sábado, 23 de noviembre de 2019

EL SILENCIO DE LA CIUDAD BLANCA

La nueva película de Daniel Calparsoro es la adaptación de la exitosa novela homónima de Eva García Sáenz de Urturi, pero bien podría plantearse como una secuela (o precuela, que en realidad se rodó con anterioridad) de El asesino de los caprichos. No solo comparte temática, sino que Aura Garrido interpreta en ambas a una policía que, con ligeros retoques, podrían ser el mismo personaje.
La diferencia está en El silencio de la ciudad blanca cuneta con una buena base literaria y un director que sabe llevar con tino este tipo de thrillers (aunque hay que reconocerle que Cien años de perdón era algo mejor que El aviso). No significa esto que estemos ante una película perfecta, pues ni mucho menos, pero es que en comparación con la propuesta de Gerardo Herrero son como el día y la noche.
Al final, todo se resume en lo mismo: la sombra de Fincher es alargada, y otra vez parece que estemos ante un intento de copiar la atmósfera de Seven sin conseguirlo del todo. Además, hay algunos errores conceptuales, algunos juegos que podrían funcionar sobre el papel pero que en cine no funcionan (al no ser que te llames Alfred Hitchcock), como por ejemplo mostrar la identidad del asesino en el primer tramo de película, descartando el que debería ser el giro argumental más potente.
Hay muchos problemas con la película, pero que se disimulan bien con la puesta en escena de Calparsoro y con el buen trabajo interpretativo, en especial un inspirado manolo solo que se come con patatas a un esforzado pero insulso Javier Rey.
Otra historia más de misterios a la española, un género que en los últimos años se nos da muy bien pero que tiene en La isla mínima a su máximo exponente, casi imposible de superar. En el caso que nos ocupa, estamos más bien ante un divertimento de esos en los que más vale no dar muchas vueltas a lo que está sucediendo y, simplemente, dejarse llevar por la narración, sin necesidad de análisis posteriores. Al menos, garantiza un par de horas interesantes.


Valoración: Seis sobre diez.

LA FAMILIA ADDAMS

Popularizada por el serial televisivo de 1964. La familia Addams era una creación de Charles Addams en forma de tiras cómicas para The New Yorker que gozó de una segunda época dorada a raíz de la adaptación de Barry Sonnenfeld de 1991.
Tras la inferior recaudación de su secuela, lo que propició que la tercera y última entrega de la saga fuese a parar directamente al mercado doméstico, esta peculiar familia fue olvidada hasta que la Metro-Goldwyn-Mayer decidiese recuperarla en formato de animación por ordenador.
Uno de los rasgos más destacados de la propuesta es lo radical de dicha animación, excelente desde el punto de vista de lo diferente pero suficientemente poco convencional como para amenazar con asustar al público manso y carente de riesgo de hoy en día.
Por otro lado, se queda a medio camino entre el humor negro, cruel y macabro, que la contratación de sus directores parecía augurar (no en vano Conrad Vernon y Greg Tiernan fueron los responsables de aquella gamberrada mayúscula que fue La fiesta de las salchichas) y el humor familiar y moralista al que acaba condenándose.
Por ello, sin entrar dentro de lo mal llamado “estilo Disney”, la película denota una falta de valentía, sin duda impuesta por los productores, más deseosos de contentar a la taquilla que de hacer una película verdaderamente interesante, sin que ello signifique tampoco que los personajes sean demasiado blandengues o desdibujados. Sí hay mucho gamberrismo en la propuesta, propiciando algunas secuencias muy divertidas alrededor, sobre todo, de la construcción de esos pintorescos personajes que brillan con luz propia.
La familia Addams es divertida y descarada, con un humor fresco y unos diálogos inspirados, pero que no alcanza a aspirar a convertirse en película de culto debido a ese exceso de amabilidad que lastra un poco el concepto inicial.
Propuesta interesante, en definitiva, quizá no totalmente recomendable para los niños más sensibles pero que evita ofender ni traumatizar a nadie y de la que ya se ha anunciado su secuela.


Valoración: Seis sobre diez.

