miércoles, 18 de septiembre de 2019

A DOS METROS DE TI

Una frase (“amar significa no decir nunca lo siento”) y una empalagosa melodía de Francis Lai convirtieron a Love Story en una de las películas de amor más populares de la historia del cine. No fue la primera, pero sí la que marcó un antes y un después y que provocó un aluvión de copias de amores imposibles donde la enfermedad, no el apellido (como les pasaba a Romeo y Julieta) se interponía entre los amantes. Hasta el punto que cada generación tenía la suya propia. Están las revisiones más clásicas, como Elegir un amor, con Julia Roberts, las que le daban un giro hasta el absurdo, como Mientras dormías, las que camuflaban esa enfermedad en forma de metafóricos vampiros, como Crepúsculo, o incluso las que funcionaban como Epitacio post-morten, al estilo Postdata, te quiero o Mi vida.
Pero de entre todas, lo más efectivo es la enfermedad pura y dura, y cuanto más terminal, mejor. Salvo honrosas excepciones, son películas bastante simples, que buscar la lágrima fácil del espectador y que abusan de la pornografía sentimental para tocar la fibra sensible con más mala fortuna que talento. Hay honrosas excepciones en el cine actual, como la simpática Amor a medianoche o la emotiva Bajo la misma estrella, pero por desgracia A dos metros de ti no se encuentra entre ellas.
Dirigida por Justin Baldoni, un actor metido a realizador de documentales, y con Mikki Daughtry y Tobias Iaconis firmando el guion (sí, los mismos que escribieron el infame libreto de La llorona), A dos metros de ti no es capaz de proponer nada novedoso al género, siendo casi una fotocopia de un esquema arquetípico y con un desarrollo narrativo que es incapaz de emocionar por lo previsible que es.
Tan insuficiente como otra medianía reciente, Antes de ti, me resultó toda una sorpresa escuchar sorbidos de mocos y ver pañuelos secando lágrimas tras un final de película que ni siquiera llega a ser un final, prueba de que estamos ante uno de esos géneros que siempre tendrá adeptos independientemente de la calidad resultante del producto. Aquí se demuestra esa gran verdad que dice que es más difícil hacer reír que hacer llorar (y que por algún motivo los académicos no consiguen llegar a entender), y Baldoni consigue, con prácticamente nada, emocionar a una tribuna que venía demasiado preparada para sufrir, aunque la película no le llegue a dar argumentos para ello.
Con la fibrosis quística como telón de fondo y un pare de actores poco conocidos (ella era una de las víctimas de Múltiple), la película recae en los tópicos de siempre (el tercer amigo en discordia, elemento cómico del film hasta que deja de serlo) para recaer más en una historia de amor tan impersonal como sosa que en el drama propio de la enfermedad, rematando la tontería con un hospital donde las medidas de seguridad y los controles a los pacientes parecen estar diseñados por el Inspector Clouseau.
En fin, una película insoportablemente aburrida, con personajes sin gracia que deambulan a su suerte en espera de su muerte, entre risas y lloriqueos, que podrá emocionar a aquellos que hayan venido explícitamente buscando eso, pero totalmente insuficiente para un espectador que solo aspire a ver una buena película.

Valoración: Tres sobre diez.

