viernes, 15 de julio de 2022

Visto en Amazon Prime: LA LISTA FINAL

Mientras realiza una breve pero interesante aparición en Thor: love and thunder, con Jurassic World: Dominion aún en el recuerdo  y a la espera del estreno de la esperadísima Guardianes de la Galaxia, vol. 3 que ya ha finalizado su rodaje, y entre polémicas y meteduras de pata en las redes, Chris Pratt aún ha tenido tiempo de convertirse en el actor mejor pagado por una serie de televisión y ser el reclamo principal de la apuesta más fuerte de Amazon Prime (mientras llegue el turno de su Señor de los Anillos) para esta temporada.

La lista final es la historia de un comando de Navy Seals que es emboscado en una misión en Siria donde sólo sobre vive James Reece, el personaje interpretado por Pratt. A su regreso a los Estados Unidos, una serie de discordancias entre sus recuerdos y los informes oficiales invitan a pensar que la mente puede estar jugándole una mala pasada y cuando su familia es violentamente asesinada él parecerá el principal sospechoso.

Llegados a este punto, la serie parecía ser un complicado juego de esquizofrenia y falsas verdades, arrastrando al espectador entre la realidad y la ficción y teniendo en Reece a un narrador poco fiable, pero enseguida rechazan la carta del suspense para mostrar las verdaderas intenciones de la propuesta, que no son otras que la de conformar una historia de venganza que pretende aunar, sin demasiado éxito, los laberintos burocráticos del sistema americano, con intrigas que parecen sacadas de una novela de Tom Clacy, con el cine de Charles Bronson que queda ya algo anejo. Así, Pratt, sin el menor rastro del sentido del humor que lo acompaña en sus personajes habituales, se convierte en una especie de Rambo con unas dotes detectivescas nada sutiles, que irá dejando un reguero de sangre en su camino a descubrir la verdad que se oculta tras sus problemas de memoria y la muerte de sus seres queridos mientras tacha, como si de la Uma Thurman de Kill Bill se tratase, objetivos de su lista negra.

La serie tiene no pocas virtudes, como una buena dirección (siguiendo el camino marcado por Antoine Fuqua en el primer episodio) y una reunión de actores bastante reconocibles, como Taylor Kitsch, Constance Wu, Riley Keough, Jeanne Tipplehorm o Jai Courtney o una acción in crescendo, pero también muchos peros, entre los que se encuentra un alargamiento excesivo de su trama, quizá más válida para una película que para una serie de ocho capítulos. Así, el cambio de tono del primer tercio de la serie respecto al final hace que se plantee como algo aburrido y el resultado final se intuye demasiado alargado.

Parece como si, tras el buen funcionamiento de propuestas como Jack Ryan o Jack Reacher, en Amazon Prime quieran especializarse en adaptar novelas de acción con trasfondo militar (estamos ante la adaptación de la primera novela de una pentalogía escrita por Jack Carr). Lo malo es que en este caso, y sin querer entrar en polémicas políticas, la cosa tiene un ligero tufillo republicano, cosa que no debería ser mala en absoluto (allá cada uno con sus ideales) si no fuese por el peligro de que la serie pueda ensalzar el uso de las armas y la política del ojo por ojo.

Quizá el mayor valor de la serie sea la posibilidad de entablar un buen debate acerca de las decisiones morales tomadas por el protagonista y analizar si estamos ante una historia de héroes o villanos o si, de alguna manera, todos tienen algo de villanos. 

martes, 12 de julio de 2022

Visto en Disney+: BAYMAX

Los spin-off de películas o series de éxito suelen ser un recurso fácil para estirar el chicle de un éxito que rara vez sale bien. Y si hablamos de la animación de Disney, ya ni digamos. Los derivados de sus grandes clásicos solían ser subproductos de medio pelo destinados a la venta directa en DVD o, ahora, a rellenar el cajón de las producciones de Disney+.