SECRETOS DE ESTADO

En 2015, el director Gavin Hood demostró que después de haberse hecho cargo de películas tan fallidas como X-Men Orígenes: Lobezno o El juego de Ender, era capaz de dar lo mejor de sí mismo si se ponía serio con la talentosa Espías desde el cielo. En la misma línea se encuentra Secretos de estado, donde vuelve a centrarse en la intriga política en lugar de desarrollar su faceta más palomitera para relatar la historia real de Katharine Gun, una traductora británica que trabajó para la Oficina Central de Comunicaciones del Gobierno donde tuvo acceso a un memorando sobre un espionaje ilegal orquestado por los gobiernos de Estados unidos y Gran Bretaña con el fin de conseguir apoyos para orquestar la guerra de Irak y decide filtrarlo la prensa.
Sin entrar en hacer demasiadas valoraciones morales (uno podría debatir sobre si es lícito traicionar a su país -incumpliendo un contrato que ella firmó voluntariamente- por subsanar su propia conciencia), Hood opta por hacer un relato bastante sobrio, limitándose a plasmar una realidad (ya se sabe que en esto de las historias reales nunca se es completamente objetivo) para que cada uno se quede con su versión. Para ello, divide la narrativa en dos subtramas que confluyen entre ellas, la del juicio por traición a la que someten a Katherine y la que corresponde a la investigación periodística. Es quizá esta segunda propuesta la que resulta más estimulante, recordando en ciertos momentos a films como Spotlight o Los archivos del Pentágono, reflejos de una época en la que el periodismo era serio y comprometido.
Para la realización de la película, Hood se ha rodeado de un gran reparto, encabezado por la siempre solvente Keira Knightley a la que rodean bien nombres tan importantes como Matthew Goode, Ralph Fiennes, Matt Smith o Rhys Ifans entre otros.
Con todo, la película no es del todo redonda, quedando algo por debajo de la mencionada Espías desde el cielo, quizá porque está historia se dilata más en el tiempo (era increíble la tensión que la otra transmitía sin salir apenas de una habitación), lo que provoca un ritmo más irregular que en ocasiones decae ligeramente.
Con todo, no deja de ser una propuesta interesante aparte de una denuncia sobre como los gobiernos manipulan a su antojo, quedando generalmente inmunes por ello.

Valoración: Seis sobre diez.

EL ASESINO DE LOS CAPRICHOS

En la historia del cine el género negro ha sido siempre uno de los más destacados, pero, aunque el uso de los asesinos en serie ha sido recurrente en no pocos thrillers policiacos, no ha sido hasta El silencio de los corderos y, sobre todo, Seven, que el subgénero se puso de moda.
El asesino de los caprichos bebe mucho de esos films, en especial de la obra de David Fincher. En ella, Gerardo Herrero copia el concepto del asesino ritual recreando unas composiciones muy específicas en sus crímenes (en este caso representaciones de las obras pictóricas de Goya comprendidas en su colección de Caprichos) y de la pareja de investigadores que deben resolver el caso. El único toque de originalidad está en cambiar el rol protagonistas, dejando que sean dos mujeres, bastante enfrentadas entre sí, quienes se ocupen del caso, pero ni aún así consigue Herrero romper del todo con los estereotipos, pues la detective encarnada por Maribel Verdú cumple todos los estereotipos del género más simplón (es una solitaria alcohólica, amargada y algo promiscua en la cama) solo que en la vertiente femenina.
El problema de la película radica, sobre todo, en el pobre guion de Ángela Armero, que no consigue en ningún momento construir una historia creíble y siembra de errores todo el libreto. Ni los personajes están bien construidos (tener a Aura Garrido y a Maribel Verdú y desaprovecharlas así es casi tan horrible como los propios asesinatos), ni la trama policiaca se sigue con sencillez (sobre todo por culpa de un final algo torpe y apresurado) ni tiene ningún sentido, una vez descubierto el secreto final, el detalle de los caprichos aparte de dar sentido al título y dotar de cierto empaque al arranque.
Muchas tonterías que solo actúan en contra de las protagonistas, que terminan por caer ligeramente mal, y un ritmo algo anodino provocan que se desconecte con la investigación y se distancie uno mucho de lo que sucede en pantalla, por más que algún que otro giro de guion inesperado pretendan alertar la atención el espectador.
En resumen, una película bastante pobre que no solo está a años luz del trabajo de Fincher en que se inspira, sino que se sitúa muy por debajo también de las cientos de imitadoras que surgieron a raíz del éxito de Seven. Una pena, pues sobre el papel parecía interesante la propuesta.