QUIEN A HIERRO MATA

Paco Plaza y Jaume Balagueró son dos de los principales estandartes del cine de terror patrio, amén de buenos amigos con carreras curiosamente paralelas. Mientras que empezaron juntos con ese producto puramente alimenticio que fue OT: La película, sus primeros trabajos por separado tenían una curiosa coincidencia en su título: Mientras Plaza presentaba El segundo nombre, Balagueró triunfaba con Los sin nombre.
Luego llegaría [REC], cuyas dos primeras películas dirigirían a medias para encargarse cada uno de ellas de la tercera y el final. Y tras algún coqueteo televisivo y un retorno al terror más enfermizo (Verónica uno y Musa otro), sus dos mejores trabajos en los últimos años de nuevo se definen por una curiosa coincidencia, como cerrando el círculo de sus carreras. Esa coincidencia se llama Luis Tosar.
Si Mientras Duermes es posiblemente la obra cumbre de Balaguero, más cercana al terror psicológico que a la sangre y vísceras propias de sus historias de zombies, Quien a hierro mata va a suponer, sin duda, un antes y un después en la filmografía de Plaza. Se podría decir que también aquí se aleja el director valenciano totalmente del terror para componer una historia, con Tosar en el epicentro, que es más un drama humano que ora cosa. Y aún así, con un guion muy bien construido y su maestría para dar forma a unos personajes tan terrenales como fantasmagóricos, el resultado es más aterrador que cualquier película de muertos vivientes, hombres lobos o posesiones demoníacas.
Quien a hierro mata cuenta la historia de un enfermero atento, entregado a sus pacientes, que descubre que el nuevo interno de la residencia en la que trabaja es un famoso señor de la droga, el capo de una mafia gallega que, en cierto sentido, arruinó parte de su pasado y que el destino le ofrece en bandeja la posibilidad de cobrarse una merecida venganza.
Sin embargo, es posible que el tiempo de la venganza ya haya pasado. Mario, el protagonista al que encarna Tosar, está felizmente casado y a la espera de la llegada de su primer hijo, así que podría ser buena idea dejar las cosas como están y no remover la escoria acumulada en su pasado.
Quien a hierro mata es una historia de venganzas, el propio nombre lo indica, pero es también una película sobre elecciones. Elecciones vitales, de esas que, con un simple paso equivocado, puede poner una vida del revés. Por eso, en la película de Plaza no hay realmente buenos y malos (o no hay buenos, mejor dicho), moviéndose casi todos en unos claroscuros inciertos que nunca deja claro quien es el que posee el metafórico hierro con el que poder matar.
Quien a hierro mata se construye poco a poco, dejando que conozcamos bien a los personajes y nos encariñemos o despreciemos según sea el caso, decorando la historia con persecuciones, tiroteos y todo lo que una buena historia sobre mafiosos y drogadictos, para estallar en un giro final aterrador que deja un contundente mensaje: disfruta de tu vida al máximo, nunca sabes lo que te puede durar.
Dicen que la venganza es un plato que se sirve frío. Pero, en ocasiones, la comida fría es mejor tirarla a la basura. Lo que uno decida hacer o no es lo que diferencia esta película de un drama social televisivo de la brillante película de terror psicológico que es.
Un magnífico título que demuestra, de nuevo, todo el talento de Plaza para orquestar una función desasosegante, pero que sin duda sería mucho menos sin la presencia del que, indiscutiblemente, es el mejor actor de panorama español actual. Inmenso Luis Tosar ya sea en comedia o drama, como villano o víctima, como intrépido o acorralado. No hay límites para sus personajes, y aquí lo demuestra una vez más.

Valoración: Nueve sobre diez.

domingo, 15 de septiembre de 2019

IT: CAPÍTULO 2

Después del tremendo éxito que fue, en 2017, It, de Andy Muschietti (es hasta la fecha la película de terror más taquillera de la historia), era previsible que más pronto que tarde llegaría una secuela, algo que ya parecía anunciar Warner desde el mismo día del estreno cuando se reveló, al final de la película, que el verdadero título de la película era It: Chapter one.
Además, por una vez, y sin que sirva de precedente, la secuela estaba justificada. Al fin y al cabo, el film era una adaptación de la gigantesca novela homónima de Stephen King pero solo se centraba en la mitad de su trama, la que ocurría a finales de los años ochenta (finales de los cincuenta en la obra literaria).
De nuevo con Muschietti a los mandos, y con un reparto de lujo donde destacan Jessica Chastain, James McAvoy y, sobre todo, Bill Haden, tanto los niños protagonistas de la primera entrega como el aterrador Bill Skarsgård repiten roles en la que, ahora sí, debería ser la conclusión definitiva de la sala.
Estamos ante un nuevo ejemplo de película que, a fuerza de haber levantado tanto hype puede acabar por decepcionar un poco. Y es que no es poca cosa ser la película más esperada del verano, capaz de aunar el concepto del blockbuster con el del terror. Además, parecía difícil superar las virtudes de la primera entrega, por lo que el director a optado por repetir la jugada, repitiendo con ello esos aciertos, pero cayendo también en los mismos errores.
It, Capítulo 2 no es, por tanto, una película perfecta, y durante gran parte de su metraje se la podría considerar incluso algo inferior a la de 2017. Esto se debe, sobre todo, porque hace dos años se jugaba muy bien con el factor nostálgico a la vez que se creaba a unos personajes entrañables encarnados por unos actores, en su mayoría desconocidos, que brillaban con luz propia. Sin embargo, y pese a la inusual duración del film (se queda a diez minutos escasos de las tres horas), sus contrapartidas adultas no están igual de bien definidos, funcionando bastante peor. Hay cierta precipitación en su presentación (lo cual, permite, por otra parte, una mayor presencia del terrorífico Pennywise), lo cual no es sino una herencia de la propia novela, donde los niños eran siempre mucho más interesantes que los adultos. Allí eso no era un problema, pues las dos líneas temporales se iban entremezclando, de manera que la historia infantil servía para conocer a los protagonistas mientras que en la adulta debían centrarse más en la resolución del conflicto. Sin embargo, al tener Muschietti que lidiar con una película centrada en cada época, la desigualdad se hace más evidente. Por ello, la necesidad de recurrir de nuevo a los niños, a modo flashback, se me antoja casi indispensable, aunque el peaje a pagar sea el de alargar, quizá innecesariamente, la película.
No quiero decir con esto que It: Capítulo 2 sea una película insuficiente, pues disfruté realmente con ella, pero si es cierto que sus carencias destacan más que en la anterior, y los sustos a base de golpes de efecto algo mañidos rechinan más. Por fortuna, todo ello se compensa con un final por todo lo alto, mucho más acertado que ese momento casi bochornoso que proponía la miniserie de 1990 y que supone un gran cierre a la saga. Eso y el esfuerzo de sus actores (cuando se tiene a figuras de la altura de Chastain y McAvoy todo resulta más sencillo) hace que sus defectos sean más fáciles de olvidar y que el resultado de sumar ambas películas continúe mereciendo una nota más que notable para la que ya es, posiblemente, la adaptación más importante de una novela de King.
Sí, el Capítulo 2 está un pasito por debajo del Capítulo 1, pero no lo suficiente como para empañarlo, logrando el colofón que un mal bicho como Pennywise se merecía.

