viernes, 19 de marzo de 2021

Visto en Amazon Prime: RICHARD DICE ADIÓS

El éxito de Johnny Depp en los últimos títulos parece estar en sus horas más bajas. Apartado de la saga de Piratas del Caribe y echado de la de Animales fantásticos, ni siquiera su fiel aliado Tim Burton parece contar ya con él. Eso sin mencionar los diversos escándalos y acusaciones que salpican su vida privada. Es por ello que el actor ha tenido que refugiarse en producciones de bajo presupuesto con personajes carentes del maquillaje que habitualmente lo disfraza para volver a demostrar lo buen actor que es.

Uno de sus últimos trabajos (está fechado en 2018, pero es ahora cuando ha llegado a España de la mano de Amazon Prime) es Richard dice adiós, rocambolesca traducción del original The professor en un absurdo ejercicio de metacine sobre los traductores han querido acordarse del anterior film del director y guionista Wayne Roberts, Katie says goodbye.

Richard dice adiós trata sobre la muerte y la mejor manera de enfrentarse a ella. No es, ni mucho menos, la primera vez que el cine refleja una enfermedad terminal, y aunque los títulos más recordáis sea dramas más o menos adolescentes tipo Love Story, Bajo la misma estrella o Antes de ti, que reflexiva sobre la enfermedad casi desde un punto de vista romántico, tampoco son pocos los títulos que se dedican a analizar qué hacer con los pocos meses de vida que quedan y cómo aprovecharlos mejor, ya sea en clave de comedia (Joe contra el volcán), drama familiar (Mi vida) o como alegoría a la amistad (Ahora o nunca).

El Richard del título es un profesor universitario de lengua al que comunican que padece cáncer de pulmón en un estado tan avanzado que es ya incurable. Renunciando a un tratamiento que lo más que haría sería alargar unos meses su sufrimiento, el protagonista decide poner algo de orden en su vida actores de robarse un año sabático y entender un viaje a ninguna parte.

La amistad, la relación con su hija, su farsa de matrimonio… son muchos los tópicos que aquí se reúnen para dar suena al epitafio en vida de Richard. Para ello, Roberts se podría haber fijado en el millón de películas que tratan sobre el duelo y la muerte, pero en un ejercicio de descarada pomposidad prefiere verse reflejado, de manera casi insultante, en la excelsa El club de los poetas muertos. Así, una vez consciente de su propia mortalidad, Richard se convertirá en ese profesor molón y desafiante que a todo estuviste le habría gustado tener, un transgresor excéntrico y descarado, obsequiado al espectador con las perlas de sabiduría de un director que, sin embargo, no es capaz de crear unos diálogos que, aunque ágiles, no están nunca a la abrirá de sus pretenciosas intenciones.

Se agradece al menos que no caiga en el sentimentalismo ni busque (casi nunca) la lágrima fácil, aunque la película no alcanza nunca la intensidad buscada y se pierde en una mezcla entre drama y comedia que sólo se salva por el carisma de un Deep recuperado para la causa. No llega a aburrir, pero tampoco emociona ni alecciona lo suficiente.

 

Valoración: Cinco sobre diez.

martes, 16 de marzo de 2021

Visto en Movistar: COLOR OUT OF SPACE

La historia de Richard Stanley es francamente peculiar. Director de medio pelo a principios de los noventa tuvo su gran oportunidad con La isla del doctor Moreau, en 1996, con Val Kilmer y Brandon Marlo, entre otros, a sus órdenes, pero fue bruscamente despedido y no había vuelto a trabajar hasta ahora.

Color out of space es la adaptación de un relato de Lovecraft que por estas fuertes se publicó como El color que cayó del cielo. Se suele decir que Lovecraft es un escritor imposible de adaptar, y auque no haya nada imposible en esta vida, lo cierto es que todo lo que podemos encontrar basado en su obra es, en el mejor de los vais, un desastre. Aún estamos a la espera de que algún día se haga realidad aquel proyecto de En las montañas de la locura, club dirección de Guillermo del Toro, producción de James Cameron y actuación de Tom Cruise. Un sueño que nunca se hará realidad.

