El
debut como director del actor Matt Ross no podría ser más prometedor,
planteando una utopía familiar donde el padre de una manada de niños los
aleja de la sociedad y enseña a vivir lejos de los prejuicios y la corrupción
de la vida moderna en la profundidad de los bosques de noroeste americano. Casi
una suerte de Robinsones Crusoes en tierra firme.

Tiene
la película un mensaje adoctrinador que se sostiene gracias al buen trabajo del
director, que alterna con sabiduría pinceladas de humor con situaciones bastante
dramáticas, y a su trabajo con las criaturas. Resultaría fácil pensar a priori
que con tanto niño por ahí suelto alguno terminaría por resultar empalagoso o
irritante, pero lo cierto es que aun dotándolos de personalidades bien
diferentes el conjunto es perfecto y equilibrado.
Me
surge la duda de si Ross ha flojeado en cuanto a su idealización del sueño de
un padre por tener unos hijos con libertad intelectual y de pensamiento o si es
un ejercicio intencionado en busca del debata y de dotar de pies de barro a
este héroe contracorriente cuando la doctrina libertaria que ofrece a los niños
se contradice con los métodos dictatoriales que él mismo emplea con ellos,
obligándolos a seguirle como ovejas de un rebaño. Una paradoja que demuestra,
quizá, que no existe un mundo perfecto por más que uno mismo se encargue de
construirlo.
Hay
alguna laguna en la historia, desde luego, como la inverosimilitud de que el
hombre sea tan experto en todos los temas académicos como para ser capaz de
enseñar por sí mismo a sus hijos desde literatura hasta física o historia, pero
son pequeñas licencias que se deben perdonar a una historia tierna y amable que
invita a reflexionar sobre el mundo en el que vivimos y conmueve con el
mantenimiento de la ingenuidad en los chavales protegidos del consumismo
desmedido de una sociedad a la que no han pertenecido nunca.
Valoración:
Siete sobre diez.
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