Valoración: Siete sobre diez.

sábado, 14 de septiembre de 2019

PLAYMOBIL

No voy a descubrir nada que no sepáis ya si digo que la existencia de una película como Playmobil, the movie, es la consecuencia directa del éxito de La Lego Película y sus derivados. En ambos casos se trata historias que versionan figuras de juguetes, manteniendo su identidad estética, siendo casi en realidad más un anuncio de hora y media que otra cosa.
La diferencia entre ambas es que mientras que el film de Phil Lord y Christopher Miller apostaba por un metacine ingenioso y con una gran historia en su guion, pudiendo describirse incluso de arriesgado, en Playmobil van a lo fácil, proponiendo una aventura mucho más plana y sencilla, donde repiten el juego de entremezclar el mundo fantástico con el real pero esta vez sin ese trasfondo con menaje incluido de la anterior. Esto hace que, en cuanto a lo que a sus valores se refiere, Playmobil debería ser considerada claramente inferior a La Lego Película, sin dejar lugar a dudas.
Sin embargo, las cosas no siempre se rigen por unas normas escritas, y el factor personal puede llegar a influir en este caso más que nunca. La de Lego es superior, de acuerdo, pero también en su ambición se puede tornar caótica y desmedida, provocando que haya cierto tipo de espectador (entre el que yo mismo me incluyo) que no consiga conectar con ella. En el caso de Playmobil, dejando de lado el origen juguetero, estamos ante una clásica aventura infantil, con sus héroes, princesas y villanos y el (parece que) obligado rol de heroína femenina. La parte realista funciona como detonante melodramático (siempre es agradable ver a Anya Taylor-Joy en pantalla) sin que sea demasiado importante una justificación sobre el elemento mágico que da pie al conflicto del film (es como tratar de explicar la lógica científica de películas como Big o El último gran héroe), siendo la parte animada una propuesta efectiva y funcional.
Por ello, Playmobil no propone nada novedoso ni revoluciona el cine de animación, pero sirve como película infantil al uso, tan justita como aceptable, que no aspira a más que a gustar a los niños con una aventurilla simpática, pero del montón.
Y a vender muñequitos, por supuesto.

Valoración: Cinco sobre diez.

martes, 3 de septiembre de 2019

OBJETIVO: WASHINGTON, D.C.