Como sea, debemos conformarnos con acercarnos al Universo del escritor mediante las referencias de la obra de culto de John Carpenter, En la boca del miedo, muy inspirada también en Stephen King y otros ilustres de la literatura del terror.

Así las cosas, esta paranoia psicotrópica con un desquiciado Nicolas Cage y unos efectos visuales sencillos pero efectivos es, posiblemente, el mejor Lovecraft que vamos a poder encontrar en el cine. No es una obra perfecta, dista mucho de serlo, de hecho, pero contiene suficientes elementos perturbadores como para alcanzar un nivel mínimo. Ambientada en la actualidad, algunos de sus contras cabe encontrarlos en el desarrollo de personajes, que a la que se distancia e la familia protagonista afectada por un extraño meteorito de color imposible que cae en sus tierras pierde fuerza. Esto se debe, en parte, al hecho de que el personaje del científico, que en la obra original es quien cuenta la historia en primera persona, aquí entra y sale de la trama sin mucho atino, maltratando ligeramente el ritmo de la continuidad.

Muy heredera de las películas de terror de vídeo club de los ochenta, rememora un tipo de cine ya extinto, y sólo por eso merece la pena darle una oportunidad.

Extraña, inquietante y muy loca, Color out of space es una anomalía fílmica al servicio de Nicolas Cage que parece encontrarse en su salsa en este tipo de tortura psicológica familiar.

 

Valoración: Seis sobre diez.

Visto en Netflix: EL DÍA DEL SÍ

Habitualmente las comedias familiares me suelen dar algo de rechazo, más desde que la presencia de Jennifer Gardner no es para nada sinónimo de garantía. De hecho, en ese cine edulcorado y excesivamente infantil es donde se ha estancado la antaño protagonista de obras más o menos de culto como feo la serie Alias, y cuya carrera empezó a estrenarse con el tropiezo de Elektra, un desastre del que no se la puede considerar culpable.

Sin embargo, El día del sí, el último estreno de Netflix, sub sin ser nada del otro mundo, consigue vencer en su empeño de ser divertida pese a la blancura de su tratamiento. Más familiar no puede ser la cosa: unos padres, agotados de ser siempre « los malos de la película» a ojos de sus hijos aceptan otorgarles un día completo en el que deberán decirles que sí a todo. Naturalmente, los niños aprovecharán esa jornada para abusar de la buena fe de los progenitores y, naturalmente, tras una serie de fracasos y lágrimas (tampoco muchas, no se asusten), la cosa se va a encauzar, demostrando que la familia lo es todo, que hay que hacer caso a los padres y que estos pueden molar aunque estén obligados a poner ciertos límites. Lo de siempre en una comedia familiar, vamos.

No obstante, y sin que se le puede pedir devastado, el director Miguel Arteta y el guionista Justin Malen se las apañan para que el ritmo no decaiga en ningún momento, las peripecias sean suficientemente entretenidas y la obra funcione como un tiro.

Es de esas películas que hay que saber a lo que te enfrentas, pero ahí aceptar la propuesta permite pasar un rato entretenido ante la pantalla.

Y si es con la facilita, mejor.

 

Valoración: Seis sobre diez.

Visto en HBO: CONFINADOS

Doug Liman es un realizador efectivo acostumbrado a la acción que tiene en su haber su paso por la saga Bourne, ser responsable de la unión entre Brad Pitt y Angelina Jolie, o, en intento de rescatar a Hayden Christensen de su estigma galáctico,  la fallida Jumper. No fue hasta cruzar sus pasos con Tom Cruise (Al filo del mañana, Barry Seal) que empezara a ser tomado totalmente en serio. Es por ello que Confinados es una rara avis en su filmografía, un capricho que cuenta, además, con el reputado Steven Knight (Aliados, Millenium: lo que no te mata te hace más fuerte, Serenity) como guionista.