Sin embargo, Baymax, la tardía serie que da continuidad a la brillante Big Hero Six, es la excepción que confirma la regla. Mediante seis breves episodios (todos ya disponibles, en un cambio de táctica de Disney+ muy apropiada para este producto en cuestión), vemos como el simpático robot de Hiro recorre la ciudad de San Fransokyo en busca de gente a la que poder ayudar, causando tantos problemas como soluciones.

El gran acierto de Baymax es que, pese a la simpática animación y al acertado diseño del personaje, entrañable y achuchable, los guiones son lo suficientemente elaborados como para atraer a los más adultos de la casa, abordando temas tan insospechados como la soledad en la tercera edad, la salud laboral o la primera menstruación. Pinceladas que, sin renunciar a un sentido del humor loco y muy efectivo, consiguen hacer de Baymax una estupenda serie para todos los públicos que se devora en un suspiro y te deja con ganas de más.

Sin duda, Baymax es uno de os grandes aciertos de la temporada, aunque me temo que su aspecto e producto infantil lo van a condenar al ostracismo.

Visto en Netflix: EL HOMBRE CONTRA LA ABEJA

Tras un tiempo fuera del candelero, Rowan Atkinson parece dispuesto a resurgir de las cenizas encadenando una serie de proyectos a priori interesantes, como su participación (entre un montón de nombres ilustres) en la nueva adaptación de Willy Wonka o su retorno al que a la larga ha sido el personaje que le ha dado la fama, Mr. Bean. Pero para empezar, Atkinson debuta en Netflix en una nueva serie creada por él mismo y que, a priori, es muy bebedora de sus roles habituales, ya sea Bean o Johnny English; es decir, un personaje torpe y desastroso que va provocando el caos a su alrededor.

La diferencia estriba en que mientras aquellos eran simples torpes de buen corazón y las mejores de las intenciones, la nueva creación de Atkinson se presenta como un imbécil redomado, alguien de quien incluso podríamos intuir algún tipo de problema mental. Y eso ya o hace tanta gracia.

La premisa es terriblemente sencilla. Un hombre separado con un historial de problemas a sus espaldas es contratado para cuidar una lujosa y moderna casa durante las vacaciones de sus dueños. Un trabajo que, ya de primeras, no parece demasiado sencillo, en vista de la compleja tecnología inteligente que utiliza la casa y a la que hay que añadir el cuidado de un perro delicado de estómago, pero de las que Trevor, el protagonista, podría haber salido adelante si no fuese por la intromisión de una abeja que va a ser capaz de desquiciarlo hasta puntos insospechados.

Así, El hombre contra la abeja es una colección de estupideces reunidas en nueve episodios e apenas diez minutos cada uno (lo mejor que tiene es lo rápida que se ve) sin ninguna coherencia en sus cortes (casi parece como si fuese una película a trozos) en la que las torpezas iniciales, propiciadoras de alguna risa para los fans del actor, se vuelven tan demenciales que cuesta simpatizar con el personaje. A mí, por lo menos, la destrucción gratuita de la propiedad ajena no es que me haga especial gracia, la verdad.

Si ser, por tanto, nada del otro mundo, lo peor quizá sea el episodio final, en la que hay un giro inesperado (y totalmente absurdo y mal desarrollado) en busca de una redención totalmente innecesaria y poco creíble que no hace más que estropear una serie que en ningún momento ha conseguido brillar como pretendía.

sábado, 9 de julio de 2022

Cine: THOR: LOVE AND THUNDER

Habiendo podido disfrutar de Thor: love and thunder la misma tarde del estreno, la lógica me imponía publicar un comentario sobre la misma a lo largo del día. Sin embargo, es tal el nivel de desvergüenza mostrado por Taika Waititi en su segunda aproximación al Dios del Trueno, que me he visto tentado a esperar a un segundo visionado o a reposar mejor la película.

Pero, como dijo alguien: ¿Quién dijo miedo? Así que allá voy, a ver que me saco de la manga.