Valoración: Cuatro sobre diez.

jueves, 21 de noviembre de 2019

EN LA HIERBA ALTA

Aunque pudiera parecer Stephen King está de moda gracias a grandes producciones como It, su reciente secuela y Doctor Sueño, lo cierto es que por donde mejor se ha movido el maestro del terror es en las producciones pequeñas y de medio pelo, esas que antaño eran carne de videoclub y que, en la actualidad, dicho nicho parece haberse quedado en manos de Netflix.
Después de propuestas interesantes como El juego de Gerard y 1922, es ahora el turno de En la hierba alta, otra gran apuesta de la plataforma de streaming que se ha estrenado por todo lo alto, siendo incluso la protagonista de la inauguración del pasado Festival de Sitges. Sin embargo, las cosas no han resultado tan interesantes como parecía y la película, sin ser necesariamente mala, es lo bastante insuficiente como para dudar sobre su recomendación.
El punto más destacado de la misma es la presencia de Vicenzo Natali, el tipo que inauguró con maestría la saga Cube, adelantándose a la moda de los Escape Room y sentando las bases de un cine claustrofóbico y tramposo que más tarde se erigiría alrededor de títulos como Saw. Sin embargo, el que desde 2013 Natali hubiese estado desaparecido del panorama cinematográfico (acomodado en pequeños trabajos alimenticios en televisión) no presagiaban ya nada bueno.
En realidad, el trabajo de Natali es lo más destacado del film, esforzándose por hacer juegos de cámara visualmente muy interesantes y tratando de mantener la tensión en una historia que, la verdad, no da para mucho. Hay que señalar que la base de la misma no es una de las mastodónticas novelas de King, sino un relato breve que escribió junto a su hijo Joe Hill que podría haber dado para un interesante episodio de una seria de antologías del misterio, pero que, alargado hasta su forma de largometraje, pese a los cambios del guion respecto a la historia original, se me antoja demasiado vacía y repetitiva. Algo curioso si tenemos en cuenta que otro de los peros es que le falta tiempo para analizar más a fondo la extraña relación entre la pareja de hermanos, algo más detallada en el relato.
La cosa va de una pareja de hermanos que hacen un alto en su camino junto a un campo de hierba del que escuchan la llamada de auxilio de un niño. Cuando se adentran en la hierba alta del título, esta los atrapará en una especie de laberinto lleno de trampas, tanto físicas como mentales, que no les dejará mucha escapatoria.
Natali juega con las dimensiones paralelas y los saltos en el tiempo para dotar de más enjundia a la propuesta, pero para que ello funcione, sobre todo en su tramo final, debe pagar un peaje excesivo en forma de repetición que, quizá por obligación, podría haber funcionado en cine, pero que siendo un producto para la pequeña pantalla invita a abandonar el film en más de una ocasión.
Al final, tenemos un coctel entretenido, pero algo cansino, bastante más pobre de lo esperado, con alguna presencia importante como el icono del terror Patrick Wilson, pero que no da para mucho más análisis. Sirve para matar la tarde en un día de lluvia y frío, pero poco más.