Seguramente se trate de un proyecto nacido del aburrimiento durante el estado de alarma, y lo peor es que esa es la sensación que produce la película, auspiciada por HBO, al verla. Si se echa un ojo a su argumento, la cosa parece ir de un atraco aprovechando el desvinculado causado por la pandemia (vamos, algo parecido a lo que se propone Operación: Huracán o Army of the dead, cada una en sus propias circunstancias), pero nada más lejos de la realidad. Se trata tan sólo de una excusa para que la mínima trama avance en alguna dirección, cuando lo importante de verdad es la situación personal entre los protagonistas (correctos pero poco más, Anne Hathaway y Chiwetel Ejiofor). Es, por lo tanto, un drama intimista sobre una pareja en crisis cuyos problemas se acentúan con el confinamiento obligado. No es la primera vez que se plantea una película desde la intimidad de una casa (me viene a la cabeza la excelente Un Dios salvaje, de Polanski), pero ni Liman ni Knight saben tocar las claves correctas para que los diálogos o el desarrollo de personajes sean suficientemente atractivos.

Así, como película, habría que calificarla como irregular, invitando casi al hastío. Sin embargo, tiene un mérito más allá del estrictamente cinematográfico que me invita a concederle el aprobado justo. Y es que después de una situación tan surrealista e inédita como la que hemos vivido durante el confinamiento del estado de alarma, verlo reflejado en pantalla provoca una proximidad extraña, recordándonos lo global de la epidemia. Cierto es que veo un exceso de normalidad en las escenas finales (las mascarillas son relativamente minoritarias), pero también hay que recordar que en esos días todo era muy confuso y desconcertante.

Las conversaciones (ya sea laborales o con amigos) en video llamada, las calles desiertas o los artistas callejeros improvisando livianas distracciones a sus vecinos hermana el film con la mayoría de espectadores más de lo que lo pueda hacer, en este sentido concreto, Borat, película film secuela, quizá porque en los USA todo se vive de otra manera.

En fin, que puede quedar como retrato de una época pero muy limitada en sus pretensiones.


Valoración: Cinco sobre diez.

Visto en Movistar: LAS NIÑAS

Una de las triunfadoras de los recientes Goya, película revelación del año, mejor directora novel y bla, bla, bla…

Las niñas es una película interpretada por un puñado de crías que están muy bien haciendo el papel de niñas, que corren sus aventurillas como cualquier otra niña de la época y… nada más.

Dirigida por Pilar Palomero, Las niñas es la nueva película vacía y sin nada que aportar al lenguaje cinematográfico más que la necesidad de su directora de plasmar sus recuerdos ser la infancia en pantalla grande, como si a alguien más que a ella le tuviese que importar.

Filmada en formato 1.37:1, lo que se traduce en una sensación de gafapastismo y poco más (vamos a ver, el formato puede ser útil como parte del lenguaje, para plasmar una sensación de claustrofobia, muy bien reflejada en El hijo de Saúl, pero es este caso sólo sirve para aparentar una pretenciosidad insoportable), que junto a planos de cogote (otro ejemplo de casos directores «modernillos» que pretender ser más protagonistas que los actores o el guionista (e el supuesto de que lo hubiese) demuestran las intenciones ser la película. Seguramente los que la defiendan reflejarán su increíble realismo, y eso no lo puedo negar. Es casi como si se pusiera una cámara pegada a la niña protagonista y se filmara todo lo que hace en su vida cotidiana. Algo parecido a otras peliculillas menores que la crítica ha aplaudido (me gustaría saber cuántos de esos críticos las han visto enteras sin cabecear) como Estiu 1993 o Els dies que vindran. Pero una vez más olvidan que esto es cine, sinónimo de fantasía, espectáculo, diversión. Y una cosa es hacer un drama con conciencia social y otra muy diferente es retratar la vida cotidiana sin un desarrollo ni una historia. Al final (y no me vengan con que el tema del canto es una metáfora que lo redondea todo), la directora planta el fin cuando le apetece y nos quedamos todos tan panchos. Y ni siquiera me vale la excusa de buscar una identificación mediante el recuerdo o lo bien que festeja los ecos de una época. Desconozco cómo fue la infancia de Pilar Palomero, pero yo viví como adolescente la misma época que refleja el film (con algún año más que la protagonista) y no reconozco el paisaje. Se ve que ese exceso de conservadurismo ultra católico pasó de largo por mi barrio.