Cuando en 2013 Antonie Faqua derrotó en su enfrentamiento en taquilla a Asalto al poder, de Ronald Emmerich, en la entretenida Objetivo: La Casa Blanca, ya comenté que la película habría sido una buena secuela de Jungla de Cristal, aunque carecía del humor socaron y carisma de Bruce Willis. Poco se imaginaba nadie que ese iba a ser el inicio de una nueva saga que, de paso, serviría para sostener la decaída carrera de Gerard Butler, aunque con Faqua fuera de la ecuación lo cierto es que cada entrega ha sido inferior a la anterior.
A modo anecdótico, la saga “objetivo” ha tenido otro elemento en común con Jungla de Cristal: el poco acierto de los traductores al poner su título en original. Siendo tan prácticos al traducir la mucho más metafórica Olympus has fallen (La caída del Olimpo), fueron a lo fácil con la secuela (Objetivo: Londres por Londres has fallen), viéndose en la encrucijada de no saber como hacerlo con esta Angel has fallen y limitarse a Objetivo:Washington, D.C., aunque eso no tenga nada que ver con la realidad.
En efecto, esta película no va contra ningún objetivo concreto del poder, sino que el propio protagonista, Mike Banning, será la víctima de los villanos de turno (él es el ángel al que se refiere el título, ya que su trabajo es el de proteger al Presidente de los Estados Unidos). La manera de hacerlo es convirtiéndolo en aparente villano, haciendo que todas las fuerzas del orden vayan a por él. Nada nuevo bajo el sol, ya pasaron por eso, sin ir más lejos James Bond o Ethan Hunt. Y el recurso de solicitar ayuda a un padre con quien apenas tenía contacto tampoco es para nada novedoso. La nueva Shaft es el ejemplo más reciente que me viene a la mente de ello.
Con un argumento, pues, para nada original. Podríamos tratar de agarrarnos al trabajo de un director, el tercero de la saga, de escaso currículo. Ric Roman Waugh es conocido por El mensajero y poco más, pero en un film con Dwayne Johnson lo cierto es que el director suele ser lo de menos. Además, en un tiempo en que realizadores como los hermanos Russo, Joss whedon, Chad Stahelski o David Leitch han conseguido que nos olvidemos de esas cámaras temblorosas y de escenas de acción confusas en las que apenas se ve nada que tan de moda pusieron Paul Greenglass y compañía, Waugh vuelve a pecar con una puesta en escena nerviosa que afea la posible espectacularidad el film.
Con esto, solo nos queda agarrarnos al magnetismo de ese presidente que a todo el mundo le gustaría tener encarnado por Morgan Freeman y en la presencia de un Butler al que le pesan los años, pero sigue dando la talla para la acción (Radha Mitchell ha huido a tiempo y su personaje es encarnado aquí por Piper Perabo).
La película no aburre, desde luego, y la falta de interés provocado por el previsible argumento se compensa con explosiones y un gran Nick Nolte (de lejos, lo mejor del film), pero viendo de dónde veníamos, la saga parece ya finiquitada, condenada a ser un entretenimiento sin más interés que el de evadirse de la realidad durante un par de horas para volver a nuestra vida cotidiana tras el fundido final, sin necesidad de recordar siquiera nada de lo que acabamos de ver.

Valoración: Cinco sobre diez.

ANNA

Se podría decir que Luc Besson está en horas bajas, muy bajas. Con la excepción de Lucy, lleva tiempo sin lograr un buen éxito de taquilla y su película anterior, Valerian y la ciudad de los mil planetas, acarreó unas pérdidas que estuvieron a punto de hundir a su productora. Y no parece que con Annalas cosas le vayan a ir mejor, en vista de la escasa repercusión que está teniendo (ni siquiera ha tenido una campaña publicitaria decente).
Quizá el quid de la cuestión se deba a que el director francés es uno de los muchos que en Hollywood miran con lupa por las supuestas demandas por acoso sexual, que ya se sabe que es muy difícil saber diferenciar entre el autor y su obra y más si encima es un extranjero en tierra de dioses. Sin embargo, este declive en taquilla no está en armonía con sus resultados a nivel de calidad, ya que Valerian era un entretenimiento más que digno merecedora de ser el inicio de una saga que nunca veremos y esta Anna no se le queda atrás, resultando ser un espectáculo emocionante y muy divertido que, a nivel de puro entretenimiento, podría estar entre lo mejorcito del verano.
Besson sabe como tratar a las mujeres (al menos en pantalla) y con Anna se cierra una especie de trilogía sobre mujeres duras que comenzó con Nikita, dura de matar y continuó con Lucy, aunque como representante del empoderamiento femenino n(mucho antes de que el empoderamiento femenino estuviese de moda) hay que recordar que fue el descubridor de Natalie Portman en Leon, el profesional y de Milla Jovovich en El quinto elemento, proponiendo después a su propio Indiana Jones femenino en Adele y el misterio de la momia y otorgando a Clara Delevigne un rol tan destacado como al propio protagonista en la mencionada Valerian.
Puede que el problema de Anna sea que parte de un argumento demasiado trillado últimamente. Una espía femenina que enfrenta a soviéticos y americanos jugando a un doble juego recuerda demasiado a la excelente Atómica o a la más flojita Gorrión Rojo, ambas del año pasado, sirviendo demás como aperitivo de la inminente Viuda Negra. Por eso, el mayor acierto de Besson en Anna es la forma de jugar con los tiempos, jugando además con el espectador, saltado adelante y atrás en la cronología de la historia para componer un puzle muy divertido que, en lugar de confundir al espectador como en las mayoría de películas de espías dobles, que suelen abusar de ser demasiado complicadas, convirtiendo así la película en un pasatiempo disfrutable alrededor de la figura de una modelo rusa (fantástica la debutante como protagonista Sasha Luss, que ya tuvo un papelito irreconocible bajo el CGI en Valerian), a ratos manipulada por todos, en otros momentos manipuladora ella. Víctima, ejecutora, amante, asesina… Un juego de roles y lealtades alternadas para un film de pleno lucimiento de la muchacha, ya sea por su belleza como por sus cualidades físicas, con espectaculares coreografías de peleas que rememoran a la propia John Wick y donde las figuras florero son, por una vez, hombres, con los rostros de Cillian Murphy y Luke Evans, todos ellos marionetas bajo la pérfida vigilancia de la todopoderosa Helen Mirren.
A resumidas cuentas, una película muy divertida, totalmente autoconsciente de lo que es (cruel burla del mundo de la moda, más cuando la propia Luss proviene precisamente de allí) y a lo que aspira, con buenas dosis de acción y la siempre eficiente mano de Besson dirigiendo y con una protagonista que, ya sea por un motivo u otro, te termina por enamorar.


