin lo hizo. Miró a su derecha, donde había sentado al abuelo sin mente ni historia, y confirmó que era la mano del anciano la que apretaba la suya propia, nerviosa, mientras sus ojos volvían a ver por primera vez en mucho tiempo. No solo mirar, sino ver. Si presente o pasado, eso poco importaba. Sus pupilas se contraían y dilataban como queriendo absorber toda la información visual que la enfermedad degenerativa le había privado esos últimos meses, sus iris bailaban descontrolados en el blanco amarillento de sus ojos y una lágrima floreció para dejarse caer por su rostro, esquivando los surcos que la edad y el sol habían provocado en sus mejillas, como grietas en tierra de secano.
Su nieto lo contempló como quien lo veía por primera vez. Y el abuelo giró la cabeza por su cuenta para devolverle la mirada. Por un instante, el chico apenas pudo reconocer al hombre que tanto le había dado y al que tanto quería, intuyendo en su lugar al atractivo joven que fue, con su gorra de maquinista bien calada y el silbato en la boca.
Una bocina rompió la magia del momento y un estruendo de vítores y aplausos los ensordeció cuando el Canfranero al fin hizo su aparición en Ayerbe. Los visitantes corrieron a apelotonarse ante las vías para recibir a la máquina, que impregnaba el ambiente con un aroma a madera vieja y metal, y el muchacho creyó ver una sonrisa dibujándose en los labios de su abuelo.
“Lo he traído de vuelta”, pensó. Fue solo un segundo, fugaz y marchito ya, pero un segundo, al fin y al cabo. La fiesta continuó, el tren se llenó de pasajeros y partió, la banda tocó música y los voluntarios del Ayuntamiento comenzaron a prepararse para la comida popular que no tardaría en llegar. Pero todo eso el abuelo ya no lo vio. Había regresado a ese lugar vacío y solitario en el que había residido al final de sus días y su mirada volvía a perderse en el infinito.
Pero había podido despedirse. Aún quedaban restos de una mueca que había sido sonrisa y un reguero salado se dibujaba en sus pómulos.
Y satisfecho con su excursión, feliz porque había podido volver a ver a su abuelo una última vez, el joven inició el regreso a Barcelona.

En el camino de regreso no hubo música. Ya había pasado el tiempo de las jotas y los recuerdos. Porque en el fondo de su ser, el joven sabía que, ahora ya definitivamente, su abuelo se había quedado en Ayerbe, a los mandos de ese tren donde fue tan feliz y en el que conoció al único amor de su vida.


FIN

lunes, 10 de febrero de 2020

LOS OSCAR EN DOS MINUTOS

El sueño me invade, los párpados me pesan y mi mente se siente tentada por contar las pocas horas que me quedan para dormir en lugar de los premios de la noche.
En fin, mejor rematar el trabajo y, tras una velada más musical que humorística, con un ritmo bastante acertado pero poca inspiración en los discursos, Parásitos ha sido la gran triunfadora de la noche.
Había quien pensaba que el repartir sus posibilidades entre mejor película y mejor película internacional le iba a restar votos, pero contra pronostico ha roto esquemas y va a entrar en la historia de los Oscar por derecho propio.
Es la primera película en ganar un Oscar a la mejor película sin ser hablada en inglés (The artist no la cuento; primero por ser prácticamente muda y segundo porque la única palabra que se pronuncia en todo el film es en inglés). Lo hace, además, con un doblete en mejor película y rematando la faena con otros dos premios gordos: director y guion.
Cuatro Oscar en total, aunque ya puestos se le podría reprochar no haber ganado también alguno técnico.
Bong Joo Ho, además, se ha marcado el mejor discurso al hacer que todo el público se ponga en pie para aplaudir a Martin Scorsese, dando al veterano realizador el homenaje que la Academia le ha negado.
Una justa vencedora que logra empañar la confirmación del boicot contra Netflix y Disney (solo han rascado con Laura Dern y Toy Story 4, respectivamente). Quedo muy decepcionado pese a ser lo esperado por todos, con los premios interpretativos, del cual solo aplaudo el de Pitt y lamento profundamente que España no haya conseguido ninguno de los tres premios a los que optaba.
Ceremonia de premios muy repartidos en la que casi todos han rascado algo: Parásitos se ha llevado cuatro; 1917, tres; Érase una vez… en Hollywood, Le Mans 66 y Joker, dos y Jojo Rabbit, Mujercitas, Historia de un matrimonio, Judy, Rocketman, El escándalo y Toy Story 4, uno.