En fin, película aburrida, que sólo se sostiene por la simpatía que puedan despertar las protagonistas, cuyos aplausos críticos me resultan totalmente incomprensibles. Cómo la nominación al Goya de Natalia de Molina (y aquí no soy sospechoso de nada, mil veces he declarado lo que me encanta esta actriz, pero es que aquí no tiene papel ni tiempo para lucirse). Esta es una de esas películas que arrasa en festivales pero que, en un año normal (2020 y 2021 no cuentan para nada) serían totalmente ignoradas en los rankings de taquilla.

 

Valoración: Cuatro sobre diez.

jueves, 11 de marzo de 2021

Visto en Netflix: CENTINELA

Acostumbrados a la típica comedia gala cortada casi siempre por el mismo patrón, Netflix parece ser un buen refugio para descubrir que el cine francés también sabe apostar por la acción, más allá de todo lo relacionado con Luc Besson. En los últimos tiempos nos han llegado títulos como La bala perdida, La bestia o Bronx, y del que ahora llega Centinela. Dirigida por Julien Leclercq, Centinela es una nueva cuenta de tuerca al tema de los justicieros urbanos con traumas familiares, esos que Charles Bronson o Chuck Norris convirtieron en un arte y que en tiempos más recientes pueden tener el rostro de Dezel Washington (The Equalizer), Bruce Willis (El justiciero) o Liam Neeson (Venganza), con la salvedad de que en esta ocasión tiene rostro femenino.

Realizada a mayor gracia de Olga Kurylenko, Centinela narra la historia de una mujer que, tras una serie de misiones militares en Siria regresa a su Niza natal para encontrarse que su hermana pequeña es violada y su agresor va a poder irse de rositas. Ahí es cuando decide tomarse la justicia por su mano.

Quizá por ser una producción francesa, Leclercq parece empeñado en distanciarse de los tópicos americanos, apostando por el factor dramático e insistiendo en los traumas que Siria causó en la protagonista, a la que nos muestra como ligeramente desequilibrada antes incluso de la violación de la joven. Eso no significa que renuncie a la acción, presentando una violencia cruda y cuando a la fotografía del film de una frialdad y un feísmo algo incómodos.

Sin embargo, el director fracasa a la hora de dotar de algo de interés a sus personajes, pues apenas sabemos nada de ellos más allá de cuatro pinceladas sobre la protagonista (que tampoco es que den para mucho). No nos da la oportunidad de conocer a los compañeros militares, coger cariño a la hermana o despreciar siquiera al villano, lo cual provoca un distanciamiento que a la postre resulta fatal para la película. Su ritmo lento no llega a aburrir, aunque poco le falta, y al final se termina por ver más por saber cómo acaba la cosa que porque realmente interese mucho lo que suceda con los personajes. Es como si la indecisión entre apostar por el drama o la acción hicieran que quedase en tierra de nadie, fracasando en ambos terrenos.

Al menos la Kurylenko cumple en el rol de bancaria atormentada y saca adelante su personaje pese a lo poco que tiene para desarrollarlo.

En resumen, una película mal definida que se deja ver pero sin cumplir con las expectativas.

 

Valoración: Cinco sobre diez.

Visto en Amazon Prime: BORAT: PELÍCULA FILM SECUELA

En 2006 el actor Sacha Baron Cohen se hizo mundialmente famoso con la película Borat, en la que daba vida a un reportero de Kazakhstán recorriendo Estáis Unidos. Filmada como si se tratase de un documental real, hacía una terrible sátira de la sociedad americana que era retratada, sin conocimiento previo, en una colección de situaciones tan incómodas como esperpénticas.

El actor y guionista, sin embargo, siempre se ha servido atraído por los excesos (sólo ahora está demostrando su capacidad para registros dramáticos, como demuestra su participación en El juicio de los siete de Chicago), siendo la mayor prueba de su mal gusto la película Agente contrainteligente, con un tipo de humor con el que no suelo comulgar. Por eso, no fui de los que cayeron rendidos a los pies de su Borat, que entiendo que es algo aplaudible como experimento y que crea a un icono cinematográfico innegable, con tanta fuerza conceptual como nuestro Torrente, pero como película no me pareció más que un chiste de dudoso gusto.