Valoración: Cinco sobre diez.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

MALÉFICA, MAESTRA DEL MAL

No voy a decir que Maléfica fuese la culpable de esta cansina moda de adaptar a imagen real los clásicos animados de Disney, pues cuando se estrenó, allá por 2014, lo que se estilaba era, simplemente, reimaginar los cuentos de hadas clásicos. Si es cierto, al menos, que por aquel entonces en Disney se molestaban en contar historias que iban más allá de la simple repetición en acción real de las versiones animadas, como es el caso de las recientes La Bella y la Bestia o El rey León. Pese a todo, la película firmada por Robert Stromberg no pasaba del mero pasatiempo dejándolo todo en manos de una Angelina Jolie, eso sí, superlativa.
Maléfica, maestra del mal, inevitable secuela, está dirigida por Joachim Rønning, quien, viendo lo sucedido en la primera entrega, decide doblar la apuesta y jugar sobre seguro: si en aquella todo se confiaba a la Jolie, en esta tenemos además a Michelle Pfeifer como la gran villana, logrando un duelo interpretativo de altura.
A nivel argumental, se pretende subir la apuesta planteando un conflicto entre los habitantes del bosque y los humanos que solo puede terminar de la peor manera, consiguiendo así una película mucho más espectacular y dinámica que la anterior, si bien hay momentos, sobre todo en su tramo inicial, en los que la sobrecarga de efectos visuales y de personajes coloridos y chillones llega a agotar, aunque Rønning se recompone fácilmente y termina por apostar por una épica en su tramo final que, pese a resultar algo tramposa, convence bastante. Bien es cierto que en el tramo central la película decae un poco cuando el personaje de Maléfica prácticamente desaparece de escena, causando un “efecto valle” algo alargado, pero aún así es un peaje que se paga con agrado en pos del espectáculo final.
Sin que el resto de los actores brillen en exceso (Elle Fanning, recién salida de Día de lluvia en Nueva York, se limita a poner caritas y poco más), la película termina derivando en el duelo entre dos monstruos interpretativos del cine que, sin que tampoco tengan demasiadas escenas juntas, son suficientes como para mantener la película por sí mismas y darle el empaque necesario.
Maléfica, maestra el mal, puede que sea una secuela algo innecesaria y que no termine de ser todo lo redonda que pretendía serlo, pero cumple como entretenimiento y logra superar, por momentos, a su antecesora.


Valoración: Siete sobre diez.

NOCHE DE BODAS

Noche de bodas es una gamberrada parida a cuatro manos por el tándem de directores formado por Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett, quienes ya colaborasen en un fragmento de la película episódica VHS y en el film El heredero del diablo (qué mala era esta, por dios), con lo que esto del terror no les viene de nuevas.
Con un sentido del humor muy macabro, Noche de bodas es una nueva vuelta de tuerca al tema de las home invasion, con la salvedad de que en esta ocasión los asaltantes son los propios dueños de la casa. Cuando Grace se casa con un acaudalado joven poco imagina que la noche nupcial en la mansión familiar se iba a convertir en una pesadilla en la que debería luchar por su propia vida. La familia, enriquecida gracias al negocio de los juegos de mesa, tiene una peculiar tradición: tras la boda de uno de los miembros, un ritual decide al azar un juego en el que todos deben participar antes de irse a dormir. Pero el destino se encapricha en que el elegido esa fatídica noche acaree el asesinato de la propia novia. A partir de ahí se desencadena un angustiante correcalles alrededor de toda la propiedad familiar para salvar su propia vida con unos cuantos giros inesperados y, entre casquería y sustos, un sentido del humor tan insano como divertido que hacen de esta pequeña propuesta una película muy recomendable para los incondicionales del género.
Bien encabezada por Samara Weaving, vista en aquel espanto que era Monster Trucks pero también en la magnífica Tres anuncios en las afueras, el amplio reparto cuenta con algún que otro rostro conocido, como Adam Brody o Andie MacDowell, y sin aspirar a nada más que ha hacer pasar un desasosegante mal rato entre sorpresas y risas consigue aportar un soplo de aire fresco a las películas del terror más palomitero al que no se le debe exigir más que a dejarse disfrutar sin que la verosimilitud importe demasiado.