Este es el resumen de los principales premios:
  • Mejor película: Parásitos
  • Mejor dirección: Bong Joo Ho
  • Mejor actor: Joaquin Phoenix
  • Mejor actriz: Renée Wellweger
  • Mejor actor de reparto: Brad Pitt
  • Mejor actriz de reparto: Laura Dern
  • Mejor guion original: Parásitos
  • Mejor guion adaptado: Jojo Rabbit
  • Mejor película internacional: Parásitos
  • Mejor película de animación: Toy Story 4
Quizá mañana haga un análisis más profundo. Ahora me voy a dormir.
Felices madrugadas... O lo que sea a estas horas...

domingo, 9 de febrero de 2020

ESPERANDO A LOS OSCAR

Cierto es que podría justificarme con los problemas de agenda que he ido mencionando últimamente para explicar porqué no he dedicado más tiempo este año a premios Oscar. No puse el listado de nominaciones en su momento y tampoco he hecho una quiniela con mis favoritos ni repasado los premios que cada película ha ido cosechando desde que empezó la temporada.
Lo cierto es que el tiempo es un elemento clave, desde luego, pero también la desidia. Una desidia que incluso amenaza con que me plantee si voy a aguantar la gala de esta noche hasta el final (aunque tú y yo sabemos que al final lo haré).
Y el motivo es muy sencillo de explicar: no va a ganar la que sin duda ha sido la mejor película del año.
Esta es una afirmación muy tajante, lo sé, pero la película a la que me refiero no solo ha sido, a mi parecer, la mejor del año, sino que ha entrado por méritos propios a formar parte de la historia del cine. Cada vez que en el futuro se recuerde el 2019 se hablará de esta película y habrá para siempre un antes y un después en la forma de trabajar de los grandes estudios.
Me estoy refiriendo, por supuesto, a Vengadores: Endgame, que no solo ha sido la película más taquillera de la historia (eso no significa nada, diréis algunos, a lo que yo añado: nada más que es la película que más a gustado a la gran mayoría del plantea, como si eso fuera poco) sino que supone el colofón de oro a una saga impresionante de películas que se han unido entre ellas como nadie había osado a hacer hasta ahora (y que ha supuesto el batacazo de aquellos que lo han intentado imitar después). Una película espectacular pero también emotiva, con grandes diálogos y brillantes interpretaciones. Una película con un gran reparto donde cada una de sus estrellas demuestra estar entregada a la causa al cien por cien (comparen al Stark de Robert Downey Jr. con el de Dr. Dolittle, por ejemplo). Pero claro, no es época de nominar a nadie por una película de superhéroes, por más que Scarlett Johansson se entregue igual a la Viuda Negra que a sus personajes en Jojo Rabbit o Historia de un matrimonio, por poner otro ejemplo.
Creo sinceramente que hay cierto rechazo entre la gente del cine ante el gigante en que se ha convertido Disney, y eso ha provocado que ni siquiera Endgame pueda destacar en el apartado técnico, igual que a poco puede aspirar El ascenso de Skywalker. Y es que queda mucho más intelectual y gafapastas nominar al rollazo de Joker, aunque eso implique volver a caer en los resultados de audiencia televisiva de una gala que amenaza a caduca. Al fin y al cabo, eso de premiar blockbusters no debería ser tan extraño. ¿Acaso no era Ben Hur un blockbuster de su época? Y no está tan lejano en el tiempo cuando Titanic o El Señor de los Anillos arrasaban en taquilla y en premios.
Pero era otra época, y ahora se lleva más el castigar al que hace dinero, como si Disney fuese el mal encarnado, sin tener en cuenta que es quien prácticamente mantiene vivas a las salas de cine.
Otro que mantiene vivo el propio cine, ya hablando en términos más de autor, es Netflix, otra odiada productora que, sin embargo, es la que da más libertad a los directores. Hace apenas unos meses parecía que Historia de un matrimonio y El irlandés eran obras maestras que iban a arrasar con todo, pero algo ha pasado y, a la hora de la verdad, las nominaciones van a ser suficiente premio. Las opciones han quedado en nada o casi nada.
Al menos Joker no parece que vaya a ser la gran triunfadora, aunque me temo que el (inmerecido) premio a Joaquin Phoenix no se lo quita nadie. Lástima, porque me parece mucho más estimable el trabajo de Antonio Banderas o incluso de DiCaprio o Driver. Respecto a la actriz protagonista, Renée Zellweger podría llevarse el gato al agua, porque su papel en Judy es de esos que suelen gustar a la Academia. En las categorías de actor y actriz de reparto es probable que los favoritos cumplan con los pronósticos y sea la noche de Bad Pitt y Laura Dern, mientras que en la categoría de guion apuesto por Jojo Rabitt y Parásitos.
Hasta hace poco, después del vuelco ya comentado en las quinielas en contra de Netflix, todo parecía indicar que 1917 iba a ser la gran triunfadora, pero los rumurólogos están apostando mucho por esa joya del cine coreano que es Parásitos, con lo que no es descabellado que al final sea el film de Bong Joon-ho quien gane como mejor película y, a cambio, Sam Mendes se lleve el de mejor director.
Y precisamente el hipotético éxito de Parásitos en los premios “de verdad” es lo que le podría hacer restar opciones en la categoría de película de habla no inglesa, la única esperanza para que Dolor y Gloria se lleve, pues eso, la gloria para casa, aunque tampoco es que Klaus no parta con bastantes opciones en el campo de la animación.
Se suponía que este iba a ser el año de la redención para muchos artistas repudiados, pero al final se quedaron sin nominación tanto Eddie Murphy por Yo soy Dolemite, Adam Sandler por Diamantes en bruto (de estas dos aún no he tenido tiempo de hablar por aquí) o Jenifer Lopez por Estafadoras de Wall Street.