Por ello, no esperaba absolutamente de esta secuela, que consideraba un mero ejercicio de buscar un éxito asegurado por más que el autor se detuviera poco menos que el salvador de la democracia.

Pero o bien Sacha Baron Cohen ha madurado o, simplemente, ha aprendido, pues lo cierto es que he llegado a disfrutar bastante con esta bufonada que destripa de nuevo el espíritu americano con una mala leche insólita y una corrosión que redunda en todo lo políticamente incorrecto.

Puede que la clave que diferencia la primera película con esta Borat: película film secuela sea su estructura. Mientras el film de 2006 era una sucesión de gags en una road movie justificada por la búsqueda por parte de Vida y de la ex vigilante de la playa Pamela Anderson, aquí la trama está mucho más trabajada. Con dos escenarios terribles como telón de fondo (la presidencia de Donald Trump y la pandemia provocada por el covid-19), esta secuela de Borat se atreve a ponerse seria al analizar la relación paterno filial de Borat, aprovechando para lanzar un mensaje de comportamiento femenino.

No es que Cohen no recurra a algún que otro momento de escatología de dudoso gusto (momento baile de la fertilidad, por ejemplo), pero parece mucho más comedido que en otras ocasiones, permitiendo que la incomodidad no recaiga en el espectador sino sobre los pobres incautos a los que atraía con su red, haciendo un generoso muestrario de la estupidez humana (tampoco debemos caer en la trampa de pensar que sólo los republicanos son estúpidos), poniendo de prueba, de paso, al público que debe aceptar el humor ácido pero inteligente de las situaciones aún a riesgo de poder verse reconocido en alguna de ellas.

Y eso sin mencionar el genial giro final que desvela uno de los interrogantes más repetidos de los últimos tiempos.

En resumen, que siendo tan incómoda y crítica como la anterior, ha sabido evolucionar para bien, poniendo el dedo en la llaga sin remordimientos pero sin ensuciar la sátira con el exceso de chistes de cacas y penes habituales en él. Y, de regalo, nos presenta a una actriz de mucho futuro, Maria Bakalova, con quien Cohen demuestra una gran química. Otra cosa es que merezca el Globo de Oro a la mejor comedia del año, pero puede que ahí haya un mensaje político más que artístico…

 

Valoración: Siete sobre diez.

Visto en Netflix: LOCO POR ELLA

Aunque su filmografía diste mucho de ser perfecta, Dani de la Orden ha resultado ser uno de los directores más solventes de este país, siendo capaz de estrenar una película nueva cada año (sólo se le escapó el 2017, en el que estaba liado con la serie Élite). Se trata de un realizador de gran sensibilidad y valioso toque agridulce, que me tiene enamorado desde que debutó, en el mercado catalán, con su binomio de Barcelona, nit d'estiu y Barcelona, nit d'hivern, y que me funciona mejor en películas pequeñas e intimistas que en comedias de altos vuelos.

Loco por ella llega de la mano de Netflix, pero lo hace con una aparente sencillez que aleja el film de esas comedias algo artificiales y esquemática como fueron El pregón y, sobretodo, El mejor verano de mi vida, para mí su película más floja y donde sólo me funcionaba el aspecto más sensible de la trama.

En Loco por ella regresa al género romántico proponiendo la difícil relación de una pareja que tras una noche loca deciden seguir cada uno por su lado sin ataduras ni obligaciones. Pero claro, las cosas no son siempre tan sencillas y Adri, el personaje al que da vida Álvaro Cervantes, no puede evitar enamorarse de la impulsiva y excéntrica Carla (Susana Abaitua). Lo malo es que cuando consigue localizarla descubre que está ingresada en un hospital psiquiátrico y la única manera de estar con ella es consiguiendo que lo ingresen también a él.