El caso es que, pese a un prólogo que remueve ya los estómagos e invita a la lagrimita y tras disfrutar de la fanfarria de Alan Silvestri que acompaña al logo de Marvel en versión guitarrera (anunciando que estamos ante una película muy «heavy» en todos los sentidos) el nivel de despiporre es tal que, en ocasiones, roza la vergüenza ajena. Pese a la división que suscito, Waititi es consciente de que su Thor Raknarok fue un soplo de aire fresco a la saga y ha multiplicado sus locuras por cinco, proponiéndonos desde el primer  minuto en que aparece en pantalla a un Thor ridículo, un cafre en todos los sentidos que, en comparación, hace parecer serio y formal a Star Lord en los momentos en que comparten pantalla. Cierto es que a medida que avanza la acción el absurdo se mitiga y crece la épica, pero para entonces posiblemente ya se habrá perdido a buena parte del público que pueda no conectar con cabras estridentes razas que parecen marionetas y estética psicodélica. También es cierto que, tras Raknarok, la gente ya debía venir sobre aviso, y quien se quiera quejar del humor de este Thor es que no sabía dónde se estaba metiendo.

Dicho esto, es sorprendente y muy meritorio la habilidad de Waititi para pasar del humor más loco al drama capaz de estremecer y emocionar. No es que sea algo nuevo en él, pues se le dio de maravilla en Jojo Rabbitt, pero el trasfondo trágico y humano de su Love and Thunder es algo de lo que carecía Raknarok y que le hace ganar muchos enteros.

Por lo explicado hasta ahora, no quiero que se entienda que no me ha gustado la película, ni mucho menos. Es solo que, por más preparado que estuviera, el nivel de delirio es tal que me ha pillado con la guardia baja en más de una ocasión. Por un lado, echo en falta al Thor más digno que nos presentó Kenneth Branagh y al que ya hizo enamorarse de Jane Foster. Por otro, la evolución es natural y coherente con lo visto a lo largo del MCU, End Game incluida.

Además, por mucho que esta sea una película 100% Waititi, no sería justo dejar de mencionar el genial trabajo de sus protagonistas. Chris Hemsworth demuestra que se mueve como pez en el agua en el terreno de la comedia, su química con una recuperada Natalie Portman es total y Christian Bale compone a un villano brillante. No es cuestión de analizar ahora si se desaprovecha o no la trama creada por Jason Aaron para los comics (la película bebe principalmente de dos de sus sagas más míticas: La poderosa Thor y El carnicero de Dioses), pero al menos no me quedo con la sensación de que me han arruinado la posibilidad de ver un Planet Hulk o de tomarse a guasa la destrucción de Asgard como sucediera en la anterior película.

El caso es que, entre cachondeo y chistes apelotonados, Thor: Love and Thunder contiene algunas set-pieces espectaculares, puro delirio comiquero, tiene una acción bien calibrada y funciona cuando tiene que poner el dedo en la llaga de la emotividad. Y si dejamos los prejuicios a un lado (y a estas alturas ya deberíamos tener claro que cuando se trata de Waititi no debemos esperar una fidelidad enfermiza a los comics), lo cierto es que estamos ante un espectáculo divertidísimo, adrenalítico y muy emotivo.

Ante el debate de cuál de las dos películas de Waititi sobre el personaje es mejor, lo dejo en tablas, pues si bien es cierto que la carga dramática mejora esta propuesta, los excesos humorísticos (me llegó a cansar el chiste recurrente de la aparente relación sentimental entre Thor y sus armas) pueden llegar a molestar. Lo que sí que no molesta es la medida aportación de Los Guardianes de la Galaxia (incluso me supieron a poco) así como alguna que otra recuperación que me alegraron la tarde.

En resumen, que estamos ante la película más diferente y loca de la Fase Cuatro del MCU, algo que quizá necesitábamos aunque pueda doler ver la gloria asgardiana reducida a esto (y del panteón de dioses, Zeus incluido, mejor ni hablo). Un tiovivo de emociones con un villano bien justificado y un Helsworth demostrando que su Thor tiene cuerda para rato. Creo (insisto, debo volver a verla) que no me va a hacer volar la cabeza, pero tiene momentos de verdadero deleite. Y además, al ritmo de Guns’n’roses todo pinta mejor.