Valoración: Siete sobre diez.

DORA Y LA CIUDAD PERDIDA

Soy plenamente consciente de que existe un tipo de cine orientado a un público infantil que puede provocar un rechazo inmediato al espectador adulto, que puede sentir de antemano que la cosa no va con ellos. El tema se agrava si, como en el caso que nos ocupa, estamos ante la adaptación de un programa televisivo que no es que sea infantil, sino que redunda y se regodea en ello hasta el punto de poder ser insufrible para su público no objetivo.
Por eso, con tales avisos, enfrentarse a una película como Dora y la ciudad perdida, una adaptación en imagen real de la serie de Dora, la exploradora, podía antojarse casi como un suicidio neuronal. Y, sin embargo, mi sorpresa ha sido mayúscula al encontrarme ante una película divertida, refrescante y con un tono juvenil muy acertado, paródico y autoconsciente de sus orígenes, que se puede disfrutar perfectamente en familia. Un sorprendente descubrimiento que podría compararse a lo que me sucedió hace un par de años con la infravalorada Power Rangers.
Dora y la ciudad perdida es, en el fondo, un Indiana Jones (o una Lara Croft, no vaya a ser que se me ofenda alguien) en versión adolescente, una película de aventuras arqueológicas en la selva con un ajustado casting (Eva Longoria y Michael Peña son los nombres importantes del reparto, pero muy secundarios; él apenas tiene un par de momentos de lucimiento muy alejado de sus tronchantes aportaciones en Ant Man y Ant Man y la Avispa), donde solo puede destacar algo el mexicano Eugenio Derbez (visto en El cascanueces y los cuatro reinos o Un mar de enredos, por ejemplo). Sin embargo, como toda película juvenil que se precie debe hacer, el peso recae en un grupo de niños inadaptados que deben aprender a trabajar untos para que al fin (que de esto es en el fondo de lo que va la película) aprender el valor de la amistad. Y es donde la película guarda su mayor acierto, ya que Isabela Moner, que ya se había dejado ver con acierto en Transformers: el último caballero, Familia al instante o Sicario: el día del soldado, demuestra que es capaz de soportar ella sola el peso de la película componiendo un personaje a medio camino entre una ingenuidad casi repelente y una dulzura entrañable, siendo creíble también en sus momentos de acción. Sobre ella se centra el director James Bobin, especializado en películas de los Muppets aunque ya dio el salto a la primera división con la flojita Alicia a través del espejo, para que, con falsas roturas de la cuarta pared y el uso de las canciones, Dora se burle de los tópicos más arraigados de su serie y sepa hacer un divertido guiño a los adultos que sepan pillar las referencias.
Con alguna concesión obligada (me sobra el personaje del zorro por romper la estética de realismo del resto del film), Dora y la ciudad perdida es, en fin, un estupendo pasatiempo familiar muy superior a lo que el propio concepto podría invitar a pensar y que hará disfrutar a los más pequeños sin desmerecer ni despreciar a los adultos que acudan sin complejos y con ganas de pasar, simplemente, un rato entretenido.


Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 31 de agosto de 2019

CHICOS BUENOS

Poco se puede decir de los directores (aunque solo el primero aparece acreditado) y guionistas de Chicos buenos: Gene Stupnitsky y Lee Eisenberg, pues su experiencia se limita a los guiones de Bad teacher y un buen puñado de episodios de la versión americana de The office, serie de la que también han dirigido alguno. Sin embargo, si nos fijamos en los nombres que constan como productores, Seth Rogen y Evan Goldberg, será más fácil saber por dónde van los tiros.
Efectivamente, si están por aquí las cabezas pensantes de Supersalidos, Superfumados, Juerga hasta el fin y un largo etcétera de gamberradas varias (Casi imposible es de lo más convencional -a la par que genial- que han hecho recientemente), es presumible que chicos buenos sea una reflexión sobre la amistad y el miedo a crecer bien regado de chistes sexuales, escatología y drogas varias.
El desconcierto es cuando uno se da cuenta de que la película está protagonizada por niños. Esto produce que se reduzca un poco el nivel de grosería a cambio de divertirnos con el desconocimiento de los chavales ante lo que ellos ven como una vida de adultos aterradora y salvaje (las “villanas” del film, dos chicas que solo quieren pegarse una juerga son, a sus ojos, unas yonquis peligrosas que ya han echado a perder sus vidas). Así, un acto de rebeldía adolescente del personaje interpretado maravillosamente por Jacob Tremblay (con el noble objetivo de aprender cómo dar correctamente su primer beso) termina derivando en una aventura impresionante para la panda de amigos, cuya misión consiste en ir al centro comercial más cercano a comprar un dron sin que su padre lo descubra.
Así, con un tono aventurero muy propio de los Goonies pero con la incorrección política propia de Rogen y Goldberg, la película camina por un extraño terreno que juega con la ingenuidad infantil en una película demasiado heavy para que sea recomendable para niños pero con unos protagonistas tan tiernos que resultará difícil que logren la empatía de un público adulto.
Al final, resulta complicado definir el público al que va dirigido la película, lo cual lastrará mucho sus posibilidades de taquilla, pero lo cierto es que el resultado final, incluso en lo desconcertante, resulta encantadoramente divertido, incluyendo esa reflexión final nada moralista sobre lo efímero que es el amor, la levedad de la amistad y la necesidad de crecer y abrirse a nuevos horizontes de un trío protagonista donde destaca Tremblay (lo suyo ya no es noticia, después de sus papelones en La habitación o Wonder) pero con unos Keith L. Williams y Brady Noon que no desentonan para nada.


Valoración: Siete sobre diez.

INFIERNO BAJO EL AGUA

Infierno bajo el agua (¿puede que el traductor viniera de ver Infierno azul cuando se le ocurrió esta traducción del original Crawl?) es la película con la que el director Alexander Aja se reconcilia con el cine de terror después de despuntar con su remake de Las colinas tienen ojos.
Desde entonces, lo más recordado del director francés había sido esa gamberrada (por momentos de mal gusto) que era Piraña 3D y la flojita Horns (que tuvo un estreno muy limitado, algo que ni siquiera consiguió su último film, La resurrección de Louise Drax, inédita en España). Pero con Infierno bajo el agua, el galo recupera el buen pulso narrativo con una película que se suma al carro de las producciones veraniegas de amenazas acuáticas, pero a la que consigue sacarle un brillo inesperado.
Ciertamente, poco prometía lo que parecía otra película del montón, esta vez con caimanes ejerciendo la función habitual de los tiburones, con el recuerdo de la entrañable Mandíbulas en la memoria y siendo su protagonista, Kaya Scodelario (El corredor del laberinto, Extremadamente cruel, malvado y perverso) su principal baluarte. Sin embargo, pese a lo tópica que a priori pudiera parecer la historia (típica mala relación entre un padre y una hija con esfuerzo deportivo de por medio), la parte dramática funciona bastante bien, haciendo que se puedan obviar las escenas más previsibles (cuando la película arranca con ella participando en un entrenamiento de natación ya sabes que tarde o temprano va a terminar “echando” una carrera a un caimán). Son embargo, es en su parte más aterradora cuando mejor funciona la cosa. Cuando una localidad de Florida es evacuada por el azote de un huracán de nivel 5 y las inminentes inundaciones, Haley debe ir a la casa familiar en busca de su padre, con quien no consigue contactar, quedando ambos atrapados en ella y al acecho de varios caimanes hambrientos. 
Desde este momento, pese a la presencia constante del padre (interpretado por el habitualmente desagradable Barry Pepper, con quien la Scodelario coincidió ya en la segunda y tercera entregas de la saga del Laberinto), es el personaje de Haley quien debe cargar con todo el peso de la película. En este sentido, se agradece que la participación de Kaya Scodelario le imponga un trabajo más físico que digital (sí, en algún momento hay algún caimán al que le canta el CGI, pero es algo mínimo), muy a la par de la interpretación de Blake Lively en, precisamente, Infierno Azul), consiguiendo Aja que todos los sustos funciones perfectamente, obligando a saltar al espectador cuando debe saltar, y transmitiendo una claustrofobia y sensación de angustia muy por encima del otro referente de este verano, la correcta A 47 metros 2.
Es nevitable en ese tipo de películas pensar en el gran clásico que es Tiburón, todavía no superado, pero sin querer entrar en ese juego, Infierno bajo el agua cumple con creces su cometido, consiguiente tensionar hasta el agotamiento, rechazando el humor autoconsciente que tenía Pirañas 3D y con alguna secuencia realmente brillante como la protagonista acorralada en el baño.
Con un presupuesto casi ridículo (más si lo comparamos a fiascos marinos como fue Megalodón), Infierno bajo el agua se está convirtiendo en uno de los éxitos del verano y está posibilitando que Alexandre Aja vuelva a parecerse al gran director que era en sus inicios, pudiéndosele atribuir el gran mérito de orquestar una película que podría resultar argumentalmente ridícula (se juega a rizar el rizo con el más difícil todavía constantemente) y que en sus manos es un brillante ejercicio de terror sin dejar de lado un buen tratamiento de personajes.