Esta es una de esas películas de concienciación social que tengo gusta calificar como «necesaria», que aprovecha su historia romántica, tampoco excesivamente original, para presentar a una serie de secundarios con diversas enfermedades mentales. Así, resulta muy tentador compararla con ese gran éxito (incomprensible para mí, más allá de por las buenas intenciones) de público y crítica que fue, hace unos años, Campeones. No obstante, nunca llegué a comulgar con el tono de comedia de la película de Freser, tan esperpéntica que rozaba el ridículo y dificultaba mi empatía con los protagonistas con discapacidades mentales. En la película que nos ocupa, sin embargo, el catálogo de enfermedades que presentan los secundarios, casi el mismo repertorio visto en Toc toc, es tratado con sumo respeto, consiguiendo que cada uno de ellos inspire ternura e invitando a la comprensión. De hecho, aunque sus peripecias por el psiquiátrico resultan muy divertidas, nunca se trata de usarlos como referente cómico, siendo la situación más hilarante y loca la protagonizada, por contraposición, por el jefe de Adri, un imbécil en potencia al que da vida Alberto San Juan. Cierto es que el argumento gira principalmente en todo a Adri y Carla y se echa en falta algo de tiempo para conocer más a fondo al resto de internados, pero con la subtrama protagonizada por Luis Zahera basta y sobra para emocionarnos y sobrecogernos.

Se puede reprochar que en el fondo se recurra a las mismas situaciones y giros típicos de las comedias románticas, y tampoco creo que Dani de la Orden se esfuerce por evitarlo, resaltando cada emoción con esas canciones tan habituales en su filmografía, pero al final logra salirse con la suya en su pretensión de divertir y emocionar, provocando la lagrimita cuando se lo propone.

Loco por ella es previsible y rompedora a la vez, y se las apaña muy bien para enamorar sin complicarse demasiado.

 

Valoración: Siete sobre diez.

sábado, 6 de marzo de 2021

Visto en Disney+: BRUJA ESCARLATA Y VISIÓN

Al fin ha llegado la conclusión de Bruja Escarlata y Visión, y tras rendirme a mis propias ansias y renunciar a esperarme a hacer una maratón de fin de semana he llegado al capítulo final de este viernes con el hype por las nubes y deseando conocer el desenlace del primer paso hacia la fase cuatro del MCU. Y una vez visto el resultado lo cierto es que me he quedado con cierto regusto agridulce.

No me malinterpretéis, la serie es genial y la he disfrutado a tope, pero a estas alturas de la película quizá me esperaba algo más. O puede que todo sea culpa de Kevin Feige, el genial arquitecto de este MCU que con respecto a la serie ha vendido algo más humo que fuego.

Pero vayamos por partes, y lo primero que hay que reconocerle a Bruja Escarlata y Visión es que supera con nota la difícil prueba de ser el pistoletazo de salida de la Fase cuatro, todo un desafío tras lo acontecido en Vengadores Endgame (para mi la película más grande de la historia) y su emotivo epílogo de Spider-Man Homecoming. Aquí puede que la pandemia haya echado una mano, pues no estoy seguro de si las películas de Viuda Negra o Los Eternos habrían cumplido igual de bien ese papel. Y tampoco es que para nada por alterar el orden de la periferia de Natasha, al fin y al cabo, si nos ponemos meticulosos, posiblemente habría que ubicar los hechos de Bruja Escarlata y Visión con anterioridad a los de la película de Spidey.

Se trataba, a priori, de una apuesta arriesgada y valiente, y estoy seguro de que si no fuese porque el logo de Marvel ya vende por si solo dudo que mucha gente se hubiese atrevido a continuar con una serie que arranca como una sitcom de los años sesenta, en blanco y negro y sub dar explicaciones de lo que está sucediendo. Además, las vinculaciones con el pasado del MCU son suficientemente relevantes como para terminar de desconcertar al espectador casual.

Sin embargo, apenas alcanzar el ecuador de la tentada, la serie deriva hacia unos registros mucho más convencionales y toda esa estimulante narrativa desaparece para asentarse a cualquier otra película Marvel. Algo lógico y casi hasta necesario, desde luego, pero algo frustrante después de un inicio tan rompedor.

