Teniendo
en cuenta que ya cuento las horas para que comience el próximo festival de
Sitges (y del que este año también habrá un amplio repaso, no lo dudéis), me
parecía un buen momento para recuperar una de las películas que se me escaparon
en la edición del año pasado, precisamente la que se llevó los premios de mejor
película, mejor guion y el premio especial del jurado.

En
Las últimas supervivientes, Max
(Taisa Farmiga) acude con unos amigos a un cine donde reponen una casposa película
de serie B de los años ochenta protagonizada por su madre (Malin Akerman),
recientemente fallecida. Allí, un incidente provoca que los jóvenes acaben
atrapados dentro de la propia película y deban interactuar con los
protagonistas para evitar ser asesinados por el enmascarado de turno.
La últimas supervivientes es una película pequeña y de poco presupuesto, pero
eso no lastra la imaginación de un director para retorcer las bases del cine de
género slasher, dándole una inteligente vuelta de tuerca que resulta muy
divertida. Pero además, jugando bien las bazas de la madre y la hija,
Strauss-Schulson logra también algunos momentos de verdadera emotividad consiguiendo
unos toques de drama que para nada dificultan el ritmo narrativo (nunca ver a
una rubia de ojos azules bailando en sujetador había sido tan dolorosamente
triste).
Las últimas supervivientes rinde culto, a la vez que parodia, el género del
terror, pero es también un homenaje a ese cine ochentero, a su música y a su
ingenuidad (con muchos chistes propios de las películas de viajes temporales)
que evocan irremediablemente a la aclamada serie de moda Stranger things, incluyendo su melodía electrónica y sus planos
fotocopiados.
Una
buena película para cualquier aficionado al cine, pero sobretodo una gran
película para el aficionado al cine de terror.
Y con una Taisa Farmiga sublime.
Valoración:
Siete sobre diez.
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