 

Valoración: Siete sobre diez.

viernes, 8 de julio de 2022

Visto en Netflix: AMOR Y HELADO

Siempre se ha dicho que dentro del vasto catálogo de Netflix hay un espacio infinito reservado para las comedias románticas, la mayoría de ellas pastelosas y que, en una época anterior a la era del streaming, no habrían pasado de meros telefilms. Sin embargo, de vez en cuando se topa uno por sorpresas agradables y bastante simpáticas, como la película que nos ocupa ahora.

Amor y helado (que para ser más coherentes debería haberse traducido como Amor y gelatto) no es una obra maestra ni nos rememora a los tiempos de Nora Ephon, así como tampoco aspira a retomar el espíritu de Richard Curtis, pero si somos capaces de contentarnos simplemente con una historia bien contada, de personajes simpáticos y unas gotas de nostalgia, Amor y helado logra convencer sin caer en el empalague ni la ñoñería.

Como puede imaginarse por el título (y más con el poster, con la inevitable presencia de una Vespa), la película es un tributo a la ciudad de Roma, que para Hollywood no es la ciudad del amor, como sí lo es París, pero poco le falta. Allí nos encontramos a Lina, que en tributo a su madre recientemente fallecida pasa allí unas vacaciones con la idea de reencontrarse con un pasado que no sabía que existía y abriendo las puertas, cuando menos se lo esperaba, al amor, en forma del clásico triángulo en el que deberá elegir (o no) entre dos pretendientes: un niño de papá atiborrado de pasta o un aspirante a cocinero.

No voy a decir que los giros de guion sean sorprendentes y ni siguiera las decisiones tomadas por los protagonistas varía mucho de lo que uno podía imaginarse apenas empezar el film, pero es que tampoco la película de Brandon Camp pretende jugar a eso, conformándose con ser un retrato de una ciudad y un cuento romántico sobre el amor, la familia y el duelo bastante bien hilvanado y que consigue emocionar por momentos.

 

Valoración: Seis sobre diez.

jueves, 7 de julio de 2022

Visto en Disney+: LA PRINCESA

Puede crear algo de confusión el estreno de La Princesa en Disney+, dando lugar a pensar que estamos ante una producción de la Casa del Ratón y que nos vamos a encontrar con alguna versión en live-action de cualquiera de sus princesas más populares. Sin embargo, esto es en realidad una película 20th Century Studios (la antigua Fox) que Disney+ añade, en realidad, a su catálogo de Star (en origen fue estrenada directamente en Hulu).

Hago esta aclaración porque quizá haya un público muy familiar que no cuenten con la orgía de violencia y muerte que ofrece esta película, que pese a partir como un cuento de hadas más (una princesa es encerrada en lo alto de un torreón por negarse a cumplir con su destino de casarse con un príncipe que garantizaría, en teoría, la prosperidad del reino, carente de un  heredero varón. Es evidente el discurso feminista de la propuesta, con una princesa independiente y una crítica al patriarcado de la época, pero poco más se puede sacar de una película que parece concebida a mayor gloria de Joey King (quien, al parecer, ha interpretado en persona la mayoría de escenas de lucha), quien mejor parada sale del invento. Entiendo los motivos de la joven para aparecer en este film (al fin y al cabo, pese a ser una cara muy reconocible gracias a sus trabajos en Expediente Warren, Asalto al poder, Independence Day: contraataque, Slender Man o, sobretodo, la saga de Mi primer beso, no siempre se tiene la oportunidad de ejercer como protagonista absoluta de una película supuestamente importante), pero me asombra más la presencia de actores tan desaprovechados como Dominic Cooper o Olga Kurylenko, que prácticamente pasaban por ahí y cobraron su cheque.

Y es que lo peor de la película es su guion. O, mejor dicho, la carencia del mismo. Como si de un remake para adolescentes de Redada Asesina se tratase, la película se limita a ofrecernos a la princesa de marras peleando con todo aquel que se cruza en su camino, como superando pantallas de un videojuego, sin que tampoco las coreografías sean nada del otro mundo. John Wick invita a pasarse horas y más horas viendo su desborde de violencia gratuita, pero no es este el caso.