Valoración: Siete sobre diez.

ANGRY BIRDS 2

Hace apenas tres años Sony se sacó de la manga una película basada en un popular juego de móviles, Angry Birds, y aunque no fue un pelotazo su reducido presupuesto le permitió quintuplicar los beneficios y dar el pistoletazo de salida a esta secuela.
Siguiendo el estilo alocado y el ritmo frenético de aquella, Angry Birds 2 consigue mejorar la propuesta gracias a un guion algo más elaborado y un tono casi irreverente que permite que su humor conecte con un público adulto sin demasiados problemas. Naturalmente, no es cuestión de pedir peras al olmo, y esto no deja de ser una tontería como otra cualquiera (al fin y al cabo estamos hablando de un producto infantil sobre la enemistad entre pájaros y cerdos), pero la comodidad de tener unos personajes ya presentados permite que la historia avance hacia otros derroteros sabiendo coquetear entre la dulzura, la acción y la diversión sin que nunca recaiga el ritmo.
Por si fuera poco, aquellos que la disfruten en su versión original podrán reconocer en las voces a un buen surtido de cómicos de primer nivel, lo cual no deja de ser un valor añadido a la propuesta.
En resumen, película efectiva y muy funcional, divertida en su absurdez, que logra ser algo superior a la primera parte y sirve de entretenimiento liviano tanto para niños como para mayores poco exigentes.


Valoración: Seis sobre diez.