La fórmula Marvel, se podría decir, pero la fórmula Marvel bien interpretada, esa que recuerda a los momentos más difíciles de las películas de los hermanos Russo y sobre la diversión está en las espectaculares escenas de acción, no en su humor, y donde las lágrimas amenazan con aparecer por sorpresa en cualquier momentos. Sí, hay efectos especiales de nivel, sorprendentes si tenemos en cuenta que esto es televisión (y con Agentes de SHIELD en la memoria), pero al final lo que más cala son los momentos emotivos, ya sea por lo que sucede o por lo que se dice (los diálogos son también otro de los puntos fuertes de la serie). Sorprende que en una historia que trata de magia el combate final (los dos que hay, de hecho) se resuelvan más por el ingenio que por la fuerza, exactamente igual que pasaba en Doctor Strange.

Otro acierto es la interrelación de personajes secundarios de películas muy distantes entre ellas, como Thor o Ant Man, dando así más cohesión si cabe al Universo Marvel, aunque he echado en falta algún peso pesado en el episodio final, tal y como se llegó a insinuar (y no es que yo sea muy fan de las apariciones gratuitas estilo The Mandalorian), amén de algo que nos pusiera los dientes largos de cara al futuro de este universo. Sí, ya sé que hay dos escenas postcréditos precisamente con ese fin, pero lo cierto es que todo lo que acudían es alfil que más o menos se sabía desde que Disney anunciara su listado de proyectos en la pasada junta de accionistas.

Lo mejor, la manera en que los de Marvel saben tocarnos la fibra sensible, la preguntas sobre ciertos personajes que sin duda se resolverán en un futuro más o menos cercano, el genial duelo interpretativo entre Elizabeth Olsen y Kathryn Hahn y el desarrollo narrativo y rompedor de los primeros episodios.

Lo peor, el convencionalismo al que cede en el tramo final, reduciendo la capacidad para sorprendernos y dejando con la sensación de que tenían entre las manos la posibilidad de hacer algo único y se han confirmado con firmar una gran serie, lo que tampoco es poco.

Visto en Disney+: AGENTES DE S.H.I.E.L.D.

Aunque hoy en día parezca que todos los males sin causa de las pandemia, hay otros factores que pueden resultar también determinantes en el éxito o el fracaso de un producto audiovisual.

Dentro del propio MCU, donde todo parece infalible, dos factores pueden resultar determinantes para maltratar un producto: su calidad y el momento en el que llega a las pantallas.

En el caso de Agentes de SHIELD, su primer obstáculo fue el de un arranque irregular, con personajes sin demasiado carisma que parecía malvivir sólo gracias a su estrecha vinculación a las películas de la saga cinematográfica. Tardó demasiado el invento de Josh Whedon y compañía en encontrar su propia identidad y para cuando lo consiguió, ya había perdido a la mayoría de su audiencia. Sin embargo, una vez lanzados al ruedo y, posiblemente, sin nada que perder, el equipo liderado por Coulson logró reinventarse temporada tras temporada logrando cuadrar un reparto con empaque y evitando caer en la repetición argumental.

Y en esas llegamos a la séptima y definitiva temporada y nos encontramos con el segundo de los factores. Estrenada en un momento de vacío emocional tras el fin de de la saga el Infinito y en espera a que dé comienzo la fase cuatro del MCU, huérfana de una buena emisión en España (los derechos hasta ahora los tenía Movistar, que estrenaba un episodio por semana pero los eliminaba al mes, hasta que llegaban a Netflix al año de su emisión en Estados Unidos) y pendiente de encontrar su hueco en Disney+, la repercusión de la temporada focal ha sido escasa. Quizá ha influido también las dudas sobre si pertenecía realmente al canon del MCU o no, cosa que finalmente parece confirmada. A diferencia de las series de Netflix, que más allá de algún conectado aislado haciendo referencia s «la batalla de Nueva York» en las peineta temporadas de Daredevil y Jessica Jones respectivamente, nada parecía indicar que la ciudad de Los Defensores fuese la misma por la que transitaban los Vengadores, pero los guionista de Agentes de SHIELD parecían empeñarse en recordarnos cada poco tiempo que nos encontrábamos en el mismo universo.