Y es que si he empezado señalando que estamos ante una película demasiado sangrienta y violenta como para ser considerada familiar, también hay que destacar que es demasiado poco sangrienta y violenta como para contentar a los amantes de este estilo de cine, que se terminarán aburriendo ante la simple paliza a masillas sin que haya nada interesante, más allá del mencionado discurso feminista, que contar.

La pillé con ganas, pero me invitó a pegar más de una cabezada que, ¡oh, sorpresa!, no me impidieron seguir el argumento sin problemas.

 

Valoración: Cuatro sobre diez.

Visto en Netflix: ¡CAÑA AL EXTRATERRESTRE!

Con semejante título en español, ¡Caña al extraterrestre! es una película que no puede engañar a nadie. Con producción noruega e inspiración (eso dicen) en un fenómeno real, el nuevo estreno de Netflix se presenta como una de esas películas festivaleras que podrían provocar aplausos y carcajadas por igual (para lo bueno y lo malo) en lugares como Sitges pero que va a provocar estupor y asombro en los hogares de la mayoría de espectadores que se atrevan a tastarla.

La trama versa sobre una despedida de soltero en la que el protagonista invita a un inversor potencial de su empresa con la esperanza de mostrarle su lado más aventurero y salvaje y hacerse así con su confianza. El lugar elegido como destino es una población boscosa que se ha hecho popular por la aparición, hace unos años, de una serie de luces brillantes en el cielo, lo que invita a pensar que estamos ante una inminente invasión extraterrestre que pillará por sorpresa a nuestros protagonistas.

El enviar a una serie de compañeros de oficina (más algún añadido casual) a enfrentarse a una amenaza insospechada puede recordar, en clave más de terror, a Desmembrados (con la que comparte espíritu) o a la mucho menos cachonda Ejecutivos agresivos, pero que a la hora de la verdad (aparte de lo que pueda recordar el aspecto de los extraterrestres -en realidad, humanos «zombificados»- a La Invasión de los ladrones de cuerpos) a quien quiere parecerse es a Bienvenidos al fin del mundo, emulando muchos de los tics de la saga de la trilogía del Cornetto.

Así, entre pugnas contra los extraterrestres, confusiones policiales y algún que otro melodrama familiar, ¡Caña al extraterrestre! pretende ser una comedia sobre la amistad, reuniendo a dos amigos de la infancia cuyos caminos por la vida les ha distanciado y utilizando la invasión extraterrestre para hacerles conectar de nuevo. Muy en la línea del cine de Edgar Wright, al cual copian incluso el estilo de montaje en alguna que otra escena concreta.

Como cabe esperar de un producto así, no hay que ponerse muy exquisito ni buscarle los tres pies al gato. Estamos ante una comedia tontorrona y descerebrada que consigue, lo que no es poco, conformar a un grupo de protagonistas bien definido y a los que es fácil cogerles apego, con lo que la balanza, tras una trama absurda y unos efectos especiales más bien limitados, queda más o menos equilibrada.

No da para soltar la lagrimita, pero si logra cumplir con las buenas intenciones que se propone y logra sacar alguna que otra carcajada, lo que ya basta para satisfacer, por lo menos, a ese público al que va destinada.

 

Valoración: Seis sobre diez.

martes, 5 de julio de 2022

Cine: BLACK PHONE

Comenta un personaje de mi última novela, El hombre de trapo mataba por amor, la coincidencia de que muchos directores responsables de blockbusters de superhéroes hayan iniciado sus carreras en el mundo del terror. Así, Sam Raimi hizo la trilogía de Posesión Infernal antes de enfrentarse a la saga de Spider-man y regresar al mundillo con Dr. Strange y el multiverso de la locura, John Watts debutó con Clown antes de hacerse mundialmente famoso por su visión del Spider-man de Tom Holland, Jack Snyder tiene más éxito con sus películas de zombis que con su aproximación al Supermany al Batman de la Liga de la Justicia y poco hay que señalar de la carrera de James Wan antes de Aquaman.