Valoración: Siete sobre diez.

lunes, 18 de noviembre de 2019

ZOMBIELAND: MATA Y REMATA

Aunque la obsesión de Hollywood por las secuelas y el deseo de crear franquicias de la nada, estirando en ocasiones el chicle más de lo deseable, no es nueva, nos hallamos ahora ante una nueva moda más peligrosa y cansina si cabe, la de las secuelas tardías (esta es solo una de las tres que comentaré a lo largo de este mes), lo que provoca cierta sensación de acartonamiento y deseo e aprovecharse e glorias pasadas y que no parece interesar demasiado al público, que ya recientemente dio la espalda a la mediocre Rambo: last blood.
El retraso en la secuela de Bienvenidos a Zombieland (ha hecho falta diez años para llegar hasta Zombieland: mata y remata) está, al menos, justificada, y es que en la columbia querían asegurarse de mantener al equipo creativo, incluyendo director, guionistas y actores, una decisión loable pero complicada, ya que cada uno de ellos ha triunfado hasta lo insospechado tras aquella comedia gamberra sobre zombies. Ruben Fleischer, por ejemplo, ha conseguido el mayor éxito de su carrera con Venom (a todas luces muy inferios a las dos Zombieland), los escritores Rhett Reese y Paul Wernick (a quienes aquí se une Dave Callaham) han triunfado con Deadpool y su secuela y no creo que valga la pena mencionar como se han disparado las carreras de Woody Harrelson, Jesse Eisenberg y, sobre todo, Emma Stone desde aquel lejano 2009, siendo posiblemente Abigail Breslin quien esté en una dinámica claramente descendente.
Zombieland: mata y remata no pretende inventar nada, y es fiel a sus orígenes, desde unos títulos de crédito iniciales prácticamente calcados a los de la película original hasta una trama que ofrece más de lo mismo, muy apoyada en el cuarteto protagonista al que se le ha sumado algún que otro secundario de lujo, como la irritante (a la par que entrañable) Madison a la que da vida Zoey Deutch o los cameos de Rosario Dawson, Luke Wilson o, en última instancia, el propio Bill Murray. Es por ello que la trama parece lo de menos, siendo el plato fuerte el conocimiento de unos personajes muy bien desarrollados que, gracias a unos grandes (y entregados) protagonistas son, de lejos, lo mejor de la función. Resulta curioso, en este sentido, que sea el personaje de la Breslin sobre quien gire el argumento (al ser una niña en la primera película es ella quien más sufre los cambios al pasar una década), siendo a la vez este mismo personaje quien menos oportunidades de lucimiento tiene.
En definitiva, apoyándose en unas bases bien cimentadas, la secuela de Bienvenidos a Zombieland sabe repetir las claves que tan bien funcionaron en aquella, apoyándose en la máxima de que “cuando algo funciona, mejor no tocarlo”. Por ello, no vamos a encontrar nada demasiado original, pero el reencuentro con estos cuatro miembros de la improvisada familia resulta muy efectivo, con un humor muy acertado que funciona durante todo el metraje y consiguiendo que la propuesta de Fleischer funcione a la perfección sin necesidad de arriesgar. Sí, es más de lo mismo, pero ¿acaso no es precisamente lo que se le debe pedir a una película como esta? No logra estar a la altura de Zombies party, desde luego, pero es una divertidísima comedia que incluso deja con ganas de más, permitiendo que fantaseemos con una tercera entrega donde estos cuatro desdichados continúen evolucionando en el tiempo.
¿Será esta la versión zombie y cutre de la saga de Richard Linklater que se inició con Antes del amanecer?


Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 17 de noviembre de 2019

GÉMINIS

Durante mucho tiempo, el nombre de Ang Lee se vinculaba al de cine de calidad. Sin embargo, el director taiwanés también se ha caracterizado siempre por su deseo de innovar. Ya lo demostró con su película más mítica, Tigre y dragón, y continuó jugando con los conceptos clásicos del cine haciendo una de las películas Marvel más extrañas, ese Hulk plagado de viñetas, mezclando con eficacia el CGI con la realidad en La vida de Pi o experimentando con nuevos formatos visuales como en Billy Lynn.
Los buenos propósitos, sin embargo, no siempre son equivalentes a buenos resultados. Muy fácilmente se coloca la etiqueta de visionario a un director (quizá James Cameron sea de los pocos que lo merecen realmente) y de poco sirven las formas si no hay un buen fondo detrás.
En su última película, Géminis, Lee repite en su pretensión de hacernos ver el cine en HFR (120 fotogramas por segundo), primer gran error del film. No ya por los resultados visuales (allá cada uno con su valoración, aunque El Hobbit de Peter Jackson ya demostró que un exceso de realismo en las imágenes terminaba siendo contraproducente), sino por la imposibilidad de ver la película tal y como ha sido concebida en la mayoría de cines del planeta. Algo parecido a lo que sucedió en menor medida con el Cinemascope de Los odiosos ocho de Quentin Tarantino o los 70 mm del Dunkerque de Christopher Nolan.
El segundo reclamo de Géminis cabe encontrarlo en un nuevo uso del CGI para lograr el rejuvenecimiento de un actor, en este caso Will Smith, lo cual sirve como excusa para que un Smith joven y uno ya maduro se enfrenten cara a cara y se den de leches cada dos por tres. Algo meritorio si no fuese porque la propia Mavel demostró que es la más aventajada en el invento, no ya por los múltiples cameos de actores rejuvenecidos de sus películas sino por la osadía de hacerlo con un papel protagonista en Capitana Marvel. El propio Scorsese (el mismo que reniega del cine de superhéroes) recurrirá a esta técnica para la inminente El irlandés. El problema está cuando en lugar de un recurso para acompañar a la historia se convierte en el auténtico motor, terminando por ensombrecer un guion que, sin efectos especiales llamativos, no sería nada del otro mundo.
Es el propio Lee quien se ha empeñado en presumir de esta tecnología y quien ha provocado que toda la promoción del film gire en torno a ella, lo que ha propiciado el fracaso de la película. Y es que, si nos olvidamos de ellos, nos encontramos ante una propuesta de acción que puede que cuente con un guion endeble, de acuerdo, pero no mucho más que la mayoría de films de acción que pululan por ahí. Al final, todo deriva en un entretenimiento algo simplón pero efectivo donde lo que más cansa es la imperiosa densidad de Will Smith por otorgar un componente dramático a todos sus personajes (lo de la subrama familiar es de lo que más lastra la narración) en lugar de centrarse en el espectáculo más palomitero y efectivo.
Así pues, Géminis no es ni la maravilla visual que nos ofrecían (o por lo menos no podemos llegar  a saber si lo es) ni el desastre que otros aseguran, es solo una peli de acción entretenida, con algunos momentos espectaculares y otros más bochornosos donde lo que más se lamenta es la sensación de desaprovechar a un buen reparto (Mary Elizabeth Winstead, Clive Owen o Benedict Wong) como si los únicos que pudieran lucirse fuesen Will Smith o el propio Lee, quizá demasiado encantado de conocerse y que ya empieza a encadenar demasiado fracasos como para que el recuerdo de sus primeras películas (Sentido y sensibilidad, La tormenta de hielo…) le sigan sirviendo para pagarle los caprichos.


Valoración: Cinco sobre diez.