Ese ha sido, a la vez, la principal virtud y el principal defecto de la serie. Virtud porque ha sabido distanciarse para no ser, como en su primera temporada, un mero complemento. Defecto porque en ocasiones hay detalles que se han echado en falta. Se hace extraño, por ejemplo, que en cierto momento se hayan centrado en aventuras espaciales obviando por completo a Los Guardianes de la Galaxia o a Thanos, aunque ello se pueda justificar con cambios de libras temporales y viajes en el tiempo, prácticamente el tráfico de la temporada final. El paso por diferentes épocas ha permitido que el humor fluya con muchas referencias y homenajes, aunque se han cuidado mucho de pasar por los noventa, donde ya sería inexplicable evitar un cruce con el Coulson joven al que vimos en Capitana Marvel.

Finalmente, la serie es un buen entretenimiento que, sin pertenecer a las grandes ligas (como todo lo que está por llegar en Disney+) se ve con agrado, pese a que la emotividad buscada en el episodio final me supo a poco. No sólo por, una vez restablecido el orden natural de las cosas, obviar el famoso chasquido (que se supone tuvo efecto en todo el Universo y quien sabe si en todo el multiverso también), sino por la ausencia de miembros importantes del reparto de temporadas pasadas que bien merecían su despedida (estoy pensando, por ejemplo, en Pájaro Burlón o Hunter, que estuvieron a punto incluso de tener su propio spin-off) o incluso algo cameo importante (Nick Furia habría sido lo suyo). Pero bueno, nos deberemos conformar con la esperanza de volver a encontrarnos con anfibios de estos agentes en el futuro. Por lo pronto, ya se habla de la presencia de Temblor en la serie Invasión Secreta y tampoco creo que sea la última vez que veamos a Coulson por aquí.

En fin, que se acabó lo que se daba. Con esta última temporada se cierra una época en el MCU de igual manera que con Bruja Escarlata y Visión comienza otra nueva.

jueves, 4 de marzo de 2021

Cine: PEQUEÑOS DETALLES

Hasta por dos ocasiones a lo largo de la película, el personaje al que da vida Denzel Washington insiste en la importancia de fijarse en los pequeños detalles a los que alude el título. Pero John Lee Hancock, director y guionista de Pequeños detalles, parece olvidarse precisamente de ellos en su puesta en escena, dando lugar a una película excesivamente ligada a su trío protagonista y obviando al entorno que los rodea (víctimas incluidas) y dificultando el interés por la historia que nos pretende contar, más allá de lo que dé de sí la interactuación entre ellos tres.

Con una estética muy noventa que emula sin disimulo a clásicos como Seven o El silencio ser los corderosPequeños detalles trata sobre la investigación para atrapar a un asesino en serie mediante la colaboración del inspector encargado del caso, Rami Malek, y un ayudante de policía de gran fama pero oscuro pasado, Washington.

Hay muchos méritos que otorgar a John Lee Hancock en su haber, como conseguir una química estimulante entre actores tan dispares o lograr hilvanar una historia interesante pese a sostenerse sobre unas bases harto conocidas, pero es entonces cuando esos detalles a los que aludía al principio amenazan con desequilibrar la balanza. Por un lado, la investigación se me antoja demasiado superficial, «eligiendo» más que descubriendo a su sospechoso principal, Jaret Leto. Por otro, la corrección política de unas imágenes que evitan en todo momento la truculencia propia de los dos ejemplos en los que se quiere reflejar, con lo que no permiten que nos sintamos tan horrorizados por la crueldad del asesino tanto como los propios investigadores, y por consiguiente no sentir sus mismas emociones. Lo mismo sucede con la casi inexistente plantilla de secundarios, meros elementos decorativos con poco o nada que aportar.

Finalmente, John Lee Hancock toma una decisión discutible en cuanto a su desenlace final, cargando todo el peso en un dilema moral que si bien es por un lado aplaudible corre el peligro de resultar demasiado decepcionante para el espectador.

Al final, el tener a tres ganadores del Oscar como trío protagonista salva los muebles, en especial con un implicado Washington, y elevan el interés de la ficción más allá de su trama, menos tétrica y adictiva de lo que se propone.

En resumidas cuentas, un policiaco con tintes noir, disfrutable pero desaprovechado, que cuenta con el mérito involuntario de ser uno de los pocos atractivos de una cartelera post confinamiento poco glamorosa y atractiva.

 

Valoración: Seis sobre diez.