Algunos de ellos regresaron al género después de comprobar lo agotador que pueden ser las adaptaciones comiqueras, y el caso de Scott Derrickson es un buen ejemplo de ello. Después de mostrar su valía en El exorcismo de Emily Rose, Sinister  o Líbranos del mal antes de derrochar imaginación visual en Dr. Strange, y fue su deseo de ahondar en el terror lo que finalmente lo apartó de su secuela para regresar al cine más pequeño de la mano de Blummhouse y dar a luz esta Black Phone.

Aunque ambientada en los años setenta, Black Phone tiene mucho de Strangers things, como si de un reverso (aún más) tenebroso de aquella se tratara, a la vez que rememora el espíritu de muchas obras de Stephen King (no por casualidad la película adapta un relato corto de Joe Hill, hijo del escritor de Maine). De nuevo con Ethan Hawke como aliado, Derrickson (que también firma el guion junto a su inseparable Robert Cargill) se las apaña para sacar oro del relato corto de Hill, enriqueciendo el cuento de fantasmas original y creando un mundo a su alrededor de gran riqueza, haciendo un verdadero esfuerzo por crear unos personajes interesantes y muy bien escritos y consiguiendo aunar dos interpretaciones muy talentosas en el rol de los niños protagonistas, Mason Thames (que tan solo había hecho un par de cosillas en televisión) y, sobretodo, Madeleine McGraw (con una carrera más extensa pero cuyo papel más destacado hasta le fecha era la de la Hope niña en Ant-man y la Avispa).

Black Phone gira alrededor de un secuestrador de niños (impagables las máscaras diseñadas por Tom Savini que ocultan el rostro de Hawke) y los intentos de la última de sus víctimas por escapar con vida, ayudado por las voces que escucha a través de un teléfono negro aparentemente roto. Estos elementos, prácticamente calcados del relato original, sirven como base para una estupenda historia de fantasmas con un estupendo retrato de la adolescencia (con el dolor por la pérdida y el abandono por en medio) donde hay cabida para el maltrato, el duelo y el buling sin que ningún elemento desvíe la atención de la aterradora historia principal.

Black Phone no es terror puro, y por ello no hay que buscar un exceso de sustos gratuitos (aunque alguno hay, pero muy medido y muy bien colocado), sino una atmósfera insana y muy desasosegante que mantiene en vilo al espectador, casi sin respiración, hasta un desenlace en el que no se encuentran todas las respuestas que uno podría plantearse, pero que ni falta que hace. Esta es, como ya he dicho (y no es gratuito que este sea precisamente el título del recopilatorio en el que se ha publicado el mencionado relato), una historia de Fantasmas, y como tal no hay que buscar más explicación que la que engloba todo lo desconocido y lo sobrenatural.

Puede que sea precipitado, gratuito incluso, hablar de que estamos ante la mejor película del año, pero desde luego, Black Phone es una propuesta muy interesante, que acongoja y provoca que la anterior propuesta estrenada de Blummhouse (casualmente una adaptación de papá King), Ojos de fuego, quede en ridículo.

Visto en Netflix: STRANGER THINGS, T4

No había querido hablar sobre la primera parte de la cuarta temporada de Stranger Things por considerar que era más apropiado hacerlo con el estreno de estos dos capítulos finales, que componen una tanda de episodios casi impecable y que eleva de nuevo el nivel de la propuesta de los hermanos Duffer, que empezaba a decaer a lo largo de la tercera sesión.

Debo reconocer, quizá con la mosca tras la oreja al recordar esa temporada tres que será recordada como la más floja de la serie, que me costó un poco entrar en la propuesta, debido, principalmente, a la incorporación de personajes nuevos que exigen de bastantes minutos para poder conocerlos y así amarlos u odiarlos en función del destino que los Duffer les deparen. Es por ello que los dos o tres primeros episodios de esta temporada se me hacen un poco cuesta arriba, pese a comprender las necesidades de esas cartas de presentación. Lo mismo me sucede con la nueva excusa utilizada para dividir a los protagonistas en grupos, conformando así cuatro tramas paralelas que no siempre brillan al mismo nivel, al menos hasta que no van cogiendo velocidad.

Esto no es un indicativo de nada negativo, son solo peajes necesarios para recuperar la grandeza de la primera temporada y, gracias a un presupuesto mucho más generoso y a que los duffer saben manejar con más soltura que nunca los juguetes que ellos mismos han creado, aspirar a una grandeza sin límites que promete ser mítica en la siguiente (y presumiblemente última) temporada.

Así, durante los siete primeros episodios, la intriga va in crescendo, con tramas paralelas en Hawkins, California, Rusia y en «el otro lado», siendo este último, con el descubrimiento del gran villano de la ficción, el aterrador Vecna, el que mejor funciona. Eso, sin dejar de lado los flashbacks en los que recorremos el pasado de Once y que nos anuncian, de manera no demasiado sutil, la clave de todo el asunto.

Por eso, durante esta primera parte la acción va de menos a más, llegando a un punto sin retorno donde los Duffer deciden hacer un pequeño descanso y poner toda la carne en el asador en una segunda parte compuesta, en realidad, por dos episodios solo pero, eso sí, con una duración más propia de largometrajes que de capítulos televisivos.

El balance final es, desde luego, muy positivo. Sin entrar a valorar el deleite que produce ir identificando los cientos de referencias y huevos de pascua que los Duffer van sembrando en homenaje a su amor por la cultura greek (y que podéis encontrar desgranados en muchas páginas de Internet con gran detalle), Stranger Things consigue reinventarse para, sin salirse demasiado del camino marcado, no resultar repetitiva, y aunar el humor, la emoción e incluso el drama como nunca antes lo había hecho, apostando incluso por oscurecer su tono y desembocar en un cliffhanger final que hace que los hipotéticos dos años que podemos tener que esperar hasta conocer la resolución final sean interminables.

Pese a los reparos que tuve sobre la temporada anterior y el leve hastío que me provocó el arranque de esta, el resultado ha sido una gran fiesta audiovisual, un producto de entretenimiento de primerísima calidad y un feliz (o no tanto) reencuentro con una pandilla a los que ya podemos llamar amigos.

Se augura un futuro oscuro. Y dudo que no todos sobrevivan a él. Pero tendremos tiempo para prepararnos. De momento, Once y sus viejos (y nuevos) amigos nos han encogido el corazón de nuevo, esta vez a golpe del Master or Puppets de Metallica y referencias a Stephen King.

Cine: ELVIS

No es nada novedoso acometer un biopic sobre una leyenda musical. Ya en el pasado vimos cientos de ejemplo, como Gran Bola de Fuego (cuyo arranque tienes muchas similitudes narrativas con esta película) sobre Jerry Lee Lewis; La Bamba, sobre Ritchie Valens; The Doors, etc. Sin embargo, ha sido el tremendo éxito de Bohemian Rhapsody, la supuesta adaptación a la biografía de Queen, la que ha marcado un antes y un después y ha propiciado un aluvión de recuperaciones de canciones míticas, ya sea en modo biopic como Rocketman o en modo homenaje, como el Yesterday de The Beatles o el Last Christmas de George Michael.

Elvis supone una nueva vuelta de tuerca al modelo, acercándose a la figura del rey del rock empleando casi todos los tropos habituales pero con un estilo visual muy particular, algo que solo Baz Luhrmann (idolatrado por unos, odiado por otros) podría acometer. Es casi como si hablásemos, una vez más, de un blockbuster de autor.

Y es que si nos paramos en la figura de Elvis Presley como tal descubriremos que, más allá de lo que a cada uno puedan gustar sus canciones, su vida no deja de ser muy paralela a la de otros artistas de la época, aupados a los más alto gracias, aparte de a su talento natural, a un avispado mánager, cayendo en desgracia tras no saber cómo afrontar esa fama tan excelsa y peligrosamente efímera (regada con una buena cantidad de decisiones mal tomadas) y una muerte prematura. Por eso, Luhrmann apuesta por poner toda la carne en el asador con dios apuestas concretas: por un lado, su particular manera de contar las cosas, con un derroche visual hipnótico que a menudo puede rozar lo kitsch (algo que sucedía con el propio Elvis) y un montaje frenético por un lado y repartiendo el peso de la historia entre dos personajes: el cantante y su mánager, el coronel Tom Parker. De hecho, hay momentos en los que uno se pregunta si no es este último el verdadero protagonista de la historia.