Sí espero que sea, al menos en boca de algún presentador, la noche de Kirk Douglas. Se lo merece.

Visto en Netflix: KLAUS

Este año tengo ciertas sospechas de que los académicos no hayan sido del todo sincero con sus apuestas para los Oscar. Ya hablaré de eso en la siguiente entrada, pero me huelo que hay cierto resquemo en contra de Disney y Netflix que han inclinado la balanza hacia una serie de favoritos con los que hace unos meses ni siquiera se contaba.
Sin embargo, dicen que rectificar es de sabios y debo reconocer mi “mea culpa” al haberme precipitado en cierta parte de mi análisis. Y es que una de las cosas que más me chirriaba era que Frozen II se hubiese quedado fuera de las nominadas a mejor película de animación cuando si se encuentra algún título casi desconocido como es el caso de Klaus.
Craso error. Después de haber podido recuperar (casi rozando el límite de la noche de los Oscar) la mencionada película, una producción a medias entre Atresmedia y Netflix que se estrenó en cines sin demasiado ruido y que ahora se puede recuperar vía streaming, debo reconocer no solo que merece estar entre las cinco candidatas, sino que creo que se trata de la mejor película del año, muy por encima de la efectiva pero repetitiva Toy Story 4.
A simple vista, el planteamiento de Klaus podría parecer poco original. No es más que un nuevo intento de explicar el origen de la navidad y sus tradiciones, tales como la figura de Santa Klaus y su deseo de repartir regalos una vez al año. Sin embargo, más allá del cuento empalagoso y cargado de tópicos que uno se podría esperar estamos ante una deliciosa comedia que no por didáctica y bienintencionada deja de ser divertidísima.
En realidad, el protagonista es un aspirante a cartero en una época donde el servicio de mensajería es más castrense que el propio ejército, un niño mimado y pijo que no aspira a nada más que a vivir del cuento sin importarle nadie ni nada y al que su padre, a modo de castigo, envía al lugar más remoto del continente con el propósito de que establezca una oficina de correos capaz de generar un mínimo de seis mil cartas en el plazo de un año. Una tarea casi imposible si tenemos en cuenta, además, que los habitantes del lugar se dividen en dos facciones casi analfabetas cuyo único propósito en la vida es la de luchar unos contra otros.
Con este arranque tan poco navideño, la película va dando pasos firmes hacia la leyenda, creando con suma inteligencia cada uno de los detalles más míticos, con una animación muy clásica, pero de gran calidad y unos personajes que terminan por despertar una ternura infinita.
Puede que alguno la llegue acusar de extremadamente previsible (es evidente cómo va a terminar, eso no lo voy a negar) y demasiado complaciente hacia la obligada moraleja, pero sus virtudes son siempre mayores que sus defectos y termina por ser una delicia en todos los sentidos, una película resplandeciente que se puede gozar a cualquier edad, tierna y divertida a la vez.

Valoración: Ocho sobre diez.