LO QUE NO ME GUSTÓ DE ÉRASE UNA VEZ EN... HOLLYWOOD

Atención, este artículo contiene spoilers de Érase una vez en… Hollywood, lo cual no es necesariamente un impedimento para poderlo leer si no se ha visto aún la última película de Quentin Tarantino.
De hecho, esperaba a escribir esta a haber visto por segunda vez la película, cosa que aún no me ha sido posible. Y es que pienso que, de conocer ese giro final (que cualquiera que navegue un poco por la red ya debe haber descubierto) quizá la cosa me habría funcionado mejor. Y eso que ya dije desde el primer momento que esta podría ser la mejor película del director de Knoxville (aunque quiero ser muy cauto con esta afirmación, recuerdo que en cines me encantó Malditos bastardos y desde entonces no he sido capaz de revisionarla por el aburrimiento que me produce). Y es que el hecho de no estar de acuerdo con el final, en el fondo una simple decisión artística del director, no debería desmerecer a la propia película.
Este artículo es, pues, para tratar de explicar porqué me indignó tanto ese giro final y el error que creo que ello supone para la propia película.
Y no es que sea un purista absoluto de la historia. A fin de cuentas, el cine es ficción. Pero creo que hay una serie de normas que no se deben saltar a la torera. Al menos, no sin avisar de antemano. Pongamos un ejemplo del mundo de los comics (aunque también ahora del cine) como es el personaje del Capitán América. Por supuesto, el Capitán América es un personaje de ficción, y aunque la ciencia no respalde la existencia de un suero del supersoldado o la posibilidad de sobrevivir congelado bajo las aguas varias décadas sin envejecer un ápice es algo que debemos aceptar como parte del juego que se nos propone. Sin embargo, el Capitán América “existe” en un mundo real, y por ello los guionistas siempre han tenido cuidado (con muy buen criterio, por cierto) para convertirlo en un héroe de guerra sin alterar la historia en sí misma. Por ejemplo, el Capi puede haber ayudado a los aliados en el desembarco de Normandía, pero nunca ser la clave del éxito de la operación, pues eso desmerecería a los verdaderos soldados que dieron sus vidas por la caída del III Reich. Así, tampoco se ha imaginado nunca al Capi liquidando a Hitler, aunque con sus poderes quizá lo podría haber hecho con facilidad. Simplemente, no lo ha hecho porque la historia nos ha dicho que la caída de Hitler fue de otra manera. Ese es, para mí, el acierto de crear personajes de ficción interviniendo en la historia (Forrest Gump es, quizá, el ejemplo más explícito). Sí, ya lo sé, todo esto ya lo había hecho el propio Tarantino al reinventar, precisamente, la muerte de Hitler en Malditos Bastardos, pero al menos en esa ocasión le servía para dar más sentido a la trama de su película, cosa a la que ya llegaré más adelante.
Vayamos ya, pues, al quid de la cuestión. Y es que en la película de Tarantino los acólitos de Charles Mason no llegan a asesinar a Sharon Tate y sus invitados la fatídica noche del nueve de agosto de 1969. Cuando “la Familia” se dirige a su casa deciden (de manera algo aleatoria, por cierto) cambiar de planes e ir primero a la de su vecino, Rick Dalton (el personaje interpretado por DiCaprio), cambiando así de objetivos. Lo que no esperaban era con encontrarse allí con Cliff Booth (Brad Pitt) quien frustra sus planes dando pie (una cosa no quita a la otra) a una de las mejores secuencias de la película, una orgía de sangre y violencia que encumbra un film que, hasta el momento, estaba siendo casi una rara avis de la filmografía de Tarantino.
Volviendo a mi teoría sobre la relación entre historia y ficción, es un acierto hacer una película sobre unos personajes ficticios como Dalton y Booth como símbolos de una generación, y aunque un investigador avispado podría llegar a averiguar la identidad de los verdaderos vecinos de Polanski y Tate en aquella época, el inventar a estos vecinos no afecta a nada relevante de la historia. Sin embargo, pese a haberse advertido que la película no iba sobre Charles Mason, sino que su historia solo servía como telón de fondo, toda la trama está construida para desembocar en el fatídico crimen, y el giro argumental llega a resultar muy frustrante. Hay un momento, cuando ya ha pasado la tormenta, en que la propia Sharon Tate invita a su vecino, un afectado Rick Dalton, a terminar la velada en su casa y explicar detalles de lo sucedido. Por un momento, pensé que iba a haber un giro sobre el giro y que un segundo grupo de adoradores de Mason se iban a presentar al fin en la casa de los Polanski para rematar la faena (asesinando, de propina, al propio Dalton como cruel broma macabra), pero no fue así.
Parece claro que Tarantino escribe la historia tal y como a él le hubiera gustado que sucediera, alterando la realidad a su conveniencia, de manera que el film, más que Érase una vez en… Hollywood bien podría haberse titulado como aquella comedia tan resultona de Woody Allen: Un final made in Hollywood, ya que eso es lo que tenemos aquí, una alteración de la realidad con final feliz tal y como, volviendo al ejemplo de Marvel, se hace en la serie de comics (y próximamente serie de Disney+) llamada What if.
Pero esto es solo la primera parte de mi descontento, ya que creo que el falso final no es solo una decisión artística, sino que traiciona a la película, lo cual la convierte en un error más allá de lo simplemente subjetivo. Me explico: una de las bases de Érase una vez en… Hollywood es la de retratar una época en decadencia. La propia historia de Rick Dalton, condenado a vagar como secundario por series de televisión hasta que decide dar el salto a producciones italianas de medio pelo, es una buena muestra de ello. Efectivamente, el final de la década de los sesenta supuso también el final de la era dorada de Hollywood, y aunque el asesinato de Sharon Tate no fue tan relevante como para ser el motivo principal (eso habría que achacárselo a la guerra de Vietnam, que cambió a la sociedad en general, y a la crisis de los grandes estudios, que provocó una manera diferente de hacer producciones de cine), si sirvió como punto de inflexión y metáfora perfecta.
Por ello, era importante que el final de Érase una vez en… Hollywood terminara con el final de la inocencia, con la muerte de la ingenuidad representada en la hermosa sonrisa de Tate (hermosa también la sonrisa de Margot Robbie). De hecho, hay quien ha criticado el personaje de Tate en el film, limitándose a lucir su cara bonita por todas partes sin aportar nada a la historia. Por mi parte, creo que la aportación del personaje, así como la interpretación de Robbie, es magnífica para reflejar esa magia, encarnándose en ella toda la belleza y la adoración por una época ya extinta, pero precisamente el cambio de su destino provoca que pierda sentido y quede, a la postre, como un personaje vacío y desaprovechado. Esta es, para mí, la gran diferencia con el caso de Malditos Bastardos, que pese a traicionar a la historia real, al menos es coherente con la historia que propone Tarantino. Aquí, sin embargo, echa por tierra en mensaje es pos a imaginar una realidad alternativa más feliz y que, por lo visto, cuenta con la aprobación del propio Polanski, que sin duda lamentará no haber tenido a Rick Dalton y Cliff Booth de vecinos.
Todo eso, insisto, sin olvidar que se trata de una gran película que, si habéis osado leer esto antes de ver, no puedo dejar de recomendarla. Más si cabe ahora que os he destripado el gran giro que contiene. Sigo con la sensación de que, sabiendo hacia donde se dirige (y aceptándolo) puede disfrutarse mejor todavía.