Esto se debe, en gran medida, al gran trabajo que realiza Tom Hanks (que parece inspirarse en su propia creación para The Wonders) dando vida al supuesto villano de la función, que sin desmerecer la gran actuación de Austin Butler (todo un descubrimiento), termina por robarle toda la atención.

Este juego de demonizar al mánager para blanquear algo la figura del artista es el mismo que Singer (o quien quiera que terminase dirigiendo Bohemian Rhapsody) ya hiciera con respecto a Freddie Mercury, pero que Luhrmann lleva al extremo, convirtiendo al indeseable tipejo en narrador (poco fiable) de la historia y jugando a que nos convenza de su honestidad.

Un riesgo que corre el realizador australiano en su película es la de querer abarcar una vida entera en lugar de centrarse en un episodio concreto de la vida de Elvis (como, por ejemplo, hace Judy), pero para ello realiza un recorrido casi fugaz deteniéndose solo en algunos episodios concretos que le interesan para dar forma a su historia y con los que consigue que las más de dos horas y media de film pasen en un suspiro.

No es esta, desde luego, una biografía literal del cantante de Memphis, de manera que quien quiera saber todos los pormenores de su vida o espere un grandes éxitos del artista, se podrían sentir decepcionados (en este sentido era más literal la Oscarizada película protagonizada por Rami Malek), pero no cabe duda de que estamos ante la mejor película posible sobre el rey del rock, una obra gigantesca, brillante e impactante que se adapta más a los deseos de su autor que a los del público, pese a lo cual parece que este último está respondiendo bien.

 

Valoración: Ocho sobre diez.

Visto en Netflix: EL HOMBRE DE TORONTO

Dirigida por Patrick Hughes, El hombre de Toronto, el último gran estreno de Netflix que, inicialmente, debía haber visto la luz en salas de cine, se quiere parecer demasiado a sus dos anteriores películas, El otro guardaespaldas y su secuela. Pero claro, contar con Ryan Reynolds y Samuel L. Jackson no es lo mismo que hacerlo con Kevin Hart y Woody Harrelson (y no porque estos últimos sean malos actores, sino porque parecen incapaces de expirar la química suficiente entre ellos como para lucir todo lo que la película necesita), pero lo que de verdad marca a la película es el pobre trabajo de Robbie Fox, Chris Bremmer y Jason Blumenthal, tres escritores para un guion que nunca consigue tener la chispa adecuada t con el que Hughes no es capaz de hacerse con las riendas de manera adecuada.

No es que El hombre de Toronto sea mala, es más bien que es tan parecida a tantas otras en su ritmo y pretensiones que aunque se pueda llegar a disfrutar durante un visionado en una tarde de verano acompañado por un refresco fresquito, no hay ninguna escena de acción ni ningún punto de humor suficientemente memorables como para volver a pensar en ella una vez llegan los títulos de crédito.

Ni siquiera considero que valga la pena perder mucho tiempo comentando su argumento, ya que estamos ante la clásica comedia de acción que uno ve por inercia al aparecer en el menú principal de Netflix como tendencia, siendo casi la película obligada de la semana, pero sin que importe demasiado lo que nos quiere explicar. Tampoco es que importe. Solo merece la pena quedarnos con el puñado de peleas y chistes tontos que los protagonistas se dedican uno al otro y conformarnos con un nivel bastante bajo, por lo que el disfrute de la película (que va de lo mismo que van todas las buddy-movies, de dos tipos opuestos que deben colaborar para salvar el culo) dependerá de las exigencias de cada uno.

Para mí, ni fu ni fa…

 

Valoración: Cinco sobre diez.