DÍA DE LLUVIA EN NUEVA YORK

Se echó en falta el año pasado el estreno anual de Woody Allen. Más allá de las polémicas alrededor de su vida privada (polémicas en las que parece no importar que un juez le diera la razón en todo), el conflicto con Amazon parecía presagiar que nos quedásemos sin ver su penúltima película (ya se encuentra filmando en San Sebastián la siguiente), lo cual habría sido una verdadera pena.
No es que Día de lluvia en Nueva York sea una película perfecta, pero Allen sabe mejor que nadie como sacarle partido a su ciudad y, aunque sus mejores tiempos hayan quedado muy lejanos ya, su nuevo film, por más que nos empeñemos en clasificarlo como uno de sus títulos “menores”, sigue siendo una gran película.
Con tono de comedia romántica amable, aunque con ciertos puntos agridulces muy eficaces, Allen rejuvenece a sus protagonistas habituales para convertir a Timothée Chalamet y Elle Fanning en el epicentro de una historia que, aunque eficazmente interpretada, tiene en el personaje de Selena Gomez su mayor acierto. Allen hace un singular recorrido por el mundillo del cine neoyorkino (no tan glamuroso como el hollywoodiense), para diseccionar los tres pilares fundamentales de un film (director -Liev Schreiber-, guionista -Jude Law- y actor -Diego Luna-) con la excusa del reportaje que una oven pretende hacer para el periódico universitario, terminando por caer rendida ante los destellos de los focos y los cantos de sirena de ese maravilloso mundillo, al lado del cual su novio parece un actor secundario aburrido y prescindible.
Alrededor de esta trama, Allen presenta un recorrido de ambos personajes a través de su adorada ciudad con un encanto y romanticismo especial, sin renunciar a sus brillantes diálogos (que quizá puedan llegar a restar algo de naturalidad al film al escucharlo por boca de unos chicos nada representativos de la juventud actual), y aportando el toque de magia suficiente para conseguir que una fábula increíble e inverosímil termine resultando tan maravillosa y encantadora que no puede más que terminar por enamorar.
Sí, insisto en que no es el mejor Allen, pero sigue estando muy por encima de la mayoría de las comedias románticas que se estrenan hoy en día. Y es que cuando uno es un genio, en ocasiones resulta más acertado apostar por una sencillez narrativa que por extraños artificios de originalidad. Por eso, y centrándonos solo en sus trabajos más actuales, puede que Día de lluvia en Nueva York no resulte tan contundente como Blue Jasmine ni sea tan desgarradora como Wonder Wheel, pero funciona mucho mejor que alguna de sus obras más recientes, como Irrational man o Magia a la luz de la luna, estando a la altura, en cuanto a estilo y poder de seducción, a Midnight in Paris.
Día de lluvia en Nueva York es puro encanto. Y si encima le añadimos la maravillosa fotografía de Vittorio Storaro, miel sobre hojuelas.


Valoración: Ocho sobre diez.

@BUELOS

@buelos es el debut como director de Santiago Requejo después de haber practicado con un par de cortometrajes. Sin llegar a ser una feel Good movie al uso, la película protagonizada por el entrañable Carlos Iglesias (que para el gran público siempre será el Benito de Manos a la obra) aspira a ser un reflejo social de la situación que viven las personas mayores, demasiado viejos para ser considerados para un empleo pero demasiado jóvenes para alcanzar la jubilación, en la España de hoy, todavía renqueante ante la crisis económica de hace unos años y mirando con recelo hacia la que está por venir.
Isidro es un hombre en paro que se ha quedado obsoleto para la mayoría de trabajos a los que aspira. Desiderio es un padre entregado que sufre por los apuros económicos de su hijo, que no se decide a hacerle abuelo. Arturo es un escritor de novela romántica que, a diferencia de sus alter egos literarios, no parece capaz de controlar su vida personal, más cuando aparece en su casa una hija que había eliminado de su vida hace años. Los tres forman un peculiar grupo de amigos que, por diversas razones, deciden convertirse en emprendedores y montar su propio negocio.
La resolución es simple. Pese a que solo Isidro (que es quien llevará el peso de la trama principal) ejerza como abuelo forzado, eso parece ser lo que mejor se le da a tercera edad de este país, así que deciden montar una guardería regentada precisamente por eso, por abuelos.
Las peripecias por sacar adelante el negocio, el enfrentamiento con una sociedad para la que han quedado obsoletos y las historias personales de cada uno de ellos conforman esta comedia simpática y de buenas intenciones pero que, dejando de lado el valor interpretativo de sus protagonistas, se termina por deshacer en su intento por agradar como un azucarillo en un vaso de agua. El deseo de Requejo por agradar desluce la pretendida crítica social para moverse por un guion algo endeble que fracasa, sobre todo, en su final, llegando incluso a traicionar sus propios valores y abrazando sin complejos aquello que más parecía condenar al principio. Ideología social aparte, lo que rechina de ese final de cuento de hadas es lo inverosímil que resulta después del aparente realismo de su propuesta, por lo que al final lo que nos queda es una comedia simpática que sus protagonistas consiguen mantener a flote y que riega la platea con sonrisas, sin buscar en ningún momento la carcajada directa.
Un película bienintencionada y agradable de ver que, al final, parece demasiado dirigida a un público muy concreto (precisamente ese mismo al que refleja en pantalla) que puede lograr la identificación con el mismo paro que termina por distanciarse del resto.


Valoración: Cinco